Por Manuel Quintanar

I.

Por sugerencia del profesor Tirado (Filosofía) he podido ver, por primera vez, la película “La parada de los monstruos” (1932) de Tod Browning y producida por Irving Thalberg (Freaks en su versión original). Hay que verla. Aunque sólo sea porque fue objeto de toda suerte de incomprensiones y de censuras, en su momento, en los Estados Unidos. Basada en el cuento corto de Tod Robins “Spurs” cuyo argumento es la venganza de un artista circense con acondroplasia objeto de la manipulación de una trapecista que se casa con él para apropiarse de su fortuna.

II.

Durante años prohibida en el Reino Unido, la Metro Goldwing Mayer cosechó un fracaso de público y crítica especializada. Fue recortada de 90 a 60 minutos con un prólogo y un epílogo felices para poder ser comercializada, debido al, para la época, “mal gusto” y “patologizante cosmos” en el que se desarrolla. Un circo en el que parte de las atracciones del mismo residía en la exhibición y aparente escarnio de las deformidades humanas (“el hombre oruga” sin brazos ni piernas, dos hermanas siamesas, una hermafrodita, enanos y otras malformaciones físicas). Con el paso del tiempo la crítica ha ido decantando el valor de la cinta, aunque lamentablemente se haya perdido el original.

III.

He podido verla con mis alumnos y celebrar un debate o cineforum a propósito de la misma. Lo repetiría. Alguna alumna ha compartido la misma sensación que motivó la lacerante crítica inicial por descarnada o, si se quiere, “escandalizante”. Algún otro lo ha conectado con el debate en torno a la monstruosidad. Es decir, la alteración del “orden” de la naturaleza en contados casos en la especie humana. Respecto de la idea “orden”, “ordenación”, “causalidad” y “fines” el debate debiera haberse celebrado en el aula de filosofía de la naturaleza. Otros se han fijado en la época en que fue realizada, años 30 del siglo XX, desarrollo de la eugenesia en Inglaterra e incipiente auge del nazismo. Por último, los que, con mayor atención al sentimiento de humanidad han querido ver el paradigma del alma humana como conectada con la dignidad propia de la persona al margen de la materia corruptible (el cuerpo).

IV.

En cualquier caso, me parece, aunque no lo piense y diga yo, sino la mayor parte de la crítica reciente, sobre todo a partir de los años 90 en que fue homenajeada por la Mostra de Cinema de Venezia, una obra maestra, de culto, pero muy alejada del género terror en el que desafortunadamente se la encasilló, sino en el género, si se quiere, drama o tragedia. Sugerente en todos los ámbitos de la vida. El mundo de los valores, el alma humana, los fines de la vida, el amor unido al sufrimiento, la codicia y los vicios morales en contraste con las virtudes en este caso del lado de la solidaridad de los más débiles en defensa de la dignidad de cualquier persona, los avances de la ciencia médica como genocidas en prácticas eugenésicas y abortivas. El genocidio silencioso, que no se ve, porque la estética de la realidad del sufrimiento ofende, y ésta debe ser aniquilada.

V.

El “monstruo”, término que se ha usado en la filosofía clásica desde Grecia y Roma, ya superado y desterrado, habita en cada uno de nosotros cuando no vemos en cada persona lo que realmente es por el hecho de serlo. A mí se me ocurren unos cuantos acreedores de este título ya propio de película de terror. Como epílogo diré que el “hombre oruga” o “torso viviente”, Prince Randian, tuvo cuatro hijos, uno de ellos su ayudante profesional, todos ellos sin ninguna anomalía, igual que su mujer con la que estuvo hasta su muerte. Johny Eck, en la cinta el “medio hombre”, parecía que su cuerpo terminase en la cintura, pero padecía una agenesia sacra, teniendo piernas y pies minúsculos y atrofiados, fue un brillante músico, fotógrafo, ilusionista, pintor y completó una vida plena. De modo que, repito, acaso el “monstruo” soy yo.

Por Manuel Quintanar

I.

La “soave inquisizione” (Padovani) o “Storia della colonna infame” (Manzoni). Historia judicial que se repitió en el último cuarto del siglo XX con la excusa de una “legislazione di emergenza” creada por la política (especialmente la izquierda justicialista) para laminar las garantías procesal penales en procedimientos por tráfico de drogas, terrorismo y crimen organizado principalmente (también corrupción) y que se articuló bajo fórmulas de macro procesos con centenares de imputaciones, instrucciones eternas a mayor gloria del juez instructor (o fiscal), prisiones provisionales y medidas espectaculares de entradas y registros, detenciones, secreto sumarial, etc., pero, sobre todo, con “los denominados arrepentidos”.

II.

Dicha infamia delincuencial, bajo la cobertura del Estado y con la excusa de «la lucha contra el crimen» (jerga belicista impropia de una investigación judicial), se sustentaba en tres pilares fundamentales: a) el juez/fiscal instructor (el protagonista); b) los medios de comunicación (decisivos al momento de acabar con la fama, el honor y la dignidad de los inocentes atrapados bajo las garras del sistema inquisitorial); y c) el «arrepentido» o «arrepentidos» (personajes cuyo arrepentimiento residía en el evidente móvil de lucro, consistente en las ventajas procesales y sustantivas que el sistema les dispensaba a cambio de sus delaciones, sin sujeción alguna al control de la verdad).

III.

La mini serie de HBO Max resulta imprescindible, porque resume lo anterior con una fidelidad a la realidad basada en la verdad judicial (“verdad de papel”), lacerante y escarnecedora de los derechos del hombre (pedagógica para los alumnos de Derecho), en particular de este periodista de gran éxito en televisión, uno de los pioneros en la RAI, Enzo Tortora, falsamente acusado de pertenecer a la Camorra napolitana y de ser traficante de drogas, por fiscales y jueces, arrepentidos y medios de comunicación. El calvario, kafkiano, pues durante prácticamente la totalidad del proceso Enzo Tortora ignoraba la etiología de la acusación (tan falsa como esquizoide y mitomaníaco el principal acusador, Giovanni Pandico, por cierto, protagonizado por un gran actor), se prolongó por espacio de 5 años, casi un año bajo arresto domiciliario y siete meses de prisión provisional. Detenido en 1983 fue condenado por los cargos de pertenencia a la Nuova Camorra Organizzata de Raffaele Cuttolo y tráfico de drogas por el Tribunal de primera instancia de Nápoles el 15 de septiembre de 1985 a 10 años de prisión.

IV.

El 15 de septiembre de 1986 la Corte de Apelación de Nápoles lo absolvió con todos los pronunciamientos favorables por no sostenerse la fiabilidad y credibilidad de las pruebas (inexistentes si excluimos las declaraciones de los “denominados arrepentidos”, Pandico, Melluso y Barra). El 17 de junio de 1987 la Corte de Casación confirmó la absolución. Unos meses después en mayo de 1988 moriría Enzo Tortora.

V.

La víctima de un aquelarre judicial-mediático con la colaboración indispensable de unos delincuentes, muchos de ellos asesinos, pretendidamente “arrepentidos”, sin obligación alguna de decir verdad, sin consecuencia alguna de carácter ni penal ni procesal por llevar a término calumniosas invenciones en relación con un profesional independiente (tan distante de la democracia cristiana como del comunismo en cualquiera de sus versiones), hasta entonces no protegido de la jauría de fiscales y jueces de izquierda, por el “sistema”, y que fue llamado durante el calvario procesal sufrido por Marco Pannella para presentarse a las elecciones del Parlamento de Europa por el Partido Radical (liberal-progresista) por el que fue elegido renunciando poco tiempo después para que no se considerase un privilegio inmunizador el escaño europeo.

