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Por MARCO DE PABLOS

El slice neoyorquino ya tiene acento madrileño. Snob Pizza ha llegado con la misión de convertir una porción de pizza, una masa de culto y un ritual callejero en el nuevo bocado de moda de en la capital.

Hay una tendencia gastronómica que quizá aún faltaba por aterrizar definitivamente en Madrid dentro del incesante desfile de modas culinarias de los últimos años: los pizza slices. Esos icónicos trozos de pizza que forman parte del paisaje cotidiano de ciudades como Nueva York, donde llevan décadas siendo un recurso rápido y popular, pero que terminaron de instalarse en el imaginario colectivo gracias a la industria audiovisual. Basta recordar aquella escena de Fiebre del sábado noche en la que Tony Manero, el personaje interpretado por John Travolta, recorre las calles de Brooklyn mientras devora dos porciones de pizza dobladas y apiladas una sobre otra, recién compradas en Lenny’s Pizza, un local que ya gozaba de cierta fama en la ciudad y cuya popularidad se disparó tras aparecer en la gran pantalla. Pero la fiebre por esos bocados triangulares en formato XXL está lejos de decaer, reclamando ahora un hueco fuera de territorio americano.

“Estábamos en un viaje familiar a Nueva York y casi todos los días acabábamos parando a comer un slice. Era un ritual muy sencillo: entrar, elegir un trozo enorme, comerla rápido y seguir con el día. Detrás de ese gesto, había muchísimo producto, técnica y personalidad. Al volver nos hicimos una pregunta muy básica: ‘¿Dónde podemos comernos esto en Madrid?’ Y no encontramos una respuesta”, explica Ignacio de la Riva, CEO y fundador de Snob Pizza, un establecimiento ubicado en el corazón del barrio de Salamanca dedicado en exclusiva a la venta de estos suculentos bocados. “La oportunidad era importar el ritual, no copiar un decorado neoyorquino. La hostelería te enseña enseguida que una buena hoja de cálculo no sirve si el producto no emociona y el cliente no quiere volver. Snob está justo en ese cruce entre método, obsesión por el detalle y una idea muy sencilla de disfrute”, explica. Quizá ahí esté la clave de un negocio que crece al ritmo de sus masas.

¿Qué parte de la cultura neoyorquina queríais importar y qué elementos sabíais que había que adaptar al consumidor madrileño?

Queríamos importar la espontaneidad. Allí el slice no necesita una ocasión especial: puede ser una comida rápida, una parada entre planes, algo que compartes o algo que te comes solo de pie. Esa libertad y ese punto democrático nos parecían muy potentes. Lo que había que adaptar era la experiencia. Aquí el cliente valora mucho poder sentarse, compartir, acompañar la comida con una cerveza o un vino y quedarse un rato. Por eso mantuvimos el servicio directo y el formato informal, pero cuidamos más el espacio, la marca, la carta y la hospitalidad. Es Nueva York en la energía, pero hecho desde Madrid.

«Somos snobs con el producto, no con la gente»

El nombre Snob tiene una contradicción interesante. Un formato muy callejero con un término que suele utilizarse como crítica social. ¿Qué queríais provocar con ese concepto y qué mensaje hay detrás de la marca?

Nos gustaba precisamente esa contradicción. La pizza es probablemente uno de los productos menos snobs que existen. Es popular, se come con la mano y pertenece a todo el mundo. Llamarnos Snob era una manera de jugar con la idea de que cuidar muchísimo algo sencillo no tiene por qué convertirlo en algo solemne. Queríamos provocar una sonrisa y, a la vez, expresar nuestra filosofía: podemos ser muy exigentes con la masa, los ingredientes, el diseño o el servicio, pero sin perder el humor, la cercanía ni la informalidad. Somos snobs con el producto, no con la gente.

El vuestro es, precisamente, uno de los productos más versionados del mundo. ¿Qué elementos eran intocables para vosotros y cuáles queríais reinventar para crear algo propio?

Lo intocable era la lógica del New York slice: una pizza grande, una masa fina con estructura, base crujiente, centro flexible y una porción que se pueda doblar sin romperse ni quedarse blanda. También eran intocables el equilibrio y la sencillez; si una pizza pesa demasiado o los ingredientes tapan la masa, deja de funcionar.

Donde queríamos aportar algo propio era en los sabores, los acabados y la experiencia de marca. Por eso conviven una Margarita o una Pepperoni muy reconocibles con combinaciones como Hot Pepperoni, Pastrami Burrata o nuestras salsas. La reinvención no consiste en añadir cosas por añadir, sino en introducir un giro que tenga sentido en cada bocado.

Decís que queréis elevar el slice sin quitarle su esencia callejera. ¿Dónde está la línea entre hacerlo más premium y convertirlo en algo que deja de ser auténtico?

La línea está en no confundir premium con complicado. Elevar el slice significa utilizar buena materia prima, dominar la fermentación, ser consistentes y cuidar el espacio y el servicio. No significa convertirlo en un plato que necesite explicación, cubiertos o una liturgia. Para nosotros sigue siendo auténtico mientras puedas entrar sin planificarlo, pedir una porción, doblarla con la mano y disfrutarla de una forma directa. El día que el concepto se vuelva más importante que el placer de comerte la pizza, habremos cruzado esa línea.

«Hay una generación que aprecia la calidad y el diseño, pero no necesariamente quiere manteles, reservas con semanas de antelación o tickets altos cada vez que sale»

Si alguien piensa en la localización de un local de slices neoyorquinos probablemente lo imaginaría en Malasaña, Lavapiés, Chamberí o Chueca antes que en el de barrio de Salamanca. ¿Por qué elegisteis Lagasca? ¿Buscabais romper esa expectativa y acercar la pizza callejera a un público distinto?

Lagasca fue una elección consciente. Nos interesaba precisamente sacar el slice del lugar donde todo el mundo esperaba encontrarlo y demostrar que un producto callejero, informal y accesible podía tener sentido en el barrio de Salamanca. No queríamos disfrazarlo de restaurante de lujo, sino crear contraste. Además, vimos una zona con mucha vida de barrio, oficinas, comercio y restauración, pero con espacio para propuestas más ágiles y contemporáneas. Snob puede funcionar para alguien que vive cerca, para quien sale del trabajo, para una familia o para un grupo que empieza la noche. Esa mezcla era muy atractiva.

¿Cree que el barrio de Salamanca está cambiando? ¿Existe una nueva generación que ya no busca solo restaurantes punteros o de ticket alto, sino sitios más informales pero con identidad y concepto?

Sí, creo que está cambiando, igual que está cambiando Madrid. Hay una generación que aprecia la calidad y el diseño, pero no necesariamente quiere manteles, reservas con semanas de antelación o tickets altos cada vez que sale. Busca sitios informales que tengan una identidad clara y donde el producto esté muy bien hecho. El barrio de Salamanca sigue teniendo su oferta más clásica, pero hoy convive con conceptos más jóvenes, directos y especializados. Para nosotros esa convivencia es una oportunidad. Snob no intenta parecerse a lo que ya había en el barrio, sino aportar otra forma de consumirlo.

La masa con fermentación larga es una de vuestras grandes señas de identidad. ¿Cuánto tiempo tardasteis en encontrar vuestra receta y qué fue lo más complicado del proceso?

