Por KATY MIKHAILOVA

Querido Simón: 

El domingo fui a Las Ventas a ver a Morante de la Puebla. Iba acompañada de Ana y de una pequeña desgracia tecnológica. Por un malentendido con la plataforma en la que habíamos adquirido las entradas, pasamos de un tendido bajo, junto a la puerta de arrastre, a las alturas de la Monumental. No mencionaré el nombre de la plataforma porque todavía confío en que resuelvan el asunto. La esperanza es lo último que se pierde. Aunque, en ocasiones, lo primero que se pierde es el dinero.

De pronto estábamos tan lejos del albero que los toreros parecían personajes de una novela rusa. Pequeños, solitarios y condenados a enfrentarse a su destino.

Mi Ángel Teruel, que de toros sabe bastante más que yo y de algunas otras cosas empieza a saber lo mismo, sostiene que no existen entradas malas en una plaza de toros. Porque los toros son los toros. Y tiene razón. El espectáculo no cambia de naturaleza según la altura desde la que uno lo contempla. Cambia la perspectiva. Como ocurre con la vida, con el amor y con las desgracias, que desde lejos siempre parecen bastante más pequeñas.

Tú, mientras tanto, habías decidido ver la corrida por televisión. Tiene gracia. Uno de los hombres que gobiernan Las Ventas estaba en su casa y yo, que no gobierno ni mi propio destino, ocupaba un asiento en las alturas. Nos escribíamos por WhatsApp mientras Morante toreaba y Madrid contenía la respiración.

Desde allí arriba podía ver el ruedo, los tendidos, las cuadrillas y hasta la geometría casi perfecta de aquella plaza. Pero había algo que no me llegaba. El olor.

Y entonces te pregunté a qué olía el albero.

«A miedo», respondiste.

Quise saber a qué olía el miedo.

«A la vida».

Y ahí me dejaste. Con tres palabras y un problema filosófico de dimensiones considerables.

Porque uno se pasa media existencia intentando vencer el miedo para descubrir, por boca de un francés que lleva toda la vida jugando con la muerte ajena, que el miedo es precisamente aquello que nos mantiene vivos. Qué extraordinaria contradicción. Qué enorme cabronada.

He pensado mucho en tu respuesta, Simón. En ese olor que no se vende en perfumerías, que no se puede embotellar y que, sin embargo, todos reconocemos. El miedo huele a las manos de un torero antes de hacer el paseíllo. A la camisa de un padre esperando noticias en un hospital. A la almohada de una mujer que acaba de enamorarse. A un teléfono que no suena. A una despedida que todavía no ha sucedido.

Huele a todo aquello que podemos perder.

Y quizá por eso el albero huele a miedo. Porque es uno de los pocos lugares donde el hombre todavía se atreve a representar públicamente su fragilidad. Hemos construido una civilización obsesionada con disimularla. Nos maquillamos las arrugas, anestesiamos las penas, contratamos seguros contra cualquier desgracia y fingimos que la muerte es un asunto de pésima educación que conviene no mencionar durante la cena. Pero entonces aparece un hombre vestido de luces, se planta delante de un animal de quinientos kilos y nos recuerda que seguimos siendo mortales.

Y que, además, lo sabemos.

Hay algo profundamente obsceno en el valor. No porque el valiente carezca de miedo, sino porque lo exhibe sin pedir disculpas. El cobarde, en cambio, suele tener una magnífica reputación. Es prudente. Es sensato. No se mete en problemas. Muere a los noventa años sin haber cometido la imprudencia de vivir demasiado.

A veces pienso que el mundo está lleno de cadáveres perfectamente conservados.

Tú has dedicado tu existencia a organizar encuentros entre el miedo y la belleza. Has visto a hombres salir por la puerta grande y a otros salir por la enfermería. Has visto triunfos que no valían nada y derrotas que merecían una estatua. Y sospecho que, después de tantos años, ya no confundes el éxito con la victoria.

Porque hay tardes en las que un torero pierde la oreja y gana la eternidad. Y otras en las que corta dos y no consigue arrancarle un solo segundo al olvido.

Me pregunto si ocurre lo mismo con el amor.

Si amar no será también ponerse delante de algo infinitamente más grande que uno mismo, sabiendo que puede embestirte. Si los enamorados no seremos, en el fondo, unos toreros bastante peor vestidos. Sin cuadrilla, sin médico de guardia y, por desgracia, sin posibilidad de pedir que cambien al toro.

El amor también tiene su albero. Y sus cornadas. Y sus tardes de gloria que nadie recuerda igual.

Pero hay una diferencia que me inquieta. En la plaza, el toro no engaña. Embiste conforme a su naturaleza. Somos los seres humanos quienes hemos perfeccionado el arte de herir mientras acariciamos.

Quizá por eso resulta más fácil enfrentarse a una bestia que a determinados sentimientos.

Kafka habría convertido el miedo en un funcionario encargado de concedernos permisos para vivir. Unamuno habría discutido con él hasta conseguir que ambos acabaran llorando. Y Borges, probablemente, habría descubierto que el miedo no era más que un espejo en el que la muerte se contemplaba a sí misma.

Yo, que soy bastante menos inteligente y mucho más sentimental, creo que el miedo es el precio que pagamos por tener algo que nos importe.

Quien no ama no teme perder. Quien no sueña no teme fracasar. Quien no se entrega no teme quedarse vacío. Es una existencia cómoda, desde luego. También lo es la de una piedra.

Lo verdaderamente terrible no es tener miedo. Es llegar a un momento de la vida en el que ya nada nos lo provoque. Ni un beso. Ni una ausencia. Ni una llamada inesperada. Ni un toro que sale de chiqueros. Ni la posibilidad de que mañana todo sea diferente.

Porque entonces, Simón, quizá sigamos respirando, pero habremos dejado de vivir.

Ahora comprendo por qué me respondiste tan deprisa. No necesitabas pensarlo. Hay respuestas que no nacen de la inteligencia, sino de las cicatrices.

Y también comprendo algo que no había entendido desde mi asiento en las alturas. El olor del albero no depende de la distancia. Ni del tendido. Ni de la proximidad a la puerta de arrastre. El miedo no necesita llegar hasta nosotros. Ya lo llevamos dentro.

Quizá Ángel tuviera razón. No existen entradas malas en los toros. Lo que existen son distintas maneras de mirar la vida. Hay quien necesita estar muy cerca para sentirla y quien, desde el último tendido, es capaz de estremecerse.

El albero huele a miedo. El miedo huele a vida. Y la vida, cuando se vive de verdad, acaba oliendo inevitablemente a muerte.

No es una tragedia. Es su grandeza.

Por eso, querido Simón, deseo que nunca se nos quite del todo el miedo. Que todavía nos tiemblen las manos ante ciertas personas. Que nos queden asuntos por resolver, besos por dar, cartas por escribir y alguna que otra imprudencia por cometer.

Que la vida no se convierta en esa costumbre vulgar de levantarse cada mañana sin esperar absolutamente nada.

Y que, cuando llegue nuestra última tarde, podamos decir que tuvimos miedo. Muchísimo.

Pero que salimos a torear.

Con cariño,

Katy.

*En la imagen de portada, obra de Javier Alonso.
Por KATY MIKHAILOVA

Querido Simón:

No es lo mismo decir que “llego” que decir que “he llegado”. Parece una tontería, pero no lo es. “Llego” todavía contiene una posibilidad. “He llegado” es casi una sentencia. En el primero uno todavía está en movimiento. En el segundo ya hay que hacerse cargo de estar allí.

Como tampoco es lo mismo estar dormido que estar durmiendo. Ni, puestos a meternos en terrenos de Cela, estar follado que estar follando. Con o sin congreso.

