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Tras recorrer las grandes capitales europeas, Eduardo Chillida Belzunce regresa a Madrid con «Cruzando límites», una exposición que reúne 41 obras en NAVE 24 y recorre casi cuatro décadas de trayectoria artística. Pintura figurativa, abstracción, juegos de luz y esculturas monumentales conviven en una muestra que permite descubrir las distintas facetas de su universo creativo. La inauguración, prevista para el 29 de octubre, coincide con la presencia de su obra en Nueva York, donde participa en una exposición conmemorativa del 25.º aniversario del 11-S junto a artistas como Jasper Johns, Jeff Koons, Sean Scully y Antonio López.

De París a Londres, la escultura como territorio propio

Las esculturas monumentales de Eduardo Chillida Belzunce han recorrido algunos de los enclaves más emblemáticos de Europa. Sus grandes bronces se mostraron por primera vez al público en la plaza del Louvre de París, entre 2017 y 2018, antes de viajar a Lower Grosvenor Gardens, en el londinense barrio de Belgravia, a pocos pasos de Buckingham Palace. En 2025, las piezas permanecieron durante un año en el Skulpturenpark Wesenberg, en Alemania, rodeadas de árboles y agua. Ahora, ese itinerario internacional continúa en Madrid, donde el artista presenta una selección de obras que permite apreciar la dimensión y la fuerza expresiva de su escultura.

La exposición Cruzando límites abrirá sus puertas en NAVE 24 el jueves 29 de octubre y podrá visitarse hasta el 4 de enero de 2027. A través de 41 piezas, el recorrido propone un diálogo entre las distintas disciplinas y etapas creativas del artista. En el hall de entrada, Compañeras III dará la bienvenida a los visitantes, mientras que la sala principal acogerá esculturas como Abrazo III, Mano V, El jardín del silencio II y Mirando la noche. Sus volúmenes rotundos y su presencia física contrastan con la ligereza de otros trabajos expuestos, al tiempo que revelan una constante en su producción: el interés por el cuerpo humano como vehículo de expresión. Figuras, manos y abrazos adquieren en el bronce una intensidad particular, en la que la contundencia del material convive con una dimensión emocional.

La perspectiva rompe el lienzo

En la pintura de Chillida Belzunce, la realidad se transforma a través de perspectivas que desafían las convenciones visuales. Interiores, estudios, ciudades y paisajes parecen prolongarse más allá de los límites del lienzo, generando una sensación de profundidad que invita al espectador a adentrarse en cada escena. El artista juega con las proporciones y la representación del espacio para construir imágenes que se sitúan entre lo reconocible y lo imaginado. Obras como Cien años de ilusión, un lienzo de 200 por 400 centímetros, Mi estudio, Tower Bridge y Midtown reflejan esa capacidad para reinterpretar lugares y situaciones, convirtiendo la pintura en una experiencia que va más allá de la mera representación de la realidad.

Junto a esta vertiente figurativa, la exposición recupera una parte menos conocida de su proceso creativo: sus Orígenes, la serie que decidió mostrar públicamente en 2024, al cumplir 60 años. Estas obras revelan las capas iniciales de color que estaban presentes en el nacimiento de sus cuadros y que, posteriormente, quedaban ocultas bajo la pintura figurativa. De tonalidades intensas y carácter onírico, las composiciones abstractas permiten descubrir el punto de partida de muchas de sus imágenes y acercarse a una faceta más intuitiva y experimental de su trabajo. Al sacar a la luz esos primeros impulsos creativos, Chillida Belzunce amplía la lectura de su propia obra y muestra cómo la abstracción ha formado parte de su lenguaje incluso cuando no ocupaba el primer plano.

La luz introduce otra dimensión en este recorrido. Sus obras sobre metacrilato iluminado, entre ellas Es Vedrá, de 125 por 250 centímetros, están pintadas por ambas caras y modifican su apariencia según la iluminación y el punto de observación. La incidencia de la luz por delante, por detrás o desde ambos lados permite descubrir diferentes lecturas de una misma pieza, que cambia ante los ojos del espectador. La obra deja así de ser un objeto estático para establecer una relación directa con el espacio que la rodea. Pintura, materia y luz confluyen en una propuesta que muestra la amplitud de un lenguaje artístico en constante evolución.

La historia de un artista que volvió a empezar

Nacido en San Sebastián en 1964, Eduardo Chillida Belzunce creció en una familia vinculada al arte. Hijo del escultor Eduardo Chillida y de Pilar Belzunce, modeló su primera escultura a los cinco años con barro que le proporcionó su padre. Más adelante estudió en la Escuela de Artes de Deba y en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde recibió clases de Antonio López. En 1988 celebró su primera exposición individual, dando comienzo a una trayectoria que se desarrollaría entre diferentes técnicas, materiales y lenguajes. Sin embargo, su camino quedó marcado por un grave accidente de moto sufrido en 1985, que le mantuvo en coma durante mes y medio y le dejó paralizado medio lado del cuerpo.

Contra los pronósticos, el artista consiguió volver a hablar, caminar y pintar, aunque tuvo que aprender a trabajar con la mano izquierda. Aquel proceso supuso un cambio profundo en su relación con la creación, pero no el final de su actividad artística. En 2010 recuperó también la escultura y, en 2023, volvió a pintar un cuadro con la mano derecha, la misma que había perdido como consecuencia del accidente. Su trayectoria está marcada por la capacidad de adaptación y por una búsqueda constante de nuevas posibilidades expresivas. La superación personal se entrelaza así con una evolución artística que ha llevado a Chillida Belzunce a explorar diferentes caminos sin renunciar a una identidad propia.

Una trayectoria internacional y una búsqueda sin fronteras

A lo largo de su carrera, Chillida Belzunce ha expuesto en ciudades como Madrid, Barcelona, París, Londres, Ciudad de México y Damasco, y su obra forma parte de colecciones como la del Museo Artium de Vitoria. Su producción reúne la influencia de un entorno artístico singular y una voz propia, construida a través de la experimentación y la libertad creativa. La figuración convive con la abstracción; los grandes volúmenes de bronce, con superficies atravesadas por la luz; y los paisajes reconocibles, con imágenes que alteran la percepción del espacio. Esa variedad no responde a una sucesión de etapas cerradas, sino a una manera de entender el arte como un territorio abierto a nuevas exploraciones.

Con Cruzando límites, NAVE 24 reúne estas diferentes líneas de trabajo en una misma exposición y ofrece una oportunidad para aproximarse a casi cuatro décadas de investigación artística. El regreso a Madrid coincide con la proyección internacional de su obra y permite contemplar la diversidad de un creador que ha hecho de la transformación una constante. Del cuerpo a la materia, del lienzo al espacio y de la figuración a la abstracción, Chillida Belzunce construye un universo en el que cada técnica abre nuevas posibilidades y en el que cruzar límites significa, también, encontrar otras formas de mirar el mundo.

El próximo 26 de noviembre, el InterContinental Madrid vuelve a celebrar Acción de Gracias con dos propuestas pensadas para disfrutar de la tradición estadounidense sin salir de la capital. El hotel, inaugurado en 1953 como el primer establecimiento americano de Europa, recupera para la ocasión algunos de los grandes clásicos de esta celebración: pavo asado, gravy, salsa de arándanos, mac & cheese, green beans casserole y una colección de tartas que incluye pumpkin pie, pecan pie y apple pie. La cita contará con dos formatos: un almuerzo especial de 13:00 a 15:30 h y una gran cena buffet de 20:00 a 22:30 h, ambas elaboradas de la mano de Miguel de la Fuente.

