Por KATY MIKHAILOVA

Javier Alonso, el artista que quiere llevar la tauromaquia de las plazas de toros a las galerías de Nueva York, Miami y Tokio, reivindica el color, la provocación y la libertad creativa como herramientas para reinterpretar una de las expresiones culturales más controvertidas de España.

Hay quienes nacen con un pincel bajo el brazo y quienes parecen destinados a empuñar un capote. Javier Alonso nunca tuvo que elegir. Mientras otros niños soñaban con convertirse en futbolistas o astronautas, él quería ser torero. También era el que mejor dibujaba de su clase. Dos vocaciones aparentemente distintas que, con el tiempo, acabarían encontrándose sobre un mismo lienzo.

«Es difícil poner una por delante de la otra. Es como preguntarse qué fue primero, el huevo o la gallina. Siempre las he llevado de la mano», confiesa el artista, cuya obra ha convertido el universo taurino en una explosión de colores, ironía y contemporaneidad.

Su pintura se aleja deliberadamente de los códigos tradicionales de la iconografía taurina. Frente a los ocres, las sombras y la solemnidad que históricamente han acompañado a la representación del toro, Alonso propone una estética vibrante, eléctrica y profundamente reconocible. Su intención no es únicamente pintar la tauromaquia, sino conseguir que esta dialogue con nuevos públicos.

«Quiero romper totalmente. Quiero llevar la tauromaquia a Nueva York, Miami, Tokio… Quiero que incluso alguien que no sea partidario de los toros vea un Morante o un Curro y piense: ‘Joder, qué bien quedaría eso en mi salón'».

Una declaración de intenciones que resume su particular manera de entender el arte: no como un ejercicio de complacencia, sino como una oportunidad para conquistar territorios inesperados.

El toro como obra de arte

Picasso, Goya o Dalí encontraron en la tauromaquia un territorio inagotable de inspiración. Para Alonso, esa fascinación trasciende la figura del animal y alcanza todo cuanto sucede a su alrededor.

«El toro desborda arte lo mires por donde lo mires. El torero, el traje de luces, la arquitectura de la plaza, el humo del puro… Hasta la cara que pone un japonés que entra por primera vez en una plaza de toros desborda arte».

En esa enumeración aparentemente espontánea se esconde una concepción estética que entiende la fiesta como una obra total, donde conviven arquitectura, moda, escenografía, movimiento y emoción.

El traje de luces ocupa un lugar especialmente significativo en su imaginario. Alonso lo define como «el traje de superhéroe español», una indumentaria que, a su juicio, reúne teatralidad, identidad y una capacidad visual difícilmente comparable con cualquier otra expresión cultural.

También el color adquiere una dimensión casi ideológica. «La tauromaquia es color, pasión, electricidad, transmisión. Hay artistas que pintan con colores ocres y apagados, y me parece muy bien, pero a mí no me transmiten lo que es la tauromaquia. La tauromaquia es explosión».

Morante, la eternidad de un instante

Si existe una figura que concentra buena parte de su admiración artística, esa es la de José Antonio Morante de la Puebla.

Para Alonso, el diestro sevillano representa algo que va mucho más allá de la técnica o del resultado de una faena. Es una forma de estar en el mundo.

«Para ser torero, antes hay que parecerlo. Hay toreros a los que ves por la calle y podrían dedicarse a cualquier cosa. Pero cuando ves a Morante dices: ahí viene el torero. Desprende torería por cada poro de su piel, por cada hilo de su ropa».

El pintor encuentra en él una síntesis de clasicismo, creatividad e inspiración. Una figura capaz de provocar emociones incluso entre quienes se resisten a reconocer su grandeza.

Recuerda especialmente una tarde en Las Ventas, durante la segunda salida a hombros de Morante en Madrid. A su lado, un espectador aseguraba que abandonaría la plaza si le concedían la segunda oreja. Cuando llegó el momento, no solamente permaneció en su asiento, sino que terminó corriendo para contemplar la salida a hombros del torero.

«Una sola verónica de Morante hace explotar toda una plaza. No sabemos la suerte que tenemos de haber coincidido en el tiempo con él. Morante debería ser eterno».

Y quizá ahí reside una de las grandes paradojas que alimentan la obra de Alonso: la necesidad de convertir en permanente aquello que, por naturaleza, es irrepetible.

Pintar el miedo, disfrazar el valor

¿Se puede pintar algo tan invisible como el miedo?

Alonso considera que sí. Una mirada, una postura o incluso un brochazo pueden contenerlo. Sin embargo, reconoce que el miedo taurino posee una naturaleza particular.

«Es un miedo con arte, un miedo con una montera puesta, un miedo disfrazado de valor».

Para el artista, el torero convive con esa emoción antes de pisar el ruedo, pero una vez frente al animal, el miedo deja paso a una verdad mucho más radical: la posibilidad de la gloria o de la muerte.

Es precisamente esa dimensión humana la que convierte la tauromaquia en una fuente de inspiración artística y, al mismo tiempo, en un territorio de controversia.

Alonso no esquiva el debate. Considera que buena parte del rechazo contemporáneo a la fiesta responde a factores culturales y políticos, y denuncia lo que interpreta como una voluntad de desvincular a España de determinadas tradiciones.

«No puedes pretender gobernar un pueblo y quitarle sus costumbres y tradiciones. No se le puede quitar a un cuerpo el alma», sostiene.

Sus posiciones son contundentes, también cuando habla del circuito artístico. Asegura que la temática taurina le ha cerrado puertas en galerías e instituciones, aunque reivindica su independencia frente a cualquier intento de condicionar su discurso.

«Yo pinto para hacer arte, no para que nadie me diga si está bien o mal».

El arte de incomodar

En una época marcada por la corrección política, Alonso defiende que la creación no puede estar sometida a la aprobación permanente del espectador.

Su planteamiento es sencillo: una obra que no provoca ninguna reacción difícilmente puede aspirar a transformar la mirada de quien la contempla.

«Creo que para que un artista triunfe tiene que gustar, pero también no gustar. Si un artista gusta a todo el mundo, malo».

Esa filosofía explica su empeño por reinterpretar la pintura taurina desde lenguajes contemporáneos, incluso a riesgo de incomodar tanto a los sectores contrarios a la fiesta como a los aficionados más tradicionales.

Porque Alonso no pretende reproducir una estampa nostálgica. Aspira a introducir la tauromaquia en los códigos visuales del presente, sin renunciar a la memoria de la que procede.

Y cuando imagina sus obras dentro de cien años, su deseo no es que sean contempladas únicamente como objetos decorativos, sino como testimonios de una cultura que considera esencial para comprender España.

«Me gustaría que vieran la grandeza de España, donde vida y muerte bailan agarradas cada tarde, donde torero y toro utilizan el albero como un lienzo y hacen la mayor de las obras con sus pisadas, los lances del capote y su sangre».

La belleza que desafía al tiempo

La reflexión final de Javier Alonso conduce inevitablemente a una pregunta: ¿Quién es más artista, el torero que crea una obra destinada a desaparecer en segundos o el pintor que consigue perpetuarla durante siglos?

