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Oporto siempre ha sido sinónimo de belleza. Calles empedradas, fachadas cubiertas de azulejos, bodegas históricas y miradores con vistas al Duero hacían de la Ciudad Invicta un lugar mágico. Pero la ciudad portuguesa guarda una nueva versión menos evidente y mucho más actual. A pocos minutos del centro histórico, la Avenida da Boavista se ha convertido en el epicentro de un Oporto diferente: más creativo, más sofisticado y con una energía urbana que mezcla arquitectura de vanguardia, cultura y una gastronomía que mira al futuro sin olvidar sus raíces.

Para descubrir esta nueva cara de la ciudad, el punto de partida perfecto es el Crowne Plaza Porto, un alojamiento que ha renovado por completo su propuesta para convertirse en mucho más que un lugar donde dormir. Tras una transformación integral, sus 232 habitaciones —incluidas 42 suites— presentan ahora una estética contemporánea, elegante y funcional, pensada para descansar después de un día explorando Oporto. Sus vistas privilegiadas al skyline de la ciudad convierten cada despertar en una pequeña invitación a salir a descubrir todo lo que ocurre más allá de la ventana.

Una llegada entre arquitectura futurista y una cena con alma mediterránea

El primer encuentro con el Oporto más moderno empieza a pocos pasos del hotel. La imponente Casa da Música aparece como una declaración de intenciones: un diamante de hormigón que rompió con la arquitectura tradicional portuguesa y que hoy es uno de los grandes símbolos culturales de la ciudad. Entrar en su interior es descubrir un sorprendente diálogo entre madera, azulejos portugueses y líneas futuristas que convierten cada espacio en una experiencia visual.

La visita puede coincidir incluso con alguno de los ensayos abiertos de la Orquesta Sinfónica, una de esas casualidades que hacen que un viaje tenga algo especial. Porque Oporto no se trata solo de ver monumentos; se trata de encontrar momentos.

Cuando cae la tarde, el plan continúa sin necesidad de desplazarse demasiado. En la planta baja del Crowne Plaza Porto espera soMos Restaurant & Lounge, uno de los grandes protagonistas de esta nueva etapa gastronómica del renovado establecimiento hotelero. Su terraza funciona como un pequeño oasis urbano en plena avenida, un espacio donde la ciudad baja el ritmo y la mesa se convierte en el centro de la experiencia.

Su propuesta apuesta por una cocina mediterránea basada en el producto fresco y de temporada, con platos que respetan el origen de cada ingrediente. Pescados y mariscos del Atlántico, carnes seleccionadas y recetas con identidad portuguesa forman parte de una carta que busca algo más difícil que sorprender: emocionar.

Sábado: arte, naturaleza y un refugio de bienestar en pleno viaje

El segundo día comienza con una de las visitas imprescindibles para entender el espíritu creativo de Oporto: la Fundação de Serralves. Este espacio único combina arte contemporáneo, arquitectura y naturaleza en un mismo recorrido. Diseñado alrededor del museo creado por el arquitecto Álvaro Siza Vieira y la elegante Casa Art Déco, Serralves representa esa mezcla tan característica de Oporto: respeto por la historia y una mirada constante hacia lo que viene.

Uno de los momentos más especiales llega al recorrer el Tree-top walk, una pasarela elevada entre las copas de los árboles que ofrece una perspectiva diferente del parque y de la propia ciudad. Es una pausa dentro del viaje, una forma distinta de observar Oporto lejos del ruido y las rutas habituales.

Después de una mañana cultural, el plan perfecto está dentro del propio hotel. El Porto Urban SPA del Crowne Plaza Porto ofrece ese momento necesario para bajar pulsaciones: circuito de aguas, baño turco, sauna y tratamientos personalizados pensados para recuperar energía. En una escapada de 48 horas, encontrar un espacio donde simplemente dejarse cuidar se convierte casi en un lujo.

Al caer la noche, Boavista vuelve a despertar. El destino es el histórico Mercado do Bom Sucesso, reconvertido en uno de los lugares más dinámicos de la ciudad. Entre puestos gastronómicos, productos locales y ambiente cosmopolita, es el sitio perfecto para comprobar que la nueva Oporto también se disfruta mezclándose con quienes viven allí.

Domingo: el brunch que convierte una despedida en una experiencia más del viaje

Oporto pertenece claramente a aquellos destinos que nunca querrías abandonar. Y la mejor forma de alargar la escapada llega de la mano de The Sunday Brunch de soMos Restaurant & Lounge.

Este brunch se convierte en uno de los grandes momentos del fin de semana: estaciones de show cooking con huevos preparados al gusto, carnes trinchadas, repostería artesanal, quesos nacionales, productos frescos y una irresistible fuente de chocolate que convierte la mañana del domingo en un auténtico ritual gastronómico.

Más que un desayuno tardío, es una experiencia para disfrutar sin mirar el reloj. Una celebración de la cocina, del producto y de esa manera tan portuguesa de entender la vida: con tiempo, conversación y placer alrededor de una mesa.

Antes de decir adiós a la ciudad, un último paseo por la Rotunda da Boavista permite contemplar el Monumento a la Guerra Peninsular y despedirse de esta zona que representa a la perfección el nuevo espíritu de Oporto: elegante, creativa y todavía capaz de sorprender.

De la playa de Foz al cóctel perfecto: el verano también tiene su propio plan en Oporto

Cuando llega el buen tiempo, Oporto suma un ingrediente más a su encanto: el Atlántico. Desde el Crowne Plaza Porto, las playas de Foz do Douro quedan a pocos minutos y ofrecen uno de esos escenarios que parecen diseñados para una tarde de verano perfecta. Allí donde el río Douro se encuentra con el océano, las playas, el paseo marítimo y la luz del atardecer crean uno de los rincones más especiales de la ciudad.

El plan es sencillo y precisamente por eso funciona: una tarde junto al mar, una vuelta al hotel y un cóctel en el soMos Lounge para empezar la noche. Su ambiente moderno, su carta de cócteles y su selección de snacks convierten este espacio en el lugar ideal para alargar la conversación hasta la madrugada.

