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Entre tortitas, huevos benedictinos y brioche de salmón, BLESS Madrid y María Gálvez (Goutdhestia) convierten el fin de semana en una excusa para sentarse a la mesa sin mirar el reloj.

Madrid tiene un talento especial para convertir cualquier comida en un plan. Y si a eso se suma una buena mesa, una dirección con personalidad y una propuesta gastronómica firmada por una de las creadoras de contenido culinario del momento, la ecuación mejora todavía más. BLESS Madrid se alía con María Gálvez, fundadora de Goutdhestia, para llevar su universo gastronómico a Pinzelada Lounge con un brunch que invita a alargar las mañanas del fin de semana entre recetas apetecibles, sabores reconocibles y algún que otro capricho.

Disponible los sábados y domingos, de 11:00 a 16:00 horas, hasta el 29 de noviembre, esta colaboración propone una manera diferente de disfrutar del ritual del brunch en la capital. Una cita para quienes entienden que los mejores planes no siempre necesitan grandes preparativos: a veces basta con una mesa bien puesta y tiempo por delante.

De los huevos benedictinos al brioche de salmón

La propuesta, desarrollada junto al chef ejecutivo de BLESS Madrid, parte de una idea sencilla: comer bien, compartir y disfrutar sin prisas. La experiencia arranca con una selección de panes, tostadas y crackers, fruta de temporada, bollería artesanal, yogur griego con granola y miel, además de ibéricos, pavo y quesos. Un primer asalto que invita a tomarse la mañana con calma antes de pasar a los platos principales.

Entre las opciones saladas destacan el sándwich de roast beef con rúcula, pepinillo encurtido y granos de mostaza; el brioche de salmón con yogur griego, limón, cebollino y pepino; o el pan de cristal con vitello tonnato y alcaparrones fritos. Para quienes prefieren empezar el día con algo más contundente, hay tortitas con huevo, bacon y sirope de arce, croissant Benedict con aguacate, huevo poché y salsa holandesa, o una tosta de burrata con espárragos trigueros y tomates cherry asados.

El apartado dulce tampoco se queda atrás, con tortitas acompañadas de crema de mascarpone, nata y mermelada casera de arándanos. Porque si algo define un buen brunch es esa libertad de pasar de lo salado a lo dulce sin necesidad de elegir bando.

Una excusa para descubrir otra cara de Madrid

Más allá de la carta, la colaboración conecta dos universos que comparten una misma premisa: hacer de la gastronomía una experiencia que va más allá del plato. Por un lado, Goutdhestia, el proyecto de María Gálvez, que ha construido su identidad alrededor de una cocina creativa, cercana y fácil de llevar a casa. Por otro, BLESS Madrid, que incorpora esta propuesta a la personalidad cosmopolita de su espacio.

Quienes quieran ampliar el recorrido gastronómico también podrán optar por algunos de los platos favoritos del chef del hotel, entre ellos los rigatoni con berenjena y burrata, el tataki de solomillo de ternera, el tataki de atún o la hamburguesa de wagyu con queso ahumado y salsa BLESS.

El plan tiene fecha de caducidad, así que conviene apuntarlo en la agenda: el brunch estará disponible todos los sábados y domingos hasta el 29 de noviembre, de 11:00 a 16:00 horas, en Pinzelada Lounge, dentro de BLESS Hotel Madrid, por 49 euros por persona. Una dirección que sumar a la lista de planes de Madrid para quienes disfrutan tanto de descubrir nuevos sabores como de convertir una mañana cualquiera en una ocasión especial.

El próximo 26 de noviembre, el InterContinental Madrid vuelve a celebrar Acción de Gracias con dos propuestas pensadas para disfrutar de la tradición estadounidense sin salir de la capital. El hotel, inaugurado en 1953 como el primer establecimiento americano de Europa, recupera para la ocasión algunos de los grandes clásicos de esta celebración: pavo asado, gravy, salsa de arándanos, mac & cheese, green beans casserole y una colección de tartas que incluye pumpkin pie, pecan pie y apple pie. La cita contará con dos formatos: un almuerzo especial de 13:00 a 15:30 h y una gran cena buffet de 20:00 a 22:30 h, ambas elaboradas de la mano de Miguel de la Fuente.

Más que una cita gastronómica puntual, la ceremonía del Thanksgiving forma parte de la historia del propio InterContinental Madrid. Desde su apertura, el hotel ha mantenido una estrecha relación con Estados Unidos y con la comunidad norteamericana de la capital, convirtiéndose durante décadas en escenario de encuentros, celebraciones y tradiciones importadas al otro lado del Atlántico. Acción de Gracias es una de ellas y, cada año, el hotel la recupera alrededor de una mesa en la que el pavo vuelve a ocupar el centro de la escena.

Un almuerzo para abrir el apetito

La celebración comenzará con un almuerzo que pone el foco en los sabores del otoño. La propuesta arranca con una ensalada de tallos y raíces elaborada con apio, remolacha, zanahoria y espárragos trigueros, acompañada de una crema fría de lechuga viva y brotes tiernos. Le seguirá una crema tibia de calabazas asadas con gelée de arándanos azules, hojas anisadas y manzana crujiente, una combinación que reúne algunos de los ingredientes más reconocibles de la temporada.

El plato principal será, como dicta la tradición, el pavo. En esta ocasión se presenta asado a baja temperatura y acompañado de cremoso de celery, castañas, colmenillas y salsa gravy. Una versión que mantiene el protagonismo del ave más emblemática de Acción de Gracias, pero incorpora una lectura más gastronómica y refinada de la receta. Para terminar, la carrot cake elaborada en el propio obrador del hotel pondrá el toque dulce al menú, que se completa con bebidas seleccionadas y café.

El almuerzo se celebrará de 13:00 a 15:30 h y tiene un precio de 63 euros por persona, IVA incluido. Una opción para quienes quieran celebrar esta festividad alrededor de una mesa más pausada y con un menú cerrado que recorre algunos de los sabores esenciales de la festividad.

La gran cena de Thanksgiving

A partir de las 20:00 h, la celebración cambiará de formato para dar paso a uno de los grandes momentos de la jornada: la cena buffet bajo la icónica cúpula del InterContinental Madrid. La propuesta recupera el carácter abundante de las grandes reuniones familiares estadounidenses y reúne en diferentes estaciones una amplia selección de platos inspirados en el recetario tradicional estadounidense.

La primera parada estará dedicada a los entrantes fríos y las ensaladas. Habrá crema caliente de calabaza amarilla, ensalada Waldorf con manzana y apio, tiras de batata aromatizadas con hierbas, espinacas y hojas tiernas con nueces y arándanos, ensalada de coliflor con vinagreta de colores y la clásica coleslaw. Diferentes salsas y vinagretas completarán esta parte del buffet antes de llegar a la estación de corte, donde volverá a aparecer el gran protagonista de la noche.

El pavo asado tradicional se servirá acompañado de relleno de pan de maíz, salvia, ciruelas y manzanas amarillas, además de la clásica gravy, elaborada con los jugos del propio asado, y salsa de arándanos rojos. Una combinación que resume buena parte del imaginario gastronómico que rodea a la celebración y que en el InterContinental se convierte en el centro de una mesa pensada para compartir.

Las estaciones calientes amplían el recorrido con algunos de los acompañamientos imprescindibles de la cocina estadounidense. El menú incluye jamón de Virginia ahumado, puré de patata cremoso con mantequilla, patatas al vapor con salsa Mery, zanahorias confitadas, coles de Bruselas salteadas con bacon y nueces pecanas y maíz pochado. También habrá green beans casserole, las clásicas judías verdes gratinadas con crema de champiñones y cebolla crujiente, además de uno de los platos que mejor representan el lado más comfort food de la cocina americana: el Mac & Cheese.