Más que una cita gastronómica puntual, la ceremonía del Thanksgiving forma parte de la historia del propio InterContinental Madrid. Desde su apertura, el hotel ha mantenido una estrecha relación con Estados Unidos y con la comunidad norteamericana de la capital, convirtiéndose durante décadas en escenario de encuentros, celebraciones y tradiciones importadas al otro lado del Atlántico. Acción de Gracias es una de ellas y, cada año, el hotel la recupera alrededor de una mesa en la que el pavo vuelve a ocupar el centro de la escena.

Un almuerzo para abrir el apetito

La celebración comenzará con un almuerzo que pone el foco en los sabores del otoño. La propuesta arranca con una ensalada de tallos y raíces elaborada con apio, remolacha, zanahoria y espárragos trigueros, acompañada de una crema fría de lechuga viva y brotes tiernos. Le seguirá una crema tibia de calabazas asadas con gelée de arándanos azules, hojas anisadas y manzana crujiente, una combinación que reúne algunos de los ingredientes más reconocibles de la temporada.

El plato principal será, como dicta la tradición, el pavo. En esta ocasión se presenta asado a baja temperatura y acompañado de cremoso de celery, castañas, colmenillas y salsa gravy. Una versión que mantiene el protagonismo del ave más emblemática de Acción de Gracias, pero incorpora una lectura más gastronómica y refinada de la receta. Para terminar, la carrot cake elaborada en el propio obrador del hotel pondrá el toque dulce al menú, que se completa con bebidas seleccionadas y café.

El almuerzo se celebrará de 13:00 a 15:30 h y tiene un precio de 63 euros por persona, IVA incluido. Una opción para quienes quieran celebrar esta festividad alrededor de una mesa más pausada y con un menú cerrado que recorre algunos de los sabores esenciales de la festividad.

La gran cena de Thanksgiving

A partir de las 20:00 h, la celebración cambiará de formato para dar paso a uno de los grandes momentos de la jornada: la cena buffet bajo la icónica cúpula del InterContinental Madrid. La propuesta recupera el carácter abundante de las grandes reuniones familiares estadounidenses y reúne en diferentes estaciones una amplia selección de platos inspirados en el recetario tradicional estadounidense.

La primera parada estará dedicada a los entrantes fríos y las ensaladas. Habrá crema caliente de calabaza amarilla, ensalada Waldorf con manzana y apio, tiras de batata aromatizadas con hierbas, espinacas y hojas tiernas con nueces y arándanos, ensalada de coliflor con vinagreta de colores y la clásica coleslaw. Diferentes salsas y vinagretas completarán esta parte del buffet antes de llegar a la estación de corte, donde volverá a aparecer el gran protagonista de la noche.

El pavo asado tradicional se servirá acompañado de relleno de pan de maíz, salvia, ciruelas y manzanas amarillas, además de la clásica gravy, elaborada con los jugos del propio asado, y salsa de arándanos rojos. Una combinación que resume buena parte del imaginario gastronómico que rodea a la celebración y que en el InterContinental se convierte en el centro de una mesa pensada para compartir.

Las estaciones calientes amplían el recorrido con algunos de los acompañamientos imprescindibles de la cocina estadounidense. El menú incluye jamón de Virginia ahumado, puré de patata cremoso con mantequilla, patatas al vapor con salsa Mery, zanahorias confitadas, coles de Bruselas salteadas con bacon y nueces pecanas y maíz pochado. También habrá green beans casserole, las clásicas judías verdes gratinadas con crema de champiñones y cebolla crujiente, además de uno de los platos que mejor representan el lado más comfort food de la cocina americana: el Mac & Cheese.

La parte más informal del buffet llegará con alitas de pollo marinadas con salsa BBQ de ciruelas, aros de cebolla fritos y potato skins con bacon y crema agria. Una selección concebida para combinar tradición y abundancia y que convierte la cena en un recorrido por diferentes registros de la cocina estadounidense, desde los platos más ligados a Acción de Gracias hasta algunos de sus clásicos más populares.

Pumpkin pie, pecan pie y el dulce final

El postre tiene casi tanta importancia como el pavo y el InterContinental Madrid reserva un espacio propio a la repostería. El equipo de cocina y pastelería del hotel prepara una selección de tartas y dulces asociados a las celebraciones familiares estadounidenses, con la calabaza, la manzana y las nueces pecanas como protagonistas.

Entre las propuestas estarán la tradicional pumpkin pie, la pecan pie, la carrot cake, el brownie y la clásica apple pie. A ellas se sumará una original bandera estadounidense elaborada en hojaldre, un guiño visual a la celebración que pondrá el punto final a la cena. Son postres que forman parte del imaginario colectivo de Thanksgiving y que trasladan a la mesa algunos de los sabores más reconocibles de esta festividad.

La cena buffet tendrá lugar de 20:00 a 22:30 h y tendrá un precio de 85 euros por persona, IVA incluido. Dos horarios y dos maneras diferentes de acercarse a una misma tradición: un almuerzo más pausado o una gran cena en formato buffet alrededor de los clásicos americanos.

El hotel que convirtió Madrid en punto de encuentro con Estados Unidos

La elección del InterContinental Madrid para celebrar Acción de Gracias tiene además una explicación histórica. Cuando abrió sus puertas en 1953, se convirtió en el primer hotel americano de Europa y rápidamente adquirió un papel destacado entre los viajeros procedentes de Estados Unidos. Su ubicación y su vocación internacional hicieron de sus salones un punto de encuentro para personalidades, representantes institucionales y figuras vinculadas a la cultura y la sociedad de ambos países.

Esa relación se ha mantenido a lo largo de las décadas y ha dejado algunas tradiciones que siguen formando parte del calendario del hotel. Entre ellas están las celebraciones del 4 de julio y, especialmente, esta que se conmemorará en las próximas semanas, una fecha que conecta directamente con sus orígenes y con la comunidad estadounidense de Madrid. La gastronomía funciona así como una forma de mantener viva esa historia, pero también como una excusa para reunir a locales y visitantes alrededor de una celebración que, en esencia, gira en torno a algo tan sencillo como compartir la mesa.

Hay restaurantes que cambian de dirección. Otros aprovechan la mudanza para evolucionar. La Única pertenece a los segundos. Tras dejar su histórico espacio de Claudio Coello, encontró en su nueva casa (calle Alcalá, 87) la oportunidad de crecer sin renunciar a lo que la convirtió en una de las cocinas mexicanas imprescindibles de Madrid.

Dicen que en restauración existen tres reglas de oro: location, location, location. La dirección importa. El escaparate también. Incluso la acera adecuada puede decidir el éxito de un negocio. Pero, de vez en cuando, aparece un restaurante que demuestra que hay algo mucho más importante que el código postal: tener una cocina a la que el cliente siempre quiera regresar.

La Única dejó hace unos meses su conocido local de Claudio Coello para instalarse en un nuevo espacio, también en el barrio de Salamanca (calle Alcalá, 87). Un cambio que, lejos de hacerle perder personalidad, la reforzó. Porque cuando la cocina tiene identidad, el cliente no memoriza una dirección; memoriza un sabor.

Y el suyo es difícil de olvidar.