El proyecto completo estuvo más de cuatro años madurando y la masa ocupó una parte enorme de ese proceso. Hubo muchas pruebas hasta encontrar una receta que funcionara no solo recién salida del horno, sino también cortada en porciones, expuesta el tiempo adecuado y regenerada sin perder textura. Lo más difícil fue encontrar el equilibrio entre crujiente y flexible. Una pizza estilo New York no puede ser una napolitana estirada ni una base fina y seca. Tiene que tener mordida, doblarse sin romperse, aguantar los ingredientes y seguir siendo ligera. Y después está la consistencia: conseguirlo una vez es relativamente fácil; conseguirlo todos los días es el verdadero reto.

¿Qué errores o aprendizajes tuvisteis durante el desarrollo del producto antes de abrir?
El principal aprendizaje fue que el slice es un sistema, no simplemente una pizza grande cortada en triángulos. Cambiar un pequeño detalle en hidratación, fermentación, temperatura, cantidad de salsa o queso altera por completo el resultado. También aprendimos que recetas muy buenas en una pizza entera no siempre funcionan por porciones.

Cometimos el error, al principio, de querer resolver demasiado con ingredientes. Con el tiempo entendimos que había que quitar, simplificar y dejar que la masa fuese protagonista. Y aprendimos que el producto debe diseñarse junto con la operativa: cómo se hornea, cómo se conserva, cómo se recalienta y cómo llega al cliente forman parte de la receta.

¿El modelo está pensado principalmente para el consumo en local, el take away o el delivery? ¿Cómo imaginabais desde el inicio que iba a consumir la gente Snob Pizza?

El corazón del modelo es la experiencia en el local y el take away, porque ahí el cliente ve las pizzas, elige la porción y entiende mejor el ritual. Diseñamos un espacio pequeño, con servicio directo en barra, que permite comer rápido pero también quedarse. El delivery es importante y responde a una demanda real, pero tiene más dificultad técnica: una pizza crujiente y flexible debe llegar en buenas condiciones. Por eso no pensamos Snob como una marca exclusivamente de reparto. Queremos que los tres canales convivan, pero sin sacrificar producto por volumen.

«Nos gustaría que Snob pudiera crecer, pero no a costa de convertirlo en una copia de sí mismo»

¿Cuál ha sido la mayor sorpresa desde la apertura, algo que no esperabais encontrar en la respuesta del público?
Una de las mayores sorpresas ha sido la amplitud del público. Podíamos pensar que el concepto iba a atraer sobre todo a gente joven o muy conectada con la cultura gastronómica, pero hemos visto vecinos, familias, gente de oficinas, clientes mayores y personas que vienen expresamente desde otros barrios.

También nos ha sorprendido la rapidez con la que la gente ha entendido el formato y ha creado sus propios momentos de consumo. Y, por supuesto, el nivel de repetición: que alguien vuelva y tenga ya su slice o su salsa favorita es una señal mucho más valiosa que una visita puntual por curiosidad.

¿Puede compararse el fenómeno del slice con la proliferación de las smash burgers

La comparación tiene sentido porque ambos formatos convierten un producto muy popular en una categoría especializada, con marcas muy definidas y una experiencia rápida. Las smash burgers demostraron que podía haber mucha innovación dentro de algo aparentemente sencillo. Con el slice puede ocurrir algo parecido. Creo que veremos más aperturas, pero una categoría se consolida cuando deja de depender de la tendencia y aparecen operadores consistentes. No basta con una estética neoyorquina o una pizza grande. El cliente aprenderá a distinguir masa, horneado, equilibrio y servicio. Esa exigencia será positiva para todos.

¿Tenéis pensado expandiros? ¿Qué tendría que pasar para dar ese siguiente paso?

Antes de expandirnos, queremos consolidar Lagasca y asegurarnos de que el modelo es sólido, reconocible y replicable sin perder calidad. La buena acogida nos ha dado confianza para dar el siguiente paso con la apertura del local del Bernabéu.

La expansión forma parte de nuestra visión, pero sin prisas. Cada nueva apertura debe responder a una demanda real, contar con un equipo y unos procesos capaces de mantener el mismo nivel de producto, servicio y experiencia, y aportar valor a la marca. Crecer por crecer es relativamente fácil. Crecer manteniendo el alma del proyecto es lo difícil.

Fotografías: Cortesía Snob Pizza
Por MARCO DE PABLOS

Hace cinco años, un incendio voraz redujo a cenizas un proyecto único. Dani Ochoa no se detuvo y volvió con una propuesta igual de contundente, con la que ha recuperado lo perdido. En Montia, la cocina convierte el fuego en renacimiento.

Madrid queda atrás y, a menos de sesenta kilómetros de la capital, San Lorenzo de El Escorial aparece como uno de los refugios rurales con más encanto de la región. Una escapada imprescindible, especialmente durante los meses de verano en los que el calor se instala en el asfalto y ambiente capitalino. Dominando el paisaje se alza el Real Monasterio de El Escorial, la gran joya del Renacimiento español que Felipe II mandó construir en el siglo XVI y que, siglos después, sigue marcando el carácter histórico de la localidad. Rodeado de naturaleza y aire serrano, el municipio guarda también otra joya que ha sabido renacer literalmente de sus cenizas. Hablamos de Montia, el restaurante liderado por Dani Ochoa en pleno centro del pueblo. Un proyecto gastronómico que, tras el incendio que obligó a cerrar sus puertas en 2021, logró reconstruirse sin perder la esencia que lo ha convertido en una de las propuestas más singulares de la alta cocina española, recuperando además la Estrella Michelin que perdió tras el fuego y revalidando sus dos Soles Repsol.

Basta con subir cinco escalones para adentrarse en un universo casi élfico. La entrada ya anticipa el carácter del lugar, destacando la disposición de varias pacas —como se conoce popularmente a los fardos de paja en los prados— que introducen desde el primer momento esa conexión entre lo rural y lo orgánico. A la derecha se abre una sala amplia y acogedora, presidida por una chimenea y una extensa mesa pensada para encuentros grupales más íntimos. Más adelante aparece la cocina vista, siempre en movimiento, y, apenas unos pasos después, el verdadero corazón de Montia: un espacio cálido y frondoso, de pocas mesas, donde cada asiento aparece revestido con mantas de piel y dos majestuosos robles naturales atraviesan el techo, integrándose en el ambiente y convirtiéndose en parte esencial de la escenografía del lugar. La estructura, construida en madera y rodeada de cristaleras tanto en la parte superior como en la pared frontal, genera un efecto invernadero que permite que la luz natural inunde la sala durante todo el día. Frente a los comensales, un pequeño huerto del que Ochoa y su equipo recolectan a diario hojas, brotes y plantas que terminarán formando parte de los pases y bebidas. La conocida expresión “del huerto a la mesa” cobra aquí un sentido estricto, aunque la filosofía de Montia va mucho más allá. En su menú, el producto de proximidad desempeña un papel fundamental y el vínculo con el entorno está realmente presente. Es el caso de sus panes, elaborados artesanalmente en el obrador Abantos, situado a apenas tres minutos a pie del restaurante, o su sal y mantequilla de cabra, procedentes de Saelices y La Cabezuela, respectivamente. Aunque si hay otro elemento indispensable dentro de la experiencia de este proyecto, es su carta líquida.

El chef Dani Ochoa junto a su equipo recolectando brotes de su propio huerto.