La parte más informal del buffet llegará con alitas de pollo marinadas con salsa BBQ de ciruelas, aros de cebolla fritos y potato skins con bacon y crema agria. Una selección concebida para combinar tradición y abundancia y que convierte la cena en un recorrido por diferentes registros de la cocina estadounidense, desde los platos más ligados a Acción de Gracias hasta algunos de sus clásicos más populares.

Pumpkin pie, pecan pie y el dulce final

El postre tiene casi tanta importancia como el pavo y el InterContinental Madrid reserva un espacio propio a la repostería. El equipo de cocina y pastelería del hotel prepara una selección de tartas y dulces asociados a las celebraciones familiares estadounidenses, con la calabaza, la manzana y las nueces pecanas como protagonistas.

Entre las propuestas estarán la tradicional pumpkin pie, la pecan pie, la carrot cake, el brownie y la clásica apple pie. A ellas se sumará una original bandera estadounidense elaborada en hojaldre, un guiño visual a la celebración que pondrá el punto final a la cena. Son postres que forman parte del imaginario colectivo de Thanksgiving y que trasladan a la mesa algunos de los sabores más reconocibles de esta festividad.

La cena buffet tendrá lugar de 20:00 a 22:30 h y tendrá un precio de 85 euros por persona, IVA incluido. Dos horarios y dos maneras diferentes de acercarse a una misma tradición: un almuerzo más pausado o una gran cena en formato buffet alrededor de los clásicos americanos.

El hotel que convirtió Madrid en punto de encuentro con Estados Unidos

La elección del InterContinental Madrid para celebrar Acción de Gracias tiene además una explicación histórica. Cuando abrió sus puertas en 1953, se convirtió en el primer hotel americano de Europa y rápidamente adquirió un papel destacado entre los viajeros procedentes de Estados Unidos. Su ubicación y su vocación internacional hicieron de sus salones un punto de encuentro para personalidades, representantes institucionales y figuras vinculadas a la cultura y la sociedad de ambos países.

Esa relación se ha mantenido a lo largo de las décadas y ha dejado algunas tradiciones que siguen formando parte del calendario del hotel. Entre ellas están las celebraciones del 4 de julio y, especialmente, esta que se conmemorará en las próximas semanas, una fecha que conecta directamente con sus orígenes y con la comunidad estadounidense de Madrid. La gastronomía funciona así como una forma de mantener viva esa historia, pero también como una excusa para reunir a locales y visitantes alrededor de una celebración que, en esencia, gira en torno a algo tan sencillo como compartir la mesa.

Hay restaurantes que cambian de dirección. Otros aprovechan la mudanza para evolucionar. La Única pertenece a los segundos. Tras dejar su histórico espacio de Claudio Coello, encontró en su nueva casa (calle Alcalá, 87) la oportunidad de crecer sin renunciar a lo que la convirtió en una de las cocinas mexicanas imprescindibles de Madrid.

Dicen que en restauración existen tres reglas de oro: location, location, location. La dirección importa. El escaparate también. Incluso la acera adecuada puede decidir el éxito de un negocio. Pero, de vez en cuando, aparece un restaurante que demuestra que hay algo mucho más importante que el código postal: tener una cocina a la que el cliente siempre quiera regresar.

La Única dejó hace unos meses su conocido local de Claudio Coello para instalarse en un nuevo espacio, también en el barrio de Salamanca (calle Alcalá, 87). Un cambio que, lejos de hacerle perder personalidad, la reforzó. Porque cuando la cocina tiene identidad, el cliente no memoriza una dirección; memoriza un sabor.

Y el suyo es difícil de olvidar.

La nueva ubicación suma una agradable terraza y un horario prácticamente ininterrumpido desde las doce del mediodía hasta la noche. Es uno de esos restaurantes donde uno puede empezar con una comida tranquila, alargar la sobremesa, enlazar con unas margaritas en un afterwork y terminar cenando sin mirar el reloj. Más que un restaurante, funciona como un punto de encuentro.

Yo lo comprobé compartiendo mesa con mi amigo José Luis Pantoja, al que conozco desde hace más de diez años. Y, como suele ocurrir cuando la conversación merece la pena, los platos fueron llegando sin prisa.

Antes incluso de pedir, aparecen las tres salsas de la casa. Verde, tatemada y roja. Parece un gesto sencillo, pero ya anticipa la personalidad del lugar. Aquí el picante no busca protagonismo; busca equilibrio.

Uno de los imprescindibles vuelve a ser el aguachile de atún rojo. Un plato tan bonito como inteligente. El rojo intenso del caldo, el atún cortado con precisión, el aguacate, la cebolla morada y el jalapeño encuentran un equilibrio poco habitual. El picante acompaña sin eclipsar y deja que el producto sea quien lleve la voz cantante. Es uno de esos platos que consiguen ser sofisticados precisamente porque no necesitan complicarse.

Confieso, sin embargo, que hubo un plato que me hizo replantearme mis propias preferencias.

Siempre he sido una auténtica defensora de la cochinita pibil. La de La Única sigue siendo magnífica. Pero el taco de chamorro juega en otra liga. Es una bomba de sabor. Meloso hasta rozar lo obsceno, profundo, untuoso y cocinado con ese punto de paciencia que convierte un buen taco en uno inolvidable. Hay bocados que se disfrutan y otros que permanecen en la memoria. Este pertenece claramente al segundo grupo.

La carta también demuestra que México puede dialogar con otros productos sin perder autenticidad. El taco de solomillo con tuétano es un magnífico ejemplo. La intensidad del tuétano encuentra el equilibrio perfecto en una carne de enorme calidad, logrando uno de esos contrastes que funcionan porque detrás hay técnica y producto.

Después llegó el solomillo con salsa de pimienta. Una elaboración aparentemente clásica que confirma que La Única no vive exclusivamente del recetario mexicano. Vive, sobre todo, del respeto al producto y de una cocina técnicamente impecable.

Mención aparte merecen las micheladas. Llevo años teniendo la misma discusión cada vez que las pido: un poco más de clamato, por favor. Me gusta ese sabor intenso que muchas veces se queda corto. Aquí, sin embargo, no hizo falta decir absolutamente nada. La clavaron. Equilibradas, con carácter y, probablemente, entre las mejores micheladas que pueden tomarse hoy en Madrid.

Y cuando parecía que la comida ya había dicho todo lo que tenía que decir, llegó el tres leches. Cremoso, ligero y con ese punto justo de dulzor que pone el broche perfecto sin resultar empalagoso. Un final elegante para una cocina que entiende que los detalles también cuentan.

En una ciudad donde cada semana abre un restaurante dispuesto a convertirse en el nuevo lugar de moda, La Única juega otra partida. No necesita sorprender con artificios ni disfrazar la tradición de modernidad. Le basta con cocinar muy bien, atender aún mejor y conseguir algo que no todos logran: que uno salga pensando cuándo va a volver.

Porque quizá la primera regla de la hostelería sea la location. Pero la última, la que realmente convierte un restaurante en un clásico, siempre será otra: que el cliente tenga una buena razón para regresar. Y La Única, ahora desde Alcalá, 87, sigue teniendo muchas.

Del sushi al wagyu, de la robata a los platos de temporada. Makoto Madrid reivindica una cocina japonesa contemporánea en un espacio donde el diseño y la gastronomía comparten protagonismo.

