Por KATY MIKHAILOVA
Fotografía MARIO SIERRA
Estilismo BEATRIZ MORENO DE LA COVA

Acumulan millones de seguidores y se han convertido en el referente de cientos de adolescentes, pero hubo un tiempo en el que LOLA LOLITA y SOFÍA SURFERS, como se han hecho llamar artísticamente en sus perfiles en redes sociales, eran como esos jóvenes a los que hoy inspiran. Y, en buena medida, lo siguen siendo, porque pese a su gran proyección mediática, apenas superan la veintena. Sin embargo, ambas tienen las ideas claras y una ambición notable que las ha llevado a ocupar el lugar que hoy ostentan, sin dejar que nadie les dé gato por liebre.

Los gatos sobreviven a las caídas de maneras misteriosas. Siempre aterrizan. Quizá por eso existe aquello de las siete vidas. Porque hay criaturas que, incluso cuando todo se rompe, encuentran la manera de recolocarse sin hacer demasiado ruido.

Lola (24) y Sofía Moreno (22), más conocidas como Lola Lolita y Sofía Surfers, tienen algo profundamente felino. No solo porque vivan rodeadas de gatos —seis en el caso de una, tres en el de la otra, respectivamente— y también de algún perro, como Brownie, el can de pelaje marrón chocolate que aparece en estas páginas, sino por esa mezcla singular de sensibilidad e independencia, de ternura y distancia, de exposición y refugio.

No empezaron siendo un personaje. Empezaron siendo dos hermanas, con sol y playa del Mediterráneo, con gatos adoptados y con esa manera de crecer sin darse demasiada cuenta de que el talento bien gestionado te ayuda a brillar.  Y después vino el ruido. Las pantallas. Los millones (entre las dos suman más de seis millones de seguidores en Instagram, y más de quince en Tik Tok). 

Y, sin embargo, no se rompió lo importante. Porque Lola es impulso, movimiento y esa energía que no se explica pero que se ejecuta. Tiene algo de vértigo bonito, de quien construye mientras corre. Sofía, en cambio, observa, absorbe, se mueve hacia dentro incluso cuando viaja lejos. Si una acelera, la otra ordena. Si una expone, la otra matiza.

Han aprendido a convivir con la mirada constante sin convertirse del todo en lo que se espera de ellas. Entendieron antes que muchos que la exposición no sustituye a la identidad. Que el algoritmo no puede ser un hogar. Hablan de la familia como quien habla de raíces; de los animales, como quien habla de verdad; del éxito, como quien sabe que pesa. No hay épica en su historia. Hay continuidad. Y quizá por eso funcionan. Porque, mientras otros se reinventan constantemente para no desaparecer, ellas han optado por algo más difícil, reconocerse en cada versión. Siete vidas, al final, no es empezar de nuevo. Es no dejar de ser quien eres, aunque todo cambie.

En la imagen de portada de este artículo, Sofía luce top y falda en blanco perla, de DE LA CIERVA Y NICOLÁS; y pendientes de oro blanco y brillantes, de DINH VAN. Lola lleva vestido de organza líquida, también de DE LA CIERVA Y NICOLÁS. Sobre estas líneas, vestido bordado con pedrería y cristales, de RUBÉN HERNÁNDEZ COSTURA; y plataformas de piel efecto metálico, de AQUAZZURA.

Ahora viajemos en el tiempo. Primavera de 2026, con la inspiración ubicada en esta, nuestra edición de verano. Hotel Santo Mauro. Madrid. Una de esas tardes de abril en las que el sol promete y la lluvia traiciona. Los jardines húmedos, las piedras oscurecidas, el verde más verde que nunca. Dentro, terciopelos, maderas nobles, una luz baja que parece pensada para que todo suceda un poco más despacio.

El Santo Mauro no es exactamente un hotel. Es más bien una casa donde alguien ha decidido que el tiempo no corra. Un lugar donde todo, desde las telas de Gastón y Daniela, los silencios, hasta la forma en la que cae la luz, tiene algo de escenografía emocional.

Ahí aparecen ellas. Lola ríe. Sofía sonríe. Se mueven con naturalidad entre los estilismos pensados por Bea M. de la Cova, los focos de Mario Sierra y mis gatos, como si todo formara parte de una misma escena cotidiana. Marco dirige. Y ellas bailan entre toma y toma, se miran con esa complicidad automática de las hermanas que no necesitan explicarse demasiado. Son espontáneas, sencillas, jóvenes y, sin embargo, llevan más vida vivida de la que corresponde a su edad digital.

Ambas llevan vestidos drapeados de licra, de DANIELA LINARES; Sofía, con brazalete y anillos de oro blanco y brillantes; y Lola, con brazalete de oro amarillo, todo de DINH VAN.

Siempre han sido equipo, cuentan casi restándole importancia. “Con nuestras diferencias, pero siempre hemos estado la una para la otra”. No hay épica en la frase. Hay estructura.

La familia aparece pronto. Como refugio, pero también como límite. Como ese lugar que sostiene cuando todo alrededor se amplifica. “Nuestra madre muchas veces es quien nos pone límites, y eso también es cuidarnos”.

Entre frase y frase, se prueban un vestido, se levantan, vuelven, alguien ajusta una luz. Todo fluye. No hay rigidez. Cuando se les pregunta por ese momento en el que la vida deja de ser normal, no hay un punto exacto. No hay una escena fundacional. Más bien una transición lenta, casi imperceptible, desde el instituto hasta esa sensación difusa de empezar a ser observadas. Y, sin embargo, lo verdaderamente interesante es lo que no cambia: “Si mañana desaparecieran las redes, seguiríamos siendo nosotras”. Lo dicen sin énfasis. Como quien no necesita convencer a nadie. Y ahí hay algo profundamente contemporáneo. Y es que en un mundo donde muchos dependen del escaparate para existir, ellas parecen tener claro que la identidad no se negocia con el algoritmo.

“Con nuestras diferencias, pero siempre hemos estado la una para la otra”

Lola habla de casa, de sus animales, de proyectos que construye casi desde dentro. Sofía, en cambio, se inclina hacia fuera. Viajar, moverse, absorber lo que pasa. Dos maneras distintas de estar en el mundo, sostenidas por una misma raíz. “Los animales representan amor puro, hogar, paz”, explican. Y quizá por eso todo encaja. Porque mientras fuera todo se acelera, dentro de ese universo hay algo que sigue funcionando con otra lógica. Más lenta. Más esencial.

Bolero de plumas, de GOROF; top de punto con escote bardot, de TRUCCO; pantalón corto de seda, de MARIO SALAFRANCA; y tacones de piel estampada, de MAGRIT.

El éxito aparece, inevitablemente, pero no como destino, sino como consecuencia. Les ha dado libertad, dicen, pero también una responsabilidad enorme. Porque cuando millones de personas te miran, cada gesto pesa un poco más. “Perder lo que hemos construido da vértigo. Pero también sabemos que, con o sin redes, encontraríamos nuestro camino”, confiesan a esta cabecera.

