Por ALBERTO CASTILLO
Hasta hace bien poco, las estaciones de esquí vivían casi en exclusiva de la nieve y toda la actividad económica se generaba en torno a ella. Una vez terminada la temporada, se paraban los remontes, dejando a los esquiadores entonando el Pobre de mí. Pero algo está cambiando en la montaña. Hoy las estaciones de esquí se enfrentan al reto de adaptar sus infraestructuras y recursos a un nuevo paradigma motivado no solo por los cambios en la climatología y sus efectos en la cantidad y en la calidad de la nieve, sino también, y en mayor medida, por los cambios en los gustos de los usuarios, que quieren seguir disfrutando de la montaña más allá de la temporada invernal.
Esta nueva realidad está propiciando un giro de las estaciones para ofrecer al visitante una experiencia más completa acorde a las nuevas tendencias, al tiempo que garantizan su propia sostenibilidad. En los Pirineos las estaciones han dado un paso al frente para satisfacer las demandas de ese nuevo perfil de visitante que también hace uso de los remontes, de las pistas y de los diferentes servicios cuando la nieve ha desaparecido. Este nuevo paradigma es la bicicleta de montaña. Donde en invierno se esquía, en verano se pedalea. Y nos hemos venido al Pirineo francés para comprobar in situ de qué manera la fiebre del mountain bike marca la actividad veraniega de las estaciones.
Cambre d’Aze, paraíso del MTB
Cambre d’Aze, forma parte, junto con Formiguères y Porté-Puymorens, del Trio Pyrénées, una agrupación de tres estaciones históricas de esquí en los Pirineos Orientales, ubicados en la Cerdaña francesa, que han unido fuerzas para combinar sus fortalezas y recursos en el desarrollo de una oferta turística más completa durante todo el año. La bicicleta es la protagonista de este esfuerzo que permite mantener la actividad de las estaciones más allá del invierno.
Abrigada por las imponentes paredes del macizo del Cambre d’Aze (2.750 m), esta pequeña estación del Pirineo Oriental francés en forma de circo glacial ofrece en invierno unas condiciones excepcionales por la cantidad y calidad de su nieve. Cuando esta desaparece, caminos serpenteantes entre frondosos bosques sustituyen a las pistas de esquí y las bicicletas marcan el ritmo de los descensos. Para alguien como yo, no precisamente experto en ciclismo y menos aún en la modalidad de enduro de montaña, la primera impresión es de respeto. Pero, ¿quién dijo miedo?
Antes de tomar el telesilla de El Mouli, desde Saint-Pierre-dels-Forcats, en la primera parada para alquilar las bicicletas y la equipación necesaria (casco integral, protecciones de espalda, pecho, hombros, codos y rodillas), ya puedo intuir que la aventura no me va a dejar indiferente. El aspecto de las bicicletas, provistas de dobles suspensiones y de neumáticos de gran anchura para facilitar el control en los descensos por terrenos escarpados, me sugiere que nos espera algo más que un relajado paseo en un bucólico y florido paisaje.
Una vez pertrechados como si fuéramos Robocop pedaleamos hasta el remonte en la base de la estación. Las sillas, que en invierno trasladan a los esquiadores, se han adaptado para permitir transportar la bicicleta cómodamente. Desde este telesilla tenemos una fiel panorámica de lo que nos va a deparar esta experiencia. A mis pies veo descender a los ryders entre cerradas curvas, saltos y derrapes de vértigo. Muchos de ellos chavales de corta edad que parece que han nacido subidos a una bici. Parece fácil, visto desde la silla, pero sospecho que detrás hay un nivel suficiente de técnica de la que yo carezco. Lo pude comprobar en el primer descenso, en el que afortunadamente, las protecciones cumplieron sobradamente con su papel.

La primera bajada por la pista Tippie Toppie respondió de manera exacta a mis expectativas. A pesar de ser un circuito azul, el más asequible para iniciarse en eso de tirarse montaña abajo, exige destreza, control y cierto desparpajo, cualidades —salvo la última— de las que carezco. No es de extrañar, por previsible, el imponente leñazo de bienvenida con el que me bautizo a los primeros metros de iniciar el descenso. Pero, salvado este pequeño aviso, completo sin problemas el recorrido. La adrenalina es total y el balance, muy positivo. A pesar de los sustos y de alguna que otra magulladura, la experiencia es altamente recomendable.
Volvemos a tomar la silla de El Mouli para hacer un descanso en el Chalet Sylvain, un restaurante con terraza situado a los pies de la llegada del remonte, y, tras un tentempié, retomar la actividad. En esta ocasión, de la mano de Llorenç Balart, jefe de Explotación de Trio Pyrénées, encaramos la pista Tuttie Fruttie. Hay una notable diferencia al descender por lo que en invierno es una pista verde. Una anchura más que suficiente y seis kilómetros de cómoda bajada me hacen recuperar la confianza en mis nulas condiciones ciclísticas y he de reconocer que este, para mí desconocido, mundo del MTB ha despertado un gusanillo que augura grandes momentos de diversión en la naturaleza.
Este es un punto a favor de Cambre d’Aze. Se trata de un destino plenamente familiar, en el que no hace falta tener una envidiable forma física para encontrar un plan divertido a la medida de cada uno, desde las opciones más exigentes hasta las de esfuerzo moderado. El éxito de este nuevo enfoque para la temporada estival está atrayendo cada vez a más visitantes, lo que ha llevado a la estación a ampliar progresivamente sus circuitos e incrementar la venta de forfaits durante el verano.
El Bike Park tiene pistas para satisfacer a todos los niveles y, a lo largo del territorio de la estación, entre sus dos áreas de Eyne y Saint-Pierre-dels-Forcats, podemos descubrir grandes bosques de pino negro, praderas de alta montaña y senderos que conducen hasta lagos glaciares, refugios y miradores con vistas a la Cerdaña y al macizo del Carlit, que pueden recorrerse en mountain bike o a pie, haciendo trekking.

Después de recuperar fuerzas dando cuenta de un suculento entrecot asado a la piedra en el chalet Sylvain, termina la breve pero intensa experiencia en Cambre d’Aze. Es suficiente para quedarnos con ganas de volver, por lo que nos trasladamos a Formiguères, una preciosa estación rodeada por los bosques y lagos del Capcir que ofrece algunos de los paisajes más emblemáticos del Parque Natural Regional de los Pirineos Catalanes. Su entorno incluye más de 700 kilómetros de itinerarios de bicicleta de montaña, con una oferta de bike park especialmente orientada a principiantes y familias. Aunque nuestra intención era probar algunos de sus recorridos y visitar los lagos de Camporells, una fuerte tromba de agua y granizo, acompañada de un gran aparato eléctrico, obliga por seguridad a cerrar la estación. Dejaremos la aventura para otra ocasión, junto con esta foto para el recuerdo.


























































