Por ALBERTO CASTILLO

Tras más de veinte años cerrado, el antiguo lugar de peregrinación de Font Romeu reabre sus puertas convertido en un hotel de cuatro estrellas. A su alrededor, la estación pirenaica muestra en verano su otra cara: la de un destino donde el golf se juega a 1.800 metros de altitud y la naturaleza del Parque Regional de los Pirineos Catalanes envuelve cada rincón.

Cuando el frío del invierno se retira de la Cerdaña francesa, la estación de Font Romeu, referencia durante décadas en el Pirineo para el entrenamiento en altura de deportistas de élite, despliega en los meses cálidos otra versión de sí misma menos conocida por el gran público: la de un destino de montaña donde el deporte, el aire limpio de los 1.800 metros y el patrimonio histórico conviven en armonía.

A esa combinación de naturaleza, deporte y tradición se ha incorporado un nuevo elemento llamado a ser uno de los protagonistas por derecho propio. El Gran Hotel L’Ermitage, un edificio histórico clasificado que durante generaciones fue lugar de culto y de peregrinación, ha reabierto sus puertas tras más de dos décadas cerrado y al que se ha sometido a una profunda renovación. El resultado es un alojamiento exquisito donde descansar tras completar los nueve hoyos de uno de los campos de golf más altos de Europa o simplemente dejarse llevar por el deleite que provoca la sensación de dormir con todo tipo de comodidades en un lugar de cuyas piedras emana una profunda espiritualidad que se respira entre sus gruesos muros.

El renacer de un santuario: del culto al lujo discreto

El lugar conocido como el Ermitage de Font-Romeu fue, durante siglos, el corazón espiritual de la zona y prácticamente la única edificación existente en medio del bosque. Su origen data del siglo XIV como un pequeño oratorio que se construyó para venerar una imagen de la virgen aparecida en el bosque. En los siglos XVI y XVI se amplió la capilla y se convirtió en un santuario de peregrinación con la construcción de una hospedería para acoger a ermitaños y peregrinos. El antiguo santuario siguió existiendo y permaneció como el centro religioso e histórico del lugar hasta nuestros días donde los lugareños profesaban su fe cristiana.

Jean Parent, conocido restaurador local, también acudía de niño. Sus recuerdos de infancia alimentaron una idea y una pasión que el tiempo ha cimentado en lo que es hoy el Gran Hotel L’Ermitage. Junto con su socia y decoradora Hélène Bier, Parent ha levantado sobre el edificio original un hotel de 22 habitaciones, que este verano se ha ampliado a 44, en el que conservó los muros de piedra local, las cubiertas de pizarra y el rojo intenso de las carpinterías originales, sin renunciar al carácter de un edificio que respira historia en cada rincón, enclavado en un bosque rodeado de montañas al que acudía en su infancia. Tuvimos ocasión de charlar con Jean Parent, quien nos contagió su entusiasmo al relatarnos como desde hace años tenia como objetivo recuperar para Font Romeu y dar una nueva vida a este histórico lugar.

En cada una de las habitaciones y suites, cada una de ellas diferente del resto, se percibe el mimo y el cariño que se ha puesto en su decoración, con motivos que evocan las montañas de Europa, combinando materiales naturales como la madera, la piedra, el cuero o las pieles con un estilo moderno y lujoso, pero sin opulencia y sin perder las raíces que lo ligan a esta tierra.

De hecho, pese a lo que sugiere su nombre, el Gran Hotel no pretende ser un establecimiento excluyente, más al contrario, abierto a todo el mundo. Sobre esta filosofía se ha inspirado la decoración de la ampliación del hotel. Las 22 nuevas habitaciones invitan a viajar por otros continentes, y cada planta está inspirada en un macizo distinto. Son las montañas del mundo que aspiran a atraer al mayor número posible de visitantes.

Font Romeu: la estación que entrena para la altura

Font Romeu es uno de los lugares más prestigiosos del mundo para las concentraciones de deportistas de élite, especialmente en deportes de resistencia como atletismo, ciclismo, triatlón, esquí de fondo o natación. Su atractivo se debe a una combinación difícil de igualar de fisiología, infraestructura y entorno. Como nos explica Christian Sarran, director de la Oficina de Turismo de Font Romeu, la altitud de 1.800 metros se considera óptima para estimular adaptaciones fisiológicas. Además, dispone de un clima excepcional para entrenar, con alrededor de 300 días de sol al año, con un aire seco y limpio, instalaciones de primer nivel, y gran variedad de terrenos, desde carreteras de montaña para ciclismo, senderos de trail; pistas forestales, recorridos llanos para rodajes suaves o puertos largos para trabajo de resistencia.

Font Romeu, nos explica Christian Sarran, ha construido su reputación sobre la nieve y el entrenamiento en altura, pero es en verano cuando revela su carácter más completo.

En este enclave de la Cerdaña francesa, en pleno Parque Natural Regional de los Pirineos Catalanes, entre bosques de pinos y panorámicas sobre el macizo del Cambre d’Aze y el Puigmal, el paisaje no distingue entre temporada altas o baja, sino entre formas distintas de recorrerlo: con esquís en invierno, a pie o en bicicleta de montaña en primavera y otoño, y, cada vez más, con un palo de golf en la mano durante los meses cálidos. Es el deporte, en todas sus expresiones, el que marca el ritmo de las estaciones.

Golf a 1.800 metros: la naturaleza como rival

Si el Ermitage representa la tradición recuperada, el campo de golf municipal de Font Romeu representa la otra cara de la misma moneda: la naturaleza convertida en desafío deportivo. El diseño, obra del histórico jugador francés Jean Garaïalde e inaugurado en 1985, suma nueve hoyos a par 36 en poco más de dos kilómetros y medio, donde el bosque y las pendientes obligan a recalcular cada golpe.

La altitud aquí, lejos de ser un obstáculo, se ha convertido en su seña de identidad. El resultado es un campo exigente pero profundamente gratificante, donde el golf deja de ser un deporte de césped perfecto y se convierte en una disciplina de montaña: técnica, física y visualmente espectacular.

Recientemente se ha hecho cargo de la gestión Benoît Pourtanel, con el reto de abrir una nueva etapa en un club profundamente integrado en el entorno y de ampliar la afición a este deporte en un campo tan singular.

Precisamente para un amateur como el que escribe estas líneas, la primera impresión al visitarlo es de sorpresa al comprobar que no todo el golf tiene que ser como lo idealizamos. Acostumbrado a la imagen de grandes praderas planas donde la bola siempre se alcanza a la vista, la visión del golf de Font Romeu es, cuanto menos, sorprendente. Aquí la falta de pericia o la precipitación si no lees adecuadamente el terreno y las condiciones del campo antes de golpear la bola, puede hacer que se esconda para siempre en medio del bosque. En mi caso, la prudencia me recomendó probar la zona de prácticas, donde pude comprobar en primera persona que no es tan sencillo como parece, y que para hacer un buen swing se requiere, como en casi todo, combinar técnica, coordinación y práctica, cualidades que, honestamente, no me adornan.

El campo de golf y el Ermitage no solo están unidos por la proximidad entre ambos. Son un símil de la historia de Font Romeu: un lugar que ha convertido lo que ya tenía —un santuario, una altitud, un bosque de pinos— en algo nuevo sin renunciar a lo que fue. El edificio que durante generaciones acogió peregrinaciones hoy recibe viajeros; la montaña que durante décadas se pensó solo para el invierno hoy se recorre también con un palo de golf en la mano. Tradición, deporte y naturaleza mirando al futuro sin renunciar al pasado.

