La Navidad está a la vuelta de la esquina y encontrar un regalo que sorprenda, emocione y esté a la altura de las ocasiones especiales vuelve a convertirse en todo un arte. La familia Figuero propone una alternativa para quienes buscan ir más allá de los clásicos estuches de vino: una edición limitada de solo 300 unidades que reúne diseño, cultura enológica y placer en torno a una misma experiencia. Una propuesta que reivindica el valor de los detalles y convierte el gesto de regalar en una celebración en sí misma.

Un gran vino, dos copas Riedel y un estuche para conservar

Lejos de los tradicionales estuches de madera, Figuero apuesta por un formato cilíndrico elaborado a mano con materiales de máxima calidad y concebido para perdurar más allá de las fiestas. Su carácter reutilizable permite darle una segunda vida como accesorio para un picnic o como elemento decorativo, convirtiendo el continente en parte esencial del regalo. En su interior aguarda Pago de Torrosillo 2019, un vino elaborado al 100 % con Tinto Fino cuya añada ha sido calificada como excelente, acompañado de dos copas Riedel, reconocidas por su capacidad para realzar la expresión aromática de los grandes vinos.

El origen de Pago de Torrosillo se encuentra en una parcela histórica plantada en 1950 a 840 metros de altitud, sobre un singular suelo arcillo-calizo en La Horra. Sus particularidades justifican una vinificación por separado, que permite preservar la identidad de un terruño del que nace un vino de profundidad, precisión y carácter. La añada 2019 destaca por su frescor, su perfil frutal y una acidez que aporta equilibrio al conjunto. En nariz, despliega sugerentes recuerdos de fruta roja en licor y cacao, evocadores del mon chéri, junto a notas tostadas y especiadas, sutiles matices de tabaco y apuntes golosos de brioche y canela. Una complejidad aromática que invita a descubrir cada matiz sin renunciar a la sutileza.

La experiencia se completa con dos copas Riedel, cuya generosa capacidad y estudiada geometría favorecen la apertura de los aromas y permiten apreciar los distintos registros del vino. El resultado es un conjunto en el que cada elemento cumple una función: la botella aporta el carácter enológico, la cristalería invita a disfrutarla en las condiciones adecuadas y el estuche suma una dimensión estética y práctica.

Con un precio de 100 euros, esta edición especial para la campaña navideña reúne vino, diseño y exclusividad en una propuesta pensada para quienes aprecian los pequeños rituales y el placer de compartir. Porque algunos regalos se disfrutan al abrirlos, pero los verdaderamente especiales permanecen en la memoria mucho después del último brindis.

El próximo 26 de noviembre, el InterContinental Madrid vuelve a celebrar Acción de Gracias con dos propuestas pensadas para disfrutar de la tradición estadounidense sin salir de la capital. El hotel, inaugurado en 1953 como el primer establecimiento americano de Europa, recupera para la ocasión algunos de los grandes clásicos de esta celebración: pavo asado, gravy, salsa de arándanos, mac & cheese, green beans casserole y una colección de tartas que incluye pumpkin pie, pecan pie y apple pie. La cita contará con dos formatos: un almuerzo especial de 13:00 a 15:30 h y una gran cena buffet de 20:00 a 22:30 h, ambas elaboradas de la mano de Miguel de la Fuente.

Más que una cita gastronómica puntual, la ceremonía del Thanksgiving forma parte de la historia del propio InterContinental Madrid. Desde su apertura, el hotel ha mantenido una estrecha relación con Estados Unidos y con la comunidad norteamericana de la capital, convirtiéndose durante décadas en escenario de encuentros, celebraciones y tradiciones importadas al otro lado del Atlántico. Acción de Gracias es una de ellas y, cada año, el hotel la recupera alrededor de una mesa en la que el pavo vuelve a ocupar el centro de la escena.

Un almuerzo para abrir el apetito

La celebración comenzará con un almuerzo que pone el foco en los sabores del otoño. La propuesta arranca con una ensalada de tallos y raíces elaborada con apio, remolacha, zanahoria y espárragos trigueros, acompañada de una crema fría de lechuga viva y brotes tiernos. Le seguirá una crema tibia de calabazas asadas con gelée de arándanos azules, hojas anisadas y manzana crujiente, una combinación que reúne algunos de los ingredientes más reconocibles de la temporada.

El plato principal será, como dicta la tradición, el pavo. En esta ocasión se presenta asado a baja temperatura y acompañado de cremoso de celery, castañas, colmenillas y salsa gravy. Una versión que mantiene el protagonismo del ave más emblemática de Acción de Gracias, pero incorpora una lectura más gastronómica y refinada de la receta. Para terminar, la carrot cake elaborada en el propio obrador del hotel pondrá el toque dulce al menú, que se completa con bebidas seleccionadas y café.

El almuerzo se celebrará de 13:00 a 15:30 h y tiene un precio de 63 euros por persona, IVA incluido. Una opción para quienes quieran celebrar esta festividad alrededor de una mesa más pausada y con un menú cerrado que recorre algunos de los sabores esenciales de la festividad.

La gran cena de Thanksgiving

A partir de las 20:00 h, la celebración cambiará de formato para dar paso a uno de los grandes momentos de la jornada: la cena buffet bajo la icónica cúpula del InterContinental Madrid. La propuesta recupera el carácter abundante de las grandes reuniones familiares estadounidenses y reúne en diferentes estaciones una amplia selección de platos inspirados en el recetario tradicional estadounidense.

La primera parada estará dedicada a los entrantes fríos y las ensaladas. Habrá crema caliente de calabaza amarilla, ensalada Waldorf con manzana y apio, tiras de batata aromatizadas con hierbas, espinacas y hojas tiernas con nueces y arándanos, ensalada de coliflor con vinagreta de colores y la clásica coleslaw. Diferentes salsas y vinagretas completarán esta parte del buffet antes de llegar a la estación de corte, donde volverá a aparecer el gran protagonista de la noche.

El pavo asado tradicional se servirá acompañado de relleno de pan de maíz, salvia, ciruelas y manzanas amarillas, además de la clásica gravy, elaborada con los jugos del propio asado, y salsa de arándanos rojos. Una combinación que resume buena parte del imaginario gastronómico que rodea a la celebración y que en el InterContinental se convierte en el centro de una mesa pensada para compartir.

Las estaciones calientes amplían el recorrido con algunos de los acompañamientos imprescindibles de la cocina estadounidense. El menú incluye jamón de Virginia ahumado, puré de patata cremoso con mantequilla, patatas al vapor con salsa Mery, zanahorias confitadas, coles de Bruselas salteadas con bacon y nueces pecanas y maíz pochado. También habrá green beans casserole, las clásicas judías verdes gratinadas con crema de champiñones y cebolla crujiente, además de uno de los platos que mejor representan el lado más comfort food de la cocina americana: el Mac & Cheese.

La parte más informal del buffet llegará con alitas de pollo marinadas con salsa BBQ de ciruelas, aros de cebolla fritos y potato skins con bacon y crema agria. Una selección concebida para combinar tradición y abundancia y que convierte la cena en un recorrido por diferentes registros de la cocina estadounidense, desde los platos más ligados a Acción de Gracias hasta algunos de sus clásicos más populares.

Pumpkin pie, pecan pie y el dulce final

El postre tiene casi tanta importancia como el pavo y el InterContinental Madrid reserva un espacio propio a la repostería. El equipo de cocina y pastelería del hotel prepara una selección de tartas y dulces asociados a las celebraciones familiares estadounidenses, con la calabaza, la manzana y las nueces pecanas como protagonistas.