El maridaje, cuidadosamente diseñado para acompañar cada pase, varía constantemente y entiende la bebida como un ingrediente más del plato. Aunque el vino tiene un protagonismo especial, también aparecen vermús y cervezas. Predominan los vinos naturales procedentes de variedades autóctonas. En torno a ellos, el restaurante ha construido un universo propio y un lenguaje paralelo que se ha convertido en una parte esencial de la experiencia gastronómica, porque aquí gusta lo poco convencional, la experimentación y el factor sorpresa. El resultado son simbiosis únicas.

La propuesta de Montia se construye semana a semana, en función de lo que ofrecen la Sierra de Guadarrama y los productores locales de confianza con los que el restaurante mantiene una relación constante. Una cocina viva, profundamente ligada a la temporalidad y al territorio, que toma forma a través de dos menús degustación, además de una versión más breve disponible de miércoles a viernes, excepto festivos. Los tres comparten una misma filosofía y buena parte de las elaboraciones, variando en el número de pases y en la profundidad del recorrido gastronómico.

La experiencia comienza incluso antes del primer bocado. El menú se presenta encuadernado entre dos cortezas de árbol tratadas, un detalle que anticipa el universo estético y conceptual del restaurante. Esa misma singularidad se traslada a las vajillas y soportes sobre los que se sirven las elaboraciones, todas ellas creadas por artesanos sanlorentinos. El recorrido arranca con tres pequeños aperitivos: tortilla de chalotas, galleta de paté de paloma y tosta de cangrejo. A continuación llegan los llamados “interludios”, pases que actúan como transición y anticipan la complejidad de los platos principales. Entre ellos aparece un berberecho en escabeche de tomillo blanco y hierba luisa; un rebozuelo (setas silvestres) salteado con jugo de carne con una combinación de calabaza con salsa holandesa de azafrán, mantequilla y azahar, probablemente uno de los platos más inesperados y memorables. También destacan la lámina de trucha cruda acompañada de reducción de champiñón, crema de guisantes y lepidio —una planta de huerta—, y la colmenilla, seta recolectada por el propio equipo y rellena de liebre con parmentier.

Ensaladilla salvaje.

Setas, mantequilla y azafrán.

Los platos principales profundizan todavía más. Desde los guisantes con espárrago verde y velo de cerdo ibérico, hasta el ravioli de asadurilla relleno de cabrito o el propio cabrito servido junto a una delicada “ensalada líquida”. En el tramo final aparecen dos caminos posibles. Por un lado, los célebres callos, una de sus especialidades, servidos en dos pases. Por otro y para quienes prefieren alejarse de la casquería, la alternativa se mueve en el universo de la caza, con propuestas como la paloma torcaz con crema de lombarda y salsa elaborada con los propios huesos del ave o el arroz de jabalí.

Los postres mantienen intacta la capacidad de sorpresa que define todo el menú. Especialmente memorable resulta el crujiente de miel con helado de queso de cabra y granizado de espinacas, una combinación tan inesperada como equilibrada o la Fistulina hepatica con almendra amarga. Un postre que remite de inmediato al sabor de las cerezas o frutos del bosque y que, sin embargo, está elaborado a partir de una seta.

Ensalada de espinacas y helado de queso.

Al finalizar, entregan al cliente un compost presentado en un sobre junto al menú seleccionado, cuidadosamente sellado con cera y fuego. Ese mismo fuego que hace cinco años les arrebató todo. Desde entonces, han sabido renacer y reinventarse. Como el compost que entregan, su propuesta encarna una lógica de regeneración continua, donde lo que fue residuo se convierte en una segunda oportunidad.

Oporto siempre ha sido sinónimo de belleza. Calles empedradas, fachadas cubiertas de azulejos, bodegas históricas y miradores con vistas al Duero hacían de la Ciudad Invicta un lugar mágico. Pero la ciudad portuguesa guarda una nueva versión menos evidente y mucho más actual. A pocos minutos del centro histórico, la Avenida da Boavista se ha convertido en el epicentro de un Oporto diferente: más creativo, más sofisticado y con una energía urbana que mezcla arquitectura de vanguardia, cultura y una gastronomía que mira al futuro sin olvidar sus raíces.

Para descubrir esta nueva cara de la ciudad, el punto de partida perfecto es el Crowne Plaza Porto, un alojamiento que ha renovado por completo su propuesta para convertirse en mucho más que un lugar donde dormir. Tras una transformación integral, sus 232 habitaciones —incluidas 42 suites— presentan ahora una estética contemporánea, elegante y funcional, pensada para descansar después de un día explorando Oporto. Sus vistas privilegiadas al skyline de la ciudad convierten cada despertar en una pequeña invitación a salir a descubrir todo lo que ocurre más allá de la ventana.

Una llegada entre arquitectura futurista y una cena con alma mediterránea

El primer encuentro con el Oporto más moderno empieza a pocos pasos del hotel. La imponente Casa da Música aparece como una declaración de intenciones: un diamante de hormigón que rompió con la arquitectura tradicional portuguesa y que hoy es uno de los grandes símbolos culturales de la ciudad. Entrar en su interior es descubrir un sorprendente diálogo entre madera, azulejos portugueses y líneas futuristas que convierten cada espacio en una experiencia visual.

La visita puede coincidir incluso con alguno de los ensayos abiertos de la Orquesta Sinfónica, una de esas casualidades que hacen que un viaje tenga algo especial. Porque Oporto no se trata solo de ver monumentos; se trata de encontrar momentos.

Cuando cae la tarde, el plan continúa sin necesidad de desplazarse demasiado. En la planta baja del Crowne Plaza Porto espera soMos Restaurant & Lounge, uno de los grandes protagonistas de esta nueva etapa gastronómica del renovado establecimiento hotelero. Su terraza funciona como un pequeño oasis urbano en plena avenida, un espacio donde la ciudad baja el ritmo y la mesa se convierte en el centro de la experiencia.

Su propuesta apuesta por una cocina mediterránea basada en el producto fresco y de temporada, con platos que respetan el origen de cada ingrediente. Pescados y mariscos del Atlántico, carnes seleccionadas y recetas con identidad portuguesa forman parte de una carta que busca algo más difícil que sorprender: emocionar.

Sábado: arte, naturaleza y un refugio de bienestar en pleno viaje

El segundo día comienza con una de las visitas imprescindibles para entender el espíritu creativo de Oporto: la Fundação de Serralves. Este espacio único combina arte contemporáneo, arquitectura y naturaleza en un mismo recorrido. Diseñado alrededor del museo creado por el arquitecto Álvaro Siza Vieira y la elegante Casa Art Déco, Serralves representa esa mezcla tan característica de Oporto: respeto por la historia y una mirada constante hacia lo que viene.

Uno de los momentos más especiales llega al recorrer el Tree-top walk, una pasarela elevada entre las copas de los árboles que ofrece una perspectiva diferente del parque y de la propia ciudad. Es una pausa dentro del viaje, una forma distinta de observar Oporto lejos del ruido y las rutas habituales.

Después de una mañana cultural, el plan perfecto está dentro del propio hotel. El Porto Urban SPA del Crowne Plaza Porto ofrece ese momento necesario para bajar pulsaciones: circuito de aguas, baño turco, sauna y tratamientos personalizados pensados para recuperar energía. En una escapada de 48 horas, encontrar un espacio donde simplemente dejarse cuidar se convierte casi en un lujo.

Al caer la noche, Boavista vuelve a despertar. El destino es el histórico Mercado do Bom Sucesso, reconvertido en uno de los lugares más dinámicos de la ciudad. Entre puestos gastronómicos, productos locales y ambiente cosmopolita, es el sitio perfecto para comprobar que la nueva Oporto también se disfruta mezclándose con quienes viven allí.