El turismo del vino vive uno de sus mejores momentos. Frente a las vacaciones masificadas y los destinos convencionales, cada vez son más los viajeros que buscan experiencias capaces de conectar gastronomía, naturaleza y cultura en un mismo viaje. En ese escenario, la Ribera del Duero se consolida como uno de los grandes referentes del turismo de interior en España, especialmente cuando el verano da paso a los primeros días de la vendimia y el paisaje vitícola alcanza uno de sus momentos de mayor belleza.

Con esa filosofía, Bodegas Cepa 21 ha diseñado una programación especial desde finales de agosto hasta principios de octubre que invita a descubrir el territorio desde una perspectiva mucho más inmersiva. Lejos de limitarse a las tradicionales visitas a bodega, la firma presidida por José Moro propone tres experiencias que permiten al visitante recorrer los viñedos, comprender el origen de cada vino y participar activamente en algunas de las labores que dan forma a una de las denominaciones de origen más prestigiosas del mundo.

La iniciativa responde a una tendencia cada vez más consolidada dentro del sector turístico: el viajero ya no busca únicamente degustar un vino, sino entender todo aquello que sucede antes de que llegue a la copa. El paisaje, la sostenibilidad, las personas y las tradiciones se convierten así en parte esencial de una experiencia que trasciende la simple cata para convertirse en un auténtico viaje sensorial.

Un picnic entre viñedos para descubrir el lado más relajado de la Ribera del Duero

Entre las propuestas más atractivas de la programación destaca el exclusivo Picnic entre Viñas, una experiencia pensada para disfrutar del paisaje en uno de los momentos más especiales del año, cuando los viñedos comienzan a prepararse para la vendimia.

La actividad arranca con una copa de Hito Rosado como bienvenida y continúa con un recorrido guiado por los viñedos y las instalaciones de la bodega, donde los visitantes descubren el proceso de elaboración que da vida a los vinos de Cepa 21. La experiencia culmina al aire libre con una cata de Cepa 21 y Malabrigo acompañada por un picnic elaborado con productos locales, una propuesta que invita a detener el tiempo y contemplar el paisaje desde el corazón mismo del viñedo.

Más que una visita, se trata de una forma diferente de acercarse al territorio, disfrutando del silencio, la gastronomía y el entorno natural que han convertido a la Ribera del Duero en uno de los grandes destinos enoturísticos del país.

Conocer el vino empieza por entender la tierra

Para quienes desean profundizar en el trabajo que se desarrolla en el viñedo, Cepa 21 propone una experiencia centrada en la viticultura regenerativa, una práctica que gana cada vez más protagonismo dentro del sector vitivinícola por su apuesta por la salud del suelo y el equilibrio del ecosistema.

El recorrido permite conocer de primera mano cómo la bodega aplica este modelo de cultivo para elaborar vinos capaces de expresar con fidelidad la identidad de cada parcela. Tras la visita, los participantes disfrutan de una cata comentada de cinco de las referencias más representativas de la casa —Hito Rosado, Hito, Cepa 21, Malabrigo y Horcajo— acompañadas por una cuidada selección de productos gourmet diseñada para potenciar los matices de cada vino.

La propuesta convierte la degustación en una experiencia de aprendizaje, donde cada copa ayuda a comprender la estrecha relación entre el viñedo, el clima, la tierra y el resultado final que llega al consumidor.

La vendimia deja de ser un espectáculo para convertirse en una experiencia

La programación culmina con una de las actividades más esperadas por quienes visitan la Ribera del Duero en esta época del año: el Taller de Vendimia. Una propuesta que invita a abandonar el papel de espectador para convertirse, aunque solo sea por unas horas, en bodeguero.

Los participantes tendrán la oportunidad de recoger la uva de forma manual, aprender los criterios con los que se seleccionan los mejores racimos y recuperar uno de los rituales más tradicionales del mundo del vino: el pisado artesanal de la uva, una práctica que conecta con siglos de historia vitivinícola y permite comprender el valor que hay detrás de cada cosecha.

La jornada concluye con una cata de Hito y Cepa 21 acompañada por productos locales, poniendo el broche final a una experiencia diseñada para acercar al visitante al verdadero origen del vino. Además, la actividad está adaptada para familias, permitiendo que también los más pequeños participen en diferentes propuestas pensadas para su edad y descubran de forma lúdica la cultura vitivinícola.

Mucho más que visitar una bodega

Con esta nueva programación, Cepa 21 reafirma una visión del enoturismo basada en la autenticidad y la conexión con el territorio. La bodega entiende que el vino no comienza en la copa, sino mucho antes, en el paisaje, en el trabajo diario de quienes cuidan el viñedo y en una cultura transmitida durante generaciones.

Las tres experiencias reflejan esa manera de entender la Ribera del Duero: como un lugar donde naturaleza, gastronomía, sostenibilidad y tradición conviven para ofrecer al visitante una vivencia difícil de replicar en otros destinos.

En un momento en el que el turismo busca propuestas cada vez más personalizadas y memorables, Cepa 21 demuestra que el verdadero lujo no siempre reside en la exclusividad, sino en la posibilidad de vivir experiencias auténticas, comprender el origen de las cosas y regresar a casa con una historia que contar, además de una botella de vino.

El resort alcanza un hito decisivo en su desarrollo, imaginando un nuevo concepto de vivir, disfrutar y desconectar en plena naturaleza con una propuesta única que combina playa, lago navegable, bienestar, deporte y alta gastronomía

La Costa del Sol suma un nuevo icono del lujo experiencial. Real de La Quinta ha inaugurado oficialmente El Lago Club, un espacio concebido para transformar la forma de entender el ocio residencial y convertir el tiempo libre en una experiencia integral. La apertura no solo supone uno de los mayores hitos desde el nacimiento del proyecto, sino que sitúa al complejo como el resort con la oferta de ocio más completa de toda la Costa del Sol, consolidando un modelo que trasciende el desarrollo inmobiliario tradicional para convertirse en un auténtico destino de vida.

Ubicado entre Marbella y Benahavís, en un privilegiado enclave natural rodeado por las montañas de la Sierra de las Nieves, Reserva de la Biosfera por la UNESCO, Real de La Quinta ha alcanzado ya aproximadamente el 50 % de su desarrollo. Más de 400 viviendas construidas y una ambiciosa planificación a largo plazo convierten al complejo en uno de los proyectos urbanísticos más singulares de Andalucía, donde la sostenibilidad, la baja densidad constructiva y la integración con el paisaje forman parte del ADN del resort.

La apertura de El Lago Club representa la materialización de esa filosofía. No se trata únicamente de incorporar nuevos servicios, sino de dar forma a un espacio donde deporte, bienestar, gastronomía, naturaleza y vida social conviven de manera orgánica para ofrecer una experiencia que hasta ahora no existía en el litoral malagueño.

Un lago navegable con playa en plena montaña, el gran protagonista del proyecto

El corazón de este nuevo espacio gira alrededor de un espectacular lago navegable de más de 35.000 metros cuadrados y más de 400 metros de longitud, una infraestructura que se convierte en el gran símbolo de Real de La Quinta y en uno de los elementos más diferenciadores del complejo.

Lejos de limitarse a una función paisajística, el lago ha sido diseñado como un auténtico centro de actividad. Sus orillas albergan una playa equipada para el baño, un embarcadero y una completa oferta de deportes acuáticos que incluye kayak, paddle surf y bicicletas de agua. Todo ello en un entorno de montaña que rompe con los esquemas tradicionales del ocio asociado exclusivamente al litoral y propone una nueva forma de disfrutar del agua durante todo el año.

La experiencia se completa con un campo de golf de seis hoyos, pistas de tenis y pádel, recorridos para caminar o correr, amplias zonas infantiles y espacios concebidos para fomentar la convivencia entre residentes y visitantes. Un ecosistema pensado para convertir el ocio cotidiano en una experiencia permanente y no únicamente vacacional.