El gerundio tiene esperanza. El participio, consecuencias. Este ensayo (adoro este género porque no es más que la antesala al directo que es la vida) es un gerundio que lunes a lunes cobra latido en esta espacio llamado “cartas a Simón”. Así me aseguro de que me leas.

El vienes asistí a nuestra sesión de ensayos con ropa de gimnasio. Ese detalle es importante, porque es una declaración de rebeldía ante el refrán que dice que el hábito hace al monje. Yo soy más del teorema de la mona: que aunque la mona se vista de seda… por eso soy feliz incluso con un saco de patatas del Mercadona.

Y aunque no fuera el chándal de Nike de Maduro, y solo unas mallas de Oysho, he salido de casa dispuesta a hacer algo productivo con mi cuerpo y terminé haciendo algo bastante más peligroso con mi cabeza. Pensar. Preferí una dosis de crisis existencial a una tabla de sentadillas.

Estar contigo, Simón, es vivir durante un rato en permanente ruptura con el universo.

No fui a entrenar. Tampoco estoy segura de haber descansado. Porque alimentar el alma no siempre le sienta bien al cuerpo.

Hablamos de la distancia justa entre la histeria y la angustia. Debe de ser pequeña. Quizá unos centímetros. Los mismos que separan a un hombre de un toro cuando ya no sirve pensar demasiado y todavía no conviene dejar de pensar.

Dos días después te fuiste a Sevilla. Y padeciste otro crush con el ruido del ave y esa cosa moderna llamada AirPods que funcionan sin cable. Y en Sevilla Talavante ha sufrido una cogida. No sufriendo.

Y podemos entonces volver a hablar del miedo. Pero no el miedo a morir. El miedo a no morir.

Morir tiene, dentro de su evidente inconveniente, algo definitivo. Lo verdaderamente angustioso es sobrevivir. Sobrevivir obliga a continuar. Hay que levantarse al día siguiente, desayunar, responder mensajes, pagar facturas ahora que estamos en octubre, volver a enamorarse o desenamorarse, volver a equivocarse y acudir puntualmente al psicólogo para explicarle por qué uno sigue siendo incapaz de entenderse.

Hasta que un día ocurre algo extraordinario. El paciente mira al psicólogo. Lo mira de verdad. Y comprende que aquel señor también tiene problemas.

Ese instante me parece fascinante. La relación se invierte. El enfermo descubre la enfermedad del médico. El acusado sospecha del juez. El alumno empieza a examinar al profesor. Kafka habría disfrutado mucho con la psicología moderna.

Un hombre entra en una consulta para averiguar quién es y después de veinte años consigue demostrar científicamente que sigue sin saberlo.

Tú dices que existe una unión sagrada entre pensar y actuar. Me quedé pensando en ello. Lo cual demuestra que no entendí nada.

Pensar sin actuar acaba siendo una forma elegante de cobardía. Actuar sin pensar es una forma bastante ordinaria de suicidio. Entre ambas cosas transcurre la vida y el verdejo (o tú y tu whisky JB).

Tal vez por eso el torero lo entiende mejor que nosotros.

Delante del toro no existe el borrador.
No puede detener al animal y decirle que necesita unos minutos para reconsiderar su posición ontológica. Pensamiento y acto deben encontrarse exactamente en el mismo sitio. Ni antes ni después. Un segundo de más es miedo. Un segundo de menos, inconsciencia. Y el clarín sonaba mientras Talavante iba a matar.

La distancia justa.

Volvimos entonces, no sé cómo, a la democracia. Aunque contigo nunca sé cómo llegamos a ningún sitio.

Dijiste que a la democracia le antecede la educación. Y pensé que seguramente también a la libertad. Y empezó a llover. Nosotros refugiados en la terraza de Luzy Bombón. Castellana mediante.

Nos han enseñado que ser libre consiste en hacer lo que uno quiere. Una definición estupenda si uno tiene cinco años. Después la cosa se complica. La libertad exige criterio. El criterio exige educación. Y la educación exige algo que nuestra época lleva bastante mal: aceptar que no todo lo que deseamos nos conviene.

Quizá ahí empieza la ética existencial. No en ser buenos. En hacerse responsable de haber elegido.

Sartre escribió que “el infierno son los otros” (es el título del libro que mencionas). Aunque, en realidad, no culpaba a los otros de existir. El infierno empieza cuando dejamos que su mirada decida quiénes somos.

Yo nunca he terminado de creérmelo del todo. El infierno sería mucho peor sin ellos.

Porque el otro molesta, contradice, abandona, juzga, desea cosas distintas a las nuestras, llega tarde, se enamora mal y a veces ni siquiera contesta a WhatsApp. Pero sin el otro no existe prácticamente nada que merezca la pena contar.

Tal vez la distancia justa consista precisamente en eso. En no vivir prisionero de la mirada ajena sin cometer la estupidez de creer que uno puede vivir sin ella.

Por eso también desconfío de esta obligación contemporánea de amarse a uno mismo.

Hay algo profundamente egocéntrico en pasar la vida enamorado de uno mismo. Quererse lo suficiente para no destruirse, de acuerdo. Pero amarse como proyecto vital me parece agotador. Yo ya tengo bastante conmigo. Con mi espejos y mis selfies. Necesito a los otros. Aunque Sartre diga que son el infierno. Aunque nos hagan sufrir.

Aunque algunas veces tengamos que, para recuperarnos de ellos, tumbarnos en un chéster. Como el de mi salón: ¿te conté que estuve 2 años sin sofá en mi casa? El sofá y la televisión son dos elementos del pequeño burgués… pero eso ya lo dejo para otra entrega.

Y entonces llegó Ángel Teruel. Lo cual resultó bastante oportuno porque llevábamos un buen rato hablando de todo menos de toros, y esa unión sagrada que tú encuentras entre pensar y actuar solo la entiende el ruedo.

Ángel llegó y dejó de ser necesario hablar del torero en abstracto. Yo pasé a segundo plano. Hay personas que llegan a una conversación y la interrumpen. Otras la demuestran.

Estamos cerrando ciclos. Tú amenazas con que te retiras en 2032 porque te he dado por el 7. Yo quiero que con quien tú empezaste ahora tú cierres, aunque sea con su hijo y su legado.

Y pensé que quizá por eso me había quedado contigo en lugar de ir al gimnasio. Yo había salido de casa preparada para entrenar el cuerpo (tras una agradable comida en Nonetta con mi amiga la diputada Bea Fanjul y mi socia Ana María Martín).

Pero terminé sentada entre dos toreros hablando del miedo a morir, del miedo a no morir y de lo complicado que resulta, entretanto, vivir.

Entonces entendí que Sartre tenía razón pero solo a medias. El infierno pueden ser los otros. Pero algunas veces los otros llegan. Y uno deja de estar solo.

Quizá de eso llevábamos hablando toda la tarde sin saberlo. Del toro. Del psicólogo. De la democracia en peligro en Sol. De la educación y de que el primer acto de dignidad con uno mismo empieza en la ducha. Del amor irremplazable. Del miedo a llorar y llorar además y en gerundio. Llorar conscientes. Lloro luego existo. Tú haces el amor con tus lágrimas, yo les monto un pollo.

Porque puede que el valor no consista en no tener miedo a morir. Puede que consista en algo bastante más difícil. No tener miedo a seguir viviendo después de haber tenido miedo.

Pensar y actuar. Caer y levantarse. Alcohol y resaca. Resacas acumuladas, como dice Ana María. Llegar y haber llegado.

Yo el viernes llegué a verte vestida para entrenar el cuerpo y salí preguntándome por mi sentido de la existencia.