Para él, ambos trabajan con una materia común, la belleza, pero mantienen una relación radicalmente distinta con el tiempo.

«El torero crea belleza en tiempo real, utilizando su propio cuerpo como pincel y el albero como lienzo. La inminencia de la muerte despoja al arte de cualquier falsedad».

Un pase perfecto dura apenas unos segundos. Ninguna verónica volverá a ser exactamente igual. El movimiento desaparece en el instante mismo en que sucede, y esa fragilidad constituye buena parte de su intensidad.

El pintor, por el contrario, posee una facultad extraordinaria: detener el tiempo.

«El pintor extrae la belleza del fluir destructivo del tiempo y la congela para la eternidad. Consigue que algo que ya murió siga vivo miles de años después».

Mientras el torero se enfrenta a un ser vivo, imprevisible y dinámico, el pintor se enfrenta al vacío absoluto de un lienzo en blanco. Uno improvisa frente al riesgo; el otro construye desde la imaginación. Ambos, sin embargo, aspiran a alcanzar algo que trascienda su propia existencia.

Quizá por eso Javier Alonso no entiende la pintura como una simple representación de la tauromaquia. Su verdadera ambición consiste en rescatar del olvido aquello que el tiempo inevitablemente se lleva: un gesto, una mirada, un pase de pecho o una tarde de gloria.

Y cuando se le pide que elija entre el torero y el pintor, encuentra una tercera respuesta, tan inesperada como coherente con su concepción del arte.

«Yo diría que el más artista es Dios, que ha sido quien ha dado vida al arte en todas sus formas».

Al fin y al cabo, mientras el torero persigue la eternidad durante unos segundos, el pintor dispone de toda una vida para conseguir que esos segundos no mueran nunca.

Querido Simón:

Hay amistades que empiezan con un apretón de manos. Otras, con una copa de vino. La nuestra, a estas alturas, amenaza con convertirse en un tratado filosófico sobre la inutilidad de los electrodomésticos.

El otro día me confesaste que querías ser un paraguas. No un paraguas cualquiera. Uno de esos que sirven tanto cuando llueve como cuando hace sol. La vida perfecta, dijiste. Y yo, que siempre he tenido cierta debilidad por llevar la contraria a los hombres inteligentes, te contesté que prefería ser un secador.

Entonces apareció el existencialista que llevas dentro.

«Es que los secadores somos existencialistas. De un día para otro cambiamos nuestra condición humana. Por lo tanto, esta noche quiero ser paraguas».

Reconozco que pocas veces he escuchado una defensa tan convincente de la metamorfosis humana. Kafka convirtió a Gregorio Samsa en un insecto. Tú has conseguido convertirte en un pequeño electrodoméstico y, cinco minutos después, en un objeto impermeable. Sin pasar por el purgatorio.

Pero el problema llegó cuando quise ser tu secador.

«A ver si te enteras de que un secador no le sirve para nada a un paraguas, ya que, por definición, nunca se moja el pelo. Si quieres ser mi amiga eterna no puedes ser secador».

Y entonces comprendí que llevábamos toda la vida confundiendo la utilidad con el destino.

Porque un paraguas que nunca se moja y un secador que nunca seca son, probablemente, la definición más hermosa de la amistad.

Absolutamente inútiles. Y, por eso mismo, eternos.

Quiero ser tu secador precisamente porque no me necesitas.

Hay algo profundamente revolucionario en querer permanecer al lado de alguien sin tener que salvarlo, arreglarlo o servirle para absolutamente nada. Vivimos rodeados de relaciones que funcionan como contratos de mantenimiento. Te quiero porque me cuidas. Te llamo porque me escuchas. Te busco porque me haces falta. Y cuando desaparece la necesidad, desaparece también el afecto.

Nos hemos acostumbrado tanto a justificar el amor por su utilidad que hemos olvidado su naturaleza más hermosa. La gratuidad.

Quizá por eso me gustan tanto nuestras conversaciones. Porque no conducen a ninguna parte y, sin embargo, siempre llegamos a algún sitio.

Como aquella noche en la que, entre una oración y una barbaridad de las tuyas, me escribiste que estabas rezando. Y llorando. Para que nuestro Señor nos bendijera.

Un minuto después ya estabas haciendo las paces con el infierno.

Me explicaste, con esa irreverencia tan tuya, que un día rezas y al siguiente te entregas a los pecados de la carne. Que por eso te llevas estupendamente con los dirigentes de ambos territorios, el paraíso y el infierno.

Y remataste la teoría con una obscenidad sobre los 28 de febrero de los años bisiestos que, por respeto al lector y a la Conferencia Episcopal, prefiero dejar en nuestra correspondencia privada.

Amén.

Siempre he sospechado que Dios tiene sentido del humor. De lo contrario, no habría creado a los hombres. Y mucho menos a los franceses que se dedican a organizar corridas de toros en España.

Pero hay algo que me conmueve de esa convivencia tuya entre lo sagrado y lo profano. Que puedes rezar llorando y reírte de ti mismo unos segundos después. Que no necesitas disfrazarte de santo para hablar con Dios. Ni de pecador para hacer reír a los demás.

Quizá la fe también sea eso. Un paraguas que no impide que llueva, pero bajo el que uno encuentra refugio.

Y llegamos al reloj.

Me escribiste, bastante preocupado, que te había ocurrido algo extraño. Tu teléfono y tus relojes no se habían puesto de acuerdo y, como consecuencia, habías perdido una hora.

«Desde esta mañana la estoy buscando debajo de mi cama».

Me reí.

Después pensé que, de todas las cosas que podemos perder en esta vida, el tiempo es la única que jamás podremos recuperar. Aunque lo busquemos debajo de la cama, dentro de un cajón o en los bolsillos de un abrigo que llevamos años sin ponernos.

Borges imaginó laberintos en los que el tiempo se bifurcaba. Cortázar nos advirtió de que cuando nos regalan un reloj, en realidad, somos nosotros los regalados. Y tú, Simón, has decidido buscar una hora extraviada entre las sábanas.

Los tres, a vuestra manera, tenéis razón.

Porque nos pasamos la existencia intentando ganarle tiempo al tiempo. Corriendo para llegar antes, trabajando para tener más, aplazando abrazos para cuando las cosas estén tranquilas. Como si existiera una oficina de objetos perdidos donde alguien pudiera devolvernos los domingos que no vivimos.

Y, sin embargo, hay horas que no se pierden aunque desaparezcan del reloj.

Las que pasamos hablando con alguien a quien queremos. Las que se nos escapan riendo. Las que no sirven para nada. Las que no producen, no facturan, no resuelven ningún problema y no aparecen en ninguna agenda.

Esas horas son, precisamente, las únicas que nos pertenecen.

Tal vez la eternidad no sea una cuestión de duración, sino de intensidad. Tal vez no consista en vivir para siempre, sino en encontrar personas con las que una hora pueda convertirse en una vida entera.

Por eso, querido Simón, he decidido que seguiré siendo tu secador.

Aunque seas un paraguas.

Aunque nunca te mojes.