VI.

Uno de los victimarios de este escandaloso error judicial (¿) fue el Juez Di Pietro, posteriormente fundador de un partido político y diputado (¿estaría ya haciendo política a costa de las víctimas de la Camorra?). El Juez Marmo pidió perdón a Tortora con posterioridad (ya tarde). Surgían los jueces estrella de los que en España brilló en su vedettismo el ex Juez Garzón, condenado en España por prevaricación muchos años después, muy partidario de la gestión de estos arrepentidos sobre la base de cuyas declaraciones se construyeron enteras instrucciones sin mayor corroboración que una falsaria versión de la realidad en materias tan graves como tráfico de drogas o crimen organizado en general. También este último con sus expectativas políticas descaradas (llegó a ser diputado, tras lo cual volvió a su Juzgado, investigando a algunos de sus más señalados compañeros en el Gobierno). Por cierto, no abandona el foco, sea por fas o por nefas, ahora nombrado Presidente de una enfática y ridiculamente llamada “Comisión de la Verdad”. La Verdad y Garzón podría titularse la tragedia.

VII.

Pero, como decíamos, sin la colaboración de los medios es imposible el funcionamiento de los “jueces estrella” en su, en algunos casos, auténtico trastorno psicopático necesitado de notoriedad. A Tortora en la “Caserma” le prometen salir detenido por una puerta lateral sin esposas y de forma discreta. Lo cierto es que es icónica la imagen de Tortora saliendo del cuartel de Carabineros esposado y fotografiado por una multitud de medios incluyendo su cadena la RAI con la que cada viernes en su “Portobello” convocaba a 28 millones de italianos. Los medios como chacales ciegos en la destrucción de la imagen del periodista y, por supuesto, de la persona. Tortora no sabía de qué y por qué se le acusaba. Funcionaba todo como una denuncia anónima. Sufrimiento suyo y de su familia que, como a tantos, acaba por destrozar su vida en cualquier sentido, excepto en el moral.

VIII.

Y los arrepentidos: un proxeneta (Melluso) quien sostuvo que se le veía por locales nocturnos de Milán con Cuttolo y proveía de cocaína a artistas, actores, etc. (Tortora era conocido por no frecuentar este tipo de locales); un esquizoide fabulador (Pandico) asesino de dos funcionarios por no entregarle una copia de su certificado de nacimiento; Barra, un camorrista, asesino múltiple. La Justicia en manos de los delincuentes. Los Jueces siguiendo la línea de investigación marcada por la fantasía interesada de los “denominados arrepentidos”. La Ley a los pies de la delincuencia y el oportunismo.

IX.

Son muchas las disfunciones que se produjeron con los privilegios concedidos por la legislación italiana a los “arrepentidos” (legge dei pentiti e dei dissociati de 1982). Ley criminógena y fuente de la victimización de inocentes señalados por los delincuentes, incluso infiltrados en los procedimientos para desviar de la verdad las investigaciones, con el derecho a mentir y ninguna obligación. Las declaraciones se podían pactar previamente con los fiscales. También en España muy lamentablemente. Convertir a los inocentes en irreductibles y a los delincuentes “arrepentidos” bendecidos por los nuevos gestores de la moral colectiva beneficiarios de condenas reducidas, absoluciones y ausencia de medidas cautelares, incluso con falsas identidades, protección de sus familias, operaciones de cirugía, etc. La infamia de la que hablaba Beccaria elevada a la categoría de virtuoso mecanismo de lucha contra la criminalidad organizada. Ojo, no confundir al “arrepentido” gestionado por el Fiscal o el Juez Instructor con el confidente policial.

X.

En definitiva, una “cultura judicial” de “lucha” en busca de su “verdad”. El medro político y profesional de algunos togados. Afortunadamente, en Italia se operó una buena reforma del Códice di Procedura Penale y una Ley de Responsabilidad de Jueces y Fiscales por errores judiciales. En España lamentablemente no. Por ello, seria deseable una “Comisión de la Verdad para errores judiciales” y un Día de las Víctimas de Errores Judiciales.

XI.

Dedico este artículo a Mauro Mellini, amigo y maestro, y Miembro del Consiglio Superiore della Magistratura, Senador por el Partido Radical, quien me prestó todos los medios para poder estudiar estos casos de patología judicial en Italia en los años 90.

Por LUIS MARÍA DÍAZ DE BUSTAMANTE

La primera vez que su administrador le sugirió que se presentase a ese concurso televisivo donde celebridades compiten de muy malas maneras por intentar emular a un chef, Mr. Karl bajó sus gafas oscuras, le miró con ligera estupefacción y le despidió. Nunca nadie se había atrevido a faltarle al respeto de tal manera.

Sin embargo, unos meses más tarde (y también una inspección fiscal desfavorable mediante), el apodado káiser de la moda, el genio que había dirigido la mejor casa de alta costura del siglo, se encontraba cocinando un vulgar pollo asado en aquel plató, donde hacía un calor insoportable por culpa de los focos deslumbrantes y olía a puerro quemado en mantequilla.

Mr. Karl no tenía opción, la productora pagaba una fortuna y aquél era su último recurso para no morir de inanición.

A decir verdad, esto último no le parecía tan grave, de hecho, estimaba que era la manera más adecuada y digna de desaparecer (“un cadáver ha de yacer delgado, es una muestra de respeto y consideración a los que te lloran” se repetía a sí mismo), pero no podía permitir que algo le faltase a Choupette, una gata birmana de color azul crema a quién alimentaba con varias latas de caviar Beluga al día y con quién había decidido pasar el resto de su existencia.

La gente podría pensar que Choupette era la última distracción de un diseñador extravagante:

La gente no tenía ni idea.

Tras el paso de la vida, Mr Karl había comprendido que esa mascota era su único y verdadero amor, el ser que jamás le había decepcionado; Choupette siempre lucía elegante y dispuesta, algo apreciado por cualquier persona inteligente; Choupette era displicente pero grácil y atlética, algo que Mr. Karl ansiaba desde que era un adolescente rollizo y demasiado amable; Choupette había sido creada a su imagen y semejanza: Choupette era impecable, inabordable, insoportable.

Todas las demás personas que Mr. Karl había conocido y encumbrado (secretarios con cuerpos de efebos interesados en su dinero, modelos desequilibradas y vulnerables que habían quedado atrapadas en alguna peligrosa adicción, incluso las costureras del taller que con tanta diligencia habían hecho realidad sus diseños), habían acabado abrazando la vulgaridad o, en el peor de los casos, la gordura.

A pesar de haber tenido siempre una relación odiosa con la comida (el Sr. Karl no comprendía esa fascinación general por lo gourmet, a su parecer, solamente la gente holgazana y rústica se dejaba vencer por la ansiedad y la gula de una generosa ración de alimento), se había ganado el favor del jurado.

Sí, semana tras semana, esas tres personas que juzgaban sus platos (y que, a efectos de Mr. Karl, eran seres chabacanos y prescindibles) parecían adorar el aura de misterio que le conferían aquellas gafas de sol que jamás se quitaba.

