El turismo del vino vive uno de sus mejores momentos. Frente a las vacaciones masificadas y los destinos convencionales, cada vez son más los viajeros que buscan experiencias capaces de conectar gastronomía, naturaleza y cultura en un mismo viaje. En ese escenario, la Ribera del Duero se consolida como uno de los grandes referentes del turismo de interior en España, especialmente cuando el verano da paso a los primeros días de la vendimia y el paisaje vitícola alcanza uno de sus momentos de mayor belleza.

Con esa filosofía, Bodegas Cepa 21 ha diseñado una programación especial desde finales de agosto hasta principios de octubre que invita a descubrir el territorio desde una perspectiva mucho más inmersiva. Lejos de limitarse a las tradicionales visitas a bodega, la firma presidida por José Moro propone tres experiencias que permiten al visitante recorrer los viñedos, comprender el origen de cada vino y participar activamente en algunas de las labores que dan forma a una de las denominaciones de origen más prestigiosas del mundo.

La iniciativa responde a una tendencia cada vez más consolidada dentro del sector turístico: el viajero ya no busca únicamente degustar un vino, sino entender todo aquello que sucede antes de que llegue a la copa. El paisaje, la sostenibilidad, las personas y las tradiciones se convierten así en parte esencial de una experiencia que trasciende la simple cata para convertirse en un auténtico viaje sensorial.

Un picnic entre viñedos para descubrir el lado más relajado de la Ribera del Duero

Entre las propuestas más atractivas de la programación destaca el exclusivo Picnic entre Viñas, una experiencia pensada para disfrutar del paisaje en uno de los momentos más especiales del año, cuando los viñedos comienzan a prepararse para la vendimia.

La actividad arranca con una copa de Hito Rosado como bienvenida y continúa con un recorrido guiado por los viñedos y las instalaciones de la bodega, donde los visitantes descubren el proceso de elaboración que da vida a los vinos de Cepa 21. La experiencia culmina al aire libre con una cata de Cepa 21 y Malabrigo acompañada por un picnic elaborado con productos locales, una propuesta que invita a detener el tiempo y contemplar el paisaje desde el corazón mismo del viñedo.

Más que una visita, se trata de una forma diferente de acercarse al territorio, disfrutando del silencio, la gastronomía y el entorno natural que han convertido a la Ribera del Duero en uno de los grandes destinos enoturísticos del país.

Conocer el vino empieza por entender la tierra

Para quienes desean profundizar en el trabajo que se desarrolla en el viñedo, Cepa 21 propone una experiencia centrada en la viticultura regenerativa, una práctica que gana cada vez más protagonismo dentro del sector vitivinícola por su apuesta por la salud del suelo y el equilibrio del ecosistema.

El recorrido permite conocer de primera mano cómo la bodega aplica este modelo de cultivo para elaborar vinos capaces de expresar con fidelidad la identidad de cada parcela. Tras la visita, los participantes disfrutan de una cata comentada de cinco de las referencias más representativas de la casa —Hito Rosado, Hito, Cepa 21, Malabrigo y Horcajo— acompañadas por una cuidada selección de productos gourmet diseñada para potenciar los matices de cada vino.

La propuesta convierte la degustación en una experiencia de aprendizaje, donde cada copa ayuda a comprender la estrecha relación entre el viñedo, el clima, la tierra y el resultado final que llega al consumidor.

La vendimia deja de ser un espectáculo para convertirse en una experiencia

La programación culmina con una de las actividades más esperadas por quienes visitan la Ribera del Duero en esta época del año: el Taller de Vendimia. Una propuesta que invita a abandonar el papel de espectador para convertirse, aunque solo sea por unas horas, en bodeguero.

Los participantes tendrán la oportunidad de recoger la uva de forma manual, aprender los criterios con los que se seleccionan los mejores racimos y recuperar uno de los rituales más tradicionales del mundo del vino: el pisado artesanal de la uva, una práctica que conecta con siglos de historia vitivinícola y permite comprender el valor que hay detrás de cada cosecha.

La jornada concluye con una cata de Hito y Cepa 21 acompañada por productos locales, poniendo el broche final a una experiencia diseñada para acercar al visitante al verdadero origen del vino. Además, la actividad está adaptada para familias, permitiendo que también los más pequeños participen en diferentes propuestas pensadas para su edad y descubran de forma lúdica la cultura vitivinícola.

Mucho más que visitar una bodega

Con esta nueva programación, Cepa 21 reafirma una visión del enoturismo basada en la autenticidad y la conexión con el territorio. La bodega entiende que el vino no comienza en la copa, sino mucho antes, en el paisaje, en el trabajo diario de quienes cuidan el viñedo y en una cultura transmitida durante generaciones.

Las tres experiencias reflejan esa manera de entender la Ribera del Duero: como un lugar donde naturaleza, gastronomía, sostenibilidad y tradición conviven para ofrecer al visitante una vivencia difícil de replicar en otros destinos.

En un momento en el que el turismo busca propuestas cada vez más personalizadas y memorables, Cepa 21 demuestra que el verdadero lujo no siempre reside en la exclusividad, sino en la posibilidad de vivir experiencias auténticas, comprender el origen de las cosas y regresar a casa con una historia que contar, además de una botella de vino.

Por MIGUEL SANZ

A veces el verano se vende como ese tiempo idílico en el que por fin vamos a leer todo lo pendiente. Luego llegan los días largos, el calor y la extraña capacidad de no avanzar más de dos páginas sin distraerse. Esta selección de títulos no viene a resolver ese pequeño engaño estacional, pero sí a acompañarlo con cierta dignidad o al menos con la intención firme de hacerlo.

Sara Barquinero nos ha brindado una de las mejores novelas de esta primera mitad del año, La chica más lista que conozco (Lumen). En ella se adentra en el campus universitario para diseccionarlo desde varios ángulos: las relaciones de amistad, afectivo-sexuales, de rivalidad o de envidia entre compañeros, así como las relaciones que se establecen entre profesores y alumnos. Con una mirada filosófica y analítica, sin caer en pretensiones excesivamente intelectualoides, construye una trama amena y verídica que puede considerarse un reflejo de nuestra época.   

Manuel Vilas escribe con la sinceridad y la crudeza a las que nos tiene acostumbrados sobre su reciente divorcio en Islandia (Destino). Al hilo de este, teje una serie de reflexiones sobre el amor, los afectos, la soledad o la convivencia, con las que muchos lectores pueden sentirse identificados.  

Daniel Ramírez logra engancharnos desde la primera página con Los días que no existieron (Espasa), poniéndonos en la piel de la aguerrida y atribulada Julia. Una de las grandes cualidades de la novela es mostrar brillantemente el complejo, conflictivo y plagado de incertidumbre funcionamiento de un periódico en la actualidad. Sin, por supuesto, dejar de interpelarnos sobre cómo habríamos actuado si nos hubiésemos visto envueltos en encrucijadas tan dramáticas como las que se narran a medida que la protagonista avanza en sus investigaciones. 

Rigurosamente documentada desde el punto de vista histórico y magníficamente escrita, conviene destacar la última novela de María José Rubio, La Marquesa y Bonaparte (Planeta). Una trama de alta política, con dosis de intriga y espionaje suficientes para mantenerte en alerta y que, además, nos introduce magistralmente en el mundo del arte y del coleccionismo de principios del siglo XIX. 

Fermina Cañaveras homenajea a varias mujeres que anhelan un amor correspondido y el cese de los enfrentamientos y de la violencia en La sonrisa rota (Espasa), que arranca meses antes del estallido de la Guerra civil española. El tomo nos traslada del barrio de Salamanca de Madrid al balneario manchego de El Milano, donde varios jerifaltes nazis se alojan con identidades falsas y planes truculentos. 