Entre las propuestas estarán la tradicional pumpkin pie, la pecan pie, la carrot cake, el brownie y la clásica apple pie. A ellas se sumará una original bandera estadounidense elaborada en hojaldre, un guiño visual a la celebración que pondrá el punto final a la cena. Son postres que forman parte del imaginario colectivo de Thanksgiving y que trasladan a la mesa algunos de los sabores más reconocibles de esta festividad.

La cena buffet tendrá lugar de 20:00 a 22:30 h y tendrá un precio de 85 euros por persona, IVA incluido. Dos horarios y dos maneras diferentes de acercarse a una misma tradición: un almuerzo más pausado o una gran cena en formato buffet alrededor de los clásicos americanos.

El hotel que convirtió Madrid en punto de encuentro con Estados Unidos

La elección del InterContinental Madrid para celebrar Acción de Gracias tiene además una explicación histórica. Cuando abrió sus puertas en 1953, se convirtió en el primer hotel americano de Europa y rápidamente adquirió un papel destacado entre los viajeros procedentes de Estados Unidos. Su ubicación y su vocación internacional hicieron de sus salones un punto de encuentro para personalidades, representantes institucionales y figuras vinculadas a la cultura y la sociedad de ambos países.

Esa relación se ha mantenido a lo largo de las décadas y ha dejado algunas tradiciones que siguen formando parte del calendario del hotel. Entre ellas están las celebraciones del 4 de julio y, especialmente, esta que se conmemorará en las próximas semanas, una fecha que conecta directamente con sus orígenes y con la comunidad estadounidense de Madrid. La gastronomía funciona así como una forma de mantener viva esa historia, pero también como una excusa para reunir a locales y visitantes alrededor de una celebración que, en esencia, gira en torno a algo tan sencillo como compartir la mesa.

Hay restaurantes que cambian de dirección. Otros aprovechan la mudanza para evolucionar. La Única pertenece a los segundos. Tras dejar su histórico espacio de Claudio Coello, encontró en su nueva casa (calle Alcalá, 87) la oportunidad de crecer sin renunciar a lo que la convirtió en una de las cocinas mexicanas imprescindibles de Madrid.

Dicen que en restauración existen tres reglas de oro: location, location, location. La dirección importa. El escaparate también. Incluso la acera adecuada puede decidir el éxito de un negocio. Pero, de vez en cuando, aparece un restaurante que demuestra que hay algo mucho más importante que el código postal: tener una cocina a la que el cliente siempre quiera regresar.

La Única dejó hace unos meses su conocido local de Claudio Coello para instalarse en un nuevo espacio, también en el barrio de Salamanca (calle Alcalá, 87). Un cambio que, lejos de hacerle perder personalidad, la reforzó. Porque cuando la cocina tiene identidad, el cliente no memoriza una dirección; memoriza un sabor.

Y el suyo es difícil de olvidar.

La nueva ubicación suma una agradable terraza y un horario prácticamente ininterrumpido desde las doce del mediodía hasta la noche. Es uno de esos restaurantes donde uno puede empezar con una comida tranquila, alargar la sobremesa, enlazar con unas margaritas en un afterwork y terminar cenando sin mirar el reloj. Más que un restaurante, funciona como un punto de encuentro.

Yo lo comprobé compartiendo mesa con mi amigo José Luis Pantoja, al que conozco desde hace más de diez años. Y, como suele ocurrir cuando la conversación merece la pena, los platos fueron llegando sin prisa.

Antes incluso de pedir, aparecen las tres salsas de la casa. Verde, tatemada y roja. Parece un gesto sencillo, pero ya anticipa la personalidad del lugar. Aquí el picante no busca protagonismo; busca equilibrio.

Uno de los imprescindibles vuelve a ser el aguachile de atún rojo. Un plato tan bonito como inteligente. El rojo intenso del caldo, el atún cortado con precisión, el aguacate, la cebolla morada y el jalapeño encuentran un equilibrio poco habitual. El picante acompaña sin eclipsar y deja que el producto sea quien lleve la voz cantante. Es uno de esos platos que consiguen ser sofisticados precisamente porque no necesitan complicarse.

Confieso, sin embargo, que hubo un plato que me hizo replantearme mis propias preferencias.

Siempre he sido una auténtica defensora de la cochinita pibil. La de La Única sigue siendo magnífica. Pero el taco de chamorro juega en otra liga. Es una bomba de sabor. Meloso hasta rozar lo obsceno, profundo, untuoso y cocinado con ese punto de paciencia que convierte un buen taco en uno inolvidable. Hay bocados que se disfrutan y otros que permanecen en la memoria. Este pertenece claramente al segundo grupo.

La carta también demuestra que México puede dialogar con otros productos sin perder autenticidad. El taco de solomillo con tuétano es un magnífico ejemplo. La intensidad del tuétano encuentra el equilibrio perfecto en una carne de enorme calidad, logrando uno de esos contrastes que funcionan porque detrás hay técnica y producto.

Después llegó el solomillo con salsa de pimienta. Una elaboración aparentemente clásica que confirma que La Única no vive exclusivamente del recetario mexicano. Vive, sobre todo, del respeto al producto y de una cocina técnicamente impecable.

Mención aparte merecen las micheladas. Llevo años teniendo la misma discusión cada vez que las pido: un poco más de clamato, por favor. Me gusta ese sabor intenso que muchas veces se queda corto. Aquí, sin embargo, no hizo falta decir absolutamente nada. La clavaron. Equilibradas, con carácter y, probablemente, entre las mejores micheladas que pueden tomarse hoy en Madrid.

Y cuando parecía que la comida ya había dicho todo lo que tenía que decir, llegó el tres leches. Cremoso, ligero y con ese punto justo de dulzor que pone el broche perfecto sin resultar empalagoso. Un final elegante para una cocina que entiende que los detalles también cuentan.

En una ciudad donde cada semana abre un restaurante dispuesto a convertirse en el nuevo lugar de moda, La Única juega otra partida. No necesita sorprender con artificios ni disfrazar la tradición de modernidad. Le basta con cocinar muy bien, atender aún mejor y conseguir algo que no todos logran: que uno salga pensando cuándo va a volver.

Porque quizá la primera regla de la hostelería sea la location. Pero la última, la que realmente convierte un restaurante en un clásico, siempre será otra: que el cliente tenga una buena razón para regresar. Y La Única, ahora desde Alcalá, 87, sigue teniendo muchas.

Del sushi al wagyu, de la robata a los platos de temporada. Makoto Madrid reivindica una cocina japonesa contemporánea en un espacio donde el diseño y la gastronomía comparten protagonismo.

Makoto aterrizó en Madrid con vocación internacional y, después de su primer año en la capital, encara una nueva temporada dispuesto a hacerse mucho más que un hueco entre los nombres propios de la gastronomía japonesa de la ciudad. El restaurante del chef japonés Makoto Okuwa, convertido desde hace años en uno de los nombres de referencia en Miami y con presencia en distintos rincones del mundo, apuesta por una cocina contemporánea, un interiorismo de impacto y una carta pensada para distintos momentos y bolsillos.

Lo primero que llama la atención no está en la carta, sino encima de la cabeza y a su alrededor. El interiorismo, obra de Clavel Arquitectos, es uno de los grandes argumentos del espacio: los techos, emulando ondas de agua en tonos dorados, bañan el restaurante de una luz cálida y construyen una atmósfera especialmente envolvente. A este juego de luces y formas se suman diferentes toques vegetales, con el verde como protagonista, que aportan frescura y equilibran la calidez del conjunto. Una enorme barra ocupa buena parte del local y permite sentarse frente a la cocina para contemplar cómo se prepara cada plato. Fuera, la terraza prolonga esa experiencia en un ambiente más relajado, pero igualmente acogedor.

