Por KATY MIKHAILOVA
Hay lágrimas que mueren sin haber nacido. Se quedan detrás de los ojos, esperando. Primero con paciencia, después con cierta dignidad y, al final, con ese rencor pequeño que tienen las cosas creadas para cumplir una función a las que nadie permitió hacerlo.
SC dejó de llorar a los catorce años. No sé exactamente qué ocurrió aquel día. Quizá tampoco importe. A determinada edad los hombres toman decisiones absurdamente solemnes. No volveré a llorar. No volveré a enamorarme. No volveré a llamar. Y uno cree que basta con pronunciar una frase para que el cuerpo obedezca durante el resto de su vida.
El cuerpo, por suerte, es bastante menos disciplinado. Durante más de sesenta años, las lágrimas de SC siguieron allí.
Me gusta imaginarlas viviendo detrás de sus ojos. Hacinadas. Envejeciendo. Viendo pasar mujeres, plazas, toros, hijos, amigos, derrotas, hoteles, amaneceres y alguna que otra gloria. Cada vez que ocurría algo digno de ser llorado, una se levantaba convencida de que por fin había llegado su turno. Y nada.
Simón apretaba los dientes. La lágrima volvía a sentarse. Debe de ser terrible ser lágrima y que no te dejen llorar. Porque pensamos siempre en el hombre que contiene el llanto, pero nunca en el llanto contenido. Nadie se pregunta qué ocurre con todo aquello que no dejamos salir. Adónde van las lágrimas que rechazamos. Si caducan. Si se secan. Si guardan memoria. Si una lágrima que debía caer por una madre puede terminar cayendo cincuenta años después por un toro.
Yo creo que sí. Creo incluso que las lágrimas llevan una contabilidad bastante seria. Una especie de Hacienda sentimental, mucho más implacable que la otra, que ya es decir. Todo lo que no se llora queda pendiente.
Y un día llega la inspección. Ahora, a los setenta y tantos, Simón ha decidido volver a llorar. O quizá no lo ha decidido él. Quizá han decidido ellas.
Después de más de medio siglo encerradas, sus lágrimas se han amotinado. Han presentado una reclamación formal. Exigen recuperar el tiempo perdido. Y salen cuando les da la gana. Por un recuerdo. Por una ausencia. Por una faena. Por una canción. Por alguien que se fue. Por alguien que todavía está. Por la belleza, que a determinadas edades empieza a parecerse peligrosamente a la nostalgia.
No lloran solamente lo que ocurre hoy. Lloran también lo que no pudieron llorar entonces.
Tal vez por eso existen lágrimas desproporcionadas. Uno cree que llora por lo que acaba de suceder y resulta que lleva dentro un atasco de cuarenta años. El ser humano tiene esa soberbia. Cree saber incluso por qué llora.
Hace unos días con SC escribí a mano unos apuntes a partir de sus ideas, y dejé una frase que no consigo quitarme de la cabeza. Hablaba de su relación sentimental con sus lágrimas. Me parece extraordinario.
Porque para mantener una relación sentimental hacen falta dos. Simón y sus lágrimas. Un hombre que las abandonó siendo casi un niño y unas lágrimas que, incomprensiblemente, le fueron fieles. No se marcharon con otro. Esperaron.
Aquí es donde la historia se vuelve un poco kafkiana. Porque quizá una mañana Simón se despierte y descubra que ya no es él quien posee a sus lágrimas, sino sus lágrimas quienes le poseen a él. Que han organizado su propia existencia a sus espaldas. Que conocen mejor que él sus muertos, sus amores, sus derrotas y sus miedos. Que llevan sesenta años archivándolo todo.
Una burocracia del alma. Expediente amor. Expediente toro. Expediente amigo muerto. Expediente mujer perdida. Expediente miedo. Expediente felicidad. Todo perfectamente clasificado. Pendiente de llorar.
Y quizá durante todos aquellos años en los que Simón no lloraba, lloraban ellas. Porque las lágrimas también lloran.
Lloran cuando nadie las necesita. Cuando nacen para recorrer una mejilla y las condenan a vivir detrás de un párpado. Lloran cuando un hombre confunde fortaleza con sequía. Y lloran, sobre todo, porque no tienen vida propia. Necesitan de nosotros para existir.
Eso es lo terrible. Hay algo profundamente injusto en negarle una lágrima a una tristeza. Como negarle el ruedo a un toro. Como escribir una carta durante sesenta años y no encontrar nunca el valor de echarla al buzón.
Nos han contado además una mentira bastante eficaz. Que llorar es perder. Que el hombre fuerte aguanta. Que la dignidad consiste en no quebrarse delante de nadie. Durante generaciones hemos educado a los hombres para que sepan morir con cierta elegancia, pero no necesariamente para que sepan estar tristes.
Y así nos ha ido. Simón decidió a los catorce años que no lloraría más y ha necesitado toda una vida para desobedecer a aquel adolescente. Tiene gracia.
Pasamos media existencia intentando ser fieles a quienes fuimos, cuando crecer consiste también en traicionarnos un poco. Ahora Simón llora.
Y yo no creo que se haya vuelto más débil. Creo que simplemente ha llegado tarde a una cita consigo mismo. Muy tarde.
Pero hay citas a las que todavía merece la pena llegar. Aunque sea con más de sesenta años de retraso. Aunque al abrir la puerta encuentres esperando a todas tus lágrimas. Las de los catorce. Las de los treinta. Las de los cincuenta. Las que correspondían a días que ya ni recuerdas.
Estarán enfadadas, supongo. También cansadas. Algunas habrán envejecido contigo. Déjalas salir, querido Simón. No las castigues. Al fin y al cabo, han esperado toda una vida. Y no hay nada más triste que una lágrima que no puede llorar.


