Por LUIS MARÍA DÍAZ DE BUSTAMANTE

La primera vez que su administrador le sugirió que se presentase a ese concurso televisivo donde celebridades compiten de muy malas maneras por intentar emular a un chef, Mr. Karl bajó sus gafas oscuras, le miró con ligera estupefacción y le despidió. Nunca nadie se había atrevido a faltarle al respeto de tal manera.

Sin embargo, unos meses más tarde (y también una inspección fiscal desfavorable mediante), el apodado káiser de la moda, el genio que había dirigido la mejor casa de alta costura del siglo, se encontraba cocinando un vulgar pollo asado en aquel plató, donde hacía un calor insoportable por culpa de los focos deslumbrantes y olía a puerro quemado en mantequilla.

Mr. Karl no tenía opción, la productora pagaba una fortuna y aquél era su último recurso para no morir de inanición.

A decir verdad, esto último no le parecía tan grave, de hecho, estimaba que era la manera más adecuada y digna de desaparecer (“un cadáver ha de yacer delgado, es una muestra de respeto y consideración a los que te lloran” se repetía a sí mismo), pero no podía permitir que algo le faltase a Choupette, una gata birmana de color azul crema a quién alimentaba con varias latas de caviar Beluga al día y con quién había decidido pasar el resto de su existencia.

La gente podría pensar que Choupette era la última distracción de un diseñador extravagante:

La gente no tenía ni idea.

Tras el paso de la vida, Mr Karl había comprendido que esa mascota era su único y verdadero amor, el ser que jamás le había decepcionado; Choupette siempre lucía elegante y dispuesta, algo apreciado por cualquier persona inteligente; Choupette era displicente pero grácil y atlética, algo que Mr. Karl ansiaba desde que era un adolescente rollizo y demasiado amable; Choupette había sido creada a su imagen y semejanza: Choupette era impecable, inabordable, insoportable.

Todas las demás personas que Mr. Karl había conocido y encumbrado (secretarios con cuerpos de efebos interesados en su dinero, modelos desequilibradas y vulnerables que habían quedado atrapadas en alguna peligrosa adicción, incluso las costureras del taller que con tanta diligencia habían hecho realidad sus diseños), habían acabado abrazando la vulgaridad o, en el peor de los casos, la gordura.

A pesar de haber tenido siempre una relación odiosa con la comida (el Sr. Karl no comprendía esa fascinación general por lo gourmet, a su parecer, solamente la gente holgazana y rústica se dejaba vencer por la ansiedad y la gula de una generosa ración de alimento), se había ganado el favor del jurado.

Sí, semana tras semana, esas tres personas que juzgaban sus platos (y que, a efectos de Mr. Karl, eran seres chabacanos y prescindibles) parecían adorar el aura de misterio que le conferían aquellas gafas de sol que jamás se quitaba.

Semana tras semana, esas tres personas parecían sentirse fascinadas por los enormes anillos de oro con los que adornaba sus manos finas y huesudas, también por su pelo largo y plateado, que siempre llevaba recogido en una coleta (incluso le habían permitido sustituir una de esas redes higiénicas antiestéticas que la manipulación de alimentos exige por una especie de tiara que el diseñador había confeccionado en cinco minutos con papel de aluminio).

Lo cierto es que Mr. Karl había demostrado una pericia absoluta en el arte de las esferificaciones, las espumas y las deconstrucciones; no había tanta diferencia entre la preparación de un plato de alta cocina y un desfile de alta costura. Al final, sólo se trataba de contar una historia, de producir una fantasía. Mr. Karl había conseguido deshacerse de todos los rivales del concurso gracias a su habilidad para desollar conejos (utilizando la misma técnica que había perfeccionado décadas atrás, cuando todavía existía la libertad de moda y abrigarse con martas cibelinas era sinónimo de estatus y de buen gusto) y su capacidad para cortar enormes cantidades de cebolla en juliana sin derramar ni una sola lágrima (gracias al cristal ahumado de esas gafas tan características). Sin embargo, no había conseguido, por el momento, derrotar a su eterna enemiga: Inés.

La animadversión entre ambos concursantes había ido creciendo a lo largo del programa, aunque no siempre fue así. De hecho, hubo un tiempo en el que habían sido un tándem de éxito icónico e inigualable; hubo un tiempo en el que Inés lo había sido todo para Mr. Karl y Mr. Karl lo había sido todo para Inés: un amor a primera vista imposible de consumar, lo que lo hacía todavía más potente.

Cuando se conocieron, Inés era adorablemente esquelética y tenía una mirada profunda e irreverente, producida por unos ojos grandes y negros que al maestro le recordaban al color de los escarabajos de Las mil y una noches. Él le había hecho rica; ella le inspiraba como nadie. Su existencia ilimitada en común, se regía por fiestas sin fin, viajes privilegiados en los jets de las élites que gobiernan el primer mundo, copas de champagne y ostras sin medida. Todo era arte, dinero, poder; todo era vanidad. Y, sin embargo, de manera inesperada y en el momento más inoportuno, Inés, en el colmo de la originalidad, decidió cometer una herejía:

Casarse.

Si al menos su marido hubiese sido un hombre incorrecto, original, pasional o tóxico, ese matrimonio habría sido aceptado por Mr. Karl, pero la inteligente Inés eligió compartir su vida con un señor corriente, anodino, incluso buen tipo. Eso era algo que a Mr. Karl le desestabilizaba.

Inés dejó de ser esa figura etérea y frívola que le acompañaba en ese viaje vital para convertirse en una señora burguesa, sobria y aburrida, una mujer comme il faut: una mujer que tendría hijos, se ocuparía de su familia y jamás volvería a estar ebria antes de las once de la mañana. A Mr. Karl eso le parecía imperdonable.

El azar (y una productora ávida de morbo y con muchas posibilidades económicas) había querido que se reencontrasen en ese concurso. Inés seguía estupenda. Mismos ojos, misma delgadez, quizás deteriorada por más arrugas, pero igualmente carismática y esbelta.