En su volumen de cuentos En el camping (Anagrama), la veterana autora Soledad Puértolas indaga, como es habitual en su obra, en los aspectos de la realidad que nos pasan desapercibidos, así como en los detalles chocantes de nuestra existencia y de nuestra relación con los demás.

Por otro lado, Alejandro Gándara nos acerca a veintidós textos de la Antigüedad seleccionados con el objetivo de concienciarnos sobre la necesidad de afrontar la vida sin miedos ni pesadumbre y de abrirnos paso con valentía y coraje en Los textos robados a la felicidad (Galaxia Gutenberg). Merecedor del Premio de Ensayo Eugenio Trías.

Cualquier persona mínimamente interesada en la edición literaria debería asomarse a El arte de rechazar manuscritos (Debate), de Constantino Bértolo. Los factores que impulsan a alguien a decantarse por juntar palabras, la tensión entre la vertiente literaria y la comercial, los egos editoriales o la cantidad de propuestas que se rechazan por cada obra que una editorial decide publicar son algunos de los ingredientes de este ensayo, plagado de datos y fruto de una larga trayectoria en el sector. 

Las memorias de un nieto confuso (Navona), de Máximo Pradera, no tiene desperdicio. En su caso, y como nos hace notar a cada paso, sus apellidos y sus antepasados pesan demasiado a la hora de explicar quién es, a qué se ha dedicado y cómo ha actuado. El capítulo dedicado a detallar la creación de Alianza por parte de su padre, Javier Pradera, así como la evolución posterior de la importante editorial, es de lo más relevante del libro. 

Adriana Herreros nos invita a entregarnos al placer de pasear por la ciudad sin pretensiones de ningún tipo y sin necesidad de buscar un afán o motivo para hacerlo en Andar por andar (Debate). El caminar como fuente de inspiración literaria o personal y la filosofía del paseo en varios autores son algunos de los temas que vertebran esta pequeña joya ensayística.

Los aficionados al mundo del arte disfrutarán con Ladrones de arte (Ariel), que se lee como un thriller, pero está basado en hechos reales. Ana Trigo nos sumerge en expolios, falsificaciones y misteriosas desapariciones de célebres obras de gran valor a lo largo de la historia. Ideal para pasar horas entre museos, palacios y cámaras acorazadas.

Finalmente, Pequeña historia de la Antigua Roma (Espasa) es una deliciosa recreación sintetizada, pero no exenta de solvencia y máximo rigor, que nos regala el latinista y divulgador del mundo clásico Emilio del Río, configurando junto al resto de títulos una selección variada y estimulante para un verano literario, en el que conviven novela, ensayo, memoria y divulgación con propuestas que invitan tanto a la reflexión como al disfrute.

El resort alcanza un hito decisivo en su desarrollo, imaginando un nuevo concepto de vivir, disfrutar y desconectar en plena naturaleza con una propuesta única que combina playa, lago navegable, bienestar, deporte y alta gastronomía

La Costa del Sol suma un nuevo icono del lujo experiencial. Real de La Quinta ha inaugurado oficialmente El Lago Club, un espacio concebido para transformar la forma de entender el ocio residencial y convertir el tiempo libre en una experiencia integral. La apertura no solo supone uno de los mayores hitos desde el nacimiento del proyecto, sino que sitúa al complejo como el resort con la oferta de ocio más completa de toda la Costa del Sol, consolidando un modelo que trasciende el desarrollo inmobiliario tradicional para convertirse en un auténtico destino de vida.

Ubicado entre Marbella y Benahavís, en un privilegiado enclave natural rodeado por las montañas de la Sierra de las Nieves, Reserva de la Biosfera por la UNESCO, Real de La Quinta ha alcanzado ya aproximadamente el 50 % de su desarrollo. Más de 400 viviendas construidas y una ambiciosa planificación a largo plazo convierten al complejo en uno de los proyectos urbanísticos más singulares de Andalucía, donde la sostenibilidad, la baja densidad constructiva y la integración con el paisaje forman parte del ADN del resort.

La apertura de El Lago Club representa la materialización de esa filosofía. No se trata únicamente de incorporar nuevos servicios, sino de dar forma a un espacio donde deporte, bienestar, gastronomía, naturaleza y vida social conviven de manera orgánica para ofrecer una experiencia que hasta ahora no existía en el litoral malagueño.

Un lago navegable con playa en plena montaña, el gran protagonista del proyecto

El corazón de este nuevo espacio gira alrededor de un espectacular lago navegable de más de 35.000 metros cuadrados y más de 400 metros de longitud, una infraestructura que se convierte en el gran símbolo de Real de La Quinta y en uno de los elementos más diferenciadores del complejo.

Lejos de limitarse a una función paisajística, el lago ha sido diseñado como un auténtico centro de actividad. Sus orillas albergan una playa equipada para el baño, un embarcadero y una completa oferta de deportes acuáticos que incluye kayak, paddle surf y bicicletas de agua. Todo ello en un entorno de montaña que rompe con los esquemas tradicionales del ocio asociado exclusivamente al litoral y propone una nueva forma de disfrutar del agua durante todo el año.

La experiencia se completa con un campo de golf de seis hoyos, pistas de tenis y pádel, recorridos para caminar o correr, amplias zonas infantiles y espacios concebidos para fomentar la convivencia entre residentes y visitantes. Un ecosistema pensado para convertir el ocio cotidiano en una experiencia permanente y no únicamente vacacional.

La apuesta responde a una tendencia cada vez más consolidada dentro del segmento premium: ofrecer mucho más que una vivienda. Hoy, el verdadero lujo reside en disponer de servicios, experiencias y calidad de vida sin necesidad de abandonar el entorno residencial.

Bienestar cinco estrellas con la llegada de Le Max Wellness Club

El bienestar ocupa otro de los grandes ejes del nuevo destino. El Lago Club incorpora las instalaciones de Le Max Wellness Club, una firma reconocida por su concepto de entrenamiento premium y sus protocolos personalizados, que desembarca en Marbella con un espacio diseñado para combinar rendimiento deportivo, recuperación física y relajación.

El centro reúne gimnasio de última generación, spa, sauna, baño turco y piscina climatizada en unas instalaciones concebidas para ofrecer una experiencia de bienestar integral. La propuesta apuesta por un enfoque que combina entrenamiento de alto nivel con programas individualizados y atención personalizada, trasladando al corazón de la Costa del Sol un concepto que hasta ahora había consolidado su prestigio en Madrid.

Con esta incorporación, Real de La Quinta refuerza su posicionamiento como referente lifestyle, donde la salud física y mental adquieren el mismo protagonismo que la arquitectura, el paisaje o los servicios.

Alta gastronomía con sello Michelin frente al lago

La dimensión gastronómica también juega un papel protagonista en esta nueva etapa del resort. El Lago Club estrena Saltao, el nuevo proyecto de Azotea Grupo, que aterriza en Marbella con una propuesta culinaria contemporánea inspirada en la fusión entre la cocina peruana y la tradición mediterránea.

El restaurante apuesta por una cocina creativa basada en el producto de proximidad y una experiencia diseñada para integrarse con el entorno natural que lo rodea. Un concepto donde la gastronomía deja de ser un servicio complementario para convertirse en uno de los grandes atractivos del complejo.

