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Por KATY MIKHAILOVA

En Madrid todo cambia. Cambian los restaurantes, las modas, los códigos estéticos, las listas de espera y hasta los barrios. Lo que hoy es imprescindible, mañana parece olvidado. Por eso, cuando un lugar consigue permanecer más de dos décadas y seguir lleno cada noche, quizá ya no estamos hablando de gastronomía. Estamos hablando de carácter.

Llevo más de seis años sentándome en las mesas de Don Lay. Seis años celebrando éxitos, consolándome de fracasos, cerrando acuerdos, reuniendo amigos y recomendándolo una y otra vez a quien me pregunta dónde comer bien en Madrid. Y siempre ocurre lo mismo. Todo el mundo habla del pato laqueado.

Y sí, el pato laqueado es extraordinario, pero hay vida más allá del pato. Mucha vida.

Quizá porque lo verdaderamente interesante de un restaurante no es su plato más famoso, sino todo aquello que sucede alrededor. Lo que permanece cuando la novedad desaparece. Lo que convierte una comida en una experiencia y una experiencia en un recuerdo.

El viernes pasado volví a Don Lay. Y, una vez más, salí pensando que seguimos hablando poco de todo lo demás. Hablamos poco de una lubina que me sirvieron con un delicado toque picante, capaz de reconciliarte con cualquier mal día. De esos platos que no necesitan hacer ruido porque saben exactamente quiénes son. Hablamos poco de unos dim sum que parecen desafiar las leyes de la física. Pequeñas piezas de artesanía gastronómica que llegan a la mesa ligeras, delicadas, casi transparentes, y se derriten en la boca con una elegancia que solo se consigue después de miles de repeticiones, de años de oficio y de una obsesión casi japonesa por la perfección. Hablamos poco de unos torreznos (maridados con tiras de pepino) que aparecieron durante la comida y que me dejaron completamente desarmada. Porque uno cree haberlo probado todo hasta que descubre algo que no sabía ni que existía. Hablamos poco del servicio. Nos atendió Mimi con sumo detalle.

Y eso sí que es raro en Madrid. Porque es relativamente fácil abrir un restaurante bonito. Lo difícil es conseguir que, después de tantos años, cada cliente siga sintiéndose importante. Que el protocolo no resulte frío. Que la profesionalidad no elimine la cercanía. Que el equipo te reciba con la misma sonrisa un martes cualquiera que una noche de máxima ocupación.

Ahí está gran parte del secreto. En la mirada de Nieves Ye. Fundadora de la casa, empresaria, visionaria y heredera de una cultura que entiende la gastronomía como algo mucho más profundo que alimentar el cuerpo. Desde que abrió Don Lay junto a su padre en 2002, ha conseguido algo extraordinariamente difícil: mantener intacta la esencia mientras todo evoluciona a su alrededor.

Y no es fácil. No es fácil defender la cocina cantonesa auténtica durante más de veinte años. No es fácil seguir siendo relevante en una ciudad tan voraz como Madrid. No es fácil sobrevivir en el Barrio de Salamanca, uno de los escenarios más competitivos de Europa. Y, sin embargo, allí sigue. Lleno. Siempre lleno. Quizá porque Don Lay no persigue tendencias. Persigue excelencia. La excelencia de unos dim sum elaborados artesanalmente cada mañana. La excelencia de una bodega de casi cuatrocientas referencias cuidadosamente seleccionadas por Marco Contreras Arellano, uno de esos profesionales que entienden el vino como una conversación y no como una exhibición. La excelencia de una cocina que sigue respetando el producto, el tiempo y el ritual. Y la excelencia de un espacio diseñado por Hurlé & Martín, que ha sabido interpretar perfectamente la personalidad de la casa. Elegante sin ser pretencioso. Sofisticado sin resultar frío. Un lugar donde Oriente y Madrid parecen encontrarse a mitad de camino para conversar tranquilamente durante horas.

Quizá por eso vuelvo. Porque Don Lay me recuerda algo que en estos tiempos parece revolucionario: que la verdadera modernidad consiste en hacer bien las cosas de siempre. En una ciudad obsesionada con lo nuevo, Don Lay ha entendido que el auténtico lujo no está en sorprender. Está en permanecer. Y permanecer, cuando todo el mundo corre, es probablemente la forma más elegante de éxito.

En una ciudad donde las aperturas gastronómicas se suceden a gran velocidad y donde cada semana surgen nuevos conceptos que buscan captar la atención del público, hay proyectos que logran destacar precisamente por hacer algo diferente. Es el caso de LaCharcuterie, el espacio ubicado en el barrio de La Guindalera que, apenas un año después de su apertura, se ha consolidado como una de las propuestas más singulares del panorama foodie madrileño gracias a una idea tan sencilla como poco habitual: recuperar el oficio tradicional de la charcutería francesa y acercarlo al público desde una perspectiva cercana y accesible.

Tradición, herencia y pasión

Lo que comenzó como una apuesta familiar impulsada por Guillaume Bergerot y Dori Benito se ha convertido en un pequeño refugio para amantes de la gastronomía francesa, del producto bien elaborado y de las recetas que hablan de territorio, tradición y tiempo. Un lugar donde se puede comprar, degustar y descubrir una cultura gastronómica profundamente arraigada en Francia, pero reinterpretada desde Madrid y enriquecida por las raíces españolas de la familia.

Detrás de este proyecto se encuentra una historia de reinvención personal. Guillaume Bergerot, parisino de origen, decidió abandonar una trayectoria profesional alejada de la hostelería para formarse como charcutero y dar forma a una idea que llevaba años madurando. Junto a su esposa, la salmantina Dori Benito, y con su hijo Víctor Bergerot liderando la cocina junto a Julien Germain, amigo de la familia y también formado en Francia, construyeron una propuesta única en la capital. El resultado es un negocio familiar donde la tradición culinaria francesa se encuentra con la hospitalidad española y donde cada producto cuenta una historia.

