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Por ALBERTO CASTILLO

Tras más de veinte años cerrado, el antiguo lugar de peregrinación de Font Romeu reabre sus puertas convertido en un hotel de cuatro estrellas. A su alrededor, la estación pirenaica muestra en verano su otra cara: la de un destino donde el golf se juega a 1.800 metros de altitud y la naturaleza del Parque Regional de los Pirineos Catalanes envuelve cada rincón.

Cuando el frío del invierno se retira de la Cerdaña francesa, la estación de Font Romeu, referencia durante décadas en el Pirineo para el entrenamiento en altura de deportistas de élite, despliega en los meses cálidos otra versión de sí misma menos conocida por el gran público: la de un destino de montaña donde el deporte, el aire limpio de los 1.800 metros y el patrimonio histórico conviven en armonía.

A esa combinación de naturaleza, deporte y tradición se ha incorporado un nuevo elemento llamado a ser uno de los protagonistas por derecho propio. El Gran Hotel L’Ermitage, un edificio histórico clasificado que durante generaciones fue lugar de culto y de peregrinación, ha reabierto sus puertas tras más de dos décadas cerrado y al que se ha sometido a una profunda renovación. El resultado es un alojamiento exquisito donde descansar tras completar los nueve hoyos de uno de los campos de golf más altos de Europa o simplemente dejarse llevar por el deleite que provoca la sensación de dormir con todo tipo de comodidades en un lugar de cuyas piedras emana una profunda espiritualidad que se respira entre sus gruesos muros.

El renacer de un santuario: del culto al lujo discreto

El lugar conocido como el Ermitage de Font-Romeu fue, durante siglos, el corazón espiritual de la zona y prácticamente la única edificación existente en medio del bosque. Su origen data del siglo XIV como un pequeño oratorio que se construyó para venerar una imagen de la virgen aparecida en el bosque. En los siglos XVI y XVI se amplió la capilla y se convirtió en un santuario de peregrinación con la construcción de una hospedería para acoger a ermitaños y peregrinos. El antiguo santuario siguió existiendo y permaneció como el centro religioso e histórico del lugar hasta nuestros días donde los lugareños profesaban su fe cristiana.

Jean Parent, conocido restaurador local, también acudía de niño. Sus recuerdos de infancia alimentaron una idea y una pasión que el tiempo ha cimentado en lo que es hoy el Gran Hotel L’Ermitage. Junto con su socia y decoradora Hélène Bier, Parent ha levantado sobre el edificio original un hotel de 22 habitaciones, que este verano se ha ampliado a 44, en el que conservó los muros de piedra local, las cubiertas de pizarra y el rojo intenso de las carpinterías originales, sin renunciar al carácter de un edificio que respira historia en cada rincón, enclavado en un bosque rodeado de montañas al que acudía en su infancia. Tuvimos ocasión de charlar con Jean Parent, quien nos contagió su entusiasmo al relatarnos como desde hace años tenia como objetivo recuperar para Font Romeu y dar una nueva vida a este histórico lugar.

En cada una de las habitaciones y suites, cada una de ellas diferente del resto, se percibe el mimo y el cariño que se ha puesto en su decoración, con motivos que evocan las montañas de Europa, combinando materiales naturales como la madera, la piedra, el cuero o las pieles con un estilo moderno y lujoso, pero sin opulencia y sin perder las raíces que lo ligan a esta tierra.

De hecho, pese a lo que sugiere su nombre, el Gran Hotel no pretende ser un establecimiento excluyente, más al contrario, abierto a todo el mundo. Sobre esta filosofía se ha inspirado la decoración de la ampliación del hotel. Las 22 nuevas habitaciones invitan a viajar por otros continentes, y cada planta está inspirada en un macizo distinto. Son las montañas del mundo que aspiran a atraer al mayor número posible de visitantes.

Font Romeu: la estación que entrena para la altura

Font Romeu es uno de los lugares más prestigiosos del mundo para las concentraciones de deportistas de élite, especialmente en deportes de resistencia como atletismo, ciclismo, triatlón, esquí de fondo o natación. Su atractivo se debe a una combinación difícil de igualar de fisiología, infraestructura y entorno. Como nos explica Christian Sarran, director de la Oficina de Turismo de Font Romeu, la altitud de 1.800 metros se considera óptima para estimular adaptaciones fisiológicas. Además, dispone de un clima excepcional para entrenar, con alrededor de 300 días de sol al año, con un aire seco y limpio, instalaciones de primer nivel, y gran variedad de terrenos, desde carreteras de montaña para ciclismo, senderos de trail; pistas forestales, recorridos llanos para rodajes suaves o puertos largos para trabajo de resistencia.

Font Romeu, nos explica Christian Sarran, ha construido su reputación sobre la nieve y el entrenamiento en altura, pero es en verano cuando revela su carácter más completo.

En este enclave de la Cerdaña francesa, en pleno Parque Natural Regional de los Pirineos Catalanes, entre bosques de pinos y panorámicas sobre el macizo del Cambre d’Aze y el Puigmal, el paisaje no distingue entre temporada altas o baja, sino entre formas distintas de recorrerlo: con esquís en invierno, a pie o en bicicleta de montaña en primavera y otoño, y, cada vez más, con un palo de golf en la mano durante los meses cálidos. Es el deporte, en todas sus expresiones, el que marca el ritmo de las estaciones.

Golf a 1.800 metros: la naturaleza como rival

Si el Ermitage representa la tradición recuperada, el campo de golf municipal de Font Romeu representa la otra cara de la misma moneda: la naturaleza convertida en desafío deportivo. El diseño, obra del histórico jugador francés Jean Garaïalde e inaugurado en 1985, suma nueve hoyos a par 36 en poco más de dos kilómetros y medio, donde el bosque y las pendientes obligan a recalcular cada golpe.

La altitud aquí, lejos de ser un obstáculo, se ha convertido en su seña de identidad. El resultado es un campo exigente pero profundamente gratificante, donde el golf deja de ser un deporte de césped perfecto y se convierte en una disciplina de montaña: técnica, física y visualmente espectacular.

Recientemente se ha hecho cargo de la gestión Benoît Pourtanel, con el reto de abrir una nueva etapa en un club profundamente integrado en el entorno y de ampliar la afición a este deporte en un campo tan singular.

Precisamente para un amateur como el que escribe estas líneas, la primera impresión al visitarlo es de sorpresa al comprobar que no todo el golf tiene que ser como lo idealizamos. Acostumbrado a la imagen de grandes praderas planas donde la bola siempre se alcanza a la vista, la visión del golf de Font Romeu es, cuanto menos, sorprendente. Aquí la falta de pericia o la precipitación si no lees adecuadamente el terreno y las condiciones del campo antes de golpear la bola, puede hacer que se esconda para siempre en medio del bosque. En mi caso, la prudencia me recomendó probar la zona de prácticas, donde pude comprobar en primera persona que no es tan sencillo como parece, y que para hacer un buen swing se requiere, como en casi todo, combinar técnica, coordinación y práctica, cualidades que, honestamente, no me adornan.

