Por KATY MIKHAILOVA
Javier Alonso, el artista que quiere llevar la tauromaquia de las plazas de toros a las galerías de Nueva York, Miami y Tokio, reivindica el color, la provocación y la libertad creativa como herramientas para reinterpretar una de las expresiones culturales más controvertidas de España.
Hay quienes nacen con un pincel bajo el brazo y quienes parecen destinados a empuñar un capote. Javier Alonso nunca tuvo que elegir. Mientras otros niños soñaban con convertirse en futbolistas o astronautas, él quería ser torero. También era el que mejor dibujaba de su clase. Dos vocaciones aparentemente distintas que, con el tiempo, acabarían encontrándose sobre un mismo lienzo.
«Es difícil poner una por delante de la otra. Es como preguntarse qué fue primero, el huevo o la gallina. Siempre las he llevado de la mano», confiesa el artista, cuya obra ha convertido el universo taurino en una explosión de colores, ironía y contemporaneidad.
Su pintura se aleja deliberadamente de los códigos tradicionales de la iconografía taurina. Frente a los ocres, las sombras y la solemnidad que históricamente han acompañado a la representación del toro, Alonso propone una estética vibrante, eléctrica y profundamente reconocible. Su intención no es únicamente pintar la tauromaquia, sino conseguir que esta dialogue con nuevos públicos.
«Quiero romper totalmente. Quiero llevar la tauromaquia a Nueva York, Miami, Tokio… Quiero que incluso alguien que no sea partidario de los toros vea un Morante o un Curro y piense: ‘Joder, qué bien quedaría eso en mi salón'».
Una declaración de intenciones que resume su particular manera de entender el arte: no como un ejercicio de complacencia, sino como una oportunidad para conquistar territorios inesperados.

El toro como obra de arte
Picasso, Goya o Dalí encontraron en la tauromaquia un territorio inagotable de inspiración. Para Alonso, esa fascinación trasciende la figura del animal y alcanza todo cuanto sucede a su alrededor.
«El toro desborda arte lo mires por donde lo mires. El torero, el traje de luces, la arquitectura de la plaza, el humo del puro… Hasta la cara que pone un japonés que entra por primera vez en una plaza de toros desborda arte».
En esa enumeración aparentemente espontánea se esconde una concepción estética que entiende la fiesta como una obra total, donde conviven arquitectura, moda, escenografía, movimiento y emoción.
El traje de luces ocupa un lugar especialmente significativo en su imaginario. Alonso lo define como «el traje de superhéroe español», una indumentaria que, a su juicio, reúne teatralidad, identidad y una capacidad visual difícilmente comparable con cualquier otra expresión cultural.
También el color adquiere una dimensión casi ideológica. «La tauromaquia es color, pasión, electricidad, transmisión. Hay artistas que pintan con colores ocres y apagados, y me parece muy bien, pero a mí no me transmiten lo que es la tauromaquia. La tauromaquia es explosión».
Morante, la eternidad de un instante
Si existe una figura que concentra buena parte de su admiración artística, esa es la de José Antonio Morante de la Puebla.
Para Alonso, el diestro sevillano representa algo que va mucho más allá de la técnica o del resultado de una faena. Es una forma de estar en el mundo.
«Para ser torero, antes hay que parecerlo. Hay toreros a los que ves por la calle y podrían dedicarse a cualquier cosa. Pero cuando ves a Morante dices: ahí viene el torero. Desprende torería por cada poro de su piel, por cada hilo de su ropa».
El pintor encuentra en él una síntesis de clasicismo, creatividad e inspiración. Una figura capaz de provocar emociones incluso entre quienes se resisten a reconocer su grandeza.