A Karl le divertía ver cómo su antigua compañera de baile se defendía extraordinariamente bien con los caldos, los sofritos y todos esos términos tan poco cosmopolitas que habían aprendido durante las últimas semanas. Ver a Inés preparando esos manjares era un auténtico espectáculo: se movía entre los pucheros con la misma armonía que en las pasarelas y Mr. Karl volvía a sentir la admiración por la que había sido su mejor musa. Con el tiempo, Mr. Karl había comprendido que la irritante decisión de Inés simplemente era el espejo de su soledad, de la tristeza que provoca la sensación de insatisfacción permanente inherente a las existencias vacías. También le reconfortaba la idea de que tuviese problemas económicos (la participación en un espectáculo así sólo podía obedecer a la necesidad del vil metal). Definitivamente, la única persona digna de competir con Mr. Karl en esa final era Inés.

El sonido de las cacerolas se mezclaba con el cronómetro que anunciaba la necesidad de comenzar con la preparación de los postres. Quedaban treinta minutos para que terminase la competición. Los familiares de los dos finalistas estaban sentados en un altillo observando la prueba. Inés seguía casada con ese hombre con aspecto de ingeniero informático que la miraba con ojos de cordero degollado. En el caso de Karl, Choupette miraba recelosa la actuación de su amo (también observaba de reojo, la papada amable del marido de Inés, preguntándose quizás si sabría mejor que el caviar Beluga).

Inés parecía sobrepasada, moliendo con un mazo cacao puro para su bavaroise de chocolate. Karl se dio cuenta de que su compañera no había pulsado el botón de encendido del abatidor de temperatura (lo que imposibilitaba la terminación del postre).

El artista mundialmente conocido, el genio que había recibido todas las condecoraciones posibles, se encontraba ahora ante un dilema: el amor o el juego justo.

Mr. Karl se acercó al abatidor, acarició el botón y entonces, en un gesto de innata nobleza y tras un instante de reflexión, se metió la mano derecha en el bolsillo. Había elegido el amor: Choupette no volvería a pasar hambre.

Por Manuel Quintanarun jurista que aún cree en la ley como límite moral del poder

I.

Mi querido Alfonso ya te echamos mucho de menos todos los que hemos tenido el privilegio de compartir muchos momentos contigo. Creo que poco puedo aportar a todo lo que de bueno se ha dicho de ti. Simplemente corroborarlo.

II.

Nos conocimos con la hija de uno de tus mejores amigos y también amigo mío, Carlos Domecq, con el que estarás ahora. Nuestra querida y genial Dolo, tan amiga de la rima como tú, nos presentó y, desde entonces, ya más de 15 años. Cada vez que he podido estar contigo, para mí ha sido una impagable lección de filosofía de vida y, por consiguiente, de lo divertida que puede ser en compañía de buena gente de verdad.

III.

También nos une una ciudad que te encantaba visitar, Valencia, mi tierra y la de tu otro queridísimo amigo, Tip, José Luis Sánchez Polack. Fuiste Académico de la Real Academia de Cultura Valenciana y todavía nos acordamos de tu homenaje a Tip en Valencia con Iñaki Zaragüeta. Está grabada, fue en el Ateneo, organizada por La Razón, de la que fuiste cofundador y muy recomendable como semblanza del genio del humor y como muestra de tu sentido de la amistad.

IV.

Me da vergüenza reconocer que me emocionó esa rima que te inventaste para todos los valencianos y que le atribuiste a autor desconocido, o por lo menos eso creo yo, “Yo quiero para mi tumba”:

“El azul de la Albufera,

La luz de la Malvarrosa;

Mi Virgen junto a una rosa,

Mi Cristo, junto a un clavel.

El aroma de la piel

De mi Valencia adorada.

No quiero en mi tumba, nada

De oro, lujo o apariencia;

Quiero trabajo, decencia,

Amor, y jamás cizaña.

Mi Señera de Valencia,

Y mi Bandera de España.”

V.

Defendiste la singularidad de nuestra querida Región, su historia propia, su imposible identidad con la abominable invención de unos pretendidos Païssos Catalans, su lengua, su cultura, sus tradiciones y sus gentes. Y eso queda acreditado en multitud de artículos a lo largo de tu dilatada y brillantísima historia como columnista.

VI.

Nos brindaste momentos inolvidables en el “El debate del estado de la Nación” de Luis Del Olmo (Gorroño, Escolano, etc.), junto con Mingote y Tip, entre otros. Nos hiciste aprender y reír con tu “Tratado de las buenas maneras” y “El Marqués de Sotoancho”.

VII.

Ahora que te encuentras con ellos no te olvides de nosotros querido Alfonso pues un poco huérfanos de tu columna de “El Debate” nos hemos quedado. Bueno, al menos por fin con Don Pedro Muñoz Seca, asesinado en Paracuellos.

VIII.

Nos has dejado a mi querido Bosco Ussía, otro genio, y Alfonso, ya consumada pluma de nuestras letras con mayúscula.

IX.

Te doy las gracias por tantos buenos momentos, por las rimas que me dedicaste, y por todas las divertidísimas tertulias que compartí contigo. Te doy la enhorabuena por la Medalla que te impuso mi querida Cristina Cifuentes, la máxima distinción de la Comunidad de Madrid el 2 de Mayo.

X.

Pero, sobre todo, porque estoy seguro de que ningún obispo te podrá negar estar con el Jefe y tu querido Tip. Hace poco, mi amigo Enrique Cerezo (otro de esos buenos que aún quedan) me regaló la película La garbanza negra, que en paz descanse, donde mi querido Pepe Truchado (también allí, en la Paz Eterna) se inventó la estética de Tip y Coll.

Por Manuel Quintanar, un jurista que aún cree en la ley como límite moral del poder

La dignidad de la mujer —su autonomía, su espacio interior, su cuerpo y su conciencia— constituye uno de los pocos consensos éticos que una sociedad democrática no puede permitirse erosionar. Sin embargo, nuestra época, tan fascinada por la apariencia del cambio, ha descuidado lo esencial: la mujer no necesita un nuevo léxico político, sino que se le garantice, sin ambigüedades, el núcleo duro de su libertad mediante la ley penal, que es el último muro que una comunidad levanta frente a la violencia.

Desde ahí, desde ese último muro, me veo obligado a poner sobre la mesa algunas reflexiones que, por incómodas, llevan demasiado tiempo silenciadas.

La primera es casi un misterio cultural: ¿por qué desapareció del debate la figura del parricidio o conyugicidio como homicidio agravado? España llegó a castigar más severamente al hombre que mataba a su esposa que a quien daba muerte a un desconocido. Lo hacía por un motivo civilizatorio: reconocer que la traición al vínculo, la violencia ejercida en el ámbito íntimo, es la destrucción del lugar donde debería residir la máxima protección. Recuperar esa figura no es arcaísmo; es una exigencia ética.