Semana tras semana, esas tres personas parecían sentirse fascinadas por los enormes anillos de oro con los que adornaba sus manos finas y huesudas, también por su pelo largo y plateado, que siempre llevaba recogido en una coleta (incluso le habían permitido sustituir una de esas redes higiénicas antiestéticas que la manipulación de alimentos exige por una especie de tiara que el diseñador había confeccionado en cinco minutos con papel de aluminio).

Lo cierto es que Mr. Karl había demostrado una pericia absoluta en el arte de las esferificaciones, las espumas y las deconstrucciones; no había tanta diferencia entre la preparación de un plato de alta cocina y un desfile de alta costura. Al final, sólo se trataba de contar una historia, de producir una fantasía. Mr. Karl había conseguido deshacerse de todos los rivales del concurso gracias a su habilidad para desollar conejos (utilizando la misma técnica que había perfeccionado décadas atrás, cuando todavía existía la libertad de moda y abrigarse con martas cibelinas era sinónimo de estatus y de buen gusto) y su capacidad para cortar enormes cantidades de cebolla en juliana sin derramar ni una sola lágrima (gracias al cristal ahumado de esas gafas tan características). Sin embargo, no había conseguido, por el momento, derrotar a su eterna enemiga: Inés.

La animadversión entre ambos concursantes había ido creciendo a lo largo del programa, aunque no siempre fue así. De hecho, hubo un tiempo en el que habían sido un tándem de éxito icónico e inigualable; hubo un tiempo en el que Inés lo había sido todo para Mr. Karl y Mr. Karl lo había sido todo para Inés: un amor a primera vista imposible de consumar, lo que lo hacía todavía más potente.

Cuando se conocieron, Inés era adorablemente esquelética y tenía una mirada profunda e irreverente, producida por unos ojos grandes y negros que al maestro le recordaban al color de los escarabajos de Las mil y una noches. Él le había hecho rica; ella le inspiraba como nadie. Su existencia ilimitada en común, se regía por fiestas sin fin, viajes privilegiados en los jets de las élites que gobiernan el primer mundo, copas de champagne y ostras sin medida. Todo era arte, dinero, poder; todo era vanidad. Y, sin embargo, de manera inesperada y en el momento más inoportuno, Inés, en el colmo de la originalidad, decidió cometer una herejía:

Casarse.

Si al menos su marido hubiese sido un hombre incorrecto, original, pasional o tóxico, ese matrimonio habría sido aceptado por Mr. Karl, pero la inteligente Inés eligió compartir su vida con un señor corriente, anodino, incluso buen tipo. Eso era algo que a Mr. Karl le desestabilizaba.

Inés dejó de ser esa figura etérea y frívola que le acompañaba en ese viaje vital para convertirse en una señora burguesa, sobria y aburrida, una mujer comme il faut: una mujer que tendría hijos, se ocuparía de su familia y jamás volvería a estar ebria antes de las once de la mañana. A Mr. Karl eso le parecía imperdonable.

El azar (y una productora ávida de morbo y con muchas posibilidades económicas) había querido que se reencontrasen en ese concurso. Inés seguía estupenda. Mismos ojos, misma delgadez, quizás deteriorada por más arrugas, pero igualmente carismática y esbelta.

A Karl le divertía ver cómo su antigua compañera de baile se defendía extraordinariamente bien con los caldos, los sofritos y todos esos términos tan poco cosmopolitas que habían aprendido durante las últimas semanas. Ver a Inés preparando esos manjares era un auténtico espectáculo: se movía entre los pucheros con la misma armonía que en las pasarelas y Mr. Karl volvía a sentir la admiración por la que había sido su mejor musa. Con el tiempo, Mr. Karl había comprendido que la irritante decisión de Inés simplemente era el espejo de su soledad, de la tristeza que provoca la sensación de insatisfacción permanente inherente a las existencias vacías. También le reconfortaba la idea de que tuviese problemas económicos (la participación en un espectáculo así sólo podía obedecer a la necesidad del vil metal). Definitivamente, la única persona digna de competir con Mr. Karl en esa final era Inés.

El sonido de las cacerolas se mezclaba con el cronómetro que anunciaba la necesidad de comenzar con la preparación de los postres. Quedaban treinta minutos para que terminase la competición. Los familiares de los dos finalistas estaban sentados en un altillo observando la prueba. Inés seguía casada con ese hombre con aspecto de ingeniero informático que la miraba con ojos de cordero degollado. En el caso de Karl, Choupette miraba recelosa la actuación de su amo (también observaba de reojo, la papada amable del marido de Inés, preguntándose quizás si sabría mejor que el caviar Beluga).

Inés parecía sobrepasada, moliendo con un mazo cacao puro para su bavaroise de chocolate. Karl se dio cuenta de que su compañera no había pulsado el botón de encendido del abatidor de temperatura (lo que imposibilitaba la terminación del postre).

El artista mundialmente conocido, el genio que había recibido todas las condecoraciones posibles, se encontraba ahora ante un dilema: el amor o el juego justo.

Mr. Karl se acercó al abatidor, acarició el botón y entonces, en un gesto de innata nobleza y tras un instante de reflexión, se metió la mano derecha en el bolsillo. Había elegido el amor: Choupette no volvería a pasar hambre.

Por Manuel Quintanarun jurista que aún cree en la ley como límite moral del poder

I.

Mi querido Alfonso ya te echamos mucho de menos todos los que hemos tenido el privilegio de compartir muchos momentos contigo. Creo que poco puedo aportar a todo lo que de bueno se ha dicho de ti. Simplemente corroborarlo.

II.

Nos conocimos con la hija de uno de tus mejores amigos y también amigo mío, Carlos Domecq, con el que estarás ahora. Nuestra querida y genial Dolo, tan amiga de la rima como tú, nos presentó y, desde entonces, ya más de 15 años. Cada vez que he podido estar contigo, para mí ha sido una impagable lección de filosofía de vida y, por consiguiente, de lo divertida que puede ser en compañía de buena gente de verdad.

III.

También nos une una ciudad que te encantaba visitar, Valencia, mi tierra y la de tu otro queridísimo amigo, Tip, José Luis Sánchez Polack. Fuiste Académico de la Real Academia de Cultura Valenciana y todavía nos acordamos de tu homenaje a Tip en Valencia con Iñaki Zaragüeta. Está grabada, fue en el Ateneo, organizada por La Razón, de la que fuiste cofundador y muy recomendable como semblanza del genio del humor y como muestra de tu sentido de la amistad.

IV.

Me da vergüenza reconocer que me emocionó esa rima que te inventaste para todos los valencianos y que le atribuiste a autor desconocido, o por lo menos eso creo yo, “Yo quiero para mi tumba”:

“El azul de la Albufera,

La luz de la Malvarrosa;

Mi Virgen junto a una rosa,

Mi Cristo, junto a un clavel.

El aroma de la piel

De mi Valencia adorada.

No quiero en mi tumba, nada

De oro, lujo o apariencia;

Quiero trabajo, decencia,

Amor, y jamás cizaña.

Mi Señera de Valencia,

Y mi Bandera de España.”

V.

Defendiste la singularidad de nuestra querida Región, su historia propia, su imposible identidad con la abominable invención de unos pretendidos Païssos Catalans, su lengua, su cultura, sus tradiciones y sus gentes. Y eso queda acreditado en multitud de artículos a lo largo de tu dilatada y brillantísima historia como columnista.

VI.