La carta lleva además la firma de Víctor y Paula Gutiérrez, responsables de Tayta, el único restaurante peruano galardonado con una estrella Michelin en España, un aval que refuerza la apuesta de Real de La Quinta por ofrecer propuestas diferenciales capaces de atraer tanto a residentes como a visitantes.

Un resort que va mucho más allá del concepto inmobiliario

La inauguración de El Lago Club marca un antes y un después en la evolución de Real de La Quinta, un proyecto que desde sus inicios ha defendido un modelo de crecimiento basado en la sostenibilidad y la baja densidad urbanística. Frente a los desarrollos convencionales, el complejo ha reducido de forma significativa su potencial edificatorio con el objetivo de preservar el paisaje y garantizar una convivencia equilibrada entre arquitectura y naturaleza.

Esta estrategia ha permitido crear un entorno donde el espacio abierto adquiere tanto valor como las propias viviendas y donde la experiencia residencial se construye a partir de servicios, zonas verdes e infraestructuras pensadas para el bienestar de sus usuarios.

El proyecto encara ahora una nueva fase de crecimiento que continuará ampliando su oferta durante los próximos años. Entre los próximos hitos destaca la futura apertura del hotel Angsana Real de La Quinta, desarrollado junto a Banyan Tree Group, una incorporación que reforzará la dimensión internacional del resort y ampliará aún más su catálogo de experiencias.

Nuevo referente para la Costa del Sol

Más allá de su impacto residencial, Real de La Quinta se consolida también como uno de los principales motores económicos de la zona. El desarrollo genera empleo directo e indirecto, impulsa la actividad de empresas y proveedores locales y contribuye al posicionamiento internacional de Marbella y Benahavís como uno de los grandes destinos europeos para el turismo residencial de alta gama.

Con la inauguración de El Lago Club, el proyecto deja claro que el futuro del lujo ya no pasa únicamente por la exclusividad de una vivienda, sino por la capacidad de ofrecer un estilo de vida completo. Playa, lago navegable, deporte, wellness, gastronomía de autor y naturaleza conviven ahora en un mismo enclave, convirtiendo a Real de La Quinta en uno de los desarrollos más ambiciosos e innovadores del panorama residencial español y en un nuevo referente del lifestyle premium en la Costa del Sol.

Hay viajes que se entienden mejor cuando ya han terminado. Menorca suele ser uno de ellos. No tanto por lo que muestra a primera vista, sino por la forma en que se queda en la memoria. En la isla, el tiempo no desaparece, pero sí se suaviza, como si cada jornada estuviera diseñada para vivirse un poco más despacio de lo habitual. En Cala Galdana, una de sus bahías más reconocibles, el Mediterráneo se convierte en un escenario permanente. Allí se encuentra el Meliá Cala Galdana, un hotel que aprovecha su ubicación privilegiada para ofrecer una experiencia muy vinculada al entorno, donde el paisaje no es un añadido, sino parte central de la estancia.

Este enclave tiene una forma cerrada, casi como un anfiteatro, que concentra la mirada en un único punto: el mar. El hotel se sitúa en uno de los laterales de la bahía y desde dentro no hay demasiadas dudas sobre lo que domina la escena. Las zonas comunes están orientadas hacia el agua y a lo largo del día el paisaje va cambiando por sí solo: veleros que entran y salen, el color del mar que se transforma con la luz, huéspedes que simplemente observan sin necesidad de hacer nada más… En las habitaciones ocurre algo parecido. Son espacios sencillos, sin elementos que busquen protagonismo. Aquí manda la ventana. En muchos casos el mar está justo enfrente; en otros aparece de lado, entre edificios o vegetación, pero siempre está presente. Esa presencia constante acaba imponiendo un gesto casi automático, que se repite a distintas horas del día: abrir la cortina, como si fuera una forma de comprobar el estado del paisaje. 

The Level es la propuesta más exclusiva del hotel. La llegada es más directa, con un check-in separado y menos tiempos de espera. Durante la estancia, la diferencia se percibe en una atención más personalizada y en servicios accesibles sin necesidad de intermediación constante. El The Level Lounge es uno de sus puntos centrales. Un espacio abierto durante gran parte del día, con café, bebidas y aperitivos ligeros disponibles de forma continua. No hay momentos de gran concentración de gente, sino un flujo constante y tranquilo. La idea es que el huésped pueda entrar y salir sin planificación previa. Desde el interior, la bahía de Cala Galdana sigue siempre presente, reforzando esa continuidad entre el hotel y el exterior. La misma lógica se extiende a la piscina infinity. Un lugar para tumbarse, leer o simplemente mirar el mar. Y es que en los días de poco viento, la línea entre la piscina y la bahía se difumina hasta casi desaparecer.

La oferta gastronómica del hotel se articula en varios espacios. El restaurante Cape Nao, situado frente al mar, es el más reconocible del complejo. Abierto tanto a huéspedes como a visitantes externos, trabaja una cocina mediterránea basada en producto: pescados, arroces y elaboraciones sencillas. Su valor no está tanto en la complejidad de la carta como en su ubicación, literalmente suspendida sobre la bahía. El ritmo del establecimiento cambia con el día. A mediodía es más dinámico, con rotación constante de mesas por su proximidad a la playa. Por la tarde, el servicio se ralentiza y las comidas se alargan. En determinados momentos del atardecer, la música en directo acompaña el ambiente.

Por su parte, el Beach House by Cape Nao traslada esa misma filosofía a un espacio más cercano a la arena, con un registro más informal. El Mosaico, restaurante buffet principal del hotel, concentra la mayor capacidad y cobra especial vida en desayunos y cenas. Casa Nostra introduce una propuesta distinta, centrada en cocina italiana en un entorno más reducido y tranquilo.

El hotel incorpora además gimnasio interior y exterior, actividades dirigidas como yoga o pilates, y un club infantil con programación diaria para distintas edades. La organización de estos espacios permite que convivan perfiles de huésped diferentes sin necesidad de una separación física marcada.

Menorca encaja bien con este tipo de planteamiento porque no exige una única forma de ser vivida. Cala Galdana concentra en un mismo punto playa, oferta hotelera y actividad gastronómica, sin un entorno urbano inmediato que rompa ese equilibrio. Y lo que queda del viaje no suele ser una sucesión de momentos destacados, sino una repetición de escenas cotidianas: el mar siempre presente al fondo, las comidas que se alargan sin planificación, los cambios de luz sobre la bahía y la sensación de que el día avanza a un ritmo distinto al del reloj. ¡Puro verano!

Por ALBERTO CASTILLO

La estación de Les Angles, en la comarca del Capcir, en los Pirineos Orientales, se posiciona cada verano como uno de los grandes destinos de turismo activo del Pirineo francés. Este pueblo-estación, que prolonga sus pistas desde la montaña hasta el mismo centro urbano, sigue atrayendo en la época estival a un gran número de visitantes en busca de una variada oferta de actividades que en gran medida gira en torno a la bicicleta. En su favor, cuenta con un bike park de referencia y con un rico espacio natural con una amplísima red de senderos y circuitos para recorrer a pie, en bici de montaña, o en bicicleta eléctrica, esta última, una opción que suma cada día más adeptos y que, como hemos podido comprobar, es sumamente adictiva una vez que se prueba.

El carácter familiar es uno de principales rasgos con los que se puede definir esta estación. Ofrece actividades en invierno y en verano para todo tipo de edades y niveles físicos. Senderos temáticos, circuitos de orientación, actividades infantiles, zonas de ocio y propuestas para disfrutar en grupo, convierten este destino en una opción muy completa y recomendable para familias que buscan un ocio activo en plena naturaleza. Les Angles es una estación de esquí moderna que ha sabido diversificar su oferta sin perder el carácter acogedor y el sabor de un auténtico pueblo de montaña.  