Makoto aterrizó en Madrid con vocación internacional y, después de su primer año en la capital, encara una nueva temporada dispuesto a hacerse mucho más que un hueco entre los nombres propios de la gastronomía japonesa de la ciudad. El restaurante del chef japonés Makoto Okuwa, convertido desde hace años en uno de los nombres de referencia en Miami y con presencia en distintos rincones del mundo, apuesta por una cocina contemporánea, un interiorismo de impacto y una carta pensada para distintos momentos y bolsillos.

Lo primero que llama la atención no está en la carta, sino encima de la cabeza y a su alrededor. El interiorismo, obra de Clavel Arquitectos, es uno de los grandes argumentos del espacio: los techos, emulando ondas de agua en tonos dorados, bañan el restaurante de una luz cálida y construyen una atmósfera especialmente envolvente. A este juego de luces y formas se suman diferentes toques vegetales, con el verde como protagonista, que aportan frescura y equilibran la calidez del conjunto. Una enorme barra ocupa buena parte del local y permite sentarse frente a la cocina para contemplar cómo se prepara cada plato. Fuera, la terraza prolonga esa experiencia en un ambiente más relajado, pero igualmente acogedor.

Restaurante Makoto en Madrid.

Restaurante Makoto en Madrid.

Un japonés que también se come con los ojos

Sin embargo, Makoto no quiere vivir únicamente de la puesta en escena. Su apuesta pasa también por una cocina japonesa reconocible pero abierta a otros sabores y, sobre todo, capaz de llegar a un público más amplio. La carta reúne algunos de los grandes éxitos de la marca —como el Hamachi Crispy Rice, el Dynamite Hand Roll, el Frosty Wagyu Fried Rice (imprescindible) o el Wagyu Beef Hot Stone— junto a nuevas incorporaciones de temporada como el tiradito koji, las ostras con mignonette, las coles de Bruselas o el cordero a la robata. Y es que ese es otro de sus puntos fuertes. La propuesta no permanece estática, sino que se adapta a cada estación para dar protagonismo a los productos que encuentran en ella su mejor momento.

No hace falta ser un fanático del sushi para disfrutar de Makoto. Hay pescado, sí, pero también carne, arroz, robata y otras elaboraciones que permiten construir una comida a medida. La materia prima se nota cuidada y las elaboraciones llegan bien ejecutadas, con ese equilibrio entre técnica japonesa y sabores más familiares que define la cocina de Okuwa.

Comer bien sin esperar una ocasión especial

La otra baza es el precio. Frente a la idea de que un japonés de estas características tiene que reservarse para una celebración, Makoto busca ampliar su público y convertirse también en una opción para el día a día. Hay propuestas más informales que permiten comer por menos de 30-40 euros y, a mediodía, sus Bento Box ofrecen una alternativa completa por 38 euros. Una estrategia que cobra especial sentido en una zona donde la competencia entre restaurantes japoneses no deja de crecer al mismo ritmo que lo hacen sus precios. 

También ayuda que la cocina funcione non stop hasta el cierre. Makoto entiende que Madrid no come necesariamente a la hora que dictan los horarios convencionales y apuesta por un restaurante que pueda funcionar tanto para una comida improvisada como para una cena que se alargue, un encuentro entre amigos o una noche en la que el ambiente tenga tanto peso como lo que ocurre sobre el plato. Porque ese es, probablemente, el verdadero juego de Makoto en Madrid. No limitarse a ser un japonés más.

Un largo historial

Detrás está Makoto Okuwa, formado en Japón desde los 15 años y posteriormente instalado en Estados Unidos, donde trabajó junto a Masaharu Morimoto. Hoy su universo suma diez restaurantes entre Estados Unidos, Latinoamérica y Europa, con Madrid como primera escala europea. Y la expansión continúa: antes de que termine 2026, el grupo prevé abrir un nuevo restaurante en Latinoamérica y estrenar un nuevo concepto al otro lado del charco.

Madrid, mientras tanto, parece ser una parada con intención de permanencia. Y Makoto juega sus cartas con bastante claridad: un espacio que entra por los ojos, una cocina que no exige ser devoto del sushi y una propuesta lo suficientemente flexible como para que comer bien no tenga que convertirse siempre en una excepción.

Por MARCO DE PABLOS

El slice neoyorquino ya tiene acento madrileño. Snob Pizza ha llegado con la misión de convertir una porción de pizza, una masa de culto y un ritual callejero en el nuevo bocado de moda de en la capital.

Hay una tendencia gastronómica que quizá aún faltaba por aterrizar definitivamente en Madrid dentro del incesante desfile de modas culinarias de los últimos años: los pizza slices. Esos icónicos trozos de pizza que forman parte del paisaje cotidiano de ciudades como Nueva York, donde llevan décadas siendo un recurso rápido y popular, pero que terminaron de instalarse en el imaginario colectivo gracias a la industria audiovisual. Basta recordar aquella escena de Fiebre del sábado noche en la que Tony Manero, el personaje interpretado por John Travolta, recorre las calles de Brooklyn mientras devora dos porciones de pizza dobladas y apiladas una sobre otra, recién compradas en Lenny’s Pizza, un local que ya gozaba de cierta fama en la ciudad y cuya popularidad se disparó tras aparecer en la gran pantalla. Pero la fiebre por esos bocados triangulares en formato XXL está lejos de decaer, reclamando ahora un hueco fuera de territorio americano.

“Estábamos en un viaje familiar a Nueva York y casi todos los días acabábamos parando a comer un slice. Era un ritual muy sencillo: entrar, elegir un trozo enorme, comerla rápido y seguir con el día. Detrás de ese gesto, había muchísimo producto, técnica y personalidad. Al volver nos hicimos una pregunta muy básica: ‘¿Dónde podemos comernos esto en Madrid?’ Y no encontramos una respuesta”, explica Ignacio de la Riva, CEO y fundador de Snob Pizza, un establecimiento ubicado en el corazón del barrio de Salamanca dedicado en exclusiva a la venta de estos suculentos bocados. “La oportunidad era importar el ritual, no copiar un decorado neoyorquino. La hostelería te enseña enseguida que una buena hoja de cálculo no sirve si el producto no emociona y el cliente no quiere volver. Snob está justo en ese cruce entre método, obsesión por el detalle y una idea muy sencilla de disfrute”, explica. Quizá ahí esté la clave de un negocio que crece al ritmo de sus masas.

¿Qué parte de la cultura neoyorquina queríais importar y qué elementos sabíais que había que adaptar al consumidor madrileño?

Queríamos importar la espontaneidad. Allí el slice no necesita una ocasión especial: puede ser una comida rápida, una parada entre planes, algo que compartes o algo que te comes solo de pie. Esa libertad y ese punto democrático nos parecían muy potentes. Lo que había que adaptar era la experiencia. Aquí el cliente valora mucho poder sentarse, compartir, acompañar la comida con una cerveza o un vino y quedarse un rato. Por eso mantuvimos el servicio directo y el formato informal, pero cuidamos más el espacio, la marca, la carta y la hospitalidad. Es Nueva York en la energía, pero hecho desde Madrid.

«Somos snobs con el producto, no con la gente»

El nombre Snob tiene una contradicción interesante. Un formato muy callejero con un término que suele utilizarse como crítica social. ¿Qué queríais provocar con ese concepto y qué mensaje hay detrás de la marca?

Nos gustaba precisamente esa contradicción. La pizza es probablemente uno de los productos menos snobs que existen. Es popular, se come con la mano y pertenece a todo el mundo. Llamarnos Snob era una manera de jugar con la idea de que cuidar muchísimo algo sencillo no tiene por qué convertirlo en algo solemne. Queríamos provocar una sonrisa y, a la vez, expresar nuestra filosofía: podemos ser muy exigentes con la masa, los ingredientes, el diseño o el servicio, pero sin perder el humor, la cercanía ni la informalidad. Somos snobs con el producto, no con la gente.