La revolución de la charcutería

La esencia de LaCharcuterie reside en su obrador propio, auténtico corazón del proyecto. Allí se elaboran diariamente cerca de una treintena de recetas artesanales que llenan su vitrina de especialidades saladas y dulces. Entre ellas destacan clásicos imprescindibles de la gastronomía francesa como el pâté en croûte, que adaptan a los productos de temporada, las rillettes de cerdo, el pâté de campagne o las quiches elaboradas siguiendo la tradición gala, aunque sin renunciar a versiones más creativas. El apartado dulce tampoco pasa desapercibido gracias a elaboraciones como el flan parisien o la delicada crème brûlée, dos iconos de la repostería francesa que aquí encuentran su mejor expresión.

Más allá de la charcutería, el establecimiento ha conseguido convertirse en un lugar habitual para quienes buscan una comida casera diferente. Cada día ofrecen un plato fuera de carta que cambia semanalmente y que puede ser de carne, pescado o verduras, permitiendo descubrir nuevas recetas en cada visita. Una propuesta que completa un menú accesible con plato, postre y copa de vino por 18 euros, acercando así la cocina francesa cotidiana a un público mucho más amplio.

El compromiso con el producto es otro de los pilares fundamentales de LaCharcuterie. Su selección de vinos, champagnes, conservas, mermeladas, mostazas y embutidos refleja años de relaciones personales con pequeños productores franceses y españoles. Desde embutidos procedentes de Salamanca, en homenaje a las raíces de Dori Benito, hasta referencias artesanales francesas difíciles de encontrar en España, cada producto ha sido seleccionado bajo una misma filosofía: calidad, autenticidad y respeto por el origen.

Durante este primer año, LaCharcuterie también ha encontrado su espacio como aliado gastronómico para celebraciones y eventos. Sus tablas personalizadas de quesos y patés se han convertido en una opción cada vez más demandada para reuniones privadas, mientras que sus menús cerrados para pequeños grupos ofrecen una alternativa original para cumpleaños, encuentros profesionales o celebraciones familiares. Una forma de llevar un pedazo de Francia a casa sin necesidad de salir de Madrid.

Doce meses después de abrir sus puertas, LaCharcuterie celebra, además de un aniversario, la consolidación de una idea que parecía arriesgada y que hoy demuestra que existe un público dispuesto a valorar el oficio, el producto artesanal y la gastronomía autóctona. Un proyecto familiar que ha encontrado su lugar en Madrid y que confirma que la auténtica charcutería francesa tiene mucho futuro al otro lado de los Pirineos.

Hay restaurantes a los que uno va. Y luego están esos otros lugares a los que uno acaba perteneciendo un poco. Llevo años entrando y saliendo de Nonnetta. Primero fue el de General Castaños 15. Después llegaron las comidas improvisadas, las reuniones de trabajo que se alargaban más de la cuenta, las cenas con amigos y esas mesas que, sin saber muy bien cómo, terminan convirtiéndose en una especie de segunda casa.

Si me preguntan por qué vuelvo, nunca sé responder exactamente, porque en realidad no es una sola cosa. Es esa terraza escondida de General Castaños 15, un pequeño secreto en pleno centro de Madrid donde parece existir un microclima propio. Cuando la ciudad se derrite en verano, allí corre una brisa inesperada. Cuando llega el invierno, el frío siempre parece quedarse al otro lado de la puerta. Como si Nonnetta hubiera conseguido domesticar el tiempo.

Y luego está Simone. Hay personas que entienden la hostelería como un negocio y otras que la entienden como un arte. Simone pertenece claramente a la segunda categoría. Nos recibe siempre con esa mezcla de profesionalidad y cercanía que hace que uno se sienta importante sin necesidad de que nadie se esfuerce en demostrarlo.

Y, claro, está la mortadela trufada. Porque hay platos que terminan convirtiéndose en una costumbre. Y las costumbres, cuando son buenas, acaban siendo patrimonio emocional. La mortadela trufada de Nonnetta tiene algo especial. Quizá sea el equilibrio entre la intensidad de la trufa y la delicadeza de la mortadela. Quizá sea simplemente que la he comido demasiadas veces felices. No lo sé. Pero cada vez que llega a la mesa siento que estoy saludando a una vieja amiga.

Esta semana, sin embargo, descubrí otra versión de la historia: la de Nonnetta en Príncipe de Vergara 285, y entendí que no habían abierto un segundo restaurante. Habían construido un segundo capítulo. Antes de visitarlo me enviaron un pequeño briefing. Hablaban de una cocina mediterránea centrada en el producto, en el disfrute alrededor de la mesa y en el placer de compartir. De pescados frescos, carnes seleccionadas, mariscos, pasta elaborada a diario y pizzas de larga fermentación. De una cocina sencilla, equilibrada y enfocada al sabor. Pensé que era una bonita declaración de intenciones.

Después fui y comprobé que no era marketing. Era verdad. Nada más entrar uno comprende que allí todo está pensado para transmitir una sensación concreta. Alejarse del restaurante italiano convencional y construir un lugar con alma propia. Maderas recuperadas, libros antiguos, piezas con historia, una iluminación cálida y una atmósfera que mezcla tradición y actualidad sin caer en el decorado impostado.

Las fotografías apenas consiguen captarlo. Las vigas centenarias, las jaulas antiguas suspendidas del techo, las botellas alineadas entre objetos recuperados, los patios escondidos y esos rincones que parecen haber sido transportados piedra a piedra desde algún pueblo del sur de Italia.