Más de 30 kilómetros de pistas en el Bike Park

La posibilidad de hacer deporte sobre dos ruedas es uno de los principales reclamos. El bike park, una de sus señas de identidad en verano y uno de los más importantes de los Pirineos, tiene mucho que ver en esto. Sus trazados se han diseñado pensando en el disfrute por cualquier tipo de usuario. Aquí los principiantes encuentran recorridos más suaves para iniciarse en el descenso, mientras que los más experimentados disponen de senderos especialmente diseñados para sentir la velocidad y la adrenalina.

Reúne cerca de 500 metros de desnivel repartidos en más de 30 kilómetros de pistas organizadas por colores en función de sus niveles de dificultad: verde, azul, azul técnica, roja y negra (con una variante doble negra). Los principales descensos han tomado sus nombres de personajes y lugares de El Señor de los Anillos: Frodon, la pista verde de iniciación al descenso para tener las primeras experiencias; Gandalf, azul, exige un cierto nivel técnico; Aragornla pista más larga del bike park, con obstáculos de madera y fuertes pendientes; Izangard, pista roja muy técnica; o Mordor y Sauron, negras con los descensos más duros del parque.

En Les Angles, la bicicleta es al verano como el esquí al invierno, está omnipresente y forma parte del paisaje local. Buen número de establecimientos especializados facilitan la práctica del mountain bike y ayudan a escoger las mejores opciones y rutas en función de tus condiciones y nivel físico. Además del bike park, Les Angles cuenta con múltiples rutas BTT y e-bike por los bosques y lagos del Capcir, que permiten descubrir algunos de los paisajes más bellos del Pirineo catalán francés.

Excursión en bici eléctrica al lago de Balcére

En nuestra visita hicimos la excursión al lago de Balcère. Es una de las rutas circulares más conocidas y recomendables por su belleza y por su facilidad, especialmente si se realiza caminando o si se utiliza la bici eléctrica, como fue nuestro caso. Esta modalidad permite encarar con un moderado esfuerzo pendientes que sin una buena forma física sería mucho más difícil superar, y por eso cada vez más establecimientos la incluyen en su oferta de alquiler. Para alguien que no se había subido antes a una bicicleta eléctrica, como es mi caso, la experiencia, una vez finalizada, se resume en un “quiero repetir”.  

Acompañados del director comercial de Les Angles, Antonio Martín, arrancamos la ruta en la parte alta del pueblo. Vamos dejando atrás las últimas casas mientras ascendemos por una moderada cuesta que a mí se me antoja como un puerto de montaña de primera categoría. Pero mi sorpresa llega con las primeras pedaladas. La bicicleta hace su trabajo mientras yo hago el mío, es decir, la asistencia eléctrica funciona a la perfección mientras pedaleo, acompasándose a mi esfuerzo. El resultado es que haces ejercicio, pero sin echar el alma en cada vuelta de pedal. La sensación me gusta y me llena de confianza para todo lo que me espera.

Dejamos atrás un mirador que ofrece una bella panorámica del pueblo con el lago Matemale al fondo y vamos ganando altura adentrándonos entre pinos y claros por los bosques del Parque Natural Regional de los Pirineos Catalanes, y entonces llega la primera sorpresa.

Antonio Martin nos había insistido en que íbamos a hacer una ruta “suave, de pendientes ligeras, casi un paseo”; yo en estos casos siempre tiendo a pensar que son verdades a medias y que nos esperan tramos mucho más exigentes de lo que nos dicen, pero efectivamente, no había “trampa” alguna y los tramos más duros los superamos con facilidad con el apoyo del motor eléctrico.

La gran sorpresa apareció ante nuestros ojos como una recompensa al esfuerzo de la subida. El lago de Balcère, simplemente majestuoso, un espejo de aguas quietas a 1.770 metros de altitud, apenas mecidas por el suave viento sobre la superficie que perfila sobre sí el reflejo de las copas de los pinares que lo circundan. Un rincón semi escondido de los Pirineos catalanes que la montaña nos regala para disfrutarlo con todos los sentidos. Desde el infinito horizonte que se divisa en el embarcadero que se adentra en sus aguas, al suave suspiro del viento que hace balancear los pétalos de las flores que estallan en mil colores esparciendo su aroma camuflado sobre el perfume de la resina. Las mesas de picnic esparcidas por las orillas del lago nos indican que esta es una excursión altamente recomendable para hacer en familia.

Un paisaje de postal en el Lago de La Basseta

Nos tomamos un respiro para admirar el lago en toda su belleza y retomamos la ruta hacia la segunda de las sorpresas. Después de haber ascendido 1.770 metros desde Les Angles hasta Balcère, sumarle otros 100 adicionales de desnivel positivo, aunque el camino se angosta y en algunos tramos complica enormemente el control de la bicicleta, merece la pena solo por dejarte envolver por la magia del lago de La Basseta, parada imprescindible para entender por qué este pueblo estación y sus alrededores cautivan al que se adentra en su territorio. Es apenas una sombra de la grandeza de su primo hermano, y, sin embargo, este pequeño lago parece dibujado a mano en un paisaje de postal guarecido por un silencio derramado sobre la quietud del agua que se esconde entre los bosques del Capcir. Sobrecoge tanta belleza. Si tuviera que adjetivar en una sola palabra lo que en ese momento siento, sin duda sería la «calma».

Desandamos el camino para retomar la ruta de regreso, pero en forma circular, por lo que en lugar de volver a Balcère, atravesamos el enclave de Valserra, donde nos reciben los restos de antiguos asentamientos, testigos mudos del paso de los primeros pobladores de estas montañas, y las ruinas de la Iglesia de Santa María de Vallserra. A partir de aquí, el camino nos va descendiendo por bosques y pastos donde pacen vacas y caballos en libertad, hasta desembocar finalmente en el punto de partida. En total, sumamos un recorrido que no supera los 25 kilómetros.

A toda velocidad por el Lou Bac Mountain

Tras la obligada parada para devolver las bicicletas y reponer fuerzas en una terraza degustando el exquisito magret de canard local, tomamos el telecabina de Les Pèlerins, punto de acceso al Plateau de Bigorre, para probar otra de las actividades estrella de la estación; el Lou Bac Mountain. Un trineo que se desliza sobre un monorraíl a endiablada velocidad durante casi 3 kilómetros de curvas y cambios de rasante desde la salida del telecabina hasta la base del remonte gobernado por una palanca con la que controlas cuándo y cuánto aceleras o frenas. Es adrenalina en estado puro. 

Terminamos la jornada con una suave ruta por el Sendero del Horizonte, un paseo que parte desde el Hors Sac, el espacio habilitado donde los visitantes pueden traerse y degustar sus propias carnes, asadas en gigantescas parrillas por personal de la estación. El sendero discurre por un bosque atravesando pasarelas de madera para terminar en un mirador desde el que se atisba una panorámica completa de todo el valle. El colofón a un intenso día que nos ha mostrado las diferentes caras de una misma realidad: Les Angles es mucho más que una estación de esquí.

Por MARCO DE PABLOS

Hace cinco años, un incendio voraz redujo a cenizas un proyecto único. Dani Ochoa no se detuvo y volvió con una propuesta igual de contundente, con la que ha recuperado lo perdido. En Montia, la cocina convierte el fuego en renacimiento.