El vuestro es, precisamente, uno de los productos más versionados del mundo. ¿Qué elementos eran intocables para vosotros y cuáles queríais reinventar para crear algo propio?

Lo intocable era la lógica del New York slice: una pizza grande, una masa fina con estructura, base crujiente, centro flexible y una porción que se pueda doblar sin romperse ni quedarse blanda. También eran intocables el equilibrio y la sencillez; si una pizza pesa demasiado o los ingredientes tapan la masa, deja de funcionar.

Donde queríamos aportar algo propio era en los sabores, los acabados y la experiencia de marca. Por eso conviven una Margarita o una Pepperoni muy reconocibles con combinaciones como Hot Pepperoni, Pastrami Burrata o nuestras salsas. La reinvención no consiste en añadir cosas por añadir, sino en introducir un giro que tenga sentido en cada bocado.

Decís que queréis elevar el slice sin quitarle su esencia callejera. ¿Dónde está la línea entre hacerlo más premium y convertirlo en algo que deja de ser auténtico?

La línea está en no confundir premium con complicado. Elevar el slice significa utilizar buena materia prima, dominar la fermentación, ser consistentes y cuidar el espacio y el servicio. No significa convertirlo en un plato que necesite explicación, cubiertos o una liturgia. Para nosotros sigue siendo auténtico mientras puedas entrar sin planificarlo, pedir una porción, doblarla con la mano y disfrutarla de una forma directa. El día que el concepto se vuelva más importante que el placer de comerte la pizza, habremos cruzado esa línea.

«Hay una generación que aprecia la calidad y el diseño, pero no necesariamente quiere manteles, reservas con semanas de antelación o tickets altos cada vez que sale»

Si alguien piensa en la localización de un local de slices neoyorquinos probablemente lo imaginaría en Malasaña, Lavapiés, Chamberí o Chueca antes que en el de barrio de Salamanca. ¿Por qué elegisteis Lagasca? ¿Buscabais romper esa expectativa y acercar la pizza callejera a un público distinto?

Lagasca fue una elección consciente. Nos interesaba precisamente sacar el slice del lugar donde todo el mundo esperaba encontrarlo y demostrar que un producto callejero, informal y accesible podía tener sentido en el barrio de Salamanca. No queríamos disfrazarlo de restaurante de lujo, sino crear contraste. Además, vimos una zona con mucha vida de barrio, oficinas, comercio y restauración, pero con espacio para propuestas más ágiles y contemporáneas. Snob puede funcionar para alguien que vive cerca, para quien sale del trabajo, para una familia o para un grupo que empieza la noche. Esa mezcla era muy atractiva.

¿Cree que el barrio de Salamanca está cambiando? ¿Existe una nueva generación que ya no busca solo restaurantes punteros o de ticket alto, sino sitios más informales pero con identidad y concepto?

Sí, creo que está cambiando, igual que está cambiando Madrid. Hay una generación que aprecia la calidad y el diseño, pero no necesariamente quiere manteles, reservas con semanas de antelación o tickets altos cada vez que sale. Busca sitios informales que tengan una identidad clara y donde el producto esté muy bien hecho. El barrio de Salamanca sigue teniendo su oferta más clásica, pero hoy convive con conceptos más jóvenes, directos y especializados. Para nosotros esa convivencia es una oportunidad. Snob no intenta parecerse a lo que ya había en el barrio, sino aportar otra forma de consumirlo.

La masa con fermentación larga es una de vuestras grandes señas de identidad. ¿Cuánto tiempo tardasteis en encontrar vuestra receta y qué fue lo más complicado del proceso?

El proyecto completo estuvo más de cuatro años madurando y la masa ocupó una parte enorme de ese proceso. Hubo muchas pruebas hasta encontrar una receta que funcionara no solo recién salida del horno, sino también cortada en porciones, expuesta el tiempo adecuado y regenerada sin perder textura. Lo más difícil fue encontrar el equilibrio entre crujiente y flexible. Una pizza estilo New York no puede ser una napolitana estirada ni una base fina y seca. Tiene que tener mordida, doblarse sin romperse, aguantar los ingredientes y seguir siendo ligera. Y después está la consistencia: conseguirlo una vez es relativamente fácil; conseguirlo todos los días es el verdadero reto.

¿Qué errores o aprendizajes tuvisteis durante el desarrollo del producto antes de abrir?
El principal aprendizaje fue que el slice es un sistema, no simplemente una pizza grande cortada en triángulos. Cambiar un pequeño detalle en hidratación, fermentación, temperatura, cantidad de salsa o queso altera por completo el resultado. También aprendimos que recetas muy buenas en una pizza entera no siempre funcionan por porciones.

Cometimos el error, al principio, de querer resolver demasiado con ingredientes. Con el tiempo entendimos que había que quitar, simplificar y dejar que la masa fuese protagonista. Y aprendimos que el producto debe diseñarse junto con la operativa: cómo se hornea, cómo se conserva, cómo se recalienta y cómo llega al cliente forman parte de la receta.

¿El modelo está pensado principalmente para el consumo en local, el take away o el delivery? ¿Cómo imaginabais desde el inicio que iba a consumir la gente Snob Pizza?

El corazón del modelo es la experiencia en el local y el take away, porque ahí el cliente ve las pizzas, elige la porción y entiende mejor el ritual. Diseñamos un espacio pequeño, con servicio directo en barra, que permite comer rápido pero también quedarse. El delivery es importante y responde a una demanda real, pero tiene más dificultad técnica: una pizza crujiente y flexible debe llegar en buenas condiciones. Por eso no pensamos Snob como una marca exclusivamente de reparto. Queremos que los tres canales convivan, pero sin sacrificar producto por volumen.

«Nos gustaría que Snob pudiera crecer, pero no a costa de convertirlo en una copia de sí mismo»

¿Cuál ha sido la mayor sorpresa desde la apertura, algo que no esperabais encontrar en la respuesta del público?
Una de las mayores sorpresas ha sido la amplitud del público. Podíamos pensar que el concepto iba a atraer sobre todo a gente joven o muy conectada con la cultura gastronómica, pero hemos visto vecinos, familias, gente de oficinas, clientes mayores y personas que vienen expresamente desde otros barrios.

También nos ha sorprendido la rapidez con la que la gente ha entendido el formato y ha creado sus propios momentos de consumo. Y, por supuesto, el nivel de repetición: que alguien vuelva y tenga ya su slice o su salsa favorita es una señal mucho más valiosa que una visita puntual por curiosidad.

¿Puede compararse el fenómeno del slice con la proliferación de las smash burgers? 

La comparación tiene sentido porque ambos formatos convierten un producto muy popular en una categoría especializada, con marcas muy definidas y una experiencia rápida. Las smash burgers demostraron que podía haber mucha innovación dentro de algo aparentemente sencillo. Con el slice puede ocurrir algo parecido. Creo que veremos más aperturas, pero una categoría se consolida cuando deja de depender de la tendencia y aparecen operadores consistentes. No basta con una estética neoyorquina o una pizza grande. El cliente aprenderá a distinguir masa, horneado, equilibrio y servicio. Esa exigencia será positiva para todos.

¿Tenéis pensado expandiros? ¿Qué tendría que pasar para dar ese siguiente paso?

Antes de expandirnos, queremos consolidar Lagasca y asegurarnos de que el modelo es sólido, reconocible y replicable sin perder calidad. La buena acogida nos ha dado confianza para dar el siguiente paso con la apertura del local del Bernabéu.