Entre toma y toma, Cristiano (que no entiende de entrevistas ni de narrativa) irrumpe como un pequeño caos con forma de gato. Cibeles observa desde la distancia, elegante, diplomática. El contraste es perfecto. Y hay algo ahí. Porque, como ellos, Lola y Sofía conservan ese punto indomable. Esa parte que no termina de pertenecer del todo al lugar donde está.

Lola lleva vestido de flecos con abalorios dorados, de WOMANZE, y sus propias joyas.

La conversación se vuelve ligeramente más afilada cuando aparece la exposición. No desde el drama, sino desde la lucidez. “Estar muy expuesta no significa sentirse acompañada”. Silencio breve. Nadie subraya la frase. Pero se queda. Han aprendido a filtrar, a distinguir entre crítica y ruido, a no quedarse demasiado tiempo en lo que no construye. Y, sobre todo, a proteger. “Con los años hemos aprendido que hay cosas que es mejor no enseñar”, dicen. No es censura. Es criterio.

“Estar muy expuesta no significa sentirse acompañada”

En un entorno que empuja constantemente a mostrarse más, a decir más, a ser más, ellas han entendido que parte del equilibrio está precisamente en lo contrario. En reservar. En mantener un espacio propio al que nadie más tiene acceso.

Cuando hablan de su faceta empresarial, el tono cambia apenas un matiz. Más concentración, más precisión. Son conscientes de que, detrás de la aparente naturalidad hay estructura, equipo, decisiones: “Sostener lo construido requiere equilibrio. Mucha cabeza y capacidad de adaptarse”. Y ahí, quizá, está la clave de todo. Porque crecer puede ser casi accidental, pero sostener implica intención. Implica carácter.

Las hermanas lucen vestidos de crepé con cuerpo corsetero y falda drapeada, de VICTORIA COLECCIÓN. Las acompaña Brownie, el perro de Lola, presente durante la sesión.

Fuera sigue lloviendo. Dentro, el Hotel Santo Mauro continúa funcionando como un pequeño paréntesis en el tiempo. Alguien recoge un foco, alguien comenta la última toma, alguien cruza el salón con prisa. Mi nariz termina sangrando en un gesto casi anecdótico por un zarpazo propiciado por Cristiano. ¡Qué esperar de un gato madridista! La pasión también es cosa de las fieras. Ellas siguen riendo. Cristina Santaolalla, representante de ambas, bromea con un “ya que duele, grábalo”.

“Nunca hemos querido interpretar un personaje”. Lo dicen al final, casi como una nota al margen. Y, sin embargo, es probablemente la frase que sostiene todo lo demás.

Siete vidas, al final, quizá no tengan que ver con resistirlo todo, sino con saber quién eres —y no olvidarlo— cuando todo el mundo parece querer escribir tu papel por ti.

Chaqueta y pantalón de flecos, ambos de cuero, de ELISABETTA FRANCHI; tacones de charol, de MAGRIT; y pendientes de oro blanco con brillantes, de DINH VAN.

Maquillaje y peluquería CRISTO RODRÍGUEZ para Guerlain, en el caso de Lola, y KÉRASTASE para ambas, respectivamente
Producción MARCO DE PABLOS
Asistente de fotografía SERGIO MARTÍN
Asistente de estilismo DIEGO SERNA
Agradecimientos HOTEL SANTO MAURO

La influencia ya no se mide únicamente en cifras, aunque ellas acumulen millones. Se mide en la capacidad de generar conversación, de marcar tendencias y de conectar con una generación que consume contenido a la velocidad del vértigo. Lola Lolita y Sofía Surfers lo saben bien. Convertidas en dos de las personalidades digitales más relevantes del país, han hecho de la autenticidad su principal activo y de las redes sociales una plataforma desde la que construir algo mucho más grande que una comunidad.

FEARLESS las reúne este verano en el Hotel Santo Mauro de Madrid para retratar un momento clave de sus trayectorias. Jóvenes, ambiciosas y plenamente conscientes del lugar que ocupan, representan una nueva forma de entender la notoriedad: más cercana, más espontánea y, al mismo tiempo, extraordinariamente influyente.

Entre risas, confidencias y la compañía de Brownie, Cibeles y Cristiano, el inseparable perro de Lola y los gatos de la editora de esta cabecera, respectivamente, habla sobre la familia, el éxito, la exposición pública y los proyectos que están por venir. “Con nuestras diferencias, pero siempre hemos estado la una para la otra”, afirman. Una frase que resume el vínculo que las une y que explica, en parte, cómo han llegado hasta aquí.

Además, ambas son férreas defensoras de los derechos de los animales —una causa que apoyan activamente y visibilizan de forma habitual en sus plataformas—, y coinciden en una misma idea: «Los animales representan amor puro, hogar y paz». En este número queda reflejado. Son indomables.

Una mañana de lujo

Relojes y joyas capturan los primeros rayos de sol, ofreciendo un sinfín de propuestas con las que adornar la piel. Cada pieza traduce la elegancia del amanecer en forma de objeto, en una de las estaciones del año en las que más brillan.

Lázaro Rosa-Violán e Isabel Coixet a la caza del mamut

Uno ha revolucionado la forma en que entendemos los espacios; la otra ha transformado la manera de contar historias. Lázaro Rosa-Violán e Isabel Coixet son dos de los grandes creadores españoles de las últimas décadas. Proceden de disciplinas aparentemente alejadas y, sin embargo, comparten mucho más que años de amistad. Ahora también un posible nuevo proyecto cinematográfico con un sorprendente protagonista: un mamut de nombre Alvarito.

Sara Zaldívar, al servicio del arte

Por amor al arte, literalmente. Así ha construido su recorrido Sara Zaldívar, una de las mecenas y coleccionistas más destacadas de España. Hace tres años, junto a Alejandra Arias, decidió apostar por la cerámica con CerARTmic, reivindicando el poder del barro. Para demostrarlo, reúne a su particular pandilla, engalanada con metales preciosos, en una aleación tan inesperada como fascinante.

Aprende a decir NŌ (architects)

En el trabajo de NŌ architects hay algo que se resiste a ser explicado de forma directa. Sus espacios no buscan imponerse, sino revelarse lentamente, como si siempre hubieran estado allí. Entre el paisaje, la luz y el vacío, su arquitectura se construye desde una idea de esencialidad que remite más a lo ritual que a lo formal.

Agathizar la arquitectura

Precursora de un fenómeno propio, el de la “agathización”, la relación de Ágatha Ruiz de la Prada con la arquitectura se remonta a siglos atrás y ha acabado convirtiéndose en una de sus grandes pasiones. En estas páginas, convive con algunos de los principales referentes de la disciplina en España, en un encuentro impulsado por ECOcero, y deja entrever que aún arrastra una cuenta pendiente.