Madrid queda atrás y, a menos de sesenta kilómetros de la capital, San Lorenzo de El Escorial aparece como uno de los refugios rurales con más encanto de la región. Una escapada imprescindible, especialmente durante los meses de verano en los que el calor se instala en el asfalto y ambiente capitalino. Dominando el paisaje se alza el Real Monasterio de El Escorial, la gran joya del Renacimiento español que Felipe II mandó construir en el siglo XVI y que, siglos después, sigue marcando el carácter histórico de la localidad. Rodeado de naturaleza y aire serrano, el municipio guarda también otra joya que ha sabido renacer literalmente de sus cenizas. Hablamos de Montia, el restaurante liderado por Dani Ochoa en pleno centro del pueblo. Un proyecto gastronómico que, tras el incendio que obligó a cerrar sus puertas en 2021, logró reconstruirse sin perder la esencia que lo ha convertido en una de las propuestas más singulares de la alta cocina española, recuperando además la Estrella Michelin que perdió tras el fuego y revalidando sus dos Soles Repsol.

Basta con subir cinco escalones para adentrarse en un universo casi élfico. La entrada ya anticipa el carácter del lugar, destacando la disposición de varias pacas —como se conoce popularmente a los fardos de paja en los prados— que introducen desde el primer momento esa conexión entre lo rural y lo orgánico. A la derecha se abre una sala amplia y acogedora, presidida por una chimenea y una extensa mesa pensada para encuentros grupales más íntimos. Más adelante aparece la cocina vista, siempre en movimiento, y, apenas unos pasos después, el verdadero corazón de Montia: un espacio cálido y frondoso, de pocas mesas, donde cada asiento aparece revestido con mantas de piel y dos majestuosos robles naturales atraviesan el techo, integrándose en el ambiente y convirtiéndose en parte esencial de la escenografía del lugar. La estructura, construida en madera y rodeada de cristaleras tanto en la parte superior como en la pared frontal, genera un efecto invernadero que permite que la luz natural inunde la sala durante todo el día. Frente a los comensales, un pequeño huerto del que Ochoa y su equipo recolectan a diario hojas, brotes y plantas que terminarán formando parte de los pases y bebidas. La conocida expresión “del huerto a la mesa” cobra aquí un sentido estricto, aunque la filosofía de Montia va mucho más allá. En su menú, el producto de proximidad desempeña un papel fundamental y el vínculo con el entorno está realmente presente. Es el caso de sus panes, elaborados artesanalmente en el obrador Abantos, situado a apenas tres minutos a pie del restaurante, o su sal y mantequilla de cabra, procedentes de Saelices y La Cabezuela, respectivamente. Aunque si hay otro elemento indispensable dentro de la experiencia de este proyecto, es su carta líquida.

El chef Dani Ochoa junto a su equipo recolectando brotes de su propio huerto.

El maridaje, cuidadosamente diseñado para acompañar cada pase, varía constantemente y entiende la bebida como un ingrediente más del plato. Aunque el vino tiene un protagonismo especial, también aparecen vermús y cervezas. Predominan los vinos naturales procedentes de variedades autóctonas. En torno a ellos, el restaurante ha construido un universo propio y un lenguaje paralelo que se ha convertido en una parte esencial de la experiencia gastronómica, porque aquí gusta lo poco convencional, la experimentación y el factor sorpresa. El resultado son simbiosis únicas.

La propuesta de Montia se construye semana a semana, en función de lo que ofrecen la Sierra de Guadarrama y los productores locales de confianza con los que el restaurante mantiene una relación constante. Una cocina viva, profundamente ligada a la temporalidad y al territorio, que toma forma a través de dos menús degustación, además de una versión más breve disponible de miércoles a viernes, excepto festivos. Los tres comparten una misma filosofía y buena parte de las elaboraciones, variando en el número de pases y en la profundidad del recorrido gastronómico.

La experiencia comienza incluso antes del primer bocado. El menú se presenta encuadernado entre dos cortezas de árbol tratadas, un detalle que anticipa el universo estético y conceptual del restaurante. Esa misma singularidad se traslada a las vajillas y soportes sobre los que se sirven las elaboraciones, todas ellas creadas por artesanos sanlorentinos. El recorrido arranca con tres pequeños aperitivos: tortilla de chalotas, galleta de paté de paloma y tosta de cangrejo. A continuación llegan los llamados “interludios”, pases que actúan como transición y anticipan la complejidad de los platos principales. Entre ellos aparece un berberecho en escabeche de tomillo blanco y hierba luisa; un rebozuelo (setas silvestres) salteado con jugo de carne con una combinación de calabaza con salsa holandesa de azafrán, mantequilla y azahar, probablemente uno de los platos más inesperados y memorables. También destacan la lámina de trucha cruda acompañada de reducción de champiñón, crema de guisantes y lepidio —una planta de huerta—, y la colmenilla, seta recolectada por el propio equipo y rellena de liebre con parmentier.

Ensaladilla salvaje.

Setas, mantequilla y azafrán.

Los platos principales profundizan todavía más. Desde los guisantes con espárrago verde y velo de cerdo ibérico, hasta el ravioli de asadurilla relleno de cabrito o el propio cabrito servido junto a una delicada “ensalada líquida”. En el tramo final aparecen dos caminos posibles. Por un lado, los célebres callos, una de sus especialidades, servidos en dos pases. Por otro y para quienes prefieren alejarse de la casquería, la alternativa se mueve en el universo de la caza, con propuestas como la paloma torcaz con crema de lombarda y salsa elaborada con los propios huesos del ave o el arroz de jabalí.

Los postres mantienen intacta la capacidad de sorpresa que define todo el menú. Especialmente memorable resulta el crujiente de miel con helado de queso de cabra y granizado de espinacas, una combinación tan inesperada como equilibrada o la Fistulina hepatica con almendra amarga. Un postre que remite de inmediato al sabor de las cerezas o frutos del bosque y que, sin embargo, está elaborado a partir de una seta.

Ensalada de espinacas y helado de queso.

Al finalizar, entregan al cliente un compost presentado en un sobre junto al menú seleccionado, cuidadosamente sellado con cera y fuego. Ese mismo fuego que hace cinco años les arrebató todo. Desde entonces, han sabido renacer y reinventarse. Como el compost que entregan, su propuesta encarna una lógica de regeneración continua, donde lo que fue residuo se convierte en una segunda oportunidad.

La medicina estética apuesta por tratamientos personalizados que mejoran la calidad de la piel sin modificar los rasgos ni alterar la expresión

Con la llegada del verano, la piel se enfrenta a nuevos retos: más horas de exposición solar, temperaturas elevadas y una mayor pérdida de hidratación. En este contexto, tratamientos como los skinboosters y los bioestimuladores se han convertido en dos de las opciones más demandadas dentro de la medicina estética, aunque sus objetivos y mecanismos de acción son diferentes.

Elegir entre uno u otro no depende únicamente de la edad o de la época del año, sino del estado de la piel y del resultado que se quiera conseguir. Como explican desde el Instituto de Benito, la clave está en realizar una valoración personalizada que permita seleccionar el tratamiento más adecuado para cada caso.

Skinbooster: hidratación y luminosidad desde el interior

Los skinboosters consisten en microinyecciones de ácido hialurónico no reticulado, combinado en muchos casos con vitaminas y antioxidantes. Su objetivo no es aportar volumen ni modificar los contornos del rostro, sino mejorar la calidad general de la piel.

A diferencia de los tratamientos de relleno, que se utilizan para recuperar volumen o corregir determinadas zonas, o de la toxina botulínica, que actúa sobre la actividad muscular para suavizar arrugas de expresión, los skinboosters trabajan sobre aspectos como la hidratación, la textura y la luminosidad. Su efecto principal es conseguir una piel con mejor aspecto, más elástica y con una apariencia más saludable.