Después llega la cena, de nuevo en soMos Restaurant & Lounge, donde la cocina mediterránea vuelve a ser protagonista con una propuesta ligera y basada en ingredientes frescos, muchos de ellos procedentes incluso del huerto urbano del propio hotel. Una experiencia que demuestra que en Oporto no hace falta elegir entre ciudad, mar y gastronomía: todo puede formar parte del mismo viaje.

Porque quizá el mayor descubrimiento de una escapada de 48 horas no sea solo conocer una nueva ciudad, sino encontrar la manera perfecta de vivirla. Y en el nuevo Oporto, esa manera pasa por Boavista, por el Crowne Plaza Porto y por lugares como soMos, donde diseño, sabor y hospitalidad se encuentran en el mismo punto.

Cada verano hay quienes buscan grandes viajes y quienes prefieren descubrir destinos que lo tienen todo a pocas horas de casa. Cantabria pertenece a ese segundo grupo. En apenas unos kilómetros es posible pasar de una playa salvaje a un pueblo medieval, caminar entre bosques, visitar una cueva Patrimonio de la Humanidad y terminar el día compartiendo unas rabas frente al mar o tomando un vermut en una barra con décadas de historia.

Si todavía no has decidido dónde escaparte este verano, hay un itinerario que combina naturaleza, gastronomía y alojamientos con personalidad para conocer una de las regiones con más encanto del norte de España.

Dormir entre prados, a veinte minutos de Santander

Uno de esos lugares que invitan a bajar el ritmo se encuentra en Barcenaciones, un pequeño pueblo del valle de Reocín donde el tiempo parece transcurrir de otra manera. Allí, rodeado de prados y muy cerca de algunos de los principales atractivos turísticos de Cantabria, se encuentra La Tierruca Homes, un complejo formado por siete bungalows independientes construidos a partir de contenedores marítimos reciclados y transformados en alojamientos de diseño.

Las viviendas, de una o dos habitaciones, cuentan con jardín privado, barbacoa, cocina totalmente equipada y acceso a una piscina común de agua salada. Todo está pensado para disfrutar de unos días de desconexión sin renunciar a la comodidad. Su ubicación permite visitar fácilmente lugares como Santillana del Mar, Comillas, las playas de Oyambre o Luaña, la cueva de El Soplao, el Parque Natural Saja-Besaya o las Cuevas de Altamira, mientras que el propio entorno invita a caminar entre prados, recorrer senderos junto al río Saja o simplemente descansar lejos del bullicio de la costa.

Para familias, parejas o grupos de amigos, reservar el complejo completo se convierte además en una opción perfecta para celebrar encuentros privados, retiros o escapadas compartidas.

Santander, una ciudad que se disfruta desde sus barras

Después de una mañana de playa o de una excursión por el interior, Santander ofrece otra de sus grandes razones para visitarla: su cultura gastronómica. Más allá de los restaurantes, la capital cántabra sigue conservando una tradición muy arraigada de vermuts, cañas, terrazas y tapeo que convierte cualquier paseo por el centro en una ruta gastronómica improvisada.

En pleno Ensanche santanderino, tres establecimientos representan especialmente bien esa manera de entender el ocio.

Las Hijas de Florencio, el regreso de un clásico

La reapertura de Las Hijas de Florencio ha supuesto la recuperación de uno de los bares históricos de Santander. Situado junto al Paseo de Pereda, mantiene la esencia de las tabernas tradicionales con dos barras protagonistas, una amplia terraza frente al mar y una carta basada en los grandes clásicos del aperitivo: croquetas, tortillas, ensaladilla, embutidos, tostas o las ya conocidas lascas de parmesano.

Es uno de esos lugares donde resulta fácil alargar el vermut hasta la comida mientras se contempla la bahía.

Cortés, el bar donde siempre pasa algo

A pocos metros aparece Cortés, uno de los locales con más ambiente del centro de la ciudad. Su cocina permanece abierta durante buena parte del día, lo que permite pasar del aperitivo a una comida informal, continuar con una copa de vino o terminar compartiendo una cena. Su propuesta mezcla recetas tradicionales del Grupo Riojano con influencias mexicanas, donde conviven tacos de cochinita pibil, margaritas y mezcales con croquetas, ensaladilla o el ya popular bikini ibérico Cortés.

Su reconocimiento con un Solete Repsol confirma lo que muchos santanderinos ya sabían: es uno de esos bares a los que siempre apetece volver.

Vermutería Solórzano, una institución del aperitivo

Hablar de vermut en Santander es hablar de Vermutería Solórzano.

Con más de un centenar de referencias y un ambiente que conserva intacta la esencia de las vermuterías clásicas, este establecimiento continúa siendo uno de los grandes puntos de encuentro de la ciudad. Rabas, caracolillos, gildas o huevos rellenos acompañan una oferta donde el vermut sigue siendo el gran protagonista.

Su barra, marcada por décadas de historia, resume perfectamente esa costumbre tan santanderina de reunirse alrededor de un aperitivo antes de comer.

Mucho más que tres bares: una ruta gastronómica por Grupo Riojano

Detrás de estos establecimientos se encuentra Grupo Riojano, que durante los últimos años ha ido recuperando algunos de los espacios más emblemáticos de la hostelería cántabra al mismo tiempo que desarrollaba nuevos conceptos gastronómicos. Quienes dispongan de varios días pueden ampliar la ruta con algunas de sus direcciones más conocidas.

La histórica Bodega del Riojano sigue siendo uno de los grandes templos de la cocina tradicional de Santander; Kandela apuesta por la cocina de brasas y el producto; el Balneario de la Magdalena ofrece una de las terrazas con mejores vistas de la bahía para disfrutar de arroces y pescado; mientras que el Café Centro Botín resulta perfecto para hacer una pausa después de visitar uno de los grandes referentes culturales de la ciudad.