Restaurante Makoto en Madrid.

Restaurante Makoto en Madrid.

Un japonés que también se come con los ojos

Sin embargo, Makoto no quiere vivir únicamente de la puesta en escena. Su apuesta pasa también por una cocina japonesa reconocible pero abierta a otros sabores y, sobre todo, capaz de llegar a un público más amplio. La carta reúne algunos de los grandes éxitos de la marca —como el Hamachi Crispy Rice, el Dynamite Hand Roll, el Frosty Wagyu Fried Rice (imprescindible) o el Wagyu Beef Hot Stone— junto a nuevas incorporaciones de temporada como el tiradito koji, las ostras con mignonette, las coles de Bruselas o el cordero a la robata. Y es que ese es otro de sus puntos fuertes. La propuesta no permanece estática, sino que se adapta a cada estación para dar protagonismo a los productos que encuentran en ella su mejor momento.

No hace falta ser un fanático del sushi para disfrutar de Makoto. Hay pescado, sí, pero también carne, arroz, robata y otras elaboraciones que permiten construir una comida a medida. La materia prima se nota cuidada y las elaboraciones llegan bien ejecutadas, con ese equilibrio entre técnica japonesa y sabores más familiares que define la cocina de Okuwa.

Comer bien sin esperar una ocasión especial

La otra baza es el precio. Frente a la idea de que un japonés de estas características tiene que reservarse para una celebración, Makoto busca ampliar su público y convertirse también en una opción para el día a día. Hay propuestas más informales que permiten comer por menos de 30-40 euros y, a mediodía, sus Bento Box ofrecen una alternativa completa por 38 euros. Una estrategia que cobra especial sentido en una zona donde la competencia entre restaurantes japoneses no deja de crecer al mismo ritmo que lo hacen sus precios. 

También ayuda que la cocina funcione non stop hasta el cierre. Makoto entiende que Madrid no come necesariamente a la hora que dictan los horarios convencionales y apuesta por un restaurante que pueda funcionar tanto para una comida improvisada como para una cena que se alargue, un encuentro entre amigos o una noche en la que el ambiente tenga tanto peso como lo que ocurre sobre el plato. Porque ese es, probablemente, el verdadero juego de Makoto en Madrid. No limitarse a ser un japonés más.

Un largo historial

Detrás está Makoto Okuwa, formado en Japón desde los 15 años y posteriormente instalado en Estados Unidos, donde trabajó junto a Masaharu Morimoto. Hoy su universo suma diez restaurantes entre Estados Unidos, Latinoamérica y Europa, con Madrid como primera escala europea. Y la expansión continúa: antes de que termine 2026, el grupo prevé abrir un nuevo restaurante en Latinoamérica y estrenar un nuevo concepto al otro lado del charco.

Madrid, mientras tanto, parece ser una parada con intención de permanencia. Y Makoto juega sus cartas con bastante claridad: un espacio que entra por los ojos, una cocina que no exige ser devoto del sushi y una propuesta lo suficientemente flexible como para que comer bien no tenga que convertirse siempre en una excepción.

Por MARCO DE PABLOS

El slice neoyorquino ya tiene acento madrileño. Snob Pizza ha llegado con la misión de convertir una porción de pizza, una masa de culto y un ritual callejero en el nuevo bocado de moda de en la capital.

Hay una tendencia gastronómica que quizá aún faltaba por aterrizar definitivamente en Madrid dentro del incesante desfile de modas culinarias de los últimos años: los pizza slices. Esos icónicos trozos de pizza que forman parte del paisaje cotidiano de ciudades como Nueva York, donde llevan décadas siendo un recurso rápido y popular, pero que terminaron de instalarse en el imaginario colectivo gracias a la industria audiovisual. Basta recordar aquella escena de Fiebre del sábado noche en la que Tony Manero, el personaje interpretado por John Travolta, recorre las calles de Brooklyn mientras devora dos porciones de pizza dobladas y apiladas una sobre otra, recién compradas en Lenny’s Pizza, un local que ya gozaba de cierta fama en la ciudad y cuya popularidad se disparó tras aparecer en la gran pantalla. Pero la fiebre por esos bocados triangulares en formato XXL está lejos de decaer, reclamando ahora un hueco fuera de territorio americano.

“Estábamos en un viaje familiar a Nueva York y casi todos los días acabábamos parando a comer un slice. Era un ritual muy sencillo: entrar, elegir un trozo enorme, comerla rápido y seguir con el día. Detrás de ese gesto, había muchísimo producto, técnica y personalidad. Al volver nos hicimos una pregunta muy básica: ‘¿Dónde podemos comernos esto en Madrid?’ Y no encontramos una respuesta”, explica Ignacio de la Riva, CEO y fundador de Snob Pizza, un establecimiento ubicado en el corazón del barrio de Salamanca dedicado en exclusiva a la venta de estos suculentos bocados. “La oportunidad era importar el ritual, no copiar un decorado neoyorquino. La hostelería te enseña enseguida que una buena hoja de cálculo no sirve si el producto no emociona y el cliente no quiere volver. Snob está justo en ese cruce entre método, obsesión por el detalle y una idea muy sencilla de disfrute”, explica. Quizá ahí esté la clave de un negocio que crece al ritmo de sus masas.

¿Qué parte de la cultura neoyorquina queríais importar y qué elementos sabíais que había que adaptar al consumidor madrileño?

Queríamos importar la espontaneidad. Allí el slice no necesita una ocasión especial: puede ser una comida rápida, una parada entre planes, algo que compartes o algo que te comes solo de pie. Esa libertad y ese punto democrático nos parecían muy potentes. Lo que había que adaptar era la experiencia. Aquí el cliente valora mucho poder sentarse, compartir, acompañar la comida con una cerveza o un vino y quedarse un rato. Por eso mantuvimos el servicio directo y el formato informal, pero cuidamos más el espacio, la marca, la carta y la hospitalidad. Es Nueva York en la energía, pero hecho desde Madrid.

«Somos snobs con el producto, no con la gente»

El nombre Snob tiene una contradicción interesante. Un formato muy callejero con un término que suele utilizarse como crítica social. ¿Qué queríais provocar con ese concepto y qué mensaje hay detrás de la marca?

Nos gustaba precisamente esa contradicción. La pizza es probablemente uno de los productos menos snobs que existen. Es popular, se come con la mano y pertenece a todo el mundo. Llamarnos Snob era una manera de jugar con la idea de que cuidar muchísimo algo sencillo no tiene por qué convertirlo en algo solemne. Queríamos provocar una sonrisa y, a la vez, expresar nuestra filosofía: podemos ser muy exigentes con la masa, los ingredientes, el diseño o el servicio, pero sin perder el humor, la cercanía ni la informalidad. Somos snobs con el producto, no con la gente.

El vuestro es, precisamente, uno de los productos más versionados del mundo. ¿Qué elementos eran intocables para vosotros y cuáles queríais reinventar para crear algo propio?

Lo intocable era la lógica del New York slice: una pizza grande, una masa fina con estructura, base crujiente, centro flexible y una porción que se pueda doblar sin romperse ni quedarse blanda. También eran intocables el equilibrio y la sencillez; si una pizza pesa demasiado o los ingredientes tapan la masa, deja de funcionar.

Donde queríamos aportar algo propio era en los sabores, los acabados y la experiencia de marca. Por eso conviven una Margarita o una Pepperoni muy reconocibles con combinaciones como Hot Pepperoni, Pastrami Burrata o nuestras salsas. La reinvención no consiste en añadir cosas por añadir, sino en introducir un giro que tenga sentido en cada bocado.