Hay momentos en los que uno juraría estar en Sicilia. No en la Sicilia de las postales. En la de verdad. La de las sobremesas eternas. La de las cocinas donde importa más el producto que la etiqueta. La de las familias que entienden que una mesa es mucho más que una mesa.

Y luego llega la comida. El vitello tonnato merece un párrafo propio. Delicado, elegante, perfectamente equilibrado. De esos platos que parecen sencillos hasta que los pruebas y entiendes que detrás hay mucho oficio. Después llegó la pasta. En mi caso, una pasta con gamba absolutamente memorable. De esas que consiguen algo muy difícil: parecer sencillas cuando en realidad son extraordinarias. La textura perfecta, el sabor profundo del mar y esa sensación tan italiana de que no sobra ni falta absolutamente nada.

Porque esa es probablemente la palabra que mejor define a Nonnetta. Equilibrio. Todo tiene sentido. Todo parece estar donde debe estar: la carta, el espacio, el servicio, la cocina abierta, la barra, el ritmo de la sala, la forma en la que los platos llegan a la mesa…

En una época en la que demasiados restaurantes parecen diseñados para ser fotografiados, Nonnetta sigue perteneciendo a esa especie cada vez más escasa de lugares creados para ser vividos. Quizá por eso sigo volviendo, porque el de General Castaños 15 seguirá siendo para mí el lugar de las conversaciones largas, de las sobremesas improvisadas y de esa mortadela trufada que ya forma parte de mi biografía gastronómica, pero el de Príncipe de Vergara 285 me ha permitido descubrir otra faceta de la misma historia. Más abierta, más luminosa, más mediterránea. Dos direcciones distintas. Una misma alma. Y eso, en hostelería, es mucho más difícil de conseguir de lo que parece. Porque hay restaurantes donde se come. Y luego están esos lugares donde uno siempre encuentra una excusa para volver. Nonnetta pertenece, sin ninguna duda, a los segundos. Y quizá ese sea su verdadero secreto. Que no intenta impresionarte. Simplemente te hace sentir en casa. Una casa italiana, claro. De esas donde siempre hay alguien esperando al otro lado de la mesa. Y donde el verdadero lujo no consiste en lo que comes, sino en las ganas que tienes de regresar.

En el universo de la alta gastronomía japonesa hay productos que van mucho más allá del plato para convertirse en auténticos rituales culturales, y el atún rojo es uno de los máximos exponentes de esa filosofía. Makoto Madrid, el primer restaurante en Europa del chef Makoto Okuwa, se prepara para ofrecer una experiencia irrepetible que trasciende lo puramente culinario y se adentra en la tradición más ancestral nipona con la celebración de una exclusiva ceremonia de Gomai Oroshi, el arte japonés del despiece del atún en cinco partes. 

La experiencia, que tendrá lugar el próximo 26 de mayo entre las 19:00 y las 21:00 horas, comenzará con el despiece en directo de un atún rojo de almadraba de aproximadamente 80 kilos, ejecutado por los sushimans del restaurante utilizando los tradicionales maguro bocho, unos imponentes cuchillos japoneses diseñados específicamente para el corte del atún, cuya precisión convierte cada movimiento en un gesto casi ceremonial. Este proceso, que recuerda al ronqueo aunque reinterpretado desde la estética japonesa, permite descubrir las diferentes capas, texturas y matices del atún rojo, desde el akami más magro hasta la codiciada ventresca otoro, pasando por el chutoro, donde la grasa y la delicadeza alcanzan su equilibrio perfecto.

Un ritual gastronómico donde el atún rojo revela todos sus matices

Tras el despiece en directo, los asistentes se adentrarán en un recorrido culinario diseñado para explorar en profundidad cada una de las partes del atún a través de un exclusivo menú degustación de diez pases. Una secuencia pensada para entender la complejidad del producto desde una mirada sensorial, donde cada elaboración pone en valor una textura, un corte y una intensidad distinta del pescado.

El viaje gastronómico comenzará con un Toro Tartar elaborado con ventresca de atún, soja, miso y ajonjolí, seguido de un Bo-Sushi de atún magro curado con cebollín y jengibre que introduce los matices más delicados del producto. A continuación, el Chutoro Ponzu aportará un contraste cítrico al equilibrio graso del atún medio, mientras que la Toro Tempura, con alioli de limón, añadirá un punto crujiente y sorprendente a la experiencia. La degustación continuará con una trilogía de nigiris de akami, chutoro y otoro, que permite apreciar la evolución del sabor y la textura a lo largo del corte del pescado, antes de dar paso a una sopa miso roja que actúa como transición hacia el tramo final del menú.

En ese cierre, el Negitoro Caviar Handroll combina la untuosidad de la ventresca con el toque salino del caviar, mientras que el postre, un delicado Shortcake de fresa, aporta el broche dulce a una experiencia que busca equilibrar intensidad, técnica y sutileza en cada fase del recorrido.

Restaurante Makoto en Madrid.

Restaurante Makoto en Madrid.

Makoto Madrid y la consolidación de una visión actualizada de la cocina japonesa

Desde su apertura junto al hotel Rosewood Villa Magna, Makoto Madrid se ha consolidado como uno de los grandes referentes de la cocina japonesa en la capital, combinando la tradición más depurada del sushi con una interpretación contemporánea del producto y una ejecución técnica de alto nivel. Esta filosofía ha convertido al restaurante en un espacio donde cada servicio se entiende como una experiencia cuidada, precisa y profundamente ligada a la cultura gastronómica japonesa. Con esta nueva propuesta, el restaurante refuerza su vocación de ir más allá de la restauración para ofrecer experiencias que conectan al comensal con el origen, la técnica y la historia de cada ingrediente. 

