Por MARCO DE PABLOS

Cien años después de revolucionar Barcelona con su primer desfile de alta costura, Santa Eulalia vuelve a mirar hacia delante sin perder de vista aquello que la hizo grande. Para celebrar aquel gesto, presenta HERITAS, una nueva fragancia que reivindica aquel mismo espíritu audaz e innovador.

Juan Carlos I y Lamine Yamal son dos nombres que difícilmente imaginaríamos compartiendo armario y, sin embargo, ambos forman parte de la historia de Santa Eulalia, el histórico templo de la moda barcelonesa fundado en 1843. El rey emérito pasó por sus salones, vistió sus trajes e incluso dejó una pequeña huella en la propia boutique —durante una de sus visitas sugirió que los clientes pudieran ver a los sastres trabajar; le hicieron caso y hoy es posible contemplar ese trabajo artesanal a través de una cristalera desde la propia planta de sastrería—. Hoy es el astro del fútbol, y muchos otros ídolos de su generación, quien cruza sus puertas, demostrando que aunque cambien las décadas, la capacidad de Santa Eulalia para vestir a hombres y mujeres muy dispares entre sí permanece intacta. “Nuestros clientes tienen estilos, edades y necesidades muy diferentes, pero también algo en común: valoran la calidad y esperan una atención impecable. El lujo es algo profundamente personal”, sentencia Lluís Sans, presidente y actual propietario de la firma.

Espacio dedicado a la sastrería a medida de Santa Eulalia.

Pero Santa Eulalia no llegó hasta aquí por casualidad. Antes de convertirse en una de las grandes direcciones de la moda española fue una pequeña tienda de tejidos abierta en 1843 por Josep Taberner y su hijo Salvador en el Pla de la Boqueria, cuando Barcelona todavía era una ciudad amurallada. El negocio crecería al ritmo de una metrópoli que también estaba cambiando y, a comienzos del siglo XX, la familia Sans entraría en escena para convertir aquella tienda en algo mucho más ambicioso, guiados por dos valores que todavía hoy permanecen perennes: la audacia y la innovación.

La verdadera revolución llegaría en 1926. Mientras las grandes casas parisinas comenzaban a convertir la presentación de una colección en un acontecimiento social, ellos decidieron importar aquella fórmula y posicionar la Ciudad Condal al nivel de la capital gala. En la planta superior de su establecimiento del centro histórico, organizaron su primer desfile, convirtiéndose en pioneros de una nueva manera de entender y presentar la moda. Detrás de aquella apuesta estaba Pere Formosa (casado con una de las hijas de la familia Sans), director creativo hasta 1970 y figura esencial en su transformación —fue, además, el encargado de introducir en España la falda pantalón, una prenda que ya habían popularizado previamente Paul Poiret y Elsa Schiaparelli—. El éxito fue tal que los siguientes shows pasarían a celebrarse bajo estricta invitación personal.

Desde entonces ha pasado más de un siglo y Santa Eulalia ha sobrevivido a la Guerra Civil y a la Segunda Guerra Mundial, a los nuevos hábitos de consumo y a la globalización del lujo. Por el camino, abrió una tienda en Tánger, presentó colecciones en Venecia y Nueva York, llegó a contar con más de 750 empleados y talleres propios y, en 1968, se lanzó al prêt-à-porter. Hoy, continúa mirando hacia delante como espacio multimarca, reuniendo una selección de grandes firmas internacionales que transita de lo mainstream a lo underground —Balenciaga, Tom Ford, Alaïa, Jil Sander, Toteme, Willy Chavarria, Ami Paris o The Row— y que conviven con su propio atelier. Una capacidad de adaptación que adquiere todavía más valor cuando se mira desde la perspectiva de un negocio familiar. “Solo un 30% de estas empresas llega a la segunda generación y un 2% a la cuarta. Nosotros estamos ya en la séptima”, confiesa Sans. Para continuar: “A lo largo de nuestros 183 años ha habido varios momentos en los que la continuidad estuvo realmente en riesgo. Si los superamos fue, en gran medida, gracias a mi compromiso y al de quienes me antecedieron”.

Esa continuidad no se explica únicamente por la capacidad de adaptación, sino también por aquello que han decidido no cambiar. Como ellos mismos reconocen, uno de sus grandes valores diferenciales está en la atención, una manera de entender el servicio que se percibe incluso en los pequeños detalles. La mañana en que tuve oportunidad de visitar sus instalaciones, varios de los clientes habituales se dirigían por su nombre de pila a quienes les atendían, y viceversa. Una familiaridad que dice mucho de la relación que la casa ha construido con quienes la visitan y que explica, en buena medida, cómo ha conseguido mantenerse durante tantos años en una de las principales arterias de Barcelona, codeándose con las firmas más poderosas del planeta —muchas de ellas presentes también en sus propios muestrarios— y compitiendo de tú a tú con grandes conglomerados del lujo, sin perder por ello su identidad. “Ser Santa Eulalia significa no renunciar a la calidad, a la profesionalidad y a poner al cliente en el centro”, reitera Sans.

«Solo un 30% de las empresas familiares llega a la segunda generación… Nosotros estamos ya en la séptima»

Y si hay un elemento que ha acompañado a la compañía durante todo ese recorrido es, precisamente, Barcelona. No es casualidad que la casa lleve el nombre de su copatrona, ni que su símbolo sea la cruz en forma de aspa en la que, según la tradición, murió Santa Eulalia. Ese idilio ha trascendido generaciones y reconocimientos —en 2011 recibió la Medalla de Oro al Mérito Cívico— y continúa presente sin renunciar sus raíces. “Barcelona ha cambiado y nosotros con ella, pero ese vínculo se ha mantenido intacto durante casi dos siglos”.

Lluís Sans, presidente y propietario de Santa Eulalia, junto a HERITAS, el nuevo perfume de la firma, creado con motivo del centenario de su primer desfile de alta costura.

No sorprende que su historia también pueda empezar a contarse a través del olfato. La firma lleva un tiempo explorando el universo de las fragancias y hoy lo hace también desde una de sus vertientes más singulares. En el interior del local de más de 2.000 metros cuadrados que atesora en Paseo de Gracia existe un espacio dedicado a la perfumería nicho. Es algo así como una gruta, con decenas de frascos de cristal que, como minerales preciosos, capturan la luz y la multiplican en una sinfonía de colores. Un escenario casi hipnótico que sirve de telón de fondo para una nueva creación que viene a ampliar el universo de elixires ya desarrollados, pues el viaje olfativo comenzó en 1947: un perfume concebido con motivo del centenario de aquel primer desfile de alta costura que les situó a la vanguardia.

Su nombre es HERITAS y ha sido creado por Chris Maurice, perfumista de tercera generación y nieto de una fiel clienta de la maison. Todo queda, de alguna manera, en casa. Como recalca Irene Gisbert, directora creativa: “Solo nos pueden entender si nos conocen”. El resultado es una fragancia concebida como una segunda piel que, en sus propias palabras, evoca ese primer rayo de luz que irrumpe en la pasarela justo antes de que aparezca la modelo.

El frangipani es el gran protagonista de la composición, una flor envolvente que se despliega sobre un fondo en el que la vainilla, en su versión más pura, aporta dulzor sin resultar empalagosa; el sándalo introduce una nota cálida y oriental al tiempo que estructura la fragancia; la raíz de iris juega con el contraste y el benjuí pone el broche final. El resultado es un perfume unisex pensado para romper moldes, tal y como llevan haciendo toda la vida. Al fin y al cabo, como sostiene Lluís, “en Santa Eulalia, nuestra historia se percibe nada más entrar”.

Fotografías: Cortesía
Por MARCO DE PABLOS
Fotografía SEBASTIÁN SÁNCHEZ
Asistente de fotografía ADRIANA ROJAS

Por amor al arte, literalmente. Así ha construido su recorrido SARA ZALDÍVAR, una de las mecenas y coleccionistas más destacadas de España. Hace tres años, junto a Alejandra Arias, decidió apostar por la cerámica con CerARTmic, reivindicando el poder del barro. Para demostrarlo, reúne a su particular pandilla, engalanada con metales preciosos, en una aleación tan inesperada como fascinante.

Tenga cuidado! Las mochilas son uno de nuestros principales enemigos”, exclamaba uno de los galeristas que por aquellos días custodiaba las piezas expuestas en su espacio de CerARTmic al fotógrafo encargado de realizar estas instantáneas. La advertencia respondía al voluminoso bulto que este cargaba a sus espaldas, indispensable para transportar y proteger todo su equipo. La escena tuvo lugar en la Fundación Ortega-Marañón, sede de la tercera edición de esta muestra. Sus salas daban cobijo a cientos de obras de distintas formas, colores, tamaños e inspiraciones. No en vano, CerARTmic es la única feria de arte en España dedicada de manera exclusiva e íntegra a la cerámica, con un objetivo claro: acercar esta disciplina al gran público.

Al frente del proyecto se encuentra la coleccionista y mecenas Sara Zaldívar. Junto a ella, mano a mano, Alejandra Arias. Ambas forman un tándem unido por inquietudes similares y una pasión compartida por el arte desde la infancia. Su vínculo con la cerámica, sin embargo, se consolidó cuando decidieron poner en marcha esta exhibición, impulsadas por el deseo de reivindicar y dar visibilidad a una disciplina artística que atraviesa un momento de especial efervescencia. “La cerámica siempre ha estado relegada a ámbitos más domésticos o artesanales. Ni siquiera en ARCO se permitían este tipo de obras. Es ahora cuando instituciones, museos y amantes del arte apuestan por ellas”, comparte Zaldívar. Quién lo iba a decir. Ni la mítica escena de Ghost, en la que Demi Moore y Patrick Swayze moldeaban barro al son de Unchained Melody, logró otorgarle el reconocimiento que hoy parece haber conquistado. Ahora, ha abandonado ese discreto segundo plano para reclamar un papel protagonista y CerARTmic ha sido precursora y visionaria. “Nuestra idea es que las propuestas sean variadas en cuanto a técnica y concepto, para que el visitante pueda tener una percepción global de lo que se está desarrollando actualmente en el arte”, explica.

SARA ZALDÍVAR Mecenas, coleccionista, directora de Huntress of Art y fundadora de CerARTmic. Una mujer con una sensibilidad artística fuera de lo común y una mirada capaz de detectar belleza donde otros aún no la han visto.

“Vivimos en un mundo tan digitalizado y tecnológico que aquello que se hace de manera manual, pausada e incluso imperfecta resulta cada vez más necesario para reconectar con nuestros sentimientos más ancestrales”, señala la también directora de Huntress of Art, una consultoría especializada en asesorar a coleccionistas, particulares y empresas en el descubrimiento, adquisición y gestión de obras de arte. A su juicio, este es uno de los principales factores que explican el creciente interés que la cerámica ha despertado entre coleccionistas e instituciones durante los últimos años. Pero no es el único. “La velocidad a la que vivimos nos impulsa a buscar objetos táctiles, creados con calma y respeto por los procesos, porque la cerámica tiene sus propios tiempos”, añade. Y no le falta razón, especialmente en una ciudad como Madrid, donde el ritmo frenético apenas deja margen para detenerse y contemplar lo que nos rodea. De esa necesidad nacen iniciativas como esta.

– ¿Tiene cabida la inteligencia artificial en este ámbito?

– La IA acabará por ser una disciplina más, como la pintura, el vídeo o la propia cerámica. Si el artista tiene un gran concepto, el medio es lo de menos.

Si lo dice es por algo, pues pocas personas entienden el arte como ella. Incluso en esta edición contaban con un dispositivo que combinaba tecnología y creación artesanal, y sobre cuyas piezas posa la protagonista. Cántaros y jarrones moldeados en una arcilla blanquecina, decorados con distintos grabados realizados a partir de un instrumento que al ponerse en funcionamiento emitía sonidos vinculados a cada trazo. Una especie de cardiogramas sonoros sobre barro que se convirtieron en uno de los elementos más aplaudidos de la exposición por un público muy diverso, contribuyendo a desmontar el mito de que el arte es algo elitista y reservado a unos pocos. “Esa es una idea, sobre todo, transmitida o alimentada por los medios de comunicación, que siempre dan voz, por ejemplo, al último récord de subasta… Es una parte del mercado, pero no lo es todo. Si quieres coleccionar hay miles de opciones para todos los bolsillos”, reivindica. 