Decís que queréis elevar el slice sin quitarle su esencia callejera. ¿Dónde está la línea entre hacerlo más premium y convertirlo en algo que deja de ser auténtico?

La línea está en no confundir premium con complicado. Elevar el slice significa utilizar buena materia prima, dominar la fermentación, ser consistentes y cuidar el espacio y el servicio. No significa convertirlo en un plato que necesite explicación, cubiertos o una liturgia. Para nosotros sigue siendo auténtico mientras puedas entrar sin planificarlo, pedir una porción, doblarla con la mano y disfrutarla de una forma directa. El día que el concepto se vuelva más importante que el placer de comerte la pizza, habremos cruzado esa línea.

«Hay una generación que aprecia la calidad y el diseño, pero no necesariamente quiere manteles, reservas con semanas de antelación o tickets altos cada vez que sale»

Si alguien piensa en la localización de un local de slices neoyorquinos probablemente lo imaginaría en Malasaña, Lavapiés, Chamberí o Chueca antes que en el de barrio de Salamanca. ¿Por qué elegisteis Lagasca? ¿Buscabais romper esa expectativa y acercar la pizza callejera a un público distinto?

Lagasca fue una elección consciente. Nos interesaba precisamente sacar el slice del lugar donde todo el mundo esperaba encontrarlo y demostrar que un producto callejero, informal y accesible podía tener sentido en el barrio de Salamanca. No queríamos disfrazarlo de restaurante de lujo, sino crear contraste. Además, vimos una zona con mucha vida de barrio, oficinas, comercio y restauración, pero con espacio para propuestas más ágiles y contemporáneas. Snob puede funcionar para alguien que vive cerca, para quien sale del trabajo, para una familia o para un grupo que empieza la noche. Esa mezcla era muy atractiva.

¿Cree que el barrio de Salamanca está cambiando? ¿Existe una nueva generación que ya no busca solo restaurantes punteros o de ticket alto, sino sitios más informales pero con identidad y concepto?

Sí, creo que está cambiando, igual que está cambiando Madrid. Hay una generación que aprecia la calidad y el diseño, pero no necesariamente quiere manteles, reservas con semanas de antelación o tickets altos cada vez que sale. Busca sitios informales que tengan una identidad clara y donde el producto esté muy bien hecho. El barrio de Salamanca sigue teniendo su oferta más clásica, pero hoy convive con conceptos más jóvenes, directos y especializados. Para nosotros esa convivencia es una oportunidad. Snob no intenta parecerse a lo que ya había en el barrio, sino aportar otra forma de consumirlo.

La masa con fermentación larga es una de vuestras grandes señas de identidad. ¿Cuánto tiempo tardasteis en encontrar vuestra receta y qué fue lo más complicado del proceso?

El proyecto completo estuvo más de cuatro años madurando y la masa ocupó una parte enorme de ese proceso. Hubo muchas pruebas hasta encontrar una receta que funcionara no solo recién salida del horno, sino también cortada en porciones, expuesta el tiempo adecuado y regenerada sin perder textura. Lo más difícil fue encontrar el equilibrio entre crujiente y flexible. Una pizza estilo New York no puede ser una napolitana estirada ni una base fina y seca. Tiene que tener mordida, doblarse sin romperse, aguantar los ingredientes y seguir siendo ligera. Y después está la consistencia: conseguirlo una vez es relativamente fácil; conseguirlo todos los días es el verdadero reto.

¿Qué errores o aprendizajes tuvisteis durante el desarrollo del producto antes de abrir?
El principal aprendizaje fue que el slice es un sistema, no simplemente una pizza grande cortada en triángulos. Cambiar un pequeño detalle en hidratación, fermentación, temperatura, cantidad de salsa o queso altera por completo el resultado. También aprendimos que recetas muy buenas en una pizza entera no siempre funcionan por porciones.

Cometimos el error, al principio, de querer resolver demasiado con ingredientes. Con el tiempo entendimos que había que quitar, simplificar y dejar que la masa fuese protagonista. Y aprendimos que el producto debe diseñarse junto con la operativa: cómo se hornea, cómo se conserva, cómo se recalienta y cómo llega al cliente forman parte de la receta.

¿El modelo está pensado principalmente para el consumo en local, el take away o el delivery? ¿Cómo imaginabais desde el inicio que iba a consumir la gente Snob Pizza?

El corazón del modelo es la experiencia en el local y el take away, porque ahí el cliente ve las pizzas, elige la porción y entiende mejor el ritual. Diseñamos un espacio pequeño, con servicio directo en barra, que permite comer rápido pero también quedarse. El delivery es importante y responde a una demanda real, pero tiene más dificultad técnica: una pizza crujiente y flexible debe llegar en buenas condiciones. Por eso no pensamos Snob como una marca exclusivamente de reparto. Queremos que los tres canales convivan, pero sin sacrificar producto por volumen.

«Nos gustaría que Snob pudiera crecer, pero no a costa de convertirlo en una copia de sí mismo»

¿Cuál ha sido la mayor sorpresa desde la apertura, algo que no esperabais encontrar en la respuesta del público?
Una de las mayores sorpresas ha sido la amplitud del público. Podíamos pensar que el concepto iba a atraer sobre todo a gente joven o muy conectada con la cultura gastronómica, pero hemos visto vecinos, familias, gente de oficinas, clientes mayores y personas que vienen expresamente desde otros barrios.

También nos ha sorprendido la rapidez con la que la gente ha entendido el formato y ha creado sus propios momentos de consumo. Y, por supuesto, el nivel de repetición: que alguien vuelva y tenga ya su slice o su salsa favorita es una señal mucho más valiosa que una visita puntual por curiosidad.

¿Puede compararse el fenómeno del slice con la proliferación de las smash burgers? 

La comparación tiene sentido porque ambos formatos convierten un producto muy popular en una categoría especializada, con marcas muy definidas y una experiencia rápida. Las smash burgers demostraron que podía haber mucha innovación dentro de algo aparentemente sencillo. Con el slice puede ocurrir algo parecido. Creo que veremos más aperturas, pero una categoría se consolida cuando deja de depender de la tendencia y aparecen operadores consistentes. No basta con una estética neoyorquina o una pizza grande. El cliente aprenderá a distinguir masa, horneado, equilibrio y servicio. Esa exigencia será positiva para todos.

¿Tenéis pensado expandiros? ¿Qué tendría que pasar para dar ese siguiente paso?

Antes de expandirnos, queremos consolidar Lagasca y asegurarnos de que el modelo es sólido, reconocible y replicable sin perder calidad. La buena acogida nos ha dado confianza para dar el siguiente paso con la apertura del local del Bernabéu.

La expansión forma parte de nuestra visión, pero sin prisas. Cada nueva apertura debe responder a una demanda real, contar con un equipo y unos procesos capaces de mantener el mismo nivel de producto, servicio y experiencia, y aportar valor a la marca. Crecer por crecer es relativamente fácil. Crecer manteniendo el alma del proyecto es lo difícil.

Fotografías: Cortesía Snob Pizza

El turismo del vino vive uno de sus mejores momentos. Frente a las vacaciones masificadas y los destinos convencionales, cada vez son más los viajeros que buscan experiencias capaces de conectar gastronomía, naturaleza y cultura en un mismo viaje. En ese escenario, la Ribera del Duero se consolida como uno de los grandes referentes del turismo de interior en España, especialmente cuando el verano da paso a los primeros días de la vendimia y el paisaje vitícola alcanza uno de sus momentos de mayor belleza.