La apuesta responde a una tendencia cada vez más consolidada dentro del segmento premium: ofrecer mucho más que una vivienda. Hoy, el verdadero lujo reside en disponer de servicios, experiencias y calidad de vida sin necesidad de abandonar el entorno residencial.

Bienestar cinco estrellas con la llegada de Le Max Wellness Club

El bienestar ocupa otro de los grandes ejes del nuevo destino. El Lago Club incorpora las instalaciones de Le Max Wellness Club, una firma reconocida por su concepto de entrenamiento premium y sus protocolos personalizados, que desembarca en Marbella con un espacio diseñado para combinar rendimiento deportivo, recuperación física y relajación.

El centro reúne gimnasio de última generación, spa, sauna, baño turco y piscina climatizada en unas instalaciones concebidas para ofrecer una experiencia de bienestar integral. La propuesta apuesta por un enfoque que combina entrenamiento de alto nivel con programas individualizados y atención personalizada, trasladando al corazón de la Costa del Sol un concepto que hasta ahora había consolidado su prestigio en Madrid.

Con esta incorporación, Real de La Quinta refuerza su posicionamiento como referente lifestyle, donde la salud física y mental adquieren el mismo protagonismo que la arquitectura, el paisaje o los servicios.

Alta gastronomía con sello Michelin frente al lago

La dimensión gastronómica también juega un papel protagonista en esta nueva etapa del resort. El Lago Club estrena Saltao, el nuevo proyecto de Azotea Grupo, que aterriza en Marbella con una propuesta culinaria contemporánea inspirada en la fusión entre la cocina peruana y la tradición mediterránea.

El restaurante apuesta por una cocina creativa basada en el producto de proximidad y una experiencia diseñada para integrarse con el entorno natural que lo rodea. Un concepto donde la gastronomía deja de ser un servicio complementario para convertirse en uno de los grandes atractivos del complejo.

La carta lleva además la firma de Víctor y Paula Gutiérrez, responsables de Tayta, el único restaurante peruano galardonado con una estrella Michelin en España, un aval que refuerza la apuesta de Real de La Quinta por ofrecer propuestas diferenciales capaces de atraer tanto a residentes como a visitantes.

Un resort que va mucho más allá del concepto inmobiliario

La inauguración de El Lago Club marca un antes y un después en la evolución de Real de La Quinta, un proyecto que desde sus inicios ha defendido un modelo de crecimiento basado en la sostenibilidad y la baja densidad urbanística. Frente a los desarrollos convencionales, el complejo ha reducido de forma significativa su potencial edificatorio con el objetivo de preservar el paisaje y garantizar una convivencia equilibrada entre arquitectura y naturaleza.

Esta estrategia ha permitido crear un entorno donde el espacio abierto adquiere tanto valor como las propias viviendas y donde la experiencia residencial se construye a partir de servicios, zonas verdes e infraestructuras pensadas para el bienestar de sus usuarios.

El proyecto encara ahora una nueva fase de crecimiento que continuará ampliando su oferta durante los próximos años. Entre los próximos hitos destaca la futura apertura del hotel Angsana Real de La Quinta, desarrollado junto a Banyan Tree Group, una incorporación que reforzará la dimensión internacional del resort y ampliará aún más su catálogo de experiencias.

Nuevo referente para la Costa del Sol

Más allá de su impacto residencial, Real de La Quinta se consolida también como uno de los principales motores económicos de la zona. El desarrollo genera empleo directo e indirecto, impulsa la actividad de empresas y proveedores locales y contribuye al posicionamiento internacional de Marbella y Benahavís como uno de los grandes destinos europeos para el turismo residencial de alta gama.

Con la inauguración de El Lago Club, el proyecto deja claro que el futuro del lujo ya no pasa únicamente por la exclusividad de una vivienda, sino por la capacidad de ofrecer un estilo de vida completo. Playa, lago navegable, deporte, wellness, gastronomía de autor y naturaleza conviven ahora en un mismo enclave, convirtiendo a Real de La Quinta en uno de los desarrollos más ambiciosos e innovadores del panorama residencial español y en un nuevo referente del lifestyle premium en la Costa del Sol.

Hay viajes que se entienden mejor cuando ya han terminado. Menorca suele ser uno de ellos. No tanto por lo que muestra a primera vista, sino por la forma en que se queda en la memoria. En la isla, el tiempo no desaparece, pero sí se suaviza, como si cada jornada estuviera diseñada para vivirse un poco más despacio de lo habitual. En Cala Galdana, una de sus bahías más reconocibles, el Mediterráneo se convierte en un escenario permanente. Allí se encuentra el Meliá Cala Galdana, un hotel que aprovecha su ubicación privilegiada para ofrecer una experiencia muy vinculada al entorno, donde el paisaje no es un añadido, sino parte central de la estancia.

Este enclave tiene una forma cerrada, casi como un anfiteatro, que concentra la mirada en un único punto: el mar. El hotel se sitúa en uno de los laterales de la bahía y desde dentro no hay demasiadas dudas sobre lo que domina la escena. Las zonas comunes están orientadas hacia el agua y a lo largo del día el paisaje va cambiando por sí solo: veleros que entran y salen, el color del mar que se transforma con la luz, huéspedes que simplemente observan sin necesidad de hacer nada más… En las habitaciones ocurre algo parecido. Son espacios sencillos, sin elementos que busquen protagonismo. Aquí manda la ventana. En muchos casos el mar está justo enfrente; en otros aparece de lado, entre edificios o vegetación, pero siempre está presente. Esa presencia constante acaba imponiendo un gesto casi automático, que se repite a distintas horas del día: abrir la cortina, como si fuera una forma de comprobar el estado del paisaje. 

The Level es la propuesta más exclusiva del hotel. La llegada es más directa, con un check-in separado y menos tiempos de espera. Durante la estancia, la diferencia se percibe en una atención más personalizada y en servicios accesibles sin necesidad de intermediación constante. El The Level Lounge es uno de sus puntos centrales. Un espacio abierto durante gran parte del día, con café, bebidas y aperitivos ligeros disponibles de forma continua. No hay momentos de gran concentración de gente, sino un flujo constante y tranquilo. La idea es que el huésped pueda entrar y salir sin planificación previa. Desde el interior, la bahía de Cala Galdana sigue siempre presente, reforzando esa continuidad entre el hotel y el exterior. La misma lógica se extiende a la piscina infinity. Un lugar para tumbarse, leer o simplemente mirar el mar. Y es que en los días de poco viento, la línea entre la piscina y la bahía se difumina hasta casi desaparecer.

La oferta gastronómica del hotel se articula en varios espacios. El restaurante Cape Nao, situado frente al mar, es el más reconocible del complejo. Abierto tanto a huéspedes como a visitantes externos, trabaja una cocina mediterránea basada en producto: pescados, arroces y elaboraciones sencillas. Su valor no está tanto en la complejidad de la carta como en su ubicación, literalmente suspendida sobre la bahía. El ritmo del establecimiento cambia con el día. A mediodía es más dinámico, con rotación constante de mesas por su proximidad a la playa. Por la tarde, el servicio se ralentiza y las comidas se alargan. En determinados momentos del atardecer, la música en directo acompaña el ambiente.

Por su parte, el Beach House by Cape Nao traslada esa misma filosofía a un espacio más cercano a la arena, con un registro más informal. El Mosaico, restaurante buffet principal del hotel, concentra la mayor capacidad y cobra especial vida en desayunos y cenas. Casa Nostra introduce una propuesta distinta, centrada en cocina italiana en un entorno más reducido y tranquilo.

El hotel incorpora además gimnasio interior y exterior, actividades dirigidas como yoga o pilates, y un club infantil con programación diaria para distintas edades. La organización de estos espacios permite que convivan perfiles de huésped diferentes sin necesidad de una separación física marcada.

