Por MARCO DE PABLOS

Madrid tiene la capacidad de transportar al comensal a cualquier rincón del mundo sin necesidad de salir de la ciudad. Pero hay lugares que, más que un viaje, consiguen despertar el recuerdo de unas vacaciones. En pleno corazón de la capital, a escasos metros de Plaza de España, existe un restaurante donde el aroma del carbón de encina, la calidad del producto y una cocina profundamente ligada al norte de España invitan a empezar el verano antes incluso de hacer la maleta. La Charca Restaurante ha logrado convertir la tradición asturiana y gallega en una propuesta gastronómica que conquista tanto por el sabor como por la experiencia que la rodea.

Un viaje gastronómico al norte sin salir de Madrid

Cuando llegan los meses de verano, Asturias y Galicia se convierten en dos de los destinos más deseados por quienes buscan naturaleza, buena gastronomía y producto de temporada. La Charca recoge precisamente esa esencia y la traslada a la capital a través de una carta donde el protagonismo recae sobre las brasas y una cuidada selección de materias primas procedentes del norte peninsular.

El restaurante, perteneciente al Grupo Asgaya, con otro local homónimo en los alrededores del Bernabéu, ha encontrado junto a Plaza de España el escenario perfecto para reivindicar una forma de cocinar en la que el producto habla por sí solo. Aquí no hacen falta artificios: carnes seleccionadas de Galicia y Asturias, pescados llegados desde la costa cantábrica, mariscos y verduras de temporada encuentran en el carbón de encina el mejor aliado para potenciar su sabor sin enmascararlo. Una propuesta que recuerda a esas parrillas tradicionales del norte donde el fuego marca los tiempos.

Chuleta a la brasa.

Las brasas como auténtica protagonista

La cocina de La Charca gira alrededor de una parrilla que trabaja con carbón de encina, un elemento que imprime personalidad a cada elaboración. Desde un jugoso solomillo hasta un espectacular chuletón de vaca madurada, o unas chuletillas de cordero, las carnes llegan con el punto exacto que permite apreciar toda su jugosidad y calidad. Mención aparte merece el cachopo, otro de los grandes imprescindibles de la casa y un guiño inconfundible a la cocina asturiana más tradicional.

Sin embargo, limitar la propuesta únicamente a la carne sería injusto. Los pescados ocupan un lugar igualmente destacado. Rodaballo, lubina, pixín —el nombre con el que se conoce al rape en Asturias—, pargo o atún rojo encuentran en las brasas una cocción que respeta su textura y realza su sabor natural. A ello se suman mariscos como las zamburiñas o las navajas y una selección de platos fuera de carta que cambian según la temporada, reforzando esa apuesta por el producto fresco y el mercado. Entre los entrantes, sobresale una delicada anchoa servida sobre pan brioche y mantequilla ahumada, un bocado sencillo en apariencia, pero lleno de matices, que anticipa el cuidado con el que se trabaja cada plato.

La experiencia se completa con los grandes clásicos de la cocina asturiana que han convertido al Grupo Asgaya en una referencia desde hace años. La fabada asturiana, las verdinas con bogavante o los callos elaborados al estilo tradicional siguen ocupando un lugar privilegiado en una carta que consigue equilibrar la contundencia de la cocina de cuchara con la ligereza de los pescados a la brasa.

Ventresca a la brasa a la bilbaina.

Setas de temporada confitadas en carbón de encina con crema trufada de apio nabo.

Como toda buena comida merece un final a la altura, resulta difícil marcharse sin probar alguno de sus postres. La tarta de quesos asturianos, con un sutil toque de queso azul, ofrece un equilibrio perfecto entre intensidad y cremosidad. Al igual que su arroz con leche.

El mejor momento para descubrir las Jornadas del Bonito de Gijón

La visita cobra todavía más sentido durante estos meses gracias a las Jornadas del Bonito de Gijón, una cita gastronómica que el Grupo Asgaya celebra tanto en su emblemático restaurante Asgaya, en Doctor Fleming —que además cuenta con una agradable terraza para disfrutar del verano—, como en La Charca Restaurante.

Coincidiendo con la temporada del bonito del Cantábrico, ambos establecimientos incorporan durante un tiempo limitado una selección de recetas que rinden homenaje a uno de los pescados más apreciados de época estival. Entre ellas destacan la ventresca de bonito en escabeche con tomate de temporada y cebolla morada, el taco de bonito en escabeche con pimientos asados en carbón de encina, el bonito a la brasa con encebollado de sidra o la ventresca a la brasa con salsa bilbaína. Una oportunidad perfecta para acercarse a uno de los productos estrella del norte sin abandonar la gran urbe.

Ventresca de bonito en escabeche.

Taco de bonito en escabeche.

Un comedor que invita a quedarse

Más allá de la cocina, La Charca conquista por la atmósfera que ha sabido crear. A pesar de encontrarse en una de las zonas con mayor movimiento, el establecimiento transmite una sorprendente sensación de calma desde el primer momento. El espacio resulta acogedor, con alrededor de una quincena de mesas que permiten disfrutar de la comida sin el bullicio habitual de otros locales del centro.

Nada más entrar, una barra de líneas limpias y tonos blancos marca el carácter del establecimiento. La decoración apuesta por el minimalismo, con un ambiente luminoso, extremadamente cuidado y una sensación de limpieza y orden que se percibe en cada rincón. Ese equilibrio visual encuentra su contrapunto en unos llamativos techos que aportan personalidad al espacio y rompen la sobriedad del conjunto. Completa el espacio un patio interior, alrededor del cual se sitúan varias mesas.

A todo ello se suma un servicio excepcional, que consigue elevar aún más la experiencia. La atención es cercana, profesional y constante, con un personal pendiente en todo momento de que cada detalle esté cuidado, sin resultar invasivo.

En apenas unos meses, La Charca Restaurante ha conseguido hacerse un hueco entre las direcciones gastronómicas más interesantes del entorno de Plaza de España. Lo ha logrado apostando por una fórmula que nunca pasa de moda: excelente producto, brasas bien trabajadas, recetas con raíces, un servicio impecable y un espacio donde resulta fácil sentirse cómodo. Y ahora que el verano invita a pensar en escapadas al norte, quizá la mejor manera de abrir boca sea reservar una mesa aquí.

Oporto siempre ha sido sinónimo de belleza. Calles empedradas, fachadas cubiertas de azulejos, bodegas históricas y miradores con vistas al Duero hacían de la Ciudad Invicta un lugar mágico. Pero la ciudad portuguesa guarda una nueva versión menos evidente y mucho más actual. A pocos minutos del centro histórico, la Avenida da Boavista se ha convertido en el epicentro de un Oporto diferente: más creativo, más sofisticado y con una energía urbana que mezcla arquitectura de vanguardia, cultura y una gastronomía que mira al futuro sin olvidar sus raíces.

Para descubrir esta nueva cara de la ciudad, el punto de partida perfecto es el Crowne Plaza Porto, un alojamiento que ha renovado por completo su propuesta para convertirse en mucho más que un lugar donde dormir. Tras una transformación integral, sus 232 habitaciones —incluidas 42 suites— presentan ahora una estética contemporánea, elegante y funcional, pensada para descansar después de un día explorando Oporto. Sus vistas privilegiadas al skyline de la ciudad convierten cada despertar en una pequeña invitación a salir a descubrir todo lo que ocurre más allá de la ventana.

Una llegada entre arquitectura futurista y una cena con alma mediterránea

El primer encuentro con el Oporto más moderno empieza a pocos pasos del hotel. La imponente Casa da Música aparece como una declaración de intenciones: un diamante de hormigón que rompió con la arquitectura tradicional portuguesa y que hoy es uno de los grandes símbolos culturales de la ciudad. Entrar en su interior es descubrir un sorprendente diálogo entre madera, azulejos portugueses y líneas futuristas que convierten cada espacio en una experiencia visual.

La visita puede coincidir incluso con alguno de los ensayos abiertos de la Orquesta Sinfónica, una de esas casualidades que hacen que un viaje tenga algo especial. Porque Oporto no se trata solo de ver monumentos; se trata de encontrar momentos.