La cantera del diseño nos descubre su interior desde Neolith

La cantera de la arquitectura y el interiorismo se reúne en Neolith llevando algo más que la casa a cuestas, su propio estudio. El resultado son estos bodegones tan personales que recuerdan que, aunque el resultado sea lo visible, lo verdaderamente decisivo siempre ocurre en el interior. 

Duchamp 2.0

El arte sigue explorando los límites entre lo cotidiano y lo estético, desplazando objetos funcionales hacia nuevos territorios de significado. En ese contexto, “Tienes una flor”, impulsada por Geberit, convierte el inodoro en un punto de partida para el diseño, reuniendo a veinte de los estudios más destacados del panorama actual.

Palito Dominguín lleva el arte en la sangre

Palito Dominguín ha crecido marcada por un instinto artístico poco común, propio de una de las estirpes más importantes del panorama cultural nacional. Aún así, no siempre lo ha tenido fácil. Abrirse paso en el mundo del arte más allá de su apellido también ha sido parte del recorrido. Ahora debuta con su primera exposición, un punto de partida que confirma que su trayectoria no es solo herencia, aunque lo lleve en la sangre.

Los enigmas de la Orden de Malta

Pocas instituciones pueden presumir de haber atravesado casi nueve siglos de historia sin renunciar a su esencia. La Orden de Malta, heredera de una tradición que hunde sus raíces en la Jerusalén medieval, sigue siendo hoy una referencia internacional en los ámbitos de la asistencia, la acción humanitaria y el compromiso cristiano. Al frente de su Asamblea Española se encuentra Aline Finat y Riva, condesa de Villaflor, primera mujer en ocupar la presidencia de la institución en nuestro país. Charlamos con ella acerca la realidad de una organización tan fascinante como desconocida para el gran público, donde la vocación de servicio continúa siendo, nueve siglos después, la principal razón de ser.

Si no lo viste, te lo perdiste, ¿o no? PREMIOS MUJER FEARLESS 2026

Todo estaba a favor. Todo menos el tiempo, que decidió colarse como invitado sorpresa en la V edición de los Premios Mujer Fearless, celebrados en el Teatro Magno. Aun así, y como ya es tradición, una veintena de mujeres —y algún que otro hombre— fueron reconocidos por hacer exactamente lo que mejor saben, cada cual en su terreno, abriendo no solo paraguas, sino también camino a las generaciones futuras.

Federico Jiménez Losantos, última parada

Federico Jiménez Losantos es uno de los comunicadores más reconocibles —y también más polémicos— del panorama radiofónico español. Voz inconfundible de la radio desde hace décadas, ha convertido la opinión en un género propio y el debate en un estilo de vida. Periodista, escritor y tertuliano, su figura ha atravesado medios, etapas ideológicas y momentos distintos de la vida pública y cultural española sin perder nunca el humor que le caracteriza.

Ya estuvo en FEARLESS hace casi dos años, cuando protagonizó una de nuestras portadas más icónicas, rodeado por quienes cada mañana le acompañan en la Crónica Rosa. Hoy vuelve a esta cabecera no para explicarse ni para justificarse, sino para responder. También para que le conozcamos aún mejor. No necesita biografía ni presentación, solo una pregunta tras otra. Y alguien que escuche.

Por MARCO DE PABLOS

Si hay algo que la cantante argentina Tini y el también cantante y compositor Sebastián Yatra tienen en común cada vez que aterrizan en Madrid, además de llenar recintos y acaparar algún que otro titular, es que ambos reservan mesa en La Cabrera. Este restaurante argentino, ubicado en pleno barrio de Salamanca y con cocina non stop desde las 12:00 hasta las 23:30 horas, se ha convertido en uno de los grandes puntos de encuentro de la capital para los amantes de la gastronomía porteña, aunque su verdadero éxito va mucho más allá de los rostros conocidos que cruzan sus puertas. Aquí se viene a disfrutar de una de las mejores carnes de Madrid y, de paso, a viajar a Buenos Aires sin salir de la península. Porque pocos asados consiguen emocionar tanto a quienes nacieron al otro lado del Atlántico —doy fe de ello— como los que salen de las brasas de estas cocinas. Su ambiente recrea el de los tradicionales quinchos, nombre con el que se conoce a los espacios de los hogares argentinos destinados a preparar asados y reunir a familiares y amigos, considerados el corazón de muchas viviendas rioplatenses, que suelen estar decorados con reliquias familiares, vajillas antiguas, letreros de calles y otros recuerdos cargados de historia. En La Cabrera no falta ninguno de esos detalles.

Pero la historia de este establecimiento comenzó mucho antes de conquistar Madrid. Su primer local abrió las puertas en el barrio bonaerense de Palermo —el equivalente al Malasaña madrileño por su ambiente bohemio y su animada escena gastronómica— de la mano del reconocido parrillero Gastón Riveira. Desde entonces, el restaurante se ha convertido en un auténtico referente de la parrilla, con presencia en varios países de Latinoamérica y reconocimiento internacional por figurar en rankings como 101 World’s Best Steak Restaurants.

En 2023, La Cabrera desembarcó en la capital española de la mano del Grupo Los Lirios, liderado por José Luis Ansoleaga, con la intención de trasladar a Madrid el culto por el carbón y la leña. Hoy, además del local capitalino, la marca cuenta con otro en Barcelona y prepara una próxima apertura en Málaga. Mientras tanto, en Latinoamérica continúa expandiendo su legado: solo en Chile suma tres locales y en Argentina, donde nació el proyecto, cuenta con varios restaurantes repartidos por todo el país.

Un festín sin prisa y sin pausa

Ya en la mesa, la experiencia comienza por la carta líquida. Con alrededor de 70 referencias, la bodega propone un recorrido enológico con el vino argentino como gran protagonista, acompañado de una cuidada selección de etiquetas españolas y chilenas. Por supuesto, no falta el Malbec, la variedad insignia del país y el maridaje perfecto para una buena parrilla. La propuesta se completa con una variada carta de cócteles, en la que conviven clásicos como el mojito o la caipiriña con otras elaboraciones pensadas para abrir el apetito, acompañar la comida o, porque no, alargarla.

A continuación, y a modo de preludio —porque en ningún momento dejan de llegar platos a la mesa hasta que termina completamente repleta—, aparecen las “armonías” o cortesías, pensadas para untar o dipear con una correcta variedad de panes. Después llegan los entrantes, entre los que resulta imprescindible su empanada de carne de cuadril cortado a cuchillo y acompañada por cuatro nuevas “experiencias”, como las denomina la casa: una selección de salsas pensadas para acompañarla. Entre ellas destaca una versión del chimichurri con un twist, ligada con frutos rojos, y una preparación servida en pipeta que, en realidad, no es otra cosa que un almíbar de tomillo capaz de potenciar el sabor de la empanada. También resultan imprescindibles el chorizo criollo, ideal para un buen choripán, y la provoleta, uno de los grandes clásicos de la parrilla argentina.

