Por KATY MIKHAILOVA

Querido Simón:

No es lo mismo decir que “llego” que decir que “he llegado”. Parece una tontería, pero no lo es. “Llego” todavía contiene una posibilidad. “He llegado” es casi una sentencia. En el primero uno todavía está en movimiento. En el segundo ya hay que hacerse cargo de estar allí.

Como tampoco es lo mismo estar dormido que estar durmiendo. Ni, puestos a meternos en terrenos de Cela, estar follado que estar follando. Con o sin congreso.

El gerundio tiene esperanza. El participio, consecuencias. Este ensayo (adoro este género porque no es más que la antesala al directo que es la vida) es un gerundio que lunes a lunes cobra latido en esta espacio llamado “cartas a Simón”. Así me aseguro de que me leas.

El vienes asistí a nuestra sesión de ensayos con ropa de gimnasio. Ese detalle es importante, porque es una declaración de rebeldía ante el refrán que dice que el hábito hace al monje. Yo soy más del teorema de la mona: que aunque la mona se vista de seda… por eso soy feliz incluso con un saco de patatas del Mercadona.

Y aunque no fuera el chándal de Nike de Maduro, y solo unas mallas de Oysho, he salido de casa dispuesta a hacer algo productivo con mi cuerpo y terminé haciendo algo bastante más peligroso con mi cabeza. Pensar. Preferí una dosis de crisis existencial a una tabla de sentadillas.

Estar contigo, Simón, es vivir durante un rato en permanente ruptura con el universo.

No fui a entrenar. Tampoco estoy segura de haber descansado. Porque alimentar el alma no siempre le sienta bien al cuerpo.

Hablamos de la distancia justa entre la histeria y la angustia. Debe de ser pequeña. Quizá unos centímetros. Los mismos que separan a un hombre de un toro cuando ya no sirve pensar demasiado y todavía no conviene dejar de pensar.

Dos días después te fuiste a Sevilla. Y padeciste otro crush con el ruido del ave y esa cosa moderna llamada AirPods que funcionan sin cable. Y en Sevilla Talavante ha sufrido una cogida. No sufriendo.

Y podemos entonces volver a hablar del miedo. Pero no el miedo a morir. El miedo a no morir.

Morir tiene, dentro de su evidente inconveniente, algo definitivo. Lo verdaderamente angustioso es sobrevivir. Sobrevivir obliga a continuar. Hay que levantarse al día siguiente, desayunar, responder mensajes, pagar facturas ahora que estamos en octubre, volver a enamorarse o desenamorarse, volver a equivocarse y acudir puntualmente al psicólogo para explicarle por qué uno sigue siendo incapaz de entenderse.

Hasta que un día ocurre algo extraordinario. El paciente mira al psicólogo. Lo mira de verdad. Y comprende que aquel señor también tiene problemas.

Ese instante me parece fascinante. La relación se invierte. El enfermo descubre la enfermedad del médico. El acusado sospecha del juez. El alumno empieza a examinar al profesor. Kafka habría disfrutado mucho con la psicología moderna.

Un hombre entra en una consulta para averiguar quién es y después de veinte años consigue demostrar científicamente que sigue sin saberlo.

Tú dices que existe una unión sagrada entre pensar y actuar. Me quedé pensando en ello. Lo cual demuestra que no entendí nada.

Pensar sin actuar acaba siendo una forma elegante de cobardía. Actuar sin pensar es una forma bastante ordinaria de suicidio. Entre ambas cosas transcurre la vida y el verdejo (o tú y tu whisky JB).

Tal vez por eso el torero lo entiende mejor que nosotros.

Delante del toro no existe el borrador.
No puede detener al animal y decirle que necesita unos minutos para reconsiderar su posición ontológica. Pensamiento y acto deben encontrarse exactamente en el mismo sitio. Ni antes ni después. Un segundo de más es miedo. Un segundo de menos, inconsciencia. Y el clarín sonaba mientras Talavante iba a matar.

La distancia justa.

Volvimos entonces, no sé cómo, a la democracia. Aunque contigo nunca sé cómo llegamos a ningún sitio.

Dijiste que a la democracia le antecede la educación. Y pensé que seguramente también a la libertad. Y empezó a llover. Nosotros refugiados en la terraza de Luzy Bombón. Castellana mediante.