“No se pone en valor el efecto que tiene la cultura”

– ¿Cómo describiría el momento que vive el arte en España? ¿Cree que el talento recibe el reconocimiento que merece?

– España tiene grandísimos artistas y grandes galerías. Sin embargo, no existe una masa crítica de coleccionistas, lo que complica que el círculo funcione. Además, las instituciones españolas no ponen el foco en proyectar a nuestros artistas en el extranjero, lo que hace que les resulte muy difícil atraer coleccionistas de otros países 

– ¿Existe suficiente educación artística en nuestro país como para formar nuevos públicos y futuros coleccionistas? 

– Creo que no. El gran público sigue percibiéndolo como algo elitista, cuando en mi opinión no es así en absoluto. Las galerías de arte ofrecen un contenido cultural excepcional y gratuito para la ciudad y aun así hay mucha gente que no se siente cómoda entrando en ellas. Esto debería formar parte de la vida cotidiana desde la infancia.

“No se pone en valor el efecto que tiene la cultura”, sentencia la curadora. Y pone como ejemplo dos ciudades que, por el contrario, sí han apostado firmemente por ella y cuyos resultados, según afirma, “hablan por sí mismos”. Una de ellas es Málaga, con dos grandes centros culturales de proyección internacional como el Centre Pompidou y el Museo Picasso, a los que se suman otros espacios como el Thyssen. Una metrópoli en la que, además, en distintos barrios se impulsa y apoya el arte urbano, del mismo modo que sucede en Bilbao, la otra urbe que Zaldívar señala como referente. Especialmente desde la irrupción del denominado efecto Guggenheim, que transformó la escena artística. Tanto el emblemático edificio diseñado por Frank Gehry como una programación expositiva que reúne algunas de las propuestas más innovadoras del arte contemporáneo han convertido a la ciudad en un referente cultural.

Ahora, la capital busca posicionarse en ese pódium y, para ello, cuenta con perfiles como el de Sara, Alejandra y la troupe que las acompañó en la velada organizada en la Fundación Ortega-Marañón para presentar esta edición de la feria, en la que no faltó una de las firmas por excelencia que lleva por bandera la artesanía y el buen hacer a mano, Vista Alegre, ni tampoco En Tus Fogones, encargado de servir la cena que degustaron las asistentes. Un grupo de mujeres de distintos ámbitos sociales, todas ellas enfundadas en atavíos de oro, plata y demás metales preciosos que destacaban nada más atravesar el lugar. Entre ellas se encuentran la empresaria Mónica Sada; Raquel Giménez, al frente de Manero —y que Sara califica como su «happy place»—, recién aterrizado además en Marbella; la soprano Angélica de la Riva; las artistas Teresa de la Pisa y Nicole Furman; Carmen Panadero, presidenta de WIRES y referente en el sector inmobiliario; la directora de la Fundación Aladina, Ishtar Espejo; y la directora de esta cabecera, Katy Mikhailova. “Mujeres empoderadas, libres, trabajadoras”, como las define la anfitriona, que “aman el arte” y acudieron a la llamada para demostrarlo, porque, como reza uno de los eslóganes más recurrentes de la anfitriona, “Art turns me on”, y eso se nota.

ISHTAR ESPEJO Directora de la Fundación Aladina, una organización que realiza una labor encomiable acompañando a niños y adolescentes con cáncer y a sus familias. No es casualidad que parte de los fondos recaudados a través de algunas de las actividades organizadas en el marco de CerARTmic se destinaran posteriormente a la fundación.

ANGÉLICA DE LA RIVA Soprano de trayectoria internacional, reconocida por su versatilidad vocal y su presencia escénica, una auténtica diva dentro y fuera de los escenarios. ¡A la vista está!

TERESA DE LA PISA Artista de vocación, casi podríamos definirla como una mujer del Renacimiento. Su trabajo transita entre distintas disciplinas y oficios, demostrando una creatividad insaciable. Además, será la encargada de representarles en Homo Faber, el mayor evento de artesanía contemporánea de Europa.

MÓNICA SADA Emprendedora incansable y mente detrás de Unicskin, una de las firmas que mejor encarnan la nueva generación de la belleza, donde ciencia, tecnología y eficacia van de la mano.

RAQUEL GIMÉNEZ El alma de Manero, un universo que va mucho más allá de la restauración. Sus espacios, convertidos ya en destinos en sí mismos, han seducido a Madrid y Alicante y aterrizan ahora en Marbella para seguir haciendo de la experiencia un arte.

NICOLE FURMAN Artista de sensibilidad única y universo propio, ha construido un lenguaje creativo tan personal como magnético, en el que conviven intuición, experimentación y una mirada profundamente libre sobre la realidad.

CARMEN PANADERO Una de las voces más relevantes del sector inmobiliario en España y presidenta de WIRES, red de mujeres líderes en el real estate que impulsa la visibilidad y el liderazgo femenino en la industria.

ALEJANDRA ARIAS Cofundadora de CerARTmic junto a Sara Zaldívar y coanfitriona del encuentro, aporta al proyecto una combinación poco común de sensibilidad, criterio y visión. Con una sólida trayectoria en el mundo del arte, se ha convertido en la compañera perfecta para dar forma a una iniciativa que reivindica la cerámica desde una mirada actual.

Por MARCO DE PABLOS

El slice neoyorquino ya tiene acento madrileño. Snob Pizza ha llegado con la misión de convertir una porción de pizza, una masa de culto y un ritual callejero en el nuevo bocado de moda de en la capital.

Hay una tendencia gastronómica que quizá aún faltaba por aterrizar definitivamente en Madrid dentro del incesante desfile de modas culinarias de los últimos años: los pizza slices. Esos icónicos trozos de pizza que forman parte del paisaje cotidiano de ciudades como Nueva York, donde llevan décadas siendo un recurso rápido y popular, pero que terminaron de instalarse en el imaginario colectivo gracias a la industria audiovisual. Basta recordar aquella escena de Fiebre del sábado noche en la que Tony Manero, el personaje interpretado por John Travolta, recorre las calles de Brooklyn mientras devora dos porciones de pizza dobladas y apiladas una sobre otra, recién compradas en Lenny’s Pizza, un local que ya gozaba de cierta fama en la ciudad y cuya popularidad se disparó tras aparecer en la gran pantalla. Pero la fiebre por esos bocados triangulares en formato XXL está lejos de decaer, reclamando ahora un hueco fuera de territorio americano.

“Estábamos en un viaje familiar a Nueva York y casi todos los días acabábamos parando a comer un slice. Era un ritual muy sencillo: entrar, elegir un trozo enorme, comerla rápido y seguir con el día. Detrás de ese gesto, había muchísimo producto, técnica y personalidad. Al volver nos hicimos una pregunta muy básica: ‘¿Dónde podemos comernos esto en Madrid?’ Y no encontramos una respuesta”, explica Ignacio de la Riva, CEO y fundador de Snob Pizza, un establecimiento ubicado en el corazón del barrio de Salamanca dedicado en exclusiva a la venta de estos suculentos bocados. “La oportunidad era importar el ritual, no copiar un decorado neoyorquino. La hostelería te enseña enseguida que una buena hoja de cálculo no sirve si el producto no emociona y el cliente no quiere volver. Snob está justo en ese cruce entre método, obsesión por el detalle y una idea muy sencilla de disfrute”, explica. Quizá ahí esté la clave de un negocio que crece al ritmo de sus masas.

¿Qué parte de la cultura neoyorquina queríais importar y qué elementos sabíais que había que adaptar al consumidor madrileño?

Queríamos importar la espontaneidad. Allí el slice no necesita una ocasión especial: puede ser una comida rápida, una parada entre planes, algo que compartes o algo que te comes solo de pie. Esa libertad y ese punto democrático nos parecían muy potentes. Lo que había que adaptar era la experiencia. Aquí el cliente valora mucho poder sentarse, compartir, acompañar la comida con una cerveza o un vino y quedarse un rato. Por eso mantuvimos el servicio directo y el formato informal, pero cuidamos más el espacio, la marca, la carta y la hospitalidad. Es Nueva York en la energía, pero hecho desde Madrid.

«Somos snobs con el producto, no con la gente»

El nombre Snob tiene una contradicción interesante. Un formato muy callejero con un término que suele utilizarse como crítica social. ¿Qué queríais provocar con ese concepto y qué mensaje hay detrás de la marca?

Nos gustaba precisamente esa contradicción. La pizza es probablemente uno de los productos menos snobs que existen. Es popular, se come con la mano y pertenece a todo el mundo. Llamarnos Snob era una manera de jugar con la idea de que cuidar muchísimo algo sencillo no tiene por qué convertirlo en algo solemne. Queríamos provocar una sonrisa y, a la vez, expresar nuestra filosofía: podemos ser muy exigentes con la masa, los ingredientes, el diseño o el servicio, pero sin perder el humor, la cercanía ni la informalidad. Somos snobs con el producto, no con la gente.

El vuestro es, precisamente, uno de los productos más versionados del mundo. ¿Qué elementos eran intocables para vosotros y cuáles queríais reinventar para crear algo propio?

Lo intocable era la lógica del New York slice: una pizza grande, una masa fina con estructura, base crujiente, centro flexible y una porción que se pueda doblar sin romperse ni quedarse blanda. También eran intocables el equilibrio y la sencillez; si una pizza pesa demasiado o los ingredientes tapan la masa, deja de funcionar.

Donde queríamos aportar algo propio era en los sabores, los acabados y la experiencia de marca. Por eso conviven una Margarita o una Pepperoni muy reconocibles con combinaciones como Hot Pepperoni, Pastrami Burrata o nuestras salsas. La reinvención no consiste en añadir cosas por añadir, sino en introducir un giro que tenga sentido en cada bocado.

Decís que queréis elevar el slice sin quitarle su esencia callejera. ¿Dónde está la línea entre hacerlo más premium y convertirlo en algo que deja de ser auténtico?

La línea está en no confundir premium con complicado. Elevar el slice significa utilizar buena materia prima, dominar la fermentación, ser consistentes y cuidar el espacio y el servicio. No significa convertirlo en un plato que necesite explicación, cubiertos o una liturgia. Para nosotros sigue siendo auténtico mientras puedas entrar sin planificarlo, pedir una porción, doblarla con la mano y disfrutarla de una forma directa. El día que el concepto se vuelva más importante que el placer de comerte la pizza, habremos cruzado esa línea.

«Hay una generación que aprecia la calidad y el diseño, pero no necesariamente quiere manteles, reservas con semanas de antelación o tickets altos cada vez que sale»

Si alguien piensa en la localización de un local de slices neoyorquinos probablemente lo imaginaría en Malasaña, Lavapiés, Chamberí o Chueca antes que en el de barrio de Salamanca. ¿Por qué elegisteis Lagasca? ¿Buscabais romper esa expectativa y acercar la pizza callejera a un público distinto?

Lagasca fue una elección consciente. Nos interesaba precisamente sacar el slice del lugar donde todo el mundo esperaba encontrarlo y demostrar que un producto callejero, informal y accesible podía tener sentido en el barrio de Salamanca. No queríamos disfrazarlo de restaurante de lujo, sino crear contraste. Además, vimos una zona con mucha vida de barrio, oficinas, comercio y restauración, pero con espacio para propuestas más ágiles y contemporáneas. Snob puede funcionar para alguien que vive cerca, para quien sale del trabajo, para una familia o para un grupo que empieza la noche. Esa mezcla era muy atractiva.

¿Cree que el barrio de Salamanca está cambiando? ¿Existe una nueva generación que ya no busca solo restaurantes punteros o de ticket alto, sino sitios más informales pero con identidad y concepto?

Sí, creo que está cambiando, igual que está cambiando Madrid. Hay una generación que aprecia la calidad y el diseño, pero no necesariamente quiere manteles, reservas con semanas de antelación o tickets altos cada vez que sale. Busca sitios informales que tengan una identidad clara y donde el producto esté muy bien hecho. El barrio de Salamanca sigue teniendo su oferta más clásica, pero hoy convive con conceptos más jóvenes, directos y especializados. Para nosotros esa convivencia es una oportunidad. Snob no intenta parecerse a lo que ya había en el barrio, sino aportar otra forma de consumirlo.