Después llega el auténtico protagonista del festín: la carne. Aunque la carta también incluye apetecibles opciones de pescado, como el salmón o el pulpo a la parrilla, además de una cuidada selección de verduras a la brasa, es en su propuesta cárnica donde La Cabrera Madrid despliega todo su potencial. La selección gira en torno a carnes de raza Angus y Wagyu. Criadas en las praderas de La Pampa argentina, estas piezas destacan por su extraordinaria calidad y dan lugar a cortes emblemáticos como el vacío de centro, la entraña, el ojo de bife o el tradicional bife de chorizo. A ellos se suman grandes formatos pensados para compartir, como el Tomahawk o el T-Bone, así como excelentes cortes españoles madurados procedentes de Galicia, entre ellos un magnífico chuletón Dry Aged. En su mayoría, las carnes llegan directamente desde Argentina, sobresalen por su jugosidad y por una ejecución impecable en la parrilla, que respeta el punto elegido, y sobre todo, el recomendado, permitiendo apreciar todo el sabor del producto.

La experiencia se completa con una original selección de sales aromatizadas elaboradas por la casa —de vino tinto Malbec, pimentón de La Vera y paprika o ajo y perejil provenzal— y una serie de salsas caseras, como la mayonesa de ajo negro, el pesto de remolacha o una delicada espuma de vino Malbec, concebidas para realzar cada corte sin eclipsar a la protagonista. Y un consejo: no dejes de pedir alguna de sus guarniciones. Sus patatas fritas figuran, sin exagerar, entre las mejores de Madrid.

Dulce final

Por último, llega el momento del postre, un capítulo que aquí sería un error saltarse. Si la carne pone el broche de oro a la comida, los postres son el colofón perfecto para una experiencia con auténtico sabor argentino. Hay dos imprescindibles. El primero son sus espectaculares panqueques de dulce de leche, que llegan a la mesa ligeramente caramelizados y generosamente rellenos con un dulce de leche importado directamente desde Argentina. Se sirven acompañados de un cremoso helado casero que aporta el contraste perfecto. La otra gran tentación es la tradicional chocotorta, uno de los postres más emblemáticos de Argentina. Elaborada con las típicas chocolinas —las clásicas galletas de chocolate argentinas—, dulce de leche y queso crema, conquista a cualquier amante del dulce. Puede sonar contundente, y lo es, pero hay placeres que merecen la excepción.

En un Madrid y, especialmente, en un distrito cada vez más saturado de propuestas gastronómicas entrelazadas, resulta interesante descubrir rincones como este, donde la esencia del origen está presente en cada detalle. Tanto es así que muchos de sus clientes son oriundos del país cuya cocina representa, un hecho que refuerza su autenticidad y marca la diferencia dentro de la escena culinaria de la ciudad, consolidándose como una de esas direcciones imprescindibles para quienes buscan comer bien, sin pretensiones, donde el producto y el respeto por la tradición son los verdaderos protagonistas. La Cabrera es el lugar indicado.

La Champions Design Wine ha celebrado con éxito su segunda edición, reafirmándose como una de las iniciativas más singulares del panorama nacional al reunir a estudios de arquitectura e interiorismo en torno a una experiencia enológica donde el conocimiento, el diseño y el networking se dan la mano.

La gran final tuvo lugar el pasado 30 de junio en el showroom de la firma Doimo Cucine – Cuoco Spazio, situado en el número 18 de la Avenida de América de Madrid, un espacio que acogió la última y decisiva cata de una competición que, edición tras edición, sigue despertando un mayor interés entre los profesionales del sector.

Una final muy disputada

Tras superar las diferentes fases del campeonato, los equipos finalistas se enfrentaron a una exigente cata a ciegas en la que tuvieron que demostrar sus conocimientos sobre variedades, denominaciones de origen, aromas y características de distintos vinos.

El equipo formado por NŌ Architects y DIIR fue el gran vencedor de esta segunda edición al alcanzar 1.108 puntos, imponiéndose en una final marcada por el alto nivel de todos los participantes. La segunda posición fue para MR Arquitectos y FL-ARE, que obtuvieron 1.012 puntos, mientras que el tercer puesto recayó en AQ Acentor y Ortiz León Arquitectos, con una puntuación final de 974 puntos.

Como ya ocurrió en la primera edición, los trofeos fueron diseñados por la artista Ainhoa Moreno, quien volvió a crear unas piezas exclusivas en colaboración con la firma Gresmanc, cuyas bases sirvieron como punto de partida para dar forma a los premios, reflejando la unión entre creatividad, diseño y cultura del vino, valores que inspiran este campeonato.

Una instalación que convierte la mesa en relato

Uno de los elementos más destacados de esta edición ha sido la instalación diseñada por Borja Esteras, director del showroom y anfitrión de la velada, bajo el nombre “La Constelación del Vino”, concebida como una pieza central que trasciende la función de la mesa para convertirse en una narrativa sobre el propio espíritu del proyecto.

La propuesta parte de una idea esencial: el vino nunca es el único protagonista, sino el detonante de todo lo que sucede a su alrededor. Cada copa representa un encuentro, una conversación, una colaboración o una amistad, y juntas forman una constelación simbólica que da sentido al conjunto. En este sentido, las copas suspendidas evocan a todas las personas que, edición tras edición, han contribuido a dar forma a Champions Design Wine, construyendo una red de experiencias compartidas.

La instalación lleva esa narrativa hasta su origen material. La uva y el corcho remiten a la materia prima, al punto de partida del vino, mientras que el uso del espejo multiplica los reflejos y simboliza cómo las experiencias se amplifican cuando se comparten. Sobre la superficie, unas huellas doradas impresas en papel representan el rastro que deja cada brindis: momentos efímeros que desaparecen en la copa, pero permanecen en la memoria.

En palabras de su creador, más que diseñar una mesa, el objetivo ha sido construir una instalación que hablara de las personas, del diseño y de los recuerdos acumulados en torno a Champions Design Wine, reforzando así el carácter emocional y colectivo del proyecto.

Una cita que continúa creciendo

La Champions Design Wine nació con el propósito de crear un punto de encuentro diferente para arquitectos e interioristas, utilizando el vino como elemento de conexión, formación e inspiración. A través de catas, el campeonato fomenta tanto el aprendizaje como las relaciones profesionales entre algunos de los estudios más destacados del país.

El éxito de esta segunda edición confirma la consolidación de una iniciativa que ha sabido encontrar un espacio propio dentro del sector, reforzando el vínculo entre dos universos que comparten sensibilidad, creatividad y atención por el detalle: el diseño y el vino.

Con una participación cada vez mayor y un formato que combina conocimiento, experiencia y convivencia, la Champions Design Wine continúa posicionándose como una cita imprescindible para quienes entienden que la arquitectura, el interiorismo y la cultura gastronómica pueden compartir un mismo lenguaje.