Con esa filosofía, Bodegas Cepa 21 ha diseñado una programación especial desde finales de agosto hasta principios de octubre que invita a descubrir el territorio desde una perspectiva mucho más inmersiva. Lejos de limitarse a las tradicionales visitas a bodega, la firma presidida por José Moro propone tres experiencias que permiten al visitante recorrer los viñedos, comprender el origen de cada vino y participar activamente en algunas de las labores que dan forma a una de las denominaciones de origen más prestigiosas del mundo.

La iniciativa responde a una tendencia cada vez más consolidada dentro del sector turístico: el viajero ya no busca únicamente degustar un vino, sino entender todo aquello que sucede antes de que llegue a la copa. El paisaje, la sostenibilidad, las personas y las tradiciones se convierten así en parte esencial de una experiencia que trasciende la simple cata para convertirse en un auténtico viaje sensorial.

Un picnic entre viñedos para descubrir el lado más relajado de la Ribera del Duero

Entre las propuestas más atractivas de la programación destaca el exclusivo Picnic entre Viñas, una experiencia pensada para disfrutar del paisaje en uno de los momentos más especiales del año, cuando los viñedos comienzan a prepararse para la vendimia.

La actividad arranca con una copa de Hito Rosado como bienvenida y continúa con un recorrido guiado por los viñedos y las instalaciones de la bodega, donde los visitantes descubren el proceso de elaboración que da vida a los vinos de Cepa 21. La experiencia culmina al aire libre con una cata de Cepa 21 y Malabrigo acompañada por un picnic elaborado con productos locales, una propuesta que invita a detener el tiempo y contemplar el paisaje desde el corazón mismo del viñedo.

Más que una visita, se trata de una forma diferente de acercarse al territorio, disfrutando del silencio, la gastronomía y el entorno natural que han convertido a la Ribera del Duero en uno de los grandes destinos enoturísticos del país.

Conocer el vino empieza por entender la tierra

Para quienes desean profundizar en el trabajo que se desarrolla en el viñedo, Cepa 21 propone una experiencia centrada en la viticultura regenerativa, una práctica que gana cada vez más protagonismo dentro del sector vitivinícola por su apuesta por la salud del suelo y el equilibrio del ecosistema.

El recorrido permite conocer de primera mano cómo la bodega aplica este modelo de cultivo para elaborar vinos capaces de expresar con fidelidad la identidad de cada parcela. Tras la visita, los participantes disfrutan de una cata comentada de cinco de las referencias más representativas de la casa —Hito Rosado, Hito, Cepa 21, Malabrigo y Horcajo— acompañadas por una cuidada selección de productos gourmet diseñada para potenciar los matices de cada vino.

La propuesta convierte la degustación en una experiencia de aprendizaje, donde cada copa ayuda a comprender la estrecha relación entre el viñedo, el clima, la tierra y el resultado final que llega al consumidor.

La vendimia deja de ser un espectáculo para convertirse en una experiencia

La programación culmina con una de las actividades más esperadas por quienes visitan la Ribera del Duero en esta época del año: el Taller de Vendimia. Una propuesta que invita a abandonar el papel de espectador para convertirse, aunque solo sea por unas horas, en bodeguero.

Los participantes tendrán la oportunidad de recoger la uva de forma manual, aprender los criterios con los que se seleccionan los mejores racimos y recuperar uno de los rituales más tradicionales del mundo del vino: el pisado artesanal de la uva, una práctica que conecta con siglos de historia vitivinícola y permite comprender el valor que hay detrás de cada cosecha.

La jornada concluye con una cata de Hito y Cepa 21 acompañada por productos locales, poniendo el broche final a una experiencia diseñada para acercar al visitante al verdadero origen del vino. Además, la actividad está adaptada para familias, permitiendo que también los más pequeños participen en diferentes propuestas pensadas para su edad y descubran de forma lúdica la cultura vitivinícola.

Mucho más que visitar una bodega

Con esta nueva programación, Cepa 21 reafirma una visión del enoturismo basada en la autenticidad y la conexión con el territorio. La bodega entiende que el vino no comienza en la copa, sino mucho antes, en el paisaje, en el trabajo diario de quienes cuidan el viñedo y en una cultura transmitida durante generaciones.

Las tres experiencias reflejan esa manera de entender la Ribera del Duero: como un lugar donde naturaleza, gastronomía, sostenibilidad y tradición conviven para ofrecer al visitante una vivencia difícil de replicar en otros destinos.

En un momento en el que el turismo busca propuestas cada vez más personalizadas y memorables, Cepa 21 demuestra que el verdadero lujo no siempre reside en la exclusividad, sino en la posibilidad de vivir experiencias auténticas, comprender el origen de las cosas y regresar a casa con una historia que contar, además de una botella de vino.

Por MARCO DE PABLOS

Hace cinco años, un incendio voraz redujo a cenizas un proyecto único. Dani Ochoa no se detuvo y volvió con una propuesta igual de contundente, con la que ha recuperado lo perdido. En Montia, la cocina convierte el fuego en renacimiento.

Madrid queda atrás y, a menos de sesenta kilómetros de la capital, San Lorenzo de El Escorial aparece como uno de los refugios rurales con más encanto de la región. Una escapada imprescindible, especialmente durante los meses de verano en los que el calor se instala en el asfalto y ambiente capitalino. Dominando el paisaje se alza el Real Monasterio de El Escorial, la gran joya del Renacimiento español que Felipe II mandó construir en el siglo XVI y que, siglos después, sigue marcando el carácter histórico de la localidad. Rodeado de naturaleza y aire serrano, el municipio guarda también otra joya que ha sabido renacer literalmente de sus cenizas. Hablamos de Montia, el restaurante liderado por Dani Ochoa en pleno centro del pueblo. Un proyecto gastronómico que, tras el incendio que obligó a cerrar sus puertas en 2021, logró reconstruirse sin perder la esencia que lo ha convertido en una de las propuestas más singulares de la alta cocina española, recuperando además la Estrella Michelin que perdió tras el fuego y revalidando sus dos Soles Repsol.

Basta con subir cinco escalones para adentrarse en un universo casi élfico. La entrada ya anticipa el carácter del lugar, destacando la disposición de varias pacas —como se conoce popularmente a los fardos de paja en los prados— que introducen desde el primer momento esa conexión entre lo rural y lo orgánico. A la derecha se abre una sala amplia y acogedora, presidida por una chimenea y una extensa mesa pensada para encuentros grupales más íntimos. Más adelante aparece la cocina vista, siempre en movimiento, y, apenas unos pasos después, el verdadero corazón de Montia: un espacio cálido y frondoso, de pocas mesas, donde cada asiento aparece revestido con mantas de piel y dos majestuosos robles naturales atraviesan el techo, integrándose en el ambiente y convirtiéndose en parte esencial de la escenografía del lugar. La estructura, construida en madera y rodeada de cristaleras tanto en la parte superior como en la pared frontal, genera un efecto invernadero que permite que la luz natural inunde la sala durante todo el día. Frente a los comensales, un pequeño huerto del que Ochoa y su equipo recolectan a diario hojas, brotes y plantas que terminarán formando parte de los pases y bebidas. La conocida expresión “del huerto a la mesa” cobra aquí un sentido estricto, aunque la filosofía de Montia va mucho más allá. En su menú, el producto de proximidad desempeña un papel fundamental y el vínculo con el entorno está realmente presente. Es el caso de sus panes, elaborados artesanalmente en el obrador Abantos, situado a apenas tres minutos a pie del restaurante, o su sal y mantequilla de cabra, procedentes de Saelices y La Cabezuela, respectivamente. Aunque si hay otro elemento indispensable dentro de la experiencia de este proyecto, es su carta líquida.

El chef Dani Ochoa junto a su equipo recolectando brotes de su propio huerto.