Aunque mañana, por algún capricho existencialista, decidas convertirte en un reloj, un toro o una sombrilla de playa.

No voy a exigirte que necesites nada de mí para justificar mi presencia. Ni voy a pedirte que te quedes quieto bajo la lluvia para poder secarte después.

Y si algún día vuelves a perder una hora, no la busques debajo de la cama.

Llámame.

La perderemos juntos.

Y así, por una vez, habremos ganado los dos.

Tu secador eterno.

La corbata negra más famosa de Moët & Chandon se desata esta Navidad. La Maison francesa transforma uno de sus códigos históricos en Moët Bow, una colección de ediciones limitadas que viste sus botellas más emblemáticas con un nuevo accesorio, personalizable y reutilizable, pensado para convertir cada regalo en parte de la celebración.

De la corbata negra al lazo más festivo

Para entender el origen de Moët Bow hay que remontarse a 1886, cuando la Maison introdujo la emblemática corbata negra que, con el paso del tiempo, se convertiría en una de sus señas de identidad visual. En la década de los noventa, este elemento incorporó un delicado hilo dorado que reforzó su carácter distintivo y elegante.

Más de un siglo después, aquel símbolo evoluciona sin perder su esencia. El lazo de Moët Bow recupera el legado de la casa y lo adapta a una estética actual, en la que la botella deja de ser únicamente el centro del brindis para convertirse también en un objeto de diseño. El resultado es una propuesta que conecta tradición y modernidad y que encuentra en la Navidad el escenario perfecto para reivindicar el arte de regalar.

Un lazo con nombre propio

La pieza central de la colección es Moët Bow, una botella de Moët & Chandon Brut Impérial vestida con el característico lazo negro. Disponible desde el 1 de noviembre en la web de El Club del Gourmet y en una selección de tiendas especializadas, tiene un precio de 48,15 euros.

Pero el lazo no se limita a cumplir una función decorativa. Concebido como un accesorio independiente y reutilizable, puede retirarse y emplearse de distintas maneras, prolongando su vida más allá del momento de abrir la botella. Una forma de convertir un detalle estético en un elemento personal, pensado para acompañar diferentes ocasiones.

La propuesta suma, además, una experiencia de personalización online que estará disponible desde mediados de noviembre en la tienda oficial de la Maison. Para las botellas de 75 cl de Moët & Chandon Brut Impérial y Moët & Chandon Impérial Rosé, será posible elegir el color del lazo —negro, verde o rojo— y añadir dos iniciales en dorado. Un gesto que transforma cada botella en un regalo hecho a medida.

Del rojo vibrante al estuche de edición limitada

La colección se completa con otras dos propuestas que trasladan el universo Moët Bow a diferentes formatos. Por un lado, Moët Bow Pouch, una funda en rojo intenso decorada con el emblemático lazo y diseñada para mantener la botella de Brut Impérial a la temperatura ideal. Estará disponible en exclusiva en El Corte Inglés por 51,50 euros.

Por otro, los estuches Bow Giftbox, que presentan Moët & Chandon Brut Impérial y Moët & Chandon Impérial Rosé en ediciones limitadas. Con precios de 44,95 € y 58,55 €, respectivamente, podrán encontrarse en los centros de El Club del Gourmet, su página web y tiendas especializadas.

Tres interpretaciones de un mismo código estético que sitúan el diseño en el centro de la experiencia y recuerdan que, en ocasiones, la diferencia está en los detalles. Esta Navidad, Moët & Chandon convierte su corbata más célebre en un lazo y reivindica una forma de celebrar en la que el regalo también forma parte del brindis.

Acceso a la entrevista completa haciendo clic en este enlace.

Ángel Teruel lleva en el rostro las marcas de una profesión en la que el peligro nunca concede tregua, pero no está dispuesto a disfrazar de heroicidad todo lo que ha vivido. El torero protagoniza el segundo capítulo de la nueva temporada de «FEARLESS on Fire«, el videopodcast de FEARLESS dirigido por Katy Mikhailova, en una conversación que se aleja del relato grandilocuente para adentrarse en el hombre que existe detrás del traje de luces.

99 puntos y ninguna necesidad de hacerse el héroe

Una cornada en Francia le dejó 99 puntos en el rostro. Una cifra que habla por sí sola de la dureza de una profesión en la que el cuerpo se convierte, en ocasiones, en el precio más visible del oficio. Sin embargo, Teruel rehúye el dramatismo y cuestiona esa tendencia a convertir cada percance en una historia de supervivencia. «Las he pasado canutas, pero no he estado al borde de la muerte frente a un toro. Sería injusto decir que he estado entre las tablas por ponerme como un héroe», reconoce.

Su testimonio se aparta así de la épica habitual que rodea al mundo taurino. No necesita exagerar el peligro ni alimentar el mito para explicar lo que significa ponerse delante de un toro. En su relato, la honestidad pesa más que cualquier gesto de bravura y las cicatrices cuentan su propia historia.

Una vida entre el campo y la tradición taurina

Más allá de las tardes de expectación y del albero, la conversación se adentra en las raíces de Teruel. La vocación, la vida de campo y la familia dibujan una faceta menos expuesta del torero, alejada de la imagen pública que acompaña a quienes hacen de la tauromaquia su profesión.

En ese recorrido aparece también una herencia ligada a dos apellidos fundamentales de la historia del toreo: los Dominguín y los Ordóñez. Un legado que conecta generaciones y ayuda a situar a Teruel dentro de una tradición en la que la plaza es solo una parte de un universo mucho más amplio, construido también a partir de los vínculos personales, las costumbres y una determinada manera de entender la vida.

Del albero a lo que sucede fuera de la plaza

El episodio también mira hacia otros nombres del panorama taurino actual, entre ellos Andrés Roca Rey, y abre la conversación a todo aquello que sucede lejos de los tendidos. Porque la vida de un torero no termina cuando abandona la plaza ni empieza necesariamente cuando suena el pasodoble.

Con Ángel Teruel, «FEARLESS on Fire» vuelve a explorar ese territorio en el que el personaje público cede espacio a la persona. Una conversación sobre el oficio, sus consecuencias y la identidad de quienes lo ejercen, sin necesidad de levantar un monumento al protagonista. A veces, la mejor manera de contar una vida marcada por el riesgo consiste, precisamente, en no exagerarla.

ST-GERMAIN, el licor francés premium de flor de saúco, y el chef Stéphane del Río se unen en Le Bistroman Atelier para reinterpretar el aperitivo con una propuesta gastronómica que combina pequeños bocados y coctelería. El ST-GERMAIN Spritz acompaña un menú exclusivo diseñado para disfrutar de la cocina del país vecino desde una perspectiva desenfadada.

Disponible hasta el 22 de diciembre, la experiencia reúne cinco elaboraciones, desde una ostra con granité de pepino, manzana verde y champagne hasta un magret de pato lacado con miel y especias y una pavlova de cítricos. Una invitación a recuperar el placer de reunirse alrededor de la mesa, con el equilibrio entre los sabores del chef y las notas florales del cóctel como hilo conductor.

