La cocina japonesa contemporánea, las sesiones de DJ y la percusión en directo marcan la agenda del restaurante madrileño, que combina gastronomía y música desde el mediodía hasta la noche.

Madrid recupera el pulso de la rutina, pero no por ello hay que renunciar a los buenos planes. En plena vuelta a la actividad, Zuma Madrid propone convertir cualquier día de la semana en una ocasión para salir, con una experiencia que combina cocina japonesa contemporánea, coctelería y música. Desde un almuerzo entre reuniones hasta una cena que se prolonga al ritmo de los DJ o un brunch sin prisas durante el fin de semana, el restaurante adapta su propuesta a los distintos momentos del día.

La experiencia gira en torno a tres espacios gastronómicos —la cocina principal, la barra de sushi y la robata japonesa—, que comparten protagonismo con una atmósfera que evoluciona a medida que avanza la jornada. Una fórmula que va más allá de la mesa y convierte el ambiente en parte esencial de la visita.

Ebisu Express: una pausa gastronómica en mitad de la jornada

De lunes a viernes, entre las 13:00 y las 16:00 horas, Ebisu Express lleva la cocina de Zuma al almuerzo de mediodía por 36 euros. El menú, estructurado en tres pasos, está pensado para quienes buscan una comida completa sin renunciar al ritmo de la agenda. La propuesta comienza con edamame y continúa con una selección de entrantes en la que cada comensal puede elegir dos opciones de la carta, con alternativas que incluyen sushi, sashimi, tempura, ensaladas y platos calientes.

A continuación, es posible escoger un principal entre distintas propuestas de pescado, carne, donburi y verduras. El menú se completa con café y trufas de chocolate, en una experiencia que puede disfrutarse en menos de una hora o prolongarse con más calma. Así, el almuerzo se convierte en algo más que una pausa entre compromisos: una oportunidad para desconectar y disfrutar de la gastronomía japonesa en pleno Madrid.

La música toma el relevo al caer la noche

Con la llegada de la tarde, Zuma Madrid cambia de registro. Las sesiones de DJ acompañan cada noche el servicio de cena, mientras que durante el fin de semana la percusión en directo añade nuevos ritmos a la experiencia. La música deja de ser un mero acompañamiento para integrarse en el ambiente del restaurante, invitando a alargar la velada más allá de la sobremesa.

El bar también adquiere protagonismo como punto de partida para quienes prefieren comenzar la noche con una copa antes de sentarse a la mesa. Su selección de cócteles y la ambientación musical permiten enlazar distintos momentos en un mismo plan: una bebida, una cena y una noche que no tiene por qué terminar cuando llegan los postres.

Weekend Brunch

Los sábados y domingos, de 13:00 a 15:30 horas, el Weekend Brunch invita a disfrutar de Zuma sin las prisas de los días laborables. La propuesta reúne una selección de platos para compartir y distintas opciones de bebida, en un formato pensado tanto para empezar el fin de semana alrededor de la mesa como para alargar el domingo entre gastronomía, cócteles y buena compañía.

Con estas tres propuestas, Zuma Madrid plantea una forma flexible de disfrutar de su universo gastronómico, desde el almuerzo de entre semana hasta las noches con música y los encuentros del fin de semana. Una invitación a redescubrir la ciudad a través de la cocina japonesa contemporánea y a encontrar una excusa para salir incluso en los días más corrientes.

Tras el éxito de sus dos primeras temporadas, regresa ‘FEARLESS On Fire’ a partir de este domingo. Cinco protagonistas de la cultura, el toreo, la empresa y la política se sientan, puro en mano, frente a Katy Mikhailova, directora directora de esta cabecera, para compartir confesiones, experiencias y reflexiones que no siempre encuentran espacio.

Cinco invitados, cinco universos y una misma premisa: hablar sin quedarse en la superficie. ‘FEARLESS on Fire‘ regresa con su tercera temporada después de la buena acogida de las dos anteriores. Katy Mikhailova, directora de FEARLESS, vuelve a ponerse al frente de estas conversaciones, puro en mano, para encontrarse con cinco nombres de la cultura, el toreo, la empresa y la política. El resultado son encuentros en los que caben las confesiones, las contradicciones y las preguntas que no siempre encuentran respuesta. Porque detrás de cada personaje público hay una historia que no siempre se cuenta y esta nueva entrega quiere acercarse precisamente a ella. Este domingo, el primer capítulo en los canales oficiales de la revista en Instagram y You Tube. 

Arde FEARLESS

El fuego vuelve a ser el hilo conductor de un formato que encuentra en el puro algo más que una seña de identidad. Alrededor de él, las conversaciones avanzan hacia terrenos personales, recuerdos, decisiones y episodios que han marcado la vida de sus protagonistas. La intención no es quedarse en los logros profesionales ni en el relato que cada uno ha construido de puertas afuera, sino explorar también aquello que los define lejos de los focos: las circunstancias que los han moldeado, sus inquietudes, sus contradicciones y las experiencias que rara vez ocupan los titulares. Una fórmula que permite que cada invitado encuentre su propio espacio y que la sorpresa forme parte del encuentro.

Los rostros de la temporada

La temporada arranca con Aldo Comas, que se abre sobre una infancia marcada por el caos, la muerte de su madre y la manera en que la paternidad ha transformado su visión de la familia. Le sigue el torero Ángel Teruel, que habla de las cicatrices de su profesión y de una vida ligada al campo y a la tradición taurina. Cristina Cifuentes, por su parte, recuerda los episodios más duros de su trayectoria política y el impacto personal de su salida de la primera línea pública. El actor y productor cubano Jazz Vilá reflexiona sobre el arte, el dolor y la supervivencia, mientras que la empresaria Yaiza Canosa pone el broche final con una conversación en torno a la Biblia, la fe, el trabajo, los miedos y la búsqueda del éxito. Cinco perfiles muy diferentes que comparten la disposición a abordar asuntos que van más allá de su faceta más conocida.

Con esta tercera entrega, ‘FEARLESS On Fire’ consolida su apuesta por un formato de conversación que combina actualidad, intimidad y personalidad propia. Siempre con el apoyo de ST Dupont Iberia y Pasión Habanos.

Un nuevo capítulo cada domingo en los canales de FEARLESS. Cinco encuentros para mirar más allá de la imagen pública y escuchar lo que aparece cuando la conversación se sale del guion.