El campo de golf y el Ermitage no solo están unidos por la proximidad entre ambos. Son un símil de la historia de Font Romeu: un lugar que ha convertido lo que ya tenía —un santuario, una altitud, un bosque de pinos— en algo nuevo sin renunciar a lo que fue. El edificio que durante generaciones acogió peregrinaciones hoy recibe viajeros; la montaña que durante décadas se pensó solo para el invierno hoy se recorre también con un palo de golf en la mano. Tradición, deporte y naturaleza mirando al futuro sin renunciar al pasado.

El turismo del vino vive uno de sus mejores momentos. Frente a las vacaciones masificadas y los destinos convencionales, cada vez son más los viajeros que buscan experiencias capaces de conectar gastronomía, naturaleza y cultura en un mismo viaje. En ese escenario, la Ribera del Duero se consolida como uno de los grandes referentes del turismo de interior en España, especialmente cuando el verano da paso a los primeros días de la vendimia y el paisaje vitícola alcanza uno de sus momentos de mayor belleza.

Con esa filosofía, Bodegas Cepa 21 ha diseñado una programación especial desde finales de agosto hasta principios de octubre que invita a descubrir el territorio desde una perspectiva mucho más inmersiva. Lejos de limitarse a las tradicionales visitas a bodega, la firma presidida por José Moro propone tres experiencias que permiten al visitante recorrer los viñedos, comprender el origen de cada vino y participar activamente en algunas de las labores que dan forma a una de las denominaciones de origen más prestigiosas del mundo.

La iniciativa responde a una tendencia cada vez más consolidada dentro del sector turístico: el viajero ya no busca únicamente degustar un vino, sino entender todo aquello que sucede antes de que llegue a la copa. El paisaje, la sostenibilidad, las personas y las tradiciones se convierten así en parte esencial de una experiencia que trasciende la simple cata para convertirse en un auténtico viaje sensorial.

Un picnic entre viñedos para descubrir el lado más relajado de la Ribera del Duero

Entre las propuestas más atractivas de la programación destaca el exclusivo Picnic entre Viñas, una experiencia pensada para disfrutar del paisaje en uno de los momentos más especiales del año, cuando los viñedos comienzan a prepararse para la vendimia.

La actividad arranca con una copa de Hito Rosado como bienvenida y continúa con un recorrido guiado por los viñedos y las instalaciones de la bodega, donde los visitantes descubren el proceso de elaboración que da vida a los vinos de Cepa 21. La experiencia culmina al aire libre con una cata de Cepa 21 y Malabrigo acompañada por un picnic elaborado con productos locales, una propuesta que invita a detener el tiempo y contemplar el paisaje desde el corazón mismo del viñedo.

Más que una visita, se trata de una forma diferente de acercarse al territorio, disfrutando del silencio, la gastronomía y el entorno natural que han convertido a la Ribera del Duero en uno de los grandes destinos enoturísticos del país.

Conocer el vino empieza por entender la tierra

Para quienes desean profundizar en el trabajo que se desarrolla en el viñedo, Cepa 21 propone una experiencia centrada en la viticultura regenerativa, una práctica que gana cada vez más protagonismo dentro del sector vitivinícola por su apuesta por la salud del suelo y el equilibrio del ecosistema.

El recorrido permite conocer de primera mano cómo la bodega aplica este modelo de cultivo para elaborar vinos capaces de expresar con fidelidad la identidad de cada parcela. Tras la visita, los participantes disfrutan de una cata comentada de cinco de las referencias más representativas de la casa —Hito Rosado, Hito, Cepa 21, Malabrigo y Horcajo— acompañadas por una cuidada selección de productos gourmet diseñada para potenciar los matices de cada vino.

La propuesta convierte la degustación en una experiencia de aprendizaje, donde cada copa ayuda a comprender la estrecha relación entre el viñedo, el clima, la tierra y el resultado final que llega al consumidor.

La vendimia deja de ser un espectáculo para convertirse en una experiencia

La programación culmina con una de las actividades más esperadas por quienes visitan la Ribera del Duero en esta época del año: el Taller de Vendimia. Una propuesta que invita a abandonar el papel de espectador para convertirse, aunque solo sea por unas horas, en bodeguero.

Los participantes tendrán la oportunidad de recoger la uva de forma manual, aprender los criterios con los que se seleccionan los mejores racimos y recuperar uno de los rituales más tradicionales del mundo del vino: el pisado artesanal de la uva, una práctica que conecta con siglos de historia vitivinícola y permite comprender el valor que hay detrás de cada cosecha.

La jornada concluye con una cata de Hito y Cepa 21 acompañada por productos locales, poniendo el broche final a una experiencia diseñada para acercar al visitante al verdadero origen del vino. Además, la actividad está adaptada para familias, permitiendo que también los más pequeños participen en diferentes propuestas pensadas para su edad y descubran de forma lúdica la cultura vitivinícola.

Mucho más que visitar una bodega

Con esta nueva programación, Cepa 21 reafirma una visión del enoturismo basada en la autenticidad y la conexión con el territorio. La bodega entiende que el vino no comienza en la copa, sino mucho antes, en el paisaje, en el trabajo diario de quienes cuidan el viñedo y en una cultura transmitida durante generaciones.

Las tres experiencias reflejan esa manera de entender la Ribera del Duero: como un lugar donde naturaleza, gastronomía, sostenibilidad y tradición conviven para ofrecer al visitante una vivencia difícil de replicar en otros destinos.

En un momento en el que el turismo busca propuestas cada vez más personalizadas y memorables, Cepa 21 demuestra que el verdadero lujo no siempre reside en la exclusividad, sino en la posibilidad de vivir experiencias auténticas, comprender el origen de las cosas y regresar a casa con una historia que contar, además de una botella de vino.

El resort alcanza un hito decisivo en su desarrollo, imaginando un nuevo concepto de vivir, disfrutar y desconectar en plena naturaleza con una propuesta única que combina playa, lago navegable, bienestar, deporte y alta gastronomía

La Costa del Sol suma un nuevo icono del lujo experiencial. Real de La Quinta ha inaugurado oficialmente El Lago Club, un espacio concebido para transformar la forma de entender el ocio residencial y convertir el tiempo libre en una experiencia integral. La apertura no solo supone uno de los mayores hitos desde el nacimiento del proyecto, sino que sitúa al complejo como el resort con la oferta de ocio más completa de toda la Costa del Sol, consolidando un modelo que trasciende el desarrollo inmobiliario tradicional para convertirse en un auténtico destino de vida.

