Querido Simón:

El otro día me dijiste que las flores no sobreviven a los muertos. Sobreviven a los vivos.

Y desde entonces no he dejado de pensar en ello.

He cumplido treinta y seis años y me han regalado muchas flores. Entre ellas, el ramo que encabeza estas líneas, cortesía de mi querido redactor jefe, ese hombre que, entre otras virtudes y algún que otro defecto, tiene la responsabilidad ocasional de subir nuestras cartas a la web. Sospecho que todavía no sabe muy bien qué hacer con nosotros. Ni con las cartas ni conmigo.

Escribo estas líneas con vistas a la ermita de la finca Los Ángeles, de Ángel Teruel. Un lugar que difícilmente podría inspirar más estas correspondencias nuestras. A mi lado descansa La tarde perfecta, el libro sobre José Tomás que tú me regalaste y dedicaste, con prólogo de Andrés Calamaro. Hay algo deliciosamente absurdo en esta estampa. Una periodista nacida en armenia y criada en un sitio tan poco exótico como Las Rozas, un torero y ganadero español, un empresario francés más español que las pesetas, un cantante argentino y un libro sobre un hombre que convirtió el silencio de una plaza en una forma de eternidad.

Y, de fondo, el campo extremeño. Las encinas, la jara y esa manera que tiene el silencio de hacer ruido cuando uno empieza a escucharlo.

Durante estos días estoy compartiendo momentos preciosos con la familia de Ángel. Con su madre, Lydia, una mujer que pertenece a una familia donde los toros no son solamente una profesión, sino una forma de entender la vida. Tía de toreros como Francisco y Cayetano Rivera, conoce bien ese extraño oficio de querer a hombres que se juegan la vida delante de miles de desconocidos. Hoy ha cocinado un cocido que da gusto. Y revive a muertos y socialistas.

He pensado mucho en lo que significa una casa. O más bien hogar. En cómo determinados lugares, por muy hermosos que sean, permanecen vacíos hasta que alguien consigue habitarlos con nosotros.

Me viene a la memoria Elvira Sastre y esa idea de que el hogar no siempre tiene paredes ni una dirección postal. A veces es, sencillamente, alguien que nos abre la puerta. Y en mi caso es Ángel quien la abre.

He descubierto que no existe mayor belleza que convertir en hogar cualquier lugar en el que pueda estar a su lado. Aunque yo venga de la ciudad y él (aún nacido en Madrid y siendo gato de cinco generaciones) ahora pertenezca al campo. Tú a Nimes. “Nimessssuenas” y tú sí me suenas (algún día mis socias y amigas sinvergüenzas de SHAMELESS Ana María Martín, Ainhoa Moreno y Bea Fanjul te lo contaremos).

Y aunque mis días estén llenos de reuniones, teléfonos y prisas; y los suyos -los de Ángel- se midan por el movimiento de los animales, las estaciones y la luz que cae sobre las encinas, hay un hilo conductor, que es el amor.

Hay geografías que no aparecen en los mapas. Y personas que, sin proponérselo, terminan convirtiéndose en nuestro lugar favorito del mundo.

Pero vuelvo a las flores, Simón. Llevamos flores a los cementerios como quien entrega una disculpa tardía. Las colocamos sobre las tumbas, las regamos durante unos días y después las abandonamos a su suerte. Las flores se marchitan. Los muertos permanecen. Y nosotros, que presumimos de estar vivos, seguimos sin saber muy bien qué hacer con semejante privilegio.

He cumplido trenta y tres más tres. Mi obsesión son los “treses”. Una edad bastante absurda para tener respuestas y suficientemente peligrosa para empezar a hacerse las preguntas correctas.

He aprendido muchas cosas. La más importante es que no he aprendido nada.

Me siento extranjera. No de un país, ni de una ciudad, ni siquiera de una lengua. Extranjera de una vida que llevo treinta y seis años habitando y que todavía consigue sorprenderme como una casa en la que aparecen habitaciones que desconocía.

A veces tengo la sensación de haber llegado tarde a mi propia existencia. O demasiado pronto. Como esos invitados que aparecen en una fiesta cuando todavía están colocando las copas y se marchan justo antes de que suceda algo extraordinario. Quizá por eso últimamente pienso tanto en el miedo.

No en el miedo a morir. En el miedo a vivir. Porque morir, al fin y al cabo, es una obligación que la naturaleza nos impone sin consultarnos. Vivir, en cambio, exige una valentía que no siempre estamos dispuestos a demostrar.

Hay quien pasa ochenta años respirando sin haber vivido una sola tarde. Y hay quien concentra una existencia entera en un beso, una despedida o una conversación a las tres de la madrugada.

No sé quién inventó la longevidad como medida del éxito. A mí me parece una contabilidad bastante vulgar. No deberían preguntarnos cuántos años hemos vivido, sino cuántas veces hemos sentido que merecía la pena hacerlo.

Me pregunto, Simón, qué ocurre unos minutos antes de que alguien decida quitarse la vida. No hablo del acto, sino de ese instante anterior en el que el mundo, de pronto, deja de ofrecer una salida, como tú me explicas en una terraza cualquiera del Barrio de Salamanca.