La segunda reflexión es más incómoda aún. La explotación sexual, la prostitución coactiva, la trata de seres humanos y el proxenetismo no son delitos: son fracturas morales del Estado. Resulta inexplicable que su castigo no se agrave en un momento en que la mujer es convertida —por mafias, por mercados, por plataformas digitales— en un objeto consumible. Y más inexplicable todavía es que el usuario, el consumidor último de esa instrumentalización, permanezca al margen de cualquier reproche penal. ¿Con qué rostro puede una sociedad hablar de igualdad mientras excusa a quien financia su destrucción?

La tercera deriva hacia lo que debería ser un clamor: el tipo penal del acoso sexual es hoy un refugio para acosadores inteligentes. El legislador ha tejido un artefacto tan repleto de requisitos que las víctimas deben demostrar más que quienes sufren coacciones básicas. Penalmente, el mensaje es espantoso: “Toléralo un poco más. Prueba el grado exacto de sufrimiento. Acredita la intensidad.” No. El acoso sexual debe ser castigado con la misma claridad con la que se protege la propiedad o la integridad física: sin matices que perpetúan el silencio.

En cuarto lugar, es urgente restaurar la escala de gravedad que la cultura jurídica española siempre tuvo clara. La violación es, en nuestro imaginario moral, una de las mayores agresiones a la libertad humana. Y sin embargo, hoy convive en un espacio penológico que, en términos sociales, la sitúa casi al nivel de delitos cuya gravedad cultural es menor. No basta con reformular palabras. Hay que devolver a la violación el peso penal que refleja su significado moral.

Hay, además, un bien jurídico que apenas comenzamos a comprender: la intimidad. En particular, la intimidad digital de la mujer. La utilización inconsentida de su imagen, de su cuerpo, de su vida privada en redes, no es un simple atentado a la privacidad: es una forma moderna de cosificación. Es preciso levantar sobre ello un muro penal inexpugnable. El machismo ya no golpea solo con el puño, golpea con el clic. Y un clic puede destruir la identidad de una mujer con la misma intensidad que un golpe físico.

Por último, me pregunto —y no encuentro aún respuesta convincente— qué responsabilidad tienen quienes, hombres o mujeres, medran políticamente en nombre de las mujeres pero las perjudican con su negligencia. ¿Qué responsabilidad penal, ética o social pesa sobre quienes abanderaron reformas que resultaron en beneficios penitenciarios masivos para agresores sexuales? ¿Qué responsabilidad tiene quien hizo bandera electoral de una causa que luego no supo custodiar con rigor jurídico?

No se puede hablar “en nombre de todas” cuando se legisla para unas pocas. No se puede reclamar protección simbólica mientras se dinamita la protección real. Y, sobre todo, no se puede confundir ideología con justicia.

Porque al final, proteger a la mujer no es un gesto político. Ni un discurso performativo. Ni una consigna de campaña.

Es un acto moral. Y el Derecho Penal, cuando se usa con rigor, sin oportunismo y sin retórica vacía, es el instrumento más honesto para proteger esa moral.

Este ensayo no pretende cerrar nada.
Solo abrir una conversación que, por dignidad, España no puede seguir aplazando.

Continuará…

A mi querida madre.

Hay quien se pasa la vida buscando el sentido de las cosas. El para qué, el por qué, el hacia dónde. Mientras tanto, la gramática ya había resuelto el misterio. El universo se sostiene en las preposiciones.

Entre, sobre, bajo, contra, hasta, hacia. No dicen nada por sí solas, pero lo significan todo. Son puentes que conectan, flechas que empujan, límites que protegen o encarcelan. La humildad hecha función gramatical. Relacionar en silencio.

El ser humano se define por sustantivos. La vida, por preposiciones. Cuando decimos que vamos a algún lugar, ya estamos aceptando la existencia del destino. Cuando venimos de otro, reconocemos un pasado. Si amamos con alguien, es imposible amar solos. Cada trayectoria vital es un esquema preposicional.

Somos movimiento. No el quién, sino el entre quiénes. No el qué, sino el hacia qué.

También hay fronteras. Vivir sin alguien revela lo que falta. Estar bajo algo pesa. Luchar contra todo agota. Y el adiós también lleva preposición. Me voy por tu bien. El consuelo sintáctico.

Una amiga tuvo un novio que le exigía hablar siempre con sujeto y predicado. Le pedía que vigilara hasta las preposiciones que usaba. Como si controlar el lenguaje del otro fuese la forma más barata de controlar su realidad. Los hay empeñados en ser comisarios de la gramática ajena. Grammar bullies los llama la vida.

Y mientras tanto, en ABC, Alfonso Ussía recordaba hace poco que hemos cambiado la convicción por el adverbio. Todo exageradamente intenso, absolutamente rotundo, moderadamente idiota. Quizá tenga razón. Nos hemos acostumbrado a gritar con los matices en vez de pensar con las palabras.

Por eso yo reivindico hoy la preposición. La convicción suave. La verdad que une en lugar de adornar. La conexión que no presume.

Entre tú y yo, solo hay una preposición. Y eso lo cambia todo.

La asistencia al «Congreso Historia de las grandes catástrofes naturales y lecciones aprendidas por la humanidad. Una perspectiva histórica«, organizado por la Fundación Universitaria Española y dirigido por D. José Luis Sánchez García, representa una valiosa oportunidad de formación, reflexión y enriquecimiento intelectual. Según ha señalado el propio director del Congreso, “el enfoque histórico de las grandes catástrofes naturales permite no solo comprender la dimensión humana, social y cultural de estos acontecimientos a lo largo del tiempo, sino también extraer enseñanzas aplicables al presente, en un contexto global cada vez más marcado por fenómenos climáticos extremos y desafíos medioambientales, reflexionando sobre el libre albedrío y la autonomía de la naturaleza que nos recuerda su tendencia a la entropía”.

Un enfoque interdisciplinar

El congreso reúne a un panel de expertos de diversas disciplinas que garantiza un abordaje interdisciplinar y riguroso. Entre los ponentes destacan D. Juan Antonio Sagredo Marco, senador; D. José María Benlloch Baviera, doctor en física y premio Jaime I; D. Alejandro Robador Moreno, geólogo experto en paleoclimatología; D. Ricardo García García, gestor público; Mons. D. Joan Águila Chavero, catequeta; y D. Juan María Díez Sanz, filósofo. La combinación de perfiles científico-técnicos, juristas, gestores públicos, humanistas, filósofos y teólogos permite analizar las catástrofes naturales desde distintas dimensiones: científica, social, política y espiritual.