Fuera de Santander, la propuesta continúa con Bar Pepe, en Somo, una parada imprescindible tras un día de playa; Pan de Cuco, en Suesa, donde la cocina cántabra contemporánea encuentra uno de sus mejores exponentes; Primera Vaca, ideal para compartir pizzas artesanas y cocina de producto en un entorno rural; o La Carnaza, para quienes prefieran una buena hamburguesa con personalidad.

Una escapada que combina costa, naturaleza y gastronomía

Una de las grandes ventajas de Cantabria es que no obliga a elegir. Es posible dormir rodeado de naturaleza, desayunar viendo prados, pasar la mañana en una playa del Cantábrico, recorrer pueblos como Santillana del Mar o Comillas y terminar el día compartiendo unas tapas frente al mar en pleno centro de Santander. Ese equilibrio entre paisaje, patrimonio, tranquilidad y gastronomía es precisamente lo que convierte a la región en uno de los destinos más completos para quienes todavía buscan una escapada de verano. Y es que no hace falta recorrer miles de kilómetros para descubrir un lugar al que siempre apetece volver.

Por MARCO DE PABLOS

Si hay algo que la cantante argentina Tini y el también cantante y compositor Sebastián Yatra tienen en común cada vez que aterrizan en Madrid, además de llenar recintos y acaparar algún que otro titular, es que ambos reservan mesa en La Cabrera. Este restaurante argentino, ubicado en pleno barrio de Salamanca y con cocina non stop desde las 12:00 hasta las 23:30 horas, se ha convertido en uno de los grandes puntos de encuentro de la capital para los amantes de la gastronomía porteña, aunque su verdadero éxito va mucho más allá de los rostros conocidos que cruzan sus puertas. Aquí se viene a disfrutar de una de las mejores carnes de Madrid y, de paso, a viajar a Buenos Aires sin salir de la península. Porque pocos asados consiguen emocionar tanto a quienes nacieron al otro lado del Atlántico —doy fe de ello— como los que salen de las brasas de estas cocinas. Su ambiente recrea el de los tradicionales quinchos, nombre con el que se conoce a los espacios de los hogares argentinos destinados a preparar asados y reunir a familiares y amigos, considerados el corazón de muchas viviendas rioplatenses, que suelen estar decorados con reliquias familiares, vajillas antiguas, letreros de calles y otros recuerdos cargados de historia. En La Cabrera no falta ninguno de esos detalles.

Pero la historia de este establecimiento comenzó mucho antes de conquistar Madrid. Su primer local abrió las puertas en el barrio bonaerense de Palermo —el equivalente al Malasaña madrileño por su ambiente bohemio y su animada escena gastronómica— de la mano del reconocido parrillero Gastón Riveira. Desde entonces, el restaurante se ha convertido en un auténtico referente de la parrilla, con presencia en varios países de Latinoamérica y reconocimiento internacional por figurar en rankings como 101 World’s Best Steak Restaurants.

En 2023, La Cabrera desembarcó en la capital española de la mano del Grupo Los Lirios, liderado por José Luis Ansoleaga, con la intención de trasladar a Madrid el culto por el carbón y la leña. Hoy, además del local capitalino, la marca cuenta con otro en Barcelona y prepara una próxima apertura en Málaga. Mientras tanto, en Latinoamérica continúa expandiendo su legado: solo en Chile suma tres locales y en Argentina, donde nació el proyecto, cuenta con varios restaurantes repartidos por todo el país.

Un festín sin prisa y sin pausa

Ya en la mesa, la experiencia comienza por la carta líquida. Con alrededor de 70 referencias, la bodega propone un recorrido enológico con el vino argentino como gran protagonista, acompañado de una cuidada selección de etiquetas españolas y chilenas. Por supuesto, no falta el Malbec, la variedad insignia del país y el maridaje perfecto para una buena parrilla. La propuesta se completa con una variada carta de cócteles, en la que conviven clásicos como el mojito o la caipiriña con otras elaboraciones pensadas para abrir el apetito, acompañar la comida o, porque no, alargarla.

A continuación, y a modo de preludio —porque en ningún momento dejan de llegar platos a la mesa hasta que termina completamente repleta—, aparecen las “armonías” o cortesías, pensadas para untar o dipear con una correcta variedad de panes. Después llegan los entrantes, entre los que resulta imprescindible su empanada de carne de cuadril cortado a cuchillo y acompañada por cuatro nuevas “experiencias”, como las denomina la casa: una selección de salsas pensadas para acompañarla. Entre ellas destaca una versión del chimichurri con un twist, ligada con frutos rojos, y una preparación servida en pipeta que, en realidad, no es otra cosa que un almíbar de tomillo capaz de potenciar el sabor de la empanada. También resultan imprescindibles el chorizo criollo, ideal para un buen choripán, y la provoleta, uno de los grandes clásicos de la parrilla argentina.

Después llega el auténtico protagonista del festín: la carne. Aunque la carta también incluye apetecibles opciones de pescado, como el salmón o el pulpo a la parrilla, además de una cuidada selección de verduras a la brasa, es en su propuesta cárnica donde La Cabrera Madrid despliega todo su potencial. La selección gira en torno a carnes de raza Angus y Wagyu. Criadas en las praderas de La Pampa argentina, estas piezas destacan por su extraordinaria calidad y dan lugar a cortes emblemáticos como el vacío de centro, la entraña, el ojo de bife o el tradicional bife de chorizo. A ellos se suman grandes formatos pensados para compartir, como el Tomahawk o el T-Bone, así como excelentes cortes españoles madurados procedentes de Galicia, entre ellos un magnífico chuletón Dry Aged. En su mayoría, las carnes llegan directamente desde Argentina, sobresalen por su jugosidad y por una ejecución impecable en la parrilla, que respeta el punto elegido, y sobre todo, el recomendado, permitiendo apreciar todo el sabor del producto.

