Despertarse con el Atlántico al otro lado de la ventana, desayunar en la terraza y dejar que la luz recorra toda la casa. Esa forma de vida fue el punto de partida del estudio de arquitectura e interiorismo especializado en reformas integrales llave en mano, Studio by Clikalia para transformar este ático de 68 m² situado en la décima planta de un edificio frente al paseo marítimo de Cádiz.

La vivienda había perdido precisamente su mayor valor. Una intervención anterior había incorporado la terraza por completo al interior, borrando la separación entre ambos espacios, pero también debilitando la relación real con el exterior. Y Studio hizo justo lo contrario: recuperar la terraza original y reorganizar la casa para que el salón, la cocina y el dormitorio volvieran a abrirse a la luz, las vistas y el mar.

El resultado es una vivienda pensada para disfrutar sin prisas, recibir a los amigos y convertir cada estancia en parte de una experiencia cotidiana frente al Atlántico. “Queríamos que fuera una casa para disfrutarla desde el primer día, pero también un lugar capaz de acompañarlos en el futuro: hoy como refugio para recibir a los amigos y desconectar; mañana como su hogar definitivo frente al Atlántico”, explica María Riesgo, arquitecta en Studio by Clikalia.

Recuperar la terraza para recuperar el paisaje

Antes, cocina, salón-comedor y dormitorio compartían un único espacio prácticamente diáfano, sin una organización clara. La terraza se había cerrado mediante una estructura metálica que no ofrecía el confort técnico adecuado y había pasado a formar parte del interior, perdiendo su identidad como lugar de descanso y conexión con el entorno.

El proyecto devuelve a este espacio su función original y lo convierte en el verdadero corazón de la vivienda. La nueva distribución se organiza alrededor de él, de manera que las principales estancias disfrutan de luz natural, vistas directas al mar y una salida independiente al exterior.

Más que recuperar unos metros de terraza, la intervención recupera una manera de vivir: abrir las puertas, sentir la brisa y permitir que el paisaje forme parte de la casa durante todo el año.

Studio by Clikalia

Una vivienda que parece prolongarse hacia el mar

La sensación de amplitud no se consigue sumando metros, sino creando continuidad. El mismo pavimento porcelánico de gran formato, con acabado pétreo en tono marfil, recorre el interior y se extiende hacia la terraza, haciendo que ambos espacios se lean como una única superficie.

En el exterior, desagües y pendientes quedan ocultos bajo el suelo, evitando cortes visuales y reforzando esa imagen limpia y ordenada. El material, resistente y fácil de mantener, resulta además especialmente adecuado para una vivienda junto a la playa.

La paleta cromática acompaña esta conexión con el paisaje. Los tonos marfil multiplican la luminosidad, la madera aporta calidez y los detalles en negro introducen pequeños contrastes. Las texturas naturales, el mobiliario de líneas sencillas y las cortinas de lino rústico completan una atmósfera serena y mediterránea.

Studio by Clikalia

Desde el salón, el límite entre dentro y fuera parece desdibujarse. La terraza se convierte en una estancia más de la casa y el horizonte permanece siempre presente.

Una cocina invisible que no compite con las vistas

La cocina fue concebida para integrarse en el espacio común sin competir con las vistas. Sus propietarios querían cocinar frente al mar, pero también mantener una estética limpia, sin electrodomésticos ni elementos tecnológicos dominando la estancia.

La solución más singular es un sistema de inducción invisible instalado bajo la encimera. La zona de cocción queda completamente camuflada, de manera que, cuando no está en uso, la superficie permanece continua y despejada.

La encimera puede funcionar así como espacio de preparación, apoyo o encuentro informal cuando llegan invitados. La campana integrada y el mobiliario de acabado negro mate refuerzan esa sensación de orden y permiten que la cocina forme parte del salón de una manera discreta.

Todo está pensado para que la experiencia de cocinar sea también una forma de disfrutar del paisaje.

Studio by Clikalia

Studio by Clikalia

Una casa pequeña pensada para compartir

Aunque la vivienda dispone de un único dormitorio, fue diseñada para adaptarse con facilidad cuando llegan amigos. El salón puede transformarse temporalmente en una zona más íntima gracias a un estor motorizado y opaco que separa visualmente los ambientes sin introducir tabiques permanentes.

Cuando no cumple esa función, el mismo estor se convierte en una pantalla de proyección visible desde el dormitorio. Una solución práctica que permite imaginar noches de cine desde la cama o encuentros más informales en el salón.

La casa incorpora también un baño completo y un aseo-lavadero independiente, pensado para que las visitas puedan utilizarlo sin atravesar las zonas privadas. La lavadora y la secadora quedan aisladas para reducir el ruido, mientras el almacenamiento se integra de forma discreta para mantener las estancias despejadas.

De la luz del Atlántico a las noches frente al mar

Durante el día, la luz natural es la gran protagonista. Entra desde la terraza, rebota sobre los tonos claros y acompaña el recorrido entre el salón, la cocina y el dormitorio.

Al caer la tarde, la vivienda cambia de carácter. Una línea de iluminación LED oculta junto al techo baña suavemente el salón-comedor, mientras los apliques negros y las lámparas auxiliares crean rincones más íntimos.

Las cortinas y los estores de lino tamizan la luz sin ocultar por completo el paisaje. La iluminación indirecta, la madera y los textiles cálidos hacen que la vivienda pase de ser un espacio abierto y luminoso durante el día a convertirse en un refugio tranquilo al anochecer.

El dormitorio como refugio privado

Por su parte, el dormitorio principal cuenta con acceso independiente a la terraza, permitiendo empezar el día frente al mar sin necesidad de atravesar las zonas comunes.

La decoración mantiene el mismo lenguaje del resto de la vivienda: tonos naturales, madera, piedra y pequeños detalles en negro. Las lámparas suspendidas liberan las mesillas y un ventilador de techo en madera de roble y negro aporta confort sin romper la estética minimalista.

La estancia se plantea como un espacio sereno y recogido, conectado con el exterior, pero protegido del ruido y de los olores procedentes de la cocina.

Studio by Clikalia

La complejidad detrás de una reforma aparentemente sencilla

La calma que transmite la vivienda esconde una ejecución especialmente compleja. Los grandes ventanales y la encimera porcelánica, fabricada en una única pieza, tuvieron que elevarse hasta la décima planta mediante grúas.

La operación se realizó en pleno paseo marítimo y durante una época marcada por el viento y la lluvia, lo que obligó a coordinar cortes de calle, desvíos de tráfico y transporte público. También fue necesario impermeabilizar de nuevo la terraza y alinear con precisión pavimentos, rodapiés y revestimientos para conservar la continuidad visual.

El proyecto demuestra que, en ocasiones, la sensación de sencillez es el resultado de una enorme atención al detalle.

Esta reforma no habla tanto de ganar metros como de recuperar una forma de habitar. La terraza vuelve a ser terraza, el mar entra visualmente en cada estancia y la vivienda se adapta a los distintos momentos de la vida de sus propietarios.

“Este proyecto representa muy bien cómo trabajamos en Studio: escuchamos, entendemos cómo quieren vivir la casa y cuidamos cada detalle para hacerlo realidad. Nos encargamos de todo el proceso para que ellos puedan disfrutar tanto del resultado como del camino”, concluye Elena Barrigón, responsable de diseño en Studio by Clikalia.

Por MARCO DE PABLOS
Fotografía JUAN CARLOS VEGA

PALITO DOMINGUÍN ha crecido marcada por un instinto artístico poco común, propio de una de las estirpes más importantes del panorama cultural nacional. Aún así, no siempre lo ha tenido fácil. Abrirse paso en el mundo del arte más allá de su apellido también ha sido parte del recorrido. Ahora debuta con su primera exposición, un punto de partida que confirma que su trayectoria no es solo herencia, aunque lo lleve en la sangre.

Toreros, cantantes, actrices, modelos… Muy pocas familias han marcado de forma tan consciente el devenir cultural de un país como lo han hecho, y continúan haciendo, los Dominguín Bosé. Desde la década de los 50, esta saga comenzó a impregnar de glamour la crónica social española, guiada por una visión libre, vanguardista y adelantada a su tiempo que han sabido preservar a lo largo de generaciones. Con semejantes referentes, resulta natural que los herederos de la dinastía aspiren a continuar el camino. Y lo hacen, además, con paso firme. Lejos de ampararse únicamente en el peso de su apellido, están contribuyendo a engrandecer un legado que ya es de por sí extraordinario. 