No hice una sola sentadilla. Pero comprendí algo. Entre la histeria y la angustia, entre pensar y actuar, entre el hombre y el toro, entre uno mismo y los otros, existe siempre una distancia exacta.

El problema es que nadie nos dice cuánto mide.

Y a eso, querido Simón, supongo que lo llamamos vivir.

Por KATY MIKHAILOVA

Hay lágrimas que mueren sin haber nacido. Se quedan detrás de los ojos, esperando. Primero con paciencia, después con cierta dignidad y, al final, con ese rencor pequeño que tienen las cosas creadas para cumplir una función a las que nadie permitió hacerlo.

SC dejó de llorar a los catorce años. No sé exactamente qué ocurrió aquel día. Quizá tampoco importe. A determinada edad los hombres toman decisiones absurdamente solemnes. No volveré a llorar. No volveré a enamorarme. No volveré a llamar. Y uno cree que basta con pronunciar una frase para que el cuerpo obedezca durante el resto de su vida.

El cuerpo, por suerte, es bastante menos disciplinado. Durante más de sesenta años, las lágrimas de SC siguieron allí.

Me gusta imaginarlas viviendo detrás de sus ojos. Hacinadas. Envejeciendo. Viendo pasar mujeres, plazas, toros, hijos, amigos, derrotas, hoteles, amaneceres y alguna que otra gloria. Cada vez que ocurría algo digno de ser llorado, una se levantaba convencida de que por fin había llegado su turno. Y nada.

Simón apretaba los dientes. La lágrima volvía a sentarse. Debe de ser terrible ser lágrima y que no te dejen llorar. Porque pensamos siempre en el hombre que contiene el llanto, pero nunca en el llanto contenido. Nadie se pregunta qué ocurre con todo aquello que no dejamos salir. Adónde van las lágrimas que rechazamos. Si caducan. Si se secan. Si guardan memoria. Si una lágrima que debía caer por una madre puede terminar cayendo cincuenta años después por un toro.

Yo creo que sí. Creo incluso que las lágrimas llevan una contabilidad bastante seria. Una especie de Hacienda sentimental, mucho más implacable que la otra, que ya es decir. Todo lo que no se llora queda pendiente.

Y un día llega la inspección. Ahora, a los setenta y tantos, Simón ha decidido volver a llorar. O quizá no lo ha decidido él. Quizá han decidido ellas.

Después de más de medio siglo encerradas, sus lágrimas se han amotinado. Han presentado una reclamación formal. Exigen recuperar el tiempo perdido. Y salen cuando les da la gana. Por un recuerdo. Por una ausencia. Por una faena. Por una canción. Por alguien que se fue. Por alguien que todavía está. Por la belleza, que a determinadas edades empieza a parecerse peligrosamente a la nostalgia.

No lloran solamente lo que ocurre hoy. Lloran también lo que no pudieron llorar entonces.

Tal vez por eso existen lágrimas desproporcionadas. Uno cree que llora por lo que acaba de suceder y resulta que lleva dentro un atasco de cuarenta años. El ser humano tiene esa soberbia. Cree saber incluso por qué llora.

Hace unos días con SC escribí a mano unos apuntes a partir de sus ideas, y dejé una frase que no consigo quitarme de la cabeza. Hablaba de su relación sentimental con sus lágrimas. Me parece extraordinario.

Porque para mantener una relación sentimental hacen falta dos. Simón y sus lágrimas. Un hombre que las abandonó siendo casi un niño y unas lágrimas que, incomprensiblemente, le fueron fieles. No se marcharon con otro. Esperaron.

Aquí es donde la historia se vuelve un poco kafkiana. Porque quizá una mañana Simón se despierte y descubra que ya no es él quien posee a sus lágrimas, sino sus lágrimas quienes le poseen a él. Que han organizado su propia existencia a sus espaldas. Que conocen mejor que él sus muertos, sus amores, sus derrotas y sus miedos. Que llevan sesenta años archivándolo todo.

Una burocracia del alma. Expediente amor. Expediente toro. Expediente amigo muerto. Expediente mujer perdida. Expediente miedo. Expediente felicidad. Todo perfectamente clasificado. Pendiente de llorar.

Y quizá durante todos aquellos años en los que Simón no lloraba, lloraban ellas. Porque las lágrimas también lloran.

Lloran cuando nadie las necesita. Cuando nacen para recorrer una mejilla y las condenan a vivir detrás de un párpado. Lloran cuando un hombre confunde fortaleza con sequía. Y lloran, sobre todo, porque no tienen vida propia. Necesitan de nosotros para existir.

Eso es lo terrible. Hay algo profundamente injusto en negarle una lágrima a una tristeza. Como negarle el ruedo a un toro. Como escribir una carta durante sesenta años y no encontrar nunca el valor de echarla al buzón.

Nos han contado además una mentira bastante eficaz. Que llorar es perder. Que el hombre fuerte aguanta. Que la dignidad consiste en no quebrarse delante de nadie. Durante generaciones hemos educado a los hombres para que sepan morir con cierta elegancia, pero no necesariamente para que sepan estar tristes.

Y así nos ha ido. Simón decidió a los catorce años que no lloraría más y ha necesitado toda una vida para desobedecer a aquel adolescente. Tiene gracia.

Pasamos media existencia intentando ser fieles a quienes fuimos, cuando crecer consiste también en traicionarnos un poco. Ahora Simón llora.

Y yo no creo que se haya vuelto más débil. Creo que simplemente ha llegado tarde a una cita consigo mismo. Muy tarde.

Pero hay citas a las que todavía merece la pena llegar. Aunque sea con más de sesenta años de retraso. Aunque al abrir la puerta encuentres esperando a todas tus lágrimas. Las de los catorce. Las de los treinta. Las de los cincuenta. Las que correspondían a días que ya ni recuerdas.

Estarán enfadadas, supongo. También cansadas. Algunas habrán envejecido contigo. Déjalas salir, querido Simón. No las castigues. Al fin y al cabo, han esperado toda una vida.  Y no hay nada más triste que una lágrima que no puede llorar.

Fotografía: Embalse de Valdecañas desde Finca Los Ángeles de Teruel
Por KATY MIKHAILOVA

Querido Simón,

Anoche, desde una Venecia virtual, escribiste que habías entendido que “las flores nos sobreviven”. Yo te contesté que las flores sobreviven porque nunca aprendieron a despedirse.

Porque cumplir años (no diré cuántos) quizá consista precisamente en eso. En haber sobrevivido a suficientes despedidas como para empezar a sospechar que algunas cosas no desaparecen. Cambian de nombre. De plaza. De ciudad. De amor. De torero. De sueño. Incluso de siglo.

Tú, por ejemplo, llevas toda una vida despidiéndote sin terminar de irte.

Te despediste del niño al que Picasso puso una mano sobre la cabeza y le dijo que sería torero. Del joven que llegó a Madrid sin dinero. Del aspirante que soñaba con vestirse de luces. Del matador que tomó la alternativa en Nimes. De plazas, de toreros, de triunfos, de fracasos y seguramente de unos cuantos enemigos que, conociéndote, habrás tenido la cortesía de ir sustituyendo por otros.

Pero sigues aquí. Entre Picasso y Morante. Como si la Historia hubiera olvidado comunicarte que también tú tenías que pasar de página.

Simón Casas junto a Morante de la Puebla. (Fotografía extraída de @simoncasas1).

Contigo, además, una conversación rara vez termina en el mismo lugar en el que empezó. Uno puede comenzar hablando de una corrida en Nimes y terminar en “La Náusea” de Sartre. Preguntar por José Tomás y acabar hablando de Dios. Consultarte un problema sentimental y recibir una disertación sobre la muerte, el valor y la condición humana. Y a las cuatro de la mañana. Lo sé porque lo he hecho.