Tras recorrer las grandes capitales europeas, Eduardo Chillida Belzunce regresa a Madrid con «Cruzando límites», una exposición que reúne 41 obras en NAVE 24 y recorre casi cuatro décadas de trayectoria artística. Pintura figurativa, abstracción, juegos de luz y esculturas monumentales conviven en una muestra que permite descubrir las distintas facetas de su universo creativo. La inauguración, prevista para el 29 de octubre, coincide con la presencia de su obra en Nueva York, donde participa en una exposición conmemorativa del 25.º aniversario del 11-S junto a artistas como Jasper Johns, Jeff Koons, Sean Scully y Antonio López.

De París a Londres, la escultura como territorio propio

Las esculturas monumentales de Eduardo Chillida Belzunce han recorrido algunos de los enclaves más emblemáticos de Europa. Sus grandes bronces se mostraron por primera vez al público en la plaza del Louvre de París, entre 2017 y 2018, antes de viajar a Lower Grosvenor Gardens, en el londinense barrio de Belgravia, a pocos pasos de Buckingham Palace. En 2025, las piezas permanecieron durante un año en el Skulpturenpark Wesenberg, en Alemania, rodeadas de árboles y agua. Ahora, ese itinerario internacional continúa en Madrid, donde el artista presenta una selección de obras que permite apreciar la dimensión y la fuerza expresiva de su escultura.

La exposición Cruzando límites abrirá sus puertas en NAVE 24 el jueves 29 de octubre y podrá visitarse hasta el 4 de enero de 2027. A través de 41 piezas, el recorrido propone un diálogo entre las distintas disciplinas y etapas creativas del artista. En el hall de entrada, Compañeras III dará la bienvenida a los visitantes, mientras que la sala principal acogerá esculturas como Abrazo III, Mano V, El jardín del silencio II y Mirando la noche. Sus volúmenes rotundos y su presencia física contrastan con la ligereza de otros trabajos expuestos, al tiempo que revelan una constante en su producción: el interés por el cuerpo humano como vehículo de expresión. Figuras, manos y abrazos adquieren en el bronce una intensidad particular, en la que la contundencia del material convive con una dimensión emocional.

La perspectiva rompe el lienzo

En la pintura de Chillida Belzunce, la realidad se transforma a través de perspectivas que desafían las convenciones visuales. Interiores, estudios, ciudades y paisajes parecen prolongarse más allá de los límites del lienzo, generando una sensación de profundidad que invita al espectador a adentrarse en cada escena. El artista juega con las proporciones y la representación del espacio para construir imágenes que se sitúan entre lo reconocible y lo imaginado. Obras como Cien años de ilusión, un lienzo de 200 por 400 centímetros, Mi estudio, Tower Bridge y Midtown reflejan esa capacidad para reinterpretar lugares y situaciones, convirtiendo la pintura en una experiencia que va más allá de la mera representación de la realidad.

Junto a esta vertiente figurativa, la exposición recupera una parte menos conocida de su proceso creativo: sus Orígenes, la serie que decidió mostrar públicamente en 2024, al cumplir 60 años. Estas obras revelan las capas iniciales de color que estaban presentes en el nacimiento de sus cuadros y que, posteriormente, quedaban ocultas bajo la pintura figurativa. De tonalidades intensas y carácter onírico, las composiciones abstractas permiten descubrir el punto de partida de muchas de sus imágenes y acercarse a una faceta más intuitiva y experimental de su trabajo. Al sacar a la luz esos primeros impulsos creativos, Chillida Belzunce amplía la lectura de su propia obra y muestra cómo la abstracción ha formado parte de su lenguaje incluso cuando no ocupaba el primer plano.

La luz introduce otra dimensión en este recorrido. Sus obras sobre metacrilato iluminado, entre ellas Es Vedrá, de 125 por 250 centímetros, están pintadas por ambas caras y modifican su apariencia según la iluminación y el punto de observación. La incidencia de la luz por delante, por detrás o desde ambos lados permite descubrir diferentes lecturas de una misma pieza, que cambia ante los ojos del espectador. La obra deja así de ser un objeto estático para establecer una relación directa con el espacio que la rodea. Pintura, materia y luz confluyen en una propuesta que muestra la amplitud de un lenguaje artístico en constante evolución.

La historia de un artista que volvió a empezar

Nacido en San Sebastián en 1964, Eduardo Chillida Belzunce creció en una familia vinculada al arte. Hijo del escultor Eduardo Chillida y de Pilar Belzunce, modeló su primera escultura a los cinco años con barro que le proporcionó su padre. Más adelante estudió en la Escuela de Artes de Deba y en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde recibió clases de Antonio López. En 1988 celebró su primera exposición individual, dando comienzo a una trayectoria que se desarrollaría entre diferentes técnicas, materiales y lenguajes. Sin embargo, su camino quedó marcado por un grave accidente de moto sufrido en 1985, que le mantuvo en coma durante mes y medio y le dejó paralizado medio lado del cuerpo.

Contra los pronósticos, el artista consiguió volver a hablar, caminar y pintar, aunque tuvo que aprender a trabajar con la mano izquierda. Aquel proceso supuso un cambio profundo en su relación con la creación, pero no el final de su actividad artística. En 2010 recuperó también la escultura y, en 2023, volvió a pintar un cuadro con la mano derecha, la misma que había perdido como consecuencia del accidente. Su trayectoria está marcada por la capacidad de adaptación y por una búsqueda constante de nuevas posibilidades expresivas. La superación personal se entrelaza así con una evolución artística que ha llevado a Chillida Belzunce a explorar diferentes caminos sin renunciar a una identidad propia.

Una trayectoria internacional y una búsqueda sin fronteras

A lo largo de su carrera, Chillida Belzunce ha expuesto en ciudades como Madrid, Barcelona, París, Londres, Ciudad de México y Damasco, y su obra forma parte de colecciones como la del Museo Artium de Vitoria. Su producción reúne la influencia de un entorno artístico singular y una voz propia, construida a través de la experimentación y la libertad creativa. La figuración convive con la abstracción; los grandes volúmenes de bronce, con superficies atravesadas por la luz; y los paisajes reconocibles, con imágenes que alteran la percepción del espacio. Esa variedad no responde a una sucesión de etapas cerradas, sino a una manera de entender el arte como un territorio abierto a nuevas exploraciones.

Con Cruzando límites, NAVE 24 reúne estas diferentes líneas de trabajo en una misma exposición y ofrece una oportunidad para aproximarse a casi cuatro décadas de investigación artística. El regreso a Madrid coincide con la proyección internacional de su obra y permite contemplar la diversidad de un creador que ha hecho de la transformación una constante. Del cuerpo a la materia, del lienzo al espacio y de la figuración a la abstracción, Chillida Belzunce construye un universo en el que cada técnica abre nuevas posibilidades y en el que cruzar límites significa, también, encontrar otras formas de mirar el mundo.