Menorca encaja bien con este tipo de planteamiento porque no exige una única forma de ser vivida. Cala Galdana concentra en un mismo punto playa, oferta hotelera y actividad gastronómica, sin un entorno urbano inmediato que rompa ese equilibrio. Y lo que queda del viaje no suele ser una sucesión de momentos destacados, sino una repetición de escenas cotidianas: el mar siempre presente al fondo, las comidas que se alargan sin planificación, los cambios de luz sobre la bahía y la sensación de que el día avanza a un ritmo distinto al del reloj. ¡Puro verano!

Por ALBERTO CASTILLO

La estación de Les Angles, en la comarca del Capcir, en los Pirineos Orientales, se posiciona cada verano como uno de los grandes destinos de turismo activo del Pirineo francés. Este pueblo-estación, que prolonga sus pistas desde la montaña hasta el mismo centro urbano, sigue atrayendo en la época estival a un gran número de visitantes en busca de una variada oferta de actividades que en gran medida gira en torno a la bicicleta. En su favor, cuenta con un bike park de referencia y con un rico espacio natural con una amplísima red de senderos y circuitos para recorrer a pie, en bici de montaña, o en bicicleta eléctrica, esta última, una opción que suma cada día más adeptos y que, como hemos podido comprobar, es sumamente adictiva una vez que se prueba.

El carácter familiar es uno de principales rasgos con los que se puede definir esta estación. Ofrece actividades en invierno y en verano para todo tipo de edades y niveles físicos. Senderos temáticos, circuitos de orientación, actividades infantiles, zonas de ocio y propuestas para disfrutar en grupo, convierten este destino en una opción muy completa y recomendable para familias que buscan un ocio activo en plena naturaleza. Les Angles es una estación de esquí moderna que ha sabido diversificar su oferta sin perder el carácter acogedor y el sabor de un auténtico pueblo de montaña.  

Más de 30 kilómetros de pistas en el Bike Park

La posibilidad de hacer deporte sobre dos ruedas es uno de los principales reclamos. El bike park, una de sus señas de identidad en verano y uno de los más importantes de los Pirineos, tiene mucho que ver en esto. Sus trazados se han diseñado pensando en el disfrute por cualquier tipo de usuario. Aquí los principiantes encuentran recorridos más suaves para iniciarse en el descenso, mientras que los más experimentados disponen de senderos especialmente diseñados para sentir la velocidad y la adrenalina.

Reúne cerca de 500 metros de desnivel repartidos en más de 30 kilómetros de pistas organizadas por colores en función de sus niveles de dificultad: verde, azul, azul técnica, roja y negra (con una variante doble negra). Los principales descensos han tomado sus nombres de personajes y lugares de El Señor de los Anillos: Frodon, la pista verde de iniciación al descenso para tener las primeras experiencias; Gandalf, azul, exige un cierto nivel técnico; Aragornla pista más larga del bike park, con obstáculos de madera y fuertes pendientes; Izangard, pista roja muy técnica; o Mordor y Sauron, negras con los descensos más duros del parque.

En Les Angles, la bicicleta es al verano como el esquí al invierno, está omnipresente y forma parte del paisaje local. Buen número de establecimientos especializados facilitan la práctica del mountain bike y ayudan a escoger las mejores opciones y rutas en función de tus condiciones y nivel físico. Además del bike park, Les Angles cuenta con múltiples rutas BTT y e-bike por los bosques y lagos del Capcir, que permiten descubrir algunos de los paisajes más bellos del Pirineo catalán francés.

Excursión en bici eléctrica al lago de Balcére

En nuestra visita hicimos la excursión al lago de Balcère. Es una de las rutas circulares más conocidas y recomendables por su belleza y por su facilidad, especialmente si se realiza caminando o si se utiliza la bici eléctrica, como fue nuestro caso. Esta modalidad permite encarar con un moderado esfuerzo pendientes que sin una buena forma física sería mucho más difícil superar, y por eso cada vez más establecimientos la incluyen en su oferta de alquiler. Para alguien que no se había subido antes a una bicicleta eléctrica, como es mi caso, la experiencia, una vez finalizada, se resume en un “quiero repetir”.  

Acompañados del director comercial de Les Angles, Antonio Martín, arrancamos la ruta en la parte alta del pueblo. Vamos dejando atrás las últimas casas mientras ascendemos por una moderada cuesta que a mí se me antoja como un puerto de montaña de primera categoría. Pero mi sorpresa llega con las primeras pedaladas. La bicicleta hace su trabajo mientras yo hago el mío, es decir, la asistencia eléctrica funciona a la perfección mientras pedaleo, acompasándose a mi esfuerzo. El resultado es que haces ejercicio, pero sin echar el alma en cada vuelta de pedal. La sensación me gusta y me llena de confianza para todo lo que me espera.

Dejamos atrás un mirador que ofrece una bella panorámica del pueblo con el lago Matemale al fondo y vamos ganando altura adentrándonos entre pinos y claros por los bosques del Parque Natural Regional de los Pirineos Catalanes, y entonces llega la primera sorpresa.

Antonio Martin nos había insistido en que íbamos a hacer una ruta “suave, de pendientes ligeras, casi un paseo”; yo en estos casos siempre tiendo a pensar que son verdades a medias y que nos esperan tramos mucho más exigentes de lo que nos dicen, pero efectivamente, no había “trampa” alguna y los tramos más duros los superamos con facilidad con el apoyo del motor eléctrico.

La gran sorpresa apareció ante nuestros ojos como una recompensa al esfuerzo de la subida. El lago de Balcère, simplemente majestuoso, un espejo de aguas quietas a 1.770 metros de altitud, apenas mecidas por el suave viento sobre la superficie que perfila sobre sí el reflejo de las copas de los pinares que lo circundan. Un rincón semi escondido de los Pirineos catalanes que la montaña nos regala para disfrutarlo con todos los sentidos. Desde el infinito horizonte que se divisa en el embarcadero que se adentra en sus aguas, al suave suspiro del viento que hace balancear los pétalos de las flores que estallan en mil colores esparciendo su aroma camuflado sobre el perfume de la resina. Las mesas de picnic esparcidas por las orillas del lago nos indican que esta es una excursión altamente recomendable para hacer en familia.

Un paisaje de postal en el Lago de La Basseta

Nos tomamos un respiro para admirar el lago en toda su belleza y retomamos la ruta hacia la segunda de las sorpresas. Después de haber ascendido 1.770 metros desde Les Angles hasta Balcère, sumarle otros 100 adicionales de desnivel positivo, aunque el camino se angosta y en algunos tramos complica enormemente el control de la bicicleta, merece la pena solo por dejarte envolver por la magia del lago de La Basseta, parada imprescindible para entender por qué este pueblo estación y sus alrededores cautivan al que se adentra en su territorio. Es apenas una sombra de la grandeza de su primo hermano, y, sin embargo, este pequeño lago parece dibujado a mano en un paisaje de postal guarecido por un silencio derramado sobre la quietud del agua que se esconde entre los bosques del Capcir. Sobrecoge tanta belleza. Si tuviera que adjetivar en una sola palabra lo que en ese momento siento, sin duda sería la «calma».

Desandamos el camino para retomar la ruta de regreso, pero en forma circular, por lo que en lugar de volver a Balcère, atravesamos el enclave de Valserra, donde nos reciben los restos de antiguos asentamientos, testigos mudos del paso de los primeros pobladores de estas montañas, y las ruinas de la Iglesia de Santa María de Vallserra. A partir de aquí, el camino nos va descendiendo por bosques y pastos donde pacen vacas y caballos en libertad, hasta desembocar finalmente en el punto de partida. En total, sumamos un recorrido que no supera los 25 kilómetros.