Un menú francés con la flor de saúco como hilo conductor

La experiencia arranca con una ostra acompañada de granité de pepino, manzana verde y champagne, seguida de una gougère de queso de cabra. Entre los bocados más sugerentes figura el brioche con flor de saúco, relleno de steak tartar y foie gras de pato, una combinación que conecta el universo del cóctel con la cocina del chef. El recorrido continúa con magret de pato lacado con miel y especias y culmina con una pavlova de limón, cítricos y flores.

La selección juega con contrastes cítricos, matices cremosos y sabores más intensos, buscando el equilibrio con el perfil floral y las burbujas del ST-GERMAIN Spritz. No se trata únicamente de acompañar un cóctel con comida, sino de construir una experiencia en la que cada elaboración encuentre su lugar alrededor de la mesa.

«Lo que me inspiró del ST-GERMAIN Spritz fue su delicado carácter floral», explica Stéphane del Río, chef y cofundador de Le Bistroman Atelier. La idea, señala, fue trabajar con el contraste y el equilibrio, desde las notas cítricas hasta los sabores más intensos y ahumados, sin renunciar a la identidad gastronómica del restaurante.

Dos universos franceses, una misma forma de entender el placer

La colaboración conecta dos proyectos unidos por sus raíces francesas. La cocina de Stéphane del Río revisita la tradición gastronómica del país vecino desde una mirada propia, mientras que ST-GERMAIN construye su identidad alrededor de un licor premium elaborado con flores de saúco silvestres, recolectadas a mano en Europa durante las pocas semanas que dura su floración cada primavera.

Su imaginario remite, además, al París de los años veinte y a Saint-Germain-des-Prés, barrio asociado a la efervescencia artística, la libertad creativa y una sofisticación sin excesos. Ese legado también se refleja en la estética Art Déco de su botella, convertida en una de las señas de identidad de la marca.

Ahora, ese espíritu encuentra su escenario en Le Bistroman Atelier, con una propuesta que reivindica el aperitivo como una forma de reunirse y disfrutar de la gastronomía desde otra perspectiva. Una cita temporal para quienes buscan nuevos planes en Madrid y quieren añadir un toque francés a sus encuentros alrededor de la mesa.

La experiencia estará disponible hasta el 22 de diciembre en Le Bistroman Atelier, donde el menú creado por Stéphane del Río y el ST-GERMAIN Spritz protagonizan esta particular interpretación del aperitivo francés.

Cómo preparar un ST-GERMAIN Spritz en casa

Para quienes quieran llevarse un poco de este ritual a casa, el ST-GERMAIN Spritz también puede prepararse con facilidad. Basta con combinar 40 ml de licor ST-GERMAIN, 60 ml de vino espumoso seco y 60 ml de soda. Se sirve con hielo, se remueve suavemente para integrar los ingredientes y se termina con una tira de piel de limón y, de forma opcional, flores comestibles. El resultado es un cóctel fresco y floral, perfecto para inaugurar el aperitivo.

Entre tortitas, huevos benedictinos y brioche de salmón, BLESS Madrid y María Gálvez (Goutdhestia) convierten el fin de semana en una excusa para sentarse a la mesa sin mirar el reloj.

Madrid tiene un talento especial para convertir cualquier comida en un plan. Y si a eso se suma una buena mesa, una dirección con personalidad y una propuesta gastronómica firmada por una de las creadoras de contenido culinario del momento, la ecuación mejora todavía más. BLESS Madrid se alía con María Gálvez, fundadora de Goutdhestia, para llevar su universo gastronómico a Pinzelada Lounge con un brunch que invita a alargar las mañanas del fin de semana entre recetas apetecibles, sabores reconocibles y algún que otro capricho.

Disponible los sábados y domingos, de 11:00 a 16:00 horas, hasta el 29 de noviembre, esta colaboración propone una manera diferente de disfrutar del ritual del brunch en la capital. Una cita para quienes entienden que los mejores planes no siempre necesitan grandes preparativos: a veces basta con una mesa bien puesta y tiempo por delante.

De los huevos benedictinos al brioche de salmón

La propuesta, desarrollada junto al chef ejecutivo de BLESS Madrid, parte de una idea sencilla: comer bien, compartir y disfrutar sin prisas. La experiencia arranca con una selección de panes, tostadas y crackers, fruta de temporada, bollería artesanal, yogur griego con granola y miel, además de ibéricos, pavo y quesos. Un primer asalto que invita a tomarse la mañana con calma antes de pasar a los platos principales.

Entre las opciones saladas destacan el sándwich de roast beef con rúcula, pepinillo encurtido y granos de mostaza; el brioche de salmón con yogur griego, limón, cebollino y pepino; o el pan de cristal con vitello tonnato y alcaparrones fritos. Para quienes prefieren empezar el día con algo más contundente, hay tortitas con huevo, bacon y sirope de arce, croissant Benedict con aguacate, huevo poché y salsa holandesa, o una tosta de burrata con espárragos trigueros y tomates cherry asados.

El apartado dulce tampoco se queda atrás, con tortitas acompañadas de crema de mascarpone, nata y mermelada casera de arándanos. Porque si algo define un buen brunch es esa libertad de pasar de lo salado a lo dulce sin necesidad de elegir bando.

Una excusa para descubrir otra cara de Madrid

Más allá de la carta, la colaboración conecta dos universos que comparten una misma premisa: hacer de la gastronomía una experiencia que va más allá del plato. Por un lado, Goutdhestia, el proyecto de María Gálvez, que ha construido su identidad alrededor de una cocina creativa, cercana y fácil de llevar a casa. Por otro, BLESS Madrid, que incorpora esta propuesta a la personalidad cosmopolita de su espacio.

Quienes quieran ampliar el recorrido gastronómico también podrán optar por algunos de los platos favoritos del chef del hotel, entre ellos los rigatoni con berenjena y burrata, el tataki de solomillo de ternera, el tataki de atún o la hamburguesa de wagyu con queso ahumado y salsa BLESS.

El plan tiene fecha de caducidad, así que conviene apuntarlo en la agenda: el brunch estará disponible todos los sábados y domingos hasta el 29 de noviembre, de 11:00 a 16:00 horas, en Pinzelada Lounge, dentro de BLESS Hotel Madrid, por 49 euros por persona. Una dirección que sumar a la lista de planes de Madrid para quienes disfrutan tanto de descubrir nuevos sabores como de convertir una mañana cualquiera en una ocasión especial.

Querido Simón:

El otro día me dijiste que las flores no sobreviven a los muertos. Sobreviven a los vivos.

Y desde entonces no he dejado de pensar en ello.

He cumplido treinta y seis años y me han regalado muchas flores. Entre ellas, el ramo que encabeza estas líneas, cortesía de mi querido redactor jefe, ese hombre que, entre otras virtudes y algún que otro defecto, tiene la responsabilidad ocasional de subir nuestras cartas a la web. Sospecho que todavía no sabe muy bien qué hacer con nosotros. Ni con las cartas ni conmigo.