Bioestimuladores: activar la producción de colágeno

Aunque en ocasiones se utilizan como conceptos similares, skinbooster y bioestimulador no son exactamente lo mismo. Mientras que el primero está especialmente orientado a mejorar la hidratación cutánea, el segundo busca estimular los mecanismos naturales de la piel para favorecer la producción de colágeno.

El resultado es una mejora progresiva de la firmeza, la calidad del tejido y la capacidad de la piel para mantenerse más resistente con el paso del tiempo.

Algunos tratamientos pueden combinar ambas acciones en diferentes proporciones, por lo que la elección del producto y la técnica aplicada resulta determinante para conseguir un resultado natural.

La importancia de personalizar el tratamiento

En el Instituto de Benito, el Dr. Álvaro Chaux, médico estético del centro, señala que la elección entre un skinbooster y un bioestimulador debe basarse en cuatro variables fundamentales: el tipo y estado de la piel, teniendo en cuenta factores como la deshidratación, la flacidez inicial o las alteraciones en la textura; la zona que se desea tratar, ya sea el contorno de ojos, el óvalo facial o el cuello; el objetivo que se busca conseguir, desde aportar hidratación y luminosidad hasta estimular la producción de colágeno o mejorar la firmeza; y el tiempo de resultado esperado, diferenciando entre efectos más inmediatos y procesos de mejora progresiva.

Por qué son tratamientos especialmente interesantes en verano

Los skinboosters y los bioestimuladores encajan especialmente bien en la época estival porque no aportan volumen, no modifican la expresión facial y permiten una recuperación rápida cuando se aplican siguiendo las indicaciones médicas adecuadas.

Durante el verano, la piel suele sufrir una mayor deshidratación debido al calor y a la exposición solar, además de una pérdida de luminosidad asociada al estrés oxidativo provocado por los rayos ultravioleta. En este escenario, los skinboosters ayudan a recuperar la hidratación profunda, mientras que los bioestimuladores contribuyen a mejorar la calidad del tejido y reforzar su estructura. Por ello, ambos tratamientos se consideran una estrategia de mantenimiento: no buscan transformar el rostro, sino preservar y optimizar la salud de la piel en una época en la que puede verse más castigada.

Como explica la Dra. Cristina Cobaleda, médico estético del Instituto de Benito: «La conclusión no es que un producto sea superior al otro. Es que el mismo objetivo en dos pieles distintas se resuelve con productos distintos, y acertar en esa decisión es justo lo que cambia el resultado». La medicina estética actual apuesta así por tratamientos cada vez más personalizados, donde la naturalidad y la mejora de la calidad de la piel se sitúan por encima de los cambios visibles.

Por ALBERTO CASTILLO

Hasta hace bien poco, las estaciones de esquí vivían casi en exclusiva de la nieve y toda la actividad económica se generaba en torno a ella. Una vez terminada la temporada, se paraban los remontes, dejando a los esquiadores entonando el Pobre de mí. Pero algo está cambiando en la montaña. Hoy las estaciones de esquí se enfrentan al reto de adaptar sus infraestructuras y recursos a un nuevo paradigma motivado no solo por los cambios en la climatología y sus efectos en la cantidad y en la calidad de la nieve, sino también, y en mayor medida, por los cambios en los gustos de los usuarios, que quieren seguir disfrutando de la montaña más allá de la temporada invernal.

Esta nueva realidad está propiciando un giro de las estaciones para ofrecer al visitante una experiencia más completa acorde a las nuevas tendencias, al tiempo que garantizan su propia sostenibilidad. En los Pirineos las estaciones han dado un paso al frente para satisfacer las demandas de ese nuevo perfil de visitante que también hace uso de los remontes, de las pistas y de los diferentes servicios cuando la nieve ha desaparecido. Este nuevo paradigma es la bicicleta de montaña. Donde en invierno se esquía, en verano se pedalea. Y nos hemos venido al Pirineo francés para comprobar in situ de qué manera la fiebre del mountain bike marca la actividad veraniega de las estaciones.

Cambre d’Aze, paraíso del MTB

Cambre d’Aze, forma parte, junto con Formiguères y Porté-Puymorens, del Trio Pyrénées, una agrupación de tres estaciones históricas de esquí en los Pirineos Orientales, ubicados en la Cerdaña francesa, que han unido fuerzas para combinar sus fortalezas y recursos en el desarrollo de una oferta turística más completa durante todo el año. La bicicleta es la protagonista de este esfuerzo que permite mantener la actividad de las estaciones más allá del invierno.

Abrigada por las imponentes paredes del macizo del Cambre d’Aze (2.750 m), esta pequeña estación del Pirineo Oriental francés en forma de circo glacial ofrece en invierno unas condiciones excepcionales por la cantidad y calidad de su nieve. Cuando esta desaparece, caminos serpenteantes entre frondosos bosques sustituyen a las pistas de esquí y las bicicletas marcan el ritmo de los descensos. Para alguien como yo, no precisamente experto en ciclismo y menos aún en la modalidad de enduro de montaña, la primera impresión es de respeto. Pero, ¿quién dijo miedo?

Antes de tomar el telesilla de El Mouli, desde Saint-Pierre-dels-Forcats, en la primera parada para alquilar las bicicletas y la equipación necesaria (casco integral, protecciones de espalda, pecho, hombros, codos y rodillas), ya puedo intuir que la aventura no me va a dejar indiferente. El aspecto de las bicicletas, provistas de dobles suspensiones y de neumáticos de gran anchura para facilitar el control en los descensos por terrenos escarpados, me sugiere que nos espera algo más que un relajado paseo en un bucólico y florido paisaje.

Una vez pertrechados como si fuéramos Robocop pedaleamos hasta el remonte en la base de la estación. Las sillas, que en invierno trasladan a los esquiadores, se han adaptado para permitir transportar la bicicleta cómodamente. Desde este telesilla tenemos una fiel panorámica de lo que nos va a deparar esta experiencia. A mis pies veo descender a los ryders entre cerradas curvas, saltos y derrapes de vértigo. Muchos de ellos chavales de corta edad que parece que han nacido subidos a una bici. Parece fácil, visto desde la silla, pero sospecho que detrás hay un nivel suficiente de técnica de la que yo carezco. Lo pude comprobar en el primer descenso, en el que afortunadamente, las protecciones cumplieron sobradamente con su papel.

La primera bajada por la pista Tippie Toppie respondió de manera exacta a mis expectativas. A pesar de ser un circuito azul, el más asequible para iniciarse en eso de tirarse montaña abajo, exige destreza, control y cierto desparpajo, cualidades —salvo la última— de las que carezco. No es de extrañar, por previsible, el imponente leñazo de bienvenida con el que me bautizo a los primeros metros de iniciar el descenso. Pero, salvado este pequeño aviso, completo sin problemas el recorrido. La adrenalina es total y el balance, muy positivo. A pesar de los sustos y de alguna que otra magulladura, la experiencia es altamente recomendable.

Volvemos a tomar la silla de El Mouli para hacer un descanso en el Chalet Sylvain, un restaurante con terraza situado a los pies de la llegada del remonte, y, tras un tentempié, retomar la actividad. En esta ocasión, de la mano de Llorenç Balart, jefe de Explotación de Trio Pyrénées, encaramos la pista Tuttie Fruttie. Hay una notable diferencia al descender por lo que en invierno es una pista verde. Una anchura más que suficiente y seis kilómetros de cómoda bajada me hacen recuperar la confianza en mis nulas condiciones ciclísticas y he de reconocer que este, para mí desconocido, mundo del MTB ha despertado un gusanillo que augura grandes momentos de diversión en la naturaleza.