Domingo: el brunch que convierte una despedida en una experiencia más del viaje

Oporto pertenece claramente a aquellos destinos que nunca querrías abandonar. Y la mejor forma de alargar la escapada llega de la mano de The Sunday Brunch de soMos Restaurant & Lounge.

Este brunch se convierte en uno de los grandes momentos del fin de semana: estaciones de show cooking con huevos preparados al gusto, carnes trinchadas, repostería artesanal, quesos nacionales, productos frescos y una irresistible fuente de chocolate que convierte la mañana del domingo en un auténtico ritual gastronómico.

Más que un desayuno tardío, es una experiencia para disfrutar sin mirar el reloj. Una celebración de la cocina, del producto y de esa manera tan portuguesa de entender la vida: con tiempo, conversación y placer alrededor de una mesa.

Antes de decir adiós a la ciudad, un último paseo por la Rotunda da Boavista permite contemplar el Monumento a la Guerra Peninsular y despedirse de esta zona que representa a la perfección el nuevo espíritu de Oporto: elegante, creativa y todavía capaz de sorprender.

De la playa de Foz al cóctel perfecto: el verano también tiene su propio plan en Oporto

Cuando llega el buen tiempo, Oporto suma un ingrediente más a su encanto: el Atlántico. Desde el Crowne Plaza Porto, las playas de Foz do Douro quedan a pocos minutos y ofrecen uno de esos escenarios que parecen diseñados para una tarde de verano perfecta. Allí donde el río Douro se encuentra con el océano, las playas, el paseo marítimo y la luz del atardecer crean uno de los rincones más especiales de la ciudad.

El plan es sencillo y precisamente por eso funciona: una tarde junto al mar, una vuelta al hotel y un cóctel en el soMos Lounge para empezar la noche. Su ambiente moderno, su carta de cócteles y su selección de snacks convierten este espacio en el lugar ideal para alargar la conversación hasta la madrugada.

Después llega la cena, de nuevo en soMos Restaurant & Lounge, donde la cocina mediterránea vuelve a ser protagonista con una propuesta ligera y basada en ingredientes frescos, muchos de ellos procedentes incluso del huerto urbano del propio hotel. Una experiencia que demuestra que en Oporto no hace falta elegir entre ciudad, mar y gastronomía: todo puede formar parte del mismo viaje.

Porque quizá el mayor descubrimiento de una escapada de 48 horas no sea solo conocer una nueva ciudad, sino encontrar la manera perfecta de vivirla. Y en el nuevo Oporto, esa manera pasa por Boavista, por el Crowne Plaza Porto y por lugares como soMos, donde diseño, sabor y hospitalidad se encuentran en el mismo punto.

Cada verano hay quienes buscan grandes viajes y quienes prefieren descubrir destinos que lo tienen todo a pocas horas de casa. Cantabria pertenece a ese segundo grupo. En apenas unos kilómetros es posible pasar de una playa salvaje a un pueblo medieval, caminar entre bosques, visitar una cueva Patrimonio de la Humanidad y terminar el día compartiendo unas rabas frente al mar o tomando un vermut en una barra con décadas de historia.

Si todavía no has decidido dónde escaparte este verano, hay un itinerario que combina naturaleza, gastronomía y alojamientos con personalidad para conocer una de las regiones con más encanto del norte de España.

Dormir entre prados, a veinte minutos de Santander

Uno de esos lugares que invitan a bajar el ritmo se encuentra en Barcenaciones, un pequeño pueblo del valle de Reocín donde el tiempo parece transcurrir de otra manera. Allí, rodeado de prados y muy cerca de algunos de los principales atractivos turísticos de Cantabria, se encuentra La Tierruca Homes, un complejo formado por siete bungalows independientes construidos a partir de contenedores marítimos reciclados y transformados en alojamientos de diseño.

Las viviendas, de una o dos habitaciones, cuentan con jardín privado, barbacoa, cocina totalmente equipada y acceso a una piscina común de agua salada. Todo está pensado para disfrutar de unos días de desconexión sin renunciar a la comodidad. Su ubicación permite visitar fácilmente lugares como Santillana del Mar, Comillas, las playas de Oyambre o Luaña, la cueva de El Soplao, el Parque Natural Saja-Besaya o las Cuevas de Altamira, mientras que el propio entorno invita a caminar entre prados, recorrer senderos junto al río Saja o simplemente descansar lejos del bullicio de la costa.

Para familias, parejas o grupos de amigos, reservar el complejo completo se convierte además en una opción perfecta para celebrar encuentros privados, retiros o escapadas compartidas.

Santander, una ciudad que se disfruta desde sus barras

Después de una mañana de playa o de una excursión por el interior, Santander ofrece otra de sus grandes razones para visitarla: su cultura gastronómica. Más allá de los restaurantes, la capital cántabra sigue conservando una tradición muy arraigada de vermuts, cañas, terrazas y tapeo que convierte cualquier paseo por el centro en una ruta gastronómica improvisada.

En pleno Ensanche santanderino, tres establecimientos representan especialmente bien esa manera de entender el ocio.

Las Hijas de Florencio, el regreso de un clásico

La reapertura de Las Hijas de Florencio ha supuesto la recuperación de uno de los bares históricos de Santander. Situado junto al Paseo de Pereda, mantiene la esencia de las tabernas tradicionales con dos barras protagonistas, una amplia terraza frente al mar y una carta basada en los grandes clásicos del aperitivo: croquetas, tortillas, ensaladilla, embutidos, tostas o las ya conocidas lascas de parmesano.

Es uno de esos lugares donde resulta fácil alargar el vermut hasta la comida mientras se contempla la bahía.

Cortés, el bar donde siempre pasa algo

A pocos metros aparece Cortés, uno de los locales con más ambiente del centro de la ciudad. Su cocina permanece abierta durante buena parte del día, lo que permite pasar del aperitivo a una comida informal, continuar con una copa de vino o terminar compartiendo una cena. Su propuesta mezcla recetas tradicionales del Grupo Riojano con influencias mexicanas, donde conviven tacos de cochinita pibil, margaritas y mezcales con croquetas, ensaladilla o el ya popular bikini ibérico Cortés.

Su reconocimiento con un Solete Repsol confirma lo que muchos santanderinos ya sabían: es uno de esos bares a los que siempre apetece volver.

Vermutería Solórzano, una institución del aperitivo

Hablar de vermut en Santander es hablar de Vermutería Solórzano.

Con más de un centenar de referencias y un ambiente que conserva intacta la esencia de las vermuterías clásicas, este establecimiento continúa siendo uno de los grandes puntos de encuentro de la ciudad. Rabas, caracolillos, gildas o huevos rellenos acompañan una oferta donde el vermut sigue siendo el gran protagonista.

Su barra, marcada por décadas de historia, resume perfectamente esa costumbre tan santanderina de reunirse alrededor de un aperitivo antes de comer.

Mucho más que tres bares: una ruta gastronómica por Grupo Riojano

Detrás de estos establecimientos se encuentra Grupo Riojano, que durante los últimos años ha ido recuperando algunos de los espacios más emblemáticos de la hostelería cántabra al mismo tiempo que desarrollaba nuevos conceptos gastronómicos. Quienes dispongan de varios días pueden ampliar la ruta con algunas de sus direcciones más conocidas.