La Navidad está a la vuelta de la esquina y encontrar un regalo que sorprenda, emocione y esté a la altura de las ocasiones especiales vuelve a convertirse en todo un arte. La familia Figuero propone una alternativa para quienes buscan ir más allá de los clásicos estuches de vino: una edición limitada de solo 300 unidades que reúne diseño, cultura enológica y placer en torno a una misma experiencia. Una propuesta que reivindica el valor de los detalles y convierte el gesto de regalar en una celebración en sí misma.

Un gran vino, dos copas Riedel y un estuche para conservar

Lejos de los tradicionales estuches de madera, Figuero apuesta por un formato cilíndrico elaborado a mano con materiales de máxima calidad y concebido para perdurar más allá de las fiestas. Su carácter reutilizable permite darle una segunda vida como accesorio para un picnic o como elemento decorativo, convirtiendo el continente en parte esencial del regalo. En su interior aguarda Pago de Torrosillo 2019, un vino elaborado al 100 % con Tinto Fino cuya añada ha sido calificada como excelente, acompañado de dos copas Riedel, reconocidas por su capacidad para realzar la expresión aromática de los grandes vinos.

El origen de Pago de Torrosillo se encuentra en una parcela histórica plantada en 1950 a 840 metros de altitud, sobre un singular suelo arcillo-calizo en La Horra. Sus particularidades justifican una vinificación por separado, que permite preservar la identidad de un terruño del que nace un vino de profundidad, precisión y carácter. La añada 2019 destaca por su frescor, su perfil frutal y una acidez que aporta equilibrio al conjunto. En nariz, despliega sugerentes recuerdos de fruta roja en licor y cacao, evocadores del mon chéri, junto a notas tostadas y especiadas, sutiles matices de tabaco y apuntes golosos de brioche y canela. Una complejidad aromática que invita a descubrir cada matiz sin renunciar a la sutileza.

La experiencia se completa con dos copas Riedel, cuya generosa capacidad y estudiada geometría favorecen la apertura de los aromas y permiten apreciar los distintos registros del vino. El resultado es un conjunto en el que cada elemento cumple una función: la botella aporta el carácter enológico, la cristalería invita a disfrutarla en las condiciones adecuadas y el estuche suma una dimensión estética y práctica.

Con un precio de 100 euros, esta edición especial para la campaña navideña reúne vino, diseño y exclusividad en una propuesta pensada para quienes aprecian los pequeños rituales y el placer de compartir. Porque algunos regalos se disfrutan al abrirlos, pero los verdaderamente especiales permanecen en la memoria mucho después del último brindis.

Por KATY MIKHAILOVA

Querido Simón: 

El domingo fui a Las Ventas a ver a Morante de la Puebla. Iba acompañada de Ana y de una pequeña desgracia tecnológica. Por un malentendido con la plataforma en la que habíamos adquirido las entradas, pasamos de un tendido bajo, junto a la puerta de arrastre, a las alturas de la Monumental. No mencionaré el nombre de la plataforma porque todavía confío en que resuelvan el asunto. La esperanza es lo último que se pierde. Aunque, en ocasiones, lo primero que se pierde es el dinero.

De pronto estábamos tan lejos del albero que los toreros parecían personajes de una novela rusa. Pequeños, solitarios y condenados a enfrentarse a su destino.

Mi Ángel Teruel, que de toros sabe bastante más que yo y de algunas otras cosas empieza a saber lo mismo, sostiene que no existen entradas malas en una plaza de toros. Porque los toros son los toros. Y tiene razón. El espectáculo no cambia de naturaleza según la altura desde la que uno lo contempla. Cambia la perspectiva. Como ocurre con la vida, con el amor y con las desgracias, que desde lejos siempre parecen bastante más pequeñas.

Tú, mientras tanto, habías decidido ver la corrida por televisión. Tiene gracia. Uno de los hombres que gobiernan Las Ventas estaba en su casa y yo, que no gobierno ni mi propio destino, ocupaba un asiento en las alturas. Nos escribíamos por WhatsApp mientras Morante toreaba y Madrid contenía la respiración.

Desde allí arriba podía ver el ruedo, los tendidos, las cuadrillas y hasta la geometría casi perfecta de aquella plaza. Pero había algo que no me llegaba. El olor.

Y entonces te pregunté a qué olía el albero.

«A miedo», respondiste.

Quise saber a qué olía el miedo.

«A la vida».

Y ahí me dejaste. Con tres palabras y un problema filosófico de dimensiones considerables.

Porque uno se pasa media existencia intentando vencer el miedo para descubrir, por boca de un francés que lleva toda la vida jugando con la muerte ajena, que el miedo es precisamente aquello que nos mantiene vivos. Qué extraordinaria contradicción. Qué enorme cabronada.

He pensado mucho en tu respuesta, Simón. En ese olor que no se vende en perfumerías, que no se puede embotellar y que, sin embargo, todos reconocemos. El miedo huele a las manos de un torero antes de hacer el paseíllo. A la camisa de un padre esperando noticias en un hospital. A la almohada de una mujer que acaba de enamorarse. A un teléfono que no suena. A una despedida que todavía no ha sucedido.

Huele a todo aquello que podemos perder.

Y quizá por eso el albero huele a miedo. Porque es uno de los pocos lugares donde el hombre todavía se atreve a representar públicamente su fragilidad. Hemos construido una civilización obsesionada con disimularla. Nos maquillamos las arrugas, anestesiamos las penas, contratamos seguros contra cualquier desgracia y fingimos que la muerte es un asunto de pésima educación que conviene no mencionar durante la cena. Pero entonces aparece un hombre vestido de luces, se planta delante de un animal de quinientos kilos y nos recuerda que seguimos siendo mortales.

Y que, además, lo sabemos.

Hay algo profundamente obsceno en el valor. No porque el valiente carezca de miedo, sino porque lo exhibe sin pedir disculpas. El cobarde, en cambio, suele tener una magnífica reputación. Es prudente. Es sensato. No se mete en problemas. Muere a los noventa años sin haber cometido la imprudencia de vivir demasiado.

A veces pienso que el mundo está lleno de cadáveres perfectamente conservados.

Tú has dedicado tu existencia a organizar encuentros entre el miedo y la belleza. Has visto a hombres salir por la puerta grande y a otros salir por la enfermería. Has visto triunfos que no valían nada y derrotas que merecían una estatua. Y sospecho que, después de tantos años, ya no confundes el éxito con la victoria.

Porque hay tardes en las que un torero pierde la oreja y gana la eternidad. Y otras en las que corta dos y no consigue arrancarle un solo segundo al olvido.