Aprender del pasado para el presente

Asistir al congreso no solo permitirá ampliar conocimientos sobre la historia de las catástrofes naturales, sino también fomentar el pensamiento crítico sobre el papel de las instituciones, la ciencia, la fe y la sociedad civil en la prevención y gestión de las crisis.

Lugar y fecha del congreso

El congreso tendrá lugar los días jueves 20 y viernes 21 de noviembre en Madrid, en la sede de la Fundación Universitaria Española, situada en la calle Alcalá, 93, consolidándose como una cita imprescindible para quienes buscan reflexionar sobre la relación entre historia, ciencia y sociedad frente a los fenómenos naturales extremos. El acceso es gratuito.

Programación

Jueves, 20 de noviembre

La primera jornada comenzará a las 19:00 con “La unidad de los pueblos ante los desastres naturales”, a cargo de D. Juan Antonio Sagredo Marco, senador por Valencia y alcalde de Paterna, vocal de la Comisión de Investigación sobre la DANA de octubre de 2024. A las 19:45, D. José Luis Sánchez García, director del Seminario Nacional de Historia Cisneros y presidente de la Fundación Embajadores para el Desarrollo, ofrecerá “La respuesta de la ciudadanía ante grandes catástrofes naturales: la solidaridad”. La jornada cerrará a las 20:30 con “Ciencia y ética en la explicación de los fenómenos naturales”, impartida por D. Juan María Díez Sanz, filósofo e investigador experto en ética social y sostenibilidad.

Viernes, 21 de noviembre

La segunda jornada arrancará a las 9:30 con “Catástrofes en la historia de la Tierra”, por el Dr. Alejandro Robador Moreno, geólogo experto en paleoclimatología del IGME-CSIC. A las 10:30, el Dr. Ricardo García García ofrecerá “Una visión técnica de la DANA acaecida en Valencia en octubre de 2024”. Tras la pausa de café, a las 12:00 el Dr. José María Benlloch Baviera abordará “El gran terremoto de Lisboa de 1755”, y la jornada concluirá a las 13:00 con “Cómo explicar a los jóvenes el sentido de las grandes catástrofes naturales”, a cargo de D. Joan Águila Chavero, provicario general del Arzobispado de Tarragona.

Por Manuel Quintanar (Universidad de Bolonia)

I.

El 28 de abril de 1990, el entonces Cardenal prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Joseph Ratzinger, pronunció un discurso con motivo del primer centenario de la muerte del Cardenal Newman, del que me gustaría entresacar alguna cita que traigo a mi texto, pues me parecen lemáticas de la vida de este santo, intelectualmente inspiradoras y, para el entonces Cardenal Ratzinger, “liberadoras” (como superviviente del nazismo y todo lo que comportó).

II.

“Newman interpretó la existencia del ser humano a partir de la conciencia, esto es, de las relaciones entre Dios y el alma”. “Estar obligado por la conciencia no significa ser libre para hacer elecciones al azar, sino que es justo al revés”. “Libertad de conciencia no equivale a tener derecho a prescindir de la conciencia, a ignorar al Legislador y al Juez, a ser independiente de obligaciones invisibles”. “Por tanto, la conciencia en su verdadero sentido es la piedra angular de la autoridad papal; su poder procede de una revelación que completa la conciencia natural, la cual está imperfectamente iluminada, y la defensa de la ley moral y de la conciencia es su razón de ser”.

III.

“Newman llegó a la conversión en su calidad de hombre de conciencia; fue su conciencia la que le llevó a salir de las viejas ataduras y seguridades, conduciéndole al mundo del catolicismo, que era algo tan difícil y extraño para él. Pero este camino de la conciencia es todo menos una senda de subjetividad autosuficiente: es un camino de obediencia a la verdad objetiva. El segundo paso en el largo viaje de Newman hacia la conversión fue la superación de la posición evangélica subjetiva a favor de una comprensión del cristianismo basada en la objetividad del dogma”.

IV.

Directamente tomado por Ratzinger de uno de sus sermones, se lee en Newman: “El verdadero cristianismo aparece (…) en la obediencia y no a través de un estado de conciencia. Por tanto, toda la obligación y todo el trabajo de un cristiano está compuesto de estas dos partes: fe y obediencia; mirar a Jesús (Hb 2, 9) (…) y actuar según su voluntad (…)”. Y tomadas de The Arrians of the Fourth Century: “(…) detectar y aprobar el principio en el que (…) la paz se fundamenta en la Escritura; someterse al dictado de la verdad en cuanto tal como principal autoridad en materias de conducta política y privada”.

V.

En Grammar of Assent reconoce el Cardenal Ratzinger que Newman nos inició a una forma o manera especial de certeza en el conocimiento religioso. “Nos enseñó a pensar históricamente en teología y, así, a reconocer la identidad de la fe en todos los desarrollos”. Afirma Ratzinger que en el concepto de desarrollo juega su papel la propia vida de Newman. “Vivir es cambiar, y ser perfecto es haber cambiado con frecuencia”, dirá Newman. “Durante toda su vida, Newman fue una persona en permanente estado de conversión, una persona en permanente trance de transformación, y por eso siempre permaneció y llegó a ser cada vez más él mismo”.

VI.

Newman, nacido en 1801 en Londres y fallecido en Birmingham en 1890, se convirtió al catolicismo en 1845, fue elevado a la dignidad de Cardenal por el papa León XIII en 1879, beatificado por Benedicto XVI en 2010 y canonizado por el Papa Francisco en 2019. El 31 de julio de 2025, el papa León XIV anunció su título como Doctor de la Iglesia, hecho que tendrá lugar el próximo 3 de noviembre.

VII.