“Mis abuelos fueron los que empezaron todo el sacerdocio. Somos como las Kardashian de España”, concede entre risas Palito Dominguín, nombre artístico con el que se ha dado a conocer una de las benjaminas del clan. Su verdadero nombre es Lucía, como su madre y su abuela —Lucía Dominguín y Lucía Bosé—, y fue ella misma quien se apodó de tal manera. “De pequeña me encantaba recoger palos en el campo. Mi madre me decía: ‘No son flores, son palitos’. Y yo pensé: ‘Ah, palito… pues yo soy Palito’”, aclara con cierta nostalgia y sin perder la dulzura que la caracteriza. Un rasgo que ya dejó entrever desde la primera toma de contacto, apenas 24 horas antes de realizar estas fotografías. 

Con una vida nómada y sin un lugar de residencia fijo, Palito se mueve, sin embargo, con ideas y rumbo muy definidos. Su estancia en la capital era fugaz, pero estelar: llegaba para presentar su primera exposición individual como artista. Ella es, en cierto modo, el eslabón que le faltaba al firmamento creativo que dibuja su linaje familiar. “Digamos que soy la única que ha entrado por la vía de las artes plásticas. En mi familia la forma más habitual de comunicarnos siempre ha sido a través del arte”, admite. Y apostilla “Tengo un tatuaje que reza: Creatividad, confianza y avance. Es la letra de mi madre, de mi hermana y de mi padre. Es la creatividad que me ha dado, la manera en la que han fomentado que hagamos lo que queramos, que experimentemos… No me imagino mi vida de otra manera. Siempre ha sido la forma de hacer las cosas”. 

Palito Dominguín junto a Santa Pescadilla, quien “fue nombrada santa por un pez. Aquel día se le quedó una expresión de confusión que nunca la abandonó”.

“Para mí no siempre ha sido fácil hacerme entender. He sido una persona bastante introvertida y callada y al final mi arte es lo que me ha permitido también hablar. Es como si me hubiera dado voz. Me ha ayudado a curar y sanar muchas cosas”, confiesa. Empezó siendo una niña y lo compara con el acto de respirar, al no recordar un momento de su vida en el que no estuviera haciendo algo relacionado con la pintura o cualquier otra manifestación artística. De hecho, aquella tarde y por casualidad, pude contemplar uno de los primeros ‘Palitos’ —como la protagonista llama a sus obras—, guardado entre carpetas y cuadernos, fechado en 1999. Aquel papel de pequeñas dimensiones mostraba una figura serpenteante, con apariencia de gusano, y cierta impronta picassiana. 

Desde aquel primer garabato han transcurrido más de veinticinco años. En ese tiempo, Palito no solo se ha dejado guiar por su gran pasión, sino que también ha apostado por una sólida formación, cursando la carrera de Bellas Artes en la Universidad de Bournemouth (Inglaterra). Sin embargo, ese recorrido no la ha librado de ciertas críticas que cuestionan su trayectoria: “Me han juzgado mucho por mi apellido, como si lo que hago no tuviera mérito. A mí nunca me ha pesado pertenecer a mi familia, pero parece que los demás sí tenían un problema con ello”, reconoce a esta cabecera. Lejos de amilanarse, insiste en el esfuerzo que hay detrás de su presente: “He trabajado mucho para llegar al punto en el que estoy ahora. Tengo 30 años y me ha costado todo este tiempo poder exponer en una galería. Nada me ha venido dado por ser quien soy. Que esté aquí no tiene nada que ver con mi parentela. Me lo he ganado yo, porque si no valiera, me echarían igual de rápido o incluso antes”.

“He trabajado mucho para llegar al punto en el que estoy ahora. Nada me ha venido dado por ser quien soy. Me lo he ganado yo»

DDR Art Gallery ha sido el espacio que le ha brindado la oportunidad de presentar esta exposición con la que debuta. Gracias a Elisa y David, responsables de la misma, Palito también ha tenido la oportunidad de participar hace unos meses en su primera feria, donde fue presentada como artista emergente de la galería. Resulta palpable la emoción con la que lo relata, acompañada de una sonrisa de oreja a oreja: “Estoy haciendo muchas cosas de repente y muy contenta por todo ello. Me siento bastante tranquila y dejándome guiar un poco en este proceso”.

Bestias sensibles es el título que da nombre a la muestra y que da cuenta de la dualidad con la que Lucía habita el mundo. Un mundo del que, en ocasiones, necesita escapar y tomar distancia ante el peso de lo cotidiano. Para ello recurre al arte como refugio y, en su caso, a una pintura que evoca a la infancia, ese territorio común al que todos, de un modo u otro, podemos regresar. “Hay algo que me fascina de mi obra, aunque esté mal que yo lo diga, y es que todo aquel que la admira conecta con ella. Porque todos sabemos lo que es ser niños. Quizá no todos sabemos lo que es ser adultos, pero sí hemos pasado por la infancia para llegar hasta aquí”, explica. Esa conexión transversal es, precisamente, uno de los logros que más valora. Le enorgullece comprobar cómo su trabajo interpela a personas de cualquier edad. “Vi a una señora de 80 años pararse delante de una de mis cuadros y ponerse a llorar porque le recordaba a un cuento que le leía su padre cuando era pequeña… En ese momento pensé: ‘Lo he conseguido. He logrado lo que buscaba, que era emocionar y conectar con todos’”. Y eso define su personalidad. “Es una bipolaridad artística. Yo soy una paradoja continua. Siempre digo que no me entiendo, porque hay momentos en los que quiero ser un hada del bosque y vivir en el campo y, de repente, pienso: ‘Ay, pues me gustaría estar durante una temporada en Beverly Hills y ponerme bótox’. La mayoría de mis obras tienen siempre ese doble lenguaje”, señala la joven, cuyas piezas funcionan como auténticos alter egos.Todo esto soy yo, pero en distintas formas”, concluye.

La reina de las moscas, una de las pinturas de Lucía que refleja su particular fascinación por estos diminutos insectos alados, convertidos aquí en uno de los motivos centrales.

Personajes extraídos de territorios de fantasía, intensamente cromáticos, poblados por rostros andróginos de gesto contenido, casi enigmático, cuyas formas —irregulares, geométricas y a veces amorfas— dan lugar a figuras femeninas coronadas, peces sobre cabezas humanas o cuerpos humanos ensamblados con anatomías animales. Pero si hay un elemento que articula el conjunto es la presencia constante de moscas. Se despliegan por toda la galería —paredes, lámparas, muestrarios, marcos— y atraviesan también el fondo de muchas de sus piezas. En total, 700 diminutos insectos que conforman una suerte de paisaje simbólico, aunque nada en su trabajo es casual. “Las moscas tienen algo parecido al ave fénix. Suelen asociarse a lo macabro, a la muerte o la putrefacción, pero también contienen la idea opuesta: la renovación. Tienen ciclos de vida muy cortos, nacen y mueren constantemente, y eso, para mí, simboliza la capacidad de reinventarse una y otra vez. Están por todas partes porque forman parte de ese ciclo natural. Me interesa esa idea de que el cambio es la única constante”.

«Me considero una persona auténtica y fiel a lo que siento. No intento pretender nada, ni demostrar nada, ni complacer a nadie. Estoy simplemente existiendo, intentando no hacer daño y expresando algo que creo que puede ayudar. Volver a mirar el mundo de otra manera, sobre todo ahora, que todo parece tan oscuro y tan gris»

Y, sin embargo, Palito no siente que haya cambiado, sino que, en algún momento, se perdió por el camino. “Creo que cuando somos niños tenemos muy claro a qué estamos, y es a explorar el mundo. Con el tiempo, empezamos a cargarnos de peso, a decirnos cosas feas y nos perdemos. Puede que incluso no lleguemos a encontrarnos. En mi caso, siento que me he reencontrado con esa niña. No es que haya cambiado, sino que he vuelto a esa inocencia, a esa manera de disfrutar la vida. Ahora tengo una vitalidad que no tenía antes y que había perdido durante muchos años. También tengo unas ganas de crear que nunca había tenido”, afirma. Para continuar: “En este momento me considero una persona auténtica y fiel a lo que siento. No intento pretender nada, ni demostrar nada, ni complacer a nadie. Estoy simplemente existiendo, intentando no hacer daño y expresando algo que creo que puede ayudar. Volver a mirar el mundo de otra manera, sobre todo ahora, que todo parece tan oscuro y tan gris”.