El maridaje, cuidadosamente diseñado para acompañar cada pase, varía constantemente y entiende la bebida como un ingrediente más del plato. Aunque el vino tiene un protagonismo especial, también aparecen vermús y cervezas. Predominan los vinos naturales procedentes de variedades autóctonas. En torno a ellos, el restaurante ha construido un universo propio y un lenguaje paralelo que se ha convertido en una parte esencial de la experiencia gastronómica, porque aquí gusta lo poco convencional, la experimentación y el factor sorpresa. El resultado son simbiosis únicas.

La propuesta de Montia se construye semana a semana, en función de lo que ofrecen la Sierra de Guadarrama y los productores locales de confianza con los que el restaurante mantiene una relación constante. Una cocina viva, profundamente ligada a la temporalidad y al territorio, que toma forma a través de dos menús degustación, además de una versión más breve disponible de miércoles a viernes, excepto festivos. Los tres comparten una misma filosofía y buena parte de las elaboraciones, variando en el número de pases y en la profundidad del recorrido gastronómico.

La experiencia comienza incluso antes del primer bocado. El menú se presenta encuadernado entre dos cortezas de árbol tratadas, un detalle que anticipa el universo estético y conceptual del restaurante. Esa misma singularidad se traslada a las vajillas y soportes sobre los que se sirven las elaboraciones, todas ellas creadas por artesanos sanlorentinos. El recorrido arranca con tres pequeños aperitivos: tortilla de chalotas, galleta de paté de paloma y tosta de cangrejo. A continuación llegan los llamados “interludios”, pases que actúan como transición y anticipan la complejidad de los platos principales. Entre ellos aparece un berberecho en escabeche de tomillo blanco y hierba luisa; un rebozuelo (setas silvestres) salteado con jugo de carne con una combinación de calabaza con salsa holandesa de azafrán, mantequilla y azahar, probablemente uno de los platos más inesperados y memorables. También destacan la lámina de trucha cruda acompañada de reducción de champiñón, crema de guisantes y lepidio —una planta de huerta—, y la colmenilla, seta recolectada por el propio equipo y rellena de liebre con parmentier.

Ensaladilla salvaje.

Setas, mantequilla y azafrán.

Los platos principales profundizan todavía más. Desde los guisantes con espárrago verde y velo de cerdo ibérico, hasta el ravioli de asadurilla relleno de cabrito o el propio cabrito servido junto a una delicada “ensalada líquida”. En el tramo final aparecen dos caminos posibles. Por un lado, los célebres callos, una de sus especialidades, servidos en dos pases. Por otro y para quienes prefieren alejarse de la casquería, la alternativa se mueve en el universo de la caza, con propuestas como la paloma torcaz con crema de lombarda y salsa elaborada con los propios huesos del ave o el arroz de jabalí.

Los postres mantienen intacta la capacidad de sorpresa que define todo el menú. Especialmente memorable resulta el crujiente de miel con helado de queso de cabra y granizado de espinacas, una combinación tan inesperada como equilibrada o la Fistulina hepatica con almendra amarga. Un postre que remite de inmediato al sabor de las cerezas o frutos del bosque y que, sin embargo, está elaborado a partir de una seta.

Ensalada de espinacas y helado de queso.

Al finalizar, entregan al cliente un compost presentado en un sobre junto al menú seleccionado, cuidadosamente sellado con cera y fuego. Ese mismo fuego que hace cinco años les arrebató todo. Desde entonces, han sabido renacer y reinventarse. Como el compost que entregan, su propuesta encarna una lógica de regeneración continua, donde lo que fue residuo se convierte en una segunda oportunidad.

Por MARCO DE PABLOS

Madrid tiene la capacidad de transportar al comensal a cualquier rincón del mundo sin necesidad de salir de la ciudad. Pero hay lugares que, más que un viaje, consiguen despertar el recuerdo de unas vacaciones. En pleno corazón de la capital, a escasos metros de Plaza de España, existe un restaurante donde el aroma del carbón de encina, la calidad del producto y una cocina profundamente ligada al norte de España invitan a empezar el verano antes incluso de hacer la maleta. La Charca Restaurante ha logrado convertir la tradición asturiana y gallega en una propuesta gastronómica que conquista tanto por el sabor como por la experiencia que la rodea.

Un viaje gastronómico al norte sin salir de Madrid

Cuando llegan los meses de verano, Asturias y Galicia se convierten en dos de los destinos más deseados por quienes buscan naturaleza, buena gastronomía y producto de temporada. La Charca recoge precisamente esa esencia y la traslada a la capital a través de una carta donde el protagonismo recae sobre las brasas y una cuidada selección de materias primas procedentes del norte peninsular.

El restaurante, perteneciente al Grupo Asgaya, con otro local homónimo en los alrededores del Bernabéu, ha encontrado junto a Plaza de España el escenario perfecto para reivindicar una forma de cocinar en la que el producto habla por sí solo. Aquí no hacen falta artificios: carnes seleccionadas de Galicia y Asturias, pescados llegados desde la costa cantábrica, mariscos y verduras de temporada encuentran en el carbón de encina el mejor aliado para potenciar su sabor sin enmascararlo. Una propuesta que recuerda a esas parrillas tradicionales del norte donde el fuego marca los tiempos.

Chuleta a la brasa.

Las brasas como auténtica protagonista

La cocina de La Charca gira alrededor de una parrilla que trabaja con carbón de encina, un elemento que imprime personalidad a cada elaboración. Desde un jugoso solomillo hasta un espectacular chuletón de vaca madurada, o unas chuletillas de cordero, las carnes llegan con el punto exacto que permite apreciar toda su jugosidad y calidad. Mención aparte merece el cachopo, otro de los grandes imprescindibles de la casa y un guiño inconfundible a la cocina asturiana más tradicional.

Sin embargo, limitar la propuesta únicamente a la carne sería injusto. Los pescados ocupan un lugar igualmente destacado. Rodaballo, lubina, pixín —el nombre con el que se conoce al rape en Asturias—, pargo o atún rojo encuentran en las brasas una cocción que respeta su textura y realza su sabor natural. A ello se suman mariscos como las zamburiñas o las navajas y una selección de platos fuera de carta que cambian según la temporada, reforzando esa apuesta por el producto fresco y el mercado. Entre los entrantes, sobresale una delicada anchoa servida sobre pan brioche y mantequilla ahumada, un bocado sencillo en apariencia, pero lleno de matices, que anticipa el cuidado con el que se trabaja cada plato.

La experiencia se completa con los grandes clásicos de la cocina asturiana que han convertido al Grupo Asgaya en una referencia desde hace años. La fabada asturiana, las verdinas con bogavante o los callos elaborados al estilo tradicional siguen ocupando un lugar privilegiado en una carta que consigue equilibrar la contundencia de la cocina de cuchara con la ligereza de los pescados a la brasa.

Ventresca a la brasa a la bilbaina.

Setas de temporada confitadas en carbón de encina con crema trufada de apio nabo.

Como toda buena comida merece un final a la altura, resulta difícil marcharse sin probar alguno de sus postres. La tarta de quesos asturianos, con un sutil toque de queso azul, ofrece un equilibrio perfecto entre intensidad y cremosidad. Al igual que su arroz con leche.

El mejor momento para descubrir las Jornadas del Bonito de Gijón

La visita cobra todavía más sentido durante estos meses gracias a las Jornadas del Bonito de Gijón, una cita gastronómica que el Grupo Asgaya celebra tanto en su emblemático restaurante Asgaya, en Doctor Fleming —que además cuenta con una agradable terraza para disfrutar del verano—, como en La Charca Restaurante.