Cuando cae la tarde, el plan continúa sin necesidad de desplazarse demasiado. En la planta baja del Crowne Plaza Porto espera soMos Restaurant & Lounge, uno de los grandes protagonistas de esta nueva etapa gastronómica del renovado establecimiento hotelero. Su terraza funciona como un pequeño oasis urbano en plena avenida, un espacio donde la ciudad baja el ritmo y la mesa se convierte en el centro de la experiencia.

Su propuesta apuesta por una cocina mediterránea basada en el producto fresco y de temporada, con platos que respetan el origen de cada ingrediente. Pescados y mariscos del Atlántico, carnes seleccionadas y recetas con identidad portuguesa forman parte de una carta que busca algo más difícil que sorprender: emocionar.

Sábado: arte, naturaleza y un refugio de bienestar en pleno viaje

El segundo día comienza con una de las visitas imprescindibles para entender el espíritu creativo de Oporto: la Fundação de Serralves. Este espacio único combina arte contemporáneo, arquitectura y naturaleza en un mismo recorrido. Diseñado alrededor del museo creado por el arquitecto Álvaro Siza Vieira y la elegante Casa Art Déco, Serralves representa esa mezcla tan característica de Oporto: respeto por la historia y una mirada constante hacia lo que viene.

Uno de los momentos más especiales llega al recorrer el Tree-top walk, una pasarela elevada entre las copas de los árboles que ofrece una perspectiva diferente del parque y de la propia ciudad. Es una pausa dentro del viaje, una forma distinta de observar Oporto lejos del ruido y las rutas habituales.

Después de una mañana cultural, el plan perfecto está dentro del propio hotel. El Porto Urban SPA del Crowne Plaza Porto ofrece ese momento necesario para bajar pulsaciones: circuito de aguas, baño turco, sauna y tratamientos personalizados pensados para recuperar energía. En una escapada de 48 horas, encontrar un espacio donde simplemente dejarse cuidar se convierte casi en un lujo.

Al caer la noche, Boavista vuelve a despertar. El destino es el histórico Mercado do Bom Sucesso, reconvertido en uno de los lugares más dinámicos de la ciudad. Entre puestos gastronómicos, productos locales y ambiente cosmopolita, es el sitio perfecto para comprobar que la nueva Oporto también se disfruta mezclándose con quienes viven allí.

Domingo: el brunch que convierte una despedida en una experiencia más del viaje

Oporto pertenece claramente a aquellos destinos que nunca querrías abandonar. Y la mejor forma de alargar la escapada llega de la mano de The Sunday Brunch de soMos Restaurant & Lounge.

Este brunch se convierte en uno de los grandes momentos del fin de semana: estaciones de show cooking con huevos preparados al gusto, carnes trinchadas, repostería artesanal, quesos nacionales, productos frescos y una irresistible fuente de chocolate que convierte la mañana del domingo en un auténtico ritual gastronómico.

Más que un desayuno tardío, es una experiencia para disfrutar sin mirar el reloj. Una celebración de la cocina, del producto y de esa manera tan portuguesa de entender la vida: con tiempo, conversación y placer alrededor de una mesa.

Antes de decir adiós a la ciudad, un último paseo por la Rotunda da Boavista permite contemplar el Monumento a la Guerra Peninsular y despedirse de esta zona que representa a la perfección el nuevo espíritu de Oporto: elegante, creativa y todavía capaz de sorprender.

De la playa de Foz al cóctel perfecto: el verano también tiene su propio plan en Oporto

Cuando llega el buen tiempo, Oporto suma un ingrediente más a su encanto: el Atlántico. Desde el Crowne Plaza Porto, las playas de Foz do Douro quedan a pocos minutos y ofrecen uno de esos escenarios que parecen diseñados para una tarde de verano perfecta. Allí donde el río Douro se encuentra con el océano, las playas, el paseo marítimo y la luz del atardecer crean uno de los rincones más especiales de la ciudad.

El plan es sencillo y precisamente por eso funciona: una tarde junto al mar, una vuelta al hotel y un cóctel en el soMos Lounge para empezar la noche. Su ambiente moderno, su carta de cócteles y su selección de snacks convierten este espacio en el lugar ideal para alargar la conversación hasta la madrugada.

Después llega la cena, de nuevo en soMos Restaurant & Lounge, donde la cocina mediterránea vuelve a ser protagonista con una propuesta ligera y basada en ingredientes frescos, muchos de ellos procedentes incluso del huerto urbano del propio hotel. Una experiencia que demuestra que en Oporto no hace falta elegir entre ciudad, mar y gastronomía: todo puede formar parte del mismo viaje.

Porque quizá el mayor descubrimiento de una escapada de 48 horas no sea solo conocer una nueva ciudad, sino encontrar la manera perfecta de vivirla. Y en el nuevo Oporto, esa manera pasa por Boavista, por el Crowne Plaza Porto y por lugares como soMos, donde diseño, sabor y hospitalidad se encuentran en el mismo punto.

Despertarse con el Atlántico al otro lado de la ventana, desayunar en la terraza y dejar que la luz recorra toda la casa. Esa forma de vida fue el punto de partida del estudio de arquitectura e interiorismo especializado en reformas integrales llave en mano, Studio by Clikalia para transformar este ático de 68 m² situado en la décima planta de un edificio frente al paseo marítimo de Cádiz.

La vivienda había perdido precisamente su mayor valor. Una intervención anterior había incorporado la terraza por completo al interior, borrando la separación entre ambos espacios, pero también debilitando la relación real con el exterior. Y Studio hizo justo lo contrario: recuperar la terraza original y reorganizar la casa para que el salón, la cocina y el dormitorio volvieran a abrirse a la luz, las vistas y el mar.

El resultado es una vivienda pensada para disfrutar sin prisas, recibir a los amigos y convertir cada estancia en parte de una experiencia cotidiana frente al Atlántico. “Queríamos que fuera una casa para disfrutarla desde el primer día, pero también un lugar capaz de acompañarlos en el futuro: hoy como refugio para recibir a los amigos y desconectar; mañana como su hogar definitivo frente al Atlántico”, explica María Riesgo, arquitecta en Studio by Clikalia.

Recuperar la terraza para recuperar el paisaje

Antes, cocina, salón-comedor y dormitorio compartían un único espacio prácticamente diáfano, sin una organización clara. La terraza se había cerrado mediante una estructura metálica que no ofrecía el confort técnico adecuado y había pasado a formar parte del interior, perdiendo su identidad como lugar de descanso y conexión con el entorno.

El proyecto devuelve a este espacio su función original y lo convierte en el verdadero corazón de la vivienda. La nueva distribución se organiza alrededor de él, de manera que las principales estancias disfrutan de luz natural, vistas directas al mar y una salida independiente al exterior.

Más que recuperar unos metros de terraza, la intervención recupera una manera de vivir: abrir las puertas, sentir la brisa y permitir que el paisaje forme parte de la casa durante todo el año.

Studio by Clikalia

Una vivienda que parece prolongarse hacia el mar

La sensación de amplitud no se consigue sumando metros, sino creando continuidad. El mismo pavimento porcelánico de gran formato, con acabado pétreo en tono marfil, recorre el interior y se extiende hacia la terraza, haciendo que ambos espacios se lean como una única superficie.

En el exterior, desagües y pendientes quedan ocultos bajo el suelo, evitando cortes visuales y reforzando esa imagen limpia y ordenada. El material, resistente y fácil de mantener, resulta además especialmente adecuado para una vivienda junto a la playa.

La paleta cromática acompaña esta conexión con el paisaje. Los tonos marfil multiplican la luminosidad, la madera aporta calidez y los detalles en negro introducen pequeños contrastes. Las texturas naturales, el mobiliario de líneas sencillas y las cortinas de lino rústico completan una atmósfera serena y mediterránea.

Studio by Clikalia

Desde el salón, el límite entre dentro y fuera parece desdibujarse. La terraza se convierte en una estancia más de la casa y el horizonte permanece siempre presente.

Una cocina invisible que no compite con las vistas

La cocina fue concebida para integrarse en el espacio común sin competir con las vistas. Sus propietarios querían cocinar frente al mar, pero también mantener una estética limpia, sin electrodomésticos ni elementos tecnológicos dominando la estancia.