En medio de ese escenario, Lucía incorpora también una dimensión solidaria a su práctica. Este verano pondrá rumbo a Nepal para participar en labores humanitarias junto a Dream Nepal, ONG  de la que es embajadora, una vocación que ya ha mostrado en anteriores ocasiones, como durante la catástrofe que asoló Valencia. Allí, además de ayudar en las tareas de limpieza, colaboró con Totenart, una tienda de manualidades de la zona, reutilizando los materiales dañados por las inundaciones en lugar de desecharlos. Esos restos, trabajados posteriormente, han acabado dando vida a algunas de las obras que hoy expone. De hecho, en varias piezas aún se perciben las huellas de aquel episodio, a través de restos de barro o marcas que indican hasta dónde llegó el agua. Su intención no fue borrar lo ocurrido, sino integrarlo como parte de su significado. De aquella experiencia nació una promesa: “En algún momento haré una exposición, y cuando venda esas obras, os daré una parte de los beneficios”. Una idea que ya está en marcha.

Palito Dominguín posa junto a Los peces saben mi nombre, en una fotografía tomada el pasado mes de abril en DDR Art Gallery.

“Con todo lo que hago  me gusta mantener siempre los pies en la tierra; me interesa, dentro de lo posible, poder ayudar en lo que pueda y que en mis exposiciones haya siempre algo que remita a una experiencia o a un significado más profundo”, musita la mujer que da vida a estas páginas. Esa intención se materializa de forma inmediata nada más entrar en el espacio expositivo, donde una de sus creaciones capta la atención del visitante desde el primer instante. Se trata de Moiras, una pieza realizada sobre antiguos trapos pertenecientes a su abuela, telas que utilizaba para limpiarse tras los masajes de aceite y que todavía conservan las huellas de su uso. A partir de ese material y durante años, ha desarrollado una composición mediante la técnica del patchwork, sobre el que ha cosido la figura de tres mujeres conectadas y atravesadas por un hilo rojo. Según cuenta: “Las Moiras son las parcas, las tres deidades que controlan el hilo de la vida, las que aparecen en la mitología griega y también en Hércules. Cuando cortan esa hebra, la vida termina. En mi caso, esas tres mujeres somos mi abuela, mi madre y yo. Las tres Lucías, pero va más allá. En realidad, representa el amor y la conexión inevitable que tengo con todas las mujeres de mi familia”. Toda una declaración de intenciones hacia quienes han marcado su existencia, quienes la despertaban con canciones de Maria Callas, la vieron crecer fascinada por David Bowie —de quien estaba enamorada—, o visionando una y otra vez Mary Poppins, su película favorita. Quienes, de una u otra forma, siguen presentes no solo en su vida, sino también en su arte. Es evidente que tiene a quien parecerse. 

Por MARCO DE PABLOS

En el número 36 de la calle Zurbano se alza un majestuoso palacete reconvertido en hotel: el Santo Mauro. Con una larga historia a sus espaldas, hoy es punto de encuentro de huéspedes de lo más variopinto y aún conserva rincones poco conocidos, como su restaurante La Biblioteca, confirmando que allí sí es oro todo lo que reluce.

“Soyez les bienvenus” (Sean bienvenidos). En francés, claro. Porque esa es exactamente la sensación que anticipa uno al detenerse frente a un edificio de semejante porte. La de estar, por un instante, lejos de aquí. Y la idea no resulta en absoluto descabellada. Basta observar su fachada para intuir la clara inspiración gala de la que bebió el arquitecto Juan Bautista Lázaro de Diego a finales del siglo XIX al diseñar el actual Hotel Santo Mauro. Lo que hoy es uno de los establecimientos más exclusivos de la capital fue, en otro tiempo, la casa palacio de Mariano Fernández de Henestrosa y Ortiz de Mioño, duque de Santo Mauro. Una residencia señorial cuya elegancia sigue evocando a ese inconfundible halo francés capaz de transportar a cualquiera a una época más cercana a la corte del Rey Sol. Una percepción que no hace más que intensificarse al cruzar sus puertas y adentrarse en su interior. Tan evidente resulta ese allure que hasta Caroline de Maigret, epítome de lo chic —o, lo que es lo mismo, una auténtica francesa de bien—, ha ejercido como embajadora del mismo en los últimos tiempos. 

Sin embargo, la historia del Santo Mauro también ha atravesado épocas muy distintas antes de convertirse en el exclusivo refugio que es actualmente. Durante la Guerra Civil, el palacio fue confiscado, aunque años después regresaría a manos de la familia. Más adelante, sus estancias abandonaron temporalmente el carácter residencial para convertirse en sede de distintas embajadas, entre ellas las de Rumanía, Canadá y Filipinas. No sería hasta 1989 cuando el edificio inició una nueva vida como hotel, una etapa que terminaría de consolidarse en 2011 con su incorporación a AC Hotels by Marriott, la cadena fundada por Antonio Catalán, bajo cuya gestión adquirió la personalidad que ahora nos recibe.

Su interiorismo lleva el inconfundible sello de Lorenzo Castillo, responsable de reinterpretar sus más de 45 habitaciones y suites; sus imponentes salones, con especial protagonismo de los conocidos como Rojo y Chino —no hace falta demasiada imaginación para entender el porqué de tales apelativos—; los espacios gastronómicos que articulan la propuesta culinaria del alojamiento; y su particular edén. Este último, rodeado de frondosa vegetación, alberga sofisticado mobiliario de forja con cojines de rayas en tonos azules, fuentes, un kiosco de bebidas y una imponente pérgola cubierta, flanqueada por faroles y cercada por arbustos, plantas e incluso palmeras, que actúa como terraza de La Biblioteca. Es precisamente en este oasis donde se ofrece, durante estos meses, el servicio en mesa del restaurante, y no en el interior del mismo. Un remanso de paz a escasos metros del Paseo de la Castellana, ideal para refugiarse de las altas temperaturas que azotan Madrid en estas fechas. 

Ubicado en el antiguo salón de lectura del duque, de ahí su nombre, La Biblioteca ofrece una experiencia ya consolidada como una de las más exclusivas de cuantas se disfrutan en la ciudad. Con la llegada de la nueva temporada, el espacio presenta una carta renovada que evoluciona al mismo ritmo que lo hace la vida, abrazando la frescura y la ligereza propias del producto en su mejor momento, especialmente oportunas para la estación que acompaña estos meses, aunque sin renunciar en ningún momento a la identidad y personalidad que lo definen. 

Ingredientes en su punto óptimo, elaboraciones más sutiles y una mayor presencia de verduras son los pilares que sostienen esta nueva etapa que cuenta con Rafa Peña como asesor y director del bistró. Una carta que mantiene intacta la esencia de la casa, en la que el caviar desempeña un papel protagonista. Cómo no. 

Caviar o nada

La carta arranca con una cuidada selección de aperitivos y platos para compartir donde el producto vuelve a ocupar el centro de todo. Desde las ostras bretonas —al natural o a la brasa—, hasta los delicados profiteroles de caviar, guiños inequívocos a la tradición culinaria francesa, o las croquetas de cecina de vaca y de gamba de Palamós, bocados que funcionan como una antesala precisa y calculada de lo que se entiende por un suculento banquete. 

Entre los entrantes destacan elaboraciones como la ensalada de tomates con salpicón de bogavante, la ensalada de judía verde braseada o el salmorejo. Mención aparte merecen los raviolis con parmesano y caviar, que en los últimos tiempos se han consolidado como uno de los platos estrella en muchos de los locales más en boga.

En el apartado de productos de lonja, destacan propuestas como el pez limón a la brasa con escabeche de verduras o el rape a la romana con caviar, mayonesa y ensalada. Platos de apariencia sencilla, pero que no te engañen. Todo un must en carta. Las carnes mantienen ese carácter atemporal con elaboraciones que dialogan con lo clásico desde una mirada actualizada. Entre ellas, el solomillo con mirepoix de verduras al estragón, las chuletas de cordero en milanesa o la suprema de pollo campero rellena a las finas hierbas con rebozuelos.

Finalmente, aquí se confirma aquello de que a nadie le amarga un dulce, porque incluso los más reticentes al postre acaban sucumbiendo a alguno de los que se proponen. Son pocos, pero más que suficientes. Imprescindible su torrija con helado de caramelo salado, de obligada repetición si de verdad se quiere disfrutar como merece. También destacan el soufflé de avellana con helado de naranja o las fresas con nata y merengue, junto a su palet d’or, un bombón de chocolate con origen en la ciudad francesa de Moulins, coronado, de forma tan sutil como ostentosa, con una hoja de oro.

A ello se suma una carta de vinos especialmente cuidada, pensada para acompañar cada pase, y una potente selección de champagne, con Laurent-Perrier como firma imprescindible. Porque, como en los fastuosos banquetes y bacanales de Luis XIV de Francia, donde el champagne empezaba a perfilarse como símbolo de celebración y refinamiento, no hay mejor final para un festín de tal magnitud. Bon appétit.