La masa con fermentación larga es una de vuestras grandes señas de identidad. ¿Cuánto tiempo tardasteis en encontrar vuestra receta y qué fue lo más complicado del proceso?

El proyecto completo estuvo más de cuatro años madurando y la masa ocupó una parte enorme de ese proceso. Hubo muchas pruebas hasta encontrar una receta que funcionara no solo recién salida del horno, sino también cortada en porciones, expuesta el tiempo adecuado y regenerada sin perder textura. Lo más difícil fue encontrar el equilibrio entre crujiente y flexible. Una pizza estilo New York no puede ser una napolitana estirada ni una base fina y seca. Tiene que tener mordida, doblarse sin romperse, aguantar los ingredientes y seguir siendo ligera. Y después está la consistencia: conseguirlo una vez es relativamente fácil; conseguirlo todos los días es el verdadero reto.

¿Qué errores o aprendizajes tuvisteis durante el desarrollo del producto antes de abrir?
El principal aprendizaje fue que el slice es un sistema, no simplemente una pizza grande cortada en triángulos. Cambiar un pequeño detalle en hidratación, fermentación, temperatura, cantidad de salsa o queso altera por completo el resultado. También aprendimos que recetas muy buenas en una pizza entera no siempre funcionan por porciones.

Cometimos el error, al principio, de querer resolver demasiado con ingredientes. Con el tiempo entendimos que había que quitar, simplificar y dejar que la masa fuese protagonista. Y aprendimos que el producto debe diseñarse junto con la operativa: cómo se hornea, cómo se conserva, cómo se recalienta y cómo llega al cliente forman parte de la receta.

¿El modelo está pensado principalmente para el consumo en local, el take away o el delivery? ¿Cómo imaginabais desde el inicio que iba a consumir la gente Snob Pizza?

El corazón del modelo es la experiencia en el local y el take away, porque ahí el cliente ve las pizzas, elige la porción y entiende mejor el ritual. Diseñamos un espacio pequeño, con servicio directo en barra, que permite comer rápido pero también quedarse. El delivery es importante y responde a una demanda real, pero tiene más dificultad técnica: una pizza crujiente y flexible debe llegar en buenas condiciones. Por eso no pensamos Snob como una marca exclusivamente de reparto. Queremos que los tres canales convivan, pero sin sacrificar producto por volumen.

«Nos gustaría que Snob pudiera crecer, pero no a costa de convertirlo en una copia de sí mismo»

¿Cuál ha sido la mayor sorpresa desde la apertura, algo que no esperabais encontrar en la respuesta del público?
Una de las mayores sorpresas ha sido la amplitud del público. Podíamos pensar que el concepto iba a atraer sobre todo a gente joven o muy conectada con la cultura gastronómica, pero hemos visto vecinos, familias, gente de oficinas, clientes mayores y personas que vienen expresamente desde otros barrios.

También nos ha sorprendido la rapidez con la que la gente ha entendido el formato y ha creado sus propios momentos de consumo. Y, por supuesto, el nivel de repetición: que alguien vuelva y tenga ya su slice o su salsa favorita es una señal mucho más valiosa que una visita puntual por curiosidad.

¿Puede compararse el fenómeno del slice con la proliferación de las smash burgers? 

La comparación tiene sentido porque ambos formatos convierten un producto muy popular en una categoría especializada, con marcas muy definidas y una experiencia rápida. Las smash burgers demostraron que podía haber mucha innovación dentro de algo aparentemente sencillo. Con el slice puede ocurrir algo parecido. Creo que veremos más aperturas, pero una categoría se consolida cuando deja de depender de la tendencia y aparecen operadores consistentes. No basta con una estética neoyorquina o una pizza grande. El cliente aprenderá a distinguir masa, horneado, equilibrio y servicio. Esa exigencia será positiva para todos.

¿Tenéis pensado expandiros? ¿Qué tendría que pasar para dar ese siguiente paso?

Antes de expandirnos, queremos consolidar Lagasca y asegurarnos de que el modelo es sólido, reconocible y replicable sin perder calidad. La buena acogida nos ha dado confianza para dar el siguiente paso con la apertura del local del Bernabéu.

La expansión forma parte de nuestra visión, pero sin prisas. Cada nueva apertura debe responder a una demanda real, contar con un equipo y unos procesos capaces de mantener el mismo nivel de producto, servicio y experiencia, y aportar valor a la marca. Crecer por crecer es relativamente fácil. Crecer manteniendo el alma del proyecto es lo difícil.

Fotografías: Cortesía Snob Pizza
Por MARCO DE PABLOS
Fotografía JUAN CARLOS VEGA
Estilismo NOELIA VILLAVERDE

ANA BRITO, conocida en redes como @elshowdebriten y respaldada por más de medio millón de seguidores, conquista a quien la descubre. Pódcast, libro y televisión dibujan una trayectoria en constante movimiento y siempre acompañada de una sonrisa, recordando que pase lo que pase el show debe continuar.

Existen días, por pocos que sean, en los que todo sale como uno espera. En cambio, hay muchos otros en los que los contratiempos y percances se encadenan uno tras otro. De cómo afrontes estos últimos es de lo que va la vida, y Ana Brito lo sabe bien. Comenzó a hacerse popular hace seis años de manera nada intencionada. Ella lo confirma: “De repente surgió. Me vi sin trabajo, empecé a hacer vídeos, se empezaron a viralizar, vi que gustaban y decidí profesionalizarlo y tomármelo más en serio”. El resto es historia viva de Internet. Si aún no le ponen cara, quizá lo hagan al leer su username en redes sociales: @elshowdebriten. Aglutina la friolera de más de medio millón de seguidores en Instagram y, junto al también creador de contenido y cómico Xuso Jones, copresenta uno de los pódcast más laureados por la crítica y el público, Poco se habla. 

La mañana en la que se llevó a cabo esta producción, que por cierto resultó bastante accidentada y recordó a esos días llenos de imprevistos, Ana se mostró tal y como se deja ver tras la pantalla. Cruzó las puertas de los Teatros Luchana en compañía de uno de los miembros de su equipo de representación, ambos nerviosos, ya que al día siguiente ponían fin a la gira de su pódcast, colgando el cartel de sold out en los cines Capitol. Todo ello, en directo y frente a un patio de butacas a rebosar. Sin embargo, en ningún momento perdió la sonrisa, procurando que el resto del equipo presente tampoco lo hiciera.

Una sala repleta de asientos tapizados en terciopelo rojo, ocupados únicamente por plumíferos, bolsos y los looks que minutos después se enfundaría, la esperaba. Sin saberlo, se convirtió en la prueba de fuego para lo que enfrentaría horas después. Mientras la maquillaban en un cuarto de luces reconvertido en camerino, comentaba junto a su manager las campañas y demás colaboraciones que tenía pendientes para ese día. Le lancé la primera y única pregunta que pude hacerle durante ese momento, pues al poco tiempo comenzaron los flashes y, con ello, el espectáculo.

– ¿Aceptas todo lo que te proponen?

– No, al revés. Digo que no a muchas cosas, bien porque no se alinean con lo que quiero hacer o con la forma que tengo de hacerlas, o porque no es una marca que yo consumiría ni usaría sus productos. Creo que hay que mantenerse un poco en tus trece para no acabar siendo Wallapop.

En todo momento supo mantener el humor y la ironía que le caracterizan y que le han acompañado a lo largo de estos años, incluso en los momentos más difíciles. “Siempre lo he utilizado como una herramienta para desdramatizar las cosas malas que me pasaban a mí o a la gente de mi alrededor”, comenta, para luego rematar: “Para hacer la vida un poco mejor a los demás o para reírme de mí misma y de lo que me pasaba”.

Ana Brito lleva total look de cazadora y pantalón con estampado floral, de MOSCHINO JEANS, y sandalias negras de tacón de REDONDO BRAND para MARTINELLI.

Durante más de tres horas, conocimos a una mujer cercana, cariñosa y, como no, bromista. Un “híbrido”, tal y como ella misma revela, entre Briten y Ana Brito. Una existe únicamente para entretener. Es la showwoman. La otra encarna todo lo que no se ve, pero que resulta igual de importante: el back office, la planificación y el propósito. En ese sentido, comparte: “Cuando la gente me conoce espera que sea un chiste andante y yo ya voy con la coletilla de ‘no soy tan graciosa’. Quizá ese día no me apetece hacer bromas”.

«Cuanto menos enseñes de tu vida privada menos información tiene la gente para usarla en tu contra. Me he creado redes para entretener, a veces lo consigo y otras no tanto. Todo lo que no sea eso, no lo comparto»

La madrileña también tiene otras facetas mucho menos conocidas. “Aunque soy bastante payasa y siempre estoy haciendo el ganso, soy una persona calmada, callada, a la que le encanta hablar de filosofía, metafísica y temas místicos”, confiesa a esta revista. Y como cualquier mortal tiene sus límites: “De mi vida personal no publico casi nada y me encanta que sea así. Me protege, no solo de las redes. Cuanto menos enseñes de tu vida privada menos información tiene la gente para usarla en tu contra. Me he creado redes para entretener, a veces lo consigo y otras no tanto. Todo lo que no sea eso, no lo comparto”.

Finalizado el shooting, se despide uno por uno de quienes han participado en él, incluida su mano derecha. Propone continuar la entrevista en una cafetería. Apenas recorrimos unos metros por la madrileña calle Luchana, durante los cuales ahondé en su nerviosismo ante lo que se avecinaba. “Me suelo poner bastante nerviosa en los directos porque soy muy autoexigente, pero tengo un compañero con el que me entiendo muy bien. Sabemos sacar lo mejor el uno del otro y el público es súper agradecido. Soy más exigente conmigo misma que el público con nosotros”, cuenta.

Vestido mini de encaje negro con detalles florales y ribetes de plumas, de CELIA B, y sandalias de tacón de REDONDO BRAND para MARTINELLI.

«En redes hay un discurso muy hipócrita. Se exige honestidad y transparencia, pero cuando alguien se muestra tal cual es y no estás de acuerdo, se le ataca. Yo he tenido consecuencias»

Ya en el interior, con bastante ruido de fondo —incluido el llanto de un bebé, algo que no le perturba siendo madre de dos niños—, Ana pone todas las facilidades para que se escuche bien lo que quiere decir. Su elección es un café muy caliente. Mientras llega, continúa profundizando en las dos vertientes humorísticas que posee. “En redes, mi humor es más blanco, intenta no crear polémica y gustar a todo el mundo. Pero yo, Ana Brito, tengo un humor muchísimo más negro, y eso se ve, por ejemplo, en el pódcast, donde soy tal cual. De hecho, la mayoría de las polémicas que he tenido vienen de ahí”. 

– ¿El pódcast se edita?

– Muy poco, salvo que el invitado lo pida. A veces cortan cosas para protegerme.

– ¿Tú lo habrías emitido?

– Sí. Siempre he sido de “lo hacemos y ya vemos”. El humorista inglés Ricky Gervais dice que el problema no está en lo que dices, sino en quién lo recibe. Mi comentario no es ofensivo; te ofendes tú ante mis comentarios. Otro ejemplo es Juan Dávila. En sus shows podría parecer que falta constantemente al respeto a la gente, pero también está dando voz a muchas personas que quieren sentirse vistas y que se toman con humor lo que a otros les parece políticamente incorrecto. Entonces, ¿quién tiene el problema ahí? La vida es muy corta. ¿Por qué le damos importancia a esas tonterías? Hay que darle valor a las cosas que realmente lo tienen.

Al hilo, añade: “La gente crea una imagen de ti en su cabeza y, cuando dices o haces algo que no encaja con esa proyección, se rompe el cliché y llegan los ‘no me esperaba esto de ti’ o ‘te dejo de seguir’”. Curtida en la era digital, afirma: “En redes hay un discurso muy hipócrita. Se exige honestidad y transparencia, pero cuando alguien se muestra tal cual es y no estás de acuerdo, se le ataca o intenta cancelar. Yo he tenido consecuencias. En redes te expones a ello”. Y es que Brito, pese a tener cierto grado de influencia —algo que ella misma reconoce—, manifiesta “cagarla” continuamente: “Hace poco me enteré de que tenía las solicitudes de mensajes cerradas, de que se podían quitar comentarios… Soy la típica que no sabe usar bien Instagram. Una boomer que se ha colado aquí sin querer”.

