Por MARCO DE PABLOS
Fotografía ROMÁN CEPEDA
REMEDIOS y SAMARA AMAYA se mueven por el flamenco como quien respira. La voz de la madre, una de las grandes del género en España, parece desafiar al tiempo, mientras su hija, forjando una carrera en solitario, promete dejar su propia huella en él. Ambas conocen los obstáculos de la industria y saben lo que cuesta abrirse camino en ella, pero, al final, su medida del éxito es simple y rotunda: que les guste a ellas.
En su mano izquierda, Camarón de la Isla llevaba tatuada una estrella de David y una luna creciente, un símbolo que hoy también adorna la piel de Remedios Amaya, conocida como “La Camaronera” por su estrecho vínculo con el cantaor isleño, y la de su hija, Samara. Ambas llevan sus raíces como estandarte, conscientes de que forman parte de una de las últimas estirpes del flamenco.
“Este tablao lo había visto por la tele con Lola Flores y muchos otros artistas que hicieron un reportaje aquí. Y la verdad es que siempre había tenido ganas de venir a esta casa tan preciosa”, cuenta la matriarca, haciendo referencia al Corral de la Morería. Por su icónico escenario y bajo la atenta mirada de los personajes que protagonizan Pelando la pava —la obra que adorna el interior del local, realizada por Juan Barba y encargada por Manuel del Rey, fundador del establecimiento hace más de siete décadas— han pasado algunos de los cantaores y bailaores más laureados de todos los tiempos: desde Pastora Imperio, encargada de inaugurarlo, hasta Antonio Gades, Lucero Tena o La Paquera de Jerez, y ahora, también ellas.
Están en su hábitat, sobre las tablas y bajo los focos de un enclave mítico. Porque la felicidad de Remedios ha tenido siempre como telón de fondo otro santuario del flamenco: el histórico escenario de Los Gallos, en pleno barrio de Santa Cruz, uno de los arrabales con mayor aura de la capital hispalense, ciudad en la que ambas residen en la actualidad. “Ahí ha sido donde yo me he hecho artista”, confiesa la mayor del clan.

Su nombre original es María Dolores Amaya Vega y nació en Triana. No podía ser de otra manera. Desde muy joven comenzó a alternar en las grandes salas de la capital andaluza, donde fue dándose a conocer entre los principales referentes del género en España y ganándose el aplauso unánime de los más entendidos. Así fue forjando una trayectoria sólida y respetada hasta que, en 1983, dos productores y grandes amigos suyos, Paco Cervantes y Gonzalo García Pelayo, se pusieron en contacto con ella para comunicarle, posiblemente, la noticia más importante de toda su carrera. “Yo vivía entonces en Málaga, tenía unos 19 años y mi hijo mayor apenas contaba con unos meses”, recuerda emocionada. “Un día me llamaron y me dijeron: ‘Remedios, nos hemos acordado de ti’. Yo pregunté: ‘¿Qué pasa?’. Y me respondieron: ‘Hemos pensado llevarte a Eurovisión’. No me lo podía creer: ‘¿Cómo que voy a ir a Eurovisión a representar a España?’”. Al evocarlo, su voz se quiebra levemente. “Ahí sentí que se cumplía un sueño, porque lo que yo quería era darme a conocer al mundo entero”.
Remedios Amaya sobre su paso por Eurovisión: “Fui allí representando a España y representando mi raza, porque yo soy gitana por los cuatro costados. Representé lo que soy”
Su participación en el concurso musical por excelencia en Europa marcó un antes y un después. Interpretó Quién maneja mi barca en solitario y llenó el escenario con su sola presencia. Salió con la melena suelta, los bucles perfectamente definidos y una cinta estilo boho cruzando su frente, a juego con un vestido de rayas blancas y azules elegido a última hora. La organización le prohibió el diseño original: un traje negro con pedrería que se perdía sobre el color del escenario. Esa fue la excusa que le dieron. Actuó descalza, al no encontrar zapatos de su número que combinaran con el look final, y sentó cátedra ante un público que no estaba preparado ni para esa actuación ni para la fuerza de una mujer así. “Yo flipé. No gané, porque no me dieron ni un punto, pero bueno… Fui allí representando a España y representando mi raza, porque yo soy gitana por los cuatro costados. Representé lo que soy”, rememora.
La cantante de éxitos que aún hoy resuenan en grandes reuniones como Turu Turai, Me voy contigo, La calle del olvido o Dos toreros, mantiene su timbre como si los años no hubieran pasado. Fuimos testigos de ello. Entre foto y foto, se arrancaba a cantar, dejando atónitos a todos cuantos por allí pululábamos, pese a que grandes tabiques nos separasen de ella. Su voz es infinita.