En realidad, creo que Simón Casas habla un idioma propio. No es exactamente francés, español, ni taurino.

Es simoniano. Un idioma en el que cabe todo: una plaza de toros, una mujer, un cuadro, la destrucción, un verso en prosa, un recuerdo de hace cincuenta años, la habitación 111 de aquellos felices años 60, y Morante de la Puebla. Todo ello en una misma oración sin que aparentemente exista delito gramatical alguno.

Y luego estamos los demás intentando traducirlo. Supongo que eso sucede cuando se han vivido demasiadas vidas dentro de una sola.

Hubo un tiempo en Madrid en el que no eras el hombre al que todos conocían. No dirigías plazas. No producías figuras. No escribías libros. No existía todavía alrededor de ti esa mitología construida durante décadas entre Francia y España, entre la gloria y el fracaso, entre Picasso y Morante.

Estabas solo.Tan solo que te escribías cartas a ti mismo.

Me contaste que ibas al Palacio de Correos y te las enviabas para experimentar, unos días después, esa pequeña felicidad doméstica de abrir el buzón y descubrir que alguien había pensado en ti. El remitente eras tú.

Kafka habría necesitado doscientas páginas. A ti te bastó un sello.

Siempre que recuerdo esa historia pienso que contiene bastante más de Simón Casas que cualquier biografía.

Después llegó todo. Picasso había puesto una mano sobre tu cabeza cuando eras un niño y te había anunciado que serías torero. Y torero fuiste.

El 17 de mayo de 1975 tomaste la alternativa en Nimes. Te la dio Ángel Teruel padre, con Paco Alcalde de testigo.

Y muy pronto comprendiste que no serías el torero que habías soñado ser. Hay personas que tardan una vida entera en descubrir para qué no sirven. Tú necesitaste bastante menos. Es bastante Simón Casas.

Así que hiciste algo mucho más extraño. Dejaste de intentar convertirte en el protagonista y empezaste a fabricar protagonistas.

Y es que hay algo extraordinariamente coherente en que un hombre como tú haya terminado viviendo intelectualmente entre Picasso y Morante. Entre el hombre que te anunció que serías torero y un torero que, algunos días, parece pintado por un hombre que lleva medio siglo muerto.

Y luego está la política. Me has contado que Jacques Chirac llegó a proponerte ser ministro. Dijiste que no. A cualquier otro hombre que rechazara ser ministro podríamos llamarlo loco. En tu caso, probablemente habría sido aceptar el cargo lo verdaderamente extravagante. Ministro de qué, además. ¿De Tauromaquia, Metafísica y Asuntos Morantistas? No habría presupuesto suficiente.

(Fotografía extraída de @simoncasas1).

Simón Casas junto a Rafael Garrido saludando al rey Felipe VI durante la última corrida de la Prensa celebrada. (Fotografía extraída de @simoncasas1).

También escribes. Libros, recuerdos, pensamientos y esas pequeñas bombas filosóficas que dejas caer como quien abandona pruebas en la escena de un crimen.

Supongo que Kafka habría disfrutado mucho contigo. O habría pedido cambiar de mesa. Todavía no lo tengo claro.

Lo más divertido de todo esto es que yo no sabía quién eras. Mientras otros podían recitar tu biografía taurina, yo había elaborado una teoría bastante más sencilla: aquel señor francés que aparecía constantemente alrededor de Talavante debía de ser una especie de fotógrafo excéntrico con muchísimo tiempo libre.

No estoy orgullosa. Aunque tampoco estaba completamente desencaminada.

Fue Ángel Teruel hijo quien tuvo que explicarme quién demonios era Simón Casas.

Y entonces ocurrió una de esas bromas privadas que le gustan a la Historia: descubrí que quien te había dado la alternativa en Nimes, medio siglo antes, había sido precisamente su padre.

Ahí comprendí que el mundo del toro no es pequeño. Es kafkiano.

Uno entra por una puerta en 2026 y se encuentra esperando dentro a alguien de 1975.

Días después llegó Ciudad Real. El callejón. Talavante. Roca Rey. La cena. Tus historias. Tus frases. Y algo más importante. La amistad.

Aunque tampoco sé si amistad es exactamente la palabra. Porque hay personas que llegan a nuestra vida horizontalmente y otras que, sin que nadie les conceda el cargo, terminan ocupando ese extraño lugar situado un poco más arriba. El del maestro. El del mentor. A veces, incluso, el del padre que la vida coloca fuera del árbol genealógico.

Tú has terminado ocupando para mí ese lugar. Quizá por eso puedo encontrarme a las cuatro de la mañana explicándote una catacrisis. Sí, catacrisis. La crisis se me había quedado pequeña.

Que, por cierto, los griegos llamaron “kátharsis” a esa extraña forma de purificación que llega después del dolor. Dicen que de esa misma idea de pureza y etimología nació Katerina como nombre , nuestra Katalina versión castiza; quizá por eso hay nombres que no designan a una persona, sino que anuncian una manera de atravesar la vida.

A esas horas de madrugada, además, cualquier desengaño sentimental adquiere dimensiones comparables a la caída del Imperio romano. Yo hablo. Tú escuchas. A veces te ríes. Otras me regañas. Después haces un silencio y dices una frase.

Normalmente no sé si la has leído en algún sitio, si acabas de inventarla o si llevo veinte minutos hablando únicamente para que pudieras colocarla. Pero funciona.

A veces no porque me des una respuesta, sino porque consigues desplazar el problema hasta un lugar desde el que parece más pequeño.

Eso hacen algunos padres. Eso hacen algunos maestros. Y eso hacen, sobre todo, quienes ya han vivido lo suficiente como para saber que casi ninguna tragedia es tan definitiva como parece de noche.

Quizá por eso vuelvo siempre a la historia de las cartas. Porque la vida tiene un sentido del humor bastante sofisticado.

Aquel joven que necesitaba escribirse a sí mismo para no sentirse solo terminó convirtiéndose, muchos años después, en el hombre al que otros llaman cuando sienten que la soledad les queda demasiado grande.

Hay cierta justicia poética en eso. O cierta ironía. Contigo nunca sé dónde termina una y empieza la otra.

Has dicho muchas veces que no eres empresario. Eres productor. Productor de emociones, de estética, de sueños. Puede ser.

Yo añadiría que también eres productor de personajes. Empezando por ti mismo.

Francés y español. Torero y productor. Escritor y provocador. Intelectual y pícaro. Sentimental y excesivo. Un hombre capaz de hablar de la muerte y cinco minutos después discutir un cartel. De escribir libros y rechazar ministerios.

Quizá por eso sigues teniendo algo de aquel niño al que Picasso puso una mano sobre la cabeza. Porque sigues creyendo. En el toro. En el arte. En la belleza. En los personajes. En Morante. En las flores. Y, sospecho, también en algunas cosas en las que aseguras no creer. Y sólo Dios lo sabe.

Anoche, desde tu Venecia virtual, dijiste que las flores nos sobreviven. Yo pensé que sobreviven porque nunca aprendieron a despedirse.

Hoy creo que me faltó añadir algo. Algunos hombres tampoco.

Feliz cumpleaños, Simón.

La influencia ya no se mide únicamente en cifras, aunque ellas acumulen millones. Se mide en la capacidad de generar conversación, de marcar tendencias y de conectar con una generación que consume contenido a la velocidad del vértigo. Lola Lolita y Sofía Surfers lo saben bien. Convertidas en dos de las personalidades digitales más relevantes del país, han hecho de la autenticidad su principal activo y de las redes sociales una plataforma desde la que construir algo mucho más grande que una comunidad.