La nueva ubicación suma una agradable terraza y un horario prácticamente ininterrumpido desde las doce del mediodía hasta la noche. Es uno de esos restaurantes donde uno puede empezar con una comida tranquila, alargar la sobremesa, enlazar con unas margaritas en un afterwork y terminar cenando sin mirar el reloj. Más que un restaurante, funciona como un punto de encuentro.

Yo lo comprobé compartiendo mesa con mi amigo José Luis Pantoja, al que conozco desde hace más de diez años. Y, como suele ocurrir cuando la conversación merece la pena, los platos fueron llegando sin prisa.

Antes incluso de pedir, aparecen las tres salsas de la casa. Verde, tatemada y roja. Parece un gesto sencillo, pero ya anticipa la personalidad del lugar. Aquí el picante no busca protagonismo; busca equilibrio.

Uno de los imprescindibles vuelve a ser el aguachile de atún rojo. Un plato tan bonito como inteligente. El rojo intenso del caldo, el atún cortado con precisión, el aguacate, la cebolla morada y el jalapeño encuentran un equilibrio poco habitual. El picante acompaña sin eclipsar y deja que el producto sea quien lleve la voz cantante. Es uno de esos platos que consiguen ser sofisticados precisamente porque no necesitan complicarse.

Confieso, sin embargo, que hubo un plato que me hizo replantearme mis propias preferencias.

Siempre he sido una auténtica defensora de la cochinita pibil. La de La Única sigue siendo magnífica. Pero el taco de chamorro juega en otra liga. Es una bomba de sabor. Meloso hasta rozar lo obsceno, profundo, untuoso y cocinado con ese punto de paciencia que convierte un buen taco en uno inolvidable. Hay bocados que se disfrutan y otros que permanecen en la memoria. Este pertenece claramente al segundo grupo.

La carta también demuestra que México puede dialogar con otros productos sin perder autenticidad. El taco de solomillo con tuétano es un magnífico ejemplo. La intensidad del tuétano encuentra el equilibrio perfecto en una carne de enorme calidad, logrando uno de esos contrastes que funcionan porque detrás hay técnica y producto.

Después llegó el solomillo con salsa de pimienta. Una elaboración aparentemente clásica que confirma que La Única no vive exclusivamente del recetario mexicano. Vive, sobre todo, del respeto al producto y de una cocina técnicamente impecable.

Mención aparte merecen las micheladas. Llevo años teniendo la misma discusión cada vez que las pido: un poco más de clamato, por favor. Me gusta ese sabor intenso que muchas veces se queda corto. Aquí, sin embargo, no hizo falta decir absolutamente nada. La clavaron. Equilibradas, con carácter y, probablemente, entre las mejores micheladas que pueden tomarse hoy en Madrid.

Y cuando parecía que la comida ya había dicho todo lo que tenía que decir, llegó el tres leches. Cremoso, ligero y con ese punto justo de dulzor que pone el broche perfecto sin resultar empalagoso. Un final elegante para una cocina que entiende que los detalles también cuentan.

En una ciudad donde cada semana abre un restaurante dispuesto a convertirse en el nuevo lugar de moda, La Única juega otra partida. No necesita sorprender con artificios ni disfrazar la tradición de modernidad. Le basta con cocinar muy bien, atender aún mejor y conseguir algo que no todos logran: que uno salga pensando cuándo va a volver.

Porque quizá la primera regla de la hostelería sea la location. Pero la última, la que realmente convierte un restaurante en un clásico, siempre será otra: que el cliente tenga una buena razón para regresar. Y La Única, ahora desde Alcalá, 87, sigue teniendo muchas.

Del sushi al wagyu, de la robata a los platos de temporada. Makoto Madrid reivindica una cocina japonesa contemporánea en un espacio donde el diseño y la gastronomía comparten protagonismo.

Makoto aterrizó en Madrid con vocación internacional y, después de su primer año en la capital, encara una nueva temporada dispuesto a hacerse mucho más que un hueco entre los nombres propios de la gastronomía japonesa de la ciudad. El restaurante del chef japonés Makoto Okuwa, convertido desde hace años en uno de los nombres de referencia en Miami y con presencia en distintos rincones del mundo, apuesta por una cocina contemporánea, un interiorismo de impacto y una carta pensada para distintos momentos y bolsillos.

Lo primero que llama la atención no está en la carta, sino encima de la cabeza y a su alrededor. El interiorismo, obra de Clavel Arquitectos, es uno de los grandes argumentos del espacio: los techos, emulando ondas de agua en tonos dorados, bañan el restaurante de una luz cálida y construyen una atmósfera especialmente envolvente. A este juego de luces y formas se suman diferentes toques vegetales, con el verde como protagonista, que aportan frescura y equilibran la calidez del conjunto. Una enorme barra ocupa buena parte del local y permite sentarse frente a la cocina para contemplar cómo se prepara cada plato. Fuera, la terraza prolonga esa experiencia en un ambiente más relajado, pero igualmente acogedor.

Restaurante Makoto en Madrid.

Restaurante Makoto en Madrid.

Un japonés que también se come con los ojos

Sin embargo, Makoto no quiere vivir únicamente de la puesta en escena. Su apuesta pasa también por una cocina japonesa reconocible pero abierta a otros sabores y, sobre todo, capaz de llegar a un público más amplio. La carta reúne algunos de los grandes éxitos de la marca —como el Hamachi Crispy Rice, el Dynamite Hand Roll, el Frosty Wagyu Fried Rice (imprescindible) o el Wagyu Beef Hot Stone— junto a nuevas incorporaciones de temporada como el tiradito koji, las ostras con mignonette, las coles de Bruselas o el cordero a la robata. Y es que ese es otro de sus puntos fuertes. La propuesta no permanece estática, sino que se adapta a cada estación para dar protagonismo a los productos que encuentran en ella su mejor momento.

No hace falta ser un fanático del sushi para disfrutar de Makoto. Hay pescado, sí, pero también carne, arroz, robata y otras elaboraciones que permiten construir una comida a medida. La materia prima se nota cuidada y las elaboraciones llegan bien ejecutadas, con ese equilibrio entre técnica japonesa y sabores más familiares que define la cocina de Okuwa.

Comer bien sin esperar una ocasión especial

La otra baza es el precio. Frente a la idea de que un japonés de estas características tiene que reservarse para una celebración, Makoto busca ampliar su público y convertirse también en una opción para el día a día. Hay propuestas más informales que permiten comer por menos de 30-40 euros y, a mediodía, sus Bento Box ofrecen una alternativa completa por 38 euros. Una estrategia que cobra especial sentido en una zona donde la competencia entre restaurantes japoneses no deja de crecer al mismo ritmo que lo hacen sus precios. 

También ayuda que la cocina funcione non stop hasta el cierre. Makoto entiende que Madrid no come necesariamente a la hora que dictan los horarios convencionales y apuesta por un restaurante que pueda funcionar tanto para una comida improvisada como para una cena que se alargue, un encuentro entre amigos o una noche en la que el ambiente tenga tanto peso como lo que ocurre sobre el plato. Porque ese es, probablemente, el verdadero juego de Makoto en Madrid. No limitarse a ser un japonés más.

Un largo historial

Detrás está Makoto Okuwa, formado en Japón desde los 15 años y posteriormente instalado en Estados Unidos, donde trabajó junto a Masaharu Morimoto. Hoy su universo suma diez restaurantes entre Estados Unidos, Latinoamérica y Europa, con Madrid como primera escala europea. Y la expansión continúa: antes de que termine 2026, el grupo prevé abrir un nuevo restaurante en Latinoamérica y estrenar un nuevo concepto al otro lado del charco.