Escribo estas líneas con vistas a la ermita de la finca Los Ángeles, de Ángel Teruel. Un lugar que difícilmente podría inspirar más estas correspondencias nuestras. A mi lado descansa La tarde perfecta, el libro sobre José Tomás que tú me regalaste y dedicaste, con prólogo de Andrés Calamaro. Hay algo deliciosamente absurdo en esta estampa. Una periodista nacida en armenia y criada en un sitio tan poco exótico como Las Rozas, un torero y ganadero español, un empresario francés más español que las pesetas, un cantante argentino y un libro sobre un hombre que convirtió el silencio de una plaza en una forma de eternidad.

Y, de fondo, el campo extremeño. Las encinas, la jara y esa manera que tiene el silencio de hacer ruido cuando uno empieza a escucharlo.

Durante estos días estoy compartiendo momentos preciosos con la familia de Ángel. Con su madre, Lydia, una mujer que pertenece a una familia donde los toros no son solamente una profesión, sino una forma de entender la vida. Tía de toreros como Francisco y Cayetano Rivera, conoce bien ese extraño oficio de querer a hombres que se juegan la vida delante de miles de desconocidos. Hoy ha cocinado un cocido que da gusto. Y revive a muertos y socialistas.

He pensado mucho en lo que significa una casa. O más bien hogar. En cómo determinados lugares, por muy hermosos que sean, permanecen vacíos hasta que alguien consigue habitarlos con nosotros.

Me viene a la memoria Elvira Sastre y esa idea de que el hogar no siempre tiene paredes ni una dirección postal. A veces es, sencillamente, alguien que nos abre la puerta. Y en mi caso es Ángel quien la abre.

He descubierto que no existe mayor belleza que convertir en hogar cualquier lugar en el que pueda estar a su lado. Aunque yo venga de la ciudad y él (aún nacido en Madrid y siendo gato de cinco generaciones) ahora pertenezca al campo. Tú a Nimes. “Nimessssuenas” y tú sí me suenas (algún día mis socias y amigas sinvergüenzas de SHAMELESS Ana María Martín, Ainhoa Moreno y Bea Fanjul te lo contaremos).

Y aunque mis días estén llenos de reuniones, teléfonos y prisas; y los suyos -los de Ángel- se midan por el movimiento de los animales, las estaciones y la luz que cae sobre las encinas, hay un hilo conductor, que es el amor.

Hay geografías que no aparecen en los mapas. Y personas que, sin proponérselo, terminan convirtiéndose en nuestro lugar favorito del mundo.

Pero vuelvo a las flores, Simón. Llevamos flores a los cementerios como quien entrega una disculpa tardía. Las colocamos sobre las tumbas, las regamos durante unos días y después las abandonamos a su suerte. Las flores se marchitan. Los muertos permanecen. Y nosotros, que presumimos de estar vivos, seguimos sin saber muy bien qué hacer con semejante privilegio.

He cumplido trenta y tres más tres. Mi obsesión son los “treses”. Una edad bastante absurda para tener respuestas y suficientemente peligrosa para empezar a hacerse las preguntas correctas.

He aprendido muchas cosas. La más importante es que no he aprendido nada.

Me siento extranjera. No de un país, ni de una ciudad, ni siquiera de una lengua. Extranjera de una vida que llevo treinta y seis años habitando y que todavía consigue sorprenderme como una casa en la que aparecen habitaciones que desconocía.

A veces tengo la sensación de haber llegado tarde a mi propia existencia. O demasiado pronto. Como esos invitados que aparecen en una fiesta cuando todavía están colocando las copas y se marchan justo antes de que suceda algo extraordinario. Quizá por eso últimamente pienso tanto en el miedo.

No en el miedo a morir. En el miedo a vivir. Porque morir, al fin y al cabo, es una obligación que la naturaleza nos impone sin consultarnos. Vivir, en cambio, exige una valentía que no siempre estamos dispuestos a demostrar.

Hay quien pasa ochenta años respirando sin haber vivido una sola tarde. Y hay quien concentra una existencia entera en un beso, una despedida o una conversación a las tres de la madrugada.

No sé quién inventó la longevidad como medida del éxito. A mí me parece una contabilidad bastante vulgar. No deberían preguntarnos cuántos años hemos vivido, sino cuántas veces hemos sentido que merecía la pena hacerlo.

Me pregunto, Simón, qué ocurre unos minutos antes de que alguien decida quitarse la vida. No hablo del acto, sino de ese instante anterior en el que el mundo, de pronto, deja de ofrecer una salida, como tú me explicas en una terraza cualquiera del Barrio de Salamanca.

Cuánto silencio puede caber en una cabeza? ¿Cuánto dolor necesita acumular una persona para dejar de reconocerse en el espejo?

Me aterra pensar que alguien pueda sentirse tan extranjero de su propia vida que termine creyendo que ya no tiene derecho a habitarla.

Y, sin embargo, hay algo que me desconcierta todavía más. La facilidad con la que los vivos damos por supuesta nuestra permanencia.

Nos enfadamos por tonterías. Aplazamos abrazos. Guardamos palabras para una ocasión más conveniente. Nos despedimos con desgana, convencidos de que mañana habrá otra oportunidad.

Qué arrogancia la nuestra. El mañana es el mayor acto de fe de la humanidad. Nadie lo ha visto y todos hacemos planes con él.

Tú, que has pasado media vida contemplando cómo un hombre se enfrenta a un animal que puede matarlo (en verdad duraste un día, pero ese día se eternizó), sabes algo de esto. El torero no entra en la plaza porque ignore la existencia de la muerte. Entra precisamente porque la conoce. Porque sabe que está ahí, respirándole en la nuca, esperando un descuido.

El valor no consiste en no tener miedo, sino en impedir que el miedo decida por nosotros. Somos muy “fearless” aquí. Como el nombre de la cabecera.

Hay algo que he escuchado estos días y que me ha dejado pensando. El torero no se retira cuando se hace viejo. Se hace viejo cuando se retira. Y, en ocasiones, ni siquiera se retira de los toros. Se retira del miedo. Eso también me explicaste tú. Pero Ángel discrepa, aunque de eso ya hablaremos un día (él dice que el torero puede retirarse cuando empieza a padecer el miedo, aunque no fuera su caso particularmente).

Me gusta pensar que existe una retirada mucho más peligrosa que no tiene nada que ver con los ruedos. La del hombre que, sin darse cuenta, empieza a retirarse de su propia vida.

Deja de enamorarse por miedo a sufrir. Deja de arriesgar por miedo a perder. Deja de decir lo que piensa por miedo a quedarse solo. Hasta que un día descubre que ha conseguido protegerse de absolutamente todo. Incluso de la felicidad.

Y ahí está la gran paradoja, Simón. Nos pasamos la vida intentando que nada nos mate y terminamos permitiendo que muchas cosas nos impidan vivir.

Yo he decidido desobedecer. Desobedecer al miedo, a la prudencia excesiva, a las convenciones que convierten la existencia en una sucesión de días razonables. A quienes confunden la serenidad con la resignación y la madurez con la renuncia.

No quiero una vida perfectamente administrada. Quiero una vida que, cuando llegue a su último capítulo, tenga las páginas dobladas, algunas manchas de vino y un par de párrafos que jamás me atrevería a leer en voz alta.