«Ahora mismo todo el mundo es cancelable. El ejemplo más claro es Karla Sofía Gascón: la suben, la hunden y luego la rescatan. Cancelar me parece poco ético e inmoral»

La influencer también ha coqueteado con los platós de televisión siendo colaboradora en varios programas de la parrilla en los últimos años. Su foto de perfil en redes, un montaje que superpone su rostro sobre el cuerpo, sofá y plató que utilizaba la reconocida presentadora estadounidense Ellen DeGeneres, refleja su admiración por formatos de esa índole. Fue ella, con su característico pelo corto y rubio, la conductora durante muchos años de uno de los espacios con mayores índices de audiencia en Norteamérica, conocido por su tono rebelde, su humor negro y por poner siempre a los famosos en el centro de la diana, quienes, pese a ello, acudían noche tras noche a sentarse frente a frente. A Brito le encantaría poder presentar algo similar en España. “Ya hay formatos que han abierto camino y demostrado que se pueden hacer cosas diferentes”, reflexiona. Sin embargo, la política de la cancelación también alcanzó a Ellen, eliminando su programa. Sobre esto, Ana responde: “Ahora mismo todo el mundo es cancelable. El ejemplo más claro es Karla Sofía Gascón: la suben, la hunden y luego la rescatan. Cancelar me parece poco ético e inmoral”.

Blusa de popelín con bolsillo y botonadura, de KARL LAGERFELD; sandalias de tacón de MARTINELLI; y sombrero de ala ancha prestado.

Hasta que ese momento llegue, puede presumir de haber publicado El lado bueno de las cosas (Ediciones Temas de Hoy), un libro que se presenta como una guía sincera y divertida para quienes buscan encontrar su propósito, superar sus miedos y vivir una vida más plena y feliz. “Me ofrecieron escribirlo y sentí que podía aportar desde lo que a mí me había servido en mi propio proceso de autoconocimiento”, explica. El 100 % de los beneficios recaudados se destina a la Fundación Soñar Despierto, que acompaña a jóvenes en riesgo de exclusión social cuando cumplen 18 años. “Igual que yo he cumplido mi sueño y lo sigo haciendo, quiero que estos chicos también puedan lograrlo”.

A corto plazo, aspira a conquistar nuevos territorios junto a Xuso. “Queremos ir a Latinoamérica; están surgiendo oportunidades y hay un mercado enorme, también en Estados Unidos”, cuenta. El objetivo parece estar al alcance de la mano y, a juzgar por su trayectoria, es casi una certeza. Como ella misma concluye: “El éxito está en sentirte bien con lo que haces, ilusionado y agradecido, escuchando tu intuición y siendo fiel a ti mismo. Si vives interpretando un papel, ese castillo se cae porque es mentira”. Ella cumple esa máxima al pie de la letra y motivos no le faltan para seguir materializando todo lo que se propone. Porque, al fin y al cabo, el show siempre debe continuar.

Maquillaje y peluquería LUCÍA BARANDA y EVA CORTÉS para HARPO Make up School
Agradecimientos TEATROS LUCHANA
Por MARCO DE PABLOS
Fotografía JUAN CARLOS VEGA

PALITO DOMINGUÍN ha crecido marcada por un instinto artístico poco común, propio de una de las estirpes más importantes del panorama cultural nacional. Aún así, no siempre lo ha tenido fácil. Abrirse paso en el mundo del arte más allá de su apellido también ha sido parte del recorrido. Ahora debuta con su primera exposición, un punto de partida que confirma que su trayectoria no es solo herencia, aunque lo lleve en la sangre.

Toreros, cantantes, actrices, modelos… Muy pocas familias han marcado de forma tan consciente el devenir cultural de un país como lo han hecho, y continúan haciendo, los Dominguín Bosé. Desde la década de los 50, esta saga comenzó a impregnar de glamour la crónica social española, guiada por una visión libre, vanguardista y adelantada a su tiempo que han sabido preservar a lo largo de generaciones. Con semejantes referentes, resulta natural que los herederos de la dinastía aspiren a continuar el camino. Y lo hacen, además, con paso firme. Lejos de ampararse únicamente en el peso de su apellido, están contribuyendo a engrandecer un legado que ya es de por sí extraordinario. 

“Mis abuelos fueron los que empezaron todo el sacerdocio. Somos como las Kardashian de España”, concede entre risas Palito Dominguín, nombre artístico con el que se ha dado a conocer una de las benjaminas del clan. Su verdadero nombre es Lucía, como su madre y su abuela —Lucía Dominguín y Lucía Bosé—, y fue ella misma quien se apodó de tal manera. “De pequeña me encantaba recoger palos en el campo. Mi madre me decía: ‘No son flores, son palitos’. Y yo pensé: ‘Ah, palito… pues yo soy Palito’”, aclara con cierta nostalgia y sin perder la dulzura que la caracteriza. Un rasgo que ya dejó entrever desde la primera toma de contacto, apenas 24 horas antes de realizar estas fotografías. 

Con una vida nómada y sin un lugar de residencia fijo, Palito se mueve, sin embargo, con ideas y rumbo muy definidos. Su estancia en la capital era fugaz, pero estelar: llegaba para presentar su primera exposición individual como artista. Ella es, en cierto modo, el eslabón que le faltaba al firmamento creativo que dibuja su linaje familiar. “Digamos que soy la única que ha entrado por la vía de las artes plásticas. En mi familia la forma más habitual de comunicarnos siempre ha sido a través del arte”, admite. Y apostilla “Tengo un tatuaje que reza: Creatividad, confianza y avance. Es la letra de mi madre, de mi hermana y de mi padre. Es la creatividad que me ha dado, la manera en la que han fomentado que hagamos lo que queramos, que experimentemos… No me imagino mi vida de otra manera. Siempre ha sido la forma de hacer las cosas”. 

Palito Dominguín junto a Santa Pescadilla, quien “fue nombrada santa por un pez. Aquel día se le quedó una expresión de confusión que nunca la abandonó”.

“Para mí no siempre ha sido fácil hacerme entender. He sido una persona bastante introvertida y callada y al final mi arte es lo que me ha permitido también hablar. Es como si me hubiera dado voz. Me ha ayudado a curar y sanar muchas cosas”, confiesa. Empezó siendo una niña y lo compara con el acto de respirar, al no recordar un momento de su vida en el que no estuviera haciendo algo relacionado con la pintura o cualquier otra manifestación artística. De hecho, aquella tarde y por casualidad, pude contemplar uno de los primeros ‘Palitos’ —como la protagonista llama a sus obras—, guardado entre carpetas y cuadernos, fechado en 1999. Aquel papel de pequeñas dimensiones mostraba una figura serpenteante, con apariencia de gusano, y cierta impronta picassiana. 

Desde aquel primer garabato han transcurrido más de veinticinco años. En ese tiempo, Palito no solo se ha dejado guiar por su gran pasión, sino que también ha apostado por una sólida formación, cursando la carrera de Bellas Artes en la Universidad de Bournemouth (Inglaterra). Sin embargo, ese recorrido no la ha librado de ciertas críticas que cuestionan su trayectoria: “Me han juzgado mucho por mi apellido, como si lo que hago no tuviera mérito. A mí nunca me ha pesado pertenecer a mi familia, pero parece que los demás sí tenían un problema con ello”, reconoce a esta cabecera. Lejos de amilanarse, insiste en el esfuerzo que hay detrás de su presente: “He trabajado mucho para llegar al punto en el que estoy ahora. Tengo 30 años y me ha costado todo este tiempo poder exponer en una galería. Nada me ha venido dado por ser quien soy. Que esté aquí no tiene nada que ver con mi parentela. Me lo he ganado yo, porque si no valiera, me echarían igual de rápido o incluso antes”.

“He trabajado mucho para llegar al punto en el que estoy ahora. Nada me ha venido dado por ser quien soy. Me lo he ganado yo»

DDR Art Gallery ha sido el espacio que le ha brindado la oportunidad de presentar esta exposición con la que debuta. Gracias a Elisa y David, responsables de la misma, Palito también ha tenido la oportunidad de participar hace unos meses en su primera feria, donde fue presentada como artista emergente de la galería. Resulta palpable la emoción con la que lo relata, acompañada de una sonrisa de oreja a oreja: “Estoy haciendo muchas cosas de repente y muy contenta por todo ello. Me siento bastante tranquila y dejándome guiar un poco en este proceso”.

Bestias sensibles es el título que da nombre a la muestra y que da cuenta de la dualidad con la que Lucía habita el mundo. Un mundo del que, en ocasiones, necesita escapar y tomar distancia ante el peso de lo cotidiano. Para ello recurre al arte como refugio y, en su caso, a una pintura que evoca a la infancia, ese territorio común al que todos, de un modo u otro, podemos regresar. “Hay algo que me fascina de mi obra, aunque esté mal que yo lo diga, y es que todo aquel que la admira conecta con ella. Porque todos sabemos lo que es ser niños. Quizá no todos sabemos lo que es ser adultos, pero sí hemos pasado por la infancia para llegar hasta aquí”, explica. Esa conexión transversal es, precisamente, uno de los logros que más valora. Le enorgullece comprobar cómo su trabajo interpela a personas de cualquier edad. “Vi a una señora de 80 años pararse delante de una de mis cuadros y ponerse a llorar porque le recordaba a un cuento que le leía su padre cuando era pequeña… En ese momento pensé: ‘Lo he conseguido. He logrado lo que buscaba, que era emocionar y conectar con todos’”. Y eso define su personalidad. “Es una bipolaridad artística. Yo soy una paradoja continua. Siempre digo que no me entiendo, porque hay momentos en los que quiero ser un hada del bosque y vivir en el campo y, de repente, pienso: ‘Ay, pues me gustaría estar durante una temporada en Beverly Hills y ponerme bótox’. La mayoría de mis obras tienen siempre ese doble lenguaje”, señala la joven, cuyas piezas funcionan como auténticos alter egos. “Todo esto soy yo, pero en distintas formas”, concluye.

La reina de las moscas, una de las pinturas de Lucía que refleja su particular fascinación por estos diminutos insectos alados, convertidos aquí en uno de los motivos centrales.

Personajes extraídos de territorios de fantasía, intensamente cromáticos, poblados por rostros andróginos de gesto contenido, casi enigmático, cuyas formas —irregulares, geométricas y a veces amorfas— dan lugar a figuras femeninas coronadas, peces sobre cabezas humanas o cuerpos humanos ensamblados con anatomías animales. Pero si hay un elemento que articula el conjunto es la presencia constante de moscas. Se despliegan por toda la galería —paredes, lámparas, muestrarios, marcos— y atraviesan también el fondo de muchas de sus piezas. En total, 700 diminutos insectos que conforman una suerte de paisaje simbólico, aunque nada en su trabajo es casual. “Las moscas tienen algo parecido al ave fénix. Suelen asociarse a lo macabro, a la muerte o la putrefacción, pero también contienen la idea opuesta: la renovación. Tienen ciclos de vida muy cortos, nacen y mueren constantemente, y eso, para mí, simboliza la capacidad de reinventarse una y otra vez. Están por todas partes porque forman parte de ese ciclo natural. Me interesa esa idea de que el cambio es la única constante”.

«Me considero una persona auténtica y fiel a lo que siento. No intento pretender nada, ni demostrar nada, ni complacer a nadie. Estoy simplemente existiendo, intentando no hacer daño y expresando algo que creo que puede ayudar. Volver a mirar el mundo de otra manera, sobre todo ahora, que todo parece tan oscuro y tan gris»

Y, sin embargo, Palito no siente que haya cambiado, sino que, en algún momento, se perdió por el camino. “Creo que cuando somos niños tenemos muy claro a qué estamos, y es a explorar el mundo. Con el tiempo, empezamos a cargarnos de peso, a decirnos cosas feas y nos perdemos. Puede que incluso no lleguemos a encontrarnos. En mi caso, siento que me he reencontrado con esa niña. No es que haya cambiado, sino que he vuelto a esa inocencia, a esa manera de disfrutar la vida. Ahora tengo una vitalidad que no tenía antes y que había perdido durante muchos años. También tengo unas ganas de crear que nunca había tenido”, afirma. Para continuar: “En este momento me considero una persona auténtica y fiel a lo que siento. No intento pretender nada, ni demostrar nada, ni complacer a nadie. Estoy simplemente existiendo, intentando no hacer daño y expresando algo que creo que puede ayudar. Volver a mirar el mundo de otra manera, sobre todo ahora, que todo parece tan oscuro y tan gris”.