Madrid, mientras tanto, parece ser una parada con intención de permanencia. Y Makoto juega sus cartas con bastante claridad: un espacio que entra por los ojos, una cocina que no exige ser devoto del sushi y una propuesta lo suficientemente flexible como para que comer bien no tenga que convertirse siempre en una excepción.

Schweppes convierte su histórico rótulo de la Gran Vía en el punto de partida de un proyecto cultural con cine, arquitectura, historia y rutas por la ciudad.

El luminoso de Schweppes que corona el Edificio Carrión desde 1972 es uno de esos raros anuncios que hace tiempo dejaron de hacer publicidad para empezar a hacer ciudad. Más de cinco décadas después, sus tubos de neón forman parte del ADN visual de Madrid y se han convertido en un testigo privilegiado de todo lo que ha ocurrido a sus pies durante más de medio siglo: de la Transición a la Movida, de los viejos cines a la Gran Vía de los musicales, del Madrid de los grandes nombres al de las nuevas generaciones. Ahora, la marca quiere reivindicar esa historia con ‘Bajo el neón de Schweppes: testigo luminoso de la historia de Madrid’, un nuevo proyecto cultural que propone redescubrir la capital y, más concretamente una de sus arterias principales, a través de uno de sus grandes iconos.

La iniciativa arrancará el 16 de septiembre en el Cine Capitol con un encuentro abierto al público que reunirá voces de la arquitectura, el cine, la historia y el diseño. La conversación, moderada por el periodista Moisés Rodríguez, girará en torno a una pregunta tan sencilla como interesante: ¿cómo consiguió un anuncio convertirse en parte de la identidad de toda una ciudad?

Cinco miradas para entender un icono

El encuentro reunirá a cinco expertos con perspectivas muy diferentes. La periodista y divulgadora cultural Eugenia Bugallal repasará la evolución de la Gran Vía y las figuras que ayudaron a convertirla en uno de los grandes escenarios de Madrid. La arquitecta María Teresa Muñoz, especialista en el Edificio Carrión, pondrá el foco en la relación entre el edificio y el luminoso, concebidos desde el origen para convivir con la luz y la publicidad.

También participarán el cronista Alfonso J. Ussía, que abordará la dimensión emocional del neón y su vínculo con varias generaciones de madrileños, y Maxi Gilbert, diseñador de iluminación y fundador del Museo de la Luz de Madrid, que reivindicará el neón como una forma de expresión con personalidad propia frente al dominio de las pantallas digitales. Cerrará el recorrido el cineasta Álex de la Iglesia, que hablará del papel decisivo de su película El día de la bestia en la transformación del luminoso en un auténtico personaje del imaginario cinematográfico español.

La jornada terminará precisamente con la primera proyección en 4K de El día de la bestia (1995), una de las películas que más contribuyeron a convertir el neón de Schweppes en una imagen inseparable de Madrid. La famosa escena final, con sus protagonistas encaramados al luminoso, forma ya parte de la memoria visual del cine español.

Fotografía original de Gran Vía (Madrid) modificada con IA: punto de vista elevado generativamente y elementos añadidos.

600 kilos de historia sobre la Gran Vía

El neón de Schweppes no es precisamente un elemento discreto. Situado a unos 37 metros de altura, mide 10,65 metros de ancho por 9,36 de alto, pesa alrededor de 600 kilos y está compuesto por 104 tubos de neón. Su característica cortina luminosa suma otras 312 barras que generan el efecto de movimiento que lo hace reconocible desde prácticamente cualquier punto de la avenida.

Instalado en 1972, el rótulo sustituyó al histórico anuncio de Camel y coincidió con una España que empezaba a mirar hacia fuera después de décadas de aislamiento. Con el tiempo, dejó de funcionar únicamente como soporte publicitario para convertirse en parte del skyline madrileño. Su importancia quedó especialmente clara en 2010, cuando el Ayuntamiento lo declaró rótulo histórico tras la polémica generada por la normativa que amenazaba con hacer desaparecer buena parte de los grandes luminosos de la ciudad.

De la pantalla al paseo por Madrid

‘Bajo el neón de Schweppes’ no terminará con la película. El proyecto continuará con ‘NEÓN COLOSAL de Schweppes y las historias por iluminar’, un tour cultural gratuito que recorrerá durante aproximadamente una hora la Gran Vía, previa reserva y por tiempo limitado.

La ruta viajará desde los orígenes de la avenida hasta el Madrid más contemporáneo, pasando por personajes y lugares como Pedro Chicote, Ernest Hemingway, Ava Gardner, Frank Sinatra, Luis Buñuel, Pedro Almodóvar o Álex de la Iglesia. También habrá espacio para la Guerra Civil, la Movida, los antiguos hoteles y cines y la historia de la coctelería madrileña, con el Bar Cock como parada final.

Con este proyecto, Schweppes recupera una historia que lleva décadas literalmente iluminando Madrid. Porque el neón puede seguir siendo un anuncio, pero después de 54 años también es otra cosa: un pedazo de memoria urbana que ha conseguido sobrevivir a los cambios de la ciudad y convertirse en parte de ella.

El icónico cronógrafo de carreras se reinventa con una caja más compacta, nuevo diseño y una edición limitada que celebra la llegada de la Fórmula 1 a la capital española

Madrid se prepara para vivir su primer gran capítulo de la Fórmula 1 y TAG Heuer ha decidido celebrarlo como mejor sabe: con un nuevo cronógrafo nacido para la velocidad. La firma suiza presenta el TAG Heuer Carrera Chronograph Sport, una reinterpretación de uno de los pilares de su colección Carrera que llega coincidiendo con el Formula 1 TAG Heuer Gran Premio de España 2026, con la marca como socio principal y cronometrador oficial del campeonato.

El lanzamiento supone el regreso de uno de los grandes cronógrafos deportivos de TAG Heuer, ahora con una estética más contundente y unas proporciones revisadas. La receta mantiene intacto el ADN que Jack Heuer imprimió al Carrera desde 1963: máxima legibilidad, precisión y una conexión directa con el mundo de la competición.

Más compacto, más cómodo y más deportivo

La gran transformación está en la caja. El nuevo Carrera Chronograph Sport reduce su diámetro de 44 a 42 milímetros, mientras que la distancia entre asas pasa de 49,8 a 48,6 mm. También adelgaza. Sus 14,17 mm de grosor, frente a los 15,48 mm de la generación anterior, buscan ofrecer una presencia más equilibrada y cómoda en la muñeca.

El rediseño se extiende al conjunto de la caja, con laterales cepillados y un bisel más fino que combina acero y un inserto de cerámica pulida. Los pulsadores, inspirados visualmente en los pistones y componentes de los motores de alto rendimiento, refuerzan el carácter racing del reloj sin renunciar a una estética suficientemente elegante para el día a día.

Un Carrera que vuelve a mirar al circuito

En el interior late el Calibre TH20-00, movimiento de manufactura de TAG Heuer visible a través del fondo de zafiro y dotado de una reserva de marcha de 80 horas. El conjunto se completa con un brazalete de acero en forma de H, ahora con diseño cónico y un sistema que permite cambiar los eslabones fácilmente en casa. También existe una alternativa con correa de piel perforada, un guiño directo al automovilismo clásico.