Este es un punto a favor de Cambre d’Aze. Se trata de un destino plenamente familiar, en el que no hace falta tener una envidiable forma física para encontrar un plan divertido a la medida de cada uno, desde las opciones más exigentes hasta las de esfuerzo moderado. El éxito de este nuevo enfoque para la temporada estival está atrayendo cada vez a más visitantes, lo que ha llevado a la estación a ampliar progresivamente sus circuitos e incrementar la venta de forfaits durante el verano.

El Bike Park tiene pistas para satisfacer a todos los niveles y, a lo largo del territorio de la estación, entre sus dos áreas de Eyne y Saint-Pierre-dels-Forcats, podemos descubrir grandes bosques de pino negro, praderas de alta montaña y senderos que conducen hasta lagos glaciares, refugios y miradores con vistas a la Cerdaña y al macizo del Carlit, que pueden recorrerse en mountain bike o a pie, haciendo trekking.

Después de recuperar fuerzas dando cuenta de un suculento entrecot asado a la piedra en el chalet Sylvain, termina la breve pero intensa experiencia en Cambre d’Aze. Es suficiente para quedarnos con ganas de volver, por lo que nos trasladamos a Formiguères, una preciosa estación rodeada por los bosques y lagos del Capcir que ofrece algunos de los paisajes más emblemáticos del Parque Natural Regional de los Pirineos Catalanes. Su entorno incluye más de 700 kilómetros de itinerarios de bicicleta de montaña, con una oferta de bike park especialmente orientada a principiantes y familias. Aunque nuestra intención era probar algunos de sus recorridos y visitar los lagos de Camporells, una fuerte tromba de agua y granizo, acompañada de un gran aparato eléctrico, obliga por seguridad a cerrar la estación. Dejaremos la aventura para otra ocasión.

Por MARCO DE PABLOS

Madrid tiene la capacidad de transportar al comensal a cualquier rincón del mundo sin necesidad de salir de la ciudad. Pero hay lugares que, más que un viaje, consiguen despertar el recuerdo de unas vacaciones. En pleno corazón de la capital, a escasos metros de Plaza de España, existe un restaurante donde el aroma del carbón de encina, la calidad del producto y una cocina profundamente ligada al norte de España invitan a empezar el verano antes incluso de hacer la maleta. La Charca Restaurante ha logrado convertir la tradición asturiana y gallega en una propuesta gastronómica que conquista tanto por el sabor como por la experiencia que la rodea.

Un viaje gastronómico al norte sin salir de Madrid

Cuando llegan los meses de verano, Asturias y Galicia se convierten en dos de los destinos más deseados por quienes buscan naturaleza, buena gastronomía y producto de temporada. La Charca recoge precisamente esa esencia y la traslada a la capital a través de una carta donde el protagonismo recae sobre las brasas y una cuidada selección de materias primas procedentes del norte peninsular.

El restaurante, perteneciente al Grupo Asgaya, con otro local homónimo en los alrededores del Bernabéu, ha encontrado junto a Plaza de España el escenario perfecto para reivindicar una forma de cocinar en la que el producto habla por sí solo. Aquí no hacen falta artificios: carnes seleccionadas de Galicia y Asturias, pescados llegados desde la costa cantábrica, mariscos y verduras de temporada encuentran en el carbón de encina el mejor aliado para potenciar su sabor sin enmascararlo. Una propuesta que recuerda a esas parrillas tradicionales del norte donde el fuego marca los tiempos.

Chuleta a la brasa.

Las brasas como auténtica protagonista

La cocina de La Charca gira alrededor de una parrilla que trabaja con carbón de encina, un elemento que imprime personalidad a cada elaboración. Desde un jugoso solomillo hasta un espectacular chuletón de vaca madurada, o unas chuletillas de cordero, las carnes llegan con el punto exacto que permite apreciar toda su jugosidad y calidad. Mención aparte merece el cachopo, otro de los grandes imprescindibles de la casa y un guiño inconfundible a la cocina asturiana más tradicional.

Sin embargo, limitar la propuesta únicamente a la carne sería injusto. Los pescados ocupan un lugar igualmente destacado. Rodaballo, lubina, pixín —el nombre con el que se conoce al rape en Asturias—, pargo o atún rojo encuentran en las brasas una cocción que respeta su textura y realza su sabor natural. A ello se suman mariscos como las zamburiñas o las navajas y una selección de platos fuera de carta que cambian según la temporada, reforzando esa apuesta por el producto fresco y el mercado. Entre los entrantes, sobresale una delicada anchoa servida sobre pan brioche y mantequilla ahumada, un bocado sencillo en apariencia, pero lleno de matices, que anticipa el cuidado con el que se trabaja cada plato.

La experiencia se completa con los grandes clásicos de la cocina asturiana que han convertido al Grupo Asgaya en una referencia desde hace años. La fabada asturiana, las verdinas con bogavante o los callos elaborados al estilo tradicional siguen ocupando un lugar privilegiado en una carta que consigue equilibrar la contundencia de la cocina de cuchara con la ligereza de los pescados a la brasa.

Ventresca a la brasa a la bilbaina.

Setas de temporada confitadas en carbón de encina con crema trufada de apio nabo.

Como toda buena comida merece un final a la altura, resulta difícil marcharse sin probar alguno de sus postres. La tarta de quesos asturianos, con un sutil toque de queso azul, ofrece un equilibrio perfecto entre intensidad y cremosidad. Al igual que su arroz con leche.

El mejor momento para descubrir las Jornadas del Bonito de Gijón

La visita cobra todavía más sentido durante estos meses gracias a las Jornadas del Bonito de Gijón, una cita gastronómica que el Grupo Asgaya celebra tanto en su emblemático restaurante Asgaya, en Doctor Fleming —que además cuenta con una agradable terraza para disfrutar del verano—, como en La Charca Restaurante.

Coincidiendo con la temporada del bonito del Cantábrico, ambos establecimientos incorporan durante un tiempo limitado una selección de recetas que rinden homenaje a uno de los pescados más apreciados de época estival. Entre ellas destacan la ventresca de bonito en escabeche con tomate de temporada y cebolla morada, el taco de bonito en escabeche con pimientos asados en carbón de encina, el bonito a la brasa con encebollado de sidra o la ventresca a la brasa con salsa bilbaína. Una oportunidad perfecta para acercarse a uno de los productos estrella del norte sin abandonar la gran urbe.

Ventresca de bonito en escabeche.

Taco de bonito en escabeche.

Un comedor que invita a quedarse

Más allá de la cocina, La Charca conquista por la atmósfera que ha sabido crear. A pesar de encontrarse en una de las zonas con mayor movimiento, el establecimiento transmite una sorprendente sensación de calma desde el primer momento. El espacio resulta acogedor, con alrededor de una quincena de mesas que permiten disfrutar de la comida sin el bullicio habitual de otros locales del centro.

Nada más entrar, una barra de líneas limpias y tonos blancos marca el carácter del establecimiento. La decoración apuesta por el minimalismo, con un ambiente luminoso, extremadamente cuidado y una sensación de limpieza y orden que se percibe en cada rincón. Ese equilibrio visual encuentra su contrapunto en unos llamativos techos que aportan personalidad al espacio y rompen la sobriedad del conjunto. Completa el espacio un patio interior, alrededor del cual se sitúan varias mesas.