A toda velocidad por el Lou Bac Mountain

Tras la obligada parada para devolver las bicicletas y reponer fuerzas en una terraza degustando el exquisito magret de canard local, tomamos el telecabina de Les Pèlerins, punto de acceso al Plateau de Bigorre, para probar otra de las actividades estrella de la estación; el Lou Bac Mountain. Un trineo que se desliza sobre un monorraíl a endiablada velocidad durante casi 3 kilómetros de curvas y cambios de rasante desde la salida del telecabina hasta la base del remonte gobernado por una palanca con la que controlas cuándo y cuánto aceleras o frenas. Es adrenalina en estado puro. 

Terminamos la jornada con una suave ruta por el Sendero del Horizonte, un paseo que parte desde el Hors Sac, el espacio habilitado donde los visitantes pueden traerse y degustar sus propias carnes, asadas en gigantescas parrillas por personal de la estación. El sendero discurre por un bosque atravesando pasarelas de madera para terminar en un mirador desde el que se atisba una panorámica completa de todo el valle. El colofón a un intenso día que nos ha mostrado las diferentes caras de una misma realidad: Les Angles es mucho más que una estación de esquí.

Por ALBERTO CASTILLO

Hasta hace bien poco, las estaciones de esquí vivían casi en exclusiva de la nieve y toda la actividad económica se generaba en torno a ella. Una vez terminada la temporada, se paraban los remontes, dejando a los esquiadores entonando el Pobre de mí. Pero algo está cambiando en la montaña. Hoy las estaciones de esquí se enfrentan al reto de adaptar sus infraestructuras y recursos a un nuevo paradigma motivado no solo por los cambios en la climatología y sus efectos en la cantidad y en la calidad de la nieve, sino también, y en mayor medida, por los cambios en los gustos de los usuarios, que quieren seguir disfrutando de la montaña más allá de la temporada invernal.

Esta nueva realidad está propiciando un giro de las estaciones para ofrecer al visitante una experiencia más completa acorde a las nuevas tendencias, al tiempo que garantizan su propia sostenibilidad. En los Pirineos las estaciones han dado un paso al frente para satisfacer las demandas de ese nuevo perfil de visitante que también hace uso de los remontes, de las pistas y de los diferentes servicios cuando la nieve ha desaparecido. Este nuevo paradigma es la bicicleta de montaña. Donde en invierno se esquía, en verano se pedalea. Y nos hemos venido al Pirineo francés para comprobar in situ de qué manera la fiebre del mountain bike marca la actividad veraniega de las estaciones.

Cambre d’Aze, paraíso del MTB

Cambre d’Aze, forma parte, junto con Formiguères y Porté-Puymorens, del Trio Pyrénées, una agrupación de tres estaciones históricas de esquí en los Pirineos Orientales, ubicados en la Cerdaña francesa, que han unido fuerzas para combinar sus fortalezas y recursos en el desarrollo de una oferta turística más completa durante todo el año. La bicicleta es la protagonista de este esfuerzo que permite mantener la actividad de las estaciones más allá del invierno.

Abrigada por las imponentes paredes del macizo del Cambre d’Aze (2.750 m), esta pequeña estación del Pirineo Oriental francés en forma de circo glacial ofrece en invierno unas condiciones excepcionales por la cantidad y calidad de su nieve. Cuando esta desaparece, caminos serpenteantes entre frondosos bosques sustituyen a las pistas de esquí y las bicicletas marcan el ritmo de los descensos. Para alguien como yo, no precisamente experto en ciclismo y menos aún en la modalidad de enduro de montaña, la primera impresión es de respeto. Pero, ¿quién dijo miedo?

Antes de tomar el telesilla de El Mouli, desde Saint-Pierre-dels-Forcats, en la primera parada para alquilar las bicicletas y la equipación necesaria (casco integral, protecciones de espalda, pecho, hombros, codos y rodillas), ya puedo intuir que la aventura no me va a dejar indiferente. El aspecto de las bicicletas, provistas de dobles suspensiones y de neumáticos de gran anchura para facilitar el control en los descensos por terrenos escarpados, me sugiere que nos espera algo más que un relajado paseo en un bucólico y florido paisaje.

Una vez pertrechados como si fuéramos Robocop pedaleamos hasta el remonte en la base de la estación. Las sillas, que en invierno trasladan a los esquiadores, se han adaptado para permitir transportar la bicicleta cómodamente. Desde este telesilla tenemos una fiel panorámica de lo que nos va a deparar esta experiencia. A mis pies veo descender a los ryders entre cerradas curvas, saltos y derrapes de vértigo. Muchos de ellos chavales de corta edad que parece que han nacido subidos a una bici. Parece fácil, visto desde la silla, pero sospecho que detrás hay un nivel suficiente de técnica de la que yo carezco. Lo pude comprobar en el primer descenso, en el que afortunadamente, las protecciones cumplieron sobradamente con su papel.

La primera bajada por la pista Tippie Toppie respondió de manera exacta a mis expectativas. A pesar de ser un circuito azul, el más asequible para iniciarse en eso de tirarse montaña abajo, exige destreza, control y cierto desparpajo, cualidades —salvo la última— de las que carezco. No es de extrañar, por previsible, el imponente leñazo de bienvenida con el que me bautizo a los primeros metros de iniciar el descenso. Pero, salvado este pequeño aviso, completo sin problemas el recorrido. La adrenalina es total y el balance, muy positivo. A pesar de los sustos y de alguna que otra magulladura, la experiencia es altamente recomendable.

Volvemos a tomar la silla de El Mouli para hacer un descanso en el Chalet Sylvain, un restaurante con terraza situado a los pies de la llegada del remonte, y, tras un tentempié, retomar la actividad. En esta ocasión, de la mano de Llorenç Balart, jefe de Explotación de Trio Pyrénées, encaramos la pista Tuttie Fruttie. Hay una notable diferencia al descender por lo que en invierno es una pista verde. Una anchura más que suficiente y seis kilómetros de cómoda bajada me hacen recuperar la confianza en mis nulas condiciones ciclísticas y he de reconocer que este, para mí desconocido, mundo del MTB ha despertado un gusanillo que augura grandes momentos de diversión en la naturaleza.

Este es un punto a favor de Cambre d’Aze. Se trata de un destino plenamente familiar, en el que no hace falta tener una envidiable forma física para encontrar un plan divertido a la medida de cada uno, desde las opciones más exigentes hasta las de esfuerzo moderado. El éxito de este nuevo enfoque para la temporada estival está atrayendo cada vez a más visitantes, lo que ha llevado a la estación a ampliar progresivamente sus circuitos e incrementar la venta de forfaits durante el verano.

El Bike Park tiene pistas para satisfacer a todos los niveles y, a lo largo del territorio de la estación, entre sus dos áreas de Eyne y Saint-Pierre-dels-Forcats, podemos descubrir grandes bosques de pino negro, praderas de alta montaña y senderos que conducen hasta lagos glaciares, refugios y miradores con vistas a la Cerdaña y al macizo del Carlit, que pueden recorrerse en mountain bike o a pie, haciendo trekking.

Después de recuperar fuerzas dando cuenta de un suculento entrecot asado a la piedra en el chalet Sylvain, termina la breve pero intensa experiencia en Cambre d’Aze. Es suficiente para quedarnos con ganas de volver, por lo que nos trasladamos a Formiguères, una preciosa estación rodeada por los bosques y lagos del Capcir que ofrece algunos de los paisajes más emblemáticos del Parque Natural Regional de los Pirineos Catalanes. Su entorno incluye más de 700 kilómetros de itinerarios de bicicleta de montaña, con una oferta de bike park especialmente orientada a principiantes y familias. Aunque nuestra intención era probar algunos de sus recorridos y visitar los lagos de Camporells, una fuerte tromba de agua y granizo, acompañada de un gran aparato eléctrico, obliga por seguridad a cerrar la estación. Dejaremos la aventura para otra ocasión.