Por Jorge Fernández Peiró 

El verano es una estación extraña. Empieza mucho antes de empezar. Empieza cuando alguien propone una escapada que todavía no tiene fecha. Cuando vuelven los helados de siempre. Cuando descubres que a las nueve y media de la noche sigue habiendo luz y te parece que el mundo, de repente, tiene más tiempo. Y entonces aparece la música. Aunque casi nunca sea la que esperabas.

Cada una —y cada uno— tenemos un sitio favorito en el mundo. El mío es un faro en la costa norte de Menorca que se llama Cavalleria. Está en lo alto de un acantilado desde el que el Mediterráneo parece no tener fin. Si llegas temprano, cuando todavía no hay turistas, el silencio que hay es una mezcla de viento, espuma de mar y sal y todo suena a Vivaldi. Porque El verano de Las Cuatro Estaciones no habla de playas paradisíacas. Habla de esas tormentas inesperadas que llegan tras la calma. Del instante en que el aire deja de moverse y sabes que algo está a punto de pasar. El verano no siempre fue una postal. A veces también fue una promesa.

Pero antes de Menorca estaba Santa Pola. Los veranos con mis padres, mi hermano, los tíos y los primos. El mar a pie de calle, el olor a crema solar, la petanca, las horas que no eran como las del resto del año. Esos veranos tenían un ritmo propio que el cuerpo reconocía antes que la memoria. Sonaba Rick Astley, sonaban Los Rebeldes y su Mediterráneo, Mecano y hasta Ana Belén y Víctor Manuel. El verano en familia siempre fue una banda sonora en modo aleatorio aunque nadie la haya grabado.

Y luego llegó el FIB. El Festival Internacional de Benicàssim de los años en que el FIB era el centro del mundo. El de la tienda de campaña, la cerveza caliente y el calor tan brutal que no importaba. El universo donde colisionaban Blur y Oasis. Donde Brett Anderson, de Suede, se movía en el escenario como si fuera una pantera. El lugar exacto en el que Placebo, con Brian Molko al frente, se convirtió en mi salvavidas musical y el escenario donde la magia trajo la aparición estelar de Raimundo Amador en plena actuación de Björk, que es exactamente el tipo de momento que solo puede ocurrir en un festival cuando los dioses de la programación tienen un buen día. Y hablando de Un buen día, también estaban Los Planetas (y el día que Mendieta marcó un gol realmente increíble, esta vez con su guitarra), La Habitación Roja, Lori Meyers o Nosoträsh. El indie nacional de aquella época. Cuando escuchar esa música te hacía pertenecer a algo. A una forma de entender el mundo que te hacía sentir especial. El verano olía a esa música. Todavía lo hace.

Han pasado muchos veranos desde entonces. El Sonorama Ribera en Aranda, otros festivales, otras noches. Y cada año el verano necesita su propia música. Sus nombres propios. Los del presente. Este año uno de esos nombres es Ultraligera, que en cada festival está dejando ese rastro inconfundible de rock, sudor y expectación con temas como Lapsus o Matanza en el hotel. Otro nombre es Barry B, que acaba de presentar Silverado como adelanto de su nuevo disco que verá la luz en otoño. A nivel internacional el verano sonará a Fontaines D.C., que este agosto pasarán por Cádiz, Alicante y Pamplona en una gira que no es un festival sino algo más parecido a un acontecimiento. Hay grupos que hacen conciertos. Fontaines D.C. van a hacer recuerdos. Y luego está Bad Bunny. Porque hay veranos que pertenecen a canciones y otros que pertenecen a personas. Este parece pertenecerle a él. No es una cuestión de gustos. Es una cuestión de presencia. El verano de 2026 tiene dueño.

Pero el verano también sigue sonando a verbena. Por mucho algoritmo que exista, España sigue siendo un país que baila en plazas de pueblo con orquestas tocando mientras tres generaciones bailan la misma canción. De Raffaella Carrà. O de Georgie Dann. O de Sonia y Selena. Yo quiero bailar, toda la noche… Canciones que nadie elegiría voluntariamente en su casa, pero que forman parte de nuestra educación sentimental. Pura herencia musical.

Y luego está agosto a las tres de la madrugada. Las Perseidas. Una toalla en el suelo o una hamaca. El calor que por fin ha bajado lo suficiente. Una conversación que se alarga. Un silencio cómodo. A veces son la misma cosa. Mi compañero de vida se llama Shelly, su madre es una husky, aunque él no se parezca en absoluto, y se comunica conmigo como si fuera un niño. Ahora tiene seis años. Tenerlo tumbado, a mi lado, en lo alto de una montaña viendo estrellas, o en la playa con el sonido del mar al fondo, es lo mejor del verano. Ese instante suena a canción que no recuerdas de dónde viene pero que llevas dentro desde hace tiempo.

Quizá el verano de 2026 suene a Bad Bunny llenando estadios. Quizá suene a Fontaines D.C. recorriendo España. Quizá suene a Ultraligera o Barry B conquistando festivales. Quizá suene a Vivaldi trescientos años después. Quizá suene al FIB, a Sonorama o al indie que te hacía pertenecer a algo. O a las noches en Santa Pola. O al faro de Cavalleria en Menorca. O quizá suene a un viaje a Berlín o simplemente a esa conversación en una terraza cuando ya han recogido todas las mesas menos la vuestra. Porque el verano no solo se queda a vivir en las canciones. Se queda a vivir en los momentos. Y las canciones son la forma que tienen esos momentos de volver a encontrarnos cuando ya creíamos haberlos olvidado.

Oculto entre los recónditos parajes de la Cantabria infinita se halla el Palacio de la Helguera, una casona del siglo XVII que conserva el esplendor de la nobleza de otra época y que hoy juega a ser mucho más que un hotel boutique: también es un peculiar anticuario. Aquí, el check-out puede incluir un recuerdo mucho más especial que una fotografía.

Por MARCO DE PABLOS

En un pequeño pueblo de los valles pasiegos de Cantabria se alza un palacio del siglo XVII cuya puerta principal permanece siempre entreabierta. Cercado por verdes y frondosos paisajes resulta mágico encontrar una fortaleza de estas dimensiones entre prados y montañas. Basta cruzar ese umbral, apenas abierto unos 45 grados, para comprender que el verdadero viaje empieza al otro lado.

La historia abre sus puertas

Su imponente fachada principal, levantada en sillería cántabra con piedra extraídas de los montes aledaños y conservada intacta desde su construcción, flanqueada por naranjos centenarios y asentada sobre el primer gran espacio ajardinado del establecimiento —dentro de las aproximadamente nueve hectáreas que conforman su propiedad—, da la bienvenida al Palacio de la Helguera. Esta distinguida casa señorial mandada construir por el Conde de Santa Ana de las Torres, destacado miembro de la familia Ceballos, linaje noble y propietario original del edificio, es hoy un exclusivo hotel boutique de lujo, integrado en la prestigiosa colección Relais & Châteaux, que cuenta con spa y restaurante reconocido por la Guía Michelin.

Malales Martínez Canut ha sido la artífice de este singular viaje en el tiempo. Actual propietaria del palacio junto a su marido, ha liderado también el proyecto de interiorismo que, en colaboración con María Mas, ha dotado al establecimiento del carácter tan peculiar que lo define. Once habitaciones —bautizadas y decoradas en consonancia a los personajes históricos vinculados al complejo que las inspiran, desde el Conde de la Gomera o el Barón de Puerto Rico hasta el Duque de Wellington—, un imponente salón, recibidores, patios y restaurante conforman un escenario de marcado carácter rococó. Sobre este envolvente conjunto se despliega un personalísimo mobiliario seleccionado pieza a pieza, compuesto por auténticas objetos de época que, en su mayoría, también están a la venta para los huéspedes. Y es que el hotel funciona, al mismo tiempo, como un anticuario.

Fotografía ALBA GINÉR

Fotografía ALBA GINÉR

Esta casona, declarada Bien Protegido, se distribuye en tres plantas vertebradas por una majestuosa escalera de piedra que conserva su balaustrada original. Cada uno de sus rincones desprende historia. A lo largo del recorrido, las paredes se visten con cuadros enmarcados en dorado que representan personajes de inspiración medieval, envueltos en un sutil halo de fantasía. La moqueta que cubre los suelos esconde antiguas maderas de olmo y roble, mientras los techos artesonados completan la atmósfera.