Me pregunto si ocurre lo mismo con el amor.

Si amar no será también ponerse delante de algo infinitamente más grande que uno mismo, sabiendo que puede embestirte. Si los enamorados no seremos, en el fondo, unos toreros bastante peor vestidos. Sin cuadrilla, sin médico de guardia y, por desgracia, sin posibilidad de pedir que cambien al toro.

El amor también tiene su albero. Y sus cornadas. Y sus tardes de gloria que nadie recuerda igual.

Pero hay una diferencia que me inquieta. En la plaza, el toro no engaña. Embiste conforme a su naturaleza. Somos los seres humanos quienes hemos perfeccionado el arte de herir mientras acariciamos.

Quizá por eso resulta más fácil enfrentarse a una bestia que a determinados sentimientos.

Kafka habría convertido el miedo en un funcionario encargado de concedernos permisos para vivir. Unamuno habría discutido con él hasta conseguir que ambos acabaran llorando. Y Borges, probablemente, habría descubierto que el miedo no era más que un espejo en el que la muerte se contemplaba a sí misma.

Yo, que soy bastante menos inteligente y mucho más sentimental, creo que el miedo es el precio que pagamos por tener algo que nos importe.

Quien no ama no teme perder. Quien no sueña no teme fracasar. Quien no se entrega no teme quedarse vacío. Es una existencia cómoda, desde luego. También lo es la de una piedra.

Lo verdaderamente terrible no es tener miedo. Es llegar a un momento de la vida en el que ya nada nos lo provoque. Ni un beso. Ni una ausencia. Ni una llamada inesperada. Ni un toro que sale de chiqueros. Ni la posibilidad de que mañana todo sea diferente.

Porque entonces, Simón, quizá sigamos respirando, pero habremos dejado de vivir.

Ahora comprendo por qué me respondiste tan deprisa. No necesitabas pensarlo. Hay respuestas que no nacen de la inteligencia, sino de las cicatrices.

Y también comprendo algo que no había entendido desde mi asiento en las alturas. El olor del albero no depende de la distancia. Ni del tendido. Ni de la proximidad a la puerta de arrastre. El miedo no necesita llegar hasta nosotros. Ya lo llevamos dentro.

Quizá Ángel tuviera razón. No existen entradas malas en los toros. Lo que existen son distintas maneras de mirar la vida. Hay quien necesita estar muy cerca para sentirla y quien, desde el último tendido, es capaz de estremecerse.

El albero huele a miedo. El miedo huele a vida. Y la vida, cuando se vive de verdad, acaba oliendo inevitablemente a muerte.

No es una tragedia. Es su grandeza.

Por eso, querido Simón, deseo que nunca se nos quite del todo el miedo. Que todavía nos tiemblen las manos ante ciertas personas. Que nos queden asuntos por resolver, besos por dar, cartas por escribir y alguna que otra imprudencia por cometer.

Que la vida no se convierta en esa costumbre vulgar de levantarse cada mañana sin esperar absolutamente nada.

Y que, cuando llegue nuestra última tarde, podamos decir que tuvimos miedo. Muchísimo.

Pero que salimos a torear.

Con cariño,

Katy.

*En la imagen de portada, obra de Javier Alonso.

El próximo 26 de noviembre, el InterContinental Madrid vuelve a celebrar Acción de Gracias con dos propuestas pensadas para disfrutar de la tradición estadounidense sin salir de la capital. El hotel, inaugurado en 1953 como el primer establecimiento americano de Europa, recupera para la ocasión algunos de los grandes clásicos de esta celebración: pavo asado, gravy, salsa de arándanos, mac & cheese, green beans casserole y una colección de tartas que incluye pumpkin pie, pecan pie y apple pie. La cita contará con dos formatos: un almuerzo especial de 13:00 a 15:30 h y una gran cena buffet de 20:00 a 22:30 h, ambas elaboradas de la mano de Miguel de la Fuente.

Más que una cita gastronómica puntual, la ceremonía del Thanksgiving forma parte de la historia del propio InterContinental Madrid. Desde su apertura, el hotel ha mantenido una estrecha relación con Estados Unidos y con la comunidad norteamericana de la capital, convirtiéndose durante décadas en escenario de encuentros, celebraciones y tradiciones importadas al otro lado del Atlántico. Acción de Gracias es una de ellas y, cada año, el hotel la recupera alrededor de una mesa en la que el pavo vuelve a ocupar el centro de la escena.

Un almuerzo para abrir el apetito

La celebración comenzará con un almuerzo que pone el foco en los sabores del otoño. La propuesta arranca con una ensalada de tallos y raíces elaborada con apio, remolacha, zanahoria y espárragos trigueros, acompañada de una crema fría de lechuga viva y brotes tiernos. Le seguirá una crema tibia de calabazas asadas con gelée de arándanos azules, hojas anisadas y manzana crujiente, una combinación que reúne algunos de los ingredientes más reconocibles de la temporada.

El plato principal será, como dicta la tradición, el pavo. En esta ocasión se presenta asado a baja temperatura y acompañado de cremoso de celery, castañas, colmenillas y salsa gravy. Una versión que mantiene el protagonismo del ave más emblemática de Acción de Gracias, pero incorpora una lectura más gastronómica y refinada de la receta. Para terminar, la carrot cake elaborada en el propio obrador del hotel pondrá el toque dulce al menú, que se completa con bebidas seleccionadas y café.

El almuerzo se celebrará de 13:00 a 15:30 h y tiene un precio de 63 euros por persona, IVA incluido. Una opción para quienes quieran celebrar esta festividad alrededor de una mesa más pausada y con un menú cerrado que recorre algunos de los sabores esenciales de la festividad.

La gran cena de Thanksgiving

A partir de las 20:00 h, la celebración cambiará de formato para dar paso a uno de los grandes momentos de la jornada: la cena buffet bajo la icónica cúpula del InterContinental Madrid. La propuesta recupera el carácter abundante de las grandes reuniones familiares estadounidenses y reúne en diferentes estaciones una amplia selección de platos inspirados en el recetario tradicional estadounidense.

La primera parada estará dedicada a los entrantes fríos y las ensaladas. Habrá crema caliente de calabaza amarilla, ensalada Waldorf con manzana y apio, tiras de batata aromatizadas con hierbas, espinacas y hojas tiernas con nueces y arándanos, ensalada de coliflor con vinagreta de colores y la clásica coleslaw. Diferentes salsas y vinagretas completarán esta parte del buffet antes de llegar a la estación de corte, donde volverá a aparecer el gran protagonista de la noche.