Oporto siempre ha sido sinónimo de belleza. Calles empedradas, fachadas cubiertas de azulejos, bodegas históricas y miradores con vistas al Duero hacían de la Ciudad Invicta un lugar mágico. Pero la ciudad portuguesa guarda una nueva versión menos evidente y mucho más actual. A pocos minutos del centro histórico, la Avenida da Boavista se ha convertido en el epicentro de un Oporto diferente: más creativo, más sofisticado y con una energía urbana que mezcla arquitectura de vanguardia, cultura y una gastronomía que mira al futuro sin olvidar sus raíces.

Para descubrir esta nueva cara de la ciudad, el punto de partida perfecto es el Crowne Plaza Porto, un alojamiento que ha renovado por completo su propuesta para convertirse en mucho más que un lugar donde dormir. Tras una transformación integral, sus 232 habitaciones —incluidas 42 suites— presentan ahora una estética contemporánea, elegante y funcional, pensada para descansar después de un día explorando Oporto. Sus vistas privilegiadas al skyline de la ciudad convierten cada despertar en una pequeña invitación a salir a descubrir todo lo que ocurre más allá de la ventana.

Una llegada entre arquitectura futurista y una cena con alma mediterránea

El primer encuentro con el Oporto más moderno empieza a pocos pasos del hotel. La imponente Casa da Música aparece como una declaración de intenciones: un diamante de hormigón que rompió con la arquitectura tradicional portuguesa y que hoy es uno de los grandes símbolos culturales de la ciudad. Entrar en su interior es descubrir un sorprendente diálogo entre madera, azulejos portugueses y líneas futuristas que convierten cada espacio en una experiencia visual.

La visita puede coincidir incluso con alguno de los ensayos abiertos de la Orquesta Sinfónica, una de esas casualidades que hacen que un viaje tenga algo especial. Porque Oporto no se trata solo de ver monumentos; se trata de encontrar momentos.

Cuando cae la tarde, el plan continúa sin necesidad de desplazarse demasiado. En la planta baja del Crowne Plaza Porto espera soMos Restaurant & Lounge, uno de los grandes protagonistas de esta nueva etapa gastronómica del renovado establecimiento hotelero. Su terraza funciona como un pequeño oasis urbano en plena avenida, un espacio donde la ciudad baja el ritmo y la mesa se convierte en el centro de la experiencia.

Su propuesta apuesta por una cocina mediterránea basada en el producto fresco y de temporada, con platos que respetan el origen de cada ingrediente. Pescados y mariscos del Atlántico, carnes seleccionadas y recetas con identidad portuguesa forman parte de una carta que busca algo más difícil que sorprender: emocionar.

Sábado: arte, naturaleza y un refugio de bienestar en pleno viaje

El segundo día comienza con una de las visitas imprescindibles para entender el espíritu creativo de Oporto: la Fundação de Serralves. Este espacio único combina arte contemporáneo, arquitectura y naturaleza en un mismo recorrido. Diseñado alrededor del museo creado por el arquitecto Álvaro Siza Vieira y la elegante Casa Art Déco, Serralves representa esa mezcla tan característica de Oporto: respeto por la historia y una mirada constante hacia lo que viene.

Uno de los momentos más especiales llega al recorrer el Tree-top walk, una pasarela elevada entre las copas de los árboles que ofrece una perspectiva diferente del parque y de la propia ciudad. Es una pausa dentro del viaje, una forma distinta de observar Oporto lejos del ruido y las rutas habituales.

Después de una mañana cultural, el plan perfecto está dentro del propio hotel. El Porto Urban SPA del Crowne Plaza Porto ofrece ese momento necesario para bajar pulsaciones: circuito de aguas, baño turco, sauna y tratamientos personalizados pensados para recuperar energía. En una escapada de 48 horas, encontrar un espacio donde simplemente dejarse cuidar se convierte casi en un lujo.

Al caer la noche, Boavista vuelve a despertar. El destino es el histórico Mercado do Bom Sucesso, reconvertido en uno de los lugares más dinámicos de la ciudad. Entre puestos gastronómicos, productos locales y ambiente cosmopolita, es el sitio perfecto para comprobar que la nueva Oporto también se disfruta mezclándose con quienes viven allí.

Domingo: el brunch que convierte una despedida en una experiencia más del viaje

Oporto pertenece claramente a aquellos destinos que nunca querrías abandonar. Y la mejor forma de alargar la escapada llega de la mano de The Sunday Brunch de soMos Restaurant & Lounge.

Este brunch se convierte en uno de los grandes momentos del fin de semana: estaciones de show cooking con huevos preparados al gusto, carnes trinchadas, repostería artesanal, quesos nacionales, productos frescos y una irresistible fuente de chocolate que convierte la mañana del domingo en un auténtico ritual gastronómico.

Más que un desayuno tardío, es una experiencia para disfrutar sin mirar el reloj. Una celebración de la cocina, del producto y de esa manera tan portuguesa de entender la vida: con tiempo, conversación y placer alrededor de una mesa.

Antes de decir adiós a la ciudad, un último paseo por la Rotunda da Boavista permite contemplar el Monumento a la Guerra Peninsular y despedirse de esta zona que representa a la perfección el nuevo espíritu de Oporto: elegante, creativa y todavía capaz de sorprender.

De la playa de Foz al cóctel perfecto: el verano también tiene su propio plan en Oporto

Cuando llega el buen tiempo, Oporto suma un ingrediente más a su encanto: el Atlántico. Desde el Crowne Plaza Porto, las playas de Foz do Douro quedan a pocos minutos y ofrecen uno de esos escenarios que parecen diseñados para una tarde de verano perfecta. Allí donde el río Douro se encuentra con el océano, las playas, el paseo marítimo y la luz del atardecer crean uno de los rincones más especiales de la ciudad.

El plan es sencillo y precisamente por eso funciona: una tarde junto al mar, una vuelta al hotel y un cóctel en el soMos Lounge para empezar la noche. Su ambiente moderno, su carta de cócteles y su selección de snacks convierten este espacio en el lugar ideal para alargar la conversación hasta la madrugada.

Después llega la cena, de nuevo en soMos Restaurant & Lounge, donde la cocina mediterránea vuelve a ser protagonista con una propuesta ligera y basada en ingredientes frescos, muchos de ellos procedentes incluso del huerto urbano del propio hotel. Una experiencia que demuestra que en Oporto no hace falta elegir entre ciudad, mar y gastronomía: todo puede formar parte del mismo viaje.

Porque quizá el mayor descubrimiento de una escapada de 48 horas no sea solo conocer una nueva ciudad, sino encontrar la manera perfecta de vivirla. Y en el nuevo Oporto, esa manera pasa por Boavista, por el Crowne Plaza Porto y por lugares como soMos, donde diseño, sabor y hospitalidad se encuentran en el mismo punto.

Oculto entre los recónditos parajes de la Cantabria infinita se halla el Palacio de la Helguera, una casona del siglo XVII que conserva el esplendor de la nobleza de otra época y que hoy juega a ser mucho más que un hotel boutique: también es un peculiar anticuario. Aquí, el check-out puede incluir un recuerdo mucho más especial que una fotografía.

Por MARCO DE PABLOS

En un pequeño pueblo de los valles pasiegos de Cantabria se alza un palacio del siglo XVII cuya puerta principal permanece siempre entreabierta. Cercado por verdes y frondosos paisajes resulta mágico encontrar una fortaleza de estas dimensiones entre prados y montañas. Basta cruzar ese umbral, apenas abierto unos 45 grados, para comprender que el verdadero viaje empieza al otro lado.