Uno de los espacios más cautivadores se encuentra en la entreplanta: un amplio salón que parece sacada de una novela histórica. Tapices, tresillos, cómodas afrancesadas, una imponente mesa, estanterías repletas de libros y obras de arte repartidas por doquier convierten este rincón en una suerte de museo viviente. Presidiendo la estancia, una espectacular chimenea aporta durante los meses más fríos una calidez que invita a demorarse entre sus paredes.

Fotografía ALBA GINÉR

Vistas infinitas

En el exterior, el encanto no hace más que crecer. El verde se convierte en el auténtico protagonista gracias a unos jardines exquisitamente cuidados, auténticos vergeles salpicados de flores, con especial protagonismo para las hortensias, que durante la visita lucían en su máximo apogeo y abrazaban la propiedad con una explosión de color digna de una pintura de Monet. Al final del jardín aguarda el plato fuerte, una piscina infinita que se asoma a la Vega de Pas, creando un contraste hipnótico entre el intenso azul del agua y el infinito manto verde del paisaje. Resulta difícil apartar la mirada. A su alrededor, un cuidado mobiliario de jardín con todo lo necesario y más, mientras que, a escasos metros, una piscina climatizada permite disfrutar de las mismas vistas en cualquier época del año. La experiencia se completa con un área wellness perfectamente equipada, donde no falta ningún detalle. Los huéspedes disponen de toallas, albornoces y todas las comodidades necesarias para disfrutar de un circuito de bienestar con jacuzzi, hamman, baño turco y gimnasio, además de una carta de tratamientos personalizados.

Fotografía ALBA GINÉR

Fotografía ALBA GINÉR

Sabores con doble origen

Pero aún hay más. El hotel también alberga su propuesta gastronómica, el restaurante Trastámara, liderado por el chef Renzo Orbegoso Hinojosa, cuya cocina establece un interesante diálogo entre la tradición cántabra y la peruana. Este rincón foodie cuenta con diferentes espacios, tanto en el interior —decorado con la misma estética señorial y aires pompadour que impregnan todo el palacio— como en una terraza exterior, especialmente recomendable al caer la tarde. Aquí, la despensa manda. Verduras de huerta, pescados del Cantábrico, quesos pasiegos y productos de temporada son la base de su carta. Entre los imprescindibles destacan el steak tartar, el mosaico de langostino y gambón con gel de lima y encurtidos, los nigiris de causa limeña o un ceviche que refleja a la perfección esa fusión entre las dos culturas gastronómicas. En los platos principales brillan la lubina con salsa de champagne y, para los amantes de la carne, el solomillo a la pimienta con aroma de tomillo, puré de batata y verduras de temporada, además del laminado de vacuno acompañado de milhojas de patata y bouquet de ensalada. Mención aparte merece el vino recomendado, Mar de Fondo, una de las grandes referencias de la región, con un marcado carácter salino, propio de las bodegas de la zona situadas a ras del mar. Por supuesto, conviene reservar un hueco para el postre. La crème brûlée con milhojas de manzana es todo un must, mientras que la torrija de sobao pasiego se convierte en un delicioso homenaje a uno de los productos más emblemáticos de la comarca. Precisamente los sobaos vuelven a cobrar protagonismo en los generosos desayunos que se sirven en este mismo enclave. Panes artesanos, bollería local, lácteos que narran la profunda tradición ganadera de la comarca y quesadas recién horneados componen el festín matutino. Cuando el tiempo acompaña, desayunar en la terraza, con semejante telón de fondo, es una de esas pequeñas experiencias capaces de marcar el resto de la jornada. Aunque en un lugar así, resulta difícil que algo vaya mal.

Fotografía ALBA GINÉR

Fotografía ALBA GINÉR

Alrededor de toda la finca, existen rincones pensados para detenerse a leer, conversar o, simplemente, contemplar, una vez más, el paisaje. Si apetece explorar los alrededores, pueblos con tanto encanto como Santillana del Mar o Suances se encuentran a escasos kilómetros, mientras que Santander está a apenas media hora en coche. Incluso para quienes viajan sin vehículo, la estación de Torrelavega queda muy próxima. Pero lo cierto es que cuesta encontrar una razón para marcharse. Palacio de la Helguera reúne todo lo necesario para desconectar, convirtiéndose en uno de esos lugares donde el tiempo parece detenerse y donde la verdadera experiencia reside en disfrutar del privilegio de habitar un palacio.

La historia de Paula Echevarría y Pantene cumple 20 años. Desde que la actriz se convirtió en embajadora de la firma en 2006, ambas han construido una de las colaboraciones más duraderas y reconocibles del sector beauty en España, convirtiéndose en un ejemplo de continuidad, confianza y evolución.

Para conmemorar este aniversario, la firma de cuidado del cabello líder reunió el pasado 7 de julio en Madrid a medios, creadores de contenido e invitados en una velada que sirvió para celebrar esta longeva historia. Un encuentro donde la moda, la belleza y el diseño compartieron protagonismo, convirtiendo la presentación en una auténtica declaración de intenciones sobre el ADN de la marca.

Durante estas dos décadas, Paula ha acompañado la evolución de Pantene protagonizando algunos de sus lanzamientos más relevantes y convirtiéndose en el rostro de campañas que han marcado a distintas generaciones. Una relación poco habitual en la industria de la belleza, donde los cambios de imagen suelen ser constantes, y que hoy representa un ejemplo de coherencia y fidelidad entre marca y embajadora.

«Celebrar estos 20 años junto a Paula es celebrar una relación basada en la confianza, la autenticidad y el cariño. Ha sido mucho más que una embajadora: ha crecido con Pantene y ha representado como nadie lo que significa tener un auténtico Pelo Pantene», destacó Beatriz Novo, directora de Comunicación de la marca. Un sentimiento compartido por la propia actriz, que reconoció sentirse profundamente agradecida por haber formado parte de la evolución de Pantene durante estas dos décadas.

Para la ocasión, Echevarría apostó por un vestido firmado por Alicia Rueda, acompañado de joyas de Paulet y de la cabellera ya convertida en una de las señas de identidad de Pantene. Junto a ella estuvieron Violeta Mangriñán y Fabiana Sevillano, dos de los rostros más influyentes de la nueva generación en el universo digital y de la belleza y que, a golpe de melena, siguen los pasos de la homenajeada.

Love Edition: la colección que celebra el cabello sano también en verano

Más allá del simbolismo del aniversario, la cita sirvió para presentar la nueva Love Edition, una reinterpretación de la emblemática gama Repara & Protege con una imagen exclusiva inspirada en la obra de Robert Indiana. Una edición limitada que traslada el icónico mensaje de LOVE al universo del cuidado capilar.

La colección está formada por cuatro esenciales para la rutina de cuidado del cabello: el champú y el acondicionador Repara & Protege Miracle, la mascarilla Repara & Protege con queratina y el aceite Repara & Protege, todos ellos formulados con la tecnología Pro-V para ayudar a reparar el daño visible desde el interior, fortalecer la fibra capilar y devolver al cabello suavidad, brillo y movimiento.

Como complemento para la temporada estival, Pantene incorpora además Sunkiss Glow en formato mini de 75 ml, pensado para proteger el cabello frente al sol, el cloro y la sal mientras hidrata, desenreda y aporta un acabado luminoso. Un aliado perfecto para mantener el cabello sano durante las vacaciones sin renunciar a la practicidad.

En una industria donde las colaboraciones suelen tener fecha de caducidad, la historia entre Paula Echevarría y Pantene demuestra que la autenticidad también puede convertirse en un valor de marca. Veinte años después, ambas continúan compartiendo una misma visión del cuidado del cabello y una relación que ha trascendido la publicidad para convertirse en uno de los grandes iconos del universo beauty en España.

Fotografía OCTAVIAN CRACIUN

Durante la noche de ayer, lunes 6 de julio, FEARLESS dio el pistoletazo de salida al verano con la presentación de su esperado número estival. Madrid rozaba los 35 grados y hacía calor. Mucha calor. Pero ni las altas temperaturas pudieron frenar una velada indomable que reunió a las grandes protagonistas de esta edición.

Lola Lolita y Sofía Surfers fueron las grandes estrellas de la noche. Ambas llegaron hasta el Teatro Magno de Madrid para disfrutar de su renovada e icónica terraza Aura, convertida por unas horas en el escenario perfecto para celebrar el comienzo del verano. Lola fue la primera en aparecer, deslumbrando con un vestido amarillo; minutos después hacía su entrada Sofía, con el pelo recogido y un vestido midi palabra de honor de estampado animal print. Junto a ellas, una tercera «celebridad» acaparó más de una mirada: Cristiano, el gato que comparte protagonismo con ambas en el reportaje de portada. Y sí, mientras el felino conquistaba cámaras y caricias, su tocayo Cristiano también era protagonista al otro lado de la pantalla, disputando con Portugal un partido que quedará para la historia. Casualidades que solo una noche como esta podía regalar.