El pavo asado tradicional se servirá acompañado de relleno de pan de maíz, salvia, ciruelas y manzanas amarillas, además de la clásica gravy, elaborada con los jugos del propio asado, y salsa de arándanos rojos. Una combinación que resume buena parte del imaginario gastronómico que rodea a la celebración y que en el InterContinental se convierte en el centro de una mesa pensada para compartir.

Las estaciones calientes amplían el recorrido con algunos de los acompañamientos imprescindibles de la cocina estadounidense. El menú incluye jamón de Virginia ahumado, puré de patata cremoso con mantequilla, patatas al vapor con salsa Mery, zanahorias confitadas, coles de Bruselas salteadas con bacon y nueces pecanas y maíz pochado. También habrá green beans casserole, las clásicas judías verdes gratinadas con crema de champiñones y cebolla crujiente, además de uno de los platos que mejor representan el lado más comfort food de la cocina americana: el Mac & Cheese.

La parte más informal del buffet llegará con alitas de pollo marinadas con salsa BBQ de ciruelas, aros de cebolla fritos y potato skins con bacon y crema agria. Una selección concebida para combinar tradición y abundancia y que convierte la cena en un recorrido por diferentes registros de la cocina estadounidense, desde los platos más ligados a Acción de Gracias hasta algunos de sus clásicos más populares.

Pumpkin pie, pecan pie y el dulce final

El postre tiene casi tanta importancia como el pavo y el InterContinental Madrid reserva un espacio propio a la repostería. El equipo de cocina y pastelería del hotel prepara una selección de tartas y dulces asociados a las celebraciones familiares estadounidenses, con la calabaza, la manzana y las nueces pecanas como protagonistas.

Entre las propuestas estarán la tradicional pumpkin pie, la pecan pie, la carrot cake, el brownie y la clásica apple pie. A ellas se sumará una original bandera estadounidense elaborada en hojaldre, un guiño visual a la celebración que pondrá el punto final a la cena. Son postres que forman parte del imaginario colectivo de Thanksgiving y que trasladan a la mesa algunos de los sabores más reconocibles de esta festividad.

La cena buffet tendrá lugar de 20:00 a 22:30 h y tendrá un precio de 85 euros por persona, IVA incluido. Dos horarios y dos maneras diferentes de acercarse a una misma tradición: un almuerzo más pausado o una gran cena en formato buffet alrededor de los clásicos americanos.

El hotel que convirtió Madrid en punto de encuentro con Estados Unidos

La elección del InterContinental Madrid para celebrar Acción de Gracias tiene además una explicación histórica. Cuando abrió sus puertas en 1953, se convirtió en el primer hotel americano de Europa y rápidamente adquirió un papel destacado entre los viajeros procedentes de Estados Unidos. Su ubicación y su vocación internacional hicieron de sus salones un punto de encuentro para personalidades, representantes institucionales y figuras vinculadas a la cultura y la sociedad de ambos países.

Esa relación se ha mantenido a lo largo de las décadas y ha dejado algunas tradiciones que siguen formando parte del calendario del hotel. Entre ellas están las celebraciones del 4 de julio y, especialmente, esta que se conmemorará en las próximas semanas, una fecha que conecta directamente con sus orígenes y con la comunidad estadounidense de Madrid. La gastronomía funciona así como una forma de mantener viva esa historia, pero también como una excusa para reunir a locales y visitantes alrededor de una celebración que, en esencia, gira en torno a algo tan sencillo como compartir la mesa.

Hay objetos que cumplen una función y otros que terminan convirtiéndose en parte de una cultura. El encendedor pertenece a esa segunda categoría cuando pasa por las manos de S.T. Dupont. En 2026, la Maison francesa celebra 85 años desde la creación de su primer encendedor, presentado en 1941, y lo hace mirando hacia uno de los símbolos más poderosos de la reinvención: el Fénix. O, dicho de otra manera, celebrando una historia construida alrededor del fuego, la materia y una manera muy particular de entender el lujo.

Desde aquel primer modelo, S.T. Dupont ha convertido el encendedor en mucho más que un instrumento. La firma lo ha elevado a la categoría de objeto icónico del art de vivre francés, combinando innovación técnica, precisión artesanal y una identidad estética reconocible al instante. Hay un gesto que resume buena parte de ese universo: abrir un S.T. Dupont y escuchar su característico «cling». Una pequeña firma sonora que, con el paso de las décadas, se ha convertido en parte de la personalidad de la Maison.

El fuego como punto de partida

Para conmemorar este aniversario, S.T. Dupont recupera precisamente ese elemento fundacional y lo convierte en el centro de una colección especial. El Fénix, ave legendaria que renace de sus propias cenizas, funciona aquí como metáfora de una Maison que ha sabido atravesar generaciones sin renunciar a aquello que la hace reconocible. Reinventarse, sí, pero sin perder el hilo.

La colección pone el foco en uno de los grandes signos de identidad de S.T. Dupont: su savoir-faire artesanal. El protagonista es un excepcional guilloché de punta de diamante, un trabajo de precisión que transforma la superficie del objeto y pone en primer plano la relación entre mano, materia y técnica. El resultado habla de una forma de fabricación en la que cada detalle importa y en la que el lujo no depende únicamente del acabado, sino también del tiempo y del conocimiento necesarios para conseguirlo.

Piezas para volver a empezar

El homenaje toma forma en dos encendedores Línea 2 de edición limitada, disponibles en acabados de oro y paladio. La elección no es casual: cada versión está limitada a 1.941 unidades, una referencia directa al año en que S.T. Dupont creó su primer encendedor. Dos modelos que parten de una misma historia y la llevan a un lenguaje contemporáneo.

Ambos incorporan la característica doble llama de la Maison y el inconfundible sonido de apertura que identifica a la Línea 2. Sobre el cuerpo aparece el Fénix, grabado en oro o paladio según la versión, acompañado de un motivo lacado con efecto de llama y del número 85, convertido en señal de aniversario. Un nuevo motivo S.T. Dupont, finamente grabado, completa la composición y establece el vínculo entre el icono histórico y la nueva edición.

Fabricados en Francia, los dos encendedores condensan buena parte de las obsesiones de la Maison: precisión, materiales nobles, innovación y tradición. El resultado no busca reinterpretar el pasado desde la nostalgia, sino utilizarlo como punto de partida para seguir construyendo una historia que lleva más de ocho décadas ligada al arte del fuego.