En medio de ese escenario, Lucía incorpora también una dimensión solidaria a su práctica. Este verano pondrá rumbo a Nepal para participar en labores humanitarias junto a Dream Nepal, ONG  de la que es embajadora, una vocación que ya ha mostrado en anteriores ocasiones, como durante la catástrofe que asoló Valencia. Allí, además de ayudar en las tareas de limpieza, colaboró con Totenart, una tienda de manualidades de la zona, reutilizando los materiales dañados por las inundaciones en lugar de desecharlos. Esos restos, trabajados posteriormente, han acabado dando vida a algunas de las obras que hoy expone. De hecho, en varias piezas aún se perciben las huellas de aquel episodio, a través de restos de barro o marcas que indican hasta dónde llegó el agua. Su intención no fue borrar lo ocurrido, sino integrarlo como parte de su significado. De aquella experiencia nació una promesa: “En algún momento haré una exposición, y cuando venda esas obras, os daré una parte de los beneficios”. Una idea que ya está en marcha.

Palito Dominguín posa junto a Los peces saben mi nombre, en una fotografía tomada el pasado mes de abril en DDR Art Gallery.

“Con todo lo que hago  me gusta mantener siempre los pies en la tierra; me interesa, dentro de lo posible, poder ayudar en lo que pueda y que en mis exposiciones haya siempre algo que remita a una experiencia o a un significado más profundo”, musita la mujer que da vida a estas páginas. Esa intención se materializa de forma inmediata nada más entrar en el espacio expositivo, donde una de sus creaciones capta la atención del visitante desde el primer instante. Se trata de Moiras, una pieza realizada sobre antiguos trapos pertenecientes a su abuela, telas que utilizaba para limpiarse tras los masajes de aceite y que todavía conservan las huellas de su uso. A partir de ese material y durante años, ha desarrollado una composición mediante la técnica del patchwork, sobre el que ha cosido la figura de tres mujeres conectadas y atravesadas por un hilo rojo. Según cuenta: “Las Moiras son las parcas, las tres deidades que controlan el hilo de la vida, las que aparecen en la mitología griega y también en Hércules. Cuando cortan esa hebra, la vida termina. En mi caso, esas tres mujeres somos mi abuela, mi madre y yo. Las tres Lucías, pero va más allá. En realidad, representa el amor y la conexión inevitable que tengo con todas las mujeres de mi familia”. Toda una declaración de intenciones hacia quienes han marcado su existencia, quienes la despertaban con canciones de Maria Callas, la vieron crecer fascinada por David Bowie —de quien estaba enamorada—, o visionando una y otra vez Mary Poppins, su película favorita. Quienes, de una u otra forma, siguen presentes no solo en su vida, sino también en su arte. Es evidente que tiene a quien parecerse. 

Por KATY MIKHAILOVA
Fotografía MARIO SIERRA
Estilismo BEATRIZ MORENO DE LA COVA

Acumulan millones de seguidores y se han convertido en el referente de cientos de adolescentes, pero hubo un tiempo en el que LOLA LOLITA y SOFÍA SURFERS, como se han hecho llamar artísticamente en sus perfiles en redes sociales, eran como esos jóvenes a los que hoy inspiran. Y, en buena medida, lo siguen siendo, porque pese a su gran proyección mediática, apenas superan la veintena. Sin embargo, ambas tienen las ideas claras y una ambición notable que las ha llevado a ocupar el lugar que hoy ostentan, sin dejar que nadie les dé gato por liebre.

Los gatos sobreviven a las caídas de maneras misteriosas. Siempre aterrizan. Quizá por eso existe aquello de las siete vidas. Porque hay criaturas que, incluso cuando todo se rompe, encuentran la manera de recolocarse sin hacer demasiado ruido.

Lola (24) y Sofía Moreno (22), más conocidas como Lola Lolita y Sofía Surfers, tienen algo profundamente felino. No solo porque vivan rodeadas de gatos —seis en el caso de una, tres en el de la otra, respectivamente— y también de algún perro, como Brownie, el can de pelaje marrón chocolate que aparece en estas páginas, sino por esa mezcla singular de sensibilidad e independencia, de ternura y distancia, de exposición y refugio.

No empezaron siendo un personaje. Empezaron siendo dos hermanas, con sol y playa del Mediterráneo, con gatos adoptados y con esa manera de crecer sin darse demasiada cuenta de que el talento bien gestionado te ayuda a brillar.  Y después vino el ruido. Las pantallas. Los millones (entre las dos suman más de seis millones de seguidores en Instagram, y más de quince en Tik Tok). 

Y, sin embargo, no se rompió lo importante. Porque Lola es impulso, movimiento y esa energía que no se explica pero que se ejecuta. Tiene algo de vértigo bonito, de quien construye mientras corre. Sofía, en cambio, observa, absorbe, se mueve hacia dentro incluso cuando viaja lejos. Si una acelera, la otra ordena. Si una expone, la otra matiza.

Han aprendido a convivir con la mirada constante sin convertirse del todo en lo que se espera de ellas. Entendieron antes que muchos que la exposición no sustituye a la identidad. Que el algoritmo no puede ser un hogar. Hablan de la familia como quien habla de raíces; de los animales, como quien habla de verdad; del éxito, como quien sabe que pesa. No hay épica en su historia. Hay continuidad. Y quizá por eso funcionan. Porque, mientras otros se reinventan constantemente para no desaparecer, ellas han optado por algo más difícil, reconocerse en cada versión. Siete vidas, al final, no es empezar de nuevo. Es no dejar de ser quien eres, aunque todo cambie.

En la imagen de portada de este artículo, Sofía luce top y falda en blanco perla, de DE LA CIERVA Y NICOLÁS; y pendientes de oro blanco y brillantes, de DINH VAN. Lola lleva vestido de organza líquida, también de DE LA CIERVA Y NICOLÁS. Sobre estas líneas, vestido bordado con pedrería y cristales, de RUBÉN HERNÁNDEZ COSTURA; y plataformas de piel efecto metálico, de AQUAZZURA.

Ahora viajemos en el tiempo. Primavera de 2026, con la inspiración ubicada en esta, nuestra edición de verano. Hotel Santo Mauro. Madrid. Una de esas tardes de abril en las que el sol promete y la lluvia traiciona. Los jardines húmedos, las piedras oscurecidas, el verde más verde que nunca. Dentro, terciopelos, maderas nobles, una luz baja que parece pensada para que todo suceda un poco más despacio.

El Santo Mauro no es exactamente un hotel. Es más bien una casa donde alguien ha decidido que el tiempo no corra. Un lugar donde todo, desde las telas de Gastón y Daniela, los silencios, hasta la forma en la que cae la luz, tiene algo de escenografía emocional.

Ahí aparecen ellas. Lola ríe. Sofía sonríe. Se mueven con naturalidad entre los estilismos pensados por Bea M. de la Cova, los focos de Mario Sierra y mis gatos, como si todo formara parte de una misma escena cotidiana. Marco dirige. Y ellas bailan entre toma y toma, se miran con esa complicidad automática de las hermanas que no necesitan explicarse demasiado. Son espontáneas, sencillas, jóvenes y, sin embargo, llevan más vida vivida de la que corresponde a su edad digital.

Ambas llevan vestidos drapeados de licra, de DANIELA LINARES; Sofía, con brazalete y anillos de oro blanco y brillantes; y Lola, con brazalete de oro amarillo, todo de DINH VAN.

Siempre han sido equipo, cuentan casi restándole importancia. “Con nuestras diferencias, pero siempre hemos estado la una para la otra”. No hay épica en la frase. Hay estructura.

La familia aparece pronto. Como refugio, pero también como límite. Como ese lugar que sostiene cuando todo alrededor se amplifica. “Nuestra madre muchas veces es quien nos pone límites, y eso también es cuidarnos”.

Entre frase y frase, se prueban un vestido, se levantan, vuelven, alguien ajusta una luz. Todo fluye. No hay rigidez. Cuando se les pregunta por ese momento en el que la vida deja de ser normal, no hay un punto exacto. No hay una escena fundacional. Más bien una transición lenta, casi imperceptible, desde el instituto hasta esa sensación difusa de empezar a ser observadas. Y, sin embargo, lo verdaderamente interesante es lo que no cambia: “Si mañana desaparecieran las redes, seguiríamos siendo nosotras”. Lo dicen sin énfasis. Como quien no necesita convencer a nadie. Y ahí hay algo profundamente contemporáneo. Y es que en un mundo donde muchos dependen del escaparate para existir, ellas parecen tener claro que la identidad no se negocia con el algoritmo.

“Con nuestras diferencias, pero siempre hemos estado la una para la otra”

Lola habla de casa, de sus animales, de proyectos que construye casi desde dentro. Sofía, en cambio, se inclina hacia fuera. Viajar, moverse, absorber lo que pasa. Dos maneras distintas de estar en el mundo, sostenidas por una misma raíz. “Los animales representan amor puro, hogar, paz”, explican. Y quizá por eso todo encaja. Porque mientras fuera todo se acelera, dentro de ese universo hay algo que sigue funcionando con otra lógica. Más lenta. Más esencial.

Bolero de plumas, de GOROF; top de punto con escote bardot, de TRUCCO; pantalón corto de seda, de MARIO SALAFRANCA; y tacones de piel estampada, de MAGRIT.

El éxito aparece, inevitablemente, pero no como destino, sino como consecuencia. Les ha dado libertad, dicen, pero también una responsabilidad enorme. Porque cuando millones de personas te miran, cada gesto pesa un poco más. “Perder lo que hemos construido da vértigo. Pero también sabemos que, con o sin redes, encontraríamos nuestro camino”, confiesan a esta cabecera.

Entre toma y toma, Cristiano (que no entiende de entrevistas ni de narrativa) irrumpe como un pequeño caos con forma de gato. Cibeles observa desde la distancia, elegante, diplomática. El contraste es perfecto. Y hay algo ahí. Porque, como ellos, Lola y Sofía conservan ese punto indomable. Esa parte que no termina de pertenecer del todo al lugar donde está.

Lola lleva vestido de flecos con abalorios dorados, de WOMANZE, y sus propias joyas.

La conversación se vuelve ligeramente más afilada cuando aparece la exposición. No desde el drama, sino desde la lucidez. “Estar muy expuesta no significa sentirse acompañada”. Silencio breve. Nadie subraya la frase. Pero se queda. Han aprendido a filtrar, a distinguir entre crítica y ruido, a no quedarse demasiado tiempo en lo que no construye. Y, sobre todo, a proteger. “Con los años hemos aprendido que hay cosas que es mejor no enseñar”, dicen. No es censura. Es criterio.

“Estar muy expuesta no significa sentirse acompañada”

En un entorno que empuja constantemente a mostrarse más, a decir más, a ser más, ellas han entendido que parte del equilibrio está precisamente en lo contrario. En reservar. En mantener un espacio propio al que nadie más tiene acceso.

Cuando hablan de su faceta empresarial, el tono cambia apenas un matiz. Más concentración, más precisión. Son conscientes de que, detrás de la aparente naturalidad hay estructura, equipo, decisiones: “Sostener lo construido requiere equilibrio. Mucha cabeza y capacidad de adaptarse”. Y ahí, quizá, está la clave de todo. Porque crecer puede ser casi accidental, pero sostener implica intención. Implica carácter.

Las hermanas lucen vestidos de crepé con cuerpo corsetero y falda drapeada, de VICTORIA COLECCIÓN. Las acompaña Brownie, el perro de Lola, presente durante la sesión.