El 19 de septiembre de 2010, el Papa Benedicto XVI pronunció en Birmingham, con motivo de la beatificación del Cardenal Newman, una homilía de la que extraemos algunas notas: “El lema del Cardenal Newman, cor ad cor loquitur, el corazón habla al corazón, nos da la perspectiva de su comprensión de la vida cristiana como una llamada a la santidad, experimentada con el deseo profundo del corazón humano de entrar en comunión íntima con el corazón de Dios. Nos recuerda que la fidelidad a la oración nos va transformando gradualmente a semejanza de Dios”. Y cita a Newman: “el hábito de la oración, la práctica de buscar a Dios y el mundo invisible en cada momento, en cada lugar, en cada emergencia —os digo que la oración tiene lo que se puede llamar un efecto natural en el alma, espiritualizándola y elevándola. Un hombre ya no es lo que era antes; gradualmente… se ve imbuido de una serie de ideas nuevas, y se ve impregnado de principios diferentes” (Sermones Parroquiales y Comunes IV, 230-231).

VIII.

El papa Benedicto XVI recuerda que para Newman nuestro Divino Maestro nos ha asignado una tarea específica a cada uno de nosotros, un “servicio concreto”, confiado de manera única a cada persona concreta. Y honra el Papa la visión de la educación de Newman, afirmando que “contrario a cualquier enfoque reductivo o utilitarista, buscó lograr unas condiciones educativas en las que se unificara el esfuerzo intelectual, la disciplina moral y el compromiso religioso”.

IX.

Como universitario desde 1987, personalmente no he abandonado la Universidad pública hasta hoy, como alumno y, posteriormente, como profesor de Derecho penal, finalmente de la Universidad Complutense. Por ello debo citar, y no niego que la cita será extensa por lo poderoso y, a mi juicio, definitivo del contenido de sentido de su mensaje, el artículo de Reinhard Hütter “La universidad contemporánea ante la profética provocación de J.H. Newman”. Quizás más que una cita sea una síntesis, pero merece la pena porque, en el análisis de la “profética provocación de J. H. Newman” se hallan conclusiones a las que me adhiero sin ningún género de dudas.

X.

Se subraya en dicho artículo el alegato de Newman en favor de la idea misma de universidad y del ideal de la educación humanista, en cuanto alma de toda educación universitaria. Se trata de una defensa de la “Idea de Universidad” resistente a los persistentes intentos de someter a la Universidad a fines ajenos a la misma, “ya sea aquellos del moderno Estado-nación burocrático, del programa comunista, de la organización fascista del Estado, de la raza superior y su voluntad de poder, o de los deseos de los consumidores individuales que pertenecen a una sociedad permisiva que entiende todos los problemas como de naturaleza ulteriormente técnica y empresarial, para los cuales el saber-hacer científico tarde o temprano hallará alguna solución”.

XI.

Newman describe el estado de la sociedad de su tiempo como uno “en que la autoridad, los preceptos, la tradición, las costumbres, el instinto moral y la influencia divina no valen nada, en que la reflexión paciente y la profundidad y solidez de los puntos de vista son desdeñados por sutiles y escolásticos, en que el debate liberal y el juicio falible son ensalzados como un derecho de nacimiento de cada individuo”. Esto último, dicho hace un siglo, está perfectamente vigente hoy.

XII.

Hütter nos coloca en el trance de comparar la actual situación de la Universidad en el S. XXI, a la que llama baconiana (Francis Bacon), con la idea de Universidad en Newman. Así, y citando a Brad Gregory (The United Reformation), afirma que “sin distingo de disciplina académica, el conocimiento es considerado secular por definición en el mundo occidental de nuestros días. Sus métodos, supuestos, contenido y pretensiones de verdad son, y solo pueden ser seculares, enmarcados no solamente por la exigencia lógica de una coherencia racional, sino también por el postulado metodológico del naturalismo y su correlato epistemológico, el empirismo probatorio”. Y señala que “la universidad de investigación combina la investigación de punta con un entrenamiento de pregrado que opera como propedéutico para la formación destinada a obtener un grado académico y que toma parte en la producción del conocimiento de programas de investigación altamente avanzados”. Sin embargo, ese modelo baconiano universitario, según Hütter, tiene en su semilla su propia destrucción, pues “si, en efecto, cada una de las competencias de investigación de vanguardia reunidas en las modernas universidades ‘científico-tecnológicas’ pudiera ser localizada en otra parte, es decir, ser directamente vinculada, sin una pérdida efectiva, con empresas y laboratorios estatales que realizan investigación en medicina o bioingeniería, o con esta y aquella rama del complejo militar-industrial, entonces habría desaparecido la universidad en cualquier sentido”.

XIII.

Frente a ello, la provocación profética de Newman, así como su permanente relevancia, se fundan en el hecho de ofrecer una poderosa razón de ser de la universidad en cuanto unidad per se. “Newman afirma que la educación universitaria es por esencia una educación humanística o liberal, esto es, una educación que contiene en sí misma su propia finalidad. Dicha educación es una educación potencialmente universal. Si bien no necesariamente abarca todos, o siquiera la mayoría de los campos del conocimiento —algo por demás imposible desde hace mucho tiempo— es, sin embargo, una educación esencialmente filosófica, en el sentido de que fomenta la reflexión sobre el propio conocimiento en relación con otros campos del conocimiento y en relación con el todo”. “Pero semejante educación requiere de un horizonte de trascendencia a cuya luz el conocimiento universal pueda concebirse como un todo, como un horizonte que proporcione interconexión y coherencia; semejante horizonte de trascendencia solamente podrá obtenerse si la teología pesa en la educación universitaria”.

XIV.

En palabras de Newman, “la verdad religiosa no es solo una porción, sino que es una condición del conocimiento general. Tacharla es nada menos que deshilar el tejido de la docencia universitaria. Es, como dice el proverbio griego, quitarle la primavera al año, es imitar el absurdo procedimiento de aquellos trágicos que representaban un drama omitiendo su parte principal”.

XV.

Continúa Hütter, parafraseando y contrapunteando a Newman. Así afirma que, cuando Newman habla de teología en el contexto de sus clases universitarias, tiene en mente aquello que la teología católica clásica llama “preámbulos de la fe”, un conocimiento científico de Dios que pertenece a la metafísica, un discurso con sus indagaciones, argumentos y pruebas, escuelas y debates, un conocimiento de Dios que no depende de la revelación, pero que puede ser inmensamente acrecentado por la revelación. Para Newman, la docencia universitaria sin teología sencillamente es afilosófica. El fin verdadero y adecuado de la formación intelectual, así como de la universidad, no es aprender o adquirir conocimientos, sino más bien aplicar el pensar y la razón al conocimiento, o lo que podría llamarse filosofía, aquello que tradicionalmente se llama filosofía primera. Al establecer el secularismo como criterio normativo para la universidad, observa Newman, la universidad se decapita a si misma y se vuelve incapaz de reflexionar filosóficamente sobre sus conocimientos y compromisos seculares.