Ubicado entre Marbella y Benahavís, en un privilegiado enclave natural rodeado por las montañas de la Sierra de las Nieves, Reserva de la Biosfera por la UNESCO, Real de La Quinta ha alcanzado ya aproximadamente el 50 % de su desarrollo. Más de 400 viviendas construidas y una ambiciosa planificación a largo plazo convierten al complejo en uno de los proyectos urbanísticos más singulares de Andalucía, donde la sostenibilidad, la baja densidad constructiva y la integración con el paisaje forman parte del ADN del resort.

La apertura de El Lago Club representa la materialización de esa filosofía. No se trata únicamente de incorporar nuevos servicios, sino de dar forma a un espacio donde deporte, bienestar, gastronomía, naturaleza y vida social conviven de manera orgánica para ofrecer una experiencia que hasta ahora no existía en el litoral malagueño.

Un lago navegable con playa en plena montaña, el gran protagonista del proyecto

El corazón de este nuevo espacio gira alrededor de un espectacular lago navegable de más de 35.000 metros cuadrados y más de 400 metros de longitud, una infraestructura que se convierte en el gran símbolo de Real de La Quinta y en uno de los elementos más diferenciadores del complejo.

Lejos de limitarse a una función paisajística, el lago ha sido diseñado como un auténtico centro de actividad. Sus orillas albergan una playa equipada para el baño, un embarcadero y una completa oferta de deportes acuáticos que incluye kayak, paddle surf y bicicletas de agua. Todo ello en un entorno de montaña que rompe con los esquemas tradicionales del ocio asociado exclusivamente al litoral y propone una nueva forma de disfrutar del agua durante todo el año.

La experiencia se completa con un campo de golf de seis hoyos, pistas de tenis y pádel, recorridos para caminar o correr, amplias zonas infantiles y espacios concebidos para fomentar la convivencia entre residentes y visitantes. Un ecosistema pensado para convertir el ocio cotidiano en una experiencia permanente y no únicamente vacacional.

La apuesta responde a una tendencia cada vez más consolidada dentro del segmento premium: ofrecer mucho más que una vivienda. Hoy, el verdadero lujo reside en disponer de servicios, experiencias y calidad de vida sin necesidad de abandonar el entorno residencial.

Bienestar cinco estrellas con la llegada de Le Max Wellness Club

El bienestar ocupa otro de los grandes ejes del nuevo destino. El Lago Club incorpora las instalaciones de Le Max Wellness Club, una firma reconocida por su concepto de entrenamiento premium y sus protocolos personalizados, que desembarca en Marbella con un espacio diseñado para combinar rendimiento deportivo, recuperación física y relajación.

El centro reúne gimnasio de última generación, spa, sauna, baño turco y piscina climatizada en unas instalaciones concebidas para ofrecer una experiencia de bienestar integral. La propuesta apuesta por un enfoque que combina entrenamiento de alto nivel con programas individualizados y atención personalizada, trasladando al corazón de la Costa del Sol un concepto que hasta ahora había consolidado su prestigio en Madrid.

Con esta incorporación, Real de La Quinta refuerza su posicionamiento como referente lifestyle, donde la salud física y mental adquieren el mismo protagonismo que la arquitectura, el paisaje o los servicios.

Alta gastronomía con sello Michelin frente al lago

La dimensión gastronómica también juega un papel protagonista en esta nueva etapa del resort. El Lago Club estrena Saltao, el nuevo proyecto de Azotea Grupo, que aterriza en Marbella con una propuesta culinaria contemporánea inspirada en la fusión entre la cocina peruana y la tradición mediterránea.

El restaurante apuesta por una cocina creativa basada en el producto de proximidad y una experiencia diseñada para integrarse con el entorno natural que lo rodea. Un concepto donde la gastronomía deja de ser un servicio complementario para convertirse en uno de los grandes atractivos del complejo.

La carta lleva además la firma de Víctor y Paula Gutiérrez, responsables de Tayta, el único restaurante peruano galardonado con una estrella Michelin en España, un aval que refuerza la apuesta de Real de La Quinta por ofrecer propuestas diferenciales capaces de atraer tanto a residentes como a visitantes.

Un resort que va mucho más allá del concepto inmobiliario

La inauguración de El Lago Club marca un antes y un después en la evolución de Real de La Quinta, un proyecto que desde sus inicios ha defendido un modelo de crecimiento basado en la sostenibilidad y la baja densidad urbanística. Frente a los desarrollos convencionales, el complejo ha reducido de forma significativa su potencial edificatorio con el objetivo de preservar el paisaje y garantizar una convivencia equilibrada entre arquitectura y naturaleza.

Esta estrategia ha permitido crear un entorno donde el espacio abierto adquiere tanto valor como las propias viviendas y donde la experiencia residencial se construye a partir de servicios, zonas verdes e infraestructuras pensadas para el bienestar de sus usuarios.

El proyecto encara ahora una nueva fase de crecimiento que continuará ampliando su oferta durante los próximos años. Entre los próximos hitos destaca la futura apertura del hotel Angsana Real de La Quinta, desarrollado junto a Banyan Tree Group, una incorporación que reforzará la dimensión internacional del resort y ampliará aún más su catálogo de experiencias.

Nuevo referente para la Costa del Sol

Más allá de su impacto residencial, Real de La Quinta se consolida también como uno de los principales motores económicos de la zona. El desarrollo genera empleo directo e indirecto, impulsa la actividad de empresas y proveedores locales y contribuye al posicionamiento internacional de Marbella y Benahavís como uno de los grandes destinos europeos para el turismo residencial de alta gama.

Con la inauguración de El Lago Club, el proyecto deja claro que el futuro del lujo ya no pasa únicamente por la exclusividad de una vivienda, sino por la capacidad de ofrecer un estilo de vida completo. Playa, lago navegable, deporte, wellness, gastronomía de autor y naturaleza conviven ahora en un mismo enclave, convirtiendo a Real de La Quinta en uno de los desarrollos más ambiciosos e innovadores del panorama residencial español y en un nuevo referente del lifestyle premium en la Costa del Sol.

Hay viajes que se entienden mejor cuando ya han terminado. Menorca suele ser uno de ellos. No tanto por lo que muestra a primera vista, sino por la forma en que se queda en la memoria. En la isla, el tiempo no desaparece, pero sí se suaviza, como si cada jornada estuviera diseñada para vivirse un poco más despacio de lo habitual. En Cala Galdana, una de sus bahías más reconocibles, el Mediterráneo se convierte en un escenario permanente. Allí se encuentra el Meliá Cala Galdana, un hotel que aprovecha su ubicación privilegiada para ofrecer una experiencia muy vinculada al entorno, donde el paisaje no es un añadido, sino parte central de la estancia.