Fuera sigue lloviendo. Dentro, el Hotel Santo Mauro continúa funcionando como un pequeño paréntesis en el tiempo. Alguien recoge un foco, alguien comenta la última toma, alguien cruza el salón con prisa. Mi nariz termina sangrando en un gesto casi anecdótico por un zarpazo propiciado por Cristiano. ¡Qué esperar de un gato madridista! La pasión también es cosa de las fieras. Ellas siguen riendo. Cristina Santaolalla, representante de ambas, bromea con un “ya que duele, grábalo”.

“Nunca hemos querido interpretar un personaje”. Lo dicen al final, casi como una nota al margen. Y, sin embargo, es probablemente la frase que sostiene todo lo demás.

Siete vidas, al final, quizá no tengan que ver con resistirlo todo, sino con saber quién eres —y no olvidarlo— cuando todo el mundo parece querer escribir tu papel por ti.

Chaqueta y pantalón de flecos, ambos de cuero, de ELISABETTA FRANCHI; tacones de charol, de MAGRIT; y pendientes de oro blanco con brillantes, de DINH VAN.

Maquillaje y peluquería CRISTO RODRÍGUEZ para Guerlain, en el caso de Lola, y KÉRASTASE para ambas, respectivamente
Producción MARCO DE PABLOS
Asistente de fotografía SERGIO MARTÍN
Asistente de estilismo DIEGO SERNA
Agradecimientos HOTEL SANTO MAURO

La influencia ya no se mide únicamente en cifras, aunque ellas acumulen millones. Se mide en la capacidad de generar conversación, de marcar tendencias y de conectar con una generación que consume contenido a la velocidad del vértigo. Lola Lolita y Sofía Surfers lo saben bien. Convertidas en dos de las personalidades digitales más relevantes del país, han hecho de la autenticidad su principal activo y de las redes sociales una plataforma desde la que construir algo mucho más grande que una comunidad.

FEARLESS las reúne este verano en el Hotel Santo Mauro de Madrid para retratar un momento clave de sus trayectorias. Jóvenes, ambiciosas y plenamente conscientes del lugar que ocupan, representan una nueva forma de entender la notoriedad: más cercana, más espontánea y, al mismo tiempo, extraordinariamente influyente.

Entre risas, confidencias y la compañía de Brownie, Cibeles y Cristiano, el inseparable perro de Lola y los gatos de la editora de esta cabecera, respectivamente, habla sobre la familia, el éxito, la exposición pública y los proyectos que están por venir. “Con nuestras diferencias, pero siempre hemos estado la una para la otra”, afirman. Una frase que resume el vínculo que las une y que explica, en parte, cómo han llegado hasta aquí.

Además, ambas son férreas defensoras de los derechos de los animales —una causa que apoyan activamente y visibilizan de forma habitual en sus plataformas—, y coinciden en una misma idea: «Los animales representan amor puro, hogar y paz». En este número queda reflejado. Son indomables.

Una mañana de lujo

Relojes y joyas capturan los primeros rayos de sol, ofreciendo un sinfín de propuestas con las que adornar la piel. Cada pieza traduce la elegancia del amanecer en forma de objeto, en una de las estaciones del año en las que más brillan.

Lázaro Rosa-Violán e Isabel Coixet a la caza del mamut

Uno ha revolucionado la forma en que entendemos los espacios; la otra ha transformado la manera de contar historias. Lázaro Rosa-Violán e Isabel Coixet son dos de los grandes creadores españoles de las últimas décadas. Proceden de disciplinas aparentemente alejadas y, sin embargo, comparten mucho más que años de amistad. Ahora también un posible nuevo proyecto cinematográfico con un sorprendente protagonista: un mamut de nombre Alvarito.

Sara Zaldívar, al servicio del arte

Por amor al arte, literalmente. Así ha construido su recorrido Sara Zaldívar, una de las mecenas y coleccionistas más destacadas de España. Hace tres años, junto a Alejandra Arias, decidió apostar por la cerámica con CerARTmic, reivindicando el poder del barro. Para demostrarlo, reúne a su particular pandilla, engalanada con metales preciosos, en una aleación tan inesperada como fascinante.

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En el trabajo de NŌ architects hay algo que se resiste a ser explicado de forma directa. Sus espacios no buscan imponerse, sino revelarse lentamente, como si siempre hubieran estado allí. Entre el paisaje, la luz y el vacío, su arquitectura se construye desde una idea de esencialidad que remite más a lo ritual que a lo formal.

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Federico Jiménez Losantos es uno de los comunicadores más reconocibles —y también más polémicos— del panorama radiofónico español. Voz inconfundible de la radio desde hace décadas, ha convertido la opinión en un género propio y el debate en un estilo de vida. Periodista, escritor y tertuliano, su figura ha atravesado medios, etapas ideológicas y momentos distintos de la vida pública y cultural española sin perder nunca el humor que le caracteriza.

Ya estuvo en FEARLESS hace casi dos años, cuando protagonizó una de nuestras portadas más icónicas, rodeado por quienes cada mañana le acompañan en la Crónica Rosa. Hoy vuelve a esta cabecera no para explicarse ni para justificarse, sino para responder. También para que le conozcamos aún mejor. No necesita biografía ni presentación, solo una pregunta tras otra. Y alguien que escuche.

Por MARCO DE PABLOS
Fotografía OCTAVIAN CRACIUN

Precursora de un fenómeno propio, el de la “agathización”, la relación de Ágatha Ruiz de la Prada con la arquitectura se remonta a siglos atrás y ha acabado convirtiéndose en una de sus grandes pasiones. En estas líneas convive con algunos de los principales referentes de la disciplina en España, en un encuentro impulsado por ECOcero, dejando entrever que aún arrastra una cuenta pendiente.

“Me llamo Ágatha Ruiz de la Prada y Sentmenat”, espeta sin titubeos la diseñadora española de mayor renombre internacional. Reina del color —y también de la polémica— ha construido una marca personal convertida en fenómeno global, con decenas de licencias, que abarcan desde el prêt-à-porter hasta líneas textiles y de hogar, colecciones infantiles, vajillas, cascos de motocicleta, productos de limpieza, papelería y un largo etcétera de artículos “agathizados”, valoradas en millones de euros. Sin embargo, todavía hay algo que se le resiste, y resulta llamativo, porque precisamente alude a su nombre completo para reivindicar la herencia arquitectónica que la precede y que tanto la apasiona.

“Mi padre era arquitecto, el padre de mi padre también… Todos. En mi familia siempre ha habido una gran relación con importantes referentes de la arquitectura”, cuenta la actual marquesa de Castelldosríus, título heredado por vía materna y perteneciente a la familia de su abuelo, Félix de Sentmenat y Güell . Una genealogía en la que destacan figuras clave como Eusebi Güell o el marqués de Comillas, grandes mecenas de Antoni Gaudí y responsables de la financiación de buena parte de sus proyectos. En especial, Güell, quien ejerció como su principal impulsor, convirtiéndose en pieza fundamental para el desarrollo de su obra.

«Creo que tengo más de arquitecta que de modista»

Pero ahí no queda todo. La vinculación familiar de la mujer que ha hecho, literalmente, de su capa un sayo con la disciplina continúa a través de José Antonio Coderch de Sentmenat, uno de los arquitectos españoles más influyentes del siglo XX y pariente del ya citado Félix de Sentmenat. A esta nómina se suman los Sert y, en particular, Josep Lluís Sert, el arquitecto que diseñó la Fundación Miró, situada en el barcelonés parque de Montjuïc, y la Fundación Maeght, al suroeste de Francia, convertida en los últimos años en escenario de algunos de los desfiles más célebres de la firma Jacquemus. “Uno de los míticos”, exclama, reforzando aún más la continuidad de una tradición arquitectónica que ha acompañado a la familia durante generaciones y que su padre, Juan Manuel Ruiz de la Prada y Sanchiz, continuó. Este es considerado, entre los entendidos del sector, uno de los referentes de la arquitectura residencial madrileña. Su firma puede apreciarse en edificios como Velázquez 89, Zurbano 73 o General Martínez Campos 51. “Era mucho mejor arquitecto que persona”, rememora. No resulta entonces extraño que ella misma se defina como “una arquitecta frustrada”.

“Creo que tengo más de arquitecta que de modista. Me interesa mucho el concepto y estoy acostumbrada a que lo importante sea lo esencial, además del volumen. No las cursilerías”, sentencia. Y es que, en buena medida, Ágatha Ruiz de la Prada podría entenderse, a su manera, como una auténtica proyectista, capaz de abordar las estructuras, formas y geometrías desde una mirada ajena al ornamento y de trasladar ese lenguaje al universo de la moda.

Lo ha demostrado colección tras colección a través de propuestas en las que los gestos constructivos son protagonistas: vestidos globo de dimensiones imposibles, como los presentados en la primavera-verano de 2014; prendas comparables a mesas camilla, sostenidas por estructuras metálicas, o faldas con forma de paraguas, anticipadas ya un año antes; o atuendos recorridos por espirales que evocaban pequeños remolinos sobre vestidos de líneas depuradas, presentados en la colección otoño-invierno de 2013 y convertidos más tarde en la imagen del cartel de una de las exposiciones que la diseñadora ha realizado en el Palacio de los Duques de Cadaval, en Évora. Sin olvidar aquella vez, allá por 2008, en la que la gran manzana se rindió a sus pies con una colección inspirada en Las Meninas, cuyas siluetas reinterpretan la obra de Diego Velázquez a través de volúmenes rotundos y lecturas escultóricas, con la infanta Margarita como referencia. Un conjunto todo él poblado de color, el otro gran emblema de la casa, y precisamente el rasgo que muchos consideran ausente en el mundo de la arquitectura, aunque ella discrepa: “Nunca ha sido sobrio; otra cosa es que algunos lo perciban así, de forma bastante simplista”. Y añade: “Siempre ha habido arquitectos buenísimos a lo largo de los siglos, pero el problema es que la gente tiene muy mal gusto. El 90% de las personas hacen la mayor inversión de su vida en un piso que pasan años pagando y, si les preguntas quién lo ha diseñado, no tienen ni idea. Así que eso de la sobriedad…Hay muchas casas que son realmente bonitas”. No le falla el olfato en ese terreno. “Siempre reconozco cuando un edificio es bueno. Hay gente muy rica que tiene casas muy horteras. Puedes encontrar más belleza, quizá, en una casa muy humilde en África, hecha con barro y sin apenas nada, que en otra construida con mucho dinero, pero también con muy mal gusto”, sostiene. 

«Me hacen mucha gracia estas reuniones de arquitectos, porque es una profesión que he conocido muy bien. Tengo más feeling con ellos que con los abogados»

Ágatha es también sobradamente conocida por sus casas y por la disposición tan particular que en ellas imprime. Recientemente se ha mudado a otro hogar guiándose por su instinto, porque para ella “el espacio es requeteimportante. Igual que debes sentirte cómodo con tu cuerpo, donde más cómodo tienes que estar es en tu propia casa. Es vital. Por eso me encanta la arquitectura, el interiorismo y los muebles buenos”. Tanto es así que uno de sus planes favoritos es desplazarse hasta el país transalpino para asistir al Salone del Mobile —la feria de mobiliario y diseño de interiores más grande e influyente del planeta—, aunque reconoce que “cada día veo más instalaciones chorra y menos piezas con verdadero valor”. 

Fue también en Italia, y más concretamente en Venecia —ciudad que visitó hace unos días— donde se cercioró aún más de que el mundo de la moda tiene mucho que ver con el arte y, por extensión, con la arquitectura. La causa fue una muestra dedicada al diseñador Dries Van Noten, quien además ha adquirido un palacio en el que ella presume de haber estado en numerosas ocasiones. Lo define como un “señor con una sensibilidad extraordinaria y, como buen belga, con un gusto apoteósico. El mismo buen gusto que tiene para la ropa lo tiene para el arte y la arquitectura”. Por eso se declara plenamente fiel a esa idea de que quien tiene buen gusto en un terreno, lo tiene también para el otro. 

De izqda. a dcha.: Álvaro Estúñiga, José Antonio Granero y César Vidal.

De izqda. a dcha. y de arriba abajo: Tristán López-Chicheri, Carlos Lamela, Ignacio Vicens, Eva Longoria, Julio Touza y Carlos Rubio Carvajal.