Nos brindaste momentos inolvidables en el “El debate del estado de la Nación” de Luis Del Olmo (Gorroño, Escolano, etc.), junto con Mingote y Tip, entre otros. Nos hiciste aprender y reír con tu “Tratado de las buenas maneras” y “El Marqués de Sotoancho”.

VII.

Ahora que te encuentras con ellos no te olvides de nosotros querido Alfonso pues un poco huérfanos de tu columna de “El Debate” nos hemos quedado. Bueno, al menos por fin con Don Pedro Muñoz Seca, asesinado en Paracuellos.

VIII.

Nos has dejado a mi querido Bosco Ussía, otro genio, y Alfonso, ya consumada pluma de nuestras letras con mayúscula.

IX.

Te doy las gracias por tantos buenos momentos, por las rimas que me dedicaste, y por todas las divertidísimas tertulias que compartí contigo. Te doy la enhorabuena por la Medalla que te impuso mi querida Cristina Cifuentes, la máxima distinción de la Comunidad de Madrid el 2 de Mayo.

X.

Pero, sobre todo, porque estoy seguro de que ningún obispo te podrá negar estar con el Jefe y tu querido Tip. Hace poco, mi amigo Enrique Cerezo (otro de esos buenos que aún quedan) me regaló la película La garbanza negra, que en paz descanse, donde mi querido Pepe Truchado (también allí, en la Paz Eterna) se inventó la estética de Tip y Coll.

Por Manuel Quintanar, un jurista que aún cree en la ley como límite moral del poder

La dignidad de la mujer —su autonomía, su espacio interior, su cuerpo y su conciencia— constituye uno de los pocos consensos éticos que una sociedad democrática no puede permitirse erosionar. Sin embargo, nuestra época, tan fascinada por la apariencia del cambio, ha descuidado lo esencial: la mujer no necesita un nuevo léxico político, sino que se le garantice, sin ambigüedades, el núcleo duro de su libertad mediante la ley penal, que es el último muro que una comunidad levanta frente a la violencia.

Desde ahí, desde ese último muro, me veo obligado a poner sobre la mesa algunas reflexiones que, por incómodas, llevan demasiado tiempo silenciadas.

La primera es casi un misterio cultural: ¿por qué desapareció del debate la figura del parricidio o conyugicidio como homicidio agravado? España llegó a castigar más severamente al hombre que mataba a su esposa que a quien daba muerte a un desconocido. Lo hacía por un motivo civilizatorio: reconocer que la traición al vínculo, la violencia ejercida en el ámbito íntimo, es la destrucción del lugar donde debería residir la máxima protección. Recuperar esa figura no es arcaísmo; es una exigencia ética.

La segunda reflexión es más incómoda aún. La explotación sexual, la prostitución coactiva, la trata de seres humanos y el proxenetismo no son delitos: son fracturas morales del Estado. Resulta inexplicable que su castigo no se agrave en un momento en que la mujer es convertida —por mafias, por mercados, por plataformas digitales— en un objeto consumible. Y más inexplicable todavía es que el usuario, el consumidor último de esa instrumentalización, permanezca al margen de cualquier reproche penal. ¿Con qué rostro puede una sociedad hablar de igualdad mientras excusa a quien financia su destrucción?

La tercera deriva hacia lo que debería ser un clamor: el tipo penal del acoso sexual es hoy un refugio para acosadores inteligentes. El legislador ha tejido un artefacto tan repleto de requisitos que las víctimas deben demostrar más que quienes sufren coacciones básicas. Penalmente, el mensaje es espantoso: “Toléralo un poco más. Prueba el grado exacto de sufrimiento. Acredita la intensidad.” No. El acoso sexual debe ser castigado con la misma claridad con la que se protege la propiedad o la integridad física: sin matices que perpetúan el silencio.

En cuarto lugar, es urgente restaurar la escala de gravedad que la cultura jurídica española siempre tuvo clara. La violación es, en nuestro imaginario moral, una de las mayores agresiones a la libertad humana. Y sin embargo, hoy convive en un espacio penológico que, en términos sociales, la sitúa casi al nivel de delitos cuya gravedad cultural es menor. No basta con reformular palabras. Hay que devolver a la violación el peso penal que refleja su significado moral.

Hay, además, un bien jurídico que apenas comenzamos a comprender: la intimidad. En particular, la intimidad digital de la mujer. La utilización inconsentida de su imagen, de su cuerpo, de su vida privada en redes, no es un simple atentado a la privacidad: es una forma moderna de cosificación. Es preciso levantar sobre ello un muro penal inexpugnable. El machismo ya no golpea solo con el puño, golpea con el clic. Y un clic puede destruir la identidad de una mujer con la misma intensidad que un golpe físico.

Por último, me pregunto —y no encuentro aún respuesta convincente— qué responsabilidad tienen quienes, hombres o mujeres, medran políticamente en nombre de las mujeres pero las perjudican con su negligencia. ¿Qué responsabilidad penal, ética o social pesa sobre quienes abanderaron reformas que resultaron en beneficios penitenciarios masivos para agresores sexuales? ¿Qué responsabilidad tiene quien hizo bandera electoral de una causa que luego no supo custodiar con rigor jurídico?

No se puede hablar “en nombre de todas” cuando se legisla para unas pocas. No se puede reclamar protección simbólica mientras se dinamita la protección real. Y, sobre todo, no se puede confundir ideología con justicia.

Porque al final, proteger a la mujer no es un gesto político. Ni un discurso performativo. Ni una consigna de campaña.

Es un acto moral. Y el Derecho Penal, cuando se usa con rigor, sin oportunismo y sin retórica vacía, es el instrumento más honesto para proteger esa moral.

Este ensayo no pretende cerrar nada.
Solo abrir una conversación que, por dignidad, España no puede seguir aplazando.

Continuará…

A mi querida madre.

Hay quien se pasa la vida buscando el sentido de las cosas. El para qué, el por qué, el hacia dónde. Mientras tanto, la gramática ya había resuelto el misterio. El universo se sostiene en las preposiciones.

Entre, sobre, bajo, contra, hasta, hacia. No dicen nada por sí solas, pero lo significan todo. Son puentes que conectan, flechas que empujan, límites que protegen o encarcelan. La humildad hecha función gramatical. Relacionar en silencio.

El ser humano se define por sustantivos. La vida, por preposiciones. Cuando decimos que vamos a algún lugar, ya estamos aceptando la existencia del destino. Cuando venimos de otro, reconocemos un pasado. Si amamos con alguien, es imposible amar solos. Cada trayectoria vital es un esquema preposicional.

Somos movimiento. No el quién, sino el entre quiénes. No el qué, sino el hacia qué.

También hay fronteras. Vivir sin alguien revela lo que falta. Estar bajo algo pesa. Luchar contra todo agota. Y el adiós también lleva preposición. Me voy por tu bien. El consuelo sintáctico.

Una amiga tuvo un novio que le exigía hablar siempre con sujeto y predicado. Le pedía que vigilara hasta las preposiciones que usaba. Como si controlar el lenguaje del otro fuese la forma más barata de controlar su realidad. Los hay empeñados en ser comisarios de la gramática ajena. Grammar bullies los llama la vida.

Y mientras tanto, en ABC, Alfonso Ussía recordaba hace poco que hemos cambiado la convicción por el adverbio. Todo exageradamente intenso, absolutamente rotundo, moderadamente idiota. Quizá tenga razón. Nos hemos acostumbrado a gritar con los matices en vez de pensar con las palabras.