La expansión forma parte de nuestra visión, pero sin prisas. Cada nueva apertura debe responder a una demanda real, contar con un equipo y unos procesos capaces de mantener el mismo nivel de producto, servicio y experiencia, y aportar valor a la marca. Crecer por crecer es relativamente fácil. Crecer manteniendo el alma del proyecto es lo difícil.

Fotografías: Cortesía Snob Pizza
Por MARCO DE PABLOS

Hace cinco años, un incendio voraz redujo a cenizas un proyecto único. Dani Ochoa no se detuvo y volvió con una propuesta igual de contundente, con la que ha recuperado lo perdido. En Montia, la cocina convierte el fuego en renacimiento.

Madrid queda atrás y, a menos de sesenta kilómetros de la capital, San Lorenzo de El Escorial aparece como uno de los refugios rurales con más encanto de la región. Una escapada imprescindible, especialmente durante los meses de verano en los que el calor se instala en el asfalto y ambiente capitalino. Dominando el paisaje se alza el Real Monasterio de El Escorial, la gran joya del Renacimiento español que Felipe II mandó construir en el siglo XVI y que, siglos después, sigue marcando el carácter histórico de la localidad. Rodeado de naturaleza y aire serrano, el municipio guarda también otra joya que ha sabido renacer literalmente de sus cenizas. Hablamos de Montia, el restaurante liderado por Dani Ochoa en pleno centro del pueblo. Un proyecto gastronómico que, tras el incendio que obligó a cerrar sus puertas en 2021, logró reconstruirse sin perder la esencia que lo ha convertido en una de las propuestas más singulares de la alta cocina española, recuperando además la Estrella Michelin que perdió tras el fuego y revalidando sus dos Soles Repsol.

Basta con subir cinco escalones para adentrarse en un universo casi élfico. La entrada ya anticipa el carácter del lugar, destacando la disposición de varias pacas —como se conoce popularmente a los fardos de paja en los prados— que introducen desde el primer momento esa conexión entre lo rural y lo orgánico. A la derecha se abre una sala amplia y acogedora, presidida por una chimenea y una extensa mesa pensada para encuentros grupales más íntimos. Más adelante aparece la cocina vista, siempre en movimiento, y, apenas unos pasos después, el verdadero corazón de Montia: un espacio cálido y frondoso, de pocas mesas, donde cada asiento aparece revestido con mantas de piel y dos majestuosos robles naturales atraviesan el techo, integrándose en el ambiente y convirtiéndose en parte esencial de la escenografía del lugar. La estructura, construida en madera y rodeada de cristaleras tanto en la parte superior como en la pared frontal, genera un efecto invernadero que permite que la luz natural inunde la sala durante todo el día. Frente a los comensales, un pequeño huerto del que Ochoa y su equipo recolectan a diario hojas, brotes y plantas que terminarán formando parte de los pases y bebidas. La conocida expresión “del huerto a la mesa” cobra aquí un sentido estricto, aunque la filosofía de Montia va mucho más allá. En su menú, el producto de proximidad desempeña un papel fundamental y el vínculo con el entorno está realmente presente. Es el caso de sus panes, elaborados artesanalmente en el obrador Abantos, situado a apenas tres minutos a pie del restaurante, o su sal y mantequilla de cabra, procedentes de Saelices y La Cabezuela, respectivamente. Aunque si hay otro elemento indispensable dentro de la experiencia de este proyecto, es su carta líquida.

El chef Dani Ochoa junto a su equipo recolectando brotes de su propio huerto.

El maridaje, cuidadosamente diseñado para acompañar cada pase, varía constantemente y entiende la bebida como un ingrediente más del plato. Aunque el vino tiene un protagonismo especial, también aparecen vermús y cervezas. Predominan los vinos naturales procedentes de variedades autóctonas. En torno a ellos, el restaurante ha construido un universo propio y un lenguaje paralelo que se ha convertido en una parte esencial de la experiencia gastronómica, porque aquí gusta lo poco convencional, la experimentación y el factor sorpresa. El resultado son simbiosis únicas.

La propuesta de Montia se construye semana a semana, en función de lo que ofrecen la Sierra de Guadarrama y los productores locales de confianza con los que el restaurante mantiene una relación constante. Una cocina viva, profundamente ligada a la temporalidad y al territorio, que toma forma a través de dos menús degustación, además de una versión más breve disponible de miércoles a viernes, excepto festivos. Los tres comparten una misma filosofía y buena parte de las elaboraciones, variando en el número de pases y en la profundidad del recorrido gastronómico.

La experiencia comienza incluso antes del primer bocado. El menú se presenta encuadernado entre dos cortezas de árbol tratadas, un detalle que anticipa el universo estético y conceptual del restaurante. Esa misma singularidad se traslada a las vajillas y soportes sobre los que se sirven las elaboraciones, todas ellas creadas por artesanos sanlorentinos. El recorrido arranca con tres pequeños aperitivos: tortilla de chalotas, galleta de paté de paloma y tosta de cangrejo. A continuación llegan los llamados “interludios”, pases que actúan como transición y anticipan la complejidad de los platos principales. Entre ellos aparece un berberecho en escabeche de tomillo blanco y hierba luisa; un rebozuelo (setas silvestres) salteado con jugo de carne con una combinación de calabaza con salsa holandesa de azafrán, mantequilla y azahar, probablemente uno de los platos más inesperados y memorables. También destacan la lámina de trucha cruda acompañada de reducción de champiñón, crema de guisantes y lepidio —una planta de huerta—, y la colmenilla, seta recolectada por el propio equipo y rellena de liebre con parmentier.

Ensaladilla salvaje.

Setas, mantequilla y azafrán.

Los platos principales profundizan todavía más. Desde los guisantes con espárrago verde y velo de cerdo ibérico, hasta el ravioli de asadurilla relleno de cabrito o el propio cabrito servido junto a una delicada “ensalada líquida”. En el tramo final aparecen dos caminos posibles. Por un lado, los célebres callos, una de sus especialidades, servidos en dos pases. Por otro y para quienes prefieren alejarse de la casquería, la alternativa se mueve en el universo de la caza, con propuestas como la paloma torcaz con crema de lombarda y salsa elaborada con los propios huesos del ave o el arroz de jabalí.

Los postres mantienen intacta la capacidad de sorpresa que define todo el menú. Especialmente memorable resulta el crujiente de miel con helado de queso de cabra y granizado de espinacas, una combinación tan inesperada como equilibrada o la Fistulina hepatica con almendra amarga. Un postre que remite de inmediato al sabor de las cerezas o frutos del bosque y que, sin embargo, está elaborado a partir de una seta.

Ensalada de espinacas y helado de queso.

Al finalizar, entregan al cliente un compost presentado en un sobre junto al menú seleccionado, cuidadosamente sellado con cera y fuego. Ese mismo fuego que hace cinco años les arrebató todo. Desde entonces, han sabido renacer y reinventarse. Como el compost que entregan, su propuesta encarna una lógica de regeneración continua, donde lo que fue residuo se convierte en una segunda oportunidad.

Oporto siempre ha sido sinónimo de belleza. Calles empedradas, fachadas cubiertas de azulejos, bodegas históricas y miradores con vistas al Duero hacían de la Ciudad Invicta un lugar mágico. Pero la ciudad portuguesa guarda una nueva versión menos evidente y mucho más actual. A pocos minutos del centro histórico, la Avenida da Boavista se ha convertido en el epicentro de un Oporto diferente: más creativo, más sofisticado y con una energía urbana que mezcla arquitectura de vanguardia, cultura y una gastronomía que mira al futuro sin olvidar sus raíces.