La solución más singular es un sistema de inducción invisible instalado bajo la encimera. La zona de cocción queda completamente camuflada, de manera que, cuando no está en uso, la superficie permanece continua y despejada.

La encimera puede funcionar así como espacio de preparación, apoyo o encuentro informal cuando llegan invitados. La campana integrada y el mobiliario de acabado negro mate refuerzan esa sensación de orden y permiten que la cocina forme parte del salón de una manera discreta.

Todo está pensado para que la experiencia de cocinar sea también una forma de disfrutar del paisaje.

Studio by Clikalia

Studio by Clikalia

Una casa pequeña pensada para compartir

Aunque la vivienda dispone de un único dormitorio, fue diseñada para adaptarse con facilidad cuando llegan amigos. El salón puede transformarse temporalmente en una zona más íntima gracias a un estor motorizado y opaco que separa visualmente los ambientes sin introducir tabiques permanentes.

Cuando no cumple esa función, el mismo estor se convierte en una pantalla de proyección visible desde el dormitorio. Una solución práctica que permite imaginar noches de cine desde la cama o encuentros más informales en el salón.

La casa incorpora también un baño completo y un aseo-lavadero independiente, pensado para que las visitas puedan utilizarlo sin atravesar las zonas privadas. La lavadora y la secadora quedan aisladas para reducir el ruido, mientras el almacenamiento se integra de forma discreta para mantener las estancias despejadas.

De la luz del Atlántico a las noches frente al mar

Durante el día, la luz natural es la gran protagonista. Entra desde la terraza, rebota sobre los tonos claros y acompaña el recorrido entre el salón, la cocina y el dormitorio.

Al caer la tarde, la vivienda cambia de carácter. Una línea de iluminación LED oculta junto al techo baña suavemente el salón-comedor, mientras los apliques negros y las lámparas auxiliares crean rincones más íntimos.

Las cortinas y los estores de lino tamizan la luz sin ocultar por completo el paisaje. La iluminación indirecta, la madera y los textiles cálidos hacen que la vivienda pase de ser un espacio abierto y luminoso durante el día a convertirse en un refugio tranquilo al anochecer.

El dormitorio como refugio privado

Por su parte, el dormitorio principal cuenta con acceso independiente a la terraza, permitiendo empezar el día frente al mar sin necesidad de atravesar las zonas comunes.

La decoración mantiene el mismo lenguaje del resto de la vivienda: tonos naturales, madera, piedra y pequeños detalles en negro. Las lámparas suspendidas liberan las mesillas y un ventilador de techo en madera de roble y negro aporta confort sin romper la estética minimalista.

La estancia se plantea como un espacio sereno y recogido, conectado con el exterior, pero protegido del ruido y de los olores procedentes de la cocina.

Studio by Clikalia

La complejidad detrás de una reforma aparentemente sencilla

La calma que transmite la vivienda esconde una ejecución especialmente compleja. Los grandes ventanales y la encimera porcelánica, fabricada en una única pieza, tuvieron que elevarse hasta la décima planta mediante grúas.

La operación se realizó en pleno paseo marítimo y durante una época marcada por el viento y la lluvia, lo que obligó a coordinar cortes de calle, desvíos de tráfico y transporte público. También fue necesario impermeabilizar de nuevo la terraza y alinear con precisión pavimentos, rodapiés y revestimientos para conservar la continuidad visual.

El proyecto demuestra que, en ocasiones, la sensación de sencillez es el resultado de una enorme atención al detalle.

Esta reforma no habla tanto de ganar metros como de recuperar una forma de habitar. La terraza vuelve a ser terraza, el mar entra visualmente en cada estancia y la vivienda se adapta a los distintos momentos de la vida de sus propietarios.

“Este proyecto representa muy bien cómo trabajamos en Studio: escuchamos, entendemos cómo quieren vivir la casa y cuidamos cada detalle para hacerlo realidad. Nos encargamos de todo el proceso para que ellos puedan disfrutar tanto del resultado como del camino”, concluye Elena Barrigón, responsable de diseño en Studio by Clikalia.

Por MARCO DE PABLOS
Fotografía JUAN CARLOS VEGA

PALITO DOMINGUÍN ha crecido marcada por un instinto artístico poco común, propio de una de las estirpes más importantes del panorama cultural nacional. Aún así, no siempre lo ha tenido fácil. Abrirse paso en el mundo del arte más allá de su apellido también ha sido parte del recorrido. Ahora debuta con su primera exposición, un punto de partida que confirma que su trayectoria no es solo herencia, aunque lo lleve en la sangre.

Toreros, cantantes, actrices, modelos… Muy pocas familias han marcado de forma tan consciente el devenir cultural de un país como lo han hecho, y continúan haciendo, los Dominguín Bosé. Desde la década de los 50, esta saga comenzó a impregnar de glamour la crónica social española, guiada por una visión libre, vanguardista y adelantada a su tiempo que han sabido preservar a lo largo de generaciones. Con semejantes referentes, resulta natural que los herederos de la dinastía aspiren a continuar el camino. Y lo hacen, además, con paso firme. Lejos de ampararse únicamente en el peso de su apellido, están contribuyendo a engrandecer un legado que ya es de por sí extraordinario. 

“Mis abuelos fueron los que empezaron todo el sacerdocio. Somos como las Kardashian de España”, concede entre risas Palito Dominguín, nombre artístico con el que se ha dado a conocer una de las benjaminas del clan. Su verdadero nombre es Lucía, como su madre y su abuela —Lucía Dominguín y Lucía Bosé—, y fue ella misma quien se apodó de tal manera. “De pequeña me encantaba recoger palos en el campo. Mi madre me decía: ‘No son flores, son palitos’. Y yo pensé: ‘Ah, palito… pues yo soy Palito’”, aclara con cierta nostalgia y sin perder la dulzura que la caracteriza. Un rasgo que ya dejó entrever desde la primera toma de contacto, apenas 24 horas antes de realizar estas fotografías. 

Con una vida nómada y sin un lugar de residencia fijo, Palito se mueve, sin embargo, con ideas y rumbo muy definidos. Su estancia en la capital era fugaz, pero estelar: llegaba para presentar su primera exposición individual como artista. Ella es, en cierto modo, el eslabón que le faltaba al firmamento creativo que dibuja su linaje familiar. “Digamos que soy la única que ha entrado por la vía de las artes plásticas. En mi familia la forma más habitual de comunicarnos siempre ha sido a través del arte”, admite. Y apostilla “Tengo un tatuaje que reza: Creatividad, confianza y avance. Es la letra de mi madre, de mi hermana y de mi padre. Es la creatividad que me ha dado, la manera en la que han fomentado que hagamos lo que queramos, que experimentemos… No me imagino mi vida de otra manera. Siempre ha sido la forma de hacer las cosas”. 

Palito Dominguín junto a Santa Pescadilla, quien “fue nombrada santa por un pez. Aquel día se le quedó una expresión de confusión que nunca la abandonó”.

“Para mí no siempre ha sido fácil hacerme entender. He sido una persona bastante introvertida y callada y al final mi arte es lo que me ha permitido también hablar. Es como si me hubiera dado voz. Me ha ayudado a curar y sanar muchas cosas”, confiesa. Empezó siendo una niña y lo compara con el acto de respirar, al no recordar un momento de su vida en el que no estuviera haciendo algo relacionado con la pintura o cualquier otra manifestación artística. De hecho, aquella tarde y por casualidad, pude contemplar uno de los primeros ‘Palitos’ —como la protagonista llama a sus obras—, guardado entre carpetas y cuadernos, fechado en 1999. Aquel papel de pequeñas dimensiones mostraba una figura serpenteante, con apariencia de gusano, y cierta impronta picassiana. 