El Línea 2 85 Aniversario Oro tiene un precio recomendado de 1.915 euros, mientras que la versión Línea 2 85 Aniversario Paladio se sitúa en 1.815 euros. Dos piezas numeradas que celebran una fecha concreta, pero también una idea mucho más amplia: la capacidad de un objeto para permanecer vigente cuando detrás de él existe una identidad sólida.

Desde su fundación en 1872 por Simon Tissot-Dupont, S.T. Dupont ha construido su nombre alrededor de una determinada idea de excelencia francesa. A los encendedores se suman instrumentos de escritura, artículos de marroquinería y accesorios que comparten una misma filosofía: unir artesanía e innovación sin que una tenga que imponerse sobre la otra. En su 85 aniversario encendedor mediante, la Maison vuelve al fuego para recordar de dónde viene y, al mismo tiempo, mirar hacia delante. Porque quizá esa sea la verdadera historia detrás del Fénix: no volver exactamente al mismo lugar, sino regresar convertido en otra cosa.

Por KATY MIKHAILOVA

Querido Simón:

No es lo mismo decir que “llego” que decir que “he llegado”. Parece una tontería, pero no lo es. “Llego” todavía contiene una posibilidad. “He llegado” es casi una sentencia. En el primero uno todavía está en movimiento. En el segundo ya hay que hacerse cargo de estar allí.

Como tampoco es lo mismo estar dormido que estar durmiendo. Ni, puestos a meternos en terrenos de Cela, estar follado que estar follando. Con o sin congreso.

El gerundio tiene esperanza. El participio, consecuencias. Este ensayo (adoro este género porque no es más que la antesala al directo que es la vida) es un gerundio que lunes a lunes cobra latido en esta espacio llamado “cartas a Simón”. Así me aseguro de que me leas.

El vienes asistí a nuestra sesión de ensayos con ropa de gimnasio. Ese detalle es importante, porque es una declaración de rebeldía ante el refrán que dice que el hábito hace al monje. Yo soy más del teorema de la mona: que aunque la mona se vista de seda… por eso soy feliz incluso con un saco de patatas del Mercadona.

Y aunque no fuera el chándal de Nike de Maduro, y solo unas mallas de Oysho, he salido de casa dispuesta a hacer algo productivo con mi cuerpo y terminé haciendo algo bastante más peligroso con mi cabeza. Pensar. Preferí una dosis de crisis existencial a una tabla de sentadillas.

Estar contigo, Simón, es vivir durante un rato en permanente ruptura con el universo.

No fui a entrenar. Tampoco estoy segura de haber descansado. Porque alimentar el alma no siempre le sienta bien al cuerpo.

Hablamos de la distancia justa entre la histeria y la angustia. Debe de ser pequeña. Quizá unos centímetros. Los mismos que separan a un hombre de un toro cuando ya no sirve pensar demasiado y todavía no conviene dejar de pensar.

Dos días después te fuiste a Sevilla. Y padeciste otro crush con el ruido del ave y esa cosa moderna llamada AirPods que funcionan sin cable. Y en Sevilla Talavante ha sufrido una cogida. No sufriendo.

Y podemos entonces volver a hablar del miedo. Pero no el miedo a morir. El miedo a no morir.

Morir tiene, dentro de su evidente inconveniente, algo definitivo. Lo verdaderamente angustioso es sobrevivir. Sobrevivir obliga a continuar. Hay que levantarse al día siguiente, desayunar, responder mensajes, pagar facturas ahora que estamos en octubre, volver a enamorarse o desenamorarse, volver a equivocarse y acudir puntualmente al psicólogo para explicarle por qué uno sigue siendo incapaz de entenderse.

Hasta que un día ocurre algo extraordinario. El paciente mira al psicólogo. Lo mira de verdad. Y comprende que aquel señor también tiene problemas.

Ese instante me parece fascinante. La relación se invierte. El enfermo descubre la enfermedad del médico. El acusado sospecha del juez. El alumno empieza a examinar al profesor. Kafka habría disfrutado mucho con la psicología moderna.

Un hombre entra en una consulta para averiguar quién es y después de veinte años consigue demostrar científicamente que sigue sin saberlo.

Tú dices que existe una unión sagrada entre pensar y actuar. Me quedé pensando en ello. Lo cual demuestra que no entendí nada.

Pensar sin actuar acaba siendo una forma elegante de cobardía. Actuar sin pensar es una forma bastante ordinaria de suicidio. Entre ambas cosas transcurre la vida y el verdejo (o tú y tu whisky JB).

Tal vez por eso el torero lo entiende mejor que nosotros.

Delante del toro no existe el borrador.
No puede detener al animal y decirle que necesita unos minutos para reconsiderar su posición ontológica. Pensamiento y acto deben encontrarse exactamente en el mismo sitio. Ni antes ni después. Un segundo de más es miedo. Un segundo de menos, inconsciencia. Y el clarín sonaba mientras Talavante iba a matar.

La distancia justa.

Volvimos entonces, no sé cómo, a la democracia. Aunque contigo nunca sé cómo llegamos a ningún sitio.

Dijiste que a la democracia le antecede la educación. Y pensé que seguramente también a la libertad. Y empezó a llover. Nosotros refugiados en la terraza de Luzy Bombón. Castellana mediante.

Nos han enseñado que ser libre consiste en hacer lo que uno quiere. Una definición estupenda si uno tiene cinco años. Después la cosa se complica. La libertad exige criterio. El criterio exige educación. Y la educación exige algo que nuestra época lleva bastante mal: aceptar que no todo lo que deseamos nos conviene.

Quizá ahí empieza la ética existencial. No en ser buenos. En hacerse responsable de haber elegido.

Sartre escribió que “el infierno son los otros” (es el título del libro que mencionas). Aunque, en realidad, no culpaba a los otros de existir. El infierno empieza cuando dejamos que su mirada decida quiénes somos.

Yo nunca he terminado de creérmelo del todo. El infierno sería mucho peor sin ellos.

Porque el otro molesta, contradice, abandona, juzga, desea cosas distintas a las nuestras, llega tarde, se enamora mal y a veces ni siquiera contesta a WhatsApp. Pero sin el otro no existe prácticamente nada que merezca la pena contar.

Tal vez la distancia justa consista precisamente en eso. En no vivir prisionero de la mirada ajena sin cometer la estupidez de creer que uno puede vivir sin ella.

Por eso también desconfío de esta obligación contemporánea de amarse a uno mismo.

Hay algo profundamente egocéntrico en pasar la vida enamorado de uno mismo. Quererse lo suficiente para no destruirse, de acuerdo. Pero amarse como proyecto vital me parece agotador. Yo ya tengo bastante conmigo. Con mi espejos y mis selfies. Necesito a los otros. Aunque Sartre diga que son el infierno. Aunque nos hagan sufrir.