Las azoteas se han convertido en uno de los grandes símbolos del verano madrileño y pocas consiguen captar tan bien el espíritu de la ciudad como RT60 Rooftop Bar. La terraza de Hard Rock Hotel Madrid inaugura nueva temporada y lo hace reafirmando su posición como uno de los espacios imprescindibles para quienes buscan gastronomía, ambiente y vistas privilegiadas en pleno centro de la capital.

Situado en la octava planta del hotel, RT60 se aleja del concepto clásico de rooftop para convertirse en un punto de encuentro donde cada detalle está pensado para disfrutar del tardeo madrileño. Desde primera hora de la tarde, la terraza comienza a llenarse de una energía relajada que evoluciona al ritmo de la puesta de sol, los cócteles y la música, creando ese ambiente que transforma cualquier día entre semana en un pequeño plan de verano.

Con unas vistas abiertas hacia el Madrid de los Austrias y diferentes espacios que combinan zonas más animadas con rincones pensados para desconectar, el rooftop vuelve a posicionarse como uno de esos lugares a los que siempre apetece volver cuando suben las temperaturas en la ciudad.

Una cocina informal con sabores viajeros y espíritu veraniego

La nueva propuesta gastronómica de RT60 apuesta por una cocina fresca, accesible y muy pensada para compartir. Lejos de una carta excesivamente formal, la terraza propone una selección de platos concebidos para acompañar largas sobremesas, encuentros improvisados o cenas que empiezan con algo ligero y terminan alargando la noche entre amigos.

Los sabores del mar tienen un gran protagonismo en la carta con propuestas como los ceviches de lubina o atún rojo, elaboraciones ligeras y llenas de matices que encajan perfectamente con el ambiente veraniego del espacio. A ellos se suman opciones como el pulpo a la plancha, tacos de ternera melosa o lubina en tempura, en una combinación que mezcla inspiración internacional con un formato desenfadado y muy adaptable al ritmo de este espacio.

También hay hueco para platos más casual y reconocibles, desde hamburguesas hasta quesadillas o guacamole con totopos, pensados para compartir mientras Madrid empieza a caer lentamente bajo la luz del atardecer. Una propuesta gastronómica que entiende perfectamente qué busca el público cuando sube a una terraza.

Cócteles de autor y música para dejarse llevar

Si hay algo que define la experiencia en RT60 Rooftop Bar es su capacidad para convertir el atardecer en un auténtico ritual. La coctelería juega aquí un papel fundamental gracias a una carta de autor que apuesta por mezclas frescas, aromáticas y muy visuales, perfectas para acompañar uno de los momentos más especiales del día.

La propuesta líquida combina perfiles tropicales, cítricos y florales en creaciones como Matcha Colada, Violet Tonic o Spiced Paloma, mientras que opciones más golosas como Cheerscake o Espresso per Favore aportan un punto más divertido y sorprendente a la experiencia. Esta temporada, además, RT60 incorpora una selección especial de spritz elaborados junto a St-Germain, aportando un aire elegante y muy veraniego a la carta.

Más allá de la gastronomía y los cócteles, RT60 ha conseguido consolidar una personalidad propia dentro del circuito de terrazas madrileñas. Música, diseño, una ubicación privilegiada y una atmósfera cuidada hacen que cada visita funcione.

Venecia suma un nuevo motivo para escaparse a la ciudad de los canales. En pleno centro histórico, a pocos pasos de la Piazza San Marco y del Teatro La Fenice, el hotel de cinco estrellas Nolinski Venezia, perteneciente a la colección Evok, incorpora una nueva firma gastronómica de referencia: el legendario restaurante genovés Zeffirino.

Fundado en 1939 en Génova, Zeffirino desembarca en la laguna veneciana con una propuesta que une tradición, producto y memoria culinaria. La apertura supone un nuevo capítulo para una casa histórica que ha servido a personalidades internacionales y que mantiene intacta su identidad a través de generaciones de la familia Belloni.

Un viaje gastronómico desde Génova hasta Venecia

La llegada de Zeffirino a Nolinski Venezia no es solo una apertura, sino un diálogo entre dos formas de entender la hospitalidad italiana. Por un lado, la sofisticación contemporánea del hotel veneciano; por otro, la tradición ligur de una cocina basada en el respeto absoluto al producto y a las recetas originales.

En este nuevo espacio, la propuesta gastronómica se centra en la cocina genovesa más auténtica, con una fuerte presencia de elaboraciones artesanales y pasta fresca elaborada a diario dentro del propio restaurante. La carta reivindica el sabor como eje central, sin artificios, apostando por la pureza de las materias primas.

El pesto como ritual: la esencia de la casa Belloni

Si hay un elemento que define la identidad de Zeffirino es su emblemático pesto genovés, considerado por muchos como uno de los más reconocidos de Italia. Elaborado con albahaca de Prà, Parmigiano Reggiano, pecorino, piñones, ajo y aceite de oliva virgen extra, sigue el método tradicional: todo se machaca en mortero de mármol.

En Venecia, este ritual gastronómico se traslada incluso a la sala, donde el pesto se termina de preparar frente al comensal en un carrito especial. Un gesto que refuerza la dimensión escénica y artesanal de la experiencia.

Platos icónicos de la tradición ligur

La carta de Zeffirino en Venecia reúne algunas de las recetas más representativas de la casa, todas ellas vinculadas a la cocina del norte de Italia, como las trofie al pesto, emblema absoluto de la cocina ligur; los paffutelli alla Frank, raviolis creados en homenaje a Frank Sinatra; la focaccia di Recco, una de las especialidades más icónicas de Liguria; el branzino al sale, lubina cocinada en costra de sal; y el gelato al pistacchio, preparado al momento con pistachos caramelizados. Cada uno de estos platos refuerza la idea de una cocina transmitida de generación en generación, donde la técnica y la memoria familiar ocupan un papel esencial.