Próxima edición en marcha

Con esta edición cerrada, la Champions Design Wine se perfila como una cita imprescindible para el sector. Ha demostrado que la enología puede ser punto de encuentro, inspiración y vehículo de diálogo entre disciplinas, pues como bien resume Katy Mikhailova, directora de FEARLESS: “El diseño está en el vino”.

Ibiza volverá a consolidarse este verano como uno de los grandes place to be del panorama nacional e internacional. En este contexto, Maestro Dobel, el primer tequila cristalino del mundo y líder global en su categoría, desembarca en la isla de la mano de BLESS Ibiza The Site, uno de los proyectos hoteleros más exclusivos y ambiciosos del Mediterráneo. Una alianza que no es fruto del azar, pues ambas marcas comparten una misma visión del lujo, basada en experiencias memorables, diseño, alta gastronomía y una manera de disfrutar mucho más sensorial, sofisticada y conectada con el estilo de vida actual.

The Cloud 9, el rooftop donde el lujo se sirve en copa

El corazón de esta colaboración late en The Cloud 9, el espectacular rooftop de BLESS Ibiza The Site. Con vistas privilegiadas a las cristalinas aguas pitusas, este espacio se convierte en el escenario perfecto para que Maestro Dobel despliegue todo su universo de marca.

La firma mexicana cuenta con una destacada presencia a través de una barra exclusiva, intervenciones en el DJ booth, elementos lumínicos y un espectacular photocall pensado para convertirse en uno de los rincones más fotografiados del verano ibicenco. Una experiencia inmersiva donde la coctelería y el diseño se integran de forma natural en uno de los espacios más exclusivos.

Cócteles de autor para inaugurar el nuevo icono de Ibiza

Durante la inauguración oficial de BLESS Ibiza The Site, celebrada el pasado 18 de junio, Maestro Dobel fue uno de los grandes protagonistas de la velada. La marca contó con un exclusivo córner experiencial en The Palm, el auténtico epicentro social del hotel, donde los invitados pudieron descubrir algunas de sus propuestas de coctelería más icónicas.

La sofisticada Black Diamond Margarita, el elegante Paloma Cristalino y el refrescante Dobel Twist fueron algunas de las creaciones que conquistaron a los asistentes, poniendo en valor la innovación y la excelencia que caracterizan a la firma mexicana.

Más allá de una simple colaboración, la presencia de Maestro Dobel en BLESS Ibiza The Site refleja una nueva forma de entender el lujo. Hoy, la exclusividad no solo reside en el destino o el espacio, sino en la capacidad de crear experiencias memorables donde la gastronomía, la mixología, el diseño y el entretenimiento conviven de forma natural.

En un entorno que reúne algunas de las propuestas gastronómicas, musicales y culturales más destacadas del Mediterráneo, Maestro Dobel encuentra el escenario perfecto para seguir consolidando su posicionamiento como una de las marcas de tequila premium más innovadoras del panorama internacional.

Con esta alianza, Maestro Dobel continúa ampliando su presencia en algunos de los destinos lifestyle más prestigiosos del mundo, reforzando su vínculo con una nueva generación de consumidores que busca autenticidad, diseño y experiencias de alto nivel. Este verano, el tequila cristalino que revolucionó la categoría suma un nuevo capítulo en Ibiza, consolidando su presencia en uno de los hoteles llamados a convertirse en el gran referente del lujo mediterráneo.

El Jardín del madrileño hotel InterContinental estrena una experiencia gastronómica al aire libre que combina cocina a la brasa, producto de temporada y vino en una de las terrazas más exclusivas de la capital. Disponible solo los jueves por la noche, su nuevo Menú Brasas promete convertirse en uno de los imprescindibles de la temporada.

Cuando llega el verano a Madrid, encontrar una terraza donde desconectar del ritmo de la ciudad se convierte casi en una necesidad. Y si además la propuesta incluye buena gastronomía, un entorno rodeado de vegetación y una cocina pensada para compartir, el plan gana aún más atractivo. Con esa premisa nace ‘Jueves de Brasas’, la nueva experiencia gastronómica de El Jardín del InterContinental Madrid.

Disponible exclusivamente los jueves, de 19:30 a 22:30 horas, esta propuesta invita a disfrutar de las noches estivales alrededor del fuego con un menú diseñado para quienes buscan una cena diferente en uno de los espacios al aire libre más especiales de la ciudad.

Un menú para compartir alrededor de las brasas

Por 65 euros, el Menú Brasas propone un recorrido gastronómico que pone el foco en el producto de temporada y en el sabor de la cocina al fuego. La experiencia comienza con una selección de entrantes para compartir: pan rústico con mantequilla ahumada, criollo a la brasa con mahonesa de chimichurri y aguacate asado, tomates de temporada con aliño de humo, ensalada yum y manzana ácida, además de un carpaccio de picaña madurada con salsa vitello tonnato y encurtidos.

El plato principal es un chuletón de lomo bajo de 700 gramos, cocinado a la brasa y acompañado de patatas Ratte asadas con crema agria y cebollino, además de pimientos asados al fuego. Para terminar, el menú permite elegir entre un flan de coco con gelée de piña y caramelo tropical, una panacota de vainilla con nueces o fruta fresca.

Carpaccio de picana madurada con salta vitello tonnato con encurtido.

Chuleton de lomo bajo de 700g.

La propuesta se completa con una botella de Ercavio Vino de Meseta Tempranillo 2023, de la bodega Más Que Vinos, un proyecto de referencia en Castilla-La Mancha reconocido por su apuesta por el viñedo tradicional y la elaboración de vinos con identidad propia.

Al frente de la propuesta gastronómica se encuentra el chef Miguel de la Fuente, cuya cocina apuesta por el producto de temporada, los sabores mediterráneos y una visión contemporánea que incorpora influencias internacionales sin perder de vista la calidad de la materia prima.

Un jardín con historia en uno de los hoteles más emblemáticos de Madrid

Hablar del InterContinental Madrid es hablar de uno de los grandes iconos de la hotelería de lujo de la capital. Inaugurado en 1953 sobre el antiguo Palacio de los Duques de Aliaga, por sus salones y terrazas han pasado algunas de las grandes personalidades del siglo XX. Entre ellas, la inolvidable Ava Gardner, una de las grandes protagonistas del Madrid más glamuroso de los años cincuenta y sesenta, que convirtió el hotel en uno de sus lugares habituales durante su estancia en la ciudad.

Ese espíritu elegante y cosmopolita sigue vivo hoy en El Jardín, un auténtico oasis escondido en pleno Paseo de la Castellana. Rodeado de una exuberante vegetación, con fuentes que amortiguan el bullicio de la ciudad y diferentes espacios pensados para alargar la sobremesa o disfrutar de una copa al caer la tarde, se ha consolidado como una de las terrazas gastronómicas más especiales de Madrid.

Es precisamente en este escenario donde cobran sentido los nuevos ‘Jueves de Brasas’, una experiencia que recupera el placer de las cenas de verano, en un entorno con tanta historia como encanto.

