Por MARCO DE PABLOS
Cien años después de revolucionar Barcelona con su primer desfile de alta costura, Santa Eulalia vuelve a mirar hacia delante sin perder de vista aquello que la hizo grande. Para celebrar aquel gesto, presenta HERITAS, una nueva fragancia que reivindica aquel mismo espíritu audaz e innovador.
Juan Carlos I y Lamine Yamal son dos nombres que difícilmente imaginaríamos compartiendo armario y, sin embargo, ambos forman parte de la historia de Santa Eulalia, el histórico templo de la moda barcelonesa fundado en 1843. El rey emérito pasó por sus salones, vistió sus trajes e incluso dejó una pequeña huella en la propia boutique —durante una de sus visitas sugirió que los clientes pudieran ver a los sastres trabajar; le hicieron caso y hoy es posible contemplar ese trabajo artesanal a través de una cristalera desde la propia planta de sastrería—. Hoy es el astro del fútbol, y muchos otros ídolos de su generación, quien cruza sus puertas, demostrando que aunque cambien las décadas, la capacidad de Santa Eulalia para vestir a hombres y mujeres muy dispares entre sí permanece intacta. “Nuestros clientes tienen estilos, edades y necesidades muy diferentes, pero también algo en común: valoran la calidad y esperan una atención impecable. El lujo es algo profundamente personal”, sentencia Lluís Sans, presidente y actual propietario de la firma.

Espacio dedicado a la sastrería a medida de Santa Eulalia.
Pero Santa Eulalia no llegó hasta aquí por casualidad. Antes de convertirse en una de las grandes direcciones de la moda española fue una pequeña tienda de tejidos abierta en 1843 por Josep Taberner y su hijo Salvador en el Pla de la Boqueria, cuando Barcelona todavía era una ciudad amurallada. El negocio crecería al ritmo de una metrópoli que también estaba cambiando y, a comienzos del siglo XX, la familia Sans entraría en escena para convertir aquella tienda en algo mucho más ambicioso, guiados por dos valores que todavía hoy permanecen perennes: la audacia y la innovación.
La verdadera revolución llegaría en 1926. Mientras las grandes casas parisinas comenzaban a convertir la presentación de una colección en un acontecimiento social, ellos decidieron importar aquella fórmula y posicionar la Ciudad Condal al nivel de la capital gala. En la planta superior de su establecimiento del centro histórico, organizaron su primer desfile, convirtiéndose en pioneros de una nueva manera de entender y presentar la moda. Detrás de aquella apuesta estaba Pere Formosa (casado con una de las hijas de la familia Sans), director creativo hasta 1970 y figura esencial en su transformación —fue, además, el encargado de introducir en España la falda pantalón, una prenda que ya habían popularizado previamente Paul Poiret y Elsa Schiaparelli—. El éxito fue tal que los siguientes shows pasarían a celebrarse bajo estricta invitación personal.



Desde entonces ha pasado más de un siglo y Santa Eulalia ha sobrevivido a la Guerra Civil y a la Segunda Guerra Mundial, a los nuevos hábitos de consumo y a la globalización del lujo. Por el camino, abrió una tienda en Tánger, presentó colecciones en Venecia y Nueva York, llegó a contar con más de 750 empleados y talleres propios y, en 1968, se lanzó al prêt-à-porter. Hoy, continúa mirando hacia delante como espacio multimarca, reuniendo una selección de grandes firmas internacionales que transita de lo mainstream a lo underground —Balenciaga, Tom Ford, Alaïa, Jil Sander, Toteme, Willy Chavarria, Ami Paris o The Row— y que conviven con su propio atelier. Una capacidad de adaptación que adquiere todavía más valor cuando se mira desde la perspectiva de un negocio familiar. “Solo un 30% de estas empresas llega a la segunda generación y un 2% a la cuarta. Nosotros estamos ya en la séptima”, confiesa Sans. Para continuar: “A lo largo de nuestros 183 años ha habido varios momentos en los que la continuidad estuvo realmente en riesgo. Si los superamos fue, en gran medida, gracias a mi compromiso y al de quienes me antecedieron”.
Esa continuidad no se explica únicamente por la capacidad de adaptación, sino también por aquello que han decidido no cambiar. Como ellos mismos reconocen, uno de sus grandes valores diferenciales está en la atención, una manera de entender el servicio que se percibe incluso en los pequeños detalles. La mañana en que tuve oportunidad de visitar sus instalaciones, varios de los clientes habituales se dirigían por su nombre de pila a quienes les atendían, y viceversa. Una familiaridad que dice mucho de la relación que la casa ha construido con quienes la visitan y que explica, en buena medida, cómo ha conseguido mantenerse durante tantos años en una de las principales arterias de Barcelona, codeándose con las firmas más poderosas del planeta —muchas de ellas presentes también en sus propios muestrarios— y compitiendo de tú a tú con grandes conglomerados del lujo, sin perder por ello su identidad. “Ser Santa Eulalia significa no renunciar a la calidad, a la profesionalidad y a poner al cliente en el centro”, reitera Sans.
«Solo un 30% de las empresas familiares llega a la segunda generación… Nosotros estamos ya en la séptima»
Y si hay un elemento que ha acompañado a la compañía durante todo ese recorrido es, precisamente, Barcelona. No es casualidad que la casa lleve el nombre de su copatrona, ni que su símbolo sea la cruz en forma de aspa en la que, según la tradición, murió Santa Eulalia. Ese idilio ha trascendido generaciones y reconocimientos —en 2011 recibió la Medalla de Oro al Mérito Cívico— y continúa presente sin renunciar sus raíces. “Barcelona ha cambiado y nosotros con ella, pero ese vínculo se ha mantenido intacto durante casi dos siglos”.

Lluís Sans, presidente y propietario de Santa Eulalia, junto a HERITAS, el nuevo perfume de la firma, creado con motivo del centenario de su primer desfile de alta costura.
No sorprende que su historia también pueda empezar a contarse a través del olfato. La firma lleva un tiempo explorando el universo de las fragancias y hoy lo hace también desde una de sus vertientes más singulares. En el interior del local de más de 2.000 metros cuadrados que atesora en Paseo de Gracia existe un espacio dedicado a la perfumería nicho. Es algo así como una gruta, con decenas de frascos de cristal que, como minerales preciosos, capturan la luz y la multiplican en una sinfonía de colores. Un escenario casi hipnótico que sirve de telón de fondo para una nueva creación que viene a ampliar el universo de elixires ya desarrollados, pues el viaje olfativo comenzó en 1947: un perfume concebido con motivo del centenario de aquel primer desfile de alta costura que les situó a la vanguardia.
Su nombre es HERITAS y ha sido creado por Chris Maurice, perfumista de tercera generación y nieto de una fiel clienta de la maison. Todo queda, de alguna manera, en casa. Como recalca Irene Gisbert, directora creativa: “Solo nos pueden entender si nos conocen”. El resultado es una fragancia concebida como una segunda piel que, en sus propias palabras, evoca ese primer rayo de luz que irrumpe en la pasarela justo antes de que aparezca la modelo.
El frangipani es el gran protagonista de la composición, una flor envolvente que se despliega sobre un fondo en el que la vainilla, en su versión más pura, aporta dulzor sin resultar empalagosa; el sándalo introduce una nota cálida y oriental al tiempo que estructura la fragancia; la raíz de iris juega con el contraste y el benjuí pone el broche final. El resultado es un perfume unisex pensado para romper moldes, tal y como llevan haciendo toda la vida. Al fin y al cabo, como sostiene Lluís, “en Santa Eulalia, nuestra historia se percibe nada más entrar”.


