Querido Simón:
Estoy tan aburrida de estar aburrida que he decidido escribirte. Tú, en cambio, me has confesado que estás tan triste que hasta te aburre estar triste. Y entre tu tristeza y mi aburrimiento hemos encontrado, sin pretenderlo, un punto de partida. Que no es poco, teniendo en cuenta que hay quienes llevan toda una vida sin saber por dónde empezar.
Te escribo desde el campo, como bien sabes, en la Finca Los Ángeles. Frente a mí, una ermita, unos árboles y esa luz de noviembre que parece pedir permiso antes de marcharse. A mi alrededor no sucede aparentemente nada. Y, sin embargo, aquí estoy, intentando que suceda algo.
Me pregunto si no será precisamente ese nuestro problema. Que nos hemos acostumbrado tanto a vivir deprisa que, cuando la vida se detiene, confundimos la tranquilidad con el vacío. Tú llegas a Madrid, entras en casa y descubres que no tienes con quién hablar. Yo me siento frente a una pantalla, en mitad de la naturaleza, y descubro que tengo demasiadas cosas que decir.
Curiosa paradoja: tú, que has pasado media vida rodeado de multitudes, ahora echas de menos una conversación. Y yo, que vivo rodeada de conversaciones, necesito alejarme de las multitudes para escucharme.
Decía Blaise Pascal que todas las desgracias de los hombres proceden de no saber permanecer tranquilos en una habitación. Sospecho que Pascal no tenía WhatsApp. Ni Instagram. Ni la posibilidad de comprobar cada cinco minutos si alguien había leído su mensaje.
Quizá por eso hemos terminado convirtiendo el aburrimiento en una especie de fracaso personal. Hay que viajar, salir, beber, celebrar, enamorarse, desenamorarse, reconciliarse y, a ser posible, fotografiarlo todo. Hasta la felicidad parece necesitar testigos para resultar creíble.
Por cierto, querido Simón, llevo nueve días sin beber. He decidido abrazar la abstemia, que no es exactamente lo mismo que abrazar la abstinencia. La primera suena a virtud; la segunda, a condena. Y como ya sabes que soy bastante más amiga de las virtudes que de las condenas, prefiero pensar que no estoy renunciando a nada, sino recuperando algo.
De momento he descubierto que los días tienen más horas, que las noches terminan antes y que el aburrimiento, sin una copa de vino que lo disimule, resulta extraordinariamente sincero.
También he descubierto que no todo lo que nos entretiene nos hace felices. A veces simplemente nos distrae de aquello que no queremos mirar.
Y ahí vuelvo a ti. Me dices que estás triste. Que no te pasa nada. Pero quizá sea justamente eso lo que te está pasando: que después de una vida dedicada a que sucedan cosas extraordinarias, ahora te toca aprender a convivir con las ordinarias.
En el toreo, como en la vida, no todas las tardes pueden ser históricas. No todas son “la corrida perfecta” que recoges en tu libro cuyo prólogo de Calamaro me he leído (sí, he empezado a leer el libro que le dedicas a los 6 toros de José Tomás en Nimes).
Aunque reconozco que, tratándose de ti, cualquier tarde aparentemente vulgar puede acabar convertida en una leyenda. Me gustaría decirte que la tristeza se cura. Pero sería mentirte. Creo más bien que se transforma. Que un día deja de ocupar toda la habitación y empieza a dejarnos sitio para otras cosas. Para una llamada inesperada. Para un libro. Para una carcajada. Para alguien que pregunta, sin ningún motivo aparente, cómo está nuestra alma.
Ayer te lo pregunté yo. Y hoy, mientras cae la tarde sobre esta pequeña ermita de Ángel Teruel, pienso que es bastante probable que la felicidad no consista en tener siempre algo que celebrar, sino en encontrar a alguien con quien compartir incluso aquello que no merece celebración.
Tú estás aburrido de estar triste. Yo estoy aburrida de estar aburrida. Y, sin embargo, aquí seguimos los dos, inventándonos motivos para continuar la conversación.
Al fin y al cabo, mi querido nimeño, ni-mois, ni-mu cual vaca que ríe en silencio sin inmutarse: mientras tengamos algo que contarnos, todavía nos estarán pasando cosas. Y si no, como dice mi Ángel con los ciervos en sus monerías… si no nos pasan cosas, ya nos las inventaremos.