No faltaron los posados, los selfies, los vídeos para TikTok ni las fotografías con todos aquellos que se acercaban para saludarlas. Cercanas, relajadas y disfrutando del ambiente, Lola y Sofía demostraron por qué son dos de los rostros más influyentes del momento.

Junto a ellas se dieron cita más de un centenar de invitados entre creadores de contenido, rostros conocidos y personalidades de distintos ámbitos. Entre los asistentes destacaron la diputada Bea Fanjul o el juez Santiago Pedraz, que disfrutaron de una de las azoteas llamadas a convertirse en uno de los grandes puntos de encuentro del verano madrileño.

La propuesta gastronómica y líquida estuvo a la altura de la celebración. Juan Gil puso la nota vinícola con una selección de sus referencias más aplaudidas, entre ellas Shaya, su inconfundible verdejo, sin olvidar opciones para los amantes del tinto. La cerveza corrió a cargo de Estrella Damm, imprescindible (bien fría) en cualquier noche de calurosa, mientras que uno de los grandes éxitos fue, sin duda, el Pisco Sour elaborado con Pisco Huamaní y Pisco Sarcay, traídos directamente desde Perú.

La experiencia culinaria continuó con un exclusivo corner de ostras de The Raw Atelier, llevando un pedazo de mar hasta el corazón de la capital, además del buffet firmado por Negrini, un clásico ya en las grandes celebraciones de la cabecera, y el caviar del Tibet. El plato fuerte llegó entrada la noche con las ya míticas hamburguesas de Deleito, llegadas expresamente desde Barcelona y convertidas en uno de los grandes reclamos entre los asistentes. Tampoco faltaron las Chulapitas del catering homónimo, acompañadas de generosas fuentes de patatas fritas que hicieron todavía más llevadero un lunes…

Y, como no podía ser de otra manera, el fútbol también encontró su espacio. España se enfrentaba a su país vecino y la pantalla instalada en la terraza se convirtió durante buena parte de la noche en el auténtico epicentro de todas las conversaciones. Cada ocasión se vivió con intensidad y el gol marcado en el minuto 91 por Mikel Merino desataó la euforia entre los invitados. Tanto fue así que incluso Lola Lolita y Sofía Surfers cambiaron sus estilismos por la equipación oficial de la selección española, sumándose al ambiente festivo que se respiraba en cada rincón. La música puso el broche final a una noche para el recuerdo gracias a la intervención, ya bien entrada la noche, de nuestro colaborador Jorge Fernández, que debuta precisamente en este número con su nueva sección musical.

Así, FEARLESS despide la temporada mirando ya al otoño, pero con la certeza de haber inaugurado el verano de la mejor manera posible: con una noche inolvidable, vibrante y, sobre todo, indomable.

Cada verano hay quienes buscan grandes viajes y quienes prefieren descubrir destinos que lo tienen todo a pocas horas de casa. Cantabria pertenece a ese segundo grupo. En apenas unos kilómetros es posible pasar de una playa salvaje a un pueblo medieval, caminar entre bosques, visitar una cueva Patrimonio de la Humanidad y terminar el día compartiendo unas rabas frente al mar o tomando un vermut en una barra con décadas de historia.

Si todavía no has decidido dónde escaparte este verano, hay un itinerario que combina naturaleza, gastronomía y alojamientos con personalidad para conocer una de las regiones con más encanto del norte de España.

Dormir entre prados, a veinte minutos de Santander

Uno de esos lugares que invitan a bajar el ritmo se encuentra en Barcenaciones, un pequeño pueblo del valle de Reocín donde el tiempo parece transcurrir de otra manera. Allí, rodeado de prados y muy cerca de algunos de los principales atractivos turísticos de Cantabria, se encuentra La Tierruca Homes, un complejo formado por siete bungalows independientes construidos a partir de contenedores marítimos reciclados y transformados en alojamientos de diseño.

Las viviendas, de una o dos habitaciones, cuentan con jardín privado, barbacoa, cocina totalmente equipada y acceso a una piscina común de agua salada. Todo está pensado para disfrutar de unos días de desconexión sin renunciar a la comodidad. Su ubicación permite visitar fácilmente lugares como Santillana del Mar, Comillas, las playas de Oyambre o Luaña, la cueva de El Soplao, el Parque Natural Saja-Besaya o las Cuevas de Altamira, mientras que el propio entorno invita a caminar entre prados, recorrer senderos junto al río Saja o simplemente descansar lejos del bullicio de la costa.

Para familias, parejas o grupos de amigos, reservar el complejo completo se convierte además en una opción perfecta para celebrar encuentros privados, retiros o escapadas compartidas.

Santander, una ciudad que se disfruta desde sus barras

Después de una mañana de playa o de una excursión por el interior, Santander ofrece otra de sus grandes razones para visitarla: su cultura gastronómica. Más allá de los restaurantes, la capital cántabra sigue conservando una tradición muy arraigada de vermuts, cañas, terrazas y tapeo que convierte cualquier paseo por el centro en una ruta gastronómica improvisada.

En pleno Ensanche santanderino, tres establecimientos representan especialmente bien esa manera de entender el ocio.

Las Hijas de Florencio, el regreso de un clásico

La reapertura de Las Hijas de Florencio ha supuesto la recuperación de uno de los bares históricos de Santander. Situado junto al Paseo de Pereda, mantiene la esencia de las tabernas tradicionales con dos barras protagonistas, una amplia terraza frente al mar y una carta basada en los grandes clásicos del aperitivo: croquetas, tortillas, ensaladilla, embutidos, tostas o las ya conocidas lascas de parmesano.

Es uno de esos lugares donde resulta fácil alargar el vermut hasta la comida mientras se contempla la bahía.

Cortés, el bar donde siempre pasa algo

A pocos metros aparece Cortés, uno de los locales con más ambiente del centro de la ciudad. Su cocina permanece abierta durante buena parte del día, lo que permite pasar del aperitivo a una comida informal, continuar con una copa de vino o terminar compartiendo una cena. Su propuesta mezcla recetas tradicionales del Grupo Riojano con influencias mexicanas, donde conviven tacos de cochinita pibil, margaritas y mezcales con croquetas, ensaladilla o el ya popular bikini ibérico Cortés.

Su reconocimiento con un Solete Repsol confirma lo que muchos santanderinos ya sabían: es uno de esos bares a los que siempre apetece volver.

Vermutería Solórzano, una institución del aperitivo

Hablar de vermut en Santander es hablar de Vermutería Solórzano.

Con más de un centenar de referencias y un ambiente que conserva intacta la esencia de las vermuterías clásicas, este establecimiento continúa siendo uno de los grandes puntos de encuentro de la ciudad. Rabas, caracolillos, gildas o huevos rellenos acompañan una oferta donde el vermut sigue siendo el gran protagonista.

Su barra, marcada por décadas de historia, resume perfectamente esa costumbre tan santanderina de reunirse alrededor de un aperitivo antes de comer.

Mucho más que tres bares: una ruta gastronómica por Grupo Riojano

Detrás de estos establecimientos se encuentra Grupo Riojano, que durante los últimos años ha ido recuperando algunos de los espacios más emblemáticos de la hostelería cántabra al mismo tiempo que desarrollaba nuevos conceptos gastronómicos. Quienes dispongan de varios días pueden ampliar la ruta con algunas de sus direcciones más conocidas.

La histórica Bodega del Riojano sigue siendo uno de los grandes templos de la cocina tradicional de Santander; Kandela apuesta por la cocina de brasas y el producto; el Balneario de la Magdalena ofrece una de las terrazas con mejores vistas de la bahía para disfrutar de arroces y pescado; mientras que el Café Centro Botín resulta perfecto para hacer una pausa después de visitar uno de los grandes referentes culturales de la ciudad.

Fuera de Santander, la propuesta continúa con Bar Pepe, en Somo, una parada imprescindible tras un día de playa; Pan de Cuco, en Suesa, donde la cocina cántabra contemporánea encuentra uno de sus mejores exponentes; Primera Vaca, ideal para compartir pizzas artesanas y cocina de producto en un entorno rural; o La Carnaza, para quienes prefieran una buena hamburguesa con personalidad.