La historia abre sus puertas

Su imponente fachada principal, levantada en sillería cántabra con piedra extraídas de los montes aledaños y conservada intacta desde su construcción, flanqueada por naranjos centenarios y asentada sobre el primer gran espacio ajardinado del establecimiento —dentro de las aproximadamente nueve hectáreas que conforman su propiedad—, da la bienvenida al Palacio de la Helguera. Esta distinguida casa señorial mandada construir por el Conde de Santa Ana de las Torres, destacado miembro de la familia Ceballos, linaje noble y propietario original del edificio, es hoy un exclusivo hotel boutique de lujo, integrado en la prestigiosa colección Relais & Châteaux, que cuenta con spa y restaurante reconocido por la Guía Michelin.

Malales Martínez Canut ha sido la artífice de este singular viaje en el tiempo. Actual propietaria del palacio junto a su marido, ha liderado también el proyecto de interiorismo que, en colaboración con María Mas, ha dotado al establecimiento del carácter tan peculiar que lo define. Once habitaciones —bautizadas y decoradas en consonancia a los personajes históricos vinculados al complejo que las inspiran, desde el Conde de la Gomera o el Barón de Puerto Rico hasta el Duque de Wellington—, un imponente salón, recibidores, patios y restaurante conforman un escenario de marcado carácter rococó. Sobre este envolvente conjunto se despliega un personalísimo mobiliario seleccionado pieza a pieza, compuesto por auténticas objetos de época que, en su mayoría, también están a la venta para los huéspedes. Y es que el hotel funciona, al mismo tiempo, como un anticuario.

Fotografía ALBA GINÉR

Fotografía ALBA GINÉR

Esta casona, declarada Bien Protegido, se distribuye en tres plantas vertebradas por una majestuosa escalera de piedra que conserva su balaustrada original. Cada uno de sus rincones desprende historia. A lo largo del recorrido, las paredes se visten con cuadros enmarcados en dorado que representan personajes de inspiración medieval, envueltos en un sutil halo de fantasía. La moqueta que cubre los suelos esconde antiguas maderas de olmo y roble, mientras los techos artesonados completan la atmósfera.

Uno de los espacios más cautivadores se encuentra en la entreplanta: un amplio salón que parece sacada de una novela histórica. Tapices, tresillos, cómodas afrancesadas, una imponente mesa, estanterías repletas de libros y obras de arte repartidas por doquier convierten este rincón en una suerte de museo viviente. Presidiendo la estancia, una espectacular chimenea aporta durante los meses más fríos una calidez que invita a demorarse entre sus paredes.

Fotografía ALBA GINÉR

Vistas infinitas

En el exterior, el encanto no hace más que crecer. El verde se convierte en el auténtico protagonista gracias a unos jardines exquisitamente cuidados, auténticos vergeles salpicados de flores, con especial protagonismo para las hortensias, que durante la visita lucían en su máximo apogeo y abrazaban la propiedad con una explosión de color digna de una pintura de Monet. Al final del jardín aguarda el plato fuerte, una piscina infinita que se asoma a la Vega de Pas, creando un contraste hipnótico entre el intenso azul del agua y el infinito manto verde del paisaje. Resulta difícil apartar la mirada. A su alrededor, un cuidado mobiliario de jardín con todo lo necesario y más, mientras que, a escasos metros, una piscina climatizada permite disfrutar de las mismas vistas en cualquier época del año. La experiencia se completa con un área wellness perfectamente equipada, donde no falta ningún detalle. Los huéspedes disponen de toallas, albornoces y todas las comodidades necesarias para disfrutar de un circuito de bienestar con jacuzzi, hamman, baño turco y gimnasio, además de una carta de tratamientos personalizados.

Fotografía ALBA GINÉR

Fotografía ALBA GINÉR

Sabores con doble origen

Pero aún hay más. El hotel también alberga su propuesta gastronómica, el restaurante Trastámara, liderado por el chef Renzo Orbegoso Hinojosa, cuya cocina establece un interesante diálogo entre la tradición cántabra y la peruana. Este rincón foodie cuenta con diferentes espacios, tanto en el interior —decorado con la misma estética señorial y aires pompadour que impregnan todo el palacio— como en una terraza exterior, especialmente recomendable al caer la tarde. Aquí, la despensa manda. Verduras de huerta, pescados del Cantábrico, quesos pasiegos y productos de temporada son la base de su carta. Entre los imprescindibles destacan el steak tartar, el mosaico de langostino y gambón con gel de lima y encurtidos, los nigiris de causa limeña o un ceviche que refleja a la perfección esa fusión entre las dos culturas gastronómicas. En los platos principales brillan la lubina con salsa de champagne y, para los amantes de la carne, el solomillo a la pimienta con aroma de tomillo, puré de batata y verduras de temporada, además del laminado de vacuno acompañado de milhojas de patata y bouquet de ensalada. Mención aparte merece el vino recomendado, Mar de Fondo, una de las grandes referencias de la región, con un marcado carácter salino, propio de las bodegas de la zona situadas a ras del mar. Por supuesto, conviene reservar un hueco para el postre. La crème brûlée con milhojas de manzana es todo un must, mientras que la torrija de sobao pasiego se convierte en un delicioso homenaje a uno de los productos más emblemáticos de la comarca. Precisamente los sobaos vuelven a cobrar protagonismo en los generosos desayunos que se sirven en este mismo enclave. Panes artesanos, bollería local, lácteos que narran la profunda tradición ganadera de la comarca y quesadas recién horneados componen el festín matutino. Cuando el tiempo acompaña, desayunar en la terraza, con semejante telón de fondo, es una de esas pequeñas experiencias capaces de marcar el resto de la jornada. Aunque en un lugar así, resulta difícil que algo vaya mal.

Fotografía ALBA GINÉR

Fotografía ALBA GINÉR

Alrededor de toda la finca, existen rincones pensados para detenerse a leer, conversar o, simplemente, contemplar, una vez más, el paisaje. Si apetece explorar los alrededores, pueblos con tanto encanto como Santillana del Mar o Suances se encuentran a escasos kilómetros, mientras que Santander está a apenas media hora en coche. Incluso para quienes viajan sin vehículo, la estación de Torrelavega queda muy próxima. Pero lo cierto es que cuesta encontrar una razón para marcharse. Palacio de la Helguera reúne todo lo necesario para desconectar, convirtiéndose en uno de esos lugares donde el tiempo parece detenerse y donde la verdadera experiencia reside en disfrutar del privilegio de habitar un palacio.

Cada verano hay quienes buscan grandes viajes y quienes prefieren descubrir destinos que lo tienen todo a pocas horas de casa. Cantabria pertenece a ese segundo grupo. En apenas unos kilómetros es posible pasar de una playa salvaje a un pueblo medieval, caminar entre bosques, visitar una cueva Patrimonio de la Humanidad y terminar el día compartiendo unas rabas frente al mar o tomando un vermut en una barra con décadas de historia.

Si todavía no has decidido dónde escaparte este verano, hay un itinerario que combina naturaleza, gastronomía y alojamientos con personalidad para conocer una de las regiones con más encanto del norte de España.

Dormir entre prados, a veinte minutos de Santander

Uno de esos lugares que invitan a bajar el ritmo se encuentra en Barcenaciones, un pequeño pueblo del valle de Reocín donde el tiempo parece transcurrir de otra manera. Allí, rodeado de prados y muy cerca de algunos de los principales atractivos turísticos de Cantabria, se encuentra La Tierruca Homes, un complejo formado por siete bungalows independientes construidos a partir de contenedores marítimos reciclados y transformados en alojamientos de diseño.