La histórica Bodega del Riojano sigue siendo uno de los grandes templos de la cocina tradicional de Santander; Kandela apuesta por la cocina de brasas y el producto; el Balneario de la Magdalena ofrece una de las terrazas con mejores vistas de la bahía para disfrutar de arroces y pescado; mientras que el Café Centro Botín resulta perfecto para hacer una pausa después de visitar uno de los grandes referentes culturales de la ciudad.

Fuera de Santander, la propuesta continúa con Bar Pepe, en Somo, una parada imprescindible tras un día de playa; Pan de Cuco, en Suesa, donde la cocina cántabra contemporánea encuentra uno de sus mejores exponentes; Primera Vaca, ideal para compartir pizzas artesanas y cocina de producto en un entorno rural; o La Carnaza, para quienes prefieran una buena hamburguesa con personalidad.

Una escapada que combina costa, naturaleza y gastronomía

Una de las grandes ventajas de Cantabria es que no obliga a elegir. Es posible dormir rodeado de naturaleza, desayunar viendo prados, pasar la mañana en una playa del Cantábrico, recorrer pueblos como Santillana del Mar o Comillas y terminar el día compartiendo unas tapas frente al mar en pleno centro de Santander. Ese equilibrio entre paisaje, patrimonio, tranquilidad y gastronomía es precisamente lo que convierte a la región en uno de los destinos más completos para quienes todavía buscan una escapada de verano. Y es que no hace falta recorrer miles de kilómetros para descubrir un lugar al que siempre apetece volver.

Por MARCO DE PABLOS

Si hay algo que la cantante argentina Tini y el también cantante y compositor Sebastián Yatra tienen en común cada vez que aterrizan en Madrid, además de llenar recintos y acaparar algún que otro titular, es que ambos reservan mesa en La Cabrera. Este restaurante argentino, ubicado en pleno barrio de Salamanca y con cocina non stop desde las 12:00 hasta las 23:30 horas, se ha convertido en uno de los grandes puntos de encuentro de la capital para los amantes de la gastronomía porteña, aunque su verdadero éxito va mucho más allá de los rostros conocidos que cruzan sus puertas. Aquí se viene a disfrutar de una de las mejores carnes de Madrid y, de paso, a viajar a Buenos Aires sin salir de la península. Porque pocos asados consiguen emocionar tanto a quienes nacieron al otro lado del Atlántico —doy fe de ello— como los que salen de las brasas de estas cocinas. Su ambiente recrea el de los tradicionales quinchos, nombre con el que se conoce a los espacios de los hogares argentinos destinados a preparar asados y reunir a familiares y amigos, considerados el corazón de muchas viviendas rioplatenses, que suelen estar decorados con reliquias familiares, vajillas antiguas, letreros de calles y otros recuerdos cargados de historia. En La Cabrera no falta ninguno de esos detalles.

Pero la historia de este establecimiento comenzó mucho antes de conquistar Madrid. Su primer local abrió las puertas en el barrio bonaerense de Palermo —el equivalente al Malasaña madrileño por su ambiente bohemio y su animada escena gastronómica— de la mano del reconocido parrillero Gastón Riveira. Desde entonces, el restaurante se ha convertido en un auténtico referente de la parrilla, con presencia en varios países de Latinoamérica y reconocimiento internacional por figurar en rankings como 101 World’s Best Steak Restaurants.

En 2023, La Cabrera desembarcó en la capital española de la mano del Grupo Los Lirios, liderado por José Luis Ansoleaga, con la intención de trasladar a Madrid el culto por el carbón y la leña. Hoy, además del local capitalino, la marca cuenta con otro en Barcelona y prepara una próxima apertura en Málaga. Mientras tanto, en Latinoamérica continúa expandiendo su legado: solo en Chile suma tres locales y en Argentina, donde nació el proyecto, cuenta con varios restaurantes repartidos por todo el país.

Un festín sin prisa y sin pausa

Ya en la mesa, la experiencia comienza por la carta líquida. Con alrededor de 70 referencias, la bodega propone un recorrido enológico con el vino argentino como gran protagonista, acompañado de una cuidada selección de etiquetas españolas y chilenas. Por supuesto, no falta el Malbec, la variedad insignia del país y el maridaje perfecto para una buena parrilla. La propuesta se completa con una variada carta de cócteles, en la que conviven clásicos como el mojito o la caipiriña con otras elaboraciones pensadas para abrir el apetito, acompañar la comida o, porque no, alargarla.

A continuación, y a modo de preludio —porque en ningún momento dejan de llegar platos a la mesa hasta que termina completamente repleta—, aparecen las “armonías” o cortesías, pensadas para untar o dipear con una correcta variedad de panes. Después llegan los entrantes, entre los que resulta imprescindible su empanada de carne de cuadril cortado a cuchillo y acompañada por cuatro nuevas “experiencias”, como las denomina la casa: una selección de salsas pensadas para acompañarla. Entre ellas destaca una versión del chimichurri con un twist, ligada con frutos rojos, y una preparación servida en pipeta que, en realidad, no es otra cosa que un almíbar de tomillo capaz de potenciar el sabor de la empanada. También resultan imprescindibles el chorizo criollo, ideal para un buen choripán, y la provoleta, uno de los grandes clásicos de la parrilla argentina.

Después llega el auténtico protagonista del festín: la carne. Aunque la carta también incluye apetecibles opciones de pescado, como el salmón o el pulpo a la parrilla, además de una cuidada selección de verduras a la brasa, es en su propuesta cárnica donde La Cabrera Madrid despliega todo su potencial. La selección gira en torno a carnes de raza Angus y Wagyu. Criadas en las praderas de La Pampa argentina, estas piezas destacan por su extraordinaria calidad y dan lugar a cortes emblemáticos como el vacío de centro, la entraña, el ojo de bife o el tradicional bife de chorizo. A ellos se suman grandes formatos pensados para compartir, como el Tomahawk o el T-Bone, así como excelentes cortes españoles madurados procedentes de Galicia, entre ellos un magnífico chuletón Dry Aged. En su mayoría, las carnes llegan directamente desde Argentina, sobresalen por su jugosidad y por una ejecución impecable en la parrilla, que respeta el punto elegido, y sobre todo, el recomendado, permitiendo apreciar todo el sabor del producto.

La experiencia se completa con una original selección de sales aromatizadas elaboradas por la casa —de vino tinto Malbec, pimentón de La Vera y paprika o ajo y perejil provenzal— y una serie de salsas caseras, como la mayonesa de ajo negro, el pesto de remolacha o una delicada espuma de vino Malbec, concebidas para realzar cada corte sin eclipsar a la protagonista. Y un consejo: no dejes de pedir alguna de sus guarniciones. Sus patatas fritas figuran, sin exagerar, entre las mejores de Madrid.

Dulce final

Por último, llega el momento del postre, un capítulo que aquí sería un error saltarse. Si la carne pone el broche de oro a la comida, los postres son el colofón perfecto para una experiencia con auténtico sabor argentino. Hay dos imprescindibles. El primero son sus espectaculares panqueques de dulce de leche, que llegan a la mesa ligeramente caramelizados y generosamente rellenos con un dulce de leche importado directamente desde Argentina. Se sirven acompañados de un cremoso helado casero que aporta el contraste perfecto. La otra gran tentación es la tradicional chocotorta, uno de los postres más emblemáticos de Argentina. Elaborada con las típicas chocolinas —las clásicas galletas de chocolate argentinas—, dulce de leche y queso crema, conquista a cualquier amante del dulce. Puede sonar contundente, y lo es, pero hay placeres que merecen la excepción.