Aunque algunas veces tengamos que, para recuperarnos de ellos, tumbarnos en un chéster. Como el de mi salón: ¿te conté que estuve 2 años sin sofá en mi casa? El sofá y la televisión son dos elementos del pequeño burgués… pero eso ya lo dejo para otra entrega.

Y entonces llegó Ángel Teruel. Lo cual resultó bastante oportuno porque llevábamos un buen rato hablando de todo menos de toros, y esa unión sagrada que tú encuentras entre pensar y actuar solo la entiende el ruedo.

Ángel llegó y dejó de ser necesario hablar del torero en abstracto. Yo pasé a segundo plano. Hay personas que llegan a una conversación y la interrumpen. Otras la demuestran.

Estamos cerrando ciclos. Tú amenazas con que te retiras en 2032 porque te he dado por el 7. Yo quiero que con quien tú empezaste ahora tú cierres, aunque sea con su hijo y su legado.

Y pensé que quizá por eso me había quedado contigo en lugar de ir al gimnasio. Yo había salido de casa preparada para entrenar el cuerpo (tras una agradable comida en Nonetta con mi amiga la diputada Bea Fanjul y mi socia Ana María Martín).

Pero terminé sentada entre dos toreros hablando del miedo a morir, del miedo a no morir y de lo complicado que resulta, entretanto, vivir.

Entonces entendí que Sartre tenía razón pero solo a medias. El infierno pueden ser los otros. Pero algunas veces los otros llegan. Y uno deja de estar solo.

Quizá de eso llevábamos hablando toda la tarde sin saberlo. Del toro. Del psicólogo. De la democracia en peligro en Sol. De la educación y de que el primer acto de dignidad con uno mismo empieza en la ducha. Del amor irremplazable. Del miedo a llorar y llorar además y en gerundio. Llorar conscientes. Lloro luego existo. Tú haces el amor con tus lágrimas, yo les monto un pollo.

Porque puede que el valor no consista en no tener miedo a morir. Puede que consista en algo bastante más difícil. No tener miedo a seguir viviendo después de haber tenido miedo.

Pensar y actuar. Caer y levantarse. Alcohol y resaca. Resacas acumuladas, como dice Ana María. Llegar y haber llegado.

Yo el viernes llegué a verte vestida para entrenar el cuerpo y salí preguntándome por mi sentido de la existencia.

No hice una sola sentadilla. Pero comprendí algo. Entre la histeria y la angustia, entre pensar y actuar, entre el hombre y el toro, entre uno mismo y los otros, existe siempre una distancia exacta.

El problema es que nadie nos dice cuánto mide.

Y a eso, querido Simón, supongo que lo llamamos vivir.

Hay restaurantes que cambian de dirección. Otros aprovechan la mudanza para evolucionar. La Única pertenece a los segundos. Tras dejar su histórico espacio de Claudio Coello, encontró en su nueva casa (calle Alcalá, 87) la oportunidad de crecer sin renunciar a lo que la convirtió en una de las cocinas mexicanas imprescindibles de Madrid.

Dicen que en restauración existen tres reglas de oro: location, location, location. La dirección importa. El escaparate también. Incluso la acera adecuada puede decidir el éxito de un negocio. Pero, de vez en cuando, aparece un restaurante que demuestra que hay algo mucho más importante que el código postal: tener una cocina a la que el cliente siempre quiera regresar.

La Única dejó hace unos meses su conocido local de Claudio Coello para instalarse en un nuevo espacio, también en el barrio de Salamanca (calle Alcalá, 87). Un cambio que, lejos de hacerle perder personalidad, la reforzó. Porque cuando la cocina tiene identidad, el cliente no memoriza una dirección; memoriza un sabor.

Y el suyo es difícil de olvidar.

La nueva ubicación suma una agradable terraza y un horario prácticamente ininterrumpido desde las doce del mediodía hasta la noche. Es uno de esos restaurantes donde uno puede empezar con una comida tranquila, alargar la sobremesa, enlazar con unas margaritas en un afterwork y terminar cenando sin mirar el reloj. Más que un restaurante, funciona como un punto de encuentro.

Yo lo comprobé compartiendo mesa con mi amigo José Luis Pantoja, al que conozco desde hace más de diez años. Y, como suele ocurrir cuando la conversación merece la pena, los platos fueron llegando sin prisa.

Antes incluso de pedir, aparecen las tres salsas de la casa. Verde, tatemada y roja. Parece un gesto sencillo, pero ya anticipa la personalidad del lugar. Aquí el picante no busca protagonismo; busca equilibrio.

Uno de los imprescindibles vuelve a ser el aguachile de atún rojo. Un plato tan bonito como inteligente. El rojo intenso del caldo, el atún cortado con precisión, el aguacate, la cebolla morada y el jalapeño encuentran un equilibrio poco habitual. El picante acompaña sin eclipsar y deja que el producto sea quien lleve la voz cantante. Es uno de esos platos que consiguen ser sofisticados precisamente porque no necesitan complicarse.

Confieso, sin embargo, que hubo un plato que me hizo replantearme mis propias preferencias.

Siempre he sido una auténtica defensora de la cochinita pibil. La de La Única sigue siendo magnífica. Pero el taco de chamorro juega en otra liga. Es una bomba de sabor. Meloso hasta rozar lo obsceno, profundo, untuoso y cocinado con ese punto de paciencia que convierte un buen taco en uno inolvidable. Hay bocados que se disfrutan y otros que permanecen en la memoria. Este pertenece claramente al segundo grupo.

La carta también demuestra que México puede dialogar con otros productos sin perder autenticidad. El taco de solomillo con tuétano es un magnífico ejemplo. La intensidad del tuétano encuentra el equilibrio perfecto en una carne de enorme calidad, logrando uno de esos contrastes que funcionan porque detrás hay técnica y producto.

Después llegó el solomillo con salsa de pimienta. Una elaboración aparentemente clásica que confirma que La Única no vive exclusivamente del recetario mexicano. Vive, sobre todo, del respeto al producto y de una cocina técnicamente impecable.

Mención aparte merecen las micheladas. Llevo años teniendo la misma discusión cada vez que las pido: un poco más de clamato, por favor. Me gusta ese sabor intenso que muchas veces se queda corto. Aquí, sin embargo, no hizo falta decir absolutamente nada. La clavaron. Equilibradas, con carácter y, probablemente, entre las mejores micheladas que pueden tomarse hoy en Madrid.