La experiencia se completa con una original selección de sales aromatizadas elaboradas por la casa —de vino tinto Malbec, pimentón de La Vera y paprika o ajo y perejil provenzal— y una serie de salsas caseras, como la mayonesa de ajo negro, el pesto de remolacha o una delicada espuma de vino Malbec, concebidas para realzar cada corte sin eclipsar a la protagonista. Y un consejo: no dejes de pedir alguna de sus guarniciones. Sus patatas fritas figuran, sin exagerar, entre las mejores de Madrid.

Dulce final

Por último, llega el momento del postre, un capítulo que aquí sería un error saltarse. Si la carne pone el broche de oro a la comida, los postres son el colofón perfecto para una experiencia con auténtico sabor argentino. Hay dos imprescindibles. El primero son sus espectaculares panqueques de dulce de leche, que llegan a la mesa ligeramente caramelizados y generosamente rellenos con un dulce de leche importado directamente desde Argentina. Se sirven acompañados de un cremoso helado casero que aporta el contraste perfecto. La otra gran tentación es la tradicional chocotorta, uno de los postres más emblemáticos de Argentina. Elaborada con las típicas chocolinas —las clásicas galletas de chocolate argentinas—, dulce de leche y queso crema, conquista a cualquier amante del dulce. Puede sonar contundente, y lo es, pero hay placeres que merecen la excepción.

En un Madrid y, especialmente, en un distrito cada vez más saturado de propuestas gastronómicas entrelazadas, resulta interesante descubrir rincones como este, donde la esencia del origen está presente en cada detalle. Tanto es así que muchos de sus clientes son oriundos del país cuya cocina representa, un hecho que refuerza su autenticidad y marca la diferencia dentro de la escena culinaria de la ciudad, consolidándose como una de esas direcciones imprescindibles para quienes buscan comer bien, sin pretensiones, donde el producto y el respeto por la tradición son los verdaderos protagonistas. La Cabrera es el lugar indicado.

El Jardín del madrileño hotel InterContinental estrena una experiencia gastronómica al aire libre que combina cocina a la brasa, producto de temporada y vino en una de las terrazas más exclusivas de la capital. Disponible solo los jueves por la noche, su nuevo Menú Brasas promete convertirse en uno de los imprescindibles de la temporada.

Cuando llega el verano a Madrid, encontrar una terraza donde desconectar del ritmo de la ciudad se convierte casi en una necesidad. Y si además la propuesta incluye buena gastronomía, un entorno rodeado de vegetación y una cocina pensada para compartir, el plan gana aún más atractivo. Con esa premisa nace ‘Jueves de Brasas’, la nueva experiencia gastronómica de El Jardín del InterContinental Madrid.

Disponible exclusivamente los jueves, de 19:30 a 22:30 horas, esta propuesta invita a disfrutar de las noches estivales alrededor del fuego con un menú diseñado para quienes buscan una cena diferente en uno de los espacios al aire libre más especiales de la ciudad.

Un menú para compartir alrededor de las brasas

Por 65 euros, el Menú Brasas propone un recorrido gastronómico que pone el foco en el producto de temporada y en el sabor de la cocina al fuego. La experiencia comienza con una selección de entrantes para compartir: pan rústico con mantequilla ahumada, criollo a la brasa con mahonesa de chimichurri y aguacate asado, tomates de temporada con aliño de humo, ensalada yum y manzana ácida, además de un carpaccio de picaña madurada con salsa vitello tonnato y encurtidos.

El plato principal es un chuletón de lomo bajo de 700 gramos, cocinado a la brasa y acompañado de patatas Ratte asadas con crema agria y cebollino, además de pimientos asados al fuego. Para terminar, el menú permite elegir entre un flan de coco con gelée de piña y caramelo tropical, una panacota de vainilla con nueces o fruta fresca.

Carpaccio de picana madurada con salta vitello tonnato con encurtido.

Chuleton de lomo bajo de 700g.

La propuesta se completa con una botella de Ercavio Vino de Meseta Tempranillo 2023, de la bodega Más Que Vinos, un proyecto de referencia en Castilla-La Mancha reconocido por su apuesta por el viñedo tradicional y la elaboración de vinos con identidad propia.

Al frente de la propuesta gastronómica se encuentra el chef Miguel de la Fuente, cuya cocina apuesta por el producto de temporada, los sabores mediterráneos y una visión contemporánea que incorpora influencias internacionales sin perder de vista la calidad de la materia prima.

Un jardín con historia en uno de los hoteles más emblemáticos de Madrid

Hablar del InterContinental Madrid es hablar de uno de los grandes iconos de la hotelería de lujo de la capital. Inaugurado en 1953 sobre el antiguo Palacio de los Duques de Aliaga, por sus salones y terrazas han pasado algunas de las grandes personalidades del siglo XX. Entre ellas, la inolvidable Ava Gardner, una de las grandes protagonistas del Madrid más glamuroso de los años cincuenta y sesenta, que convirtió el hotel en uno de sus lugares habituales durante su estancia en la ciudad.

Ese espíritu elegante y cosmopolita sigue vivo hoy en El Jardín, un auténtico oasis escondido en pleno Paseo de la Castellana. Rodeado de una exuberante vegetación, con fuentes que amortiguan el bullicio de la ciudad y diferentes espacios pensados para alargar la sobremesa o disfrutar de una copa al caer la tarde, se ha consolidado como una de las terrazas gastronómicas más especiales de Madrid.

Es precisamente en este escenario donde cobran sentido los nuevos ‘Jueves de Brasas’, una experiencia que recupera el placer de las cenas de verano, en un entorno con tanta historia como encanto.

Por KATY MIKHAILOVA

Madrid vive una auténtica fiebre mexicana. Cada semana abre un nuevo restaurante. Nuevos tacos. Nuevos margaritas. Nuevos conceptos. Nuevas promesas de autenticidad.

Y sin embargo, cuando una ciudad se llena de novedades, uno acaba entendiendo que el verdadero lujo no es descubrir algo nuevo.

Es volver. Volver a esos lugares que llevan años haciéndolo bien. Volver a esos restaurantes donde los camareros ya saben lo que te gusta antes de que abras la carta. Volver a esos sitios que sobreviven a las modas porque nunca necesitaron seguirlas.