En un Madrid y, especialmente, en un distrito cada vez más saturado de propuestas gastronómicas entrelazadas, resulta interesante descubrir rincones como este, donde la esencia del origen está presente en cada detalle. Tanto es así que muchos de sus clientes son oriundos del país cuya cocina representa, un hecho que refuerza su autenticidad y marca la diferencia dentro de la escena culinaria de la ciudad, consolidándose como una de esas direcciones imprescindibles para quienes buscan comer bien, sin pretensiones, donde el producto y el respeto por la tradición son los verdaderos protagonistas. La Cabrera es el lugar indicado.

El Jardín del madrileño hotel InterContinental estrena una experiencia gastronómica al aire libre que combina cocina a la brasa, producto de temporada y vino en una de las terrazas más exclusivas de la capital. Disponible solo los jueves por la noche, su nuevo Menú Brasas promete convertirse en uno de los imprescindibles de la temporada.

Cuando llega el verano a Madrid, encontrar una terraza donde desconectar del ritmo de la ciudad se convierte casi en una necesidad. Y si además la propuesta incluye buena gastronomía, un entorno rodeado de vegetación y una cocina pensada para compartir, el plan gana aún más atractivo. Con esa premisa nace ‘Jueves de Brasas’, la nueva experiencia gastronómica de El Jardín del InterContinental Madrid.

Disponible exclusivamente los jueves, de 19:30 a 22:30 horas, esta propuesta invita a disfrutar de las noches estivales alrededor del fuego con un menú diseñado para quienes buscan una cena diferente en uno de los espacios al aire libre más especiales de la ciudad.

Un menú para compartir alrededor de las brasas

Por 65 euros, el Menú Brasas propone un recorrido gastronómico que pone el foco en el producto de temporada y en el sabor de la cocina al fuego. La experiencia comienza con una selección de entrantes para compartir: pan rústico con mantequilla ahumada, criollo a la brasa con mahonesa de chimichurri y aguacate asado, tomates de temporada con aliño de humo, ensalada yum y manzana ácida, además de un carpaccio de picaña madurada con salsa vitello tonnato y encurtidos.

El plato principal es un chuletón de lomo bajo de 700 gramos, cocinado a la brasa y acompañado de patatas Ratte asadas con crema agria y cebollino, además de pimientos asados al fuego. Para terminar, el menú permite elegir entre un flan de coco con gelée de piña y caramelo tropical, una panacota de vainilla con nueces o fruta fresca.

Carpaccio de picana madurada con salta vitello tonnato con encurtido.

Chuleton de lomo bajo de 700g.

La propuesta se completa con una botella de Ercavio Vino de Meseta Tempranillo 2023, de la bodega Más Que Vinos, un proyecto de referencia en Castilla-La Mancha reconocido por su apuesta por el viñedo tradicional y la elaboración de vinos con identidad propia.

Al frente de la propuesta gastronómica se encuentra el chef Miguel de la Fuente, cuya cocina apuesta por el producto de temporada, los sabores mediterráneos y una visión contemporánea que incorpora influencias internacionales sin perder de vista la calidad de la materia prima.

Un jardín con historia en uno de los hoteles más emblemáticos de Madrid

Hablar del InterContinental Madrid es hablar de uno de los grandes iconos de la hotelería de lujo de la capital. Inaugurado en 1953 sobre el antiguo Palacio de los Duques de Aliaga, por sus salones y terrazas han pasado algunas de las grandes personalidades del siglo XX. Entre ellas, la inolvidable Ava Gardner, una de las grandes protagonistas del Madrid más glamuroso de los años cincuenta y sesenta, que convirtió el hotel en uno de sus lugares habituales durante su estancia en la ciudad.

Ese espíritu elegante y cosmopolita sigue vivo hoy en El Jardín, un auténtico oasis escondido en pleno Paseo de la Castellana. Rodeado de una exuberante vegetación, con fuentes que amortiguan el bullicio de la ciudad y diferentes espacios pensados para alargar la sobremesa o disfrutar de una copa al caer la tarde, se ha consolidado como una de las terrazas gastronómicas más especiales de Madrid.

Es precisamente en este escenario donde cobran sentido los nuevos ‘Jueves de Brasas’, una experiencia que recupera el placer de las cenas de verano, en un entorno con tanta historia como encanto.

Por KATY MIKHAILOVA

Madrid vive una auténtica fiebre mexicana. Cada semana abre un nuevo restaurante. Nuevos tacos. Nuevos margaritas. Nuevos conceptos. Nuevas promesas de autenticidad.

Y sin embargo, cuando una ciudad se llena de novedades, uno acaba entendiendo que el verdadero lujo no es descubrir algo nuevo.

Es volver. Volver a esos lugares que llevan años haciéndolo bien. Volver a esos restaurantes donde los camareros ya saben lo que te gusta antes de que abras la carta. Volver a esos sitios que sobreviven a las modas porque nunca necesitaron seguirlas.

Para mí, uno de esos lugares es Tepic.
Lleva años en Madrid. Mucho antes de que la cocina mexicana se convirtiera en tendencia. Mucho antes de que los tacos estuvieran de moda. Mucho antes de que todos supiéramos distinguir entre un mezcal y un tequila.

Y quizá por eso sigue funcionando. Porque nunca ha intentado parecer mexicano.

Simplemente lo es. Hay algo profundamente reconfortante en cruzar la puerta de Tepic. Quizá sea la sensación de estar entrando en una casa. Quizá sea esa mezcla entre sofisticación y cercanía tan difícil de encontrar. Quizá sea que uno siente que todo está exactamente donde debe estar.

Su local de Ayala, a un paso de Serrano, se ha convertido ya en un clásico del Barrio de Salamanca. Y no es casualidad.

Porque mantenerse tantos años en esta parte de Madrid es casi un deporte de riesgo.

Aquí sobreviven muy pocos. Y Tepic lleva haciéndolo desde hace más de una década.

Cada primavera, además, ocurre algo especial.

Reabre la terraza. Y entonces pasa la magia. Las tardes se alargan. Las conversaciones duran más de la cuenta. Las prisas desaparecen. Y durante unas horas Madrid parece trasladarse a otro lugar.

Hay terrazas bonitas. Y luego está la terraza de Tepic. Un rincón donde siempre sucede algo. Donde las sobremesas se convierten en cenas y las cenas terminan siendo historias.

Todo acompañado de una de las mejores coctelerías mexicanas de la ciudad. Lo digo sin exagerar. Porque una buena michelada es mucho más difícil de hacer de lo que parece. Y en pocos sitios me la han “conseguido” como aquí.

El punto exacto de frescor. La cantidad justa de picante. El clamato en su justa medida. El equilibrio perfecto entre acidez, cerveza y especias. Hay bebidas que refrescan. Y luego están las que consiguen transportarte. La michelada de Tepic pertenece a la segunda categoría.

La carta es un viaje por distintas regiones de México. Hay aguachiles, quesadillas, sopes, tostadas y algunos de los tacos más celebrados de la ciudad.

Pero si tuviera que elegir un plato, lo tendría claro. Sin cochinita pibil no hay paraíso.

Lo siento por los gurús gastronómicos y las tendencias pasajeras. Mi religión culinaria empieza y termina ahí. Esa carne cocinada lentamente hasta deshacerse. El achiote. La cebolla encurtida. La tortilla abrazándolo todo.