Y cuando parecía que la comida ya había dicho todo lo que tenía que decir, llegó el tres leches. Cremoso, ligero y con ese punto justo de dulzor que pone el broche perfecto sin resultar empalagoso. Un final elegante para una cocina que entiende que los detalles también cuentan.

En una ciudad donde cada semana abre un restaurante dispuesto a convertirse en el nuevo lugar de moda, La Única juega otra partida. No necesita sorprender con artificios ni disfrazar la tradición de modernidad. Le basta con cocinar muy bien, atender aún mejor y conseguir algo que no todos logran: que uno salga pensando cuándo va a volver.

Porque quizá la primera regla de la hostelería sea la location. Pero la última, la que realmente convierte un restaurante en un clásico, siempre será otra: que el cliente tenga una buena razón para regresar. Y La Única, ahora desde Alcalá, 87, sigue teniendo muchas.

Dos tradiciones centenarias se encuentran en una edición limitada para coleccionistas: H. Upmann recupera la figura de Miguel Báez “El Litri” en un exclusivo estuche de diez Habanos Magnum 54 que celebra la artesanía, el carácter y la historia entre el mundo del habano y la tauromaquia.

Hay nombres que trascienden su propia disciplina. Miguel Báez Espuny, “Litri”, es uno de ellos. Figura imprescindible de la tauromaquia española del siglo XX y uno de los grandes toreros de la llamada edad de oro de los años cincuenta, el diestro onubense dejó tras de sí una manera propia de entender el ruedo, marcada por el valor, la personalidad y una elegancia que convirtió su nombre en parte de la historia del toreo. Ahora, su legado protagoniza una edición especial de H. Upmann que vuelve a reunir dos universos unidos durante siglos: el del Habano y el de la tauromaquia.

La nueva Tauromaquia & Miguel Báez “Litri” H. Upmann Magnum 54, edición 2026, llega al mercado español como una serie limitada de apenas 1.000 estuches numerados. Cada uno reúne diez Habanos de la vitola Magnum 54, de 54 de cepo por 120 milímetros de longitud, elaborados completamente a mano con hojas procedentes de Vuelta Abajo, en Cuba. Una propuesta concebida para quienes entienden el Habano no solo como un producto de disfrute, sino también como una pieza vinculada al tiempo, la artesanía y la cultura del coleccionismo.

Un Magnum 54 con sello propio

El cigarro elegido para esta edición pertenece a una de las marcas históricas del universo Habanos y presenta una fortaleza suave a media. Su perfil se construye sobre notas tostadas y matices dulces, con un postgusto amplio y elegante que prolonga la experiencia. Cada unidad incorpora, además, una anilla conmemorativa creada específicamente para esta edición, convirtiendo el homenaje a “Litri” en parte visible de cada Habano.

El estuche lleva todavía más lejos esa conexión. La imagen del famoso «litrazo», uno de los pases de muleta asociados a Miguel Báez, protagoniza su diseño. En él, el torero cita al toro desde una gran distancia mientras mantiene la muleta escondida a la espalda, una suerte de firma personal que terminó incorporándose a la iconografía de su figura. El resultado es una edición en la que el contenido y el continente comparten una misma idea: reivindicar el gesto, la precisión y la maestría detrás de dos oficios profundamente ligados a la tradición.

Disponible en los estancos españoles más especializados, el Habano tiene un precio de 35 euros por unidad, mientras que el estuche de diez unidades alcanza los 350 euros. Su producción limitada y numerada sitúa esta referencia en el territorio de las piezas destinadas tanto al disfrute como a la colección.

La leyenda de “El Litri”

Miguel Báez Espuny llegó a los ruedos en una época de enorme expectación alrededor de la tauromaquia y pronto se convirtió en uno de los nombres más reconocibles de su generación. Conocido como “El Torero de Huelva”, desarrolló una carrera marcada por su capacidad para enfrentarse a algunas de las plazas y corridas más exigentes del panorama español. Su personalidad dentro y fuera del ruedo, unida a un concepto de la tauromaquia basado en el valor, contribuyó a consolidar su lugar entre las grandes figuras del siglo XX.

Miembro de una de las sagas taurinas más conocidas de España, “Litri” también contribuyó a acercar y popularizar el toreo en una época especialmente relevante para su evolución. Su trayectoria recibió numerosos reconocimientos, entre ellos la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, una distinción que subraya la dimensión cultural que alcanzó su figura más allá de los propios ruedos.

El homenaje de H. Upmann se integra así en una tradición que ya ha puesto el foco en otras grandes figuras de la tauromaquia. La serie Tauromaquia y Habanos, creada por Tabacalera, distribuidor exclusivo de Habanos en España, nació en 2019 con una primera edición dedicada a Morante de la Puebla. Desde entonces, nombres como Joselito el Gallo, Juan Belmonte o Francisco Esplá han formado parte de esta colección. La edición dedicada a “Litri” se convierte en la octava entrega de una serie concebida para explorar los vínculos históricos entre ambos mundos.

Cuba y España, España y Cuba

La relación entre el Habano y la tauromaquia va más allá de una coincidencia estética. El toreo tuvo una presencia continuada en Cuba durante cuatro siglos y llegó a contar con más de una veintena de plazas de toros. Al mismo tiempo, el cigarro cubano se convirtió en una de las grandes expresiones artesanales de la isla, construyendo alrededor de su elaboración y disfrute toda una cultura propia.

Es precisamente ese territorio común entre tradición, ritual y artesanía el que articula la colección Tauromaquia y Habanos. En el caso de “Litri”, la conexión se materializa a través de una de las marcas más antiguas y reconocidas del universo Habanos.

H. Upmann, más de 180 años de historia

Fundada en La Habana en 1844 por Herman Upmann, un banquero alemán apasionado por los Habanos, H. Upmann forma parte de la historia más longeva de la industria tabaquera cubana. Su fundador llegó a establecer en la ciudad tanto una entidad bancaria como una fábrica de cigarros, aunque sería esta última la que terminaría dejando una huella perdurable.

La marca se consolidó con el tiempo como una de las referencias históricas de Habanos y como representante de un perfil de fortaleza media. Su trayectoria quedó respaldada, además, por las numerosas medallas de oro obtenidas en certámenes internacionales durante el siglo XIX. Más de 180 años después de su fundación, H. Upmann mantiene esa asociación con la elaboración artesanal y el tiempo como elementos esenciales de su identidad.

Con Tauromaquia & Miguel Báez “Litri” H. Upmann Magnum 54, la marca suma un nuevo capítulo a esa historia. Una edición limitada que convierte el Habano en punto de encuentro entre dos tradiciones de largo recorrido y que recupera, en formato de colección, la figura de uno de los nombres esenciales del toreo español.