Por Katy Mikhailova

Hay exposiciones que se miran.
Y hay exposiciones que te miran a ti.

“De tripas corazón”, de Rafael Blasco Ciscar (Valencia, 1987), pertenece a la segunda categoría. No es una muestra complaciente ni estética en el sentido decorativo del término. Es una experiencia. Una confrontación. Un espejo orgánico donde lo que creemos residuo se revela como verdad.

Entrar en Mobb Art Club estos días es aceptar una invitación incómoda: mirar la carne cuando ya no es cuerpo, el resto cuando ya no tiene función, el desecho cuando ya no puede esconderse bajo la alfombra del lenguaje. Rafael trabaja con chatarra, restos industriales, estructuras metálicas que evocan conductos, sistemas de ventilación, anatomías técnicas. Pero lo que construye no es solo escultura. Es una pregunta.

¿Dónde empieza lo vivo y dónde termina lo industrial?
¿En qué momento el cuerpo se convierte en objeto?
¿Y cuándo el objeto empieza a latir?

Hay algo profundamente honesto en su propuesta. No busca redimir la ruina ni estetizar el escombro. Lo expone. Lo enfrenta. Lo deja ser materia cruda, fragmentada, mutilada incluso. Y en ese gesto radical hay una ética: la de no disfrazar lo que somos como sociedad. Vivimos en un sistema que consume, tritura y expulsa. Un sistema digestivo sin exterior. Todo circula. Todo se transforma. Todo vuelve como residuo.

Sus piezas parecen órganos sin cuerpo, intestinos sin biografía, tubos que no conducen aire sino memoria. Son arquitecturas mutantes, entre lo orgánico y lo cyberpunk, entre el matadero y la fábrica. Y sin embargo, no hay morbo. Hay reflexión. Hay silencio.

Me impresionó especialmente esa sensación de umbral constante. No hay categorías estables en su obra. No sabes si estás ante algo vivo o muerto, ante algo natural o artificial, ante algo bello o perturbador. Y tal vez ahí reside su fuerza: en obligarnos a dar vueltas, a rodear la pieza, a no consumirla de un vistazo rápido. Como si el significado no estuviera en la superficie sino en la insistencia.

“De tripas corazón” no es solo un título. Es una declaración. Es transformar lo visceral en gesto creativo. Es asumir que del desecho también nace pensamiento. Que del resto puede surgir estructura. Que del interior más crudo puede emerger una forma.

En un momento cultural obsesionado con la imagen limpia, con la estética filtrada, con lo perfecto y lo vendible, Rafael Blasco propone lo contrario: lo que incomoda, lo que no encaja, lo que no se deja asimilar fácilmente. Y eso, en sí mismo, es profundamente contemporáneo.

Salí de la exposición con una sensación extraña. No era entusiasmo ligero. Era algo más denso. Una especie de conciencia corporal. Como si el arte me hubiera recordado que también yo soy sistema, materia, proceso. Que también nosotros acumulamos restos, silencios, fragmentos.

Y que quizá, en tiempos de saturación simbólica, mirar el escombro con honestidad sea un acto político.

Hay exposiciones que se olvidan al día siguiente.
Esta no.

Porque no se queda en la retina.
Se queda en las tripas.