Por eso yo reivindico hoy la preposición. La convicción suave. La verdad que une en lugar de adornar. La conexión que no presume.

Entre tú y yo, solo hay una preposición. Y eso lo cambia todo.

La asistencia al «Congreso Historia de las grandes catástrofes naturales y lecciones aprendidas por la humanidad. Una perspectiva histórica«, organizado por la Fundación Universitaria Española y dirigido por D. José Luis Sánchez García, representa una valiosa oportunidad de formación, reflexión y enriquecimiento intelectual. Según ha señalado el propio director del Congreso, “el enfoque histórico de las grandes catástrofes naturales permite no solo comprender la dimensión humana, social y cultural de estos acontecimientos a lo largo del tiempo, sino también extraer enseñanzas aplicables al presente, en un contexto global cada vez más marcado por fenómenos climáticos extremos y desafíos medioambientales, reflexionando sobre el libre albedrío y la autonomía de la naturaleza que nos recuerda su tendencia a la entropía”.

Un enfoque interdisciplinar

El congreso reúne a un panel de expertos de diversas disciplinas que garantiza un abordaje interdisciplinar y riguroso. Entre los ponentes destacan D. Juan Antonio Sagredo Marco, senador; D. José María Benlloch Baviera, doctor en física y premio Jaime I; D. Alejandro Robador Moreno, geólogo experto en paleoclimatología; D. Ricardo García García, gestor público; Mons. D. Joan Águila Chavero, catequeta; y D. Juan María Díez Sanz, filósofo. La combinación de perfiles científico-técnicos, juristas, gestores públicos, humanistas, filósofos y teólogos permite analizar las catástrofes naturales desde distintas dimensiones: científica, social, política y espiritual.

Aprender del pasado para el presente

Asistir al congreso no solo permitirá ampliar conocimientos sobre la historia de las catástrofes naturales, sino también fomentar el pensamiento crítico sobre el papel de las instituciones, la ciencia, la fe y la sociedad civil en la prevención y gestión de las crisis.

Lugar y fecha del congreso

El congreso tendrá lugar los días jueves 20 y viernes 21 de noviembre en Madrid, en la sede de la Fundación Universitaria Española, situada en la calle Alcalá, 93, consolidándose como una cita imprescindible para quienes buscan reflexionar sobre la relación entre historia, ciencia y sociedad frente a los fenómenos naturales extremos. El acceso es gratuito.

Programación

Jueves, 20 de noviembre

La primera jornada comenzará a las 19:00 con “La unidad de los pueblos ante los desastres naturales”, a cargo de D. Juan Antonio Sagredo Marco, senador por Valencia y alcalde de Paterna, vocal de la Comisión de Investigación sobre la DANA de octubre de 2024. A las 19:45, D. José Luis Sánchez García, director del Seminario Nacional de Historia Cisneros y presidente de la Fundación Embajadores para el Desarrollo, ofrecerá “La respuesta de la ciudadanía ante grandes catástrofes naturales: la solidaridad”. La jornada cerrará a las 20:30 con “Ciencia y ética en la explicación de los fenómenos naturales”, impartida por D. Juan María Díez Sanz, filósofo e investigador experto en ética social y sostenibilidad.

Viernes, 21 de noviembre

La segunda jornada arrancará a las 9:30 con “Catástrofes en la historia de la Tierra”, por el Dr. Alejandro Robador Moreno, geólogo experto en paleoclimatología del IGME-CSIC. A las 10:30, el Dr. Ricardo García García ofrecerá “Una visión técnica de la DANA acaecida en Valencia en octubre de 2024”. Tras la pausa de café, a las 12:00 el Dr. José María Benlloch Baviera abordará “El gran terremoto de Lisboa de 1755”, y la jornada concluirá a las 13:00 con “Cómo explicar a los jóvenes el sentido de las grandes catástrofes naturales”, a cargo de D. Joan Águila Chavero, provicario general del Arzobispado de Tarragona.

Por Manuel Quintanar (Universidad de Bolonia)

I.

El 28 de abril de 1990, el entonces Cardenal prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Joseph Ratzinger, pronunció un discurso con motivo del primer centenario de la muerte del Cardenal Newman, del que me gustaría entresacar alguna cita que traigo a mi texto, pues me parecen lemáticas de la vida de este santo, intelectualmente inspiradoras y, para el entonces Cardenal Ratzinger, “liberadoras” (como superviviente del nazismo y todo lo que comportó).

II.

“Newman interpretó la existencia del ser humano a partir de la conciencia, esto es, de las relaciones entre Dios y el alma”. “Estar obligado por la conciencia no significa ser libre para hacer elecciones al azar, sino que es justo al revés”. “Libertad de conciencia no equivale a tener derecho a prescindir de la conciencia, a ignorar al Legislador y al Juez, a ser independiente de obligaciones invisibles”. “Por tanto, la conciencia en su verdadero sentido es la piedra angular de la autoridad papal; su poder procede de una revelación que completa la conciencia natural, la cual está imperfectamente iluminada, y la defensa de la ley moral y de la conciencia es su razón de ser”.

III.

“Newman llegó a la conversión en su calidad de hombre de conciencia; fue su conciencia la que le llevó a salir de las viejas ataduras y seguridades, conduciéndole al mundo del catolicismo, que era algo tan difícil y extraño para él. Pero este camino de la conciencia es todo menos una senda de subjetividad autosuficiente: es un camino de obediencia a la verdad objetiva. El segundo paso en el largo viaje de Newman hacia la conversión fue la superación de la posición evangélica subjetiva a favor de una comprensión del cristianismo basada en la objetividad del dogma”.

IV.

Directamente tomado por Ratzinger de uno de sus sermones, se lee en Newman: “El verdadero cristianismo aparece (…) en la obediencia y no a través de un estado de conciencia. Por tanto, toda la obligación y todo el trabajo de un cristiano está compuesto de estas dos partes: fe y obediencia; mirar a Jesús (Hb 2, 9) (…) y actuar según su voluntad (…)”. Y tomadas de The Arrians of the Fourth Century: “(…) detectar y aprobar el principio en el que (…) la paz se fundamenta en la Escritura; someterse al dictado de la verdad en cuanto tal como principal autoridad en materias de conducta política y privada”.

V.

En Grammar of Assent reconoce el Cardenal Ratzinger que Newman nos inició a una forma o manera especial de certeza en el conocimiento religioso. “Nos enseñó a pensar históricamente en teología y, así, a reconocer la identidad de la fe en todos los desarrollos”. Afirma Ratzinger que en el concepto de desarrollo juega su papel la propia vida de Newman. “Vivir es cambiar, y ser perfecto es haber cambiado con frecuencia”, dirá Newman. “Durante toda su vida, Newman fue una persona en permanente estado de conversión, una persona en permanente trance de transformación, y por eso siempre permaneció y llegó a ser cada vez más él mismo”.

VI.

Newman, nacido en 1801 en Londres y fallecido en Birmingham en 1890, se convirtió al catolicismo en 1845, fue elevado a la dignidad de Cardenal por el papa León XIII en 1879, beatificado por Benedicto XVI en 2010 y canonizado por el Papa Francisco en 2019. El 31 de julio de 2025, el papa León XIV anunció su título como Doctor de la Iglesia, hecho que tendrá lugar el próximo 3 de noviembre.

VII.