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Entre risas, confidencias y la compañía de Brownie, Cibeles y Cristiano, el inseparable perro de Lola y los gatos de la editora de esta cabecera, respectivamente, habla sobre la familia, el éxito, la exposición pública y los proyectos que están por venir. “Con nuestras diferencias, pero siempre hemos estado la una para la otra”, afirman. Una frase que resume el vínculo que las une y que explica, en parte, cómo han llegado hasta aquí.

Además, ambas son férreas defensoras de los derechos de los animales —una causa que apoyan activamente y visibilizan de forma habitual en sus plataformas—, y coinciden en una misma idea: «Los animales representan amor puro, hogar y paz». En este número queda reflejado. Son indomables.

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Todo estaba a favor. Todo menos el tiempo, que decidió colarse como invitado sorpresa en la V edición de los Premios Mujer Fearless, celebrados en el Teatro Magno. Aun así, y como ya es tradición, una veintena de mujeres —y algún que otro hombre— fueron reconocidos por hacer exactamente lo que mejor saben, cada cual en su terreno, abriendo no solo paraguas, sino también camino a las generaciones futuras.

Federico Jiménez Losantos, última parada

Federico Jiménez Losantos es uno de los comunicadores más reconocibles —y también más polémicos— del panorama radiofónico español. Voz inconfundible de la radio desde hace décadas, ha convertido la opinión en un género propio y el debate en un estilo de vida. Periodista, escritor y tertuliano, su figura ha atravesado medios, etapas ideológicas y momentos distintos de la vida pública y cultural española sin perder nunca el humor que le caracteriza.

Ya estuvo en FEARLESS hace casi dos años, cuando protagonizó una de nuestras portadas más icónicas, rodeado por quienes cada mañana le acompañan en la Crónica Rosa. Hoy vuelve a esta cabecera no para explicarse ni para justificarse, sino para responder. También para que le conozcamos aún mejor. No necesita biografía ni presentación, solo una pregunta tras otra. Y alguien que escuche.

La Real Academia de la Historia ha nombrado a José Luis Sánchez García Académico Correspondiente de la institución, a propuesta de los académicos Carmen Sanz Ayán, Javier Puerto Sarmiento y Luis Alberto de Cuenca y Prado. La comunicación oficial del nombramiento fue realizada por la directora de la Academia, Carmen Iglesias, Condesa de Gisbert, durante un acto celebrado en la sede de la corporación.

Durante la presentación se destacó la amplia trayectoria investigadora y académica de Sánchez García, subrayando especialmente su dedicación al estudio, la investigación y la difusión de la Historia a lo largo de su carrera. En la actualidad dirige la revista Cuadernos de Investigación Histórica y el Seminario Nacional de Historia «Cisneros», además de haber coordinado diez volúmenes colectivos dedicados a la investigación histórica y de haber publicado numerosos trabajos científicos que avalan su recorrido en este ámbito académico.

Asimismo, se puso de relieve su sólida formación intelectual, al ser Doctor en Filosofía Pura por la Universidad Lateranense de Roma y Doctor en Ciencias de la Educación por la Universitat de València. Ha desarrollado una extensa trayectoria en la Universidad Católica de Valencia, institución de la que fue uno de sus impulsores junto al cardenal Agustín García-Gasco, desempeñando distintos cargos de responsabilidad como Vicerrector y Director del Departamento de Ética, Antropología y Doctrina Social de la Iglesia, consolidando así una carrera académica de amplio alcance.

Tras recibir la distinción, el nuevo Académico Correspondiente expresó su agradecimiento a la Real Academia de la Historia por la confianza depositada en su persona y manifestó su voluntad de colaborar activamente con la institución en la promoción del conocimiento histórico y la investigación científica, reafirmando su compromiso con la divulgación rigurosa del pasado.

Durante su intervención evocó las enseñanzas de su maestro, el filósofo Julián Marías, afirmando: “La historia es el ámbito en el que aparece la realidad humana en su condición temporal. Por ello busca la verdad histórica sobre el hombre y su trayectoria a lo largo del tiempo”, una idea a partir de la cual subrayó la importancia de la búsqueda de la verdad histórica como una tarea racional, crítica y documentada, esencial para comprender con mayor profundidad la evolución de las sociedades.

El nuevo Académico Correspondiente destacó asimismo la labor que viene realizando la Real Academia de la Historia en la conservación, investigación y difusión del patrimonio histórico español, felicitando a sus miembros por su compromiso continuado con la cultura y el conocimiento. Finalmente, expresó su agradecimiento al académico Feliciano Barrios por su asesoramiento técnico y por el apoyo prestado en la organización del acto.

Con este nombramiento, José Luis Sánchez García se incorpora al cuerpo de Académicos Correspondientes de la Real Academia de la Historia, un reconocimiento que distingue su aportación a la investigación, la docencia y la promoción de los estudios históricos en el ámbito académico y cultural.

Por Manuel Quintanar

I.

En la calle Orfila, dedicada por la Villa de Madrid a Mateo Orfila, ilustre mahonés, padre de la Toxicología forense en el último tercio del siglo XVIII y principios del XIX, y pionero en la revisión de errores judiciales (casos Mercier y Lafarge), químico formado en Valencia y, sobre todo en París, creador de su Museo de Anatomía, ex Decano de la Facultad de Medicina de París, en definitiva, prohombre de la Patria, se sitúa el Hotel Orfila. Exclusivo oasis de lujo en la mencionada y recoleta calle, cerca de la cual, por cierto, en 1936 fue apresada por anarquistas de la FAI y, con posterioridad, asesinada y martirizada en la Dehesa De la Villa por la vesania y el odio a la fe, otra mallorquina, María de los Ángeles Ginard Martí, religiosa de la Congregación de las Hermanas Celadoras del Culto Eucarístico, delatada por el portero del edificio en el que se pudo refugiar en la aledaña calle de Monte Esquinza, y cuyos restos mortales descansan en la cercana Capilla “Cachito de Cielo” de la Calle Belén.

II.

El mencionado espacio (Hotel Orfila) ha sido testigo de numerosos e inolvidables encuentros, cafés y sobremesas en su precioso jardín, entre otros, con mi maestro el Profesor Cobo del Rosal, cuyas palabras vienen ahora a mi memoria, precisamente a propósito del lamento de la falta de reconocimiento en España de los errores judiciales, en parte debido a los estrechos márgenes de nuestro recurso de revisión ante el Tribunal Supremo, por cierto, cuya sede queda muy cerca del Hotel en la Plaza De la Villa de París.

III.

Pero antes de evocar algunas de las reflexiones de mi maestro, me permito subrayar, una vez más, las bondades de este hotel, la exquisita atención, extremo cuidado de cualquier detalle, la profesionalidad de quienes conforman su equipo, bien dirigidos, motivados, y extraordinariamente preparados, con un lujo de chef, Mario Sandoval, absoluto primer espada en su materia. Decorado por piezas y obras de arte de extraordinario buen gusto y valor, entre otros, un retrato del Rey Fernando VII de Vicente López.

IV.

En momentos en que la justicia criminal resulta zarandeada por las particulares contingencias de la política, con un ex presidente del gobierno de España investigado por la Audiencia Nacional, también a escasos metros, y numerosos cargos políticos investigados y/o juzgados por estos tribunales, recuerdo la sensibilidad con que ponderaba mi maestro el debido respeto del derecho a la imparcialidad de jueces y fiscales (inédita condena por delito contra la intimidad de un Fiscal General del Estado), al derecho a la presunción de inocencia y a la tutela judicial efectiva, fundamentales derechos condensados en el artículo 24.2 de la Constitución española. Entre otras razones, por la confianza que debe poder depositar la ciudadanía en la justicia y la evitación del escudo de los partidos políticos en el denominado lawfare o cualquier otro espurio interés por parte de una judicatura que en su representación en el Consejo General del Poder Judicial podría identificarse, de forma interesada, con alguna sintonía de carácter ideológico o particular medro personal.