Las viviendas, de una o dos habitaciones, cuentan con jardín privado, barbacoa, cocina totalmente equipada y acceso a una piscina común de agua salada. Todo está pensado para disfrutar de unos días de desconexión sin renunciar a la comodidad. Su ubicación permite visitar fácilmente lugares como Santillana del Mar, Comillas, las playas de Oyambre o Luaña, la cueva de El Soplao, el Parque Natural Saja-Besaya o las Cuevas de Altamira, mientras que el propio entorno invita a caminar entre prados, recorrer senderos junto al río Saja o simplemente descansar lejos del bullicio de la costa.

Para familias, parejas o grupos de amigos, reservar el complejo completo se convierte además en una opción perfecta para celebrar encuentros privados, retiros o escapadas compartidas.

Santander, una ciudad que se disfruta desde sus barras

Después de una mañana de playa o de una excursión por el interior, Santander ofrece otra de sus grandes razones para visitarla: su cultura gastronómica. Más allá de los restaurantes, la capital cántabra sigue conservando una tradición muy arraigada de vermuts, cañas, terrazas y tapeo que convierte cualquier paseo por el centro en una ruta gastronómica improvisada.

En pleno Ensanche santanderino, tres establecimientos representan especialmente bien esa manera de entender el ocio.

Las Hijas de Florencio, el regreso de un clásico

La reapertura de Las Hijas de Florencio ha supuesto la recuperación de uno de los bares históricos de Santander. Situado junto al Paseo de Pereda, mantiene la esencia de las tabernas tradicionales con dos barras protagonistas, una amplia terraza frente al mar y una carta basada en los grandes clásicos del aperitivo: croquetas, tortillas, ensaladilla, embutidos, tostas o las ya conocidas lascas de parmesano.

Es uno de esos lugares donde resulta fácil alargar el vermut hasta la comida mientras se contempla la bahía.

Cortés, el bar donde siempre pasa algo

A pocos metros aparece Cortés, uno de los locales con más ambiente del centro de la ciudad. Su cocina permanece abierta durante buena parte del día, lo que permite pasar del aperitivo a una comida informal, continuar con una copa de vino o terminar compartiendo una cena. Su propuesta mezcla recetas tradicionales del Grupo Riojano con influencias mexicanas, donde conviven tacos de cochinita pibil, margaritas y mezcales con croquetas, ensaladilla o el ya popular bikini ibérico Cortés.

Su reconocimiento con un Solete Repsol confirma lo que muchos santanderinos ya sabían: es uno de esos bares a los que siempre apetece volver.

Vermutería Solórzano, una institución del aperitivo

Hablar de vermut en Santander es hablar de Vermutería Solórzano.

Con más de un centenar de referencias y un ambiente que conserva intacta la esencia de las vermuterías clásicas, este establecimiento continúa siendo uno de los grandes puntos de encuentro de la ciudad. Rabas, caracolillos, gildas o huevos rellenos acompañan una oferta donde el vermut sigue siendo el gran protagonista.

Su barra, marcada por décadas de historia, resume perfectamente esa costumbre tan santanderina de reunirse alrededor de un aperitivo antes de comer.

Mucho más que tres bares: una ruta gastronómica por Grupo Riojano

Detrás de estos establecimientos se encuentra Grupo Riojano, que durante los últimos años ha ido recuperando algunos de los espacios más emblemáticos de la hostelería cántabra al mismo tiempo que desarrollaba nuevos conceptos gastronómicos. Quienes dispongan de varios días pueden ampliar la ruta con algunas de sus direcciones más conocidas.

La histórica Bodega del Riojano sigue siendo uno de los grandes templos de la cocina tradicional de Santander; Kandela apuesta por la cocina de brasas y el producto; el Balneario de la Magdalena ofrece una de las terrazas con mejores vistas de la bahía para disfrutar de arroces y pescado; mientras que el Café Centro Botín resulta perfecto para hacer una pausa después de visitar uno de los grandes referentes culturales de la ciudad.

Fuera de Santander, la propuesta continúa con Bar Pepe, en Somo, una parada imprescindible tras un día de playa; Pan de Cuco, en Suesa, donde la cocina cántabra contemporánea encuentra uno de sus mejores exponentes; Primera Vaca, ideal para compartir pizzas artesanas y cocina de producto en un entorno rural; o La Carnaza, para quienes prefieran una buena hamburguesa con personalidad.

Una escapada que combina costa, naturaleza y gastronomía

Una de las grandes ventajas de Cantabria es que no obliga a elegir. Es posible dormir rodeado de naturaleza, desayunar viendo prados, pasar la mañana en una playa del Cantábrico, recorrer pueblos como Santillana del Mar o Comillas y terminar el día compartiendo unas tapas frente al mar en pleno centro de Santander. Ese equilibrio entre paisaje, patrimonio, tranquilidad y gastronomía es precisamente lo que convierte a la región en uno de los destinos más completos para quienes todavía buscan una escapada de verano. Y es que no hace falta recorrer miles de kilómetros para descubrir un lugar al que siempre apetece volver.

Ibiza volverá a consolidarse este verano como uno de los grandes place to be del panorama nacional e internacional. En este contexto, Maestro Dobel, el primer tequila cristalino del mundo y líder global en su categoría, desembarca en la isla de la mano de BLESS Ibiza The Site, uno de los proyectos hoteleros más exclusivos y ambiciosos del Mediterráneo. Una alianza que no es fruto del azar, pues ambas marcas comparten una misma visión del lujo, basada en experiencias memorables, diseño, alta gastronomía y una manera de disfrutar mucho más sensorial, sofisticada y conectada con el estilo de vida actual.

The Cloud 9, el rooftop donde el lujo se sirve en copa

El corazón de esta colaboración late en The Cloud 9, el espectacular rooftop de BLESS Ibiza The Site. Con vistas privilegiadas a las cristalinas aguas pitusas, este espacio se convierte en el escenario perfecto para que Maestro Dobel despliegue todo su universo de marca.

La firma mexicana cuenta con una destacada presencia a través de una barra exclusiva, intervenciones en el DJ booth, elementos lumínicos y un espectacular photocall pensado para convertirse en uno de los rincones más fotografiados del verano ibicenco. Una experiencia inmersiva donde la coctelería y el diseño se integran de forma natural en uno de los espacios más exclusivos.

Cócteles de autor para inaugurar el nuevo icono de Ibiza

Durante la inauguración oficial de BLESS Ibiza The Site, celebrada el pasado 18 de junio, Maestro Dobel fue uno de los grandes protagonistas de la velada. La marca contó con un exclusivo córner experiencial en The Palm, el auténtico epicentro social del hotel, donde los invitados pudieron descubrir algunas de sus propuestas de coctelería más icónicas.

La sofisticada Black Diamond Margarita, el elegante Paloma Cristalino y el refrescante Dobel Twist fueron algunas de las creaciones que conquistaron a los asistentes, poniendo en valor la innovación y la excelencia que caracterizan a la firma mexicana.

Más allá de una simple colaboración, la presencia de Maestro Dobel en BLESS Ibiza The Site refleja una nueva forma de entender el lujo. Hoy, la exclusividad no solo reside en el destino o el espacio, sino en la capacidad de crear experiencias memorables donde la gastronomía, la mixología, el diseño y el entretenimiento conviven de forma natural.

En un entorno que reúne algunas de las propuestas gastronómicas, musicales y culturales más destacadas del Mediterráneo, Maestro Dobel encuentra el escenario perfecto para seguir consolidando su posicionamiento como una de las marcas de tequila premium más innovadoras del panorama internacional.

Con esta alianza, Maestro Dobel continúa ampliando su presencia en algunos de los destinos lifestyle más prestigiosos del mundo, reforzando su vínculo con una nueva generación de consumidores que busca autenticidad, diseño y experiencias de alto nivel. Este verano, el tequila cristalino que revolucionó la categoría suma un nuevo capítulo en Ibiza, consolidando su presencia en uno de los hoteles llamados a convertirse en el gran referente del lujo mediterráneo.