“Vamos a Norah, Norah” podría ser la versión actualizada de aquel clásico que Juan Gabriel popularizó en los años 80. Y no es para menos. En el castizo barrio de Chamberí ha abierto un local con ese mismo nombre que trae consigo el sol, los sabores y el ambiente del Mediterráneo, convirtiéndose rápidamente en el destino foodie de moda.
Por MARCO DE PABLOS
“Te escribo desde una mesa bañada por la luz dorada de la tarde. Aquí, donde la brisa huele a sal y a pan recién horneado…”. Así comienza una nota escrita en el reverso de una postal, cuya instantánea muestra el lugar en el que se concibió a una criatura que, gracias al tesón de sus artífices, se ha convertido en uno de los restaurantes más aclamados de Chamberí: Norah.
La historia de este lugar comienza mucho antes, a miles de kilómetros de distancia. Tras más de doce años inmersos en el sector hostelero y con varios locales abiertos en su país de origen, Téa Khuade, Gio Goglidze y Grigor Vlasyan soñaban con dar vida a un concepto propio en otra ciudad. Cuando descubrieron que España —y más concretamente Madrid— era el escenario perfecto para hacerlo realidad, contactaron con Natalia Dzidziguri, que por entonces ya dirigía su propio proyecto, Persimmons, y conocía a la perfección el ritmo cosmopolita y vertiginoso de la capital. Ese primer mensaje fue el inicio de una afinidad inmediata y de una colaboración que hoy une a los cuatro en un proyecto común.
“Cuando desarrollamos el concepto del local estábamos pasando tiempo juntos. Nos fuimos de viaje a San Sebastián y a Biarritz”, recuerdan. Fue allí, en el pueblo costero del sur de Francia, concretamente en el Eden Rock Cafe —un pequeño bar junto a la playa de Port Vieux, con sillas amarillas dispuestas sobre grandes arbustos en un mirador que se asoma al mar y a las enormes rocas que lo enmarcan, justamente lo que se muestra en la misiva—, donde la inspiración apareció. Se sintieron atraídos por la filosofía de los Murphy, quienes sostenían que este enclave era el lugar ideal para disfrutar de la vida mediterránea: tomar sol, beber buen vino y saborear buena comida. En ese instante, nació Norah y lo hizo con un lema firme: Born in the Mediterranean.


Poco a poco, la idea fue tomando forma. “Pensamos bien la localización. Queríamos un lugar que dejara entrar mucha luz. No queríamos algo cerrado, ya que estamos hablando del Mediterráneo. Queríamos transmitir esa sensación. Fue difícil encontrarlo”, dice Natalia. Hasta que dieron con él.
El número 15 de la calle Monte Esquinza, una de las arterias más bulliciosas y artísticas de la capital en los últimos meses, se convirtió en la morada de este proyecto. Desde la calle, un gran ventanal deja vislumbrar el interior, amplio y cargado de sencillez y sofisticación. La luz entra con fuerza, rebotando sobre mesas de estampados y vetas variopintas —desde caobas intensos hasta mosaicos coloridos—, paredes en tonos beige y barras revestidas con azulejos en azul o rojo.

El estudio de Marcos Trueba fue el encargado de llevar a cabo este designio con una premisa clara: transmitir la sensación de estar en casa. “Queríamos que los clientes, al entrar, sintieran que vienen a tu propia casa; que se sientan como en su hogar”, comentan.
“Todo ha fluido tan bien gracias a la energía positiva que hay”, reconoce Natalia. Y no es para menos. Su eslogan, que aseguran haber “revivido”, lo dice todo. “Con él promovemos aún más la esencia mediterránea”, explican, y lo hacen siempre ajustándose a la realidad. “No hace falta decir lo que no hay. La comida española, por ejemplo, la paella o cualquier otro plato típico, es comida española. No se puede afirmar que sea mediterránea si no refleja todo lo que esta zona abarca, como ocurre en el caso de Norah. Es mejor ofrecer información correcta y transparente, y no decir lo que no hay solo para atraer clientes”.
Guiados por esa filosofía, el chef Eli Shtein, con quien Téa, Gio y Grigor ya había trabajado en proyectos anteriores, se hizo cargo del diseño del menú de Norah. Nacido en Tel Aviv, Eli cuenta con una larga trayectoria en hostelería. Allí tiene su propio restaurante y vivió los coletazos más duros de la pandemia, por lo que conoce tanto las virtudes como los desafíos del oficio. Sin embargo, tanto él como el resto del equipo defienden que “el miedo es cuando te paras y no lo haces. Cuando te gusta lo que haces, el miedo no existe”. Esa convicción lo dice todo.
La carta se compone de un sinfín de referencias a la cocina y cultura del sur de Europa. Todo resulta familiar, pero las combinaciones, las técnicas y el toque final lo hacen completamente distinto. “Aquí en Norah tenemos toda la línea del Mediterráneo, pero sabes lo que estás comiendo, aunque sea totalmente diferente. Es familiar, pero con un giro particular. Siempre respetando ingredientes, temporadas…”, argumenta Eli. Cada plato refleja la filosofía y esencia de esta corriente, sin centrarse en ciudades específicas, sino en su espíritu.

PAULA TROCAOLA
Para él, armar el menú no fue complicado: “Italia es el mejor lugar del mundo, todo romántico. En Grecia… también”, comenta, dejando claro que cada creación es una verdadera criatura de estas costas, cercana y reconocible, pero única en sabor y concepto. Desde su ensalada de cordero con tzatziki (salsa elaborada con yogur griego) y hierbas aromáticas, hasta el steak tartare acompañado de crackers de aceite de oliva o la sardina ahumada con tomate sobre pan brioche. También destacan sus pastas, tanto la aliñada con pecorino y pimienta, como la que combina calamar y tomate picante, y, por supuesto, su toque más dulce, con torrija o tarta de limón. Un verdadero delirio de sabores que transporta al comensal en un viaje exprés por todas las regiones que rodean al mar Mediterráneo… sin salir de Chamberí. Completa la experiencia la coctelera, a cargo de Julio de la Torre.
Su acogida ratifica su éxito. Las reservas para diciembre rozan el lleno total. Todos quieren ir a Norah o simplemente disfrutar de un buen rato junto a ella. Parejas, familias, oficinistas, artistas y, sobre todo, vecinos del barrio se dejan seducir por la propuesta. “Antes de abrir ya teníamos clientes”, reconocen. Gente a la que le gusta comer bien, que aprecia un buen ambiente y, sobre todo, que quiere disfrutar de un rato agradable y, por qué no, sentir por un instante la sensación de vivir en un eterno verano.

PAULA TROCAOLA

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