Porque he descubierto otra cosa a mis treinta y seis años. La valentía no siempre tiene aspecto heroico.

A veces consiste en quedarse cuando sería más sencillo marcharse. En pedir perdón sin saber si seremos perdonados. En volver a enamorarse después de haber jurado que nunca más. En levantarse una mañana sin encontrarle demasiado sentido a nada y, aun así, abrir las ventanas. Quizá vivir sea precisamente eso. Abrir las ventanas.

Hay una frase que me persigue desde hace días. Me he creado un antídoto contra el suicidio.

No hablo de una fórmula milagrosa ni de una respuesta al sufrimiento de los demás. Hay dolores que necesitan ayuda, compañía y cuidados que ninguna metáfora puede sustituir. Hablo de mi pequeña rebelión personal contra esa forma silenciosa de desaparecer que consiste en dejar de desear.

Mi antídoto es la curiosidad. Querer saber qué sucederá mañana. Qué libro me hará cambiar de opinión. Qué desconocido terminará convirtiéndose en imprescindible. Qué ciudad me hará sentir en casa. Qué conversación me dejará sin argumentos. Seguir queriendo saber. Incluso cuando la respuesta duela.

Pienso otra vez en tus flores. En lo extraño que resulta, como narras, que llevemos flores a quienes ya no pueden olerlas, mientras escatimamos belleza a quienes todavía pueden recibirla.

Deberíamos regalarnos más flores en vida. Y más tiempo. Y más domingos sin motivo. Deberíamos celebrar a los vivos con la misma solemnidad con la que despedimos a los muertos. Porque las flores también mueren, Simón. Y nosotros con o sin ellas.

Pero antes de marchitarse, las flores cometen una maravillosa imprudencia. Florecen.

Sin garantías. Sin contratos de permanencia. Sin preguntarle al jardinero cuánto tiempo les queda.

Florecen porque para eso han venido al mundo. Y yo, que acabo de cumplir treinta y seis años y sigo sin entender demasiado bien de qué va todo esto, he llegado a una conclusión que me parece suficientemente seria para mi edad y suficientemente insensata para mi carácter.

No quiero pasarme la vida aprendiendo a morir. Quiero aprender a florecer. Aunque sea fuera de temporada. Aunque llueva. Aunque nadie venga a regarme.

La multinacional española reúne a más de 250 profesionales de Europa, África y Oriente Próximo en una nueva edición de C.Next Designers EMEA, cuatro jornadas dedicadas a explorar el diseño como herramienta de transformación social.

Almería se ha convertido durante cuatro días en punto de encuentro para algunas de las voces más influyentes de la arquitectura y el diseño internacional. Del 13 al 16 de octubre, Cosentino ha celebrado una nueva edición de C.Next Designers EMEA, su encuentro dirigido a arquitectos, diseñadores y prescriptores de Europa, África y Oriente Próximo, que ha congregado a más de 250 profesionales bajo el lema Design to Transform. Una declaración de intenciones que sitúa el diseño más allá de la estética para reivindicar su capacidad de influir en la sociedad y transformar la manera en que habitamos los espacios.

La cita, que alcanza su cuarta edición en España y la novena a escala mundial, ha contado con la participación de figuras de referencia como Ron Arad, Karim Rashid y el estudio milanés Studiopepe, además de Dezeen como medio colaborador. Un cartel internacional que ha convertido la provincia almeriense en escenario de conversaciones sobre innovación, materiales, nuevas formas de habitar y el futuro de la disciplina.

De Cantoria al Parque Científico-Tecnológico de Almería

El programa arrancó con una bienvenida mediterránea en el CaboGata Beach Hotel y continuó en el parque industrial de Cosentino, en Cantoria. Allí, tras la apertura de Pilar Cosentino, CEO de la compañía, Ron Arad mantuvo una conversación con Jorge Lope, director comercial para Europa del grupo, en la que repasó algunos de los hitos de su trayectoria y sus colaboraciones con la firma española.

La jornada incluyó sesiones formativas sobre los productos de Cosentino y una visita a sus instalaciones, con paradas en las plantas de producción de Dekton, el Centro de I+D y el almacén de piedra natural, uno de los más grandes de Europa. Una inmersión en el universo industrial de la compañía para mostrar cómo la investigación y el desarrollo de materiales se integran en los procesos creativos.

Karim Rashid y Studiopepe, protagonistas de las conferencias

El jueves, el encuentro se trasladó al Parque Científico-Tecnológico de Almería (PITA), donde marcas como Novara, Jung, Speho, TECE y Gaggenau presentaron sus propuestas. Las conferencias magistrales de Karim Rashid y Studiopepe concentraron buena parte de la atención de una jornada que también puso el foco en los desafíos contemporáneos del sector.

Max Fraser, director editorial de Dezeen, moderó dos mesas redondas. La primera, organizada junto a Dornbracht, abordó la hiperpersonalización como herramienta creativa con Monica Arango, fundadora de C’est Ici Design; Danko Lekic, fundador de Black Architecture, y Sascha Bialoian, responsable de gestión global de canales de Dornbracht.

El segundo debate exploró cómo el diseño modifica los hábitos cotidianos y nuestra relación con el entorno. En él participaron Fran Silvestre, fundador de Fran Silvestre Arquitectos; Bidisha Sinha, directora asociada de Zaha Hadid Architects (ZHA), y Ayşin Sevgi Karakurt Macit, fundadora de AS Architects.

Una cena de gala en el Claustro de la Catedral de Almería

La programación culminó con una cena de gala en el Claustro de la Catedral de Almería, inspirada en Artik Nodes, la nueva colección de Dekton. El encuentro contó también con el respaldo de firmas del ámbito del equipamiento, la iluminación, los materiales y el interiorismo, entre ellas Dornbracht, Jung, Gaggenau, Marset y Vibia.

Con esta nueva edición de C.Next Designers EMEA, Cosentino refuerza su apuesta por conectar a la comunidad creativa internacional y situar el diseño en el centro de los debates sobre el futuro. Una convocatoria que, desde Almería, ha reunido a profesionales de distintos mercados para compartir ideas, explorar nuevas soluciones y reivindicar el potencial transformador de la arquitectura y el interiorismo.

Acceso a la entrevista completa haciendo clic en este enlace.

FEARLESS On Fire ha vuelto. El podcast de FEARLESS, dirigido por Katy Mikhailova, estrena su tercera temporada con Aldo Comas como primer invitado. Artista, pintor y una de las personalidades más inclasificables del panorama cultural español, Comas se enfrenta a una conversación sin demasiados rodeos en la que hay espacio para las heridas del pasado, las contradicciones del presente y las preguntas que no siempre resulta cómodo responder.

«Me he criado en mucho caos. Soy como soy gracias a lo mal que lo he pasado», confiesa durante el encuentro. Una frase que sirve de punto de partida para adentrarse en una de las etapas más difíciles de su vida: la muerte de su madre por sobredosis, cuando él tenía 23 años. «Entendí el amor hacia ella una vez muerta», reconoce, en un testimonio que pone sobre la mesa la complejidad de los vínculos familiares y la manera en que determinadas experiencias terminan marcando el rumbo de una vida.