Cuánto silencio puede caber en una cabeza? ¿Cuánto dolor necesita acumular una persona para dejar de reconocerse en el espejo?

Me aterra pensar que alguien pueda sentirse tan extranjero de su propia vida que termine creyendo que ya no tiene derecho a habitarla.

Y, sin embargo, hay algo que me desconcierta todavía más. La facilidad con la que los vivos damos por supuesta nuestra permanencia.

Nos enfadamos por tonterías. Aplazamos abrazos. Guardamos palabras para una ocasión más conveniente. Nos despedimos con desgana, convencidos de que mañana habrá otra oportunidad.

Qué arrogancia la nuestra. El mañana es el mayor acto de fe de la humanidad. Nadie lo ha visto y todos hacemos planes con él.

Tú, que has pasado media vida contemplando cómo un hombre se enfrenta a un animal que puede matarlo (en verdad duraste un día, pero ese día se eternizó), sabes algo de esto. El torero no entra en la plaza porque ignore la existencia de la muerte. Entra precisamente porque la conoce. Porque sabe que está ahí, respirándole en la nuca, esperando un descuido.

El valor no consiste en no tener miedo, sino en impedir que el miedo decida por nosotros. Somos muy “fearless” aquí. Como el nombre de la cabecera.

Hay algo que he escuchado estos días y que me ha dejado pensando. El torero no se retira cuando se hace viejo. Se hace viejo cuando se retira. Y, en ocasiones, ni siquiera se retira de los toros. Se retira del miedo. Eso también me explicaste tú. Pero Ángel discrepa, aunque de eso ya hablaremos un día (él dice que el torero puede retirarse cuando empieza a padecer el miedo, aunque no fuera su caso particularmente).

Me gusta pensar que existe una retirada mucho más peligrosa que no tiene nada que ver con los ruedos. La del hombre que, sin darse cuenta, empieza a retirarse de su propia vida.

Deja de enamorarse por miedo a sufrir. Deja de arriesgar por miedo a perder. Deja de decir lo que piensa por miedo a quedarse solo. Hasta que un día descubre que ha conseguido protegerse de absolutamente todo. Incluso de la felicidad.

Y ahí está la gran paradoja, Simón. Nos pasamos la vida intentando que nada nos mate y terminamos permitiendo que muchas cosas nos impidan vivir.

Yo he decidido desobedecer. Desobedecer al miedo, a la prudencia excesiva, a las convenciones que convierten la existencia en una sucesión de días razonables. A quienes confunden la serenidad con la resignación y la madurez con la renuncia.

No quiero una vida perfectamente administrada. Quiero una vida que, cuando llegue a su último capítulo, tenga las páginas dobladas, algunas manchas de vino y un par de párrafos que jamás me atrevería a leer en voz alta.

Porque he descubierto otra cosa a mis treinta y seis años. La valentía no siempre tiene aspecto heroico.

A veces consiste en quedarse cuando sería más sencillo marcharse. En pedir perdón sin saber si seremos perdonados. En volver a enamorarse después de haber jurado que nunca más. En levantarse una mañana sin encontrarle demasiado sentido a nada y, aun así, abrir las ventanas. Quizá vivir sea precisamente eso. Abrir las ventanas.

Hay una frase que me persigue desde hace días. Me he creado un antídoto contra el suicidio.

No hablo de una fórmula milagrosa ni de una respuesta al sufrimiento de los demás. Hay dolores que necesitan ayuda, compañía y cuidados que ninguna metáfora puede sustituir. Hablo de mi pequeña rebelión personal contra esa forma silenciosa de desaparecer que consiste en dejar de desear.

Mi antídoto es la curiosidad. Querer saber qué sucederá mañana. Qué libro me hará cambiar de opinión. Qué desconocido terminará convirtiéndose en imprescindible. Qué ciudad me hará sentir en casa. Qué conversación me dejará sin argumentos. Seguir queriendo saber. Incluso cuando la respuesta duela.

Pienso otra vez en tus flores. En lo extraño que resulta, como narras, que llevemos flores a quienes ya no pueden olerlas, mientras escatimamos belleza a quienes todavía pueden recibirla.

Deberíamos regalarnos más flores en vida. Y más tiempo. Y más domingos sin motivo. Deberíamos celebrar a los vivos con la misma solemnidad con la que despedimos a los muertos. Porque las flores también mueren, Simón. Y nosotros con o sin ellas.

Pero antes de marchitarse, las flores cometen una maravillosa imprudencia. Florecen.

Sin garantías. Sin contratos de permanencia. Sin preguntarle al jardinero cuánto tiempo les queda.

Florecen porque para eso han venido al mundo. Y yo, que acabo de cumplir treinta y seis años y sigo sin entender demasiado bien de qué va todo esto, he llegado a una conclusión que me parece suficientemente seria para mi edad y suficientemente insensata para mi carácter.

No quiero pasarme la vida aprendiendo a morir. Quiero aprender a florecer. Aunque sea fuera de temporada. Aunque llueva. Aunque nadie venga a regarme.