Dos espacios, una misma filosofía

La experiencia de Zeffirino en Venecia se divide en dos conceptos complementarios dentro de Nolinski Venezia.

En la tercera planta, Zeffirino Ristorante representa la versión más elegante y gastronómica del proyecto. Es un espacio centrado en el servicio de comidas, donde la cocina se presenta en su forma más refinada y ceremonial.

En la planta baja, Il Caffè Zeffirino ofrece una interpretación más relajada y social. Con un ambiente más informal alrededor del patio interior del hotel, funciona como un punto de encuentro para distintos momentos del día, manteniendo siempre la esencia de la hospitalidad italiana.

Una nueva parada en el mapa gastronómico de Venecia

Con esta apertura, Zeffirino refuerza su presencia internacional sin renunciar a su origen genovés. La llegada a Venecia representa un equilibrio entre tradición y expansión, donde la cocina ligur encuentra un nuevo escenario en una de las ciudades más icónicas del mundo.

En la intersección entre historia, producto y lugar, Nolinski Venezia se convierte así en el nuevo hogar de una de las casas más emblemáticas de la gastronomía italiana.

Por MARCO DE PABLOS

En plena Milla de Oro madrileña se esconde otra milla menos conocida, la gastronómica, cuyo epicentro se encuentra en la calle Jorge Juan y sus confluencias. La principal de ellas: el callejón de Puigcerdà. Allí, en uno de los edificios que conforman este pequeño enclave convertido ya en referencia culinaria de la capital, se alza ÁRDIA, el proyecto con el que Nazario Cano regresa al lugar donde comenzó una parte decisiva de su trayectoria.

Han pasado veinticinco años desde que el chef asumiera por primera vez la jefatura de cocina en el desaparecido restaurante Amparo, también ubicado en ese emplazamiento. Desde entonces, su carrera lo ha llevado por distintos destinos hasta regresar a su tierra natal, Alicante, donde también dirige la propuesta gastronómica del resort Ritual de Terra Moraira. Pero su vuelta a Madrid solo podía producirse aquí, en el mismo enclave que acompañó su crecimiento profesional y al que ahora retorna reivindicando una cocina de raíz tradicional, apoyada en el gran recetario español y en el producto nacional de primer nivel.

El que tuvo retuvo

El proyecto, que abrió sus puertas el pasado mes de diciembre, desarrolla un universo culinario y experiencial con identidad propia. Para ello, Cano se ha reencontrado en los fogones con el chef Víctor Vila después de nueve años de trayectorias separadas. Juntos articulan una propuesta sustentada en una cocina sabrosa, clásica y profundamente vinculada al producto de temporada, donde los guisos, los platos de cuchara y los arroces —tanto secos como melosos, en claro guiño a sus raíces valenciana— conviven con elaboraciones terminadas a la brasa.

Las dos primeras plantas del espacio están destinadas al restaurante. La planta baja, concebida como homenaje a las tradicionales vermuterías madrileñas, funciona como punto de encuentro para el aperitivo y el picoteo informal, con propuestas que van desde gildas, quesos, salazones, anchoas y embutidos hasta opciones más sofisticadas como ostras y caviar, acompañadas por vermut de barrica y una reinterpretación propia del clásico Yayito madrileño. Todo ello en un espacio con cocina ininterrumpida desde el mediodía hasta la medianoche y terraza a pie de calle.

Una carta con sabor a tradición

Entrando en materia, ÁRDIA apuesta por una cocina reconocible y muy centrada en el producto, donde la tradición se revisa con cierta sofisticación, pero sin perder el sabor. Entre los entrantes destaca el brioche de tartar de atún rojo, uno de esos platos que sorprenden más en boca que a simple vista, gracias a la intensidad y equilibrio de sus matices, con especial predominio del atún y un riquísimo brioche, que no es tan fácil como puede parecer. También resulta especialmente llamativo el salpicón de bogavante, una de las sugerencias del chef, tanto por su apariencia estética (de lo más fotogénica) como por su frescura.

La huerta tiene igualmente un papel importante dentro de la carta. La coliflor a la brasa con hummus de burrata es uno de los platos más inesperados y recomendables, capaz de transformar por completo un producto aparentemente sencillo y raramente apetecible. A ello se suman opciones como las alcachofas fritas con salsa romescu, la ensalada de tomates con brócoli frito o las setas al ajillo.

Imprescindibles son también sus arroces, pensados para compartir y muy ligados a las raíces levantinas del fundador. Los hay para todos los gustos: desde propuestas más contundentes con lomo de vaca madurado hasta versiones marineras con bogavante o alcachofas.

En el apartado de carnes sobresale el rabo de toro guisado al vino tinto con parmentier de patata, especialmente meloso y tierno, además del pollo coquelet relleno de trufa y foie con setas de temporada y cebollitas. También destacan el cochifrito o el canelón de cocido con setas y trufa, otro de los imprescindibles de la casa. Entre los pescados, el rigatoni de lenguado a la meunière se posiciona como uno de los grandes aciertos de la carta y una recomendación obligada. Completan la propuesta el risotto de calamar o la merluza en salsa verde con kokotxas y almejas.

Los postres mantienen ese equilibrio entre tradición y creatividad. Desde la clásica tarta de queso, reinterpretada aquí con burrata y trufa rallada al momento, hasta propuestas más frescas como los crepes de pistacho, melón, hierbabuena y limón o el arroz con leche y coco. Para los más clásicos tampoco faltan la tarta de chocolate o la carrot cake.

