Querido Simón:

Hay amistades que empiezan con un apretón de manos. Otras, con una copa de vino. La nuestra, a estas alturas, amenaza con convertirse en un tratado filosófico sobre la inutilidad de los electrodomésticos.

El otro día me confesaste que querías ser un paraguas. No un paraguas cualquiera. Uno de esos que sirven tanto cuando llueve como cuando hace sol. La vida perfecta, dijiste. Y yo, que siempre he tenido cierta debilidad por llevar la contraria a los hombres inteligentes, te contesté que prefería ser un secador.

Entonces apareció el existencialista que llevas dentro.

«Es que los secadores somos existencialistas. De un día para otro cambiamos nuestra condición humana. Por lo tanto, esta noche quiero ser paraguas».

Reconozco que pocas veces he escuchado una defensa tan convincente de la metamorfosis humana. Kafka convirtió a Gregorio Samsa en un insecto. Tú has conseguido convertirte en un pequeño electrodoméstico y, cinco minutos después, en un objeto impermeable. Sin pasar por el purgatorio.

Pero el problema llegó cuando quise ser tu secador.

«A ver si te enteras de que un secador no le sirve para nada a un paraguas, ya que, por definición, nunca se moja el pelo. Si quieres ser mi amiga eterna no puedes ser secador».

Y entonces comprendí que llevábamos toda la vida confundiendo la utilidad con el destino.

Porque un paraguas que nunca se moja y un secador que nunca seca son, probablemente, la definición más hermosa de la amistad.

Absolutamente inútiles. Y, por eso mismo, eternos.

Quiero ser tu secador precisamente porque no me necesitas.

Hay algo profundamente revolucionario en querer permanecer al lado de alguien sin tener que salvarlo, arreglarlo o servirle para absolutamente nada. Vivimos rodeados de relaciones que funcionan como contratos de mantenimiento. Te quiero porque me cuidas. Te llamo porque me escuchas. Te busco porque me haces falta. Y cuando desaparece la necesidad, desaparece también el afecto.

Nos hemos acostumbrado tanto a justificar el amor por su utilidad que hemos olvidado su naturaleza más hermosa. La gratuidad.

Quizá por eso me gustan tanto nuestras conversaciones. Porque no conducen a ninguna parte y, sin embargo, siempre llegamos a algún sitio.

Como aquella noche en la que, entre una oración y una barbaridad de las tuyas, me escribiste que estabas rezando. Y llorando. Para que nuestro Señor nos bendijera.

Un minuto después ya estabas haciendo las paces con el infierno.

Me explicaste, con esa irreverencia tan tuya, que un día rezas y al siguiente te entregas a los pecados de la carne. Que por eso te llevas estupendamente con los dirigentes de ambos territorios, el paraíso y el infierno.

Y remataste la teoría con una obscenidad sobre los 28 de febrero de los años bisiestos que, por respeto al lector y a la Conferencia Episcopal, prefiero dejar en nuestra correspondencia privada.

Amén.

Siempre he sospechado que Dios tiene sentido del humor. De lo contrario, no habría creado a los hombres. Y mucho menos a los franceses que se dedican a organizar corridas de toros en España.

Pero hay algo que me conmueve de esa convivencia tuya entre lo sagrado y lo profano. Que puedes rezar llorando y reírte de ti mismo unos segundos después. Que no necesitas disfrazarte de santo para hablar con Dios. Ni de pecador para hacer reír a los demás.

Quizá la fe también sea eso. Un paraguas que no impide que llueva, pero bajo el que uno encuentra refugio.

Y llegamos al reloj.

Me escribiste, bastante preocupado, que te había ocurrido algo extraño. Tu teléfono y tus relojes no se habían puesto de acuerdo y, como consecuencia, habías perdido una hora.

«Desde esta mañana la estoy buscando debajo de mi cama».

Me reí.

Después pensé que, de todas las cosas que podemos perder en esta vida, el tiempo es la única que jamás podremos recuperar. Aunque lo busquemos debajo de la cama, dentro de un cajón o en los bolsillos de un abrigo que llevamos años sin ponernos.

Borges imaginó laberintos en los que el tiempo se bifurcaba. Cortázar nos advirtió de que cuando nos regalan un reloj, en realidad, somos nosotros los regalados. Y tú, Simón, has decidido buscar una hora extraviada entre las sábanas.

Los tres, a vuestra manera, tenéis razón.

Porque nos pasamos la existencia intentando ganarle tiempo al tiempo. Corriendo para llegar antes, trabajando para tener más, aplazando abrazos para cuando las cosas estén tranquilas. Como si existiera una oficina de objetos perdidos donde alguien pudiera devolvernos los domingos que no vivimos.

Y, sin embargo, hay horas que no se pierden aunque desaparezcan del reloj.

Las que pasamos hablando con alguien a quien queremos. Las que se nos escapan riendo. Las que no sirven para nada. Las que no producen, no facturan, no resuelven ningún problema y no aparecen en ninguna agenda.

Esas horas son, precisamente, las únicas que nos pertenecen.

Tal vez la eternidad no sea una cuestión de duración, sino de intensidad. Tal vez no consista en vivir para siempre, sino en encontrar personas con las que una hora pueda convertirse en una vida entera.

Por eso, querido Simón, he decidido que seguiré siendo tu secador.

Aunque seas un paraguas.

Aunque nunca te mojes.

Aunque mañana, por algún capricho existencialista, decidas convertirte en un reloj, un toro o una sombrilla de playa.

No voy a exigirte que necesites nada de mí para justificar mi presencia. Ni voy a pedirte que te quedes quieto bajo la lluvia para poder secarte después.

Y si algún día vuelves a perder una hora, no la busques debajo de la cama.

Llámame.

La perderemos juntos.

Y así, por una vez, habremos ganado los dos.

Tu secador eterno.