Desde aquel primer garabato han transcurrido más de veinticinco años. En ese tiempo, Palito no solo se ha dejado guiar por su gran pasión, sino que también ha apostado por una sólida formación, cursando la carrera de Bellas Artes en la Universidad de Bournemouth (Inglaterra). Sin embargo, ese recorrido no la ha librado de ciertas críticas que cuestionan su trayectoria: “Me han juzgado mucho por mi apellido, como si lo que hago no tuviera mérito. A mí nunca me ha pesado pertenecer a mi familia, pero parece que los demás sí tenían un problema con ello”, reconoce a esta cabecera. Lejos de amilanarse, insiste en el esfuerzo que hay detrás de su presente: “He trabajado mucho para llegar al punto en el que estoy ahora. Tengo 30 años y me ha costado todo este tiempo poder exponer en una galería. Nada me ha venido dado por ser quien soy. Que esté aquí no tiene nada que ver con mi parentela. Me lo he ganado yo, porque si no valiera, me echarían igual de rápido o incluso antes”.

“He trabajado mucho para llegar al punto en el que estoy ahora. Nada me ha venido dado por ser quien soy. Me lo he ganado yo»

DDR Art Gallery ha sido el espacio que le ha brindado la oportunidad de presentar esta exposición con la que debuta. Gracias a Elisa y David, responsables de la misma, Palito también ha tenido la oportunidad de participar hace unos meses en su primera feria, donde fue presentada como artista emergente de la galería. Resulta palpable la emoción con la que lo relata, acompañada de una sonrisa de oreja a oreja: “Estoy haciendo muchas cosas de repente y muy contenta por todo ello. Me siento bastante tranquila y dejándome guiar un poco en este proceso”.

Bestias sensibles es el título que da nombre a la muestra y que da cuenta de la dualidad con la que Lucía habita el mundo. Un mundo del que, en ocasiones, necesita escapar y tomar distancia ante el peso de lo cotidiano. Para ello recurre al arte como refugio y, en su caso, a una pintura que evoca a la infancia, ese territorio común al que todos, de un modo u otro, podemos regresar. “Hay algo que me fascina de mi obra, aunque esté mal que yo lo diga, y es que todo aquel que la admira conecta con ella. Porque todos sabemos lo que es ser niños. Quizá no todos sabemos lo que es ser adultos, pero sí hemos pasado por la infancia para llegar hasta aquí”, explica. Esa conexión transversal es, precisamente, uno de los logros que más valora. Le enorgullece comprobar cómo su trabajo interpela a personas de cualquier edad. “Vi a una señora de 80 años pararse delante de una de mis cuadros y ponerse a llorar porque le recordaba a un cuento que le leía su padre cuando era pequeña… En ese momento pensé: ‘Lo he conseguido. He logrado lo que buscaba, que era emocionar y conectar con todos’”. Y eso define su personalidad. “Es una bipolaridad artística. Yo soy una paradoja continua. Siempre digo que no me entiendo, porque hay momentos en los que quiero ser un hada del bosque y vivir en el campo y, de repente, pienso: ‘Ay, pues me gustaría estar durante una temporada en Beverly Hills y ponerme bótox’. La mayoría de mis obras tienen siempre ese doble lenguaje”, señala la joven, cuyas piezas funcionan como auténticos alter egos.Todo esto soy yo, pero en distintas formas”, concluye.

La reina de las moscas, una de las pinturas de Lucía que refleja su particular fascinación por estos diminutos insectos alados, convertidos aquí en uno de los motivos centrales.

Personajes extraídos de territorios de fantasía, intensamente cromáticos, poblados por rostros andróginos de gesto contenido, casi enigmático, cuyas formas —irregulares, geométricas y a veces amorfas— dan lugar a figuras femeninas coronadas, peces sobre cabezas humanas o cuerpos humanos ensamblados con anatomías animales. Pero si hay un elemento que articula el conjunto es la presencia constante de moscas. Se despliegan por toda la galería —paredes, lámparas, muestrarios, marcos— y atraviesan también el fondo de muchas de sus piezas. En total, 700 diminutos insectos que conforman una suerte de paisaje simbólico, aunque nada en su trabajo es casual. “Las moscas tienen algo parecido al ave fénix. Suelen asociarse a lo macabro, a la muerte o la putrefacción, pero también contienen la idea opuesta: la renovación. Tienen ciclos de vida muy cortos, nacen y mueren constantemente, y eso, para mí, simboliza la capacidad de reinventarse una y otra vez. Están por todas partes porque forman parte de ese ciclo natural. Me interesa esa idea de que el cambio es la única constante”.

«Me considero una persona auténtica y fiel a lo que siento. No intento pretender nada, ni demostrar nada, ni complacer a nadie. Estoy simplemente existiendo, intentando no hacer daño y expresando algo que creo que puede ayudar. Volver a mirar el mundo de otra manera, sobre todo ahora, que todo parece tan oscuro y tan gris»

Y, sin embargo, Palito no siente que haya cambiado, sino que, en algún momento, se perdió por el camino. “Creo que cuando somos niños tenemos muy claro a qué estamos, y es a explorar el mundo. Con el tiempo, empezamos a cargarnos de peso, a decirnos cosas feas y nos perdemos. Puede que incluso no lleguemos a encontrarnos. En mi caso, siento que me he reencontrado con esa niña. No es que haya cambiado, sino que he vuelto a esa inocencia, a esa manera de disfrutar la vida. Ahora tengo una vitalidad que no tenía antes y que había perdido durante muchos años. También tengo unas ganas de crear que nunca había tenido”, afirma. Para continuar: “En este momento me considero una persona auténtica y fiel a lo que siento. No intento pretender nada, ni demostrar nada, ni complacer a nadie. Estoy simplemente existiendo, intentando no hacer daño y expresando algo que creo que puede ayudar. Volver a mirar el mundo de otra manera, sobre todo ahora, que todo parece tan oscuro y tan gris”.

En medio de ese escenario, Lucía incorpora también una dimensión solidaria a su práctica. Este verano pondrá rumbo a Nepal para participar en labores humanitarias junto a Dream Nepal, ONG  de la que es embajadora, una vocación que ya ha mostrado en anteriores ocasiones, como durante la catástrofe que asoló Valencia. Allí, además de ayudar en las tareas de limpieza, colaboró con Totenart, una tienda de manualidades de la zona, reutilizando los materiales dañados por las inundaciones en lugar de desecharlos. Esos restos, trabajados posteriormente, han acabado dando vida a algunas de las obras que hoy expone. De hecho, en varias piezas aún se perciben las huellas de aquel episodio, a través de restos de barro o marcas que indican hasta dónde llegó el agua. Su intención no fue borrar lo ocurrido, sino integrarlo como parte de su significado. De aquella experiencia nació una promesa: “En algún momento haré una exposición, y cuando venda esas obras, os daré una parte de los beneficios”. Una idea que ya está en marcha.

Palito Dominguín posa junto a Los peces saben mi nombre, en una fotografía tomada el pasado mes de abril en DDR Art Gallery.

“Con todo lo que hago  me gusta mantener siempre los pies en la tierra; me interesa, dentro de lo posible, poder ayudar en lo que pueda y que en mis exposiciones haya siempre algo que remita a una experiencia o a un significado más profundo”, musita la mujer que da vida a estas páginas. Esa intención se materializa de forma inmediata nada más entrar en el espacio expositivo, donde una de sus creaciones capta la atención del visitante desde el primer instante. Se trata de Moiras, una pieza realizada sobre antiguos trapos pertenecientes a su abuela, telas que utilizaba para limpiarse tras los masajes de aceite y que todavía conservan las huellas de su uso. A partir de ese material y durante años, ha desarrollado una composición mediante la técnica del patchwork, sobre el que ha cosido la figura de tres mujeres conectadas y atravesadas por un hilo rojo. Según cuenta: “Las Moiras son las parcas, las tres deidades que controlan el hilo de la vida, las que aparecen en la mitología griega y también en Hércules. Cuando cortan esa hebra, la vida termina. En mi caso, esas tres mujeres somos mi abuela, mi madre y yo. Las tres Lucías, pero va más allá. En realidad, representa el amor y la conexión inevitable que tengo con todas las mujeres de mi familia”. Toda una declaración de intenciones hacia quienes han marcado su existencia, quienes la despertaban con canciones de Maria Callas, la vieron crecer fascinada por David Bowie —de quien estaba enamorada—, o visionando una y otra vez Mary Poppins, su película favorita. Quienes, de una u otra forma, siguen presentes no solo en su vida, sino también en su arte. Es evidente que tiene a quien parecerse. 