A su llegada, pidió una manzanilla con una rodaja de limón. Quién sabe si ese es su secreto mejor guardado, aunque, a ciencia cierta, parece no ser lo único que la mantiene imparable. Con la mirada puesta en el futuro, reconoce que se presentan cosas muy prometedoras. “Yo digo que este año es el mío”, afirma. “Tengo un proyecto con unos cantantes mexicanos maravillosos. Me encanta la idea. Siempre he soñado con cantar con artistas de otros lugares sin perder mis raíces, porque eso es lo mío. Pero también quiero llevar mi música a otros terrenos, compartirla con gente buena que te transmita cosas”. Además, hay una grabación en marcha con Cucurucho Valdés, nieto de Bebo Valdés, uno de los más grandes intérpretes que ha dado Cuba, algo que para ella representa un logro muy importante. “Y, por supuesto, cuando llegue el momento, grabar con mi hija Samara. No porque sea mi hija, sino porque canta como los propios ángeles. Cada día canta mejor”, concluye orgullosa y entusiasmada, dejando claro que su legado sigue y seguirá vivo por mucho tiempo.
El nombre de su primogénita no es en vano. Samara significa la protegida de Dios, un concepto que parece marcar cada paso de su vida personal y profesional. “En mi familia todos cantan y bailan, quien no toca la guitarra, toca el cajón… y todo con un nivelazo. Yo, sin embargo, no abrí la boca en casa hasta los 16 o 17 años”, admite a FEARLESS.
Ha crecido escuchando flamenco, pero no fue hasta unos años antes de alcanzar la mayoría de edad cuando decidió soltar todo lo que llevaba dentro. “Fue una Nochebuena. En casa se celebra muchísimo el 24 y el 25 de diciembre y ya me dejaban beberme una copita. Y con esa copita salí cantando. Recuerdo que mi gente se miraban unos a otros como diciendo: ‘No. Esto no puede ser verdad’”, narra con una sonrisa. “Fue el momento en el que pude decir: ‘Voy a soltarlo’. Ahí empezó todo. A partir de entonces, mi madre comenzó a llevarme y a subirme a los escenarios”.
Reconoce que no es sencillo ser hija de una de las grandes artistas flamencas. “Por una parte es una putada y, por otra, tiene algo muy bueno porque al final eres hija de… y, al menos, te escuchan. Pero luego vienen las comparaciones. Es jodido”. No resulta extraño, por tanto, que la presión haya estado presente desde sus inicios. Sin embargo, lejos de frenar su camino, esa carga no la ha detenido y, a la vista está, tampoco lo hará. De hecho, se muestra agradecida por haber crecido en un entorno como el suyo. “Si hablamos de flamenco, bajo mi punto de vista, el estudio, conservatorio o técnica, tiene que ir acompañado de la vivencia. Tienes que estar en una juerga, vivir la noche o la tarde. Da igual la hora. Una juerga se puede hacer a cualquier momento, porque lo que se vive ahí no se aprende en un libro”, pone de manifiesto, citando a Paco de Lucía, firme defensor de esta misma idea.

“Tengo el listón muy alto y para mí no vale cualquier cosa”, asegura. En este momento se encuentra inmersa en el desarrollo de nuevos proyectos: “Quiero grabar varios temas, hacer cosas con mi madre y también en solitario. Me interesa fusionar el flamenco, hacer propuestas novedosas e integrarlo con otras culturas. Creemos que es el momento”, explica.
Mientras tanto, a la vida solo le pide poder triunfar, aunque no se considera especialmente amiga de la fama, tal y como asegura: “No busco el foco. Yo hago lo que siento a mi manera. Si le gusta a diez personas, bien. Si le gusta a cien, también. Sobre todo, que me guste a mí”. Y, por supuesto, salud.
Antes de despedirse, hace una última reivindicación. “Está muy bien fusionar y evolucionar, a mí me encanta, pero creo que la gente se está olvidando de la raíz. Tenemos la suerte de que todavía hay grandes artistas vivos. A veces parece que no interesa mirar atrás porque ‘eso no vende’. Un día ya no estarán y entonces tendremos que buscarlos en vídeos. Ahora todavía se les puede escuchar de cerca. No deberíamos olvidarnos de eso”. Razón no le falta. Y para mantener vivo ese legado estarán artistas como ella, con una trayectoria prometedora y una identidad firme que no olvida de dónde viene.
Termina la jornada y madre e hija abandonan el Corral, no sin antes hacernos partícipes de una promesa. “Oye, Remedios, ¿y si hablamos para que vengas con Samara a cantar aquí una noche?”, cuenta emocionada la propuesta. “Yo me quedé así y les dije: ‘Sí, claro’”. Habrá que esperar.