Jorge Bellido, CEO de ECOcero; Jordi Antonijoan, fundador de MATTER; Ágatha Ruiz de la Prada; y Jorge Fernández, de ECOcero.

“De hecho, hay una cosa clara: hablamos el mismo idioma. Uno muy particular y muy loco”, sentencia ante esta cabecera. A la vista está. El pasado mes de mayo acudió a la llamada de FEARLESS y ECOcero, firma de paneles acústicos decorativos y sostenibles líder en el sector, con cuyo fundador, Jorge Bellido, mantiene una excelente relación: “Me llevo de maravilla y me encanta lo que hacen”, confesó. Pero no fueron los únicos: “Estos arquitectos me apasionan”, añadió, en alusión a los integrantes del ya bautizado G15 de la Arquitectura, un grupo de referentes de la disciplina que conforman el jurado de los recientemente renombrados FEARLESS Architecture Madrid Awards (FAMA): Ignacio Vicens, Carlos Lamela, Héctor Ruiz, José Antonio Granero, Álvaro Estúñiga, Ángel Cava, Julio Touza, Tristán López-Chicheri, Carlos Rubio Carvajal y César Vidal, además de Eva Longoria, de grupo Rockwell, y María José Piccio Marchetti. Y, aunque ausentes a la velada, Lázaro Rosa-Violán y César Ruiz Larrea. Con todos ellos, la soberana del color se movió con naturalidad, como en su propio territorio creativo, en un encuentro tan breve como intenso. Un visto y no visto que, sin embargo, bastó para ser recordado y, mejor aún, inmortalizado.

“Me hacen mucha gracia estas reuniones de arquitectos, porque es una profesión que he conocido muy bien. Tengo más feeling con ellos que con los abogados. Así que me encanta que me inviten a estos encuentros, porque todos me resultan apasionantes”, reitera. La reunión tuvo lugar en el Meet Design Center, en la calle Claudio Coello 55, el nuevo espacio que la firma MATTER ha abierto en la capital, y en cuya configuración ECOcero ha participado de forma activa. Fue su entrada principal el auténtico centro neurálgico de la cita. Un espacio revestido con paneles en distintas tonalidades rojizas, un color muy presente en los grandes proyectos del padre de la protagonista, aquellos ladrillos achatados de un rojo inspirado en César Manrique que, por casualidad, también se coló en las instantáneas. En el centro, un sofá que concentró todas las miradas, convertido en punto de conversación. Una escena con aire Friends en clave arquitectónica, que la diseñadora impregnó con su esencia a través de su presencia. Azul, amarillo, naranja, rosa… todos se amontonaban entre trajes de pantalón y chaqueta negros, azul marino y gris, certificando su irrupción como un elemento capaz de desbancar la mitología sobria de este mundo y convertirla, con ella, en pura locura. “Me gustaría mucho, mucho, ‘agathizar’ un edificio, tanto, que no pondría condiciones. Podría ser un colegio, una iglesia, un aeropuerto, un hotel…”, alude Ruiz de la Prada. Dicho queda.

Por MARCO DE PABLOS

Cuando Barcelona abrió el concurso para la rehabilitación de varios edificios del distrito 22@, José María Torralba, Alejandro Ciudad y Carlos Campos decidieron presentar una propuesta conjunta sin imaginar que aquel proyecto acabaría transformándose en algo mucho más determinante que una adjudicación. Lo que comenzó como un ejercicio compartido de intuición terminaría convirtiéndose en el origen de ROTO Estudio, hoy una de las firmas con mayor proyección dentro del panorama nacional arquitectónico.

El concurso —que finalmente no ganaron— permanece, sin embargo, como una pieza fundacional dentro de su trayectoria. “Aunque fue un proyecto que no nos adjudicaron, para nosotros sigue siendo una victoria personal”, explican sus fundadores. “Ha envejecido con una dignidad asombrosa sobre el papel. Volvemos a él constantemente y siempre nos arranca una sonrisa”. Lejos de entender aquella resolución como un fracaso, encontraron en ese proceso una certeza mucho más valiosa: la convicción de que su manera de pensar la arquitectura poseía ya una identidad propia, sólida y honesta.

Fundado en 2021, ROTO Estudio nació precisamente de esa intuición compartida. De comprender que el verdadero éxito no siempre reside únicamente en construir, sino también en ser capaces de sostener una mirada coherente sobre el espacio, la ciudad y la forma de habitar. “Fue el momento en el que entendimos que ROTO no era solo una idea, sino una realidad capaz de generar una arquitectura de la que siempre nos sentiríamos orgullosos”, recuerdan.

– El nombre del estudio es muy esclarecedor. ¿Qué significa para vosotros esa idea de “romper” dentro de la arquitectura?

– Para nosotros, en un mundo que se consume a pasos agigantados y donde todo es desechable, romper es, simplemente, perdurar. Parece una contradicción, pero el acto más disruptivo que puede cometer un arquitecto hoy es crear algo que no necesite ser sustituido. Rompemos con la inercia de la obsolescencia. Romper no es un gesto de violencia sobre la forma, sino un compromiso con la resistencia: fracturar esa rueda de consumo frenético para proponer espacios que se mantengan en pie, física y emocionalmente, mientras todo lo demás pasa de largo. En ROTO, romper significa detener el tiempo.

– En un contexto donde la disciplina parece cada vez más ligada a lo inmediato y lo visual, ¿en qué momento sentisteis la necesidad de desafiar a ese modelo?

– Nos negamos a aceptar que la arquitectura tiene fecha de caducidad y nos dimos cuenta de que el sector estaba cayendo en una especie de fast-fashion espacial: proyectos diseñados para el impacto inmediato de un flash, pero que envejecen mal a los cinco años, tanto física como conceptualmente. Fundamos el estudio para perseguir la permanencia. No nos interesa lo que es tendencia hoy, sino lo que seguirá siendo relevante en un futuro. Queríamos romper con ese paradigma de la novedad por la novedad y proponer una alternativa donde el diseño no pase de moda porque no responde a ellas, sino a verdades constructivas y humanas. ROTO es nuestra forma de decir que el mayor cambio de paradigma hoy es, precisamente, volver a construir para siempre.

«El acto más disruptivo que puede cometer un arquitecto hoy es crear algo que no necesite ser sustituido»

– Defendéis una arquitectura “sobria, precisa y silenciosa”. En un mundo saturado de estímulos, ¿puede lo silencioso convertirse en un verdadero lujo?

– Evitamos términos como lujo o paz porque suelen desvirtuar la realidad física de la arquitectura. Para nosotros, el silencio no es un concepto místico, es una herramienta de libertad. En un mundo saturado que intenta capturar nuestra atención a cada segundo, la arquitectura tiene la responsabilidad de actuar como un paréntesis: un lugar donde nada te invade.

Lo que hoy es verdaderamente escaso es la disponibilidad de uno mismo. Proyectar un espacio silencioso es, en realidad, regalar tiempo al habitante. Una arquitectura sobria y precisa no es una arquitectura vacía, es un escenario que no te impone un estado de ánimo ni te reclama atención constante. Es el valor de lo esencial: crear un refugio donde el ruido del mundo se detiene para que la vida, en su forma más pura y personal, pueda volver a suceder sin interferencias.

– También dais mucho peso al paso del tiempo. ¿Cómo se diseña un lugar pensando en cómo va a vivirse dentro de diez o veinte años?

– Diseñar pensando en el futuro no es intentar adivinar qué pasará en veinte años, sino construir un escenario que sea capaz de abrazar el cambio. Los sueños tienen diferentes plazos y la arquitectura debe ser lo suficientemente generosa para adaptarse a ellos. A veces, proyectamos un lugar sabiendo que es solo una etapa, un refugio para el presente; en esos casos, nuestra misión es exprimir todo el potencial de ese ‘ahora’ para que el cliente lo habite con plenitud. Otras veces, el diseño debe ser más elástico: prever la llegada de un nuevo miembro a la familia, la necesidad de un rincón para el pensamiento o la transformación del trabajo en el hogar. No diseñamos monumentos estáticos, sino estructuras sensibles que aceptan la evolución de quienes las viven. Para nosotros, proyectar a largo plazo es crear una base sólida y honesta que permita que la vida fluya, cambie y se reescriba sobre ella sin que el espacio pierda su sentido.

– Frente a una sostenibilidad muchas veces convertida en discurso, defendéis una postura más crítica basada en construir menos y mejor. ¿Cómo se convence a un cliente de ese enfoque?

– Convencer a un cliente de que construir menos es construir mejor requiere un cambio de perspectiva: pasar de la economía del coste a la economía del tiempo. Es cierto que lo que nace para perdurar exige una inversión inicial distinta, pero si medimos la vida de un edificio en décadas y no en meses, la durabilidad es la única apuesta segura. No hay nada más costoso y menos sostenible que aquello que debe ser reparado o sustituido al poco tiempo. Debemos ser conscientes de que operamos en un mundo de recursos finitos, y no me refiero solo a la materia, sino a la energía que sostiene cada espacio. Nuestra labor es pedagógica: enseñamos que la verdadera sostenibilidad no es un añadido tecnológico, sino una decisión arquitectónica. Al final, la mayor forma de respeto hacia el planeta es crear algo tan preciso y honesto que nadie sienta jamás la necesidad de derribarlo. La renuncia a lo superfluo es, en realidad, una ganancia de libertad y de futuro.

«Evitamos términos como lujo o paz porque suelen desvirtuar la realidad física de la arquitectura»

Entre Muros.

Desde esta visión, ROTO Estudio profundiza en las ideas que definen su manera de entender la arquitectura: desde su aproximación a los workplaces —cada vez más protagonistas en las nuevas dinámicas laborales— y al modelo contemporáneo de vivienda, hasta su relación con la ciudad y la forma en la que habitamos los espacios. Una reflexión sobre cómo construir lugares capaces de permanecer, adaptarse y responder de forma honesta a quienes los viven.

-En vuestros proyectos de workplace, la oficina se plantea como un espacio pensado para ser habitado. ¿Cómo creéis que debería evolucionar la arquitectura del trabajo en los próximos años?

– La oficina ya no es un lugar al que se va; es un lugar en el que se habita. Como ocurre en el cine o en la propia literatura, la arquitectura es un espejo de la sociedad, y hoy nuestra sociedad demanda refugio. El futuro del trabajo no pasa por jerarquías rígidas ni por espacios asépticos, sino por la domesticidad. En proyectos como LOOM Home, nuestra obsesión es que el usuario se sienta tan seguro y acogido como en su propio hogar. Crear espacios de oficina ‘domesticados’ significa entender que la productividad nace del bienestar. Necesitamos rincones para ese café que nos reconecta o zonas de descanso que respeten nuestros ritmos biológicos. No estamos diseñando estaciones de trabajo, estamos diseñando escenarios de vida. La arquitectura del trabajo debe evolucionar hacia una sensibilidad donde el espacio nos cuide, permitiéndonos ser más humanos mientras somos profesionales. El verdadero lujo en el workplace hoy es, simplemente, sentirse en casa.

-En vivienda, sin embargo, el enfoque parece aún más íntimo y específico. ¿Cómo evitáis la repetición en un contexto donde muchas soluciones tienden a estandarizarse?

– Evitamos la estandarización mediante un ejercicio de escucha casi antropológica. Cada persona tiene una forma de habitar que es única, un mapa de hábitos que no puede resolverse con soluciones genéricas. Nuestra labor es traducir esas necesidades íntimas en espacios, pero bajo una premisa clara: la buena arquitectura es la que se vuelve silenciosa.

Para nosotros, el éxito de un proyecto reside en que el habitante no note que la arquitectura está ahí porque jamás le pone barreras. Solo nos damos cuenta de que algo está mal diseñado cuando nos incomoda: ese mueble de cocina inaccesible o ese rincón muerto que nunca logras habitar. Proyectamos para eliminar esas fricciones. Buscamos que el espacio fluya de tal manera que el cliente pueda ser él mismo sin obstáculos. Al final, no diseñamos casas para ser admiradas, sino para ser vividas.

Vivienda LDR.

Vivienda LDR.

– Referenciáis a importantes figuras del sector. ¿De qué manera reinterpretáis esas influencias para evitar caer en una estética reconocible o derivativa?