Por MARCO DE PABLOS

En el número 36 de la calle Zurbano se alza un majestuoso palacete reconvertido en hotel: el Santo Mauro. Con una larga historia a sus espaldas, hoy es punto de encuentro de huéspedes de lo más variopinto y aún conserva rincones poco conocidos, como su restaurante La Biblioteca, confirmando que allí sí es oro todo lo que reluce.

“Soyez les bienvenus” (Sean bienvenidos). En francés, claro. Porque esa es exactamente la sensación que anticipa uno al detenerse frente a un edificio de semejante porte. La de estar, por un instante, lejos de aquí. Y la idea no resulta en absoluto descabellada. Basta observar su fachada para intuir la clara inspiración gala de la que bebió el arquitecto Juan Bautista Lázaro de Diego a finales del siglo XIX al diseñar el actual Hotel Santo Mauro. Lo que hoy es uno de los establecimientos más exclusivos de la capital fue, en otro tiempo, la casa palacio de Mariano Fernández de Henestrosa y Ortiz de Mioño, duque de Santo Mauro. Una residencia señorial cuya elegancia sigue evocando a ese inconfundible halo francés capaz de transportar a cualquiera a una época más cercana a la corte del Rey Sol. Una percepción que no hace más que intensificarse al cruzar sus puertas y adentrarse en su interior. Tan evidente resulta ese allure que hasta Caroline de Maigret, epítome de lo chic —o, lo que es lo mismo, una auténtica francesa de bien—, ha ejercido como embajadora del mismo en los últimos tiempos. 

Sin embargo, la historia del Santo Mauro también ha atravesado épocas muy distintas antes de convertirse en el exclusivo refugio que es actualmente. Durante la Guerra Civil, el palacio fue confiscado, aunque años después regresaría a manos de la familia. Más adelante, sus estancias abandonaron temporalmente el carácter residencial para convertirse en sede de distintas embajadas, entre ellas las de Rumanía, Canadá y Filipinas. No sería hasta 1989 cuando el edificio inició una nueva vida como hotel, una etapa que terminaría de consolidarse en 2011 con su incorporación a AC Hotels by Marriott, la cadena fundada por Antonio Catalán, bajo cuya gestión adquirió la personalidad que ahora nos recibe.

Su interiorismo lleva el inconfundible sello de Lorenzo Castillo, responsable de reinterpretar sus más de 45 habitaciones y suites; sus imponentes salones, con especial protagonismo de los conocidos como Rojo y Chino —no hace falta demasiada imaginación para entender el porqué de tales apelativos—; los espacios gastronómicos que articulan la propuesta culinaria del alojamiento; y su particular edén. Este último, rodeado de frondosa vegetación, alberga sofisticado mobiliario de forja con cojines de rayas en tonos azules, fuentes, un kiosco de bebidas y una imponente pérgola cubierta, flanqueada por faroles y cercada por arbustos, plantas e incluso palmeras, que actúa como terraza de La Biblioteca. Es precisamente en este oasis donde se ofrece, durante estos meses, el servicio en mesa del restaurante, y no en el interior del mismo. Un remanso de paz a escasos metros del Paseo de la Castellana, ideal para refugiarse de las altas temperaturas que azotan Madrid en estas fechas. 

Ubicado en el antiguo salón de lectura del duque, de ahí su nombre, La Biblioteca ofrece una experiencia ya consolidada como una de las más exclusivas de cuantas se disfrutan en la ciudad. Con la llegada de la nueva temporada, el espacio presenta una carta renovada que evoluciona al mismo ritmo que lo hace la vida, abrazando la frescura y la ligereza propias del producto en su mejor momento, especialmente oportunas para la estación que acompaña estos meses, aunque sin renunciar en ningún momento a la identidad y personalidad que lo definen. 

Ingredientes en su punto óptimo, elaboraciones más sutiles y una mayor presencia de verduras son los pilares que sostienen esta nueva etapa que cuenta con Rafa Peña como asesor y director del bistró. Una carta que mantiene intacta la esencia de la casa, en la que el caviar desempeña un papel protagonista. Cómo no. 

Caviar o nada

La carta arranca con una cuidada selección de aperitivos y platos para compartir donde el producto vuelve a ocupar el centro de todo. Desde las ostras bretonas —al natural o a la brasa—, hasta los delicados profiteroles de caviar, guiños inequívocos a la tradición culinaria francesa, o las croquetas de cecina de vaca y de gamba de Palamós, bocados que funcionan como una antesala precisa y calculada de lo que se entiende por un suculento banquete. 

Entre los entrantes destacan elaboraciones como la ensalada de tomates con salpicón de bogavante, la ensalada de judía verde braseada o el salmorejo. Mención aparte merecen los raviolis con parmesano y caviar, que en los últimos tiempos se han consolidado como uno de los platos estrella en muchos de los locales más en boga.

En el apartado de productos de lonja, destacan propuestas como el pez limón a la brasa con escabeche de verduras o el rape a la romana con caviar, mayonesa y ensalada. Platos de apariencia sencilla, pero que no te engañen. Todo un must en carta. Las carnes mantienen ese carácter atemporal con elaboraciones que dialogan con lo clásico desde una mirada actualizada. Entre ellas, el solomillo con mirepoix de verduras al estragón, las chuletas de cordero en milanesa o la suprema de pollo campero rellena a las finas hierbas con rebozuelos.

Finalmente, aquí se confirma aquello de que a nadie le amarga un dulce, porque incluso los más reticentes al postre acaban sucumbiendo a alguno de los que se proponen. Son pocos, pero más que suficientes. Imprescindible su torrija con helado de caramelo salado, de obligada repetición si de verdad se quiere disfrutar como merece. También destacan el soufflé de avellana con helado de naranja o las fresas con nata y merengue, junto a su palet d’or, un bombón de chocolate con origen en la ciudad francesa de Moulins, coronado, de forma tan sutil como ostentosa, con una hoja de oro.

A ello se suma una carta de vinos especialmente cuidada, pensada para acompañar cada pase, y una potente selección de champagne, con Laurent-Perrier como firma imprescindible. Porque, como en los fastuosos banquetes y bacanales de Luis XIV de Francia, donde el champagne empezaba a perfilarse como símbolo de celebración y refinamiento, no hay mejor final para un festín de tal magnitud. Bon appétit.

Por Jorge Fernández Peiró 

El verano es una estación extraña. Empieza mucho antes de empezar. Empieza cuando alguien propone una escapada que todavía no tiene fecha. Cuando vuelven los helados de siempre. Cuando descubres que a las nueve y media de la noche sigue habiendo luz y te parece que el mundo, de repente, tiene más tiempo. Y entonces aparece la música. Aunque casi nunca sea la que esperabas.

Cada una —y cada uno— tenemos un sitio favorito en el mundo. El mío es un faro en la costa norte de Menorca que se llama Cavalleria. Está en lo alto de un acantilado desde el que el Mediterráneo parece no tener fin. Si llegas temprano, cuando todavía no hay turistas, el silencio que hay es una mezcla de viento, espuma de mar y sal y todo suena a Vivaldi. Porque El verano de Las Cuatro Estaciones no habla de playas paradisíacas. Habla de esas tormentas inesperadas que llegan tras la calma. Del instante en que el aire deja de moverse y sabes que algo está a punto de pasar. El verano no siempre fue una postal. A veces también fue una promesa.

Pero antes de Menorca estaba Santa Pola. Los veranos con mis padres, mi hermano, los tíos y los primos. El mar a pie de calle, el olor a crema solar, la petanca, las horas que no eran como las del resto del año. Esos veranos tenían un ritmo propio que el cuerpo reconocía antes que la memoria. Sonaba Rick Astley, sonaban Los Rebeldes y su Mediterráneo, Mecano y hasta Ana Belén y Víctor Manuel. El verano en familia siempre fue una banda sonora en modo aleatorio aunque nadie la haya grabado.