Coincidiendo con la temporada del bonito del Cantábrico, ambos establecimientos incorporan durante un tiempo limitado una selección de recetas que rinden homenaje a uno de los pescados más apreciados de época estival. Entre ellas destacan la ventresca de bonito en escabeche con tomate de temporada y cebolla morada, el taco de bonito en escabeche con pimientos asados en carbón de encina, el bonito a la brasa con encebollado de sidra o la ventresca a la brasa con salsa bilbaína. Una oportunidad perfecta para acercarse a uno de los productos estrella del norte sin abandonar la gran urbe.

Ventresca de bonito en escabeche.

Taco de bonito en escabeche.

Un comedor que invita a quedarse

Más allá de la cocina, La Charca conquista por la atmósfera que ha sabido crear. A pesar de encontrarse en una de las zonas con mayor movimiento, el establecimiento transmite una sorprendente sensación de calma desde el primer momento. El espacio resulta acogedor, con alrededor de una quincena de mesas que permiten disfrutar de la comida sin el bullicio habitual de otros locales del centro.

Nada más entrar, una barra de líneas limpias y tonos blancos marca el carácter del establecimiento. La decoración apuesta por el minimalismo, con un ambiente luminoso, extremadamente cuidado y una sensación de limpieza y orden que se percibe en cada rincón. Ese equilibrio visual encuentra su contrapunto en unos llamativos techos que aportan personalidad al espacio y rompen la sobriedad del conjunto. Completa el espacio un patio interior, alrededor del cual se sitúan varias mesas.

A todo ello se suma un servicio excepcional, que consigue elevar aún más la experiencia. La atención es cercana, profesional y constante, con un personal pendiente en todo momento de que cada detalle esté cuidado, sin resultar invasivo.

En apenas unos meses, La Charca Restaurante ha conseguido hacerse un hueco entre las direcciones gastronómicas más interesantes del entorno de Plaza de España. Lo ha logrado apostando por una fórmula que nunca pasa de moda: excelente producto, brasas bien trabajadas, recetas con raíces, un servicio impecable y un espacio donde resulta fácil sentirse cómodo. Y ahora que el verano invita a pensar en escapadas al norte, quizá la mejor manera de abrir boca sea reservar una mesa aquí.

Oporto siempre ha sido sinónimo de belleza. Calles empedradas, fachadas cubiertas de azulejos, bodegas históricas y miradores con vistas al Duero hacían de la Ciudad Invicta un lugar mágico. Pero la ciudad portuguesa guarda una nueva versión menos evidente y mucho más actual. A pocos minutos del centro histórico, la Avenida da Boavista se ha convertido en el epicentro de un Oporto diferente: más creativo, más sofisticado y con una energía urbana que mezcla arquitectura de vanguardia, cultura y una gastronomía que mira al futuro sin olvidar sus raíces.

Para descubrir esta nueva cara de la ciudad, el punto de partida perfecto es el Crowne Plaza Porto, un alojamiento que ha renovado por completo su propuesta para convertirse en mucho más que un lugar donde dormir. Tras una transformación integral, sus 232 habitaciones —incluidas 42 suites— presentan ahora una estética contemporánea, elegante y funcional, pensada para descansar después de un día explorando Oporto. Sus vistas privilegiadas al skyline de la ciudad convierten cada despertar en una pequeña invitación a salir a descubrir todo lo que ocurre más allá de la ventana.

Una llegada entre arquitectura futurista y una cena con alma mediterránea

El primer encuentro con el Oporto más moderno empieza a pocos pasos del hotel. La imponente Casa da Música aparece como una declaración de intenciones: un diamante de hormigón que rompió con la arquitectura tradicional portuguesa y que hoy es uno de los grandes símbolos culturales de la ciudad. Entrar en su interior es descubrir un sorprendente diálogo entre madera, azulejos portugueses y líneas futuristas que convierten cada espacio en una experiencia visual.

La visita puede coincidir incluso con alguno de los ensayos abiertos de la Orquesta Sinfónica, una de esas casualidades que hacen que un viaje tenga algo especial. Porque Oporto no se trata solo de ver monumentos; se trata de encontrar momentos.

Cuando cae la tarde, el plan continúa sin necesidad de desplazarse demasiado. En la planta baja del Crowne Plaza Porto espera soMos Restaurant & Lounge, uno de los grandes protagonistas de esta nueva etapa gastronómica del renovado establecimiento hotelero. Su terraza funciona como un pequeño oasis urbano en plena avenida, un espacio donde la ciudad baja el ritmo y la mesa se convierte en el centro de la experiencia.

Su propuesta apuesta por una cocina mediterránea basada en el producto fresco y de temporada, con platos que respetan el origen de cada ingrediente. Pescados y mariscos del Atlántico, carnes seleccionadas y recetas con identidad portuguesa forman parte de una carta que busca algo más difícil que sorprender: emocionar.

Sábado: arte, naturaleza y un refugio de bienestar en pleno viaje

El segundo día comienza con una de las visitas imprescindibles para entender el espíritu creativo de Oporto: la Fundação de Serralves. Este espacio único combina arte contemporáneo, arquitectura y naturaleza en un mismo recorrido. Diseñado alrededor del museo creado por el arquitecto Álvaro Siza Vieira y la elegante Casa Art Déco, Serralves representa esa mezcla tan característica de Oporto: respeto por la historia y una mirada constante hacia lo que viene.

Uno de los momentos más especiales llega al recorrer el Tree-top walk, una pasarela elevada entre las copas de los árboles que ofrece una perspectiva diferente del parque y de la propia ciudad. Es una pausa dentro del viaje, una forma distinta de observar Oporto lejos del ruido y las rutas habituales.

Después de una mañana cultural, el plan perfecto está dentro del propio hotel. El Porto Urban SPA del Crowne Plaza Porto ofrece ese momento necesario para bajar pulsaciones: circuito de aguas, baño turco, sauna y tratamientos personalizados pensados para recuperar energía. En una escapada de 48 horas, encontrar un espacio donde simplemente dejarse cuidar se convierte casi en un lujo.

Al caer la noche, Boavista vuelve a despertar. El destino es el histórico Mercado do Bom Sucesso, reconvertido en uno de los lugares más dinámicos de la ciudad. Entre puestos gastronómicos, productos locales y ambiente cosmopolita, es el sitio perfecto para comprobar que la nueva Oporto también se disfruta mezclándose con quienes viven allí.

Domingo: el brunch que convierte una despedida en una experiencia más del viaje

Oporto pertenece claramente a aquellos destinos que nunca querrías abandonar. Y la mejor forma de alargar la escapada llega de la mano de The Sunday Brunch de soMos Restaurant & Lounge.

Este brunch se convierte en uno de los grandes momentos del fin de semana: estaciones de show cooking con huevos preparados al gusto, carnes trinchadas, repostería artesanal, quesos nacionales, productos frescos y una irresistible fuente de chocolate que convierte la mañana del domingo en un auténtico ritual gastronómico.

Más que un desayuno tardío, es una experiencia para disfrutar sin mirar el reloj. Una celebración de la cocina, del producto y de esa manera tan portuguesa de entender la vida: con tiempo, conversación y placer alrededor de una mesa.

Antes de decir adiós a la ciudad, un último paseo por la Rotunda da Boavista permite contemplar el Monumento a la Guerra Peninsular y despedirse de esta zona que representa a la perfección el nuevo espíritu de Oporto: elegante, creativa y todavía capaz de sorprender.