Este enclave tiene una forma cerrada, casi como un anfiteatro, que concentra la mirada en un único punto: el mar. El hotel se sitúa en uno de los laterales de la bahía y desde dentro no hay demasiadas dudas sobre lo que domina la escena. Las zonas comunes están orientadas hacia el agua y a lo largo del día el paisaje va cambiando por sí solo: veleros que entran y salen, el color del mar que se transforma con la luz, huéspedes que simplemente observan sin necesidad de hacer nada más… En las habitaciones ocurre algo parecido. Son espacios sencillos, sin elementos que busquen protagonismo. Aquí manda la ventana. En muchos casos el mar está justo enfrente; en otros aparece de lado, entre edificios o vegetación, pero siempre está presente. Esa presencia constante acaba imponiendo un gesto casi automático, que se repite a distintas horas del día: abrir la cortina, como si fuera una forma de comprobar el estado del paisaje. 

The Level es la propuesta más exclusiva del hotel. La llegada es más directa, con un check-in separado y menos tiempos de espera. Durante la estancia, la diferencia se percibe en una atención más personalizada y en servicios accesibles sin necesidad de intermediación constante. El The Level Lounge es uno de sus puntos centrales. Un espacio abierto durante gran parte del día, con café, bebidas y aperitivos ligeros disponibles de forma continua. No hay momentos de gran concentración de gente, sino un flujo constante y tranquilo. La idea es que el huésped pueda entrar y salir sin planificación previa. Desde el interior, la bahía de Cala Galdana sigue siempre presente, reforzando esa continuidad entre el hotel y el exterior. La misma lógica se extiende a la piscina infinity. Un lugar para tumbarse, leer o simplemente mirar el mar. Y es que en los días de poco viento, la línea entre la piscina y la bahía se difumina hasta casi desaparecer.

La oferta gastronómica del hotel se articula en varios espacios. El restaurante Cape Nao, situado frente al mar, es el más reconocible del complejo. Abierto tanto a huéspedes como a visitantes externos, trabaja una cocina mediterránea basada en producto: pescados, arroces y elaboraciones sencillas. Su valor no está tanto en la complejidad de la carta como en su ubicación, literalmente suspendida sobre la bahía. El ritmo del establecimiento cambia con el día. A mediodía es más dinámico, con rotación constante de mesas por su proximidad a la playa. Por la tarde, el servicio se ralentiza y las comidas se alargan. En determinados momentos del atardecer, la música en directo acompaña el ambiente.

Por su parte, el Beach House by Cape Nao traslada esa misma filosofía a un espacio más cercano a la arena, con un registro más informal. El Mosaico, restaurante buffet principal del hotel, concentra la mayor capacidad y cobra especial vida en desayunos y cenas. Casa Nostra introduce una propuesta distinta, centrada en cocina italiana en un entorno más reducido y tranquilo.

El hotel incorpora además gimnasio interior y exterior, actividades dirigidas como yoga o pilates, y un club infantil con programación diaria para distintas edades. La organización de estos espacios permite que convivan perfiles de huésped diferentes sin necesidad de una separación física marcada.

Menorca encaja bien con este tipo de planteamiento porque no exige una única forma de ser vivida. Cala Galdana concentra en un mismo punto playa, oferta hotelera y actividad gastronómica, sin un entorno urbano inmediato que rompa ese equilibrio. Y lo que queda del viaje no suele ser una sucesión de momentos destacados, sino una repetición de escenas cotidianas: el mar siempre presente al fondo, las comidas que se alargan sin planificación, los cambios de luz sobre la bahía y la sensación de que el día avanza a un ritmo distinto al del reloj. ¡Puro verano!

Por ALBERTO CASTILLO

La estación de Les Angles, en la comarca del Capcir, en los Pirineos Orientales, se posiciona cada verano como uno de los grandes destinos de turismo activo del Pirineo francés. Este pueblo-estación, que prolonga sus pistas desde la montaña hasta el mismo centro urbano, sigue atrayendo en la época estival a un gran número de visitantes en busca de una variada oferta de actividades que en gran medida gira en torno a la bicicleta. En su favor, cuenta con un bike park de referencia y con un rico espacio natural con una amplísima red de senderos y circuitos para recorrer a pie, en bici de montaña, o en bicicleta eléctrica, esta última, una opción que suma cada día más adeptos y que, como hemos podido comprobar, es sumamente adictiva una vez que se prueba.

El carácter familiar es uno de principales rasgos con los que se puede definir esta estación. Ofrece actividades en invierno y en verano para todo tipo de edades y niveles físicos. Senderos temáticos, circuitos de orientación, actividades infantiles, zonas de ocio y propuestas para disfrutar en grupo, convierten este destino en una opción muy completa y recomendable para familias que buscan un ocio activo en plena naturaleza. Les Angles es una estación de esquí moderna que ha sabido diversificar su oferta sin perder el carácter acogedor y el sabor de un auténtico pueblo de montaña.  

Más de 30 kilómetros de pistas en el Bike Park

La posibilidad de hacer deporte sobre dos ruedas es uno de los principales reclamos. El bike park, una de sus señas de identidad en verano y uno de los más importantes de los Pirineos, tiene mucho que ver en esto. Sus trazados se han diseñado pensando en el disfrute por cualquier tipo de usuario. Aquí los principiantes encuentran recorridos más suaves para iniciarse en el descenso, mientras que los más experimentados disponen de senderos especialmente diseñados para sentir la velocidad y la adrenalina.

Reúne cerca de 500 metros de desnivel repartidos en más de 30 kilómetros de pistas organizadas por colores en función de sus niveles de dificultad: verde, azul, azul técnica, roja y negra (con una variante doble negra). Los principales descensos han tomado sus nombres de personajes y lugares de El Señor de los Anillos: Frodon, la pista verde de iniciación al descenso para tener las primeras experiencias; Gandalf, azul, exige un cierto nivel técnico; Aragornla pista más larga del bike park, con obstáculos de madera y fuertes pendientes; Izangard, pista roja muy técnica; o Mordor y Sauron, negras con los descensos más duros del parque.

En Les Angles, la bicicleta es al verano como el esquí al invierno, está omnipresente y forma parte del paisaje local. Buen número de establecimientos especializados facilitan la práctica del mountain bike y ayudan a escoger las mejores opciones y rutas en función de tus condiciones y nivel físico. Además del bike park, Les Angles cuenta con múltiples rutas BTT y e-bike por los bosques y lagos del Capcir, que permiten descubrir algunos de los paisajes más bellos del Pirineo catalán francés.

Excursión en bici eléctrica al lago de Balcére

En nuestra visita hicimos la excursión al lago de Balcère. Es una de las rutas circulares más conocidas y recomendables por su belleza y por su facilidad, especialmente si se realiza caminando o si se utiliza la bici eléctrica, como fue nuestro caso. Esta modalidad permite encarar con un moderado esfuerzo pendientes que sin una buena forma física sería mucho más difícil superar, y por eso cada vez más establecimientos la incluyen en su oferta de alquiler. Para alguien que no se había subido antes a una bicicleta eléctrica, como es mi caso, la experiencia, una vez finalizada, se resume en un “quiero repetir”.  