Vista Alegre reinterpreta el universo de Los Bridgerton en una exclusiva colección de porcelana que traslada el romanticismo, la elegancia y la sofisticación de la exitosa serie de Netflix al arte de la mesa.

Si alguna vez has soñado con disfrutar de un té entre jardines en flor, porcelana delicada y el romanticismo propio de la Inglaterra de la Regencia, ahora puedes hacerlo sin salir de casa. Vista Alegre presenta una colección inspirada en Los Bridgerton, la exitosa serie de Netflix que ha conquistado a millones de espectadores con su estética impecable, sus historias de amor y su exquisita puesta en escena.

La firma portuguesa traslada el universo de la familia Bridgerton al arte de la mesa con una propuesta que combina la tradición de la porcelana con un diseño contemporáneo. El resultado es una colección elegante y atemporal en la que los motivos florales, protagonistas de la serie, cobran vida sobre platos, tazas y piezas decorativas pensadas para convertir cualquier momento cotidiano en una pequeña celebración.

Detrás de los diseños está VA Studio, el equipo creativo de Vista Alegre, que ha reinterpretado los estampados florales característicos de la ficción inspirándose tanto en la iconografía de Los Bridgerton como en las composiciones ornamentales del siglo XIX.

«Los motivos florales originales de la serie han sido reinterpretados a través del lenguaje tradicional de la pintura en porcelana de Vista Alegre. Las composiciones reflejan el equilibrio entre la elegancia de época y una sensibilidad contemporánea», explica Alda Tomás, directora creativa de la firma.

Con esta colaboración, Vista Alegre vuelve a demostrar su capacidad para conectar el diseño con algunos de los grandes fenómenos de la cultura pop, transformando el encanto de una de las series más exitosas de los últimos años en una colección pensada para disfrutar de los pequeños rituales cotidianos: un desayuno especial, una sobremesa con amigos o una merienda que, por unos instantes, transporte directamente a los salones más elegantes de Mayfair.

Porque, si algo nos ha enseñado Los Bridgerton, es que la belleza también está en los detalles. Y ahora esos detalles pueden formar parte de cualquier mesa. La colección ya está disponible en las tiendas de Vista Alegre y en su tienda online.

Por KATY MIKHAILOVA

Madrid vive una auténtica fiebre mexicana. Cada semana abre un nuevo restaurante. Nuevos tacos. Nuevos margaritas. Nuevos conceptos. Nuevas promesas de autenticidad.

Y sin embargo, cuando una ciudad se llena de novedades, uno acaba entendiendo que el verdadero lujo no es descubrir algo nuevo.

Es volver. Volver a esos lugares que llevan años haciéndolo bien. Volver a esos restaurantes donde los camareros ya saben lo que te gusta antes de que abras la carta. Volver a esos sitios que sobreviven a las modas porque nunca necesitaron seguirlas.

Para mí, uno de esos lugares es Tepic.
Lleva años en Madrid. Mucho antes de que la cocina mexicana se convirtiera en tendencia. Mucho antes de que los tacos estuvieran de moda. Mucho antes de que todos supiéramos distinguir entre un mezcal y un tequila.

Y quizá por eso sigue funcionando. Porque nunca ha intentado parecer mexicano.

Simplemente lo es. Hay algo profundamente reconfortante en cruzar la puerta de Tepic. Quizá sea la sensación de estar entrando en una casa. Quizá sea esa mezcla entre sofisticación y cercanía tan difícil de encontrar. Quizá sea que uno siente que todo está exactamente donde debe estar.

Su local de Ayala, a un paso de Serrano, se ha convertido ya en un clásico del Barrio de Salamanca. Y no es casualidad.

Porque mantenerse tantos años en esta parte de Madrid es casi un deporte de riesgo.

Aquí sobreviven muy pocos. Y Tepic lleva haciéndolo desde hace más de una década.

Cada primavera, además, ocurre algo especial.

Reabre la terraza. Y entonces pasa la magia. Las tardes se alargan. Las conversaciones duran más de la cuenta. Las prisas desaparecen. Y durante unas horas Madrid parece trasladarse a otro lugar.

Hay terrazas bonitas. Y luego está la terraza de Tepic. Un rincón donde siempre sucede algo. Donde las sobremesas se convierten en cenas y las cenas terminan siendo historias.

Todo acompañado de una de las mejores coctelerías mexicanas de la ciudad. Lo digo sin exagerar. Porque una buena michelada es mucho más difícil de hacer de lo que parece. Y en pocos sitios me la han “conseguido” como aquí.

El punto exacto de frescor. La cantidad justa de picante. El clamato en su justa medida. El equilibrio perfecto entre acidez, cerveza y especias. Hay bebidas que refrescan. Y luego están las que consiguen transportarte. La michelada de Tepic pertenece a la segunda categoría.

La carta es un viaje por distintas regiones de México. Hay aguachiles, quesadillas, sopes, tostadas y algunos de los tacos más celebrados de la ciudad.

Pero si tuviera que elegir un plato, lo tendría claro. Sin cochinita pibil no hay paraíso.

Lo siento por los gurús gastronómicos y las tendencias pasajeras. Mi religión culinaria empieza y termina ahí. Esa carne cocinada lentamente hasta deshacerse. El achiote. La cebolla encurtida. La tortilla abrazándolo todo.

Hay platos que alimentan. Y platos que abrazan. La cochinita pibil de Tepic pertenece a la segunda categoría.

Aunque sería injusto hablar de Tepic únicamente desde la nostalgia. Porque buena parte de su éxito reside precisamente en haber sabido evolucionar sin perder el alma.

Restaurante TEPIC

Lo que comenzó en 2008 como una propuesta de cocina mexicana popular se ha convertido en uno de los grandes referentes gastronómicos de Madrid. Un restaurante reconocido por la Guía Michelin con su sello Bib Gourmand y capaz de mantener intacta una filosofía basada en el producto, la técnica y el respeto a las recetas tradicionales.

Sin folclores forzados. Sin caricaturas.
Sin necesidad de disfrazar México. Solo buena cocina.

Y eso, en una época obsesionada con el espectáculo, tiene mucho mérito.

Quizá por eso sigo volviendo. Por las micheladas. Por la cochinita pibil. Por las sobremesas interminables. Por esa terraza donde parece que el tiempo corre más despacio.

Y porque, en el fondo, los mejores restaurantes no son aquellos donde mejor se come. Son aquellos donde uno siempre tiene ganas de regresar.

Por KATY MIKHAILOVA

En Madrid todo cambia. Cambian los restaurantes, las modas, los códigos estéticos, las listas de espera y hasta los barrios. Lo que hoy es imprescindible, mañana parece olvidado. Por eso, cuando un lugar consigue permanecer más de dos décadas y seguir lleno cada noche, quizá ya no estamos hablando de gastronomía. Estamos hablando de carácter.

Llevo más de seis años sentándome en las mesas de Don Lay. Seis años celebrando éxitos, consolándome de fracasos, cerrando acuerdos, reuniendo amigos y recomendándolo una y otra vez a quien me pregunta dónde comer bien en Madrid. Y siempre ocurre lo mismo. Todo el mundo habla del pato laqueado.