La esfera recupera además uno de los principios fundacionales del Carrera: que toda la información pueda leerse rápidamente incluso a gran velocidad. Los números árabes sustituyen a los índices de la generación anterior y una disposición tricompax revisada organiza las funciones del cronógrafo. La fecha se sitúa a las seis y la escala taquimétrica vuelve a poner el foco en la velocidad.

Cinco caras para un mismo espíritu

La nueva colección está formada por cinco referencias que juegan con diferentes combinaciones de color y acabados. El azul, uno de los tonos más reconocibles del Carrera, llega tanto con brazalete de acero como con correa de piel marrón perforada. También hay una versión verde turquesa de estética más contemporánea y una configuración plateada tipo «panda», con contadores negros y bisel de cerámica negra.

La alternativa en negro opalino es probablemente la más agresiva del conjunto. Los contadores negros se integran en la esfera y los detalles rojos de las agujas del cronógrafo e indicadores aportan un marcado aire de instrumentación de competición.

Una edición limitada para el primer GP de Madrid

Pero la pieza que concentra todas las miradas es el TAG Heuer Carrera Chronograph Sport Spain Limited Edition, creado para conmemorar la primera edición del Formula 1 TAG Heuer Gran Premio de España 2026 en Madrid. Sobre la base del nuevo modelo de 42 mm, esta versión incorpora detalles en rojo y amarillo tanto en las agujas centrales del cronógrafo como en la correa de piel perforada, un homenaje directo a los colores de España.

El fondo de zafiro lleva grabada la inscripción Spain Limited Edition y el reloj se entrega en un estuche diseñado por el artista español Manu Campa, conocido por sus interpretaciones del mundo del motor. La presentación incluye además una lámina numerada y firmada por el artista, inspirada en la energía del circuito MADRING y en la llegada de la Fórmula 1 a Madrid.

Con el Carrera Chronograph Sport, TAG Heuer no se limita a actualizar uno de sus cronógrafos más reconocibles. La marca aprovecha la llegada de la Fórmula 1 a Madrid para devolver al Carrera a sus raíces competitivas, pero con unas proporciones y un lenguaje de diseño adaptados al presente. Velocidad, precisión y relojería vuelven a encontrarse en un escenario que, por primera vez, tiene a la capital española como protagonista.

Por MARCO DE PABLOS

El slice neoyorquino ya tiene acento madrileño. Snob Pizza ha llegado con la misión de convertir una porción de pizza, una masa de culto y un ritual callejero en el nuevo bocado de moda de en la capital.

Hay una tendencia gastronómica que quizá aún faltaba por aterrizar definitivamente en Madrid dentro del incesante desfile de modas culinarias de los últimos años: los pizza slices. Esos icónicos trozos de pizza que forman parte del paisaje cotidiano de ciudades como Nueva York, donde llevan décadas siendo un recurso rápido y popular, pero que terminaron de instalarse en el imaginario colectivo gracias a la industria audiovisual. Basta recordar aquella escena de Fiebre del sábado noche en la que Tony Manero, el personaje interpretado por John Travolta, recorre las calles de Brooklyn mientras devora dos porciones de pizza dobladas y apiladas una sobre otra, recién compradas en Lenny’s Pizza, un local que ya gozaba de cierta fama en la ciudad y cuya popularidad se disparó tras aparecer en la gran pantalla. Pero la fiebre por esos bocados triangulares en formato XXL está lejos de decaer, reclamando ahora un hueco fuera de territorio americano.

“Estábamos en un viaje familiar a Nueva York y casi todos los días acabábamos parando a comer un slice. Era un ritual muy sencillo: entrar, elegir un trozo enorme, comerla rápido y seguir con el día. Detrás de ese gesto, había muchísimo producto, técnica y personalidad. Al volver nos hicimos una pregunta muy básica: ‘¿Dónde podemos comernos esto en Madrid?’ Y no encontramos una respuesta”, explica Ignacio de la Riva, CEO y fundador de Snob Pizza, un establecimiento ubicado en el corazón del barrio de Salamanca dedicado en exclusiva a la venta de estos suculentos bocados. “La oportunidad era importar el ritual, no copiar un decorado neoyorquino. La hostelería te enseña enseguida que una buena hoja de cálculo no sirve si el producto no emociona y el cliente no quiere volver. Snob está justo en ese cruce entre método, obsesión por el detalle y una idea muy sencilla de disfrute”, explica. Quizá ahí esté la clave de un negocio que crece al ritmo de sus masas.

¿Qué parte de la cultura neoyorquina queríais importar y qué elementos sabíais que había que adaptar al consumidor madrileño?

Queríamos importar la espontaneidad. Allí el slice no necesita una ocasión especial: puede ser una comida rápida, una parada entre planes, algo que compartes o algo que te comes solo de pie. Esa libertad y ese punto democrático nos parecían muy potentes. Lo que había que adaptar era la experiencia. Aquí el cliente valora mucho poder sentarse, compartir, acompañar la comida con una cerveza o un vino y quedarse un rato. Por eso mantuvimos el servicio directo y el formato informal, pero cuidamos más el espacio, la marca, la carta y la hospitalidad. Es Nueva York en la energía, pero hecho desde Madrid.

«Somos snobs con el producto, no con la gente»

El nombre Snob tiene una contradicción interesante. Un formato muy callejero con un término que suele utilizarse como crítica social. ¿Qué queríais provocar con ese concepto y qué mensaje hay detrás de la marca?

Nos gustaba precisamente esa contradicción. La pizza es probablemente uno de los productos menos snobs que existen. Es popular, se come con la mano y pertenece a todo el mundo. Llamarnos Snob era una manera de jugar con la idea de que cuidar muchísimo algo sencillo no tiene por qué convertirlo en algo solemne. Queríamos provocar una sonrisa y, a la vez, expresar nuestra filosofía: podemos ser muy exigentes con la masa, los ingredientes, el diseño o el servicio, pero sin perder el humor, la cercanía ni la informalidad. Somos snobs con el producto, no con la gente.

El vuestro es, precisamente, uno de los productos más versionados del mundo. ¿Qué elementos eran intocables para vosotros y cuáles queríais reinventar para crear algo propio?

Lo intocable era la lógica del New York slice: una pizza grande, una masa fina con estructura, base crujiente, centro flexible y una porción que se pueda doblar sin romperse ni quedarse blanda. También eran intocables el equilibrio y la sencillez; si una pizza pesa demasiado o los ingredientes tapan la masa, deja de funcionar.

Donde queríamos aportar algo propio era en los sabores, los acabados y la experiencia de marca. Por eso conviven una Margarita o una Pepperoni muy reconocibles con combinaciones como Hot Pepperoni, Pastrami Burrata o nuestras salsas. La reinvención no consiste en añadir cosas por añadir, sino en introducir un giro que tenga sentido en cada bocado.

Decís que queréis elevar el slice sin quitarle su esencia callejera. ¿Dónde está la línea entre hacerlo más premium y convertirlo en algo que deja de ser auténtico?

La línea está en no confundir premium con complicado. Elevar el slice significa utilizar buena materia prima, dominar la fermentación, ser consistentes y cuidar el espacio y el servicio. No significa convertirlo en un plato que necesite explicación, cubiertos o una liturgia. Para nosotros sigue siendo auténtico mientras puedas entrar sin planificarlo, pedir una porción, doblarla con la mano y disfrutarla de una forma directa. El día que el concepto se vuelva más importante que el placer de comerte la pizza, habremos cruzado esa línea.