Para mí, uno de esos lugares es Tepic.
Lleva años en Madrid. Mucho antes de que la cocina mexicana se convirtiera en tendencia. Mucho antes de que los tacos estuvieran de moda. Mucho antes de que todos supiéramos distinguir entre un mezcal y un tequila.

Y quizá por eso sigue funcionando. Porque nunca ha intentado parecer mexicano.

Simplemente lo es. Hay algo profundamente reconfortante en cruzar la puerta de Tepic. Quizá sea la sensación de estar entrando en una casa. Quizá sea esa mezcla entre sofisticación y cercanía tan difícil de encontrar. Quizá sea que uno siente que todo está exactamente donde debe estar.

Su local de Ayala, a un paso de Serrano, se ha convertido ya en un clásico del Barrio de Salamanca. Y no es casualidad.

Porque mantenerse tantos años en esta parte de Madrid es casi un deporte de riesgo.

Aquí sobreviven muy pocos. Y Tepic lleva haciéndolo desde hace más de una década.

Cada primavera, además, ocurre algo especial.

Reabre la terraza. Y entonces pasa la magia. Las tardes se alargan. Las conversaciones duran más de la cuenta. Las prisas desaparecen. Y durante unas horas Madrid parece trasladarse a otro lugar.

Hay terrazas bonitas. Y luego está la terraza de Tepic. Un rincón donde siempre sucede algo. Donde las sobremesas se convierten en cenas y las cenas terminan siendo historias.

Todo acompañado de una de las mejores coctelerías mexicanas de la ciudad. Lo digo sin exagerar. Porque una buena michelada es mucho más difícil de hacer de lo que parece. Y en pocos sitios me la han “conseguido” como aquí.

El punto exacto de frescor. La cantidad justa de picante. El clamato en su justa medida. El equilibrio perfecto entre acidez, cerveza y especias. Hay bebidas que refrescan. Y luego están las que consiguen transportarte. La michelada de Tepic pertenece a la segunda categoría.

La carta es un viaje por distintas regiones de México. Hay aguachiles, quesadillas, sopes, tostadas y algunos de los tacos más celebrados de la ciudad.

Pero si tuviera que elegir un plato, lo tendría claro. Sin cochinita pibil no hay paraíso.

Lo siento por los gurús gastronómicos y las tendencias pasajeras. Mi religión culinaria empieza y termina ahí. Esa carne cocinada lentamente hasta deshacerse. El achiote. La cebolla encurtida. La tortilla abrazándolo todo.

Hay platos que alimentan. Y platos que abrazan. La cochinita pibil de Tepic pertenece a la segunda categoría.

Aunque sería injusto hablar de Tepic únicamente desde la nostalgia. Porque buena parte de su éxito reside precisamente en haber sabido evolucionar sin perder el alma.

Restaurante TEPIC

Lo que comenzó en 2008 como una propuesta de cocina mexicana popular se ha convertido en uno de los grandes referentes gastronómicos de Madrid. Un restaurante reconocido por la Guía Michelin con su sello Bib Gourmand y capaz de mantener intacta una filosofía basada en el producto, la técnica y el respeto a las recetas tradicionales.

Sin folclores forzados. Sin caricaturas.
Sin necesidad de disfrazar México. Solo buena cocina.

Y eso, en una época obsesionada con el espectáculo, tiene mucho mérito.

Quizá por eso sigo volviendo. Por las micheladas. Por la cochinita pibil. Por las sobremesas interminables. Por esa terraza donde parece que el tiempo corre más despacio.

Y porque, en el fondo, los mejores restaurantes no son aquellos donde mejor se come. Son aquellos donde uno siempre tiene ganas de regresar.

Por KATY MIKHAILOVA

En Madrid todo cambia. Cambian los restaurantes, las modas, los códigos estéticos, las listas de espera y hasta los barrios. Lo que hoy es imprescindible, mañana parece olvidado. Por eso, cuando un lugar consigue permanecer más de dos décadas y seguir lleno cada noche, quizá ya no estamos hablando de gastronomía. Estamos hablando de carácter.

Llevo más de seis años sentándome en las mesas de Don Lay. Seis años celebrando éxitos, consolándome de fracasos, cerrando acuerdos, reuniendo amigos y recomendándolo una y otra vez a quien me pregunta dónde comer bien en Madrid. Y siempre ocurre lo mismo. Todo el mundo habla del pato laqueado.

Y sí, el pato laqueado es extraordinario, pero hay vida más allá del pato. Mucha vida.

Quizá porque lo verdaderamente interesante de un restaurante no es su plato más famoso, sino todo aquello que sucede alrededor. Lo que permanece cuando la novedad desaparece. Lo que convierte una comida en una experiencia y una experiencia en un recuerdo.

El viernes pasado volví a Don Lay. Y, una vez más, salí pensando que seguimos hablando poco de todo lo demás. Hablamos poco de una lubina que me sirvieron con un delicado toque picante, capaz de reconciliarte con cualquier mal día. De esos platos que no necesitan hacer ruido porque saben exactamente quiénes son. Hablamos poco de unos dim sum que parecen desafiar las leyes de la física. Pequeñas piezas de artesanía gastronómica que llegan a la mesa ligeras, delicadas, casi transparentes, y se derriten en la boca con una elegancia que solo se consigue después de miles de repeticiones, de años de oficio y de una obsesión casi japonesa por la perfección. Hablamos poco de unos torreznos (maridados con tiras de pepino) que aparecieron durante la comida y que me dejaron completamente desarmada. Porque uno cree haberlo probado todo hasta que descubre algo que no sabía ni que existía. Hablamos poco del servicio. Nos atendió Mimi con sumo detalle.

Y eso sí que es raro en Madrid. Porque es relativamente fácil abrir un restaurante bonito. Lo difícil es conseguir que, después de tantos años, cada cliente siga sintiéndose importante. Que el protocolo no resulte frío. Que la profesionalidad no elimine la cercanía. Que el equipo te reciba con la misma sonrisa un martes cualquiera que una noche de máxima ocupación.