Acompañados del director comercial de Les Angles, Antonio Martín, arrancamos la ruta en la parte alta del pueblo. Vamos dejando atrás las últimas casas mientras ascendemos por una moderada cuesta que a mí se me antoja como un puerto de montaña de primera categoría. Pero mi sorpresa llega con las primeras pedaladas. La bicicleta hace su trabajo mientras yo hago el mío, es decir, la asistencia eléctrica funciona a la perfección mientras pedaleo, acompasándose a mi esfuerzo. El resultado es que haces ejercicio, pero sin echar el alma en cada vuelta de pedal. La sensación me gusta y me llena de confianza para todo lo que me espera.

Dejamos atrás un mirador que ofrece una bella panorámica del pueblo con el lago Matemale al fondo y vamos ganando altura adentrándonos entre pinos y claros por los bosques del Parque Natural Regional de los Pirineos Catalanes, y entonces llega la primera sorpresa.

Antonio Martin nos había insistido en que íbamos a hacer una ruta “suave, de pendientes ligeras, casi un paseo”; yo en estos casos siempre tiendo a pensar que son verdades a medias y que nos esperan tramos mucho más exigentes de lo que nos dicen, pero efectivamente, no había “trampa” alguna y los tramos más duros los superamos con facilidad con el apoyo del motor eléctrico.

La gran sorpresa apareció ante nuestros ojos como una recompensa al esfuerzo de la subida. El lago de Balcère, simplemente majestuoso, un espejo de aguas quietas a 1.770 metros de altitud, apenas mecidas por el suave viento sobre la superficie que perfila sobre sí el reflejo de las copas de los pinares que lo circundan. Un rincón semi escondido de los Pirineos catalanes que la montaña nos regala para disfrutarlo con todos los sentidos. Desde el infinito horizonte que se divisa en el embarcadero que se adentra en sus aguas, al suave suspiro del viento que hace balancear los pétalos de las flores que estallan en mil colores esparciendo su aroma camuflado sobre el perfume de la resina. Las mesas de picnic esparcidas por las orillas del lago nos indican que esta es una excursión altamente recomendable para hacer en familia.

Un paisaje de postal en el Lago de La Basseta

Nos tomamos un respiro para admirar el lago en toda su belleza y retomamos la ruta hacia la segunda de las sorpresas. Después de haber ascendido 1.770 metros desde Les Angles hasta Balcère, sumarle otros 100 adicionales de desnivel positivo, aunque el camino se angosta y en algunos tramos complica enormemente el control de la bicicleta, merece la pena solo por dejarte envolver por la magia del lago de La Basseta, parada imprescindible para entender por qué este pueblo estación y sus alrededores cautivan al que se adentra en su territorio. Es apenas una sombra de la grandeza de su primo hermano, y, sin embargo, este pequeño lago parece dibujado a mano en un paisaje de postal guarecido por un silencio derramado sobre la quietud del agua que se esconde entre los bosques del Capcir. Sobrecoge tanta belleza. Si tuviera que adjetivar en una sola palabra lo que en ese momento siento, sin duda sería la «calma».

Desandamos el camino para retomar la ruta de regreso, pero en forma circular, por lo que en lugar de volver a Balcère, atravesamos el enclave de Valserra, donde nos reciben los restos de antiguos asentamientos, testigos mudos del paso de los primeros pobladores de estas montañas, y las ruinas de la Iglesia de Santa María de Vallserra. A partir de aquí, el camino nos va descendiendo por bosques y pastos donde pacen vacas y caballos en libertad, hasta desembocar finalmente en el punto de partida. En total, sumamos un recorrido que no supera los 25 kilómetros.

A toda velocidad por el Lou Bac Mountain

Tras la obligada parada para devolver las bicicletas y reponer fuerzas en una terraza degustando el exquisito magret de canard local, tomamos el telecabina de Les Pèlerins, punto de acceso al Plateau de Bigorre, para probar otra de las actividades estrella de la estación; el Lou Bac Mountain. Un trineo que se desliza sobre un monorraíl a endiablada velocidad durante casi 3 kilómetros de curvas y cambios de rasante desde la salida del telecabina hasta la base del remonte gobernado por una palanca con la que controlas cuándo y cuánto aceleras o frenas. Es adrenalina en estado puro. 

Terminamos la jornada con una suave ruta por el Sendero del Horizonte, un paseo que parte desde el Hors Sac, el espacio habilitado donde los visitantes pueden traerse y degustar sus propias carnes, asadas en gigantescas parrillas por personal de la estación. El sendero discurre por un bosque atravesando pasarelas de madera para terminar en un mirador desde el que se atisba una panorámica completa de todo el valle. El colofón a un intenso día que nos ha mostrado las diferentes caras de una misma realidad: Les Angles es mucho más que una estación de esquí.

Oporto siempre ha sido sinónimo de belleza. Calles empedradas, fachadas cubiertas de azulejos, bodegas históricas y miradores con vistas al Duero hacían de la Ciudad Invicta un lugar mágico. Pero la ciudad portuguesa guarda una nueva versión menos evidente y mucho más actual. A pocos minutos del centro histórico, la Avenida da Boavista se ha convertido en el epicentro de un Oporto diferente: más creativo, más sofisticado y con una energía urbana que mezcla arquitectura de vanguardia, cultura y una gastronomía que mira al futuro sin olvidar sus raíces.

Para descubrir esta nueva cara de la ciudad, el punto de partida perfecto es el Crowne Plaza Porto, un alojamiento que ha renovado por completo su propuesta para convertirse en mucho más que un lugar donde dormir. Tras una transformación integral, sus 232 habitaciones —incluidas 42 suites— presentan ahora una estética contemporánea, elegante y funcional, pensada para descansar después de un día explorando Oporto. Sus vistas privilegiadas al skyline de la ciudad convierten cada despertar en una pequeña invitación a salir a descubrir todo lo que ocurre más allá de la ventana.

Una llegada entre arquitectura futurista y una cena con alma mediterránea

El primer encuentro con el Oporto más moderno empieza a pocos pasos del hotel. La imponente Casa da Música aparece como una declaración de intenciones: un diamante de hormigón que rompió con la arquitectura tradicional portuguesa y que hoy es uno de los grandes símbolos culturales de la ciudad. Entrar en su interior es descubrir un sorprendente diálogo entre madera, azulejos portugueses y líneas futuristas que convierten cada espacio en una experiencia visual.