«Hay una generación que aprecia la calidad y el diseño, pero no necesariamente quiere manteles, reservas con semanas de antelación o tickets altos cada vez que sale»

Si alguien piensa en la localización de un local de slices neoyorquinos probablemente lo imaginaría en Malasaña, Lavapiés, Chamberí o Chueca antes que en el de barrio de Salamanca. ¿Por qué elegisteis Lagasca? ¿Buscabais romper esa expectativa y acercar la pizza callejera a un público distinto?

Lagasca fue una elección consciente. Nos interesaba precisamente sacar el slice del lugar donde todo el mundo esperaba encontrarlo y demostrar que un producto callejero, informal y accesible podía tener sentido en el barrio de Salamanca. No queríamos disfrazarlo de restaurante de lujo, sino crear contraste. Además, vimos una zona con mucha vida de barrio, oficinas, comercio y restauración, pero con espacio para propuestas más ágiles y contemporáneas. Snob puede funcionar para alguien que vive cerca, para quien sale del trabajo, para una familia o para un grupo que empieza la noche. Esa mezcla era muy atractiva.

¿Cree que el barrio de Salamanca está cambiando? ¿Existe una nueva generación que ya no busca solo restaurantes punteros o de ticket alto, sino sitios más informales pero con identidad y concepto?

Sí, creo que está cambiando, igual que está cambiando Madrid. Hay una generación que aprecia la calidad y el diseño, pero no necesariamente quiere manteles, reservas con semanas de antelación o tickets altos cada vez que sale. Busca sitios informales que tengan una identidad clara y donde el producto esté muy bien hecho. El barrio de Salamanca sigue teniendo su oferta más clásica, pero hoy convive con conceptos más jóvenes, directos y especializados. Para nosotros esa convivencia es una oportunidad. Snob no intenta parecerse a lo que ya había en el barrio, sino aportar otra forma de consumirlo.

La masa con fermentación larga es una de vuestras grandes señas de identidad. ¿Cuánto tiempo tardasteis en encontrar vuestra receta y qué fue lo más complicado del proceso?

El proyecto completo estuvo más de cuatro años madurando y la masa ocupó una parte enorme de ese proceso. Hubo muchas pruebas hasta encontrar una receta que funcionara no solo recién salida del horno, sino también cortada en porciones, expuesta el tiempo adecuado y regenerada sin perder textura. Lo más difícil fue encontrar el equilibrio entre crujiente y flexible. Una pizza estilo New York no puede ser una napolitana estirada ni una base fina y seca. Tiene que tener mordida, doblarse sin romperse, aguantar los ingredientes y seguir siendo ligera. Y después está la consistencia: conseguirlo una vez es relativamente fácil; conseguirlo todos los días es el verdadero reto.

¿Qué errores o aprendizajes tuvisteis durante el desarrollo del producto antes de abrir?
El principal aprendizaje fue que el slice es un sistema, no simplemente una pizza grande cortada en triángulos. Cambiar un pequeño detalle en hidratación, fermentación, temperatura, cantidad de salsa o queso altera por completo el resultado. También aprendimos que recetas muy buenas en una pizza entera no siempre funcionan por porciones.

Cometimos el error, al principio, de querer resolver demasiado con ingredientes. Con el tiempo entendimos que había que quitar, simplificar y dejar que la masa fuese protagonista. Y aprendimos que el producto debe diseñarse junto con la operativa: cómo se hornea, cómo se conserva, cómo se recalienta y cómo llega al cliente forman parte de la receta.

¿El modelo está pensado principalmente para el consumo en local, el take away o el delivery? ¿Cómo imaginabais desde el inicio que iba a consumir la gente Snob Pizza?

El corazón del modelo es la experiencia en el local y el take away, porque ahí el cliente ve las pizzas, elige la porción y entiende mejor el ritual. Diseñamos un espacio pequeño, con servicio directo en barra, que permite comer rápido pero también quedarse. El delivery es importante y responde a una demanda real, pero tiene más dificultad técnica: una pizza crujiente y flexible debe llegar en buenas condiciones. Por eso no pensamos Snob como una marca exclusivamente de reparto. Queremos que los tres canales convivan, pero sin sacrificar producto por volumen.

«Nos gustaría que Snob pudiera crecer, pero no a costa de convertirlo en una copia de sí mismo»

¿Cuál ha sido la mayor sorpresa desde la apertura, algo que no esperabais encontrar en la respuesta del público?
Una de las mayores sorpresas ha sido la amplitud del público. Podíamos pensar que el concepto iba a atraer sobre todo a gente joven o muy conectada con la cultura gastronómica, pero hemos visto vecinos, familias, gente de oficinas, clientes mayores y personas que vienen expresamente desde otros barrios.

También nos ha sorprendido la rapidez con la que la gente ha entendido el formato y ha creado sus propios momentos de consumo. Y, por supuesto, el nivel de repetición: que alguien vuelva y tenga ya su slice o su salsa favorita es una señal mucho más valiosa que una visita puntual por curiosidad.

¿Puede compararse el fenómeno del slice con la proliferación de las smash burgers? 

La comparación tiene sentido porque ambos formatos convierten un producto muy popular en una categoría especializada, con marcas muy definidas y una experiencia rápida. Las smash burgers demostraron que podía haber mucha innovación dentro de algo aparentemente sencillo. Con el slice puede ocurrir algo parecido. Creo que veremos más aperturas, pero una categoría se consolida cuando deja de depender de la tendencia y aparecen operadores consistentes. No basta con una estética neoyorquina o una pizza grande. El cliente aprenderá a distinguir masa, horneado, equilibrio y servicio. Esa exigencia será positiva para todos.

¿Tenéis pensado expandiros? ¿Qué tendría que pasar para dar ese siguiente paso?

Antes de expandirnos, queremos consolidar Lagasca y asegurarnos de que el modelo es sólido, reconocible y replicable sin perder calidad. La buena acogida nos ha dado confianza para dar el siguiente paso con la apertura del local del Bernabéu.

La expansión forma parte de nuestra visión, pero sin prisas. Cada nueva apertura debe responder a una demanda real, contar con un equipo y unos procesos capaces de mantener el mismo nivel de producto, servicio y experiencia, y aportar valor a la marca. Crecer por crecer es relativamente fácil. Crecer manteniendo el alma del proyecto es lo difícil.

Fotografías: Cortesía Snob Pizza

Eduardo Guerrero regresa a Madrid en cuatro únicas funciones. Del jueves 3 al domingo 6 de septiembre, el Teatro Fígaro (Dr. Cortezo, 5) acoge el estreno nacional de ‘Códigos’, el nuevo montaje del bailaor y coreógrafo gaditano. Acompañado de José del Calli al cante y Pino Losada a la guitarra, Eduardo Guerrero ofrece su última propuesta al público madrileño en cuatro veladas exclusivas. “Más que un espectáculo flamenco, ‘Códigos’ es una reflexión sobre la identidad y su lenguaje, la capacidad para renacer sin perder nuestra memoria”, explica Eduardo Guerrero. Entradas en Gruposmedia.com, con funciones a las 20:00, salvo el domingo (18:00).

“En este viaje tradición y futuro dejan de ser opuestos, para hablar un mismo idioma”, añade el genio de Gadir sobre un trabajo íntimo e introspectivo. Baile, cante y guitarra dialogan así “en libertad” para deshacer los códigos heredados y descubrir otras formas de expresión. A diferencia de grandes producciones donde el flamenco aspira a ser un arte total, Eduardo Guerrero da un paso más hacia su esencia: el baile como búsqueda final, trance donde olvidarse para encontrarse a uno mismo.