Ahí está gran parte del secreto. En la mirada de Nieves Ye. Fundadora de la casa, empresaria, visionaria y heredera de una cultura que entiende la gastronomía como algo mucho más profundo que alimentar el cuerpo. Desde que abrió Don Lay junto a su padre en 2002, ha conseguido algo extraordinariamente difícil: mantener intacta la esencia mientras todo evoluciona a su alrededor.

Y no es fácil. No es fácil defender la cocina cantonesa auténtica durante más de veinte años. No es fácil seguir siendo relevante en una ciudad tan voraz como Madrid. No es fácil sobrevivir en el Barrio de Salamanca, uno de los escenarios más competitivos de Europa. Y, sin embargo, allí sigue. Lleno. Siempre lleno. Quizá porque Don Lay no persigue tendencias. Persigue excelencia. La excelencia de unos dim sum elaborados artesanalmente cada mañana. La excelencia de una bodega de casi cuatrocientas referencias cuidadosamente seleccionadas por Marco Contreras Arellano, uno de esos profesionales que entienden el vino como una conversación y no como una exhibición. La excelencia de una cocina que sigue respetando el producto, el tiempo y el ritual. Y la excelencia de un espacio diseñado por Hurlé & Martín, que ha sabido interpretar perfectamente la personalidad de la casa. Elegante sin ser pretencioso. Sofisticado sin resultar frío. Un lugar donde Oriente y Madrid parecen encontrarse a mitad de camino para conversar tranquilamente durante horas.

Quizá por eso vuelvo. Porque Don Lay me recuerda algo que en estos tiempos parece revolucionario: que la verdadera modernidad consiste en hacer bien las cosas de siempre. En una ciudad obsesionada con lo nuevo, Don Lay ha entendido que el auténtico lujo no está en sorprender. Está en permanecer. Y permanecer, cuando todo el mundo corre, es probablemente la forma más elegante de éxito.

En una ciudad donde las aperturas gastronómicas se suceden a gran velocidad y donde cada semana surgen nuevos conceptos que buscan captar la atención del público, hay proyectos que logran destacar precisamente por hacer algo diferente. Es el caso de LaCharcuterie, el espacio ubicado en el barrio de La Guindalera que, apenas un año después de su apertura, se ha consolidado como una de las propuestas más singulares del panorama foodie madrileño gracias a una idea tan sencilla como poco habitual: recuperar el oficio tradicional de la charcutería francesa y acercarlo al público desde una perspectiva cercana y accesible.

Tradición, herencia y pasión

Lo que comenzó como una apuesta familiar impulsada por Guillaume Bergerot y Dori Benito se ha convertido en un pequeño refugio para amantes de la gastronomía francesa, del producto bien elaborado y de las recetas que hablan de territorio, tradición y tiempo. Un lugar donde se puede comprar, degustar y descubrir una cultura gastronómica profundamente arraigada en Francia, pero reinterpretada desde Madrid y enriquecida por las raíces españolas de la familia.

Detrás de este proyecto se encuentra una historia de reinvención personal. Guillaume Bergerot, parisino de origen, decidió abandonar una trayectoria profesional alejada de la hostelería para formarse como charcutero y dar forma a una idea que llevaba años madurando. Junto a su esposa, la salmantina Dori Benito, y con su hijo Víctor Bergerot liderando la cocina junto a Julien Germain, amigo de la familia y también formado en Francia, construyeron una propuesta única en la capital. El resultado es un negocio familiar donde la tradición culinaria francesa se encuentra con la hospitalidad española y donde cada producto cuenta una historia.

La revolución de la charcutería

La esencia de LaCharcuterie reside en su obrador propio, auténtico corazón del proyecto. Allí se elaboran diariamente cerca de una treintena de recetas artesanales que llenan su vitrina de especialidades saladas y dulces. Entre ellas destacan clásicos imprescindibles de la gastronomía francesa como el pâté en croûte, que adaptan a los productos de temporada, las rillettes de cerdo, el pâté de campagne o las quiches elaboradas siguiendo la tradición gala, aunque sin renunciar a versiones más creativas. El apartado dulce tampoco pasa desapercibido gracias a elaboraciones como el flan parisien o la delicada crème brûlée, dos iconos de la repostería francesa que aquí encuentran su mejor expresión.

Más allá de la charcutería, el establecimiento ha conseguido convertirse en un lugar habitual para quienes buscan una comida casera diferente. Cada día ofrecen un plato fuera de carta que cambia semanalmente y que puede ser de carne, pescado o verduras, permitiendo descubrir nuevas recetas en cada visita. Una propuesta que completa un menú accesible con plato, postre y copa de vino por 18 euros, acercando así la cocina francesa cotidiana a un público mucho más amplio.

El compromiso con el producto es otro de los pilares fundamentales de LaCharcuterie. Su selección de vinos, champagnes, conservas, mermeladas, mostazas y embutidos refleja años de relaciones personales con pequeños productores franceses y españoles. Desde embutidos procedentes de Salamanca, en homenaje a las raíces de Dori Benito, hasta referencias artesanales francesas difíciles de encontrar en España, cada producto ha sido seleccionado bajo una misma filosofía: calidad, autenticidad y respeto por el origen.

Durante este primer año, LaCharcuterie también ha encontrado su espacio como aliado gastronómico para celebraciones y eventos. Sus tablas personalizadas de quesos y patés se han convertido en una opción cada vez más demandada para reuniones privadas, mientras que sus menús cerrados para pequeños grupos ofrecen una alternativa original para cumpleaños, encuentros profesionales o celebraciones familiares. Una forma de llevar un pedazo de Francia a casa sin necesidad de salir de Madrid.

Doce meses después de abrir sus puertas, LaCharcuterie celebra, además de un aniversario, la consolidación de una idea que parecía arriesgada y que hoy demuestra que existe un público dispuesto a valorar el oficio, el producto artesanal y la gastronomía autóctona. Un proyecto familiar que ha encontrado su lugar en Madrid y que confirma que la auténtica charcutería francesa tiene mucho futuro al otro lado de los Pirineos.