La visita puede coincidir incluso con alguno de los ensayos abiertos de la Orquesta Sinfónica, una de esas casualidades que hacen que un viaje tenga algo especial. Porque Oporto no se trata solo de ver monumentos; se trata de encontrar momentos.

Cuando cae la tarde, el plan continúa sin necesidad de desplazarse demasiado. En la planta baja del Crowne Plaza Porto espera soMos Restaurant & Lounge, uno de los grandes protagonistas de esta nueva etapa gastronómica del renovado establecimiento hotelero. Su terraza funciona como un pequeño oasis urbano en plena avenida, un espacio donde la ciudad baja el ritmo y la mesa se convierte en el centro de la experiencia.

Su propuesta apuesta por una cocina mediterránea basada en el producto fresco y de temporada, con platos que respetan el origen de cada ingrediente. Pescados y mariscos del Atlántico, carnes seleccionadas y recetas con identidad portuguesa forman parte de una carta que busca algo más difícil que sorprender: emocionar.

Sábado: arte, naturaleza y un refugio de bienestar en pleno viaje

El segundo día comienza con una de las visitas imprescindibles para entender el espíritu creativo de Oporto: la Fundação de Serralves. Este espacio único combina arte contemporáneo, arquitectura y naturaleza en un mismo recorrido. Diseñado alrededor del museo creado por el arquitecto Álvaro Siza Vieira y la elegante Casa Art Déco, Serralves representa esa mezcla tan característica de Oporto: respeto por la historia y una mirada constante hacia lo que viene.

Uno de los momentos más especiales llega al recorrer el Tree-top walk, una pasarela elevada entre las copas de los árboles que ofrece una perspectiva diferente del parque y de la propia ciudad. Es una pausa dentro del viaje, una forma distinta de observar Oporto lejos del ruido y las rutas habituales.

Después de una mañana cultural, el plan perfecto está dentro del propio hotel. El Porto Urban SPA del Crowne Plaza Porto ofrece ese momento necesario para bajar pulsaciones: circuito de aguas, baño turco, sauna y tratamientos personalizados pensados para recuperar energía. En una escapada de 48 horas, encontrar un espacio donde simplemente dejarse cuidar se convierte casi en un lujo.

Al caer la noche, Boavista vuelve a despertar. El destino es el histórico Mercado do Bom Sucesso, reconvertido en uno de los lugares más dinámicos de la ciudad. Entre puestos gastronómicos, productos locales y ambiente cosmopolita, es el sitio perfecto para comprobar que la nueva Oporto también se disfruta mezclándose con quienes viven allí.

Domingo: el brunch que convierte una despedida en una experiencia más del viaje

Oporto pertenece claramente a aquellos destinos que nunca querrías abandonar. Y la mejor forma de alargar la escapada llega de la mano de The Sunday Brunch de soMos Restaurant & Lounge.

Este brunch se convierte en uno de los grandes momentos del fin de semana: estaciones de show cooking con huevos preparados al gusto, carnes trinchadas, repostería artesanal, quesos nacionales, productos frescos y una irresistible fuente de chocolate que convierte la mañana del domingo en un auténtico ritual gastronómico.

Más que un desayuno tardío, es una experiencia para disfrutar sin mirar el reloj. Una celebración de la cocina, del producto y de esa manera tan portuguesa de entender la vida: con tiempo, conversación y placer alrededor de una mesa.

Antes de decir adiós a la ciudad, un último paseo por la Rotunda da Boavista permite contemplar el Monumento a la Guerra Peninsular y despedirse de esta zona que representa a la perfección el nuevo espíritu de Oporto: elegante, creativa y todavía capaz de sorprender.

De la playa de Foz al cóctel perfecto: el verano también tiene su propio plan en Oporto

Cuando llega el buen tiempo, Oporto suma un ingrediente más a su encanto: el Atlántico. Desde el Crowne Plaza Porto, las playas de Foz do Douro quedan a pocos minutos y ofrecen uno de esos escenarios que parecen diseñados para una tarde de verano perfecta. Allí donde el río Douro se encuentra con el océano, las playas, el paseo marítimo y la luz del atardecer crean uno de los rincones más especiales de la ciudad.

El plan es sencillo y precisamente por eso funciona: una tarde junto al mar, una vuelta al hotel y un cóctel en el soMos Lounge para empezar la noche. Su ambiente moderno, su carta de cócteles y su selección de snacks convierten este espacio en el lugar ideal para alargar la conversación hasta la madrugada.

Después llega la cena, de nuevo en soMos Restaurant & Lounge, donde la cocina mediterránea vuelve a ser protagonista con una propuesta ligera y basada en ingredientes frescos, muchos de ellos procedentes incluso del huerto urbano del propio hotel. Una experiencia que demuestra que en Oporto no hace falta elegir entre ciudad, mar y gastronomía: todo puede formar parte del mismo viaje.

Porque quizá el mayor descubrimiento de una escapada de 48 horas no sea solo conocer una nueva ciudad, sino encontrar la manera perfecta de vivirla. Y en el nuevo Oporto, esa manera pasa por Boavista, por el Crowne Plaza Porto y por lugares como soMos, donde diseño, sabor y hospitalidad se encuentran en el mismo punto.

Hay viajes que dejan, literalmente, un buen sabor de boca. El Balneario de Panticosa es un histórico complejo hotelero conocido tradicionalmente por las propiedades de sus aguas termales. Un turismo orientado a la salud y al bienestar que atraía a sus visitantes favorecido por un entorno de alta montaña inigualable y en el que la propiedad del Grupo Nózar (Aguas de Panticosa SA, Bodegas Enate, Bodegas Laus, etc), ha abierto una nueva etapa con importantes cambios, tanto en la gestión como en el concepto de ocio. De cara a la temporada estival la nueva dirección ha apostado por situar la gastronomía en un lugar preferente en la experiencia del visitante y en una de las razones para visitar este enclave histórico del Pirineo aragonés.

ALBERTO CASTILLO para FEARLESS

En el Balneario de Panticosa el paisaje, además de ser admirado, se puede también saborear. A 1636 metros de altura, la alta cocina cobra todo el protagonismo para fundirse en una inmersión transversal con la naturaleza y el bienestar. Es entonces cuando placer de la mesa se saborea a fuego lento, como el tiempo, que parece detenerse al abrigo de las cumbres que rodean este mágico lugar del Valle oscense de Tena.

La cocina como nueva experiencia sensorial

El epicentro de esta nueva etapa que ha abierto la llegada a la dirección de Rafael Jiménez con su nuevo equipo de profesionales es El Lago, el restaurante donde el chef Rubén Pertusa ha desplegado una sofisticada propuesta de menú degustación cerrado en el que el producto juega con la creatividad y con la memoria del emblemático lugar que en su día fue este espacio dentro del Balneario y que hoy forma parte de uno de sus grandes atractivos.