Transgresor y atávico, Eduardo Guerrero no esconde sus influencias japonesas del kabuki y la danza butoh. Apoyado en el entrenamiento y nutrición del deporte de alta competición, su elasticidad y expresividad le han erigido en bailaor único y sin igual, referente actual del flamenco de vanguardia en los escenarios más relevantes del planeta. En un eterno retorno al origen, perseguidor incansable, nadie como Eduardo Guerrero representa la continua combustión interna y renacimiento de nuestro arte declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. Con dirección y coreografía de Eduardo Guerrero, ‘Códigos’ cuenta con música original de Pino Losada, vestuario de Paloma de Alba y calzado de Begoña Cervera.

Actualmente, la Compañía Eduardo Guerrero es una de las más prolíficas y de mayor proyección nacional e internacional, con otros seis espectáculos en gira: ‘Guerrero’, ‘Desplante’, ‘Debajo de los pies’, ‘Faro’, ‘Origen’ y ‘Onírico’, éste último concebido exprofeso para el Teatro Olympia María Callas de Atenas.

La segunda mitad del año se presenta cargada de bolos dentro y fuera de nuestras fronteras. Mientras ‘El manto y su ojo’, su última gran producción, cierra los detalles de su Gira 2027, Eduardo Guerrero regresará a Japón en octubre y actuará en Rusia en noviembre. Entre otros escenarios nacionales, también visitará el Teatro Villamarta de Jerez con motivo del 150 Aniversario de Manuel de Falla.

Combustión interna

El flamenco personal e intransferible de Eduardo Guerrero levanta pasiones allí donde va. Su búsqueda creativa le lleva a traspasar sus propios límites físicos y mentales, siempre creciendo como artista y como persona. Eduardo Guerrero se sumerge en un combate consigo mismo, tan íntimo como brutal: “Me despojo de todo adorno para revelaros el pulso que arde bajo mi piel”. “No busco el aplauso, busco sobrevivirme”, ataja el bailaor, que concibe el escenario como un altar de resistencia, el cuadrilátero de “una lucha sin cuartel entre el instinto y el silencio, donde lo ancestral arde y se transforma”. “Esto ya no es un espectáculo, es un trance”, concluye.

Fotografía: FÉLIX VÁZQUEZ
Por MARCO DE PABLOS

Madrid tiene la capacidad de transportar al comensal a cualquier rincón del mundo sin necesidad de salir de la ciudad. Pero hay lugares que, más que un viaje, consiguen despertar el recuerdo de unas vacaciones. En pleno corazón de la capital, a escasos metros de Plaza de España, existe un restaurante donde el aroma del carbón de encina, la calidad del producto y una cocina profundamente ligada al norte de España invitan a empezar el verano antes incluso de hacer la maleta. La Charca Restaurante ha logrado convertir la tradición asturiana y gallega en una propuesta gastronómica que conquista tanto por el sabor como por la experiencia que la rodea.

Un viaje gastronómico al norte sin salir de Madrid

Cuando llegan los meses de verano, Asturias y Galicia se convierten en dos de los destinos más deseados por quienes buscan naturaleza, buena gastronomía y producto de temporada. La Charca recoge precisamente esa esencia y la traslada a la capital a través de una carta donde el protagonismo recae sobre las brasas y una cuidada selección de materias primas procedentes del norte peninsular.

El restaurante, perteneciente al Grupo Asgaya, con otro local homónimo en los alrededores del Bernabéu, ha encontrado junto a Plaza de España el escenario perfecto para reivindicar una forma de cocinar en la que el producto habla por sí solo. Aquí no hacen falta artificios: carnes seleccionadas de Galicia y Asturias, pescados llegados desde la costa cantábrica, mariscos y verduras de temporada encuentran en el carbón de encina el mejor aliado para potenciar su sabor sin enmascararlo. Una propuesta que recuerda a esas parrillas tradicionales del norte donde el fuego marca los tiempos.

Chuleta a la brasa.

Las brasas como auténtica protagonista

La cocina de La Charca gira alrededor de una parrilla que trabaja con carbón de encina, un elemento que imprime personalidad a cada elaboración. Desde un jugoso solomillo hasta un espectacular chuletón de vaca madurada, o unas chuletillas de cordero, las carnes llegan con el punto exacto que permite apreciar toda su jugosidad y calidad. Mención aparte merece el cachopo, otro de los grandes imprescindibles de la casa y un guiño inconfundible a la cocina asturiana más tradicional.

Sin embargo, limitar la propuesta únicamente a la carne sería injusto. Los pescados ocupan un lugar igualmente destacado. Rodaballo, lubina, pixín —el nombre con el que se conoce al rape en Asturias—, pargo o atún rojo encuentran en las brasas una cocción que respeta su textura y realza su sabor natural. A ello se suman mariscos como las zamburiñas o las navajas y una selección de platos fuera de carta que cambian según la temporada, reforzando esa apuesta por el producto fresco y el mercado. Entre los entrantes, sobresale una delicada anchoa servida sobre pan brioche y mantequilla ahumada, un bocado sencillo en apariencia, pero lleno de matices, que anticipa el cuidado con el que se trabaja cada plato.

La experiencia se completa con los grandes clásicos de la cocina asturiana que han convertido al Grupo Asgaya en una referencia desde hace años. La fabada asturiana, las verdinas con bogavante o los callos elaborados al estilo tradicional siguen ocupando un lugar privilegiado en una carta que consigue equilibrar la contundencia de la cocina de cuchara con la ligereza de los pescados a la brasa.

Ventresca a la brasa a la bilbaina.

Setas de temporada confitadas en carbón de encina con crema trufada de apio nabo.

Como toda buena comida merece un final a la altura, resulta difícil marcharse sin probar alguno de sus postres. La tarta de quesos asturianos, con un sutil toque de queso azul, ofrece un equilibrio perfecto entre intensidad y cremosidad. Al igual que su arroz con leche.

El mejor momento para descubrir las Jornadas del Bonito de Gijón

La visita cobra todavía más sentido durante estos meses gracias a las Jornadas del Bonito de Gijón, una cita gastronómica que el Grupo Asgaya celebra tanto en su emblemático restaurante Asgaya, en Doctor Fleming —que además cuenta con una agradable terraza para disfrutar del verano—, como en La Charca Restaurante.

Coincidiendo con la temporada del bonito del Cantábrico, ambos establecimientos incorporan durante un tiempo limitado una selección de recetas que rinden homenaje a uno de los pescados más apreciados de época estival. Entre ellas destacan la ventresca de bonito en escabeche con tomate de temporada y cebolla morada, el taco de bonito en escabeche con pimientos asados en carbón de encina, el bonito a la brasa con encebollado de sidra o la ventresca a la brasa con salsa bilbaína. Una oportunidad perfecta para acercarse a uno de los productos estrella del norte sin abandonar la gran urbe.

Ventresca de bonito en escabeche.

Taco de bonito en escabeche.

Un comedor que invita a quedarse

Más allá de la cocina, La Charca conquista por la atmósfera que ha sabido crear. A pesar de encontrarse en una de las zonas con mayor movimiento, el establecimiento transmite una sorprendente sensación de calma desde el primer momento. El espacio resulta acogedor, con alrededor de una quincena de mesas que permiten disfrutar de la comida sin el bullicio habitual de otros locales del centro.