La propuesta líquida corre a cargo del maître y sumiller João Silva, responsable de una bodega con más de un centenar de referencias en la que predominan los vinos nacionales, acompañados de algunas etiquetas internacionales procedentes de países como Francia o Argentina.

ÂM-BAR: El secreto mejor guardado

El ático de ÁRDIA se convierte en uno de los secretos mejor guardados de la temporada en Madrid. Bajo el nombre de ÂM-BAR, este cocktail floor ocupa la terraza superior del restaurante y propone un viaje líquido por la geografía española a través de una carta de siete cócteles inspirados en distintas regiones —Madrid, Galicia, Asturias, Castilla, Alicante, Andalucía y Canarias—, firmados por el mixólogo Alonso Serrano. A esta propuesta se suma una selección de clásicos y una cuidada bodega de destilados con más de sesenta referencias.

Con la llegada del buen tiempo, el espacio se perfila como uno de los grandes focos de actividad del proyecto, especialmente gracias a su terraza exterior, pensada para disfrutar de la propuesta al aire libre. De miércoles a sábado, a partir de las 21.00 horas, el rooftop cobra vida con sesiones de DJ en directo, consolidando su carácter de punto de encuentro entre gastronomía, coctelería y ocio nocturno.

La programación se amplía con diferentes propuestas experienciales, como los martes de whisky, sesiones de degustación guiada en torno a etiquetas como Hibiki, Macallan o Laphroaig, o los jueves de Champagne & Afterwork, una cita que invita a alargar la tarde con cócteles de autor, champagne y una selección gastronómica firmada por Nazario Cano, siempre acompañada de música en directo hasta la medianoche. A ello se suma el acceso a una cava de puros en el propio rooftop.

Entre las activaciones más destacadas de la temporada se encuentra también la llegada, por tiempo limitado, de Maguro Gishiki, el pop-up japonés que el chef dirige en el resort Ritual de Terra Moraira y que aterriza por primera vez en Madrid. Desde finales de abril hasta julio, el espacio acogerá una barra nikkei en la que se elaborarán en directo tiraditos, ceviches y nigiris, siempre bajo la mirada creativa de Cano y condicionados por el mejor producto fresco.

ÁRDIA se suma a la nueva energía gastronómica del callejón de Puigcerdà con una propuesta que combina cocina, producto y experiencia en un mismo espacio. Desde sus fogones hasta su terraza, el proyecto de Nazario Cano invita a descubrir una cocina de sabor reconocible y una forma distinta de entender el disfrute. Una excusa perfecta para acercarse, quedarse y volver.

Una madre representa cuidado, dedicación y constancia. Este Día de la Madre, más allá de los regalos materiales, la tendencia apunta hacia algo mucho más valioso: compartir tiempo y crear recuerdos. Desde propuestas gastronómicas hasta escapadas entre viñedos o planes urbanos y creativos, la clave está en regalar experiencias que perduren.

Sabores convertidos en recuerdo

En esta línea, FISAN propone elevar el regalo tradicional con una experiencia gastronómica de altura. Su Pack Deluxe Experiencia Jamón de Bellota transforma el acto de regalar en un momento de conexión alrededor de la mesa. Elaborado a partir de jamón de bellota ibérico 75% raza ibérica de Alta Gastronomía, el pack incluye diez sobres listos para disfrutar, presentados en una elegante caja. Una propuesta pensada para saborear sin prisas, donde el verdadero lujo es el tiempo compartido.

Madrid desde las alturas

Celebrar el Día de la Madre en Madrid es también una invitación a redescubrir la ciudad desde otra perspectiva: la de sus azoteas. Espacios donde el ritmo se ralentiza, las vistas se convierten en protagonistas y la gastronomía acompaña momentos que invitan a quedarse. Entre cielos abiertos y panorámicas únicas, estas direcciones elevan cualquier celebración.

El Cielo de Montera

Ubicado en plena Gran Vía, este hotel propone una experiencia donde la sofisticación se combina con el carácter castizo de la ciudad. Su restaurante, situado en la novena planta, se convierte en un oasis donde disfrutar de una cocina que rinde homenaje al producto local con técnicas contemporáneas. Platos como el tataki de atún rojo, las ostras aliñadas o el rodaballo salvaje dibujan una carta pensada para compartir y celebrar sin prisas, en un entorno luminoso con vistas al skyline madrileño.

Para quienes prefieren una celebración más distendida, esta azotea —la más alta de la Gran Vía— es el escenario perfecto. Con Madrid extendiéndose a sus pies, propone un plan relajado donde la coctelería de autor cobra protagonismo. Inspirada en los barrios más castizos, su carta líquida se acompaña de un picoteo gourmet con guiños a la tradición, ideal para un brindis al atardecer o una tarde que se alarga sin mirar el reloj.

Ginkgo Sky Bar

En uno de los laterales de la Plaza de España, este espacio se ha consolidado como uno de los imprescindibles para quienes buscan un plan especial. Su propuesta “The Art of Brunch” transforma esta tradición en una experiencia completa, donde la cocina internacional convive con smoothies, champagnes y una selección de cócteles cuidadosamente elaborados. Todo ello con la ciudad y su skyline como telón de fondo, en un ambiente cosmopolita y relajado que convierte el brunch en una ocasión perfecta para celebrar el Día de la Madre con estilo.

Escapada entre viñedos

En un momento en el que el verdadero lujo se mide en tiempo y calma, una escapada entre viñedos se convierte en uno de los regalos más especiales para el Día de la Madre. Lejos del ritmo de las grandes urbes, el paisaje de La Rioja invita a desconectar y reconectar, a partes iguales, en un entorno donde la naturaleza y la tradición marcan el compás.