– No miramos a los grandes nombres para calcar sus formas, sino para descifrar el rastro que dejaron. Reinterpretar no es repetir un lenguaje, es heredar una obsesión por la excelencia. No nos interesa el ‘estilo’ de un maestro, que no es más que el residuo del tiempo, sino la pulsión que le llevó a colocar una piedra sobre otra de una manera determinada. Para evitar lo derivativo, buscamos la raíz, no la hoja. Nos fijamos en cómo resolvieron el silencio, en cómo tensaron los materiales o en cómo domesticaron el vacío. La verdadera influencia se siente en la solidez de una decisión bien tomada.

«ROTO es nuestra forma de decir que el mayor cambio de paradigma hoy es, precisamente, volver a construir para siempre»

Con una identidad cada vez más definida y una manera de proyectar basada en la coherencia y la permanencia, ROTO Estudio atraviesa ahora una etapa de consolidación y crecimiento estratégico. Nuevos proyectos, distintas escalas y la exploración de otros ámbitos como el retail o la restauración forman parte de una evolución que el estudio aborda sin renunciar a la precisión ni al rigor que han marcado su trayectoria desde el inicio.

– Compartís una visión muy clara desde el inicio. ¿Cómo ha influido vuestra relación previa en la forma en la que trabajáis hoy?

– Nuestra relación es el cimiento de todo lo que construimos. Se basa en un respeto profundo que, con los años, se ha transformado en una suerte de gramática común. No necesitamos grandes explicaciones para entendernos; compartimos una frecuencia que nos permite detectar cuándo una idea tiene la fuerza suficiente para seguir adelante o cuándo debemos descartarla.

Auditorio Santalucía.

Auditorio Santalucía.

– En un momento de crecimiento, ¿cómo se protege esa coherencia inicial frente a la escala, los nuevos encargos y las inevitables presiones del mercado?

– Es un reto constante. Existe una vorágine exterior que parece querer engullirlo todo, pero la combatimos fortaleciendo nuestra mirada común. La coherencia de ROTO no nace de una imposición, sino de un equipo que comparte una misma forma de entender el oficio; eso es lo que nos permite crecer sin desvirtuarnos. Sin embargo, no somos ajenos a la realidad. Los arquitectos no poseemos verdades absolutas. En este momento de expansión, entendemos que nuestro papel es también el de gestores de la realidad de nuestros clientes. El mercado oscila sin pausa y nos obliga a ser flexibles. Ser coherentes hoy no significa ser rígidos, sino tener la lucidez de saber cuándo es necesario parar, reformular y continuar desde un nuevo paradigma que se adecue a la capacidad económica del proyecto. Para nosotros, proteger nuestra esencia es precisamente eso: saber adaptar nuestra precisión a las mareas del mundo real sin renunciar nunca a la honestidad de lo que construimos.

Por MARCO DE PABLOS
Fotografía ROMÁN CEPEDA

REMEDIOS y SAMARA AMAYA se mueven por el flamenco como quien respira. La voz de la madre, una de las grandes del género en España, parece desafiar al tiempo, mientras su hija, forjando una carrera en solitario, promete dejar su propia huella en él. Ambas conocen los obstáculos de la industria y saben lo que cuesta abrirse camino en ella, pero, al final, su medida del éxito es simple y rotunda: que les guste a ellas.

En su mano izquierda, Camarón de la Isla llevaba tatuada una estrella de David y una luna creciente, un símbolo que hoy también adorna la piel de Remedios Amaya, conocida como “La Camaronera” por su estrecho vínculo con el cantaor isleño, y la de su hija, Samara. Ambas llevan sus raíces como estandarte, conscientes de que forman parte de una de las últimas estirpes del flamenco. 

“Este tablao lo había visto por la tele con Lola Flores y muchos otros artistas que hicieron un reportaje aquí. Y la verdad es que siempre había tenido ganas de venir a esta casa tan preciosa”, cuenta la matriarca, haciendo referencia al Corral de la Morería. Por su icónico escenario y bajo la atenta mirada de los personajes que protagonizan Pelando la pava —la obra que adorna el interior del local, realizada por Juan Barba y encargada por Manuel del Rey, fundador del establecimiento hace más de siete décadas— han pasado algunos de los cantaores y bailaores más laureados de todos los tiempos: desde Pastora Imperio, encargada de inaugurarlo, hasta Antonio Gades, Lucero Tena o La Paquera de Jerez, y ahora, también ellas. 

Están en su hábitat, sobre las tablas y bajo los focos de un enclave mítico. Porque la felicidad de Remedios ha tenido siempre como telón de fondo otro santuario del flamenco: el histórico escenario de Los Gallos, en pleno barrio de Santa Cruz, uno de los arrabales con mayor aura de la capital hispalense, ciudad en la que ambas residen en la actualidad. “Ahí ha sido donde yo me he hecho artista”, confiesa la mayor del clan. 

Su nombre original es María Dolores Amaya Vega y nació en Triana. No podía ser de otra manera. Desde muy joven comenzó a alternar en las grandes salas de la capital andaluza, donde fue dándose a conocer entre los principales referentes del género en España y ganándose el aplauso unánime de los más entendidos. Así fue forjando una trayectoria sólida y respetada hasta que, en 1983, dos productores y grandes amigos suyos, Paco Cervantes y Gonzalo García Pelayo, se pusieron en contacto con ella para comunicarle, posiblemente, la noticia más importante de toda su carrera. “Yo vivía entonces en Málaga, tenía unos 19 años y mi hijo mayor apenas contaba con unos meses”, recuerda emocionada. “Un día me llamaron y me dijeron: ‘Remedios, nos hemos acordado de ti’. Yo pregunté: ‘¿Qué pasa?’. Y me respondieron: ‘Hemos pensado llevarte a Eurovisión’. No me lo podía creer: ‘¿Cómo que voy a ir a Eurovisión a representar a España?’”. Al evocarlo, su voz se quiebra levemente. “Ahí sentí que se cumplía un sueño, porque lo que yo quería era darme a conocer al mundo entero”. 

Remedios Amaya sobre su paso por Eurovisión: “Fui allí representando a España y representando mi raza, porque yo soy gitana por los cuatro costados. Representé lo que soy”

Su participación en el concurso musical por excelencia en Europa marcó un antes y un después. Interpretó Quién maneja mi barca en solitario y llenó el escenario con su sola presencia. Salió con la melena suelta, los bucles perfectamente definidos y una cinta estilo boho cruzando su frente, a juego con un vestido de rayas blancas y azules elegido a última hora. La organización le prohibió el diseño original: un traje negro con pedrería que se perdía sobre el color del escenario. Esa fue la excusa que le dieron. Actuó descalza, al no encontrar zapatos de su número que combinaran con el look final, y sentó cátedra ante un público que no estaba preparado ni para esa actuación ni para la fuerza de una mujer así. “Yo flipé. No gané, porque no me dieron ni un punto, pero bueno… Fui allí representando a España y representando mi raza, porque yo soy gitana por los cuatro costados. Representé lo que soy”, rememora.

La cantante de éxitos que aún hoy resuenan en grandes reuniones como Turu Turai, Me voy contigo, La calle del olvido o Dos toreros, mantiene su timbre como si los años no hubieran pasado. Fuimos testigos de ello. Entre foto y foto, se arrancaba a cantar, dejando atónitos a todos cuantos por allí pululábamos, pese a que grandes tabiques nos separasen de ella. Su voz es infinita.

A su llegada, pidió una manzanilla con una rodaja de limón. Quién sabe si ese es su secreto mejor guardado, aunque, a ciencia cierta, parece no ser lo único que la mantiene imparable. Con la mirada puesta en el futuro, reconoce que se presentan cosas muy prometedoras. “Yo digo que este año es el mío”, afirma. “Tengo un proyecto con unos cantantes mexicanos maravillosos. Me encanta la idea. Siempre he soñado con cantar con artistas de otros lugares sin perder mis raíces, porque eso es lo mío. Pero también quiero llevar mi música a otros terrenos, compartirla con gente buena que te transmita cosas”. Además, hay una grabación en marcha con Cucurucho Valdés, nieto de Bebo Valdés, uno de los más grandes intérpretes que ha dado Cuba, algo que para ella representa un logro muy importante. “Y, por supuesto, cuando llegue el momento, grabar con mi hija Samara. No porque sea mi hija, sino porque canta como los propios ángeles. Cada día canta mejor”, concluye orgullosa y entusiasmada, dejando claro que su legado sigue y seguirá vivo por mucho tiempo.

El nombre de su primogénita no es en vano. Samara significa la protegida de Dios, un concepto que parece marcar cada paso de su vida personal y profesional. “En mi familia todos cantan y bailan, quien no toca la guitarra, toca el cajón… y todo con un nivelazo. Yo, sin embargo, no abrí la boca en casa hasta los 16 o 17 años”, admite a FEARLESS.

Ha crecido escuchando flamenco, pero no fue hasta unos años antes de alcanzar la mayoría de edad cuando decidió soltar todo lo que llevaba dentro. “Fue una Nochebuena. En casa se celebra muchísimo el 24 y el 25 de diciembre y ya me dejaban beberme una copita. Y con esa copita salí cantando. Recuerdo que mi gente se miraban unos a otros como diciendo: ‘No. Esto no puede ser verdad’”, narra con una sonrisa. “Fue el momento en el que pude decir: ‘Voy a soltarlo’. Ahí empezó todo. A partir de entonces, mi madre comenzó a llevarme y a subirme a los escenarios”.

Reconoce que no es sencillo ser hija de una de las grandes artistas flamencas. “Por una parte es una putada y, por otra, tiene algo muy bueno porque al final eres hija de… y, al menos, te escuchan. Pero luego vienen las comparaciones. Es jodido”. No resulta extraño, por tanto, que la presión haya estado presente desde sus inicios. Sin embargo, lejos de frenar su camino, esa carga no la ha detenido y, a la vista está, tampoco lo hará. De hecho, se muestra agradecida por haber crecido en un entorno como el suyo. “Si hablamos de flamenco, bajo mi punto de vista, el estudio, conservatorio o técnica, tiene que ir acompañado de la vivencia. Tienes que estar en una juerga, vivir la noche o la tarde. Da igual la hora. Una juerga se puede hacer a cualquier momento, porque lo que se vive ahí no se aprende en un libro”, pone de manifiesto, citando a Paco de Lucía, firme defensor de esta misma idea.

“Tengo el listón muy alto y para mí no vale cualquier cosa”, asegura. En este momento se encuentra inmersa en el desarrollo de nuevos proyectos: “Quiero grabar varios temas, hacer cosas con mi madre y también en solitario. Me interesa fusionar el flamenco, hacer propuestas novedosas e integrarlo con otras culturas. Creemos que es el momento”, explica.

Mientras tanto, a la vida solo le pide poder triunfar, aunque no se considera especialmente amiga de la fama, tal y como asegura: “No busco el foco. Yo hago lo que siento a mi manera. Si le gusta a diez personas, bien. Si le gusta a cien, también. Sobre todo, que me guste a mí”. Y, por supuesto, salud.

Antes de despedirse, hace una última reivindicación. “Está muy bien fusionar y evolucionar, a mí me encanta, pero creo que la gente se está olvidando de la raíz. Tenemos la suerte de que todavía hay grandes artistas vivos. A veces parece que no interesa mirar atrás porque ‘eso no vende’. Un día ya no estarán y entonces tendremos que buscarlos en vídeos. Ahora todavía se les puede escuchar de cerca. No deberíamos olvidarnos de eso”. Razón no le falta. Y para mantener vivo ese legado estarán artistas como ella, con una trayectoria prometedora y una identidad firme que no olvida de dónde viene.

Termina la jornada y madre e hija abandonan el Corral, no sin antes hacernos partícipes de una promesa. “Oye, Remedios, ¿y si hablamos para que vengas con Samara a cantar aquí una noche?”, cuenta emocionada la propuesta. “Yo me quedé así y les dije: ‘Sí, claro’”. Habrá que esperar.

Maquillaje y peluquería BELÉN TUDANCA para HARPO MAKE UP SCHOOL
Agradecimientos CORRAL DE LA MORERÍA