Y sí, el pato laqueado es extraordinario, pero hay vida más allá del pato. Mucha vida.

Quizá porque lo verdaderamente interesante de un restaurante no es su plato más famoso, sino todo aquello que sucede alrededor. Lo que permanece cuando la novedad desaparece. Lo que convierte una comida en una experiencia y una experiencia en un recuerdo.

El viernes pasado volví a Don Lay. Y, una vez más, salí pensando que seguimos hablando poco de todo lo demás. Hablamos poco de una lubina que me sirvieron con un delicado toque picante, capaz de reconciliarte con cualquier mal día. De esos platos que no necesitan hacer ruido porque saben exactamente quiénes son. Hablamos poco de unos dim sum que parecen desafiar las leyes de la física. Pequeñas piezas de artesanía gastronómica que llegan a la mesa ligeras, delicadas, casi transparentes, y se derriten en la boca con una elegancia que solo se consigue después de miles de repeticiones, de años de oficio y de una obsesión casi japonesa por la perfección. Hablamos poco de unos torreznos (maridados con tiras de pepino) que aparecieron durante la comida y que me dejaron completamente desarmada. Porque uno cree haberlo probado todo hasta que descubre algo que no sabía ni que existía. Hablamos poco del servicio. Nos atendió Mimi con sumo detalle.

Y eso sí que es raro en Madrid. Porque es relativamente fácil abrir un restaurante bonito. Lo difícil es conseguir que, después de tantos años, cada cliente siga sintiéndose importante. Que el protocolo no resulte frío. Que la profesionalidad no elimine la cercanía. Que el equipo te reciba con la misma sonrisa un martes cualquiera que una noche de máxima ocupación.

Ahí está gran parte del secreto. En la mirada de Nieves Ye. Fundadora de la casa, empresaria, visionaria y heredera de una cultura que entiende la gastronomía como algo mucho más profundo que alimentar el cuerpo. Desde que abrió Don Lay junto a su padre en 2002, ha conseguido algo extraordinariamente difícil: mantener intacta la esencia mientras todo evoluciona a su alrededor.

Y no es fácil. No es fácil defender la cocina cantonesa auténtica durante más de veinte años. No es fácil seguir siendo relevante en una ciudad tan voraz como Madrid. No es fácil sobrevivir en el Barrio de Salamanca, uno de los escenarios más competitivos de Europa. Y, sin embargo, allí sigue. Lleno. Siempre lleno. Quizá porque Don Lay no persigue tendencias. Persigue excelencia. La excelencia de unos dim sum elaborados artesanalmente cada mañana. La excelencia de una bodega de casi cuatrocientas referencias cuidadosamente seleccionadas por Marco Contreras Arellano, uno de esos profesionales que entienden el vino como una conversación y no como una exhibición. La excelencia de una cocina que sigue respetando el producto, el tiempo y el ritual. Y la excelencia de un espacio diseñado por Hurlé & Martín, que ha sabido interpretar perfectamente la personalidad de la casa. Elegante sin ser pretencioso. Sofisticado sin resultar frío. Un lugar donde Oriente y Madrid parecen encontrarse a mitad de camino para conversar tranquilamente durante horas.

Quizá por eso vuelvo. Porque Don Lay me recuerda algo que en estos tiempos parece revolucionario: que la verdadera modernidad consiste en hacer bien las cosas de siempre. En una ciudad obsesionada con lo nuevo, Don Lay ha entendido que el auténtico lujo no está en sorprender. Está en permanecer. Y permanecer, cuando todo el mundo corre, es probablemente la forma más elegante de éxito.

Por MARCO DE PABLOS
Fotografía OCTAVIAN CRACIUN

Precursora de un fenómeno propio, el de la “agathización”, la relación de Ágatha Ruiz de la Prada con la arquitectura se remonta a siglos atrás y ha acabado convirtiéndose en una de sus grandes pasiones. En estas páginas, convive con algunos de los principales referentes de la disciplina en España, en un encuentro impulsado por ECOcero, dejando entrever que aún arrastra una cuenta pendiente.

“Me llamo Ágatha Ruiz de la Prada y Sentmenat”, espeta sin titubeos la diseñadora española de mayor renombre internacional. Reina del color —y también de la polémica— ha construido una marca personal convertida en fenómeno global, con decenas de licencias, que abarcan desde el prêt-à-porter hasta líneas textiles y de hogar, colecciones infantiles, vajillas, cascos de motocicleta, productos de limpieza, papelería y un largo etcétera de artículos “agathizados”, valoradas en millones de euros. Sin embargo, todavía hay algo que se le resiste, y resulta llamativo, porque precisamente alude a su nombre completo para reivindicar la herencia arquitectónica que la precede y que tanto la apasiona.

“Mi padre era arquitecto, el padre de mi padre también… Todos. En mi familia siempre ha habido una gran relación con importantes referentes de la arquitectura”, cuenta la actual marquesa de Castelldosríus, título heredado por vía materna y perteneciente a la familia de su abuelo, Félix de Sentmenat y Güell . Una genealogía en la que destacan figuras clave como Eusebi Güell y el marqués de Comillas, grandes mecenas de Antoni Gaudí y responsables de la financiación de buena parte de sus proyectos. En especial, Güell, quien ejerció como su principal impulsor, convirtiéndose en pieza fundamental para el desarrollo de su obra.

«Creo que tengo más de arquitecta que de modista«

Pero ahí no queda todo. La vinculación familiar de la mujer que ha hecho, literalmente, de su capa un sayo con la disciplina continúa a través de José Antonio Coderch de Sentmenat, uno de los arquitectos españoles más influyentes del siglo XX y pariente del ya citado Félix de Sentmenat. A esta nómina se suman los Sert y, en particular, Josep Lluís Sert, el arquitecto que diseñó la Fundación Miró, situada en el barcelonés parque de Montjuïc, y la Fundación Maeght, al suroeste de Francia, convertida en los últimos años en escenario de algunos de los desfiles más célebres de la firma Jacquemus. “Uno de los míticos”, exclama, reforzando aún más la continuidad de una tradición arquitectónica que ha acompañado a la familia durante generaciones y que su padre, Juan Manuel Ruiz de la Prada y Sanchiz, continuó. Este es considerado, entre los entendidos del sector, uno de los referentes de la arquitectura residencial madrileña. Su firma puede apreciarse en edificios como Velázquez 89, Zurbano 73 o General Martínez Campos 51. “Era mucho mejor arquitecto que persona”, rememora. No resulta entonces extraño que ella misma se defina como “una arquitecta frustrada”.

“Creo que tengo más de arquitecta que de modista. Me interesa mucho el concepto y estoy acostumbrada a que lo importante sea lo esencial, además del volumen. No las cursilerías”, sentencia. Y es que, en buena medida, Ágatha Ruiz de la Prada podría entenderse, a su manera, como una auténtica proyectista, capaz de abordar las estructuras, formas y geometrías desde una mirada ajena al ornamento y de trasladar ese lenguaje al universo de la moda.