XVI.

Extrae Hütter la crítica de Newman a la visión físico-mecanicista o biológico-evolucionista que tan familiares nos resultan en la universidad actual. Para Newman, cuando nuestro profesor, después de hablar con la más alta admiración del intelecto humano, limita su acción independiente al ámbito de la especulación y niega que pueda ser un principio causal, o que pueda ejercer una interferencia especial en el mundo material, adscribe todo trabajo, toda acción externa del ser humano a la fuerza innata o alma del universo físico. Las hazañas del hombre, sus artificios, sus logros, los hechos humanos, todo eso cae bajo los escolásticos términos de “genio” y de “arte”, así como de las ideas morales de deber, derecho y heroísmo, pero es su deber contemplarlos todos, no meramente en el lugar que les corresponde dentro del sistema eterno de causa y efecto físico. Ignorar y, en consecuencia, eliminar de los asuntos universitarios una realidad infinitamente superior a la razón y la voluntad humana en cuanto motivaciones causales tendría consecuencias distorsionantes muy graves. Como afirma Hütter, el problema se plantea en términos de determinismo o libertad. El determinismo deriva en posthumanismo y la opción por la libertad deriva al transhumanismo. El posthumanismo contempla al ser humano como un animal altamente desarrollado, entregado a maximizar el éxito de su especie, para lo cual las ciencias naturales y su aplicación técnica constituyen actualmente el factor más decisivo. Para el transhumanismo, asumiendo la libertad en el sentido existencialista de diseñar libremente la propia existencia con auxilio de la biotecnología, la naturaleza humana queda sujeta a la tekhné, a una liberación de su propia naturaleza que emula la de Prometeo.

XVII.

Hütter nos trae palabras de Nietzsche para comparar los resultados de esa universidad baconiana con su visión (nietzscheana) de la utilidad del conocimiento y de la voluntad. “La medida del deseo de conocimiento depende de la medida en que crece la voluntad de poder de una especie y esa especie comprende determinada cantidad de realidad en orden a dominarla en orden a ponerla a su servicio”. Se ha cumplido la profecía de Newman.

XVIII.

Como pone finalmente de relieve Hütter, Newman nos recuerda que la teología y la contemplación especulativa a que da lugar trata de la única cosa que puede salvar a la Universidad de su total funcionalización (yo añadiría funcionarización) y mercantilización, pues la teología es la que recuerda a todas las demás disciplinas que la mayor libertad adviene con la contemplación y la comunicación de la verdad trascendente de Dios. En fin de cuentas, la teología también podría resultar el único aval confiable de la genuina libertad académica. Cuando se olvida a Dios, la criatura misma se vuelve ininteligible.

XIX.

El presente esquema es una elección personal, cuyas ideas base, las de Newman y Hütter, son, a mi entender, el norte al que debe mirar cualquier intento de construir Universidad en la actualidad. Lamentablemente, tenemos la Universidad que nos merecemos.

Por Manuel Quintanar (Abogado penalista)

I.

Un juzgado de Valencia (el número 4, cuyo titular es marido de la jueza de Catarroja, Nuria Ruiz Tobarra, que investiga la responsabilidad criminal de los altos cargos del Gobierno de la Generalidad Valenciana) ha sobreseído, nada menos que con un sobreseimiento libre (para los no versados, este tipo de sobreseimiento tiene efectos de cosa juzgada, por lo que cerraría cualquier posibilidad, caso de devenir firme, de reabrir el procedimiento y, por tanto, el esclarecimiento penal de los hechos) la denuncia por un delito de falsedad contra el ex comisionado gubernamental para la DANA José María Ángel Batalla, que lleva desempeñando, como consecuencia de dicha falsedad de origen, más de 30 años responsabilidades como funcionario cualificado por dicho falso título. Los medios de comunicación se han hecho eco de su dimisión e incluso intento de suicidio tras el escándalo, pues no parece poder dar razón de presentación de dicho título ni de su rematada falsedad (ni siquiera existía, al tiempo de la falsedad, ese título impartido por la Universidad de Valencia). No deseo en este artículo centrarme más que en lo estrictamente jurídico, con el sincero deseo de que se recupere.

II.

La razón en Derecho, para el mencionado archivo, es la prescripción del delito y, por tanto, según el artículo 130 CP, la extinción de su responsabilidad penal. Como se sabe, uno de los principios más elementales del Derecho, y en particular del Derecho penal, es la seguridad jurídica y certeza a la que sirve el instituto de la prescripción, cuyo fundamento último es penal y procesal penal (olvido social del delito, riesgo de destrucción de pruebas, etc.).

III.

El cómputo del plazo prescriptivo de los delitos tiene un dies a quo (momento desde el que parte el cómputo) fijado en la consumación del delito. El dies ad quem es el momento en que el procedimiento penal se dirige contra el culpable (no es el momento de desarrollar cuándo puede considerarse que el procedimiento se dirige contra el culpable, pero básicamente cuando, tras la denuncia o querella y su admisión, el responsable es identificable).

IV.

Cada tipología delictiva tiene su plazo de prescripción (artículo 131 CP) y se consuma (dies a quo) según sea la fisonomía del tipo penal que lo perimetre y su concreta forma de aparición. (Por ejemplo, los delitos imprudentes, que siempre exigen un resultado, se consuman con el acaecimiento del mismo, en ocasiones distanciado de la acción u omisión imprudente en años, incluso 40 años; piénsese en la construcción de un edificio que se derrumba por la mala praxis del arquitecto, en cuyo caso la prescripción penal iría mucho más allá que la prescripción civil).

V.

En nuestro caso, el razonamiento de este auto afirma que se consumó instantáneamente con la presentación del título falso, sin perjuicio de que sus efectos pudiesen ir más allá (efectos permanentes). De ese modo, y puesto que esto se produjo en 1983, habría prescrito. Se citan una serie de sentencias del Tribunal Supremo que, para otros casos, serían el precedente en el que se sustentaría la mencionada resolución. Sin embargo, esta jurisprudencia, posiblemente ajustada a Derecho para otros delitos de falsedad, es traída al mencionado auto, a mi juicio, desafortunadamente y, por tanto, sin sustento real en la legalidad y en una correcta exégesis del Código Penal y de la forma de aparición de este delito.