Nos han enseñado que ser libre consiste en hacer lo que uno quiere. Una definición estupenda si uno tiene cinco años. Después la cosa se complica. La libertad exige criterio. El criterio exige educación. Y la educación exige algo que nuestra época lleva bastante mal: aceptar que no todo lo que deseamos nos conviene.

Quizá ahí empieza la ética existencial. No en ser buenos. En hacerse responsable de haber elegido.

Sartre escribió que “el infierno son los otros” (es el título del libro que mencionas). Aunque, en realidad, no culpaba a los otros de existir. El infierno empieza cuando dejamos que su mirada decida quiénes somos.

Yo nunca he terminado de creérmelo del todo. El infierno sería mucho peor sin ellos.

Porque el otro molesta, contradice, abandona, juzga, desea cosas distintas a las nuestras, llega tarde, se enamora mal y a veces ni siquiera contesta a WhatsApp. Pero sin el otro no existe prácticamente nada que merezca la pena contar.

Tal vez la distancia justa consista precisamente en eso. En no vivir prisionero de la mirada ajena sin cometer la estupidez de creer que uno puede vivir sin ella.

Por eso también desconfío de esta obligación contemporánea de amarse a uno mismo.

Hay algo profundamente egocéntrico en pasar la vida enamorado de uno mismo. Quererse lo suficiente para no destruirse, de acuerdo. Pero amarse como proyecto vital me parece agotador. Yo ya tengo bastante conmigo. Con mi espejos y mis selfies. Necesito a los otros. Aunque Sartre diga que son el infierno. Aunque nos hagan sufrir.

Aunque algunas veces tengamos que, para recuperarnos de ellos, tumbarnos en un chéster. Como el de mi salón: ¿te conté que estuve 2 años sin sofá en mi casa? El sofá y la televisión son dos elementos del pequeño burgués… pero eso ya lo dejo para otra entrega.

Y entonces llegó Ángel Teruel. Lo cual resultó bastante oportuno porque llevábamos un buen rato hablando de todo menos de toros, y esa unión sagrada que tú encuentras entre pensar y actuar solo la entiende el ruedo.

Ángel llegó y dejó de ser necesario hablar del torero en abstracto. Yo pasé a segundo plano. Hay personas que llegan a una conversación y la interrumpen. Otras la demuestran.

Estamos cerrando ciclos. Tú amenazas con que te retiras en 2032 porque te he dado por el 7. Yo quiero que con quien tú empezaste ahora tú cierres, aunque sea con su hijo y su legado.

Y pensé que quizá por eso me había quedado contigo en lugar de ir al gimnasio. Yo había salido de casa preparada para entrenar el cuerpo (tras una agradable comida en Nonetta con mi amiga la diputada Bea Fanjul y mi socia Ana María Martín).

Pero terminé sentada entre dos toreros hablando del miedo a morir, del miedo a no morir y de lo complicado que resulta, entretanto, vivir.

Entonces entendí que Sartre tenía razón pero solo a medias. El infierno pueden ser los otros. Pero algunas veces los otros llegan. Y uno deja de estar solo.

Quizá de eso llevábamos hablando toda la tarde sin saberlo. Del toro. Del psicólogo. De la democracia en peligro en Sol. De la educación y de que el primer acto de dignidad con uno mismo empieza en la ducha. Del amor irremplazable. Del miedo a llorar y llorar además y en gerundio. Llorar conscientes. Lloro luego existo. Tú haces el amor con tus lágrimas, yo les monto un pollo.

Porque puede que el valor no consista en no tener miedo a morir. Puede que consista en algo bastante más difícil. No tener miedo a seguir viviendo después de haber tenido miedo.

Pensar y actuar. Caer y levantarse. Alcohol y resaca. Resacas acumuladas, como dice Ana María. Llegar y haber llegado.

Yo el viernes llegué a verte vestida para entrenar el cuerpo y salí preguntándome por mi sentido de la existencia.

No hice una sola sentadilla. Pero comprendí algo. Entre la histeria y la angustia, entre pensar y actuar, entre el hombre y el toro, entre uno mismo y los otros, existe siempre una distancia exacta.

El problema es que nadie nos dice cuánto mide.

Y a eso, querido Simón, supongo que lo llamamos vivir.