El 19 de septiembre de 2010, el Papa Benedicto XVI pronunció en Birmingham, con motivo de la beatificación del Cardenal Newman, una homilía de la que extraemos algunas notas: “El lema del Cardenal Newman, cor ad cor loquitur, el corazón habla al corazón, nos da la perspectiva de su comprensión de la vida cristiana como una llamada a la santidad, experimentada con el deseo profundo del corazón humano de entrar en comunión íntima con el corazón de Dios. Nos recuerda que la fidelidad a la oración nos va transformando gradualmente a semejanza de Dios”. Y cita a Newman: “el hábito de la oración, la práctica de buscar a Dios y el mundo invisible en cada momento, en cada lugar, en cada emergencia —os digo que la oración tiene lo que se puede llamar un efecto natural en el alma, espiritualizándola y elevándola. Un hombre ya no es lo que era antes; gradualmente… se ve imbuido de una serie de ideas nuevas, y se ve impregnado de principios diferentes” (Sermones Parroquiales y Comunes IV, 230-231).

VIII.

El papa Benedicto XVI recuerda que para Newman nuestro Divino Maestro nos ha asignado una tarea específica a cada uno de nosotros, un “servicio concreto”, confiado de manera única a cada persona concreta. Y honra el Papa la visión de la educación de Newman, afirmando que “contrario a cualquier enfoque reductivo o utilitarista, buscó lograr unas condiciones educativas en las que se unificara el esfuerzo intelectual, la disciplina moral y el compromiso religioso”.

IX.

Como universitario desde 1987, personalmente no he abandonado la Universidad pública hasta hoy, como alumno y, posteriormente, como profesor de Derecho penal, finalmente de la Universidad Complutense. Por ello debo citar, y no niego que la cita será extensa por lo poderoso y, a mi juicio, definitivo del contenido de sentido de su mensaje, el artículo de Reinhard Hütter “La universidad contemporánea ante la profética provocación de J.H. Newman”. Quizás más que una cita sea una síntesis, pero merece la pena porque, en el análisis de la “profética provocación de J. H. Newman” se hallan conclusiones a las que me adhiero sin ningún género de dudas.

X.

Se subraya en dicho artículo el alegato de Newman en favor de la idea misma de universidad y del ideal de la educación humanista, en cuanto alma de toda educación universitaria. Se trata de una defensa de la “Idea de Universidad” resistente a los persistentes intentos de someter a la Universidad a fines ajenos a la misma, “ya sea aquellos del moderno Estado-nación burocrático, del programa comunista, de la organización fascista del Estado, de la raza superior y su voluntad de poder, o de los deseos de los consumidores individuales que pertenecen a una sociedad permisiva que entiende todos los problemas como de naturaleza ulteriormente técnica y empresarial, para los cuales el saber-hacer científico tarde o temprano hallará alguna solución”.

XI.

Newman describe el estado de la sociedad de su tiempo como uno “en que la autoridad, los preceptos, la tradición, las costumbres, el instinto moral y la influencia divina no valen nada, en que la reflexión paciente y la profundidad y solidez de los puntos de vista son desdeñados por sutiles y escolásticos, en que el debate liberal y el juicio falible son ensalzados como un derecho de nacimiento de cada individuo”. Esto último, dicho hace un siglo, está perfectamente vigente hoy.

XII.

Hütter nos coloca en el trance de comparar la actual situación de la Universidad en el S. XXI, a la que llama baconiana (Francis Bacon), con la idea de Universidad en Newman. Así, y citando a Brad Gregory (The United Reformation), afirma que “sin distingo de disciplina académica, el conocimiento es considerado secular por definición en el mundo occidental de nuestros días. Sus métodos, supuestos, contenido y pretensiones de verdad son, y solo pueden ser seculares, enmarcados no solamente por la exigencia lógica de una coherencia racional, sino también por el postulado metodológico del naturalismo y su correlato epistemológico, el empirismo probatorio”. Y señala que “la universidad de investigación combina la investigación de punta con un entrenamiento de pregrado que opera como propedéutico para la formación destinada a obtener un grado académico y que toma parte en la producción del conocimiento de programas de investigación altamente avanzados”. Sin embargo, ese modelo baconiano universitario, según Hütter, tiene en su semilla su propia destrucción, pues “si, en efecto, cada una de las competencias de investigación de vanguardia reunidas en las modernas universidades ‘científico-tecnológicas’ pudiera ser localizada en otra parte, es decir, ser directamente vinculada, sin una pérdida efectiva, con empresas y laboratorios estatales que realizan investigación en medicina o bioingeniería, o con esta y aquella rama del complejo militar-industrial, entonces habría desaparecido la universidad en cualquier sentido”.

XIII.

Frente a ello, la provocación profética de Newman, así como su permanente relevancia, se fundan en el hecho de ofrecer una poderosa razón de ser de la universidad en cuanto unidad per se. “Newman afirma que la educación universitaria es por esencia una educación humanística o liberal, esto es, una educación que contiene en sí misma su propia finalidad. Dicha educación es una educación potencialmente universal. Si bien no necesariamente abarca todos, o siquiera la mayoría de los campos del conocimiento —algo por demás imposible desde hace mucho tiempo— es, sin embargo, una educación esencialmente filosófica, en el sentido de que fomenta la reflexión sobre el propio conocimiento en relación con otros campos del conocimiento y en relación con el todo”. “Pero semejante educación requiere de un horizonte de trascendencia a cuya luz el conocimiento universal pueda concebirse como un todo, como un horizonte que proporcione interconexión y coherencia; semejante horizonte de trascendencia solamente podrá obtenerse si la teología pesa en la educación universitaria”.

XIV.

En palabras de Newman, “la verdad religiosa no es solo una porción, sino que es una condición del conocimiento general. Tacharla es nada menos que deshilar el tejido de la docencia universitaria. Es, como dice el proverbio griego, quitarle la primavera al año, es imitar el absurdo procedimiento de aquellos trágicos que representaban un drama omitiendo su parte principal”.

XV.

Continúa Hütter, parafraseando y contrapunteando a Newman. Así afirma que, cuando Newman habla de teología en el contexto de sus clases universitarias, tiene en mente aquello que la teología católica clásica llama “preámbulos de la fe”, un conocimiento científico de Dios que pertenece a la metafísica, un discurso con sus indagaciones, argumentos y pruebas, escuelas y debates, un conocimiento de Dios que no depende de la revelación, pero que puede ser inmensamente acrecentado por la revelación. Para Newman, la docencia universitaria sin teología sencillamente es afilosófica. El fin verdadero y adecuado de la formación intelectual, así como de la universidad, no es aprender o adquirir conocimientos, sino más bien aplicar el pensar y la razón al conocimiento, o lo que podría llamarse filosofía, aquello que tradicionalmente se llama filosofía primera. Al establecer el secularismo como criterio normativo para la universidad, observa Newman, la universidad se decapita a si misma y se vuelve incapaz de reflexionar filosóficamente sobre sus conocimientos y compromisos seculares.

XVI.