Lo ha demostrado colección tras colección a través de propuestas en las que los gestos constructivos son protagonistas: vestidos globo de dimensiones imposibles, como los presentados en la primavera-verano de 2014; prendas comparables a mesas camilla, sostenidas por estructuras metálicas, o faldas con forma de paraguas, anticipadas ya un año antes; o atuendos recorridos por espirales que evocaban pequeños remolinos sobre vestidos de líneas depuradas, presentados en la colección otoño-invierno de 2013 y convertidos más tarde en la imagen del cartel de una de las exposiciones que la diseñadora ha realizado en el Palacio de los Duques de Cadaval, en Évora. Sin olvidar aquella vez, allá por 2008, en la que la gran manzana se rindió a sus pies con una colección inspirada en Las Meninas, cuyas siluetas reinterpretan la obra de Diego Velázquez a través de volúmenes rotundos y lecturas escultóricas, con la infanta Margarita como referencia. Un conjunto todo él poblado de color, el otro gran emblema de la casa, y precisamente el rasgo que muchos consideran ausente en el mundo de la arquitectura, aunque ella discrepa: “Nunca ha sido sobrio; otra cosa es que algunos lo perciban así, de forma bastante simplista”. Y añade: “Siempre ha habido arquitectos buenísimos a lo largo de los siglos, pero el problema es que la gente tiene muy mal gusto. El 90% de las personas hacen la mayor inversión de su vida en un piso que pasan años pagando y, si les preguntas quién lo ha diseñado, no tienen ni idea. Así que eso de la sobriedad…Hay muchas casas que son realmente bonitas”. No le falla el olfato en ese terreno. “Siempre reconozco cuando un edificio es bueno. Hay gente muy rica que tiene casas muy horteras. Puedes encontrar más belleza, quizá, en una casa muy humilde en África, hecha con barro y sin apenas nada, que en otra construida con mucho dinero, pero también con muy mal gusto”, exclama. 

«Me hacen mucha gracia estas reuniones de arquitectos, porque es una profesión que he conocido muy bien. Tengo más feeling con ellos que con los abogados»

Ágatha es también sobradamente conocida por sus casas y por la disposición tan particular que en ellas imprime. Recientemente se ha mudado a otro hogar guiándose por su instinto, porque para ella “el espacio es requeteimportante. Igual que debes sentirte cómodo con tu cuerpo, donde más cómodo tienes que estar es en tu propia casa. Es vital. Por eso me encanta la arquitectura, el interiorismo y los muebles buenos”. Tanto es así que uno de sus planes favoritos es desplazarse hasta el país transalpino para asistir al Salone del Mobile —la feria de mobiliario y diseño de interiores más grande e influyente del planeta—, aunque reconoce que “cada día veo más instalaciones chorra y menos piezas con verdadero valor”. 

Fue también en Italia, y más concretamente en Venecia —ciudad que visitó hace unos días— donde se cercioró aún más de que el mundo de la moda tiene mucho que ver con el arte y, por extensión, con la arquitectura. La causa fue una muestra dedicada al diseñador Dries Van Noten, quien además ha adquirido un palacio en el que ella presume de haber estado en numerosas ocasiones. Lo define como un “señor con una sensibilidad extraordinaria y, como buen belga, con un gusto apoteósico. El mismo buen gusto que tiene para la ropa lo tiene para el arte y la arquitectura”. Por eso se declara plenamente fiel a esa idea de que quien tiene buen gusto en un terreno, lo tiene también para el otro. 

De izqda. a dcha.: Álvaro Estúñiga, José Antonio Granero y César Vidal.

De izqda. a dcha. y de arriba abajo: Tristán López-Chicheri, Carlos Lamela, Ignacio Vicens, Eva Longoria, Julio Touza y Carlos Rubio Carvajal.

Jorge Bellido, CEO de ECOcero; Jordi Antonijoan, fundador de MATTER; Ágatha Ruiz de la Prada; y Jorge Fernández, de ECOcero.

De hecho, hay una cosa clara: hablamos el mismo idioma. Uno muy particular y muy loco”, sentencia ante esta cabecera. A la vista está. El pasado mes de mayo acudió a la llamada de FEARLESS y ECOcero, firma de paneles acústicos decorativos y sostenibles líder en el sector, con cuyo fundador, Jorge Bellido, mantiene una excelente relación: “Me llevo de maravilla y me encanta lo que hacen”, confesó. Pero no fueron los únicos: “Estos arquitectos me apasionan”, añadió, en alusión a los integrantes del ya bautizado G15 de la Arquitectura, un grupo de referentes de la disciplina que conforman el jurado de los recientemente renombrados FEARLESS Architecture Madrid Awards (FAMA): Ignacio Vicens, Carlos Lamela, Héctor Ruiz, José Antonio Granero, Álvaro Estúñiga, Ángel Cava, Julio Touza, Tristán López-Chicheri, Carlos Rubio Carvajal y César Vidal, además de Eva Longoria, de grupo Rockwell, y María José Piccio Marchetti. Y, aunque ausentes a la velada, Lázaro Rosa-Violán y César Ruiz Larrea. Con todos ellos, la soberana del color se movió con naturalidad, como en su propio territorio creativo, en un encuentro tan breve como intenso. Un visto y no visto que, sin embargo, bastó para ser recordado y, mejor aún, inmortalizado.

“Me hacen mucha gracia estas reuniones de arquitectos, porque es una profesión que he conocido muy bien. Tengo más feeling con ellos que con los abogados. Así que me encanta que me inviten a estos encuentros, porque todos me resultan apasionantes”, reitera. La reunión tuvo lugar en el Meet Design Center, en la calle Claudio Coello 55, el nuevo espacio que la firma MATTER ha abierto en la capital, y en cuya configuración ECOcero ha participado de forma activa. Fue su entrada principal el auténtico centro neurálgico de la cita. Un espacio revestido con paneles en distintas tonalidades rojizas, un color muy presente en los grandes proyectos del padre de la protagonista, aquellos ladrillos achatados de un rojo inspirado en César Manrique que, por casualidad, también se coló en las instantáneas. En el centro, un sofá que concentró todas las miradas, convertido en punto de conversación. Una escena con aire Friends en clave arquitectónica, que la diseñadora impregnó con su esencia a través de su presencia. Azul, amarillo, naranja, rosa… todos se amontonaban entre trajes de pantalón y chaqueta negros, azul marino y gris, certificando su irrupción como un elemento capaz de desbancar la mitología sobria de este mundo y convertirla, con ella, en pura locura. “Me gustaría mucho, mucho, ‘agathizar’ un edificio, tanto, que no pondría condiciones. Podría ser un colegio, una iglesia, un aeropuerto, un hotel…”, alude Ruiz de la Prada. Dicho queda.