V.

Proponía el Profesor Cobo del Rosal una radical laminación de ese injustificado privilegio del aforamiento, una más consensuada designación del Fiscal General del Estado, vía parlamentaria y no gubernamental, un más abierto acceso a la selección de jueces y fiscales por la vía de los denominados turnos (profesionales con aquilatada experiencia y neutralidad y prestigio), y una menos delegada instrucción en las unidades especializadas de Policía Judicial, cuya misión principal consiste en recabar indicios racionales de criminalidad. Pero dicho esto, como titula Emilia Landaluce en un brillante artículo en El Mundo de 16 de junio del presente 2026, “y Garzón emergió de la cloaca”.

VI.

Porque este inhabilitado ex juez nos “obsequió” recientemente con una entrevista en El País que retrata al personaje, una vez más (¿cuántos retratos de un delincuente inhabilitado por Sentencia firme del Tribunal Supremo se necesitan para caer en la cuenta de que no está bien idealizarlo o ponerlo como ejemplo en una entrevista, siquiera sea para que diga lo que convenga?). En palabras de Emilia Landaluce: “El domingo emergió Garzón, otra criatura de las aguas fecales, en El País para enturbiar el lodazal en el que chapotea la izquierda… En la entrevista, el juez inhabilitado dice cosas extraordinarias para alguien de quien conocemos su íntima relación con el ex comisario (Villarejo). ‘He trabajado muchos años con la Policía Nacional, la Guardia Civil y las policías autonómicas, que han hecho labores impresionantes, pero nunca he visto lo que estoy viendo ahora. En este caso (refiriéndose al de Begoña Gómez) hay juicios de valor, cuando un informe policial tiene que ser un análisis de hechos lo contrario es mediatizar al juez. Son palabras públicas. Las de sus comilonas con Villarejo y su mujer son de otra índole del primer juez, que en España recibió el apelativo de estrella y al que se apartó de la carrera por grabar en prisión, las conversaciones de los cabecillas de la Gürtel, con sus abogados'».

VII.

Para empezar, yo remitiría a numerosas publicaciones del Profesor Cobo del Rosal en relación con los jueces estrella, la Audiencia Nacional como “casa de los horrores” y al nulo respeto que este personaje les profesaba a las garantías procesales propias del Estado de Derecho. Pero por precisar, utiliza, siempre tendenciosamente, alguna terminología de técnica jurídica, para tachar indirectamente a la UCO y la UDEF, en los temas que afectan al presidente Sánchez y a su círculo (y circo) de tipos criminológicos de autor, de manipuladores de informes y de valoraciones invasivas y excesivas en el marco de su competencia, descalificando así la instrucción y haciendo al expresidente Zapatero una víctima del sistema. Omite, desconozco si voluntariamente, puesto que a fuer de leer numerosos autos suyos no creo que sea demasiado docto en Derecho, que los indicios racionales de criminalidad que deben reflejar, encontrar, recabar y aportar a la investigación las unidades de policía judicial, amén de objetivables, entrañan, ya en su desvelamiento, una inicial y prognóstica valoración. Por una parte, la racionalidad de los indicios (valoración lógica) y, por otra, su vinculación a la criminalidad que sólo define, por principio, exclusivamente el Código penal (tipos penales concretos, conceptos de autor, cooperador necesario, etc.), que, siendo ley, y para su interpretación, exige ya una previa y cierta valoración. Por tanto, los investigadores no pueden sustraerse a dicha inicial valoración jurídica, indispensable para desvelar que sea indicio y que no lo es. Por poner un ejemplo, en la actuación policial más elemental que es la detención, ya hay una valoración jurídica.

VIII.

Lo que a Emilia Landaluce le ha faltado decir en su artículo es que, si fue el primer juez estrella en España, lo fue por la operativa de una geometría mefistofélica a la que yo denomino triángulo diabólico. Se trata de: 1. Uso (y abuso) de la gestión de los arrepentidos (suave inquisición sin auténtico arrepentimiento pero con un inherente interés en el lucro de ventajas penales y procesales que genera por sistema el agravio con el impenitente que se declara inocente) o eufemísticamente colaboradores de la justicia. 2. Los medios de comunicación a los que se filtra la parte de instrucción que conviene a la propia ególatra y narcisista personalidad del propio juez estrella y a la oportunidad de medro político con instrumentalización del sistema de justicia, erigiéndose así en un político con toga (de hecho, Garzón llegó a ser diputado, y cuando su decepcionante paso por la política no le brindó la ocasión de ser Ministro del Interior (alma de comisario), regresó a su juzgado (regreso que motivó una reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal con posterioridad) e intentó investigar al entonces presidente del gobierno don Felipe González Márquez, que a la luz del devenir de la historia en España, me parece un gran presidente del gobierno, o mejor dicho, expresidente del gobierno. Dicho triángulo es determinante, junto a una legislación siempre defectuosa, de macro procesos, generalmente en la Audiencia Nacional, con decenas o centenares de imputados, ralentización de los ritmos que permiten administrar justicia, y una sobre exhibición personal para mayor gloria de la figura del juez redentor de turno en España, en definitiva, de una justicia injusta.

IX.

De todas las querellas que le habrán interpuesto a este exjuez fue la de mis queridos colegas y amigos José Antonio Choclán e Ignacio Peláez (q.e.p.d.), la única que prosperó con toda razón, pero no la única que la tenía. De este tipo de jueces metidos a políticos trato en mi nuevo libro “La nueva justicia penal” (próxima publicación), con una capítulo dedicado a los errores judiciales y la responsabilidad que pueden contraer los jueces y fiscales así como la Administración (ya hablaremos de la ministra Robles conformando Sala en una Sentencia revisada por el Supremo continente un flagrante error judicial que llevó a la condena y cumplimiento de dos inocentes de nacionalidad marroquí, uno de los cuales falleció en prisión sin poder ver reconocida su inocencia).

X.

Que la Divina Pastora, cuya imagen se venera, por cierto, en la parroquia de enfrente del Hotel Orfila, Santa Elena, nos proteja, y que Dios nuestro Señor nos libre del mejor de los pleitos, porque siempre será peor que la peor de las componendas en los tiempos procesales corrientes de nuestra justicia criminal.

Por Manuel Quintanar

El padre Ariel Suárez ha llevado a cabo una maravillosa obra de reconstrucción de la iglesia de Nuestra Señora de la Caridad la Virgen del Cobre en La Habana (la “Cachita”), sin apenas medios, con el esfuerzo, el trabajo y la fe de un pueblo también maravilloso que no se rinde, ni ser rendirá jamás ante la más descarnada adversidad, pues en su genética está el ser irreductible en su hispanidad.

Le conocí hace ya más de cinco años y hemos venido manteniendo una relación de apoyo y amistad mutuas que creo que son el paradigma de la hermandad, del mismo hispano cubano sentir, un mismo corazón y afán, y un tener una fe rendida a nuestra Madre la santa Virgen María. Lo suyo es una continuada labor de ayuda a los suyos en comedores sociales, labor pastoral a la infancia, juventud y compañía y asistencia a los mayores. Soy testigo de esa labor y de la feliz y sobria parroquia que gobierna en La Habana con la ayuda del Eterno Dios.