Extrae Hütter la crítica de Newman a la visión físico-mecanicista o biológico-evolucionista que tan familiares nos resultan en la universidad actual. Para Newman, cuando nuestro profesor, después de hablar con la más alta admiración del intelecto humano, limita su acción independiente al ámbito de la especulación y niega que pueda ser un principio causal, o que pueda ejercer una interferencia especial en el mundo material, adscribe todo trabajo, toda acción externa del ser humano a la fuerza innata o alma del universo físico. Las hazañas del hombre, sus artificios, sus logros, los hechos humanos, todo eso cae bajo los escolásticos términos de “genio” y de “arte”, así como de las ideas morales de deber, derecho y heroísmo, pero es su deber contemplarlos todos, no meramente en el lugar que les corresponde dentro del sistema eterno de causa y efecto físico. Ignorar y, en consecuencia, eliminar de los asuntos universitarios una realidad infinitamente superior a la razón y la voluntad humana en cuanto motivaciones causales tendría consecuencias distorsionantes muy graves. Como afirma Hütter, el problema se plantea en términos de determinismo o libertad. El determinismo deriva en posthumanismo y la opción por la libertad deriva al transhumanismo. El posthumanismo contempla al ser humano como un animal altamente desarrollado, entregado a maximizar el éxito de su especie, para lo cual las ciencias naturales y su aplicación técnica constituyen actualmente el factor más decisivo. Para el transhumanismo, asumiendo la libertad en el sentido existencialista de diseñar libremente la propia existencia con auxilio de la biotecnología, la naturaleza humana queda sujeta a la tekhné, a una liberación de su propia naturaleza que emula la de Prometeo.

XVII.

Hütter nos trae palabras de Nietzsche para comparar los resultados de esa universidad baconiana con su visión (nietzscheana) de la utilidad del conocimiento y de la voluntad. “La medida del deseo de conocimiento depende de la medida en que crece la voluntad de poder de una especie y esa especie comprende determinada cantidad de realidad en orden a dominarla en orden a ponerla a su servicio”. Se ha cumplido la profecía de Newman.

XVIII.

Como pone finalmente de relieve Hütter, Newman nos recuerda que la teología y la contemplación especulativa a que da lugar trata de la única cosa que puede salvar a la Universidad de su total funcionalización (yo añadiría funcionarización) y mercantilización, pues la teología es la que recuerda a todas las demás disciplinas que la mayor libertad adviene con la contemplación y la comunicación de la verdad trascendente de Dios. En fin de cuentas, la teología también podría resultar el único aval confiable de la genuina libertad académica. Cuando se olvida a Dios, la criatura misma se vuelve ininteligible.

XIX.

El presente esquema es una elección personal, cuyas ideas base, las de Newman y Hütter, son, a mi entender, el norte al que debe mirar cualquier intento de construir Universidad en la actualidad. Lamentablemente, tenemos la Universidad que nos merecemos.

Por Manuel Quintanar (Abogado penalista)

I.

Un juzgado de Valencia (el número 4, cuyo titular es marido de la jueza de Catarroja, Nuria Ruiz Tobarra, que investiga la responsabilidad criminal de los altos cargos del Gobierno de la Generalidad Valenciana) ha sobreseído, nada menos que con un sobreseimiento libre (para los no versados, este tipo de sobreseimiento tiene efectos de cosa juzgada, por lo que cerraría cualquier posibilidad, caso de devenir firme, de reabrir el procedimiento y, por tanto, el esclarecimiento penal de los hechos) la denuncia por un delito de falsedad contra el ex comisionado gubernamental para la DANA José María Ángel Batalla, que lleva desempeñando, como consecuencia de dicha falsedad de origen, más de 30 años responsabilidades como funcionario cualificado por dicho falso título. Los medios de comunicación se han hecho eco de su dimisión e incluso intento de suicidio tras el escándalo, pues no parece poder dar razón de presentación de dicho título ni de su rematada falsedad (ni siquiera existía, al tiempo de la falsedad, ese título impartido por la Universidad de Valencia). No deseo en este artículo centrarme más que en lo estrictamente jurídico, con el sincero deseo de que se recupere.

II.

La razón en Derecho, para el mencionado archivo, es la prescripción del delito y, por tanto, según el artículo 130 CP, la extinción de su responsabilidad penal. Como se sabe, uno de los principios más elementales del Derecho, y en particular del Derecho penal, es la seguridad jurídica y certeza a la que sirve el instituto de la prescripción, cuyo fundamento último es penal y procesal penal (olvido social del delito, riesgo de destrucción de pruebas, etc.).

III.

El cómputo del plazo prescriptivo de los delitos tiene un dies a quo (momento desde el que parte el cómputo) fijado en la consumación del delito. El dies ad quem es el momento en que el procedimiento penal se dirige contra el culpable (no es el momento de desarrollar cuándo puede considerarse que el procedimiento se dirige contra el culpable, pero básicamente cuando, tras la denuncia o querella y su admisión, el responsable es identificable).

IV.

Cada tipología delictiva tiene su plazo de prescripción (artículo 131 CP) y se consuma (dies a quo) según sea la fisonomía del tipo penal que lo perimetre y su concreta forma de aparición. (Por ejemplo, los delitos imprudentes, que siempre exigen un resultado, se consuman con el acaecimiento del mismo, en ocasiones distanciado de la acción u omisión imprudente en años, incluso 40 años; piénsese en la construcción de un edificio que se derrumba por la mala praxis del arquitecto, en cuyo caso la prescripción penal iría mucho más allá que la prescripción civil).

V.

En nuestro caso, el razonamiento de este auto afirma que se consumó instantáneamente con la presentación del título falso, sin perjuicio de que sus efectos pudiesen ir más allá (efectos permanentes). De ese modo, y puesto que esto se produjo en 1983, habría prescrito. Se citan una serie de sentencias del Tribunal Supremo que, para otros casos, serían el precedente en el que se sustentaría la mencionada resolución. Sin embargo, esta jurisprudencia, posiblemente ajustada a Derecho para otros delitos de falsedad, es traída al mencionado auto, a mi juicio, desafortunadamente y, por tanto, sin sustento real en la legalidad y en una correcta exégesis del Código Penal y de la forma de aparición de este delito.

VI.

La sentencia 249/08 del Tribunal Supremo califica, en un supuesto de falsedad documental, como delito permanente esta modalidad delictiva en el caso concreto. “Esta categoría de delito implica que la lesión del bien jurídico se prolonga y mantiene por la voluntad del autor. La permanencia de la lesividad realiza por sí sola el tipo, de suerte que el delito se sigue consumando hasta que el autor decide abandonar la situación antijurídica”.

VII.

Esto es lo que cabalmente ha sucedido en este caso, en el que la situación, no de puesta en peligro del bien jurídico de este tipo de falsedad —es decir, la seguridad jurídica—, sino de manifiesta lesividad de la misma, se ha mantenido durante décadas a sabiendas del denunciado, que se ha beneficiado de dicha falsedad hasta el día de su dimisión. Por tanto, en esta concreta falsedad la consumación se ha seguido produciendo mientras el resultado se ha manifestado, al modo en que sucede en los delitos imprudentes, en que la acción u omisión se desconecta en ocasiones en años del resultado. Evidentemente, no ha prescrito. Reiteramos: los delitos de falsedad pueden considerarse de peligro porque no es necesario el resultado. Pero en el presente caso no solo se ha puesto en peligro, sino que se ha lesionado, por sus evidentes consecuencias. Desarrollar como cualificado un puesto de funcionario valiéndose de la falsedad que continuamente lacera el Derecho (en este caso, durante décadas).

VIII.