Las Villas de Finca La Emperatriz representan a la perfección esta filosofía. Rodeadas de viñedos centenarios, estas villas ofrecen una experiencia íntima y sofisticada, pensada para disfrutar sin prisas. Paseos entre cepas, catas de vino, atardeceres infinitos y el silencio del campo se combinan para crear una estancia que va más allá del descanso. Aquí, cada detalle está diseñado para que el tiempo se detenga: desde la privacidad de las villas hasta la conexión directa con el mundo del vino, que permite descubrir el origen, el proceso y la esencia de uno de los grandes símbolos de nuestra cultura gastronómica. Una propuesta perfecta para regalar no solo una escapada, sino una vivencia compartida que invita a celebrar desde la tranquilidad, el paisaje y el placer de lo auténtico.

Siempre Sevilla 

Aunque sus grandes celebraciones, marcadas en el calendario por muchos, ya hayan pasado, Sevilla sigue siendo uno de los destinos más atractivos para una escapada primaveral, con grandes citas aún pendientes en su agenda social. Con temperaturas agradables y un ambiente más relajado, la ciudad hispalense invita a descubrir su esencia con calma.

Para alojarse, la colección de Mercer Hoteles ofrece distintas opciones con personalidad propia. Desde el encanto histórico de EME Catedral Mercer, ubicado en el barrio de Santa Cruz y con su icónica terraza con vistas a la Catedral, hasta la sofisticación de Mercer Plaza Sevilla, frente al Ayuntamiento y con restos de muralla romana en su interior.

Para quienes buscan una experiencia más íntima, Mercer Sevilla, en pleno barrio del Arenal, ofrece un exclusivo hotel boutique en una casa palacio del siglo XIX. Y si la idea es disfrutar de mayor independencia, Mercer Residences Sevilla combina la comodidad de un apartamento con los servicios de un hotel de lujo en una histórica casa palacio barroca.

La experiencia se completa con una oferta gastronómica a la altura. En Bar Plaza Restaurante, la cocina de producto y las vistas a la Plaza de San Francisco crean el escenario perfecto para un almuerzo relajado. Muy cerca de la Giralda, Mi Arma Restaurante ofrece una propuesta basada en la tradición sevillana con un toque actual.

Para los amantes del vino, Vinoteca Maestro se presenta como un refugio sofisticado donde descubrir referencias nacionales e internacionales acompañadas de tapas gourmet. Y para una experiencia más gastronómica, Restaurante María Luisa pone en valor el producto con una cocina mediterránea creativa y equilibrada.

Brindar… en casa

Celebrar en casa también puede ser especial si se cuidan los detalles. Jose Cuervo propone una forma desenfadada y versátil de celebrar, llevando la coctelería a cualquier momento del día. Con su tequila Tradicional Blanco, elaborado con 100% agave azul, la firma invita a reinterpretar clásicos que nunca fallan. La frescura cítrica de la Paloma, el equilibrio icónico de la Margarita o el toque especiado del Mexican Mule se convierten en aliados perfectos para brindar sin protocolos, adaptándose tanto a un aperitivo ligero como a una celebración más especial. Más allá de las recetas, la propuesta pone el foco en la experiencia: compartir, improvisar y disfrutar sin reglas. Porque, al final, lo importante no es solo el cóctel, sino el momento que se crea alrededor de él.

Un plan con “vidilla”

Para quienes buscan un plan diferente, Licores del Mono se une al espacio VI8RA para proponer una experiencia inmersiva donde arte, música y coctelería se encuentran en un mismo lugar. Entre luces neón, ambiente creativo y una cuidada selección musical, los asistentes podrán dejarse llevar mientras exploran sabores como Verbena de Limón, Sarao de Hierbas o Antojo de Galleta, en un formato pensado para disfrutar, crear y celebrar sin prisas. El evento tendrá lugar los días 6 y 7 de mayo, de 19:00h a 21:00h, y contará con plazas limitadas para mantener una experiencia íntima y cercana. Las reservas podrán realizarse a través de la web de VI8RA.

Este Día de la Madre, el mejor regalo no se envuelve: se vive. Ya sea alrededor de una mesa, frente al skyline madrileño o el sevillano o entre viñedos, la verdadera tendencia es clara: regalar tiempo, emociones y experiencias que se queden para siempre.

Brach Madrid Le Restaurant presenta su nueva carta con una propuesta que reafirma su identidad gastronómica: una cocina centrada en el producto, la técnica y el disfrute pausado de la mesa. Bajo la dirección del chef Adam Bentalha, el espacio continúa evolucionando hacia una experiencia donde el ritmo de la cocina abierta y la sala forman parte esencial del relato.

Esta nueva etapa refuerza una manera de entender la gastronomía que no tiene prisa. Una cocina pensada para comer bien, pero también para estar, conversar y alargar la experiencia sin mirar el reloj.

El fuego como eje

La brasa se convierte en uno de los grandes protagonistas de la nueva carta, con elaboraciones en Josper que aportan intensidad y profundidad a cada plato. Desde el calamar entero relleno con fregola sarda hasta el lomo de lubina con verdinas, setas silvestres y guanciale crujiente, la propuesta se mueve entre la precisión técnica y el sabor directo.

También destacan elaboraciones más contundentes como la carrillera de Black Angus, el tartar de ternera con tuétano y raifort o el chuletón de vaca madurado con salsa bearnesa, que refuerzan el carácter del fuego como elemento central de la cocina.