Ubicado frente al icónico Ibón de Baños, el restaurante convierte cada servicio en algo casi escénico y en parte esencial del relato gastronómico. Desde el comedor se perciben las distintas tonalidades del paisaje, el movimiento del agua del lago y hasta casi la respiración de las montañas, convirtiendo cada velada en una experiencia única.

Podemos corroborar que el menú que degustamos, compuesto por unas combinaciones de puerro cítrico con salsa holandesa; foie mi cuit caramelizado con esturión Nacarii; trucha con salsa de cava, y lomo de ciervo asado con castañas, es deliciosamente exquisito.

El nuevo enfoque del restaurante El Lago forma parte de un viaje gastronómico completo, donde cada espacio juega su propio papel. En La Brasserie, en el Hotel Continental, y también bajo el sello de Pertusa, se ha revisado la tradición culinaria local desde un enfoque contemporáneo con una nueva carta que incluye entrantes fríos y calientes (patatas bravas, nachos, embutidos ibéricos…) como antesala del contundente plato principal basado en carnes a la brasa (paletilla de cordero, chuletón vacuno, solomillo o magret de pato). El sello de calidad de las carnes de la zona cocinadas en su punto de textura y sabor.

La Fontana, en la plaza central, mantiene el sabor de Italia con excelentes «antipasti», ensaladas, pastas con sabrosas salsas y una gran variedad de pizzas. Especialmente recomendables, la provoletta con champiñones, y la ensalada de burrata, rúcula y tomates secos. Y para alargar el tardeo con un coctel o un picoteo, el espacio El QBO es el punto de encuentro informal para relajarse y dejarse ver al aire libre.

El emblemático Gran Hotel de Panticosa

El Gran Hotel del Balneario de Panticosa, uno de los grandes iconos del Pirineo aragonés, ha dado un paso definitivo hacia el presente: permanecer abierto todo el año. Una decisión que va más allá de la operativa y que refuerza su vocación de convertirse en un destino sin temporada, pensado para disfrutarse en cualquier momento.

Inaugurado en 1895, este edificio histórico forma parte del ADN del balneario y acaba de ser distinguido como Hotel Monumento, una categoría que solo comparten tres establecimientos en Aragón y que reconoce su valor arquitectónico y cultural.

Su silueta, casi inalterada, conserva la elegancia de otra época, mientras el interior propone una experiencia que combina historia, calma y naturaleza. Alojarse aquí no es solo dormir en un hotel: es formar parte de un lugar donde el tiempo parece ir más despacio.

Aguas termales milenarias

Las aguas termales de Panticosa, conocidas desde época romana, siguen siendo el corazón del balnearioun legado que se traduce en tres formas de entender el bienestar: El Espacio Termal del Gran Hotel, exclusivo y de aforo limitado, pensado para la desconexión absoluta; Las Termas de Tiberio, con luz natural y con tratamientos personalizados, y el Balneario del Quiñón, orientado al cuidado terapéutico

Naturaleza inmersiva

En invierno, la proximidad a estaciones como Formigal y Panticosa refuerza su atractivo activo; en verano, el valle de Tena se convierte en un espacio de exploración y descanso con un sinfín de actividades: senderismo entre cascadas, ascensiones a picos emblemáticos, rutas accesibles como la Ruta del Pueyo o las Pasarelas, subida en el Tren de Tramascastilla al Ibón de Las Paules, la tirolina gigante de Hoz de Jaca, o el divertido laberinto de los Pirineos en el que deberás encontrar la salida de un bosque de 4.000 cipreses plantados, entre muchas otras posibles actividades.

Más de un siglo después de su origen, Panticosa sigue siendo fiel a lo que siempre fue: un lugar al que se viene a sanar, a respirar y a reconectar. Ahora, además, se viene a vivir una experiencia 360º.

Venecia suma un nuevo motivo para escaparse a la ciudad de los canales. En pleno centro histórico, a pocos pasos de la Piazza San Marco y del Teatro La Fenice, el hotel de cinco estrellas Nolinski Venezia, perteneciente a la colección Evok, incorpora una nueva firma gastronómica de referencia: el legendario restaurante genovés Zeffirino.

Fundado en 1939 en Génova, Zeffirino desembarca en la laguna veneciana con una propuesta que une tradición, producto y memoria culinaria. La apertura supone un nuevo capítulo para una casa histórica que ha servido a personalidades internacionales y que mantiene intacta su identidad a través de generaciones de la familia Belloni.

Un viaje gastronómico desde Génova hasta Venecia

La llegada de Zeffirino a Nolinski Venezia no es solo una apertura, sino un diálogo entre dos formas de entender la hospitalidad italiana. Por un lado, la sofisticación contemporánea del hotel veneciano; por otro, la tradición ligur de una cocina basada en el respeto absoluto al producto y a las recetas originales.

En este nuevo espacio, la propuesta gastronómica se centra en la cocina genovesa más auténtica, con una fuerte presencia de elaboraciones artesanales y pasta fresca elaborada a diario dentro del propio restaurante. La carta reivindica el sabor como eje central, sin artificios, apostando por la pureza de las materias primas.

El pesto como ritual: la esencia de la casa Belloni

Si hay un elemento que define la identidad de Zeffirino es su emblemático pesto genovés, considerado por muchos como uno de los más reconocidos de Italia. Elaborado con albahaca de Prà, Parmigiano Reggiano, pecorino, piñones, ajo y aceite de oliva virgen extra, sigue el método tradicional: todo se machaca en mortero de mármol.

En Venecia, este ritual gastronómico se traslada incluso a la sala, donde el pesto se termina de preparar frente al comensal en un carrito especial. Un gesto que refuerza la dimensión escénica y artesanal de la experiencia.

Platos icónicos de la tradición ligur

La carta de Zeffirino en Venecia reúne algunas de las recetas más representativas de la casa, todas ellas vinculadas a la cocina del norte de Italia, como las trofie al pesto, emblema absoluto de la cocina ligur; los paffutelli alla Frank, raviolis creados en homenaje a Frank Sinatra; la focaccia di Recco, una de las especialidades más icónicas de Liguria; el branzino al sale, lubina cocinada en costra de sal; y el gelato al pistacchio, preparado al momento con pistachos caramelizados. Cada uno de estos platos refuerza la idea de una cocina transmitida de generación en generación, donde la técnica y la memoria familiar ocupan un papel esencial.

Dos espacios, una misma filosofía

La experiencia de Zeffirino en Venecia se divide en dos conceptos complementarios dentro de Nolinski Venezia.

En la tercera planta, Zeffirino Ristorante representa la versión más elegante y gastronómica del proyecto. Es un espacio centrado en el servicio de comidas, donde la cocina se presenta en su forma más refinada y ceremonial.