El Derecho es el logos de lo razonable, según el maestro Recasens Siches, y no es razonable que en los delitos imprudentes la prescripción sea de mayor duración, en ocasiones, por la operatividad de un resultado que fijaría la consumación (lógicamente se está protegiendo a las víctimas, piénsese en las imprudencias médicas), que en aquellos delitos dolosos en los que el resultado se está produciendo y manifestando de forma permanente. Y si no, que se lo digan a aquellos que han podido aspirar a la plaza del Sr. Ángel Batalla con méritos acreditados y auténticos durante todo este tiempo. Todo ello debería conducir a que un magistrado que, como este, ya tiene una cierta experiencia, lo hubiese podido entender en nombre de la razonabilidad del Derecho. En ocasiones, usar el Derecho de otro modo es manifiestamente injusto, incluso si el justiciable y graciable es socialista.

En la Villa de Madrid, 12 de octubre, día de la Virgen del Pilar, Virgen de España y de la Hispanidad.

Por Manuel Quintanar (Abogado penalista)

I.

La palabra genocidio se está usando cada vez más. “Hay una definición muy técnica de lo que podría ser un genocidio, pero cada vez más personas están planteando la cuestión, incluyendo dos grupos de derechos humanos en Israel que han hecho esa declaración”. “Es importante hacer algunas distinciones que ellos mismos hacen en cuanto a lo que está haciendo el Gobierno de Israel y quiénes son los miembros de la comunidad judía”. León XIV para Elise Ann Allen en “Crux” (León XIV. Ciudadano del mundo. Misionero del S. XXI. Penguin Random House). En efecto, el delito de genocidio se puede encontrar en numerosos códigos penales y en la Carta Fundacional del Tribunal Penal Internacional, cuya definición o delimitación del tipo penal queda a la interpretación de la letra de la Ley, en cada caso (Código penal) y para cada supuesto concreto. Lo sea o no, en el caso de Israel y Palestina, como dice el Papa León XIV no debe olvidarse que debe distinguirse entre el Gobierno de Israel e Israel como Estado.

II.

El caso vivido en España para las manifestaciones que obligaron a suspender la última etapa de la Vuelta Ciclista a España también exigen distinguir aquellas legítimas manifestaciones de repulsa a las condiciones en que se sitúa a los gazatíes por parte del Ejército israelí de aquellos ilegítimos y violentos ataques a una competición deportiva citada, de lleno inmersos en los tipos administrativos de infracción de la Ley 19/2007, de 11 de julio, contra la violencia, el racismo, la xenofobia y la intolerancia en el deporte que prevé sanciones de hasta 650.000 euros para las infracciones muy graves. Se trata de una Ley muy avanzada en la prevención, persecución y sanción de conductas violentas, racistas, xenófobas e intolerantes en espectáculos deportivos para los asistentes a los mismos y otros sujetos que por otros medios puedan incitar de cualquier manera a este tipo de inaceptables comportamientos que la Ley describe a propósito de diversos tipos administrativo-sancionadores.

III.

Como miembro, durante años, en ocasiones representando al Ministerio del Interior, y en otras a La Liga, de la Comisión Estatal contra la violencia, el racismo, la xenofobia y la intolerancia en el deporte creo que los distintos altercados y multitud de incidentes ocasionados en distintas etapas de la competición con la excusa de la protesta ante lo considerado como genocidio (reitero que las manifestaciones pacíficas son perfectamente legítimas y, por supuesto, la exhibición de las banderas palestinas también) pueden enmarcarse en el perímetro de intervención de esta Ley, incluyendo las incitaciones de distintos políticos muy significados han realizado con anterioridad. Espero, estoy convencido por su tradicional excelente labor, que se haya llevado por parte del CNP las correspondientes actas de denuncia, con identificación de sus responsables, a la consideración de la Comisión Estatal como paso previo a la imposición por la autoridad competente de las correspondientes sanciones (Delegación del Gobierno). En cualquier caso, ha resultado un espectáculo deplorable que en nada favorece al deporte español en su conjunto.

IV.

Por ello, cobran relieve llamativo las instituciones del CSD y de la Delegación del Gobierno, representadas en esta ocasión por Rodríguez Uribes y por Martín Aguirre, a quienes corresponde salir al paso de la mentada violencia de determinados individuos, orquestados o no, en la Vuelta Ciclista a España. A éstas corresponde tomar la iniciativa en la condena y denuncia de los violentos, más allá de la execración de un supuesto genocidio de Israel, en el que no entramos, y para eso, por cierto, ya ha tomado la iniciativa el Fiscal General del Estado.

V.

Y lo cierto es que ni uno ni otro, entendemos, han estado a la altura. Ambos más parecieran epígonos del relato de la Presidencia del Gobierno que defensores de una legalidad que es muy clara al respecto y que impone una rotunda persecución de este tipo de comportamientos. Quiero, en este momento, subrayar que ello nada tiene que ver con el negacionismo de ningún genocidio (vid. Ana Iris Simón en El País de 20 de septiembre de 2025) pero tampoco el de los católicos de nuestra guerra civil, semillero de martirios reconocidos por la Iglesia (de los cuales, por lo menos, de uno tuve el honor de representar en la correspondiente beatificación a la CAM en diciembre de 2019 como Secretario General de Gobierno). Quedó probado el odium fidei que regía el comportamiento de muchos durante nuestra lamentable confrontación nacional del 36. Pero nada se debe esperar de quien, garbancera y sarcásticamente para las víctimas del terrorismo en nuestra Patria proclama que “Bildu ha hecho más por España que los patrioteros de pulsera”. Sin comentarios.

VI.

Se espera más de mi compañero de curso, sentado siempre en primera fila (Derecho Valencia 1987/1988) Rodríguez Uribes, que en lugar de censurar, sin más, el comportamiento de los violentos, si se quiere, aislado de las legítimas manifestaciones pro derechos humanos, en un circunloquio vacío de contenido (me remito a la nota de prensa del CSD), pareciera estar haciendo apología de la condena a Israel en todos los estamentos deportivos y, por tanto, dando soporte de alguna manera a la suspensión de las diversas etapas de la Vuelta. Lo cierto es que lo siento pero no me cabe más remedio que repudiar dichas declaraciones de un representante de España en el ámbito del deporte. Por mucho que pueda estar de acuerdo con muchas de las precisiones que lleva a término el periodista Carlos Arribas en “El País” sobre el deporte y la política (La Vuelta, Israel y la neutralidad de la Carta Olímpica).

VII.

Debiera, y no se lo tome a mal mi querido compañero de curso, colocarse en un nivel institucional más moderado, a pesar de que todos deploremos lo que está sucediendo en Palestina, y sobre todo, cumplir con un deber, que incumplido en su posición de garante, puede constituir una omisión culpable en materia jurídico sancionadora a resultas de lo que pueda derivarse de la investigación de lo sucedido. Ni qué decir tiene esto vale también para el Garbancito de la Delegación del Gobierno.

VIII.

En cualquier caso, en nada debemos preocuparnos por la impunidad de Israel los españoles, pues el imputado Fiscal General del Estado ya ha ordenado a Dolores Delgado la apertura de las correspondientes diligencias de investigación (cuyo patético destino será en el mejor de los casos una inhibición en favor del Tribunal Penal Internacional) pues ya sabemos cuáles son los éxitos de nuestra particular justicia universal del artículo 23.4 de la Ley Orgánica del Poder Judicial a cargo de la Audiencia Nacional. Derecho penal simbólico o el penúltimo servicio a un Gobierno con una dramática deriva. Ya hablaremos de la labor de la Ministra Robles en Defensa en materia tan delicada en otro Mondo Difficile.