Y luego llegó el FIB. El Festival Internacional de Benicàssim de los años en que el FIB era el centro del mundo. El de la tienda de campaña, la cerveza caliente y el calor tan brutal que no importaba. El universo donde colisionaban Blur y Oasis. Donde Brett Anderson, de Suede, se movía en el escenario como si fuera una pantera. El lugar exacto en el que Placebo, con Brian Molko al frente, se convirtió en mi salvavidas musical y el escenario donde la magia trajo la aparición estelar de Raimundo Amador en plena actuación de Björk, que es exactamente el tipo de momento que solo puede ocurrir en un festival cuando los dioses de la programación tienen un buen día. Y hablando de Un buen día, también estaban Los Planetas (y el día que Mendieta marcó un gol realmente increíble, esta vez con su guitarra), La Habitación Roja, Lori Meyers o Nosoträsh. El indie nacional de aquella época. Cuando escuchar esa música te hacía pertenecer a algo. A una forma de entender el mundo que te hacía sentir especial. El verano olía a esa música. Todavía lo hace.

Han pasado muchos veranos desde entonces. El Sonorama Ribera en Aranda, otros festivales, otras noches. Y cada año el verano necesita su propia música. Sus nombres propios. Los del presente. Este año uno de esos nombres es Ultraligera, que en cada festival está dejando ese rastro inconfundible de rock, sudor y expectación con temas como Lapsus o Matanza en el hotel. Otro nombre es Barry B, que acaba de presentar Silverado como adelanto de su nuevo disco que verá la luz en otoño. A nivel internacional el verano sonará a Fontaines D.C., que este agosto pasarán por Cádiz, Alicante y Pamplona en una gira que no es un festival sino algo más parecido a un acontecimiento. Hay grupos que hacen conciertos. Fontaines D.C. van a hacer recuerdos. Y luego está Bad Bunny. Porque hay veranos que pertenecen a canciones y otros que pertenecen a personas. Este parece pertenecerle a él. No es una cuestión de gustos. Es una cuestión de presencia. El verano de 2026 tiene dueño.

Pero el verano también sigue sonando a verbena. Por mucho algoritmo que exista, España sigue siendo un país que baila en plazas de pueblo con orquestas tocando mientras tres generaciones bailan la misma canción. De Raffaella Carrà. O de Georgie Dann. O de Sonia y Selena. Yo quiero bailar, toda la noche… Canciones que nadie elegiría voluntariamente en su casa, pero que forman parte de nuestra educación sentimental. Pura herencia musical.

Y luego está agosto a las tres de la madrugada. Las Perseidas. Una toalla en el suelo o una hamaca. El calor que por fin ha bajado lo suficiente. Una conversación que se alarga. Un silencio cómodo. A veces son la misma cosa. Mi compañero de vida se llama Shelly, su madre es una husky, aunque él no se parezca en absoluto, y se comunica conmigo como si fuera un niño. Ahora tiene seis años. Tenerlo tumbado, a mi lado, en lo alto de una montaña viendo estrellas, o en la playa con el sonido del mar al fondo, es lo mejor del verano. Ese instante suena a canción que no recuerdas de dónde viene pero que llevas dentro desde hace tiempo.

Quizá el verano de 2026 suene a Bad Bunny llenando estadios. Quizá suene a Fontaines D.C. recorriendo España. Quizá suene a Ultraligera o Barry B conquistando festivales. Quizá suene a Vivaldi trescientos años después. Quizá suene al FIB, a Sonorama o al indie que te hacía pertenecer a algo. O a las noches en Santa Pola. O al faro de Cavalleria en Menorca. O quizá suene a un viaje a Berlín o simplemente a esa conversación en una terraza cuando ya han recogido todas las mesas menos la vuestra. Porque el verano no solo se queda a vivir en las canciones. Se queda a vivir en los momentos. Y las canciones son la forma que tienen esos momentos de volver a encontrarnos cuando ya creíamos haberlos olvidado.

Oculto entre los recónditos parajes de la Cantabria infinita se halla el Palacio de la Helguera, una casona del siglo XVII que conserva el esplendor de la nobleza de otra época y que hoy juega a ser mucho más que un hotel boutique: también es un peculiar anticuario. Aquí, el check-out puede incluir un recuerdo mucho más especial que una fotografía.

Por MARCO DE PABLOS

En un pequeño pueblo de los valles pasiegos de Cantabria se alza un palacio del siglo XVII cuya puerta principal permanece siempre entreabierta. Cercado por verdes y frondosos paisajes resulta mágico encontrar una fortaleza de estas dimensiones entre prados y montañas. Basta cruzar ese umbral, apenas abierto unos 45 grados, para comprender que el verdadero viaje empieza al otro lado.

La historia abre sus puertas

Su imponente fachada principal, levantada en sillería cántabra con piedra extraídas de los montes aledaños y conservada intacta desde su construcción, flanqueada por naranjos centenarios y asentada sobre el primer gran espacio ajardinado del establecimiento —dentro de las aproximadamente nueve hectáreas que conforman su propiedad—, da la bienvenida al Palacio de la Helguera. Esta distinguida casa señorial mandada construir por el Conde de Santa Ana de las Torres, destacado miembro de la familia Ceballos, linaje noble y propietario original del edificio, es hoy un exclusivo hotel boutique de lujo, integrado en la prestigiosa colección Relais & Châteaux, que cuenta con spa y restaurante reconocido por la Guía Michelin.

Malales Martínez Canut ha sido la artífice de este singular viaje en el tiempo. Actual propietaria del palacio junto a su marido, ha liderado también el proyecto de interiorismo que, en colaboración con María Mas, ha dotado al establecimiento del carácter tan peculiar que lo define. Once habitaciones —bautizadas y decoradas en consonancia a los personajes históricos vinculados al complejo que las inspiran, desde el Conde de la Gomera o el Barón de Puerto Rico hasta el Duque de Wellington—, un imponente salón, recibidores, patios y restaurante conforman un escenario de marcado carácter rococó. Sobre este envolvente conjunto se despliega un personalísimo mobiliario seleccionado pieza a pieza, compuesto por auténticas objetos de época que, en su mayoría, también están a la venta para los huéspedes. Y es que el hotel funciona, al mismo tiempo, como un anticuario.

Fotografía ALBA GINÉR

Fotografía ALBA GINÉR

Esta casona, declarada Bien Protegido, se distribuye en tres plantas vertebradas por una majestuosa escalera de piedra que conserva su balaustrada original. Cada uno de sus rincones desprende historia. A lo largo del recorrido, las paredes se visten con cuadros enmarcados en dorado que representan personajes de inspiración medieval, envueltos en un sutil halo de fantasía. La moqueta que cubre los suelos esconde antiguas maderas de olmo y roble, mientras los techos artesonados completan la atmósfera.

Uno de los espacios más cautivadores se encuentra en la entreplanta: un amplio salón que parece sacada de una novela histórica. Tapices, tresillos, cómodas afrancesadas, una imponente mesa, estanterías repletas de libros y obras de arte repartidas por doquier convierten este rincón en una suerte de museo viviente. Presidiendo la estancia, una espectacular chimenea aporta durante los meses más fríos una calidez que invita a demorarse entre sus paredes.

Fotografía ALBA GINÉR

Vistas infinitas

En el exterior, el encanto no hace más que crecer. El verde se convierte en el auténtico protagonista gracias a unos jardines exquisitamente cuidados, auténticos vergeles salpicados de flores, con especial protagonismo para las hortensias, que durante la visita lucían en su máximo apogeo y abrazaban la propiedad con una explosión de color digna de una pintura de Monet. Al final del jardín aguarda el plato fuerte, una piscina infinita que se asoma a la Vega de Pas, creando un contraste hipnótico entre el intenso azul del agua y el infinito manto verde del paisaje. Resulta difícil apartar la mirada. A su alrededor, un cuidado mobiliario de jardín con todo lo necesario y más, mientras que, a escasos metros, una piscina climatizada permite disfrutar de las mismas vistas en cualquier época del año. La experiencia se completa con un área wellness perfectamente equipada, donde no falta ningún detalle. Los huéspedes disponen de toallas, albornoces y todas las comodidades necesarias para disfrutar de un circuito de bienestar con jacuzzi, hamman, baño turco y gimnasio, además de una carta de tratamientos personalizados.