Aldo Comas, de una infancia caótica a la paternidad

La conversación también aborda cómo aquel pasado ha influido en su manera de entender la familia y, especialmente, en el padre que quiere ser. Comas habla de su voluntad de ofrecer a su hijo un entorno distinto al que conoció durante su infancia, marcada por el desorden y los excesos. «Nunca tuve un desayuno porque mis padres estaban durmiendo de la fiesta anterior. No quiero que mi hijo vea botellas encima de una mesa y crezca en una casa desestructurada», explica.

Lejos de quedarse en la confesión personal, el episodio se adentra también en su relación con Macarena Gómez. Juntos forman una de las parejas más singulares del panorama cultural español, una combinación de personalidades que despierta curiosidad tanto dentro como fuera de la pantalla. Su vida en común, sus diferencias y su particular manera de entender el mundo encuentran también su espacio en una charla que no pretende encajar a su protagonista en ninguna etiqueta.

Sexo, política y conversaciones sin filtros

El sexo y la política completan una entrevista que transita entre lo íntimo y lo colectivo. Con Aldo Comas, la tercera temporada de FEARLESS On Fire arranca con una conversación que huye de los discursos previsibles y apuesta por escuchar aquello que a menudo queda fuera del relato público. Una declaración de intenciones para una nueva entrega que promete mantener el espíritu del formato: conversaciones alrededor del fuego y el puro, con personalidades dispuestas a mostrar una cara menos conocida.

El primer episodio de la tercera temporada de FEARLESS On Fire, con Aldo Comas como protagonista, ya está disponible en en los canales oficiales de la revista en Instagram y You Tube. Una primera entrega que invita a descubrir al artista más allá de sus cuadros, sus apariciones públicas y su inconfundible personalidad.

Por MARCO DE PABLOS
Fotografía JUAN CARLOS VEGA
Idea original KATY MIKHAILOVA

La cantera de la arquitectura y el interiorismo se reúne en Neolith llevando algo más que la casa a cuestas, su propio estudio. El resultado son estos bodegones tan personales que recuerdan que, aunque el resultado sea lo visible, lo verdaderamente decisivo siempre ocurre en el interior.

Los bolsos hablan. También las mochilas, las tote bags gastadas por el uso, las fundas negras de ordenador, los cuadernos doblados, los neceseres imposibles y hasta las maletas que algunos arrastran de una reunión a otra como quien vive permanentemente entre escalas. Todo aquello que normalmente permanece cerrado, fuera de foco, se convierte aquí en el centro de la conversación. Porque quizá no exista una manera más precisa de entender cómo piensa alguien que observando aquello que decide llevar consigo cada día.

En el showroom de Neolith, un grupo de arquitectos e interioristas de la nueva generación se reúne alrededor de una idea tan sencilla como reveladora: el interior importa. Y no únicamente el de los espacios que diseñan, sino también el suyo propio. Sus obsesiones, referencias, rutinas y pequeñas supersticiones. Lo que guardan. Lo que necesitan cerca. Lo que, de forma inevitable, acaba definiendo una manera de mirar el mundo. Una premisa que no solo habla de talento emergente, sino también de materia prima, de origen mineral, de aquello que se extrae de la tierra para transformarse en arquitectura. Una coincidencia semántica casi perfecta para una firma como Neolith, que ha convertido la piedra sinterizada en uno de los materiales más influyentes del diseño actual.

Allí están Marcos Trueba, fundador de Trueba Studio, cuya sensibilidad caribeña todavía parece filtrarse en su forma cálida y espontánea de entender los espacios; Teresa Enríquez, de COMAD Arquitectos, con una mirada precisa y silenciosa; Alberto “El Tini”, alma de El Departamento Estudio, capaz de convertir cualquier conversación en una idea visual; Alicia y Alba, de Hurlé & Martín, moviéndose como un tándem perfectamente sincronizado; Álvaro Mesoneros Romanos, fundador de MR Studio; Álvaro Ferrándiz, de FL-ARE; Marta Woodward; la artista Ainhoa Moreno; Borja Esteras, CEO de Arquitalia; y Raquel Gutiérrez, cofundadora de POLIGHT., especializada en el lenguaje intangible de la luz.

Estrenada en la maternidad, Raquel Gutiérrez, cofundadora de POLIGHT., el estudio de la luz, por si quedaba alguna duda, posa con su Bolso Hammock Flip de LOEWE y, como nueva incorporación al kit esencial, un chupete que ya compite en importancia con cualquier herramienta de trabajo. Porque en su caso el universo profesional y el doméstico conviven sin demasiadas fronteras: reglas, metros, libretas, algún frasco de colonia y, por supuesto, un foco. No tanto por precaución técnica, sino por coherencia conceptual, ya que incluso en los momentos menos iluminados siempre hay que asegurarse de que, literalmente, se haga la luz.

Lo interesante no es únicamente quiénes son, sino qué llevan consigo. Hay libretas con esquinas dobladas y páginas llenas de ideas rápidas. Muestras de materiales que aparecen mezcladas con libros, cargadores, perfumes, gafas de sol, cosmética y hasta velas de cumpleaños. Algunos cargan con medio estudio a cuestas; otros apenas necesitan un ordenador y un cuaderno diminuto. El bolso se convierte entonces en una extensión física de la mente creativa, un archivo portátil donde conviven referencias, intuiciones y caos perfectamente organizado.

En una época obsesionada con mostrar el resultado final —la imagen impecable, el render perfecto, el interior terminado—, esta propuesta gira la mirada hacia el proceso. Hacia aquello que sucede antes. Porque diseñar un espacio no empieza frente a un plano, sino mucho antes. Es precisamente ahí donde Neolith encuentra su lugar natural dentro del relato. No como mero telón de fondo, sino como un material cuya filosofía dialoga con esa misma lógica interior. Una superficie arquitectónica creada a partir de materias primas naturales, concebida para estructurar desde dentro y expresarse hacia fuera. Cocina, baño, fachada, mobiliario o pavimento, sus aplicaciones son múltiples, pero todas parten de una misma idea de permanencia, funcionalidad y belleza.

La piedra sinterizada de Neolith lleva años redefiniendo la relación entre técnica y estética. Resistente, versátil y sostenible, el material se ha convertido en un aliado habitual de arquitectos e interioristas que buscan soluciones capaces de responder tanto a las exigencias prácticas como al deseo contemporáneo de crear espacios emocionalmente honestos. Porque hoy el lujo ya no se mide únicamente en apariencia, sino también en durabilidad, conciencia medioambiental y capacidad de mejorar la experiencia cotidiana.