Para descubrir esta nueva cara de la ciudad, el punto de partida perfecto es el Crowne Plaza Porto, un alojamiento que ha renovado por completo su propuesta para convertirse en mucho más que un lugar donde dormir. Tras una transformación integral, sus 232 habitaciones —incluidas 42 suites— presentan ahora una estética contemporánea, elegante y funcional, pensada para descansar después de un día explorando Oporto. Sus vistas privilegiadas al skyline de la ciudad convierten cada despertar en una pequeña invitación a salir a descubrir todo lo que ocurre más allá de la ventana.

Una llegada entre arquitectura futurista y una cena con alma mediterránea

El primer encuentro con el Oporto más moderno empieza a pocos pasos del hotel. La imponente Casa da Música aparece como una declaración de intenciones: un diamante de hormigón que rompió con la arquitectura tradicional portuguesa y que hoy es uno de los grandes símbolos culturales de la ciudad. Entrar en su interior es descubrir un sorprendente diálogo entre madera, azulejos portugueses y líneas futuristas que convierten cada espacio en una experiencia visual.

La visita puede coincidir incluso con alguno de los ensayos abiertos de la Orquesta Sinfónica, una de esas casualidades que hacen que un viaje tenga algo especial. Porque Oporto no se trata solo de ver monumentos; se trata de encontrar momentos.

Cuando cae la tarde, el plan continúa sin necesidad de desplazarse demasiado. En la planta baja del Crowne Plaza Porto espera soMos Restaurant & Lounge, uno de los grandes protagonistas de esta nueva etapa gastronómica del renovado establecimiento hotelero. Su terraza funciona como un pequeño oasis urbano en plena avenida, un espacio donde la ciudad baja el ritmo y la mesa se convierte en el centro de la experiencia.

Su propuesta apuesta por una cocina mediterránea basada en el producto fresco y de temporada, con platos que respetan el origen de cada ingrediente. Pescados y mariscos del Atlántico, carnes seleccionadas y recetas con identidad portuguesa forman parte de una carta que busca algo más difícil que sorprender: emocionar.

Sábado: arte, naturaleza y un refugio de bienestar en pleno viaje

El segundo día comienza con una de las visitas imprescindibles para entender el espíritu creativo de Oporto: la Fundação de Serralves. Este espacio único combina arte contemporáneo, arquitectura y naturaleza en un mismo recorrido. Diseñado alrededor del museo creado por el arquitecto Álvaro Siza Vieira y la elegante Casa Art Déco, Serralves representa esa mezcla tan característica de Oporto: respeto por la historia y una mirada constante hacia lo que viene.

Uno de los momentos más especiales llega al recorrer el Tree-top walk, una pasarela elevada entre las copas de los árboles que ofrece una perspectiva diferente del parque y de la propia ciudad. Es una pausa dentro del viaje, una forma distinta de observar Oporto lejos del ruido y las rutas habituales.

Después de una mañana cultural, el plan perfecto está dentro del propio hotel. El Porto Urban SPA del Crowne Plaza Porto ofrece ese momento necesario para bajar pulsaciones: circuito de aguas, baño turco, sauna y tratamientos personalizados pensados para recuperar energía. En una escapada de 48 horas, encontrar un espacio donde simplemente dejarse cuidar se convierte casi en un lujo.

Al caer la noche, Boavista vuelve a despertar. El destino es el histórico Mercado do Bom Sucesso, reconvertido en uno de los lugares más dinámicos de la ciudad. Entre puestos gastronómicos, productos locales y ambiente cosmopolita, es el sitio perfecto para comprobar que la nueva Oporto también se disfruta mezclándose con quienes viven allí.

Domingo: el brunch que convierte una despedida en una experiencia más del viaje

Oporto pertenece claramente a aquellos destinos que nunca querrías abandonar. Y la mejor forma de alargar la escapada llega de la mano de The Sunday Brunch de soMos Restaurant & Lounge.

Este brunch se convierte en uno de los grandes momentos del fin de semana: estaciones de show cooking con huevos preparados al gusto, carnes trinchadas, repostería artesanal, quesos nacionales, productos frescos y una irresistible fuente de chocolate que convierte la mañana del domingo en un auténtico ritual gastronómico.

Más que un desayuno tardío, es una experiencia para disfrutar sin mirar el reloj. Una celebración de la cocina, del producto y de esa manera tan portuguesa de entender la vida: con tiempo, conversación y placer alrededor de una mesa.

Antes de decir adiós a la ciudad, un último paseo por la Rotunda da Boavista permite contemplar el Monumento a la Guerra Peninsular y despedirse de esta zona que representa a la perfección el nuevo espíritu de Oporto: elegante, creativa y todavía capaz de sorprender.

De la playa de Foz al cóctel perfecto: el verano también tiene su propio plan en Oporto

Cuando llega el buen tiempo, Oporto suma un ingrediente más a su encanto: el Atlántico. Desde el Crowne Plaza Porto, las playas de Foz do Douro quedan a pocos minutos y ofrecen uno de esos escenarios que parecen diseñados para una tarde de verano perfecta. Allí donde el río Douro se encuentra con el océano, las playas, el paseo marítimo y la luz del atardecer crean uno de los rincones más especiales de la ciudad.

El plan es sencillo y precisamente por eso funciona: una tarde junto al mar, una vuelta al hotel y un cóctel en el soMos Lounge para empezar la noche. Su ambiente moderno, su carta de cócteles y su selección de snacks convierten este espacio en el lugar ideal para alargar la conversación hasta la madrugada.

Después llega la cena, de nuevo en soMos Restaurant & Lounge, donde la cocina mediterránea vuelve a ser protagonista con una propuesta ligera y basada en ingredientes frescos, muchos de ellos procedentes incluso del huerto urbano del propio hotel. Una experiencia que demuestra que en Oporto no hace falta elegir entre ciudad, mar y gastronomía: todo puede formar parte del mismo viaje.

Porque quizá el mayor descubrimiento de una escapada de 48 horas no sea solo conocer una nueva ciudad, sino encontrar la manera perfecta de vivirla. Y en el nuevo Oporto, esa manera pasa por Boavista, por el Crowne Plaza Porto y por lugares como soMos, donde diseño, sabor y hospitalidad se encuentran en el mismo punto.

Cada verano hay quienes buscan grandes viajes y quienes prefieren descubrir destinos que lo tienen todo a pocas horas de casa. Cantabria pertenece a ese segundo grupo. En apenas unos kilómetros es posible pasar de una playa salvaje a un pueblo medieval, caminar entre bosques, visitar una cueva Patrimonio de la Humanidad y terminar el día compartiendo unas rabas frente al mar o tomando un vermut en una barra con décadas de historia.

Si todavía no has decidido dónde escaparte este verano, hay un itinerario que combina naturaleza, gastronomía y alojamientos con personalidad para conocer una de las regiones con más encanto del norte de España.

Dormir entre prados, a veinte minutos de Santander

Uno de esos lugares que invitan a bajar el ritmo se encuentra en Barcenaciones, un pequeño pueblo del valle de Reocín donde el tiempo parece transcurrir de otra manera. Allí, rodeado de prados y muy cerca de algunos de los principales atractivos turísticos de Cantabria, se encuentra La Tierruca Homes, un complejo formado por siete bungalows independientes construidos a partir de contenedores marítimos reciclados y transformados en alojamientos de diseño.