Fotografía ALBA GINÉR

Fotografía ALBA GINÉR

Sabores con doble origen

Pero aún hay más. El hotel también alberga su propuesta gastronómica, el restaurante Trastámara, liderado por el chef Renzo Orbegoso Hinojosa, cuya cocina establece un interesante diálogo entre la tradición cántabra y la peruana. Este rincón foodie cuenta con diferentes espacios, tanto en el interior —decorado con la misma estética señorial y aires pompadour que impregnan todo el palacio— como en una terraza exterior, especialmente recomendable al caer la tarde. Aquí, la despensa manda. Verduras de huerta, pescados del Cantábrico, quesos pasiegos y productos de temporada son la base de su carta. Entre los imprescindibles destacan el steak tartar, el mosaico de langostino y gambón con gel de lima y encurtidos, los nigiris de causa limeña o un ceviche que refleja a la perfección esa fusión entre las dos culturas gastronómicas. En los platos principales brillan la lubina con salsa de champagne y, para los amantes de la carne, el solomillo a la pimienta con aroma de tomillo, puré de batata y verduras de temporada, además del laminado de vacuno acompañado de milhojas de patata y bouquet de ensalada. Mención aparte merece el vino recomendado, Mar de Fondo, una de las grandes referencias de la región, con un marcado carácter salino, propio de las bodegas de la zona situadas a ras del mar. Por supuesto, conviene reservar un hueco para el postre. La crème brûlée con milhojas de manzana es todo un must, mientras que la torrija de sobao pasiego se convierte en un delicioso homenaje a uno de los productos más emblemáticos de la comarca. Precisamente los sobaos vuelven a cobrar protagonismo en los generosos desayunos que se sirven en este mismo enclave. Panes artesanos, bollería local, lácteos que narran la profunda tradición ganadera de la comarca y quesadas recién horneados componen el festín matutino. Cuando el tiempo acompaña, desayunar en la terraza, con semejante telón de fondo, es una de esas pequeñas experiencias capaces de marcar el resto de la jornada. Aunque en un lugar así, resulta difícil que algo vaya mal.

Fotografía ALBA GINÉR

Fotografía ALBA GINÉR

Alrededor de toda la finca, existen rincones pensados para detenerse a leer, conversar o, simplemente, contemplar, una vez más, el paisaje. Si apetece explorar los alrededores, pueblos con tanto encanto como Santillana del Mar o Suances se encuentran a escasos kilómetros, mientras que Santander está a apenas media hora en coche. Incluso para quienes viajan sin vehículo, la estación de Torrelavega queda muy próxima. Pero lo cierto es que cuesta encontrar una razón para marcharse. Palacio de la Helguera reúne todo lo necesario para desconectar, convirtiéndose en uno de esos lugares donde el tiempo parece detenerse y donde la verdadera experiencia reside en disfrutar del privilegio de habitar un palacio.

La historia de Paula Echevarría y Pantene cumple 20 años. Desde que la actriz se convirtió en embajadora de la firma en 2006, ambas han construido una de las colaboraciones más duraderas y reconocibles del sector beauty en España, convirtiéndose en un ejemplo de continuidad, confianza y evolución.

Para conmemorar este aniversario, la firma de cuidado del cabello líder reunió el pasado 7 de julio en Madrid a medios, creadores de contenido e invitados en una velada que sirvió para celebrar esta longeva historia. Un encuentro donde la moda, la belleza y el diseño compartieron protagonismo, convirtiendo la presentación en una auténtica declaración de intenciones sobre el ADN de la marca.

Durante estas dos décadas, Paula ha acompañado la evolución de Pantene protagonizando algunos de sus lanzamientos más relevantes y convirtiéndose en el rostro de campañas que han marcado a distintas generaciones. Una relación poco habitual en la industria de la belleza, donde los cambios de imagen suelen ser constantes, y que hoy representa un ejemplo de coherencia y fidelidad entre marca y embajadora.

«Celebrar estos 20 años junto a Paula es celebrar una relación basada en la confianza, la autenticidad y el cariño. Ha sido mucho más que una embajadora: ha crecido con Pantene y ha representado como nadie lo que significa tener un auténtico Pelo Pantene», destacó Beatriz Novo, directora de Comunicación de la marca. Un sentimiento compartido por la propia actriz, que reconoció sentirse profundamente agradecida por haber formado parte de la evolución de Pantene durante estas dos décadas.

Para la ocasión, Echevarría apostó por un vestido firmado por Alicia Rueda, acompañado de joyas de Paulet y de la cabellera ya convertida en una de las señas de identidad de Pantene. Junto a ella estuvieron Violeta Mangriñán y Fabiana Sevillano, dos de los rostros más influyentes de la nueva generación en el universo digital y de la belleza y que, a golpe de melena, siguen los pasos de la homenajeada.

Love Edition: la colección que celebra el cabello sano también en verano

Más allá del simbolismo del aniversario, la cita sirvió para presentar la nueva Love Edition, una reinterpretación de la emblemática gama Repara & Protege con una imagen exclusiva inspirada en la obra de Robert Indiana. Una edición limitada que traslada el icónico mensaje de LOVE al universo del cuidado capilar.

La colección está formada por cuatro esenciales para la rutina de cuidado del cabello: el champú y el acondicionador Repara & Protege Miracle, la mascarilla Repara & Protege con queratina y el aceite Repara & Protege, todos ellos formulados con la tecnología Pro-V para ayudar a reparar el daño visible desde el interior, fortalecer la fibra capilar y devolver al cabello suavidad, brillo y movimiento.

Como complemento para la temporada estival, Pantene incorpora además Sunkiss Glow en formato mini de 75 ml, pensado para proteger el cabello frente al sol, el cloro y la sal mientras hidrata, desenreda y aporta un acabado luminoso. Un aliado perfecto para mantener el cabello sano durante las vacaciones sin renunciar a la practicidad.

En una industria donde las colaboraciones suelen tener fecha de caducidad, la historia entre Paula Echevarría y Pantene demuestra que la autenticidad también puede convertirse en un valor de marca. Veinte años después, ambas continúan compartiendo una misma visión del cuidado del cabello y una relación que ha trascendido la publicidad para convertirse en uno de los grandes iconos del universo beauty en España.

Fotografía OCTAVIAN CRACIUN

Durante la noche de ayer, lunes 6 de julio, FEARLESS dio el pistoletazo de salida al verano con la presentación de su esperado número estival. Madrid rozaba los 35 grados y hacía calor. Mucha calor. Pero ni las altas temperaturas pudieron frenar una velada indomable que reunió a las grandes protagonistas de esta edición.

Lola Lolita y Sofía Surfers fueron las grandes estrellas de la noche. Ambas llegaron hasta el Teatro Magno de Madrid para disfrutar de su renovada e icónica terraza Aura, convertida por unas horas en el escenario perfecto para celebrar el comienzo del verano. Lola fue la primera en aparecer, deslumbrando con un vestido amarillo; minutos después hacía su entrada Sofía, con el pelo recogido y un vestido midi palabra de honor de estampado animal print. Junto a ellas, una tercera «celebridad» acaparó más de una mirada: Cristiano, el gato que comparte protagonismo con ambas en el reportaje de portada. Y sí, mientras el felino conquistaba cámaras y caricias, su tocayo Cristiano también era protagonista al otro lado de la pantalla, disputando con Portugal un partido que quedará para la historia. Casualidades que solo una noche como esta podía regalar.

No faltaron los posados, los selfies, los vídeos para TikTok ni las fotografías con todos aquellos que se acercaban para saludarlas. Cercanas, relajadas y disfrutando del ambiente, Lola y Sofía demostraron por qué son dos de los rostros más influyentes del momento.

Junto a ellas se dieron cita más de un centenar de invitados entre creadores de contenido, rostros conocidos y personalidades de distintos ámbitos. Entre los asistentes destacaron la diputada Bea Fanjul o el juez Santiago Pedraz, que disfrutaron de una de las azoteas llamadas a convertirse en uno de los grandes puntos de encuentro del verano madrileño.