Una escapada que combina costa, naturaleza y gastronomía

Una de las grandes ventajas de Cantabria es que no obliga a elegir. Es posible dormir rodeado de naturaleza, desayunar viendo prados, pasar la mañana en una playa del Cantábrico, recorrer pueblos como Santillana del Mar o Comillas y terminar el día compartiendo unas tapas frente al mar en pleno centro de Santander. Ese equilibrio entre paisaje, patrimonio, tranquilidad y gastronomía es precisamente lo que convierte a la región en uno de los destinos más completos para quienes todavía buscan una escapada de verano. Y es que no hace falta recorrer miles de kilómetros para descubrir un lugar al que siempre apetece volver.

Por KATY MIKHAILOVA
Fotografía MARIO SIERRA
Estilismo BEATRIZ MORENO DE LA COVA

Acumulan millones de seguidores y se han convertido en el referente de cientos de adolescentes, pero hubo un tiempo en el que LOLA LOLITA y SOFÍA SURFERS, como se han hecho llamar artísticamente en sus perfiles en redes sociales, eran como esos jóvenes a los que hoy inspiran. Y, en buena medida, lo siguen siendo, porque pese a su gran proyección mediática, apenas superan la veintena. Sin embargo, ambas tienen las ideas claras y una ambición notable que las ha llevado a ocupar el lugar que hoy ostentan, sin dejar que nadie les dé gato por liebre.

Los gatos sobreviven a las caídas de maneras misteriosas. Siempre aterrizan. Quizá por eso existe aquello de las siete vidas. Porque hay criaturas que, incluso cuando todo se rompe, encuentran la manera de recolocarse sin hacer demasiado ruido.

Lola (24) y Sofía Moreno (22), más conocidas como Lola Lolita y Sofía Surfers, tienen algo profundamente felino. No solo porque vivan rodeadas de gatos —seis en el caso de una, tres en el de la otra, respectivamente— y también de algún perro, como Brownie, el can de pelaje marrón chocolate que aparece en estas páginas, sino por esa mezcla singular de sensibilidad e independencia, de ternura y distancia, de exposición y refugio.

No empezaron siendo un personaje. Empezaron siendo dos hermanas, con sol y playa del Mediterráneo, con gatos adoptados y con esa manera de crecer sin darse demasiada cuenta de que el talento bien gestionado te ayuda a brillar.  Y después vino el ruido. Las pantallas. Los millones (entre las dos suman más de seis millones de seguidores en Instagram, y más de quince en Tik Tok). 

Y, sin embargo, no se rompió lo importante. Porque Lola es impulso, movimiento y esa energía que no se explica pero que se ejecuta. Tiene algo de vértigo bonito, de quien construye mientras corre. Sofía, en cambio, observa, absorbe, se mueve hacia dentro incluso cuando viaja lejos. Si una acelera, la otra ordena. Si una expone, la otra matiza.

Han aprendido a convivir con la mirada constante sin convertirse del todo en lo que se espera de ellas. Entendieron antes que muchos que la exposición no sustituye a la identidad. Que el algoritmo no puede ser un hogar. Hablan de la familia como quien habla de raíces; de los animales, como quien habla de verdad; del éxito, como quien sabe que pesa. No hay épica en su historia. Hay continuidad. Y quizá por eso funcionan. Porque, mientras otros se reinventan constantemente para no desaparecer, ellas han optado por algo más difícil, reconocerse en cada versión. Siete vidas, al final, no es empezar de nuevo. Es no dejar de ser quien eres, aunque todo cambie.

En la imagen de portada de este artículo, Sofía luce top y falda en blanco perla, de DE LA CIERVA Y NICOLÁS; y pendientes de oro blanco y brillantes, de DINH VAN. Lola lleva vestido de organza líquida, también de DE LA CIERVA Y NICOLÁS. Sobre estas líneas, vestido bordado con pedrería y cristales, de RUBÉN HERNÁNDEZ COSTURA; y plataformas de piel efecto metálico, de AQUAZZURA.

Ahora viajemos en el tiempo. Primavera de 2026, con la inspiración ubicada en esta, nuestra edición de verano. Hotel Santo Mauro. Madrid. Una de esas tardes de abril en las que el sol promete y la lluvia traiciona. Los jardines húmedos, las piedras oscurecidas, el verde más verde que nunca. Dentro, terciopelos, maderas nobles, una luz baja que parece pensada para que todo suceda un poco más despacio.

El Santo Mauro no es exactamente un hotel. Es más bien una casa donde alguien ha decidido que el tiempo no corra. Un lugar donde todo, desde las telas de Gastón y Daniela, los silencios, hasta la forma en la que cae la luz, tiene algo de escenografía emocional.

Ahí aparecen ellas. Lola ríe. Sofía sonríe. Se mueven con naturalidad entre los estilismos pensados por Bea M. de la Cova, los focos de Mario Sierra y mis gatos, como si todo formara parte de una misma escena cotidiana. Marco dirige. Y ellas bailan entre toma y toma, se miran con esa complicidad automática de las hermanas que no necesitan explicarse demasiado. Son espontáneas, sencillas, jóvenes y, sin embargo, llevan más vida vivida de la que corresponde a su edad digital.

Ambas llevan vestidos drapeados de licra, de DANIELA LINARES; Sofía, con brazalete y anillos de oro blanco y brillantes; y Lola, con brazalete de oro amarillo, todo de DINH VAN.

Siempre han sido equipo, cuentan casi restándole importancia. “Con nuestras diferencias, pero siempre hemos estado la una para la otra”. No hay épica en la frase. Hay estructura.

La familia aparece pronto. Como refugio, pero también como límite. Como ese lugar que sostiene cuando todo alrededor se amplifica. “Nuestra madre muchas veces es quien nos pone límites, y eso también es cuidarnos”.

Entre frase y frase, se prueban un vestido, se levantan, vuelven, alguien ajusta una luz. Todo fluye. No hay rigidez. Cuando se les pregunta por ese momento en el que la vida deja de ser normal, no hay un punto exacto. No hay una escena fundacional. Más bien una transición lenta, casi imperceptible, desde el instituto hasta esa sensación difusa de empezar a ser observadas. Y, sin embargo, lo verdaderamente interesante es lo que no cambia: “Si mañana desaparecieran las redes, seguiríamos siendo nosotras”. Lo dicen sin énfasis. Como quien no necesita convencer a nadie. Y ahí hay algo profundamente contemporáneo. Y es que en un mundo donde muchos dependen del escaparate para existir, ellas parecen tener claro que la identidad no se negocia con el algoritmo.

“Con nuestras diferencias, pero siempre hemos estado la una para la otra”

Lola habla de casa, de sus animales, de proyectos que construye casi desde dentro. Sofía, en cambio, se inclina hacia fuera. Viajar, moverse, absorber lo que pasa. Dos maneras distintas de estar en el mundo, sostenidas por una misma raíz. “Los animales representan amor puro, hogar, paz”, explican. Y quizá por eso todo encaja. Porque mientras fuera todo se acelera, dentro de ese universo hay algo que sigue funcionando con otra lógica. Más lenta. Más esencial.

Bolero de plumas, de GOROF; top de punto con escote bardot, de TRUCCO; pantalón corto de seda, de MARIO SALAFRANCA; y tacones de piel estampada, de MAGRIT.

El éxito aparece, inevitablemente, pero no como destino, sino como consecuencia. Les ha dado libertad, dicen, pero también una responsabilidad enorme. Porque cuando millones de personas te miran, cada gesto pesa un poco más. “Perder lo que hemos construido da vértigo. Pero también sabemos que, con o sin redes, encontraríamos nuestro camino”, confiesan a esta cabecera.

Entre toma y toma, Cristiano (que no entiende de entrevistas ni de narrativa) irrumpe como un pequeño caos con forma de gato. Cibeles observa desde la distancia, elegante, diplomática. El contraste es perfecto. Y hay algo ahí. Porque, como ellos, Lola y Sofía conservan ese punto indomable. Esa parte que no termina de pertenecer del todo al lugar donde está.

Lola lleva vestido de flecos con abalorios dorados, de WOMANZE, y sus propias joyas.

La conversación se vuelve ligeramente más afilada cuando aparece la exposición. No desde el drama, sino desde la lucidez. “Estar muy expuesta no significa sentirse acompañada”. Silencio breve. Nadie subraya la frase. Pero se queda. Han aprendido a filtrar, a distinguir entre crítica y ruido, a no quedarse demasiado tiempo en lo que no construye. Y, sobre todo, a proteger. “Con los años hemos aprendido que hay cosas que es mejor no enseñar”, dicen. No es censura. Es criterio.