Hay platos que alimentan. Y platos que abrazan. La cochinita pibil de Tepic pertenece a la segunda categoría.

Aunque sería injusto hablar de Tepic únicamente desde la nostalgia. Porque buena parte de su éxito reside precisamente en haber sabido evolucionar sin perder el alma.

Restaurante TEPIC

Lo que comenzó en 2008 como una propuesta de cocina mexicana popular se ha convertido en uno de los grandes referentes gastronómicos de Madrid. Un restaurante reconocido por la Guía Michelin con su sello Bib Gourmand y capaz de mantener intacta una filosofía basada en el producto, la técnica y el respeto a las recetas tradicionales.

Sin folclores forzados. Sin caricaturas.
Sin necesidad de disfrazar México. Solo buena cocina.

Y eso, en una época obsesionada con el espectáculo, tiene mucho mérito.

Quizá por eso sigo volviendo. Por las micheladas. Por la cochinita pibil. Por las sobremesas interminables. Por esa terraza donde parece que el tiempo corre más despacio.

Y porque, en el fondo, los mejores restaurantes no son aquellos donde mejor se come. Son aquellos donde uno siempre tiene ganas de regresar.

Por KATY MIKHAILOVA

En Madrid todo cambia. Cambian los restaurantes, las modas, los códigos estéticos, las listas de espera y hasta los barrios. Lo que hoy es imprescindible, mañana parece olvidado. Por eso, cuando un lugar consigue permanecer más de dos décadas y seguir lleno cada noche, quizá ya no estamos hablando de gastronomía. Estamos hablando de carácter.

Llevo más de seis años sentándome en las mesas de Don Lay. Seis años celebrando éxitos, consolándome de fracasos, cerrando acuerdos, reuniendo amigos y recomendándolo una y otra vez a quien me pregunta dónde comer bien en Madrid. Y siempre ocurre lo mismo. Todo el mundo habla del pato laqueado.

Y sí, el pato laqueado es extraordinario, pero hay vida más allá del pato. Mucha vida.

Quizá porque lo verdaderamente interesante de un restaurante no es su plato más famoso, sino todo aquello que sucede alrededor. Lo que permanece cuando la novedad desaparece. Lo que convierte una comida en una experiencia y una experiencia en un recuerdo.

El viernes pasado volví a Don Lay. Y, una vez más, salí pensando que seguimos hablando poco de todo lo demás. Hablamos poco de una lubina que me sirvieron con un delicado toque picante, capaz de reconciliarte con cualquier mal día. De esos platos que no necesitan hacer ruido porque saben exactamente quiénes son. Hablamos poco de unos dim sum que parecen desafiar las leyes de la física. Pequeñas piezas de artesanía gastronómica que llegan a la mesa ligeras, delicadas, casi transparentes, y se derriten en la boca con una elegancia que solo se consigue después de miles de repeticiones, de años de oficio y de una obsesión casi japonesa por la perfección. Hablamos poco de unos torreznos (maridados con tiras de pepino) que aparecieron durante la comida y que me dejaron completamente desarmada. Porque uno cree haberlo probado todo hasta que descubre algo que no sabía ni que existía. Hablamos poco del servicio. Nos atendió Mimi con sumo detalle.

Y eso sí que es raro en Madrid. Porque es relativamente fácil abrir un restaurante bonito. Lo difícil es conseguir que, después de tantos años, cada cliente siga sintiéndose importante. Que el protocolo no resulte frío. Que la profesionalidad no elimine la cercanía. Que el equipo te reciba con la misma sonrisa un martes cualquiera que una noche de máxima ocupación.

Ahí está gran parte del secreto. En la mirada de Nieves Ye. Fundadora de la casa, empresaria, visionaria y heredera de una cultura que entiende la gastronomía como algo mucho más profundo que alimentar el cuerpo. Desde que abrió Don Lay junto a su padre en 2002, ha conseguido algo extraordinariamente difícil: mantener intacta la esencia mientras todo evoluciona a su alrededor.

Y no es fácil. No es fácil defender la cocina cantonesa auténtica durante más de veinte años. No es fácil seguir siendo relevante en una ciudad tan voraz como Madrid. No es fácil sobrevivir en el Barrio de Salamanca, uno de los escenarios más competitivos de Europa. Y, sin embargo, allí sigue. Lleno. Siempre lleno. Quizá porque Don Lay no persigue tendencias. Persigue excelencia. La excelencia de unos dim sum elaborados artesanalmente cada mañana. La excelencia de una bodega de casi cuatrocientas referencias cuidadosamente seleccionadas por Marco Contreras Arellano, uno de esos profesionales que entienden el vino como una conversación y no como una exhibición. La excelencia de una cocina que sigue respetando el producto, el tiempo y el ritual. Y la excelencia de un espacio diseñado por Hurlé & Martín, que ha sabido interpretar perfectamente la personalidad de la casa. Elegante sin ser pretencioso. Sofisticado sin resultar frío. Un lugar donde Oriente y Madrid parecen encontrarse a mitad de camino para conversar tranquilamente durante horas.

Quizá por eso vuelvo. Porque Don Lay me recuerda algo que en estos tiempos parece revolucionario: que la verdadera modernidad consiste en hacer bien las cosas de siempre. En una ciudad obsesionada con lo nuevo, Don Lay ha entendido que el auténtico lujo no está en sorprender. Está en permanecer. Y permanecer, cuando todo el mundo corre, es probablemente la forma más elegante de éxito.

En una ciudad donde las aperturas gastronómicas se suceden a gran velocidad y donde cada semana surgen nuevos conceptos que buscan captar la atención del público, hay proyectos que logran destacar precisamente por hacer algo diferente. Es el caso de LaCharcuterie, el espacio ubicado en el barrio de La Guindalera que, apenas un año después de su apertura, se ha consolidado como una de las propuestas más singulares del panorama foodie madrileño gracias a una idea tan sencilla como poco habitual: recuperar el oficio tradicional de la charcutería francesa y acercarlo al público desde una perspectiva cercana y accesible.

Tradición, herencia y pasión

Lo que comenzó como una apuesta familiar impulsada por Guillaume Bergerot y Dori Benito se ha convertido en un pequeño refugio para amantes de la gastronomía francesa, del producto bien elaborado y de las recetas que hablan de territorio, tradición y tiempo. Un lugar donde se puede comprar, degustar y descubrir una cultura gastronómica profundamente arraigada en Francia, pero reinterpretada desde Madrid y enriquecida por las raíces españolas de la familia.

Detrás de este proyecto se encuentra una historia de reinvención personal. Guillaume Bergerot, parisino de origen, decidió abandonar una trayectoria profesional alejada de la hostelería para formarse como charcutero y dar forma a una idea que llevaba años madurando. Junto a su esposa, la salmantina Dori Benito, y con su hijo Víctor Bergerot liderando la cocina junto a Julien Germain, amigo de la familia y también formado en Francia, construyeron una propuesta única en la capital. El resultado es un negocio familiar donde la tradición culinaria francesa se encuentra con la hospitalidad española y donde cada producto cuenta una historia.