A todo ello se suma un servicio excepcional, que consigue elevar aún más la experiencia. La atención es cercana, profesional y constante, con un personal pendiente en todo momento de que cada detalle esté cuidado, sin resultar invasivo.

En apenas unos meses, La Charca Restaurante ha conseguido hacerse un hueco entre las direcciones gastronómicas más interesantes del entorno de Plaza de España. Lo ha logrado apostando por una fórmula que nunca pasa de moda: excelente producto, brasas bien trabajadas, recetas con raíces, un servicio impecable y un espacio donde resulta fácil sentirse cómodo. Y ahora que el verano invita a pensar en escapadas al norte, quizá la mejor manera de abrir boca sea reservar una mesa aquí.

Oporto siempre ha sido sinónimo de belleza. Calles empedradas, fachadas cubiertas de azulejos, bodegas históricas y miradores con vistas al Duero hacían de la Ciudad Invicta un lugar mágico. Pero la ciudad portuguesa guarda una nueva versión menos evidente y mucho más actual. A pocos minutos del centro histórico, la Avenida da Boavista se ha convertido en el epicentro de un Oporto diferente: más creativo, más sofisticado y con una energía urbana que mezcla arquitectura de vanguardia, cultura y una gastronomía que mira al futuro sin olvidar sus raíces.

Para descubrir esta nueva cara de la ciudad, el punto de partida perfecto es el Crowne Plaza Porto, un alojamiento que ha renovado por completo su propuesta para convertirse en mucho más que un lugar donde dormir. Tras una transformación integral, sus 232 habitaciones —incluidas 42 suites— presentan ahora una estética contemporánea, elegante y funcional, pensada para descansar después de un día explorando Oporto. Sus vistas privilegiadas al skyline de la ciudad convierten cada despertar en una pequeña invitación a salir a descubrir todo lo que ocurre más allá de la ventana.

Una llegada entre arquitectura futurista y una cena con alma mediterránea

El primer encuentro con el Oporto más moderno empieza a pocos pasos del hotel. La imponente Casa da Música aparece como una declaración de intenciones: un diamante de hormigón que rompió con la arquitectura tradicional portuguesa y que hoy es uno de los grandes símbolos culturales de la ciudad. Entrar en su interior es descubrir un sorprendente diálogo entre madera, azulejos portugueses y líneas futuristas que convierten cada espacio en una experiencia visual.

La visita puede coincidir incluso con alguno de los ensayos abiertos de la Orquesta Sinfónica, una de esas casualidades que hacen que un viaje tenga algo especial. Porque Oporto no se trata solo de ver monumentos; se trata de encontrar momentos.

Cuando cae la tarde, el plan continúa sin necesidad de desplazarse demasiado. En la planta baja del Crowne Plaza Porto espera soMos Restaurant & Lounge, uno de los grandes protagonistas de esta nueva etapa gastronómica del renovado establecimiento hotelero. Su terraza funciona como un pequeño oasis urbano en plena avenida, un espacio donde la ciudad baja el ritmo y la mesa se convierte en el centro de la experiencia.

Su propuesta apuesta por una cocina mediterránea basada en el producto fresco y de temporada, con platos que respetan el origen de cada ingrediente. Pescados y mariscos del Atlántico, carnes seleccionadas y recetas con identidad portuguesa forman parte de una carta que busca algo más difícil que sorprender: emocionar.

Sábado: arte, naturaleza y un refugio de bienestar en pleno viaje

El segundo día comienza con una de las visitas imprescindibles para entender el espíritu creativo de Oporto: la Fundação de Serralves. Este espacio único combina arte contemporáneo, arquitectura y naturaleza en un mismo recorrido. Diseñado alrededor del museo creado por el arquitecto Álvaro Siza Vieira y la elegante Casa Art Déco, Serralves representa esa mezcla tan característica de Oporto: respeto por la historia y una mirada constante hacia lo que viene.

Uno de los momentos más especiales llega al recorrer el Tree-top walk, una pasarela elevada entre las copas de los árboles que ofrece una perspectiva diferente del parque y de la propia ciudad. Es una pausa dentro del viaje, una forma distinta de observar Oporto lejos del ruido y las rutas habituales.

Después de una mañana cultural, el plan perfecto está dentro del propio hotel. El Porto Urban SPA del Crowne Plaza Porto ofrece ese momento necesario para bajar pulsaciones: circuito de aguas, baño turco, sauna y tratamientos personalizados pensados para recuperar energía. En una escapada de 48 horas, encontrar un espacio donde simplemente dejarse cuidar se convierte casi en un lujo.

Al caer la noche, Boavista vuelve a despertar. El destino es el histórico Mercado do Bom Sucesso, reconvertido en uno de los lugares más dinámicos de la ciudad. Entre puestos gastronómicos, productos locales y ambiente cosmopolita, es el sitio perfecto para comprobar que la nueva Oporto también se disfruta mezclándose con quienes viven allí.

Domingo: el brunch que convierte una despedida en una experiencia más del viaje

Oporto pertenece claramente a aquellos destinos que nunca querrías abandonar. Y la mejor forma de alargar la escapada llega de la mano de The Sunday Brunch de soMos Restaurant & Lounge.

Este brunch se convierte en uno de los grandes momentos del fin de semana: estaciones de show cooking con huevos preparados al gusto, carnes trinchadas, repostería artesanal, quesos nacionales, productos frescos y una irresistible fuente de chocolate que convierte la mañana del domingo en un auténtico ritual gastronómico.

Más que un desayuno tardío, es una experiencia para disfrutar sin mirar el reloj. Una celebración de la cocina, del producto y de esa manera tan portuguesa de entender la vida: con tiempo, conversación y placer alrededor de una mesa.

Antes de decir adiós a la ciudad, un último paseo por la Rotunda da Boavista permite contemplar el Monumento a la Guerra Peninsular y despedirse de esta zona que representa a la perfección el nuevo espíritu de Oporto: elegante, creativa y todavía capaz de sorprender.

De la playa de Foz al cóctel perfecto: el verano también tiene su propio plan en Oporto

Cuando llega el buen tiempo, Oporto suma un ingrediente más a su encanto: el Atlántico. Desde el Crowne Plaza Porto, las playas de Foz do Douro quedan a pocos minutos y ofrecen uno de esos escenarios que parecen diseñados para una tarde de verano perfecta. Allí donde el río Douro se encuentra con el océano, las playas, el paseo marítimo y la luz del atardecer crean uno de los rincones más especiales de la ciudad.

El plan es sencillo y precisamente por eso funciona: una tarde junto al mar, una vuelta al hotel y un cóctel en el soMos Lounge para empezar la noche. Su ambiente moderno, su carta de cócteles y su selección de snacks convierten este espacio en el lugar ideal para alargar la conversación hasta la madrugada.

Después llega la cena, de nuevo en soMos Restaurant & Lounge, donde la cocina mediterránea vuelve a ser protagonista con una propuesta ligera y basada en ingredientes frescos, muchos de ellos procedentes incluso del huerto urbano del propio hotel. Una experiencia que demuestra que en Oporto no hace falta elegir entre ciudad, mar y gastronomía: todo puede formar parte del mismo viaje.

Porque quizá el mayor descubrimiento de una escapada de 48 horas no sea solo conocer una nueva ciudad, sino encontrar la manera perfecta de vivirla. Y en el nuevo Oporto, esa manera pasa por Boavista, por el Crowne Plaza Porto y por lugares como soMos, donde diseño, sabor y hospitalidad se encuentran en el mismo punto.