En el convencimiento de que la única Cuba libre, tiene que ver con lo que paradigmáticamente es renovar cotidianamente los citados esfuerzo y fe en el Templo eterno, esperamos todos una Cuba mejor, lo cual se vislumbra inevitable pues la situación es límite y de lesa humanidad. En un momento como el presente, es más necesaria dicha perseverancia y fe en la Libertad. Ninguna pócima mágica la va a proporcionar, y ninguna proclama encendida debe vendernos nadie, y menos algunos carroñeros a la espera de la muerte de la codiciada presa y dispuestos a la venganza o a un despiadado “hacer negocio”. Las soluciones políticas y económicas que se precipitarán próximamente podrán tener una fácil venta ante la reinante necesidad pero deberían tener muy presente el plano inclinado en que deben ser integradas y, sobre todo, la justicia social.

España, nación Madre Patria, debería ejercer un papel no secundario en la recuperación de nuestros hermanos cubanos, en cuya sangre está la nuestra, con la ayuda que le sea posible, y entiendo que es mucha, aunque sólo sea por los ininterrumpidos vínculos sostenidos con esa parte hermana del corazón de España (aquí cabe recordar a los maniqueos la buena relación Castro/Franco).  

Si como Unamuno recordaba “a presión de siglos nuestra lengua española lleva inserta una filosofía” y la misma es para Cuba y para España, el contenido de sentido de la palabra Libertad será mucho más que una constitución o un ordenamiento de derechos, conteniendo como esencia suya y propia, la dirección a lo auténtico, a lo verdadero, es decir, a la Dignidad humana. Y abandonado ya el espantajo comunista, en que sólo pueden creer unos cuantos nostálgicos, el mefistofélico fraude será mutar ese genuino concepto de Libertad por otros sustitutivos sucedáneos (y falsos), negocio para los carroñeros.

Ojalá no se imponga la descarada sumisión a los halcones oligocráticos que en nombre de los Estados Unidos de América se anuncia por su Gobierno. España también se la juega, aunque nuestro triste deambular por la escena internacional presagie una ayuda más bien débil e inoperante cuando no torpe (veáse la mínima y bufa imagen de Albares como compendio didáctico de “en los que hemos quedado”).

Desde hace siglos, el sufrimiento de los cubanos solo puede ser superado por los cotidianos esfuerzos de las gentes que todavía creen en una misma genética espiritual. Nos la jugamos una vez más. Esperemos que España esté a la altura y viva y comparta como propia la difícil situación. Esperemos también que el gobierno de España, ya muy desgastado el actual, esté liderado por un político que estimo a la altura y sensato. Esperamos la mayoría eso del señor Núñez Feijoó.

Desde los comienzos es imposible explicar la historia de España sin Cuba y la de Cuba sin España. La denominada generación del 98 no es más que el resultado de la profunda depresión y el inolvidable trauma de la definitiva separación, una reflexión intelectual sin la que es difícil entender nuestro presente. Una muerte anunciada hacía siglos, es al mismo tiempo la muerte de un proyecto, España, que como recuerda el Papa León XIV, es diálogo con Cristo y presencia de nuestra Santa Madre, y que tiene que ver con la dignidad humana, con la interpelación y diálogo constante con nuestro Creador, en nuestra lengua y sin acepción de razas o procederes.

Por eso, Padre Ariel, le escribo estas letras y siento son insuficientes para expresar lo que muchos españoles sentimos respecto de ese trozo de España, que es Cuba. Ojalá estemos a la altura todos en la inminente y progresiva catarsis de la bellísima Isla. ¡Viva Cuba libre, viva la auténtica Libertad!

Por Manuel Quintanar

I.

Por sugerencia del profesor Tirado (Filosofía) he podido ver, por primera vez, la película “La parada de los monstruos” (1932) de Tod Browning y producida por Irving Thalberg (Freaks en su versión original). Hay que verla. Aunque sólo sea porque fue objeto de toda suerte de incomprensiones y de censuras, en su momento, en los Estados Unidos. Basada en el cuento corto de Tod Robins “Spurs” cuyo argumento es la venganza de un artista circense con acondroplasia objeto de la manipulación de una trapecista que se casa con él para apropiarse de su fortuna.

II.

Durante años prohibida en el Reino Unido, la Metro Goldwing Mayer cosechó un fracaso de público y crítica especializada. Fue recortada de 90 a 60 minutos con un prólogo y un epílogo felices para poder ser comercializada, debido al, para la época, “mal gusto” y “patologizante cosmos” en el que se desarrolla. Un circo en el que parte de las atracciones del mismo residía en la exhibición y aparente escarnio de las deformidades humanas (“el hombre oruga” sin brazos ni piernas, dos hermanas siamesas, una hermafrodita, enanos y otras malformaciones físicas). Con el paso del tiempo la crítica ha ido decantando el valor de la cinta, aunque lamentablemente se haya perdido el original.

III.

He podido verla con mis alumnos y celebrar un debate o cineforum a propósito de la misma. Lo repetiría. Alguna alumna ha compartido la misma sensación que motivó la lacerante crítica inicial por descarnada o, si se quiere, “escandalizante”. Algún otro lo ha conectado con el debate en torno a la monstruosidad. Es decir, la alteración del “orden” de la naturaleza en contados casos en la especie humana. Respecto de la idea “orden”, “ordenación”, “causalidad” y “fines” el debate debiera haberse celebrado en el aula de filosofía de la naturaleza. Otros se han fijado en la época en que fue realizada, años 30 del siglo XX, desarrollo de la eugenesia en Inglaterra e incipiente auge del nazismo. Por último, los que, con mayor atención al sentimiento de humanidad han querido ver el paradigma del alma humana como conectada con la dignidad propia de la persona al margen de la materia corruptible (el cuerpo).

IV.

En cualquier caso, me parece, aunque no lo piense y diga yo, sino la mayor parte de la crítica reciente, sobre todo a partir de los años 90 en que fue homenajeada por la Mostra de Cinema de Venezia, una obra maestra, de culto, pero muy alejada del género terror en el que desafortunadamente se la encasilló, sino en el género, si se quiere, drama o tragedia. Sugerente en todos los ámbitos de la vida. El mundo de los valores, el alma humana, los fines de la vida, el amor unido al sufrimiento, la codicia y los vicios morales en contraste con las virtudes en este caso del lado de la solidaridad de los más débiles en defensa de la dignidad de cualquier persona, los avances de la ciencia médica como genocidas en prácticas eugenésicas y abortivas. El genocidio silencioso, que no se ve, porque la estética de la realidad del sufrimiento ofende, y ésta debe ser aniquilada.

V.

El “monstruo”, término que se ha usado en la filosofía clásica desde Grecia y Roma, ya superado y desterrado, habita en cada uno de nosotros cuando no vemos en cada persona lo que realmente es por el hecho de serlo. A mí se me ocurren unos cuantos acreedores de este título ya propio de película de terror. Como epílogo diré que el “hombre oruga” o “torso viviente”, Prince Randian, tuvo cuatro hijos, uno de ellos su ayudante profesional, todos ellos sin ninguna anomalía, igual que su mujer con la que estuvo hasta su muerte. Johny Eck, en la cinta el “medio hombre”, parecía que su cuerpo terminase en la cintura, pero padecía una agenesia sacra, teniendo piernas y pies minúsculos y atrofiados, fue un brillante músico, fotógrafo, ilusionista, pintor y completó una vida plena. De modo que, repito, acaso el “monstruo” soy yo.

Por Manuel Quintanar

I.