Ellas valen por dos. Alicia y Alba conforman uno de los estudios de interiorismo más en boga del panorama nacional. Están de moda, como sus proyectos y, sobre todo, como sus accesorios, algunos de los cuales ni siquiera han aterrizado todavía en España, lo que da buena cuenta de su fondness of travelling. Sobre la mesa conviven un tote vintage de CELINE, concretamente el modelo Cabas en piel verde, y un bolso Galleria de PRADA en cuero marrón. Su particular y actualizado baúl de la Piquer guarda de todo: aparatología tecnológica vinculada a alguno de sus proyectos, envases de smoothies de firmas recién llegadas a la capital, cosmética americana y japonesa… y hasta los favoritos de las girlies, como los lip shades de Rhode, además de estampitas, accesorios, llaves, peines y neceseres, también identificables a simple vista. Nada falta en el universo de Hurle y Martín, tan particular como ellas mismas.

Quizá por eso el encuentro funciona tan bien. Porque, en el fondo, todos los presentes comparten una misma manera de entender el diseño. Algo que nace desde dentro. Mientras las conversaciones avanzan entre superficies pétreas, copas de vino, flashes y objetos desperdigados sobre las mesas, aparece una sensación generacional difícil de ignorar. La de una nueva hornada de creativos que ya no entiende disciplinas cerradas. Arquitectura, arte, interiorismo, creatividad, iluminación o diseño visual se mezclan constantemente en perfiles cada vez más transversales. Y quizá ahí reside el verdadero interés de esta cantera. En su capacidad para humanizar el diseño. Para devolverle cierta dimensión autobiográfica. Porque detrás de cada interior cuidadosamente proyectado existe siempre otro interior más complejo, más caótico y mucho más revelador: el de quien lo imagina.

Al final, los bolsos vuelven a cerrarse. Las mochilas regresan a los hombros y cada uno recoge sus objetos para continuar con su ritmo de vida vertiginoso. Queda, sin embargo, la certeza de que los espacios que habitamos hablan inevitablemente de nosotros. Y de que, antes de diseñar el exterior, todo creador necesita ordenar —o al menos entender— aquello que lleva dentro. 

El bolso Puzzle Fold de LOEWE parece concebido para quienes entienden el movimiento como una forma de vida. Su arquitectura ligera y casi caprichosa permite plegarlo como si fuera papel, convirtiéndolo en el tote perfecto para huir, o trabajar mientras se huye. Lo sabe bien el interiorista Marcos Trueba, que lo lleva como quien traslada su propio estudio en versión miniatura. Dentro conviven la bruma de LA MER, unas gafas de sol de aire Matrix, exclusivos auriculares de Bang & Olufsen, un cuaderno siempre listo para ideas repentinas, un bolígrafo con vocación de plano y un masajeador de cabeza para despejar las ideas.

Marcos Trueba.

Álvaro Ferrándiz y el estudio que lidera junto a Luis Lombao, FLA-RE, juegan claramente en otra liga, más o menos como muchos de los futbolistas a los que acaban diseñándoles la casa. Por ello, no necesita mucho más que una mochila de cuero negra y, por supuesto, una de sus inconfundibles gorras, casi marca registrada. Asoma El Giro, de Stephen Greenblatt, junto a una funda de gafas con cierto aire retro que, a juzgar por su aspecto, probablemente haya dado más vueltas que muchos de nosotros, también su cámara Olympus, y cómo no, plumas y libretas, un clásico infalible para un arquitecto cuando la inspiración decide presentarse sin previo aviso.

Álvaro Ferrándiz.

A simple vista podría parecer una auténtica devota de la logomanía, pero nada más lejos de la realidad. Marta Woodward, una de las benjaminas del encuentro, llegaba acompañada de uno de los icónicos modelos GG de bambú de Gucci; sin embargo, su universo creativo habla el idioma del minimalismo, las líneas depuradas y la sencillez. Entre los objetos que despliega: un monedero con estampado de serpiente; perfume; carmín; un protector solar inevitable; un metro, lógico en alguien que piensa constantemente el espacio; y un ejemplar de Proyectar una casa, justo lo que ella no deja de hacer a través de su estudio (Woodward & Co).

Marta Woodward.

Ayn Rand es la autora del título que Alberto Eltini, de El Departamento Studio, lleva en su bolsa de viaje. Un tomo de considerable magnitud, La rebelión de Atlas, que imaginamos que debe de pesar lo suyo, aunque quizá no tanto si recordamos que forma parte de uno de los estudios más cotizados del momento, responsable de múltiples proyectos retail, entre ellos las tiendas de la firma de la Generación Z por antonomasia, Nude Project. Para contrarrestar semejante carga intelectual (y física), no falta una gorra, unos tapones para los oídos —cuando la tranquilidad se vuelve imprescindible— y, por sorpresa, las velas utilizadas en su último cumpleaños, celebrado días antes de esta producción. Por último y no menos importante, siguiendo la tendencia impulsada por Balenciaga, tan comentada como polémica, una cinta adhesiva con el nombre del estudio que representa serpentea entre todos sus atributos. ¿Lo veremos la próxima vez que aparezca en estas páginas al más puro estilo Kim Kardashian en aquel desfile de la maison, completamente envuelto en ella? Permanezcan atentos.

Alberto Eltini.

Un transportín es lo que utiliza Álvaro Mesonero-Romanos, de MR Studio, cuando necesita que todo vaya sobre ruedas. A ello se suma su iPad, con algunos de sus proyectos en continua revisión en la galería y sus cuadernos de anotaciones, porque, como decía Picasso, “que las musas te pillen trabajando”. El frescor lo aporta una colonia de Acqua di Parma, mientras que la lectura del momento es Nunca te pares, la autobiografía del fundador de Nike, que probablemente sirve de inspiración constante para no hacerlo precisamente (lo de quedarse quieto).

Álvaro Mesonero-Romanos.

Bolso Flamenco de LOEWE en piel de napa, perteneciente a una colección especial de la casa inspirada en la serie Homage to the Square de Josef Albers. Un accesorio de lo más especial, como su dueña: Teresa Enríquez, de Comad Arquitectos, quien acudió a la velada con una gama cromática perfectamente coordinada con su bolso y con todo lo que llevaba en su interior. Desde un subrayador fluorescente hasta una agenda forrada en terciopelo rosa, pasando por un lip combo de Dior en el mismo tono que el resto de los elementos. Una auténtica pink lady. No podía faltar un metro —por eso de que nunca se sabe— ni sus auriculares de hilo, siempre a mano.

Teresa Enríquez.

El bolso LouLou de SAINT LAURENT por ANTHONY VACCARELLO es el escenario perfecto para presentar a Ainhoa Moreno, encargada de firmar esta instantánea con un beso sellado en carmín. Dentro, lo esencial: cargador, llaves, un pañuelo, joyas y…, ¿una pila? Sí, una pila, para no apagarse nunca, o al menos para intentarlo.

Ainhoa Moreno.

Back to basics podría ser el eslogan que mejor defina el bodegón de Esteras. Un pequeño neceser, también de cuero negro,con lo imprescindible en su interior: tarjetero, gafas, llaves, llavero de aerolínea mediante, que deja entrever el espíritu viajero de su portador, como si hiciera falta confirmarlo, y perfume. Como elemento ligeramente disruptivo aparece un colorímetro con aspecto de catalejo y una mini cámara para dejar constancia de todo lo que sucede a su alrededor, porque mirar ya no siempre es suficiente y él lo sabe.

Borja Esteras.