“Estar muy expuesta no significa sentirse acompañada”

En un entorno que empuja constantemente a mostrarse más, a decir más, a ser más, ellas han entendido que parte del equilibrio está precisamente en lo contrario. En reservar. En mantener un espacio propio al que nadie más tiene acceso.

Cuando hablan de su faceta empresarial, el tono cambia apenas un matiz. Más concentración, más precisión. Son conscientes de que, detrás de la aparente naturalidad hay estructura, equipo, decisiones: “Sostener lo construido requiere equilibrio. Mucha cabeza y capacidad de adaptarse”. Y ahí, quizá, está la clave de todo. Porque crecer puede ser casi accidental, pero sostener implica intención. Implica carácter.

Las hermanas lucen vestidos de crepé con cuerpo corsetero y falda drapeada, de VICTORIA COLECCIÓN. Las acompaña Brownie, el perro de Lola, presente durante la sesión.

Fuera sigue lloviendo. Dentro, el Hotel Santo Mauro continúa funcionando como un pequeño paréntesis en el tiempo. Alguien recoge un foco, alguien comenta la última toma, alguien cruza el salón con prisa. Mi nariz termina sangrando en un gesto casi anecdótico por un zarpazo propiciado por Cristiano. ¡Qué esperar de un gato madridista! La pasión también es cosa de las fieras. Ellas siguen riendo. Cristina Santaolalla, representante de ambas, bromea con un “ya que duele, grábalo”.

“Nunca hemos querido interpretar un personaje”. Lo dicen al final, casi como una nota al margen. Y, sin embargo, es probablemente la frase que sostiene todo lo demás.

Siete vidas, al final, quizá no tengan que ver con resistirlo todo, sino con saber quién eres —y no olvidarlo— cuando todo el mundo parece querer escribir tu papel por ti.

Chaqueta y pantalón de flecos, ambos de cuero, de ELISABETTA FRANCHI; tacones de charol, de MAGRIT; y pendientes de oro blanco con brillantes, de DINH VAN.

Maquillaje y peluquería CRISTO RODRÍGUEZ para Guerlain, en el caso de Lola, y KÉRASTASE para ambas, respectivamente
Producción MARCO DE PABLOS
Asistente de fotografía SERGIO MARTÍN
Asistente de estilismo DIEGO SERNA
Agradecimientos HOTEL SANTO MAURO

La influencia ya no se mide únicamente en cifras, aunque ellas acumulen millones. Se mide en la capacidad de generar conversación, de marcar tendencias y de conectar con una generación que consume contenido a la velocidad del vértigo. Lola Lolita y Sofía Surfers lo saben bien. Convertidas en dos de las personalidades digitales más relevantes del país, han hecho de la autenticidad su principal activo y de las redes sociales una plataforma desde la que construir algo mucho más grande que una comunidad.

FEARLESS las reúne este verano en el Hotel Santo Mauro de Madrid para retratar un momento clave de sus trayectorias. Jóvenes, ambiciosas y plenamente conscientes del lugar que ocupan, representan una nueva forma de entender la notoriedad: más cercana, más espontánea y, al mismo tiempo, extraordinariamente influyente.

Entre risas, confidencias y la compañía de Brownie, Cibeles y Cristiano, el inseparable perro de Lola y los gatos de la editora de esta cabecera, respectivamente, habla sobre la familia, el éxito, la exposición pública y los proyectos que están por venir. “Con nuestras diferencias, pero siempre hemos estado la una para la otra”, afirman. Una frase que resume el vínculo que las une y que explica, en parte, cómo han llegado hasta aquí.

Además, ambas son férreas defensoras de los derechos de los animales —una causa que apoyan activamente y visibilizan de forma habitual en sus plataformas—, y coinciden en una misma idea: «Los animales representan amor puro, hogar y paz». En este número queda reflejado. Son indomables.

Una mañana de lujo

Relojes y joyas capturan los primeros rayos de sol, ofreciendo un sinfín de propuestas con las que adornar la piel. Cada pieza traduce la elegancia del amanecer en forma de objeto, en una de las estaciones del año en las que más brillan.

Lázaro Rosa-Violán e Isabel Coixet a la caza del mamut

Uno ha revolucionado la forma en que entendemos los espacios; la otra ha transformado la manera de contar historias. Lázaro Rosa-Violán e Isabel Coixet son dos de los grandes creadores españoles de las últimas décadas. Proceden de disciplinas aparentemente alejadas y, sin embargo, comparten mucho más que años de amistad. Ahora también un posible nuevo proyecto cinematográfico con un sorprendente protagonista: un mamut de nombre Alvarito.

Sara Zaldívar, al servicio del arte

Por amor al arte, literalmente. Así ha construido su recorrido Sara Zaldívar, una de las mecenas y coleccionistas más destacadas de España. Hace tres años, junto a Alejandra Arias, decidió apostar por la cerámica con CerARTmic, reivindicando el poder del barro. Para demostrarlo, reúne a su particular pandilla, engalanada con metales preciosos, en una aleación tan inesperada como fascinante.

Aprende a decir NŌ (architects)

En el trabajo de NŌ architects hay algo que se resiste a ser explicado de forma directa. Sus espacios no buscan imponerse, sino revelarse lentamente, como si siempre hubieran estado allí. Entre el paisaje, la luz y el vacío, su arquitectura se construye desde una idea de esencialidad que remite más a lo ritual que a lo formal.

Agathizar la arquitectura

Precursora de un fenómeno propio, el de la “agathización”, la relación de Ágatha Ruiz de la Prada con la arquitectura se remonta a siglos atrás y ha acabado convirtiéndose en una de sus grandes pasiones. En estas páginas, convive con algunos de los principales referentes de la disciplina en España, en un encuentro impulsado por ECOcero, y deja entrever que aún arrastra una cuenta pendiente.

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La cantera de la arquitectura y el interiorismo se reúne en Neolith llevando algo más que la casa a cuestas, su propio estudio. El resultado son estos bodegones tan personales que recuerdan que, aunque el resultado sea lo visible, lo verdaderamente decisivo siempre ocurre en el interior. 

Duchamp 2.0

El arte sigue explorando los límites entre lo cotidiano y lo estético, desplazando objetos funcionales hacia nuevos territorios de significado. En ese contexto, “Tienes una flor”, impulsada por Geberit, convierte el inodoro en un punto de partida para el diseño, reuniendo a veinte de los estudios más destacados del panorama actual.

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Palito Dominguín ha crecido marcada por un instinto artístico poco común, propio de una de las estirpes más importantes del panorama cultural nacional. Aún así, no siempre lo ha tenido fácil. Abrirse paso en el mundo del arte más allá de su apellido también ha sido parte del recorrido. Ahora debuta con su primera exposición, un punto de partida que confirma que su trayectoria no es solo herencia, aunque lo lleve en la sangre.

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Pocas instituciones pueden presumir de haber atravesado casi nueve siglos de historia sin renunciar a su esencia. La Orden de Malta, heredera de una tradición que hunde sus raíces en la Jerusalén medieval, sigue siendo hoy una referencia internacional en los ámbitos de la asistencia, la acción humanitaria y el compromiso cristiano. Al frente de su Asamblea Española se encuentra Aline Finat y Riva, condesa de Villaflor, primera mujer en ocupar la presidencia de la institución en nuestro país. Charlamos con ella acerca la realidad de una organización tan fascinante como desconocida para el gran público, donde la vocación de servicio continúa siendo, nueve siglos después, la principal razón de ser.

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Todo estaba a favor. Todo menos el tiempo, que decidió colarse como invitado sorpresa en la V edición de los Premios Mujer Fearless, celebrados en el Teatro Magno. Aun así, y como ya es tradición, una veintena de mujeres —y algún que otro hombre— fueron reconocidos por hacer exactamente lo que mejor saben, cada cual en su terreno, abriendo no solo paraguas, sino también camino a las generaciones futuras.

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Federico Jiménez Losantos es uno de los comunicadores más reconocibles —y también más polémicos— del panorama radiofónico español. Voz inconfundible de la radio desde hace décadas, ha convertido la opinión en un género propio y el debate en un estilo de vida. Periodista, escritor y tertuliano, su figura ha atravesado medios, etapas ideológicas y momentos distintos de la vida pública y cultural española sin perder nunca el humor que le caracteriza.

Ya estuvo en FEARLESS hace casi dos años, cuando protagonizó una de nuestras portadas más icónicas, rodeado por quienes cada mañana le acompañan en la Crónica Rosa. Hoy vuelve a esta cabecera no para explicarse ni para justificarse, sino para responder. También para que le conozcamos aún mejor. No necesita biografía ni presentación, solo una pregunta tras otra. Y alguien que escuche.