La “soave inquisizione” (Padovani) o “Storia della colonna infame” (Manzoni). Historia judicial que se repitió en el último cuarto del siglo XX con la excusa de una “legislazione di emergenza” creada por la política (especialmente la izquierda justicialista) para laminar las garantías procesal penales en procedimientos por tráfico de drogas, terrorismo y crimen organizado principalmente (también corrupción) y que se articuló bajo fórmulas de macro procesos con centenares de imputaciones, instrucciones eternas a mayor gloria del juez instructor (o fiscal), prisiones provisionales y medidas espectaculares de entradas y registros, detenciones, secreto sumarial, etc., pero, sobre todo, con “los denominados arrepentidos”.

II.

Dicha infamia delincuencial, bajo la cobertura del Estado y con la excusa de «la lucha contra el crimen» (jerga belicista impropia de una investigación judicial), se sustentaba en tres pilares fundamentales: a) el juez/fiscal instructor (el protagonista); b) los medios de comunicación (decisivos al momento de acabar con la fama, el honor y la dignidad de los inocentes atrapados bajo las garras del sistema inquisitorial); y c) el «arrepentido» o «arrepentidos» (personajes cuyo arrepentimiento residía en el evidente móvil de lucro, consistente en las ventajas procesales y sustantivas que el sistema les dispensaba a cambio de sus delaciones, sin sujeción alguna al control de la verdad).

III.

La mini serie de HBO Max resulta imprescindible, porque resume lo anterior con una fidelidad a la realidad basada en la verdad judicial (“verdad de papel”), lacerante y escarnecedora de los derechos del hombre (pedagógica para los alumnos de Derecho), en particular de este periodista de gran éxito en televisión, uno de los pioneros en la RAI, Enzo Tortora, falsamente acusado de pertenecer a la Camorra napolitana y de ser traficante de drogas, por fiscales y jueces, arrepentidos y medios de comunicación. El calvario, kafkiano, pues durante prácticamente la totalidad del proceso Enzo Tortora ignoraba la etiología de la acusación (tan falsa como esquizoide y mitomaníaco el principal acusador, Giovanni Pandico, por cierto, protagonizado por un gran actor), se prolongó por espacio de 5 años, casi un año bajo arresto domiciliario y siete meses de prisión provisional. Detenido en 1983 fue condenado por los cargos de pertenencia a la Nuova Camorra Organizzata de Raffaele Cuttolo y tráfico de drogas por el Tribunal de primera instancia de Nápoles el 15 de septiembre de 1985 a 10 años de prisión.

IV.

El 15 de septiembre de 1986 la Corte de Apelación de Nápoles lo absolvió con todos los pronunciamientos favorables por no sostenerse la fiabilidad y credibilidad de las pruebas (inexistentes si excluimos las declaraciones de los “denominados arrepentidos”, Pandico, Melluso y Barra). El 17 de junio de 1987 la Corte de Casación confirmó la absolución. Unos meses después en mayo de 1988 moriría Enzo Tortora.

V.

La víctima de un aquelarre judicial-mediático con la colaboración indispensable de unos delincuentes, muchos de ellos asesinos, pretendidamente “arrepentidos”, sin obligación alguna de decir verdad, sin consecuencia alguna de carácter ni penal ni procesal por llevar a término calumniosas invenciones en relación con un profesional independiente (tan distante de la democracia cristiana como del comunismo en cualquiera de sus versiones), hasta entonces no protegido de la jauría de fiscales y jueces de izquierda, por el “sistema”, y que fue llamado durante el calvario procesal sufrido por Marco Pannella para presentarse a las elecciones del Parlamento de Europa por el Partido Radical (liberal-progresista) por el que fue elegido renunciando poco tiempo después para que no se considerase un privilegio inmunizador el escaño europeo.

VI.

Uno de los victimarios de este escandaloso error judicial (¿) fue el Juez Di Pietro, posteriormente fundador de un partido político y diputado (¿estaría ya haciendo política a costa de las víctimas de la Camorra?). El Juez Marmo pidió perdón a Tortora con posterioridad (ya tarde). Surgían los jueces estrella de los que en España brilló en su vedettismo el ex Juez Garzón, condenado en España por prevaricación muchos años después, muy partidario de la gestión de estos arrepentidos sobre la base de cuyas declaraciones se construyeron enteras instrucciones sin mayor corroboración que una falsaria versión de la realidad en materias tan graves como tráfico de drogas o crimen organizado en general. También este último con sus expectativas políticas descaradas (llegó a ser diputado, tras lo cual volvió a su Juzgado, investigando a algunos de sus más señalados compañeros en el Gobierno). Por cierto, no abandona el foco, sea por fas o por nefas, ahora nombrado Presidente de una enfática y ridiculamente llamada “Comisión de la Verdad”. La Verdad y Garzón podría titularse la tragedia.

VII.

Pero, como decíamos, sin la colaboración de los medios es imposible el funcionamiento de los “jueces estrella” en su, en algunos casos, auténtico trastorno psicopático necesitado de notoriedad. A Tortora en la “Caserma” le prometen salir detenido por una puerta lateral sin esposas y de forma discreta. Lo cierto es que es icónica la imagen de Tortora saliendo del cuartel de Carabineros esposado y fotografiado por una multitud de medios incluyendo su cadena la RAI con la que cada viernes en su “Portobello” convocaba a 28 millones de italianos. Los medios como chacales ciegos en la destrucción de la imagen del periodista y, por supuesto, de la persona. Tortora no sabía de qué y por qué se le acusaba. Funcionaba todo como una denuncia anónima. Sufrimiento suyo y de su familia que, como a tantos, acaba por destrozar su vida en cualquier sentido, excepto en el moral.

VIII.

Y los arrepentidos: un proxeneta (Melluso) quien sostuvo que se le veía por locales nocturnos de Milán con Cuttolo y proveía de cocaína a artistas, actores, etc. (Tortora era conocido por no frecuentar este tipo de locales); un esquizoide fabulador (Pandico) asesino de dos funcionarios por no entregarle una copia de su certificado de nacimiento; Barra, un camorrista, asesino múltiple. La Justicia en manos de los delincuentes. Los Jueces siguiendo la línea de investigación marcada por la fantasía interesada de los “denominados arrepentidos”. La Ley a los pies de la delincuencia y el oportunismo.

IX.

Son muchas las disfunciones que se produjeron con los privilegios concedidos por la legislación italiana a los “arrepentidos” (legge dei pentiti e dei dissociati de 1982). Ley criminógena y fuente de la victimización de inocentes señalados por los delincuentes, incluso infiltrados en los procedimientos para desviar de la verdad las investigaciones, con el derecho a mentir y ninguna obligación. Las declaraciones se podían pactar previamente con los fiscales. También en España muy lamentablemente. Convertir a los inocentes en irreductibles y a los delincuentes “arrepentidos” bendecidos por los nuevos gestores de la moral colectiva beneficiarios de condenas reducidas, absoluciones y ausencia de medidas cautelares, incluso con falsas identidades, protección de sus familias, operaciones de cirugía, etc. La infamia de la que hablaba Beccaria elevada a la categoría de virtuoso mecanismo de lucha contra la criminalidad organizada. Ojo, no confundir al “arrepentido” gestionado por el Fiscal o el Juez Instructor con el confidente policial.

X.

En definitiva, una “cultura judicial” de “lucha” en busca de su “verdad”. El medro político y profesional de algunos togados. Afortunadamente, en Italia se operó una buena reforma del Códice di Procedura Penale y una Ley de Responsabilidad de Jueces y Fiscales por errores judiciales. En España lamentablemente no. Por ello, seria deseable una “Comisión de la Verdad para errores judiciales” y un Día de las Víctimas de Errores Judiciales.

XI.

Dedico este artículo a Mauro Mellini, amigo y maestro, y Miembro del Consiglio Superiore della Magistratura, Senador por el Partido Radical, quien me prestó todos los medios para poder estudiar estos casos de patología judicial en Italia en los años 90.