En la planta baja, Il Caffè Zeffirino ofrece una interpretación más relajada y social. Con un ambiente más informal alrededor del patio interior del hotel, funciona como un punto de encuentro para distintos momentos del día, manteniendo siempre la esencia de la hospitalidad italiana.

Una nueva parada en el mapa gastronómico de Venecia

Con esta apertura, Zeffirino refuerza su presencia internacional sin renunciar a su origen genovés. La llegada a Venecia representa un equilibrio entre tradición y expansión, donde la cocina ligur encuentra un nuevo escenario en una de las ciudades más icónicas del mundo.

En la intersección entre historia, producto y lugar, Nolinski Venezia se convierte así en el nuevo hogar de una de las casas más emblemáticas de la gastronomía italiana.

Si estás buscando un destino donde la Semana Santa no sea solo vacaciones, sino una experiencia que combine relax, naturaleza y diversión para toda la familia, entonces Sotogrande debería estar en tu radar. Desde aventuras para los niños y actividades al aire libre hasta momentos de desconexión frente al mar y experiencias gastronómicas únicas. ¡Aún estás a tiempo!

Diversión para los niños, desconexión para los adultos

Entre el 28 de marzo y el 5 de abril, los más pequeños tienen un abanico de actividades pensadas solo para ellos. Desde el Easter Kids Golf Camp en The Alto hasta los campamentos de pádel y tenis en Reserva Club, cada jornada combina deporte, creatividad y diversión al aire libre. El momento estrella llega el 5 de abril con la Easter Extravaganza en The Beach: una búsqueda de huevos, música y Mr. Bunny creando recuerdos que se quedarán para siempre.

Mientras los niños se divierten, los adultos pueden sumergirse, además de verdad, en el SPA & Wellness de SO/ Sotogrande, más de 3.500 m² de instalaciones con tratamientos inspirados en el Atlántico y la flora local. Jardines, piscinas y circuitos hidrotermales crean un oasis donde cada minuto se siente como un regalo para ti mismo.

Gastronomía de proximidad

En Sotogrande, comer no es solo saciar el hambre, es vivir la cultura local. En Cortijo Santa María 1962, el chef con estrella Michelin Nicolás Isnard y Leandro Caballero presentan el Menú Al-Andalus, un recorrido por la historia culinaria del sur reinterpretada con creatividad contemporánea.

Para quienes buscan algo más informal y social, Ancala ofrece “Entre Granos”, un menú que pone el producto local en el centro, y The Beach combina arena, piscina y un ambiente luminoso, convirtiéndose en un lugar perfecto para disfrutar de la primavera y compartir momentos con amigos o familia.

Naturaleza y mar en estado puro

El Mediterráneo y la naturaleza son los verdaderos protagonistas de Sotogrande. Clases de vela para principiantes, Wingfoil para los más atrevidos y rutas en e-bike por el Parque Natural de Los Alcornocales permiten descubrir paisajes que quitan el aliento. Las excursiones al Castillo de Castellar combinan historia, senderismo y picnic con vistas panorámicas que te hacen sentir que has viajado en el tiempo y en la naturaleza al mismo tiempo.

Cada actividad aquí tiene un encanto especial: desde recorrer bosques mediterráneos y avistar fauna local hasta deslizarse sobre el mar impulsado por el viento, todo está pensado para conectar con la belleza del entorno de manera activa y memorable.

Cultura, tradición y escapadas cercanas

Sotogrande permite combinar playa y descanso con cultura e historia. La Semana Santa de San Roque despliega solemnidad y emoción, mientras rutas históricas como la Ruta de Paco de Lucía y la Ruta de los Búnkeres muestran la riqueza cultural del área.

A pocos minutos, los pueblos blancos de Jimena de la Frontera y Casares invitan a paseos tranquilos, el Castillo de Castellar y Estepona ofrecen patrimonio y panoramas, y un salto a Gibraltar permite explorar The Rock, la cueva de St. Michael y su animada Main Street. Y, claro, para quienes buscan calma, las playas de Guadalquitón, Cala Los Toros y Cala Sardina se prestan para largos paseos y atardeceres de postal frente a un Mediterráneo especialmente luminoso en primavera.

En pleno corazón de San Sebastián, bajo la imponente sombra de la Catedral del Buen Pastor, se alza el Hotel Arbaso, un espacio que rinde homenaje contemporáneo a la tradición vasca. Su nombre, que significa “ancestro” en euskera, resume su filosofía: un vínculo entre memoria y modernidad, donde los valores autóctonos se entrelazan con una mirada cosmopolita. Este otoño, Arbaso invita a descubrir Donostia desde una perspectiva íntima, elegante y profundamente conectada con su cultura.

Entre historia y arquitectura viva

El edificio, con más de un siglo de historia, conserva un sobrio estilo neoclásico que dialoga con una intervención arquitectónica moderna, sin perder su esencia. Materiales nobles como la madera, la piedra, el acero y los tejidos naturales crean una atmósfera cálida y atemporal.

La recepción, concebida sin mostrador, marca la diferencia desde el primer momento, ofreciendo una bienvenida cercana que define el carácter del hotel.

Diseño que respira identidad vasca

El interiorismo, firmado por Fiark Arquitectura, crea un diálogo entre lo contemporáneo y lo local. Detalles como la chimenea del hall, revestida con una obra del artista Aitor Ortiz, o las mesillas inspiradas en los harrijasotzailes, los tradicionales levantadores de piedra, refuerzan esa conexión con el territorio.

Las habitaciones —con nombres en euskera como Ilargia, Olatu o Sustrai— están pensadas como espacios de calma. Desde dúplex con chimenea y vistas a la catedral hasta suites con techos altos y mobiliario artesanal en nogal, cada estancia es una interpretación del buen vivir donostiarra.

Un refugio entre la ciudad y la naturaleza

A solo veinte minutos de San Sebastián, la Basalore Suite ofrece una experiencia exclusiva en plena naturaleza. Rodeada de jardines, combina elegancia rústica con confort contemporáneo, convirtiéndose en el escenario ideal para quienes buscan desconectar y vivir la autenticidad del campo vasco.

Gastronomía con alma donostiarra

La experiencia Arbaso se completa en el restaurante Narru, dirigido por el chef Iñigo Peña. Este espacio, referente de la cocina vasca actual, fusiona tradición e innovación en platos elaborados con producto local y de temporada.

Más que un restaurante, Narru es un punto de encuentro entre visitantes y donostiarras, donde cada creación cuenta una historia del territorio. Durante octubre, la experiencia se amplía con catas, maridajes y desayunos que celebran el sabor del otoño vasco.

Visitar el Hotel Arbaso en otoño es adentrarse en una experiencia sensorial que combina elegancia, sostenibilidad y autenticidad. Un lugar donde las raíces dialogan con la modernidad, donde el lujo se mide en calma, y donde cada detalle cuenta una historia.