Recuerda especialmente una tarde en Las Ventas, durante la segunda salida a hombros de Morante en Madrid. A su lado, un espectador aseguraba que abandonaría la plaza si le concedían la segunda oreja. Cuando llegó el momento, no solamente permaneció en su asiento, sino que terminó corriendo para contemplar la salida a hombros del torero.
«Una sola verónica de Morante hace explotar toda una plaza. No sabemos la suerte que tenemos de haber coincidido en el tiempo con él. Morante debería ser eterno».
Y quizá ahí reside una de las grandes paradojas que alimentan la obra de Alonso: la necesidad de convertir en permanente aquello que, por naturaleza, es irrepetible.
Pintar el miedo, disfrazar el valor
¿Se puede pintar algo tan invisible como el miedo?
Alonso considera que sí. Una mirada, una postura o incluso un brochazo pueden contenerlo. Sin embargo, reconoce que el miedo taurino posee una naturaleza particular.
«Es un miedo con arte, un miedo con una montera puesta, un miedo disfrazado de valor».
Para el artista, el torero convive con esa emoción antes de pisar el ruedo, pero una vez frente al animal, el miedo deja paso a una verdad mucho más radical: la posibilidad de la gloria o de la muerte.
Es precisamente esa dimensión humana la que convierte la tauromaquia en una fuente de inspiración artística y, al mismo tiempo, en un territorio de controversia.
Alonso no esquiva el debate. Considera que buena parte del rechazo contemporáneo a la fiesta responde a factores culturales y políticos, y denuncia lo que interpreta como una voluntad de desvincular a España de determinadas tradiciones.
«No puedes pretender gobernar un pueblo y quitarle sus costumbres y tradiciones. No se le puede quitar a un cuerpo el alma», sostiene.
Sus posiciones son contundentes, también cuando habla del circuito artístico. Asegura que la temática taurina le ha cerrado puertas en galerías e instituciones, aunque reivindica su independencia frente a cualquier intento de condicionar su discurso.
«Yo pinto para hacer arte, no para que nadie me diga si está bien o mal».
El arte de incomodar
En una época marcada por la corrección política, Alonso defiende que la creación no puede estar sometida a la aprobación permanente del espectador.
Su planteamiento es sencillo: una obra que no provoca ninguna reacción difícilmente puede aspirar a transformar la mirada de quien la contempla.
«Creo que para que un artista triunfe tiene que gustar, pero también no gustar. Si un artista gusta a todo el mundo, malo».
Esa filosofía explica su empeño por reinterpretar la pintura taurina desde lenguajes contemporáneos, incluso a riesgo de incomodar tanto a los sectores contrarios a la fiesta como a los aficionados más tradicionales.
Porque Alonso no pretende reproducir una estampa nostálgica. Aspira a introducir la tauromaquia en los códigos visuales del presente, sin renunciar a la memoria de la que procede.

Y cuando imagina sus obras dentro de cien años, su deseo no es que sean contempladas únicamente como objetos decorativos, sino como testimonios de una cultura que considera esencial para comprender España.
«Me gustaría que vieran la grandeza de España, donde vida y muerte bailan agarradas cada tarde, donde torero y toro utilizan el albero como un lienzo y hacen la mayor de las obras con sus pisadas, los lances del capote y su sangre».
La belleza que desafía al tiempo
La reflexión final de Javier Alonso conduce inevitablemente a una pregunta: ¿Quién es más artista, el torero que crea una obra destinada a desaparecer en segundos o el pintor que consigue perpetuarla durante siglos?
Para él, ambos trabajan con una materia común, la belleza, pero mantienen una relación radicalmente distinta con el tiempo.
«El torero crea belleza en tiempo real, utilizando su propio cuerpo como pincel y el albero como lienzo. La inminencia de la muerte despoja al arte de cualquier falsedad».
Un pase perfecto dura apenas unos segundos. Ninguna verónica volverá a ser exactamente igual. El movimiento desaparece en el instante mismo en que sucede, y esa fragilidad constituye buena parte de su intensidad.
El pintor, por el contrario, posee una facultad extraordinaria: detener el tiempo.
«El pintor extrae la belleza del fluir destructivo del tiempo y la congela para la eternidad. Consigue que algo que ya murió siga vivo miles de años después».
Mientras el torero se enfrenta a un ser vivo, imprevisible y dinámico, el pintor se enfrenta al vacío absoluto de un lienzo en blanco. Uno improvisa frente al riesgo; el otro construye desde la imaginación. Ambos, sin embargo, aspiran a alcanzar algo que trascienda su propia existencia.
Quizá por eso Javier Alonso no entiende la pintura como una simple representación de la tauromaquia. Su verdadera ambición consiste en rescatar del olvido aquello que el tiempo inevitablemente se lleva: un gesto, una mirada, un pase de pecho o una tarde de gloria.
Y cuando se le pide que elija entre el torero y el pintor, encuentra una tercera respuesta, tan inesperada como coherente con su concepción del arte.
«Yo diría que el más artista es Dios, que ha sido quien ha dado vida al arte en todas sus formas».
Al fin y al cabo, mientras el torero persigue la eternidad durante unos segundos, el pintor dispone de toda una vida para conseguir que esos segundos no mueran nunca.