Nada más entrar, una barra de líneas limpias y tonos blancos marca el carácter del establecimiento. La decoración apuesta por el minimalismo, con un ambiente luminoso, extremadamente cuidado y una sensación de limpieza y orden que se percibe en cada rincón. Ese equilibrio visual encuentra su contrapunto en unos llamativos techos que aportan personalidad al espacio y rompen la sobriedad del conjunto. Completa el espacio un patio interior, alrededor del cual se sitúan varias mesas.

A todo ello se suma un servicio excepcional, que consigue elevar aún más la experiencia. La atención es cercana, profesional y constante, con un personal pendiente en todo momento de que cada detalle esté cuidado, sin resultar invasivo.

En apenas unos meses, La Charca Restaurante ha conseguido hacerse un hueco entre las direcciones gastronómicas más interesantes del entorno de Plaza de España. Lo ha logrado apostando por una fórmula que nunca pasa de moda: excelente producto, brasas bien trabajadas, recetas con raíces, un servicio impecable y un espacio donde resulta fácil sentirse cómodo. Y ahora que el verano invita a pensar en escapadas al norte, quizá la mejor manera de abrir boca sea reservar una mesa aquí.

Por MARCO DE PABLOS

En el número 36 de la calle Zurbano se alza un majestuoso palacete reconvertido en hotel: el Santo Mauro. Con una larga historia a sus espaldas, hoy es punto de encuentro de huéspedes de lo más variopinto y aún conserva rincones poco conocidos, como su restaurante La Biblioteca, confirmando que allí sí es oro todo lo que reluce.

“Soyez les bienvenus” (Sean bienvenidos). En francés, claro. Porque esa es exactamente la sensación que anticipa uno al detenerse frente a un edificio de semejante porte. La de estar, por un instante, lejos de aquí. Y la idea no resulta en absoluto descabellada. Basta observar su fachada para intuir la clara inspiración gala de la que bebió el arquitecto Juan Bautista Lázaro de Diego a finales del siglo XIX al diseñar el actual Hotel Santo Mauro. Lo que hoy es uno de los establecimientos más exclusivos de la capital fue, en otro tiempo, la casa palacio de Mariano Fernández de Henestrosa y Ortiz de Mioño, duque de Santo Mauro. Una residencia señorial cuya elegancia sigue evocando a ese inconfundible halo francés capaz de transportar a cualquiera a una época más cercana a la corte del Rey Sol. Una percepción que no hace más que intensificarse al cruzar sus puertas y adentrarse en su interior. Tan evidente resulta ese allure que hasta Caroline de Maigret, epítome de lo chic —o, lo que es lo mismo, una auténtica francesa de bien—, ha ejercido como embajadora del mismo en los últimos tiempos. 

Sin embargo, la historia del Santo Mauro también ha atravesado épocas muy distintas antes de convertirse en el exclusivo refugio que es actualmente. Durante la Guerra Civil, el palacio fue confiscado, aunque años después regresaría a manos de la familia. Más adelante, sus estancias abandonaron temporalmente el carácter residencial para convertirse en sede de distintas embajadas, entre ellas las de Rumanía, Canadá y Filipinas. No sería hasta 1989 cuando el edificio inició una nueva vida como hotel, una etapa que terminaría de consolidarse en 2011 con su incorporación a AC Hotels by Marriott, la cadena fundada por Antonio Catalán, bajo cuya gestión adquirió la personalidad que ahora nos recibe.

Su interiorismo lleva el inconfundible sello de Lorenzo Castillo, responsable de reinterpretar sus más de 45 habitaciones y suites; sus imponentes salones, con especial protagonismo de los conocidos como Rojo y Chino —no hace falta demasiada imaginación para entender el porqué de tales apelativos—; los espacios gastronómicos que articulan la propuesta culinaria del alojamiento; y su particular edén. Este último, rodeado de frondosa vegetación, alberga sofisticado mobiliario de forja con cojines de rayas en tonos azules, fuentes, un kiosco de bebidas y una imponente pérgola cubierta, flanqueada por faroles y cercada por arbustos, plantas e incluso palmeras, que actúa como terraza de La Biblioteca. Es precisamente en este oasis donde se ofrece, durante estos meses, el servicio en mesa del restaurante, y no en el interior del mismo. Un remanso de paz a escasos metros del Paseo de la Castellana, ideal para refugiarse de las altas temperaturas que azotan Madrid en estas fechas. 

Ubicado en el antiguo salón de lectura del duque, de ahí su nombre, La Biblioteca ofrece una experiencia ya consolidada como una de las más exclusivas de cuantas se disfrutan en la ciudad. Con la llegada de la nueva temporada, el espacio presenta una carta renovada que evoluciona al mismo ritmo que lo hace la vida, abrazando la frescura y la ligereza propias del producto en su mejor momento, especialmente oportunas para la estación que acompaña estos meses, aunque sin renunciar en ningún momento a la identidad y personalidad que lo definen. 

Ingredientes en su punto óptimo, elaboraciones más sutiles y una mayor presencia de verduras son los pilares que sostienen esta nueva etapa que cuenta con Rafa Peña como asesor y director del bistró. Una carta que mantiene intacta la esencia de la casa, en la que el caviar desempeña un papel protagonista. Cómo no. 

Caviar o nada

La carta arranca con una cuidada selección de aperitivos y platos para compartir donde el producto vuelve a ocupar el centro de todo. Desde las ostras bretonas —al natural o a la brasa—, hasta los delicados profiteroles de caviar, guiños inequívocos a la tradición culinaria francesa, o las croquetas de cecina de vaca y de gamba de Palamós, bocados que funcionan como una antesala precisa y calculada de lo que se entiende por un suculento banquete. 

Entre los entrantes destacan elaboraciones como la ensalada de tomates con salpicón de bogavante, la ensalada de judía verde braseada o el salmorejo. Mención aparte merecen los raviolis con parmesano y caviar, que en los últimos tiempos se han consolidado como uno de los platos estrella en muchos de los locales más en boga.

En el apartado de productos de lonja, destacan propuestas como el pez limón a la brasa con escabeche de verduras o el rape a la romana con caviar, mayonesa y ensalada. Platos de apariencia sencilla, pero que no te engañen. Todo un must en carta. Las carnes mantienen ese carácter atemporal con elaboraciones que dialogan con lo clásico desde una mirada actualizada. Entre ellas, el solomillo con mirepoix de verduras al estragón, las chuletas de cordero en milanesa o la suprema de pollo campero rellena a las finas hierbas con rebozuelos.

Finalmente, aquí se confirma aquello de que a nadie le amarga un dulce, porque incluso los más reticentes al postre acaban sucumbiendo a alguno de los que se proponen. Son pocos, pero más que suficientes. Imprescindible su torrija con helado de caramelo salado, de obligada repetición si de verdad se quiere disfrutar como merece. También destacan el soufflé de avellana con helado de naranja o las fresas con nata y merengue, junto a su palet d’or, un bombón de chocolate con origen en la ciudad francesa de Moulins, coronado, de forma tan sutil como ostentosa, con una hoja de oro.

A ello se suma una carta de vinos especialmente cuidada, pensada para acompañar cada pase, y una potente selección de champagne, con Laurent-Perrier como firma imprescindible. Porque, como en los fastuosos banquetes y bacanales de Luis XIV de Francia, donde el champagne empezaba a perfilarse como símbolo de celebración y refinamiento, no hay mejor final para un festín de tal magnitud. Bon appétit.