Hay restaurantes a los que uno va. Y luego están esos otros lugares a los que uno acaba perteneciendo un poco. Llevo años entrando y saliendo de Nonnetta. Primero fue el de General Castaños 15. Después llegaron las comidas improvisadas, las reuniones de trabajo que se alargaban más de la cuenta, las cenas con amigos y esas mesas que, sin saber muy bien cómo, terminan convirtiéndose en una especie de segunda casa.

Si me preguntan por qué vuelvo, nunca sé responder exactamente, porque en realidad no es una sola cosa. Es esa terraza escondida de General Castaños 15, un pequeño secreto en pleno centro de Madrid donde parece existir un microclima propio. Cuando la ciudad se derrite en verano, allí corre una brisa inesperada. Cuando llega el invierno, el frío siempre parece quedarse al otro lado de la puerta. Como si Nonnetta hubiera conseguido domesticar el tiempo.

Y luego está Simone. Hay personas que entienden la hostelería como un negocio y otras que la entienden como un arte. Simone pertenece claramente a la segunda categoría. Nos recibe siempre con esa mezcla de profesionalidad y cercanía que hace que uno se sienta importante sin necesidad de que nadie se esfuerce en demostrarlo.

Y, claro, está la mortadela trufada. Porque hay platos que terminan convirtiéndose en una costumbre. Y las costumbres, cuando son buenas, acaban siendo patrimonio emocional. La mortadela trufada de Nonnetta tiene algo especial. Quizá sea el equilibrio entre la intensidad de la trufa y la delicadeza de la mortadela. Quizá sea simplemente que la he comido demasiadas veces felices. No lo sé. Pero cada vez que llega a la mesa siento que estoy saludando a una vieja amiga.

Esta semana, sin embargo, descubrí otra versión de la historia: la de Nonnetta en Príncipe de Vergara 285, y entendí que no habían abierto un segundo restaurante. Habían construido un segundo capítulo. Antes de visitarlo me enviaron un pequeño briefing. Hablaban de una cocina mediterránea centrada en el producto, en el disfrute alrededor de la mesa y en el placer de compartir. De pescados frescos, carnes seleccionadas, mariscos, pasta elaborada a diario y pizzas de larga fermentación. De una cocina sencilla, equilibrada y enfocada al sabor. Pensé que era una bonita declaración de intenciones.

Después fui y comprobé que no era marketing. Era verdad. Nada más entrar uno comprende que allí todo está pensado para transmitir una sensación concreta. Alejarse del restaurante italiano convencional y construir un lugar con alma propia. Maderas recuperadas, libros antiguos, piezas con historia, una iluminación cálida y una atmósfera que mezcla tradición y actualidad sin caer en el decorado impostado.

Las fotografías apenas consiguen captarlo. Las vigas centenarias, las jaulas antiguas suspendidas del techo, las botellas alineadas entre objetos recuperados, los patios escondidos y esos rincones que parecen haber sido transportados piedra a piedra desde algún pueblo del sur de Italia.

Hay momentos en los que uno juraría estar en Sicilia. No en la Sicilia de las postales. En la de verdad. La de las sobremesas eternas. La de las cocinas donde importa más el producto que la etiqueta. La de las familias que entienden que una mesa es mucho más que una mesa.

Y luego llega la comida. El vitello tonnato merece un párrafo propio. Delicado, elegante, perfectamente equilibrado. De esos platos que parecen sencillos hasta que los pruebas y entiendes que detrás hay mucho oficio. Después llegó la pasta. En mi caso, una pasta con gamba absolutamente memorable. De esas que consiguen algo muy difícil: parecer sencillas cuando en realidad son extraordinarias. La textura perfecta, el sabor profundo del mar y esa sensación tan italiana de que no sobra ni falta absolutamente nada.

Porque esa es probablemente la palabra que mejor define a Nonnetta. Equilibrio. Todo tiene sentido. Todo parece estar donde debe estar: la carta, el espacio, el servicio, la cocina abierta, la barra, el ritmo de la sala, la forma en la que los platos llegan a la mesa…

En una época en la que demasiados restaurantes parecen diseñados para ser fotografiados, Nonnetta sigue perteneciendo a esa especie cada vez más escasa de lugares creados para ser vividos. Quizá por eso sigo volviendo, porque el de General Castaños 15 seguirá siendo para mí el lugar de las conversaciones largas, de las sobremesas improvisadas y de esa mortadela trufada que ya forma parte de mi biografía gastronómica, pero el de Príncipe de Vergara 285 me ha permitido descubrir otra faceta de la misma historia. Más abierta, más luminosa, más mediterránea. Dos direcciones distintas. Una misma alma. Y eso, en hostelería, es mucho más difícil de conseguir de lo que parece. Porque hay restaurantes donde se come. Y luego están esos lugares donde uno siempre encuentra una excusa para volver. Nonnetta pertenece, sin ninguna duda, a los segundos. Y quizá ese sea su verdadero secreto. Que no intenta impresionarte. Simplemente te hace sentir en casa. Una casa italiana, claro. De esas donde siempre hay alguien esperando al otro lado de la mesa. Y donde el verdadero lujo no consiste en lo que comes, sino en las ganas que tienes de regresar.

En el universo de la alta gastronomía japonesa hay productos que van mucho más allá del plato para convertirse en auténticos rituales culturales, y el atún rojo es uno de los máximos exponentes de esa filosofía. Makoto Madrid, el primer restaurante en Europa del chef Makoto Okuwa, se prepara para ofrecer una experiencia irrepetible que trasciende lo puramente culinario y se adentra en la tradición más ancestral nipona con la celebración de una exclusiva ceremonia de Gomai Oroshi, el arte japonés del despiece del atún en cinco partes. 