VI.

La sentencia 249/08 del Tribunal Supremo califica, en un supuesto de falsedad documental, como delito permanente esta modalidad delictiva en el caso concreto. “Esta categoría de delito implica que la lesión del bien jurídico se prolonga y mantiene por la voluntad del autor. La permanencia de la lesividad realiza por sí sola el tipo, de suerte que el delito se sigue consumando hasta que el autor decide abandonar la situación antijurídica”.

VII.

Esto es lo que cabalmente ha sucedido en este caso, en el que la situación, no de puesta en peligro del bien jurídico de este tipo de falsedad —es decir, la seguridad jurídica—, sino de manifiesta lesividad de la misma, se ha mantenido durante décadas a sabiendas del denunciado, que se ha beneficiado de dicha falsedad hasta el día de su dimisión. Por tanto, en esta concreta falsedad la consumación se ha seguido produciendo mientras el resultado se ha manifestado, al modo en que sucede en los delitos imprudentes, en que la acción u omisión se desconecta en ocasiones en años del resultado. Evidentemente, no ha prescrito. Reiteramos: los delitos de falsedad pueden considerarse de peligro porque no es necesario el resultado. Pero en el presente caso no solo se ha puesto en peligro, sino que se ha lesionado, por sus evidentes consecuencias. Desarrollar como cualificado un puesto de funcionario valiéndose de la falsedad que continuamente lacera el Derecho (en este caso, durante décadas).

VIII.

El Derecho es el logos de lo razonable, según el maestro Recasens Siches, y no es razonable que en los delitos imprudentes la prescripción sea de mayor duración, en ocasiones, por la operatividad de un resultado que fijaría la consumación (lógicamente se está protegiendo a las víctimas, piénsese en las imprudencias médicas), que en aquellos delitos dolosos en los que el resultado se está produciendo y manifestando de forma permanente. Y si no, que se lo digan a aquellos que han podido aspirar a la plaza del Sr. Ángel Batalla con méritos acreditados y auténticos durante todo este tiempo. Todo ello debería conducir a que un magistrado que, como este, ya tiene una cierta experiencia, lo hubiese podido entender en nombre de la razonabilidad del Derecho. En ocasiones, usar el Derecho de otro modo es manifiestamente injusto, incluso si el justiciable y graciable es socialista.

En la Villa de Madrid, 12 de octubre, día de la Virgen del Pilar, Virgen de España y de la Hispanidad.

Por Manuel Quintanar (Abogado penalista)

I.

La palabra genocidio se está usando cada vez más. “Hay una definición muy técnica de lo que podría ser un genocidio, pero cada vez más personas están planteando la cuestión, incluyendo dos grupos de derechos humanos en Israel que han hecho esa declaración”. “Es importante hacer algunas distinciones que ellos mismos hacen en cuanto a lo que está haciendo el Gobierno de Israel y quiénes son los miembros de la comunidad judía”. León XIV para Elise Ann Allen en “Crux” (León XIV. Ciudadano del mundo. Misionero del S. XXI. Penguin Random House). En efecto, el delito de genocidio se puede encontrar en numerosos códigos penales y en la Carta Fundacional del Tribunal Penal Internacional, cuya definición o delimitación del tipo penal queda a la interpretación de la letra de la Ley, en cada caso (Código penal) y para cada supuesto concreto. Lo sea o no, en el caso de Israel y Palestina, como dice el Papa León XIV no debe olvidarse que debe distinguirse entre el Gobierno de Israel e Israel como Estado.

II.

El caso vivido en España para las manifestaciones que obligaron a suspender la última etapa de la Vuelta Ciclista a España también exigen distinguir aquellas legítimas manifestaciones de repulsa a las condiciones en que se sitúa a los gazatíes por parte del Ejército israelí de aquellos ilegítimos y violentos ataques a una competición deportiva citada, de lleno inmersos en los tipos administrativos de infracción de la Ley 19/2007, de 11 de julio, contra la violencia, el racismo, la xenofobia y la intolerancia en el deporte que prevé sanciones de hasta 650.000 euros para las infracciones muy graves. Se trata de una Ley muy avanzada en la prevención, persecución y sanción de conductas violentas, racistas, xenófobas e intolerantes en espectáculos deportivos para los asistentes a los mismos y otros sujetos que por otros medios puedan incitar de cualquier manera a este tipo de inaceptables comportamientos que la Ley describe a propósito de diversos tipos administrativo-sancionadores.

III.

Como miembro, durante años, en ocasiones representando al Ministerio del Interior, y en otras a La Liga, de la Comisión Estatal contra la violencia, el racismo, la xenofobia y la intolerancia en el deporte creo que los distintos altercados y multitud de incidentes ocasionados en distintas etapas de la competición con la excusa de la protesta ante lo considerado como genocidio (reitero que las manifestaciones pacíficas son perfectamente legítimas y, por supuesto, la exhibición de las banderas palestinas también) pueden enmarcarse en el perímetro de intervención de esta Ley, incluyendo las incitaciones de distintos políticos muy significados han realizado con anterioridad. Espero, estoy convencido por su tradicional excelente labor, que se haya llevado por parte del CNP las correspondientes actas de denuncia, con identificación de sus responsables, a la consideración de la Comisión Estatal como paso previo a la imposición por la autoridad competente de las correspondientes sanciones (Delegación del Gobierno). En cualquier caso, ha resultado un espectáculo deplorable que en nada favorece al deporte español en su conjunto.

IV.

Por ello, cobran relieve llamativo las instituciones del CSD y de la Delegación del Gobierno, representadas en esta ocasión por Rodríguez Uribes y por Martín Aguirre, a quienes corresponde salir al paso de la mentada violencia de determinados individuos, orquestados o no, en la Vuelta Ciclista a España. A éstas corresponde tomar la iniciativa en la condena y denuncia de los violentos, más allá de la execración de un supuesto genocidio de Israel, en el que no entramos, y para eso, por cierto, ya ha tomado la iniciativa el Fiscal General del Estado.

V.