De la playa de Foz al cóctel perfecto: el verano también tiene su propio plan en Oporto

Cuando llega el buen tiempo, Oporto suma un ingrediente más a su encanto: el Atlántico. Desde el Crowne Plaza Porto, las playas de Foz do Douro quedan a pocos minutos y ofrecen uno de esos escenarios que parecen diseñados para una tarde de verano perfecta. Allí donde el río Douro se encuentra con el océano, las playas, el paseo marítimo y la luz del atardecer crean uno de los rincones más especiales de la ciudad.

El plan es sencillo y precisamente por eso funciona: una tarde junto al mar, una vuelta al hotel y un cóctel en el soMos Lounge para empezar la noche. Su ambiente moderno, su carta de cócteles y su selección de snacks convierten este espacio en el lugar ideal para alargar la conversación hasta la madrugada.

Después llega la cena, de nuevo en soMos Restaurant & Lounge, donde la cocina mediterránea vuelve a ser protagonista con una propuesta ligera y basada en ingredientes frescos, muchos de ellos procedentes incluso del huerto urbano del propio hotel. Una experiencia que demuestra que en Oporto no hace falta elegir entre ciudad, mar y gastronomía: todo puede formar parte del mismo viaje.

Porque quizá el mayor descubrimiento de una escapada de 48 horas no sea solo conocer una nueva ciudad, sino encontrar la manera perfecta de vivirla. Y en el nuevo Oporto, esa manera pasa por Boavista, por el Crowne Plaza Porto y por lugares como soMos, donde diseño, sabor y hospitalidad se encuentran en el mismo punto.

Por MARCO DE PABLOS

En el número 36 de la calle Zurbano se alza un majestuoso palacete reconvertido en hotel: el Santo Mauro. Con una larga historia a sus espaldas, hoy es punto de encuentro de huéspedes de lo más variopinto y aún conserva rincones poco conocidos, como su restaurante La Biblioteca, confirmando que allí sí es oro todo lo que reluce.

“Soyez les bienvenus” (Sean bienvenidos). En francés, claro. Porque esa es exactamente la sensación que anticipa uno al detenerse frente a un edificio de semejante porte. La de estar, por un instante, lejos de aquí. Y la idea no resulta en absoluto descabellada. Basta observar su fachada para intuir la clara inspiración gala de la que bebió el arquitecto Juan Bautista Lázaro de Diego a finales del siglo XIX al diseñar el actual Hotel Santo Mauro. Lo que hoy es uno de los establecimientos más exclusivos de la capital fue, en otro tiempo, la casa palacio de Mariano Fernández de Henestrosa y Ortiz de Mioño, duque de Santo Mauro. Una residencia señorial cuya elegancia sigue evocando a ese inconfundible halo francés capaz de transportar a cualquiera a una época más cercana a la corte del Rey Sol. Una percepción que no hace más que intensificarse al cruzar sus puertas y adentrarse en su interior. Tan evidente resulta ese allure que hasta Caroline de Maigret, epítome de lo chic —o, lo que es lo mismo, una auténtica francesa de bien—, ha ejercido como embajadora del mismo en los últimos tiempos. 

Sin embargo, la historia del Santo Mauro también ha atravesado épocas muy distintas antes de convertirse en el exclusivo refugio que es actualmente. Durante la Guerra Civil, el palacio fue confiscado, aunque años después regresaría a manos de la familia. Más adelante, sus estancias abandonaron temporalmente el carácter residencial para convertirse en sede de distintas embajadas, entre ellas las de Rumanía, Canadá y Filipinas. No sería hasta 1989 cuando el edificio inició una nueva vida como hotel, una etapa que terminaría de consolidarse en 2011 con su incorporación a AC Hotels by Marriott, la cadena fundada por Antonio Catalán, bajo cuya gestión adquirió la personalidad que ahora nos recibe.

Su interiorismo lleva el inconfundible sello de Lorenzo Castillo, responsable de reinterpretar sus más de 45 habitaciones y suites; sus imponentes salones, con especial protagonismo de los conocidos como Rojo y Chino —no hace falta demasiada imaginación para entender el porqué de tales apelativos—; los espacios gastronómicos que articulan la propuesta culinaria del alojamiento; y su particular edén. Este último, rodeado de frondosa vegetación, alberga sofisticado mobiliario de forja con cojines de rayas en tonos azules, fuentes, un kiosco de bebidas y una imponente pérgola cubierta, flanqueada por faroles y cercada por arbustos, plantas e incluso palmeras, que actúa como terraza de La Biblioteca. Es precisamente en este oasis donde se ofrece, durante estos meses, el servicio en mesa del restaurante, y no en el interior del mismo. Un remanso de paz a escasos metros del Paseo de la Castellana, ideal para refugiarse de las altas temperaturas que azotan Madrid en estas fechas. 

Ubicado en el antiguo salón de lectura del duque, de ahí su nombre, La Biblioteca ofrece una experiencia ya consolidada como una de las más exclusivas de cuantas se disfrutan en la ciudad. Con la llegada de la nueva temporada, el espacio presenta una carta renovada que evoluciona al mismo ritmo que lo hace la vida, abrazando la frescura y la ligereza propias del producto en su mejor momento, especialmente oportunas para la estación que acompaña estos meses, aunque sin renunciar en ningún momento a la identidad y personalidad que lo definen. 

Ingredientes en su punto óptimo, elaboraciones más sutiles y una mayor presencia de verduras son los pilares que sostienen esta nueva etapa que cuenta con Rafa Peña como asesor y director del bistró. Una carta que mantiene intacta la esencia de la casa, en la que el caviar desempeña un papel protagonista. Cómo no. 

Caviar o nada

La carta arranca con una cuidada selección de aperitivos y platos para compartir donde el producto vuelve a ocupar el centro de todo. Desde las ostras bretonas —al natural o a la brasa—, hasta los delicados profiteroles de caviar, guiños inequívocos a la tradición culinaria francesa, o las croquetas de cecina de vaca y de gamba de Palamós, bocados que funcionan como una antesala precisa y calculada de lo que se entiende por un suculento banquete. 

Entre los entrantes destacan elaboraciones como la ensalada de tomates con salpicón de bogavante, la ensalada de judía verde braseada o el salmorejo. Mención aparte merecen los raviolis con parmesano y caviar, que en los últimos tiempos se han consolidado como uno de los platos estrella en muchos de los locales más en boga.

En el apartado de productos de lonja, destacan propuestas como el pez limón a la brasa con escabeche de verduras o el rape a la romana con caviar, mayonesa y ensalada. Platos de apariencia sencilla, pero que no te engañen. Todo un must en carta. Las carnes mantienen ese carácter atemporal con elaboraciones que dialogan con lo clásico desde una mirada actualizada. Entre ellas, el solomillo con mirepoix de verduras al estragón, las chuletas de cordero en milanesa o la suprema de pollo campero rellena a las finas hierbas con rebozuelos.

Finalmente, aquí se confirma aquello de que a nadie le amarga un dulce, porque incluso los más reticentes al postre acaban sucumbiendo a alguno de los que se proponen. Son pocos, pero más que suficientes. Imprescindible su torrija con helado de caramelo salado, de obligada repetición si de verdad se quiere disfrutar como merece. También destacan el soufflé de avellana con helado de naranja o las fresas con nata y merengue, junto a su palet d’or, un bombón de chocolate con origen en la ciudad francesa de Moulins, coronado, de forma tan sutil como ostentosa, con una hoja de oro.

A ello se suma una carta de vinos especialmente cuidada, pensada para acompañar cada pase, y una potente selección de champagne, con Laurent-Perrier como firma imprescindible. Porque, como en los fastuosos banquetes y bacanales de Luis XIV de Francia, donde el champagne empezaba a perfilarse como símbolo de celebración y refinamiento, no hay mejor final para un festín de tal magnitud. Bon appétit.