Compartir la mesa como parte de la experiencia

En Brach Madrid Le Restaurant, compartir no es un detalle, sino el punto de partida. La carta incorpora una selección de platos pensados para disfrutar entre varios, como los tacos crujientes de lubina, el aguachile de pulpo asado o el crispy rice con tartar de atún. Una propuesta que invita a probar, mezclar y repetir sin rigidez, reforzando una idea de cocina más libre, más social y más cercana.

Final dulce y sobremesa sin prisa

El cierre llega de la mano del chef pastelero Fabien Emery, con postres que reinterpretan la tradición francesa desde una mirada contemporánea, pensados para prolongar la experiencia en mesa sin romper el ritmo.

La carta de vinos y la selección de cócteles acompañan ese mismo espíritu: quedarse un poco más, pedir otra copa, alargar la conversación. Porque al final, en Brach Madrid, la experiencia no termina cuando llega el último plato, sino cuando decides levantarte de la mesa.

Entre el océano Pacífico y el desierto, Ica emerge como uno de los destinos más fascinantes —y aún poco explorados— del Perú. A tan solo unas horas de Lima, esta región reúne paisajes extremos, historia milenaria y una cultura gastronómica y vitivinícola que la convierten en una experiencia completa. Desde las enigmáticas Líneas de Nazca hasta la riqueza natural de Paracas, pasando por la tradición del pisco, Ica invita a un viaje donde cada parada conecta con la esencia más auténtica del país.

Un destino donde el desierto se encuentra con el océano

La región de Ica sorprende por su diversidad paisajística. En un mismo territorio conviven extensas dunas doradas y playas salvajes, configurando un escenario que parece sacado de otro mundo. Uno de sus grandes emblemas es la Reserva Nacional de Paracas, un espacio natural de más de 300.000 hectáreas donde los acantilados se funden con el mar y la biodiversidad se despliega en todo su esplendor.

Este enclave no solo destaca por su belleza, sino también por la variedad de experiencias que ofrece. Desde deportes acuáticos como kayak o windsurf hasta playas de aguas turquesas y arena blanca ideales para el descanso, Paracas es una parada imprescindible. A ello se suma su valor cultural, reflejado en espacios como el museo dedicado a la civilización Paracas, que permite comprender la profundidad histórica de la zona.

Más allá de la costa, el desierto de Ica abre la puerta a experiencias inolvidables. Recorridos en vehículos 4×4 entre dunas, atardeceres infinitos y propuestas de glamping convierten el paisaje en un escenario donde la aventura y el confort se encuentran. Cenas bajo las estrellas, rodeadas de silencio y naturaleza, elevan la experiencia a otro nivel.

Paisaje de la Reserva Nacional de Paracas.

Kitesurf en Paracas.

Islas Ballestas.

Las Líneas de Nazca, un misterio que sigue fascinando al mundo

Pocos lugares en el planeta generan tanta fascinación como las Líneas de Nazca, uno de los mayores enigmas arqueológicos de la humanidad y declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Estas gigantescas figuras trazadas sobre la tierra, visibles únicamente desde el aire, continúan despertando preguntas sobre su origen y significado.

Con cerca de 800 geoglifos que representan formas geométricas y figuras de animales, este conjunto monumental se extiende a lo largo de cientos de kilómetros. Su precisión, escala y antigüedad —se estima que fueron creadas entre el 500 a.C. y el 500 d.C.— convierten la visita en una experiencia tan impactante como difícil de olvidar.

Figura del mono. Líneas de Nasca

La Ruta del Pisco: tradición, sabor y cultura en cada copa

Hablar de Ica es hablar de pisco, la bebida insignia de Perú. La Ruta del Pisco se presenta como una de las experiencias más completas para adentrarse en la cultura local, combinando historia, gastronomía y tradición vitivinícola.

Este recorrido permite descubrir el proceso de elaboración del pisco, desde el cultivo de las uvas hasta la destilación, además de degustar distintas variedades y aprender a preparar cócteles icónicos como el pisco sour o el chilcano. Cada bodega ofrece una mirada única, convirtiendo la visita en un viaje sensorial.

Entre las paradas imprescindibles se encuentran la histórica Hacienda La Caravedo, considerada una de las destilerías más antiguas de América Latina, y Viña Tacama, uno de los viñedos más antiguos del continente. También destacan Hacienda Queirolo, Tabernero, Bodega San Nicolás y Bodega Murga, esta última reconocida por su enfoque que combina tradición e innovación en cada destilado.

Pisco Puro

Hotel Libertador en la Reserva Nacional de Paracas.

Excursión en el desierto, en la Reserva Nacional de Paracas.

Un destino que empieza a conquistar Madrid

El auge del pisco no se limita a Perú. En ciudades como Madrid, su presencia es cada vez mayor, tanto en tiendas especializadas como en restaurantes de cocina peruana, donde se reinterpretan los cócteles clásicos y se introduce al público europeo en esta tradición.

Este creciente interés convierte a Ica no solo en un destino turístico, sino en un embajador cultural que traspasa fronteras. Su capacidad para combinar paisajes únicos, historia ancestral y una identidad gastronómica sólida lo posiciona como uno de los lugares más atractivos para quienes buscan experiencias auténticas.

Ica, una joya por descubrir en el sur de Perú

A tan solo 300 kilómetros de Lima, Ica representa una escapada perfecta para quienes desean explorar una cara distinta del país. Su accesibilidad, sumada a la riqueza de sus atractivos, la convierte en un destino versátil que combina naturaleza, cultura y placer.

Lejos de los circuitos más masificados, Ica ofrece una experiencia genuina, donde cada paisaje y cada copa de pisco cuentan una historia. Un lugar que, una vez descubierto, deja claro por qué es uno de los secretos mejor guardados del Perú.