Las viviendas, de una o dos habitaciones, cuentan con jardín privado, barbacoa, cocina totalmente equipada y acceso a una piscina común de agua salada. Todo está pensado para disfrutar de unos días de desconexión sin renunciar a la comodidad. Su ubicación permite visitar fácilmente lugares como Santillana del Mar, Comillas, las playas de Oyambre o Luaña, la cueva de El Soplao, el Parque Natural Saja-Besaya o las Cuevas de Altamira, mientras que el propio entorno invita a caminar entre prados, recorrer senderos junto al río Saja o simplemente descansar lejos del bullicio de la costa.

Para familias, parejas o grupos de amigos, reservar el complejo completo se convierte además en una opción perfecta para celebrar encuentros privados, retiros o escapadas compartidas.

Santander, una ciudad que se disfruta desde sus barras

Después de una mañana de playa o de una excursión por el interior, Santander ofrece otra de sus grandes razones para visitarla: su cultura gastronómica. Más allá de los restaurantes, la capital cántabra sigue conservando una tradición muy arraigada de vermuts, cañas, terrazas y tapeo que convierte cualquier paseo por el centro en una ruta gastronómica improvisada.

En pleno Ensanche santanderino, tres establecimientos representan especialmente bien esa manera de entender el ocio.

Las Hijas de Florencio, el regreso de un clásico

La reapertura de Las Hijas de Florencio ha supuesto la recuperación de uno de los bares históricos de Santander. Situado junto al Paseo de Pereda, mantiene la esencia de las tabernas tradicionales con dos barras protagonistas, una amplia terraza frente al mar y una carta basada en los grandes clásicos del aperitivo: croquetas, tortillas, ensaladilla, embutidos, tostas o las ya conocidas lascas de parmesano.

Es uno de esos lugares donde resulta fácil alargar el vermut hasta la comida mientras se contempla la bahía.

Cortés, el bar donde siempre pasa algo

A pocos metros aparece Cortés, uno de los locales con más ambiente del centro de la ciudad. Su cocina permanece abierta durante buena parte del día, lo que permite pasar del aperitivo a una comida informal, continuar con una copa de vino o terminar compartiendo una cena. Su propuesta mezcla recetas tradicionales del Grupo Riojano con influencias mexicanas, donde conviven tacos de cochinita pibil, margaritas y mezcales con croquetas, ensaladilla o el ya popular bikini ibérico Cortés.

Su reconocimiento con un Solete Repsol confirma lo que muchos santanderinos ya sabían: es uno de esos bares a los que siempre apetece volver.

Vermutería Solórzano, una institución del aperitivo

Hablar de vermut en Santander es hablar de Vermutería Solórzano.

Con más de un centenar de referencias y un ambiente que conserva intacta la esencia de las vermuterías clásicas, este establecimiento continúa siendo uno de los grandes puntos de encuentro de la ciudad. Rabas, caracolillos, gildas o huevos rellenos acompañan una oferta donde el vermut sigue siendo el gran protagonista.

Su barra, marcada por décadas de historia, resume perfectamente esa costumbre tan santanderina de reunirse alrededor de un aperitivo antes de comer.

Mucho más que tres bares: una ruta gastronómica por Grupo Riojano

Detrás de estos establecimientos se encuentra Grupo Riojano, que durante los últimos años ha ido recuperando algunos de los espacios más emblemáticos de la hostelería cántabra al mismo tiempo que desarrollaba nuevos conceptos gastronómicos. Quienes dispongan de varios días pueden ampliar la ruta con algunas de sus direcciones más conocidas.

La histórica Bodega del Riojano sigue siendo uno de los grandes templos de la cocina tradicional de Santander; Kandela apuesta por la cocina de brasas y el producto; el Balneario de la Magdalena ofrece una de las terrazas con mejores vistas de la bahía para disfrutar de arroces y pescado; mientras que el Café Centro Botín resulta perfecto para hacer una pausa después de visitar uno de los grandes referentes culturales de la ciudad.

Fuera de Santander, la propuesta continúa con Bar Pepe, en Somo, una parada imprescindible tras un día de playa; Pan de Cuco, en Suesa, donde la cocina cántabra contemporánea encuentra uno de sus mejores exponentes; Primera Vaca, ideal para compartir pizzas artesanas y cocina de producto en un entorno rural; o La Carnaza, para quienes prefieran una buena hamburguesa con personalidad.

Una escapada que combina costa, naturaleza y gastronomía

Una de las grandes ventajas de Cantabria es que no obliga a elegir. Es posible dormir rodeado de naturaleza, desayunar viendo prados, pasar la mañana en una playa del Cantábrico, recorrer pueblos como Santillana del Mar o Comillas y terminar el día compartiendo unas tapas frente al mar en pleno centro de Santander. Ese equilibrio entre paisaje, patrimonio, tranquilidad y gastronomía es precisamente lo que convierte a la región en uno de los destinos más completos para quienes todavía buscan una escapada de verano. Y es que no hace falta recorrer miles de kilómetros para descubrir un lugar al que siempre apetece volver.

Por MARCO DE PABLOS

Si hay algo que la cantante argentina Tini y el también cantante y compositor Sebastián Yatra tienen en común cada vez que aterrizan en Madrid, además de llenar recintos y acaparar algún que otro titular, es que ambos reservan mesa en La Cabrera. Este restaurante argentino, ubicado en pleno barrio de Salamanca y con cocina non stop desde las 12:00 hasta las 23:30 horas, se ha convertido en uno de los grandes puntos de encuentro de la capital para los amantes de la gastronomía porteña, aunque su verdadero éxito va mucho más allá de los rostros conocidos que cruzan sus puertas. Aquí se viene a disfrutar de una de las mejores carnes de Madrid y, de paso, a viajar a Buenos Aires sin salir de la península. Porque pocos asados consiguen emocionar tanto a quienes nacieron al otro lado del Atlántico —doy fe de ello— como los que salen de las brasas de estas cocinas. Su ambiente recrea el de los tradicionales quinchos, nombre con el que se conoce a los espacios de los hogares argentinos destinados a preparar asados y reunir a familiares y amigos, considerados el corazón de muchas viviendas rioplatenses, que suelen estar decorados con reliquias familiares, vajillas antiguas, letreros de calles y otros recuerdos cargados de historia. En La Cabrera no falta ninguno de esos detalles.

Pero la historia de este establecimiento comenzó mucho antes de conquistar Madrid. Su primer local abrió las puertas en el barrio bonaerense de Palermo —el equivalente al Malasaña madrileño por su ambiente bohemio y su animada escena gastronómica— de la mano del reconocido parrillero Gastón Riveira. Desde entonces, el restaurante se ha convertido en un auténtico referente de la parrilla, con presencia en varios países de Latinoamérica y reconocimiento internacional por figurar en rankings como 101 World’s Best Steak Restaurants.

En 2023, La Cabrera desembarcó en la capital española de la mano del Grupo Los Lirios, liderado por José Luis Ansoleaga, con la intención de trasladar a Madrid el culto por el carbón y la leña. Hoy, además del local capitalino, la marca cuenta con otro en Barcelona y prepara una próxima apertura en Málaga. Mientras tanto, en Latinoamérica continúa expandiendo su legado: solo en Chile suma tres locales y en Argentina, donde nació el proyecto, cuenta con varios restaurantes repartidos por todo el país.

Un festín sin prisa y sin pausa

Ya en la mesa, la experiencia comienza por la carta líquida. Con alrededor de 70 referencias, la bodega propone un recorrido enológico con el vino argentino como gran protagonista, acompañado de una cuidada selección de etiquetas españolas y chilenas. Por supuesto, no falta el Malbec, la variedad insignia del país y el maridaje perfecto para una buena parrilla. La propuesta se completa con una variada carta de cócteles, en la que conviven clásicos como el mojito o la caipiriña con otras elaboraciones pensadas para abrir el apetito, acompañar la comida o, porque no, alargarla.