La experiencia, que tendrá lugar el próximo 26 de mayo entre las 19:00 y las 21:00 horas, comenzará con el despiece en directo de un atún rojo de almadraba de aproximadamente 80 kilos, ejecutado por los sushimans del restaurante utilizando los tradicionales maguro bocho, unos imponentes cuchillos japoneses diseñados específicamente para el corte del atún, cuya precisión convierte cada movimiento en un gesto casi ceremonial. Este proceso, que recuerda al ronqueo aunque reinterpretado desde la estética japonesa, permite descubrir las diferentes capas, texturas y matices del atún rojo, desde el akami más magro hasta la codiciada ventresca otoro, pasando por el chutoro, donde la grasa y la delicadeza alcanzan su equilibrio perfecto.

Un ritual gastronómico donde el atún rojo revela todos sus matices

Tras el despiece en directo, los asistentes se adentrarán en un recorrido culinario diseñado para explorar en profundidad cada una de las partes del atún a través de un exclusivo menú degustación de diez pases. Una secuencia pensada para entender la complejidad del producto desde una mirada sensorial, donde cada elaboración pone en valor una textura, un corte y una intensidad distinta del pescado.

El viaje gastronómico comenzará con un Toro Tartar elaborado con ventresca de atún, soja, miso y ajonjolí, seguido de un Bo-Sushi de atún magro curado con cebollín y jengibre que introduce los matices más delicados del producto. A continuación, el Chutoro Ponzu aportará un contraste cítrico al equilibrio graso del atún medio, mientras que la Toro Tempura, con alioli de limón, añadirá un punto crujiente y sorprendente a la experiencia. La degustación continuará con una trilogía de nigiris de akami, chutoro y otoro, que permite apreciar la evolución del sabor y la textura a lo largo del corte del pescado, antes de dar paso a una sopa miso roja que actúa como transición hacia el tramo final del menú.

En ese cierre, el Negitoro Caviar Handroll combina la untuosidad de la ventresca con el toque salino del caviar, mientras que el postre, un delicado Shortcake de fresa, aporta el broche dulce a una experiencia que busca equilibrar intensidad, técnica y sutileza en cada fase del recorrido.

Restaurante Makoto en Madrid.

Restaurante Makoto en Madrid.

Makoto Madrid y la consolidación de una visión actualizada de la cocina japonesa

Desde su apertura junto al hotel Rosewood Villa Magna, Makoto Madrid se ha consolidado como uno de los grandes referentes de la cocina japonesa en la capital, combinando la tradición más depurada del sushi con una interpretación contemporánea del producto y una ejecución técnica de alto nivel. Esta filosofía ha convertido al restaurante en un espacio donde cada servicio se entiende como una experiencia cuidada, precisa y profundamente ligada a la cultura gastronómica japonesa. Con esta nueva propuesta, el restaurante refuerza su vocación de ir más allá de la restauración para ofrecer experiencias que conectan al comensal con el origen, la técnica y la historia de cada ingrediente. 

Las azoteas se han convertido en uno de los grandes símbolos del verano madrileño y pocas consiguen captar tan bien el espíritu de la ciudad como RT60 Rooftop Bar. La terraza de Hard Rock Hotel Madrid inaugura nueva temporada y lo hace reafirmando su posición como uno de los espacios imprescindibles para quienes buscan gastronomía, ambiente y vistas privilegiadas en pleno centro de la capital.

Situado en la octava planta del hotel, RT60 se aleja del concepto clásico de rooftop para convertirse en un punto de encuentro donde cada detalle está pensado para disfrutar del tardeo madrileño. Desde primera hora de la tarde, la terraza comienza a llenarse de una energía relajada que evoluciona al ritmo de la puesta de sol, los cócteles y la música, creando ese ambiente que transforma cualquier día entre semana en un pequeño plan de verano.

Con unas vistas abiertas hacia el Madrid de los Austrias y diferentes espacios que combinan zonas más animadas con rincones pensados para desconectar, el rooftop vuelve a posicionarse como uno de esos lugares a los que siempre apetece volver cuando suben las temperaturas en la ciudad.

Una cocina informal con sabores viajeros y espíritu veraniego

La nueva propuesta gastronómica de RT60 apuesta por una cocina fresca, accesible y muy pensada para compartir. Lejos de una carta excesivamente formal, la terraza propone una selección de platos concebidos para acompañar largas sobremesas, encuentros improvisados o cenas que empiezan con algo ligero y terminan alargando la noche entre amigos.

Los sabores del mar tienen un gran protagonismo en la carta con propuestas como los ceviches de lubina o atún rojo, elaboraciones ligeras y llenas de matices que encajan perfectamente con el ambiente veraniego del espacio. A ellos se suman opciones como el pulpo a la plancha, tacos de ternera melosa o lubina en tempura, en una combinación que mezcla inspiración internacional con un formato desenfadado y muy adaptable al ritmo de este espacio.

También hay hueco para platos más casual y reconocibles, desde hamburguesas hasta quesadillas o guacamole con totopos, pensados para compartir mientras Madrid empieza a caer lentamente bajo la luz del atardecer. Una propuesta gastronómica que entiende perfectamente qué busca el público cuando sube a una terraza.

Cócteles de autor y música para dejarse llevar

Si hay algo que define la experiencia en RT60 Rooftop Bar es su capacidad para convertir el atardecer en un auténtico ritual. La coctelería juega aquí un papel fundamental gracias a una carta de autor que apuesta por mezclas frescas, aromáticas y muy visuales, perfectas para acompañar uno de los momentos más especiales del día.

La propuesta líquida combina perfiles tropicales, cítricos y florales en creaciones como Matcha Colada, Violet Tonic o Spiced Paloma, mientras que opciones más golosas como Cheerscake o Espresso per Favore aportan un punto más divertido y sorprendente a la experiencia. Esta temporada, además, RT60 incorpora una selección especial de spritz elaborados junto a St-Germain, aportando un aire elegante y muy veraniego a la carta.

Más allá de la gastronomía y los cócteles, RT60 ha conseguido consolidar una personalidad propia dentro del circuito de terrazas madrileñas. Música, diseño, una ubicación privilegiada y una atmósfera cuidada hacen que cada visita funcione.