La revolución de la charcutería

La esencia de LaCharcuterie reside en su obrador propio, auténtico corazón del proyecto. Allí se elaboran diariamente cerca de una treintena de recetas artesanales que llenan su vitrina de especialidades saladas y dulces. Entre ellas destacan clásicos imprescindibles de la gastronomía francesa como el pâté en croûte, que adaptan a los productos de temporada, las rillettes de cerdo, el pâté de campagne o las quiches elaboradas siguiendo la tradición gala, aunque sin renunciar a versiones más creativas. El apartado dulce tampoco pasa desapercibido gracias a elaboraciones como el flan parisien o la delicada crème brûlée, dos iconos de la repostería francesa que aquí encuentran su mejor expresión.

Más allá de la charcutería, el establecimiento ha conseguido convertirse en un lugar habitual para quienes buscan una comida casera diferente. Cada día ofrecen un plato fuera de carta que cambia semanalmente y que puede ser de carne, pescado o verduras, permitiendo descubrir nuevas recetas en cada visita. Una propuesta que completa un menú accesible con plato, postre y copa de vino por 18 euros, acercando así la cocina francesa cotidiana a un público mucho más amplio.

El compromiso con el producto es otro de los pilares fundamentales de LaCharcuterie. Su selección de vinos, champagnes, conservas, mermeladas, mostazas y embutidos refleja años de relaciones personales con pequeños productores franceses y españoles. Desde embutidos procedentes de Salamanca, en homenaje a las raíces de Dori Benito, hasta referencias artesanales francesas difíciles de encontrar en España, cada producto ha sido seleccionado bajo una misma filosofía: calidad, autenticidad y respeto por el origen.

Durante este primer año, LaCharcuterie también ha encontrado su espacio como aliado gastronómico para celebraciones y eventos. Sus tablas personalizadas de quesos y patés se han convertido en una opción cada vez más demandada para reuniones privadas, mientras que sus menús cerrados para pequeños grupos ofrecen una alternativa original para cumpleaños, encuentros profesionales o celebraciones familiares. Una forma de llevar un pedazo de Francia a casa sin necesidad de salir de Madrid.

Doce meses después de abrir sus puertas, LaCharcuterie celebra, además de un aniversario, la consolidación de una idea que parecía arriesgada y que hoy demuestra que existe un público dispuesto a valorar el oficio, el producto artesanal y la gastronomía autóctona. Un proyecto familiar que ha encontrado su lugar en Madrid y que confirma que la auténtica charcutería francesa tiene mucho futuro al otro lado de los Pirineos.

Hay restaurantes a los que uno va. Y luego están esos otros lugares a los que uno acaba perteneciendo un poco. Llevo años entrando y saliendo de Nonnetta. Primero fue el de General Castaños 15. Después llegaron las comidas improvisadas, las reuniones de trabajo que se alargaban más de la cuenta, las cenas con amigos y esas mesas que, sin saber muy bien cómo, terminan convirtiéndose en una especie de segunda casa.

Si me preguntan por qué vuelvo, nunca sé responder exactamente, porque en realidad no es una sola cosa. Es esa terraza escondida de General Castaños 15, un pequeño secreto en pleno centro de Madrid donde parece existir un microclima propio. Cuando la ciudad se derrite en verano, allí corre una brisa inesperada. Cuando llega el invierno, el frío siempre parece quedarse al otro lado de la puerta. Como si Nonnetta hubiera conseguido domesticar el tiempo.

Y luego está Simone. Hay personas que entienden la hostelería como un negocio y otras que la entienden como un arte. Simone pertenece claramente a la segunda categoría. Nos recibe siempre con esa mezcla de profesionalidad y cercanía que hace que uno se sienta importante sin necesidad de que nadie se esfuerce en demostrarlo.

Y, claro, está la mortadela trufada. Porque hay platos que terminan convirtiéndose en una costumbre. Y las costumbres, cuando son buenas, acaban siendo patrimonio emocional. La mortadela trufada de Nonnetta tiene algo especial. Quizá sea el equilibrio entre la intensidad de la trufa y la delicadeza de la mortadela. Quizá sea simplemente que la he comido demasiadas veces felices. No lo sé. Pero cada vez que llega a la mesa siento que estoy saludando a una vieja amiga.

Esta semana, sin embargo, descubrí otra versión de la historia: la de Nonnetta en Príncipe de Vergara 285, y entendí que no habían abierto un segundo restaurante. Habían construido un segundo capítulo. Antes de visitarlo me enviaron un pequeño briefing. Hablaban de una cocina mediterránea centrada en el producto, en el disfrute alrededor de la mesa y en el placer de compartir. De pescados frescos, carnes seleccionadas, mariscos, pasta elaborada a diario y pizzas de larga fermentación. De una cocina sencilla, equilibrada y enfocada al sabor. Pensé que era una bonita declaración de intenciones.

Después fui y comprobé que no era marketing. Era verdad. Nada más entrar uno comprende que allí todo está pensado para transmitir una sensación concreta. Alejarse del restaurante italiano convencional y construir un lugar con alma propia. Maderas recuperadas, libros antiguos, piezas con historia, una iluminación cálida y una atmósfera que mezcla tradición y actualidad sin caer en el decorado impostado.

Las fotografías apenas consiguen captarlo. Las vigas centenarias, las jaulas antiguas suspendidas del techo, las botellas alineadas entre objetos recuperados, los patios escondidos y esos rincones que parecen haber sido transportados piedra a piedra desde algún pueblo del sur de Italia.

Hay momentos en los que uno juraría estar en Sicilia. No en la Sicilia de las postales. En la de verdad. La de las sobremesas eternas. La de las cocinas donde importa más el producto que la etiqueta. La de las familias que entienden que una mesa es mucho más que una mesa.

Y luego llega la comida. El vitello tonnato merece un párrafo propio. Delicado, elegante, perfectamente equilibrado. De esos platos que parecen sencillos hasta que los pruebas y entiendes que detrás hay mucho oficio. Después llegó la pasta. En mi caso, una pasta con gamba absolutamente memorable. De esas que consiguen algo muy difícil: parecer sencillas cuando en realidad son extraordinarias. La textura perfecta, el sabor profundo del mar y esa sensación tan italiana de que no sobra ni falta absolutamente nada.

Porque esa es probablemente la palabra que mejor define a Nonnetta. Equilibrio. Todo tiene sentido. Todo parece estar donde debe estar: la carta, el espacio, el servicio, la cocina abierta, la barra, el ritmo de la sala, la forma en la que los platos llegan a la mesa…

En una época en la que demasiados restaurantes parecen diseñados para ser fotografiados, Nonnetta sigue perteneciendo a esa especie cada vez más escasa de lugares creados para ser vividos. Quizá por eso sigo volviendo, porque el de General Castaños 15 seguirá siendo para mí el lugar de las conversaciones largas, de las sobremesas improvisadas y de esa mortadela trufada que ya forma parte de mi biografía gastronómica, pero el de Príncipe de Vergara 285 me ha permitido descubrir otra faceta de la misma historia. Más abierta, más luminosa, más mediterránea. Dos direcciones distintas. Una misma alma. Y eso, en hostelería, es mucho más difícil de conseguir de lo que parece. Porque hay restaurantes donde se come. Y luego están esos lugares donde uno siempre encuentra una excusa para volver. Nonnetta pertenece, sin ninguna duda, a los segundos. Y quizá ese sea su verdadero secreto. Que no intenta impresionarte. Simplemente te hace sentir en casa. Una casa italiana, claro. De esas donde siempre hay alguien esperando al otro lado de la mesa. Y donde el verdadero lujo no consiste en lo que comes, sino en las ganas que tienes de regresar.