A continuación, y a modo de preludio —porque en ningún momento dejan de llegar platos a la mesa hasta que termina completamente repleta—, aparecen las “armonías” o cortesías, pensadas para untar o dipear con una correcta variedad de panes. Después llegan los entrantes, entre los que resulta imprescindible su empanada de carne de cuadril cortado a cuchillo y acompañada por cuatro nuevas “experiencias”, como las denomina la casa: una selección de salsas pensadas para acompañarla. Entre ellas destaca una versión del chimichurri con un twist, ligada con frutos rojos, y una preparación servida en pipeta que, en realidad, no es otra cosa que un almíbar de tomillo capaz de potenciar el sabor de la empanada. También resultan imprescindibles el chorizo criollo, ideal para un buen choripán, y la provoleta, uno de los grandes clásicos de la parrilla argentina.

Después llega el auténtico protagonista del festín: la carne. Aunque la carta también incluye apetecibles opciones de pescado, como el salmón o el pulpo a la parrilla, además de una cuidada selección de verduras a la brasa, es en su propuesta cárnica donde La Cabrera Madrid despliega todo su potencial. La selección gira en torno a carnes de raza Angus y Wagyu. Criadas en las praderas de La Pampa argentina, estas piezas destacan por su extraordinaria calidad y dan lugar a cortes emblemáticos como el vacío de centro, la entraña, el ojo de bife o el tradicional bife de chorizo. A ellos se suman grandes formatos pensados para compartir, como el Tomahawk o el T-Bone, así como excelentes cortes españoles madurados procedentes de Galicia, entre ellos un magnífico chuletón Dry Aged. En su mayoría, las carnes llegan directamente desde Argentina, sobresalen por su jugosidad y por una ejecución impecable en la parrilla, que respeta el punto elegido, y sobre todo, el recomendado, permitiendo apreciar todo el sabor del producto.

La experiencia se completa con una original selección de sales aromatizadas elaboradas por la casa —de vino tinto Malbec, pimentón de La Vera y paprika o ajo y perejil provenzal— y una serie de salsas caseras, como la mayonesa de ajo negro, el pesto de remolacha o una delicada espuma de vino Malbec, concebidas para realzar cada corte sin eclipsar a la protagonista. Y un consejo: no dejes de pedir alguna de sus guarniciones. Sus patatas fritas figuran, sin exagerar, entre las mejores de Madrid.

Dulce final

Por último, llega el momento del postre, un capítulo que aquí sería un error saltarse. Si la carne pone el broche de oro a la comida, los postres son el colofón perfecto para una experiencia con auténtico sabor argentino. Hay dos imprescindibles. El primero son sus espectaculares panqueques de dulce de leche, que llegan a la mesa ligeramente caramelizados y generosamente rellenos con un dulce de leche importado directamente desde Argentina. Se sirven acompañados de un cremoso helado casero que aporta el contraste perfecto. La otra gran tentación es la tradicional chocotorta, uno de los postres más emblemáticos de Argentina. Elaborada con las típicas chocolinas —las clásicas galletas de chocolate argentinas—, dulce de leche y queso crema, conquista a cualquier amante del dulce. Puede sonar contundente, y lo es, pero hay placeres que merecen la excepción.

En un Madrid y, especialmente, en un distrito cada vez más saturado de propuestas gastronómicas entrelazadas, resulta interesante descubrir rincones como este, donde la esencia del origen está presente en cada detalle. Tanto es así que muchos de sus clientes son oriundos del país cuya cocina representa, un hecho que refuerza su autenticidad y marca la diferencia dentro de la escena culinaria de la ciudad, consolidándose como una de esas direcciones imprescindibles para quienes buscan comer bien, sin pretensiones, donde el producto y el respeto por la tradición son los verdaderos protagonistas. La Cabrera es el lugar indicado.

El Jardín del madrileño hotel InterContinental estrena una experiencia gastronómica al aire libre que combina cocina a la brasa, producto de temporada y vino en una de las terrazas más exclusivas de la capital. Disponible solo los jueves por la noche, su nuevo Menú Brasas promete convertirse en uno de los imprescindibles de la temporada.

Cuando llega el verano a Madrid, encontrar una terraza donde desconectar del ritmo de la ciudad se convierte casi en una necesidad. Y si además la propuesta incluye buena gastronomía, un entorno rodeado de vegetación y una cocina pensada para compartir, el plan gana aún más atractivo. Con esa premisa nace ‘Jueves de Brasas’, la nueva experiencia gastronómica de El Jardín del InterContinental Madrid.

Disponible exclusivamente los jueves, de 19:30 a 22:30 horas, esta propuesta invita a disfrutar de las noches estivales alrededor del fuego con un menú diseñado para quienes buscan una cena diferente en uno de los espacios al aire libre más especiales de la ciudad.

Un menú para compartir alrededor de las brasas

Por 65 euros, el Menú Brasas propone un recorrido gastronómico que pone el foco en el producto de temporada y en el sabor de la cocina al fuego. La experiencia comienza con una selección de entrantes para compartir: pan rústico con mantequilla ahumada, criollo a la brasa con mahonesa de chimichurri y aguacate asado, tomates de temporada con aliño de humo, ensalada yum y manzana ácida, además de un carpaccio de picaña madurada con salsa vitello tonnato y encurtidos.

El plato principal es un chuletón de lomo bajo de 700 gramos, cocinado a la brasa y acompañado de patatas Ratte asadas con crema agria y cebollino, además de pimientos asados al fuego. Para terminar, el menú permite elegir entre un flan de coco con gelée de piña y caramelo tropical, una panacota de vainilla con nueces o fruta fresca.

Carpaccio de picana madurada con salta vitello tonnato con encurtido.

Chuleton de lomo bajo de 700g.

La propuesta se completa con una botella de Ercavio Vino de Meseta Tempranillo 2023, de la bodega Más Que Vinos, un proyecto de referencia en Castilla-La Mancha reconocido por su apuesta por el viñedo tradicional y la elaboración de vinos con identidad propia.

Al frente de la propuesta gastronómica se encuentra el chef Miguel de la Fuente, cuya cocina apuesta por el producto de temporada, los sabores mediterráneos y una visión contemporánea que incorpora influencias internacionales sin perder de vista la calidad de la materia prima.

Un jardín con historia en uno de los hoteles más emblemáticos de Madrid

Hablar del InterContinental Madrid es hablar de uno de los grandes iconos de la hotelería de lujo de la capital. Inaugurado en 1953 sobre el antiguo Palacio de los Duques de Aliaga, por sus salones y terrazas han pasado algunas de las grandes personalidades del siglo XX. Entre ellas, la inolvidable Ava Gardner, una de las grandes protagonistas del Madrid más glamuroso de los años cincuenta y sesenta, que convirtió el hotel en uno de sus lugares habituales durante su estancia en la ciudad.

Ese espíritu elegante y cosmopolita sigue vivo hoy en El Jardín, un auténtico oasis escondido en pleno Paseo de la Castellana. Rodeado de una exuberante vegetación, con fuentes que amortiguan el bullicio de la ciudad y diferentes espacios pensados para alargar la sobremesa o disfrutar de una copa al caer la tarde, se ha consolidado como una de las terrazas gastronómicas más especiales de Madrid.

Es precisamente en este escenario donde cobran sentido los nuevos ‘Jueves de Brasas’, una experiencia que recupera el placer de las cenas de verano, en un entorno con tanta historia como encanto.