Y lo cierto es que ni uno ni otro, entendemos, han estado a la altura. Ambos más parecieran epígonos del relato de la Presidencia del Gobierno que defensores de una legalidad que es muy clara al respecto y que impone una rotunda persecución de este tipo de comportamientos. Quiero, en este momento, subrayar que ello nada tiene que ver con el negacionismo de ningún genocidio (vid. Ana Iris Simón en El País de 20 de septiembre de 2025) pero tampoco el de los católicos de nuestra guerra civil, semillero de martirios reconocidos por la Iglesia (de los cuales, por lo menos, de uno tuve el honor de representar en la correspondiente beatificación a la CAM en diciembre de 2019 como Secretario General de Gobierno). Quedó probado el odium fidei que regía el comportamiento de muchos durante nuestra lamentable confrontación nacional del 36. Pero nada se debe esperar de quien, garbancera y sarcásticamente para las víctimas del terrorismo en nuestra Patria proclama que “Bildu ha hecho más por España que los patrioteros de pulsera”. Sin comentarios.

VI.

Se espera más de mi compañero de curso, sentado siempre en primera fila (Derecho Valencia 1987/1988) Rodríguez Uribes, que en lugar de censurar, sin más, el comportamiento de los violentos, si se quiere, aislado de las legítimas manifestaciones pro derechos humanos, en un circunloquio vacío de contenido (me remito a la nota de prensa del CSD), pareciera estar haciendo apología de la condena a Israel en todos los estamentos deportivos y, por tanto, dando soporte de alguna manera a la suspensión de las diversas etapas de la Vuelta. Lo cierto es que lo siento pero no me cabe más remedio que repudiar dichas declaraciones de un representante de España en el ámbito del deporte. Por mucho que pueda estar de acuerdo con muchas de las precisiones que lleva a término el periodista Carlos Arribas en “El País” sobre el deporte y la política (La Vuelta, Israel y la neutralidad de la Carta Olímpica).

VII.

Debiera, y no se lo tome a mal mi querido compañero de curso, colocarse en un nivel institucional más moderado, a pesar de que todos deploremos lo que está sucediendo en Palestina, y sobre todo, cumplir con un deber, que incumplido en su posición de garante, puede constituir una omisión culpable en materia jurídico sancionadora a resultas de lo que pueda derivarse de la investigación de lo sucedido. Ni qué decir tiene esto vale también para el Garbancito de la Delegación del Gobierno.

VIII.

En cualquier caso, en nada debemos preocuparnos por la impunidad de Israel los españoles, pues el imputado Fiscal General del Estado ya ha ordenado a Dolores Delgado la apertura de las correspondientes diligencias de investigación (cuyo patético destino será en el mejor de los casos una inhibición en favor del Tribunal Penal Internacional) pues ya sabemos cuáles son los éxitos de nuestra particular justicia universal del artículo 23.4 de la Ley Orgánica del Poder Judicial a cargo de la Audiencia Nacional. Derecho penal simbólico o el penúltimo servicio a un Gobierno con una dramática deriva. Ya hablaremos de la labor de la Ministra Robles en Defensa en materia tan delicada en otro Mondo Difficile.

Por Manuel Quintanar (Abogado penalista)

I.

El recuerdo de mis maestros italianos, Franco Bricola (Bologna) y Mauro Mellini (Roma), dos formas de concebir el mundo y el Derecho muy distintas, pero en lo personal coincidentes por cuanto toca a su probidad y a su exquisito respeto a la “justicia”, en la cátedra y en el ejercicio profesional de la abogacía, ambos luchadores en tiempos difíciles (años de plomo en Italia los 70) por las libertades públicas y por la democracia en su sentido más pulcro y auténtico, me ha sugerido siempre este título con el que Mellini fundó una revista periódica de denuncia de toda suerte de abusos judiciales o, en general, forenses, la mayor parte de las veces en nombre de la “justicia” que invocan los nuevos inquisidores justicialistas, de sesgo ideológico e interesado, generalmente más en orden al medro personal y administrativo que ordenado a la filantropía y a la auténtica justicia (incluso social) y muchos, por supuesto, con la bandera progresista y sin bagaje moral ni jurídico (en España nos resultaba flagrante Garzón cuya impunidad ha sido muy generosamente retribuida sarcásticamente para sus víctimas). Fenómeno denominado “jueces estrella”. Una modalidad criminológica de prevaricación.

II.

No me puedo olvidar de mi maestro el Profesor Cobo del Rosal, injustamente vilipendiado por la abierta y honrada censura de estos “fenómenos” y por enfrentarse a unos y a otros, con una técnica jurídico procesal y oratoria inmejorable. Las lecturas que me iba recomendando, y los procedimientos en los que de una forma u otra intervine (GAL, Achille Lauro, Paesa, UCIFA, KIO y, otros tantos en los años 90 y posteriores hasta su fallecimiento en que, por mis interrupciones en la cátedra por mi breve paso por la política, pude colaborar o ayudarle) su valentía, honradez y compromiso con cada una de las defensas de que fui testigo a despecho de los ataques de todo orden de los que fue objeto me marcaron sin llegar al total descreimiento en que en el futuro pueda haber justicia (después publicó un librito de Defensas penales y otra de Quisicosas de Derecho penal en las que intervine).

III.

Parece innecesario explicar por tanto el título de la serie Giustizia giusta. Viene precedida de distintos sueltos publicados en la muy cuidada edición en papel de FEARLESS, en la Sección de “Tribuna”, desde la que me permito la libertad de opinar de esta justicia española cotidiana, tantas veces conducente a soluciones y resoluciones inexplicables desde una perspectiva ya no sólo técnico jurídica sino de sentido común (ese logos de lo razonable en que resumía el Derecho Recasens Siches) o, sencillamente, inicuas. Una justicia injusta existe del mismo modo que la Justicia con mayúsculas no es de este mundo.

IV.

La actualidad nos lleva de la mano, así presentada la irrupción en la edición digital de Fearless de mi modesta columna, a propósito de la devastación incendiaria estival sufrida en España este año, a la cita de una ya antigua publicación del Profesor Cobo del Rosal y de quien suscribe “Sobre los incendios” en la editorial Tirant lo Blanch (2005), en la que se llevaba a término un análisis jurídico penal de la regulación que nuestro Código dedicaba a la materia. Entonces se ponía ya de relieve la escasa entidad penológica que le merecía al legislador un incendio (forestal o no) provocado en su modalidad básica (esto es, el que no acarrea heridos, muertes, o peligros concretos para la población).

V.

Siempre hemos sostenido, como así entiendo debe ser (el Profesor Cobo del Rosal lamentablemente falleció), que el Derecho penal es la ultima ratio para