La propuesta gastronómica y líquida estuvo a la altura de la celebración. Juan Gil puso la nota vinícola con una selección de sus referencias más aplaudidas, entre ellas Shaya, su inconfundible verdejo, sin olvidar opciones para los amantes del tinto. La cerveza corrió a cargo de Estrella Damm, imprescindible (bien fría) en cualquier noche de calurosa, mientras que uno de los grandes éxitos fue, sin duda, el Pisco Sour elaborado con Pisco Huamaní y Pisco Sarcay, traídos directamente desde Perú.

La experiencia culinaria continuó con un exclusivo corner de ostras de The Raw Atelier, llevando un pedazo de mar hasta el corazón de la capital, además del buffet firmado por Negrini, un clásico ya en las grandes celebraciones de la cabecera, y el caviar del Tibet. El plato fuerte llegó entrada la noche con las ya míticas hamburguesas de Deleito, llegadas expresamente desde Barcelona y convertidas en uno de los grandes reclamos entre los asistentes. Tampoco faltaron las Chulapitas del catering homónimo, acompañadas de generosas fuentes de patatas fritas que hicieron todavía más llevadero un lunes…

Y, como no podía ser de otra manera, el fútbol también encontró su espacio. España se enfrentaba a su país vecino y la pantalla instalada en la terraza se convirtió durante buena parte de la noche en el auténtico epicentro de todas las conversaciones. Cada ocasión se vivió con intensidad y el gol marcado en el minuto 91 por Mikel Merino desataó la euforia entre los invitados. Tanto fue así que incluso Lola Lolita y Sofía Surfers cambiaron sus estilismos por la equipación oficial de la selección española, sumándose al ambiente festivo que se respiraba en cada rincón. La música puso el broche final a una noche para el recuerdo gracias a la intervención, ya bien entrada la noche, de nuestro colaborador Jorge Fernández, que debuta precisamente en este número con su nueva sección musical.

Así, FEARLESS despide la temporada mirando ya al otoño, pero con la certeza de haber inaugurado el verano de la mejor manera posible: con una noche inolvidable, vibrante y, sobre todo, indomable.

Cada verano hay quienes buscan grandes viajes y quienes prefieren descubrir destinos que lo tienen todo a pocas horas de casa. Cantabria pertenece a ese segundo grupo. En apenas unos kilómetros es posible pasar de una playa salvaje a un pueblo medieval, caminar entre bosques, visitar una cueva Patrimonio de la Humanidad y terminar el día compartiendo unas rabas frente al mar o tomando un vermut en una barra con décadas de historia.

Si todavía no has decidido dónde escaparte este verano, hay un itinerario que combina naturaleza, gastronomía y alojamientos con personalidad para conocer una de las regiones con más encanto del norte de España.

Dormir entre prados, a veinte minutos de Santander

Uno de esos lugares que invitan a bajar el ritmo se encuentra en Barcenaciones, un pequeño pueblo del valle de Reocín donde el tiempo parece transcurrir de otra manera. Allí, rodeado de prados y muy cerca de algunos de los principales atractivos turísticos de Cantabria, se encuentra La Tierruca Homes, un complejo formado por siete bungalows independientes construidos a partir de contenedores marítimos reciclados y transformados en alojamientos de diseño.

Las viviendas, de una o dos habitaciones, cuentan con jardín privado, barbacoa, cocina totalmente equipada y acceso a una piscina común de agua salada. Todo está pensado para disfrutar de unos días de desconexión sin renunciar a la comodidad. Su ubicación permite visitar fácilmente lugares como Santillana del Mar, Comillas, las playas de Oyambre o Luaña, la cueva de El Soplao, el Parque Natural Saja-Besaya o las Cuevas de Altamira, mientras que el propio entorno invita a caminar entre prados, recorrer senderos junto al río Saja o simplemente descansar lejos del bullicio de la costa.

Para familias, parejas o grupos de amigos, reservar el complejo completo se convierte además en una opción perfecta para celebrar encuentros privados, retiros o escapadas compartidas.

Santander, una ciudad que se disfruta desde sus barras

Después de una mañana de playa o de una excursión por el interior, Santander ofrece otra de sus grandes razones para visitarla: su cultura gastronómica. Más allá de los restaurantes, la capital cántabra sigue conservando una tradición muy arraigada de vermuts, cañas, terrazas y tapeo que convierte cualquier paseo por el centro en una ruta gastronómica improvisada.

En pleno Ensanche santanderino, tres establecimientos representan especialmente bien esa manera de entender el ocio.

Las Hijas de Florencio, el regreso de un clásico

La reapertura de Las Hijas de Florencio ha supuesto la recuperación de uno de los bares históricos de Santander. Situado junto al Paseo de Pereda, mantiene la esencia de las tabernas tradicionales con dos barras protagonistas, una amplia terraza frente al mar y una carta basada en los grandes clásicos del aperitivo: croquetas, tortillas, ensaladilla, embutidos, tostas o las ya conocidas lascas de parmesano.

Es uno de esos lugares donde resulta fácil alargar el vermut hasta la comida mientras se contempla la bahía.

Cortés, el bar donde siempre pasa algo

A pocos metros aparece Cortés, uno de los locales con más ambiente del centro de la ciudad. Su cocina permanece abierta durante buena parte del día, lo que permite pasar del aperitivo a una comida informal, continuar con una copa de vino o terminar compartiendo una cena. Su propuesta mezcla recetas tradicionales del Grupo Riojano con influencias mexicanas, donde conviven tacos de cochinita pibil, margaritas y mezcales con croquetas, ensaladilla o el ya popular bikini ibérico Cortés.

Su reconocimiento con un Solete Repsol confirma lo que muchos santanderinos ya sabían: es uno de esos bares a los que siempre apetece volver.

Vermutería Solórzano, una institución del aperitivo

Hablar de vermut en Santander es hablar de Vermutería Solórzano.

Con más de un centenar de referencias y un ambiente que conserva intacta la esencia de las vermuterías clásicas, este establecimiento continúa siendo uno de los grandes puntos de encuentro de la ciudad. Rabas, caracolillos, gildas o huevos rellenos acompañan una oferta donde el vermut sigue siendo el gran protagonista.

Su barra, marcada por décadas de historia, resume perfectamente esa costumbre tan santanderina de reunirse alrededor de un aperitivo antes de comer.

Mucho más que tres bares: una ruta gastronómica por Grupo Riojano

Detrás de estos establecimientos se encuentra Grupo Riojano, que durante los últimos años ha ido recuperando algunos de los espacios más emblemáticos de la hostelería cántabra al mismo tiempo que desarrollaba nuevos conceptos gastronómicos. Quienes dispongan de varios días pueden ampliar la ruta con algunas de sus direcciones más conocidas.

La histórica Bodega del Riojano sigue siendo uno de los grandes templos de la cocina tradicional de Santander; Kandela apuesta por la cocina de brasas y el producto; el Balneario de la Magdalena ofrece una de las terrazas con mejores vistas de la bahía para disfrutar de arroces y pescado; mientras que el Café Centro Botín resulta perfecto para hacer una pausa después de visitar uno de los grandes referentes culturales de la ciudad.

Fuera de Santander, la propuesta continúa con Bar Pepe, en Somo, una parada imprescindible tras un día de playa; Pan de Cuco, en Suesa, donde la cocina cántabra contemporánea encuentra uno de sus mejores exponentes; Primera Vaca, ideal para compartir pizzas artesanas y cocina de producto en un entorno rural; o La Carnaza, para quienes prefieran una buena hamburguesa con personalidad.

Una escapada que combina costa, naturaleza y gastronomía

Una de las grandes ventajas de Cantabria es que no obliga a elegir. Es posible dormir rodeado de naturaleza, desayunar viendo prados, pasar la mañana en una playa del Cantábrico, recorrer pueblos como Santillana del Mar o Comillas y terminar el día compartiendo unas tapas frente al mar en pleno centro de Santander. Ese equilibrio entre paisaje, patrimonio, tranquilidad y gastronomía es precisamente lo que convierte a la región en uno de los destinos más completos para quienes todavía buscan una escapada de verano. Y es que no hace falta recorrer miles de kilómetros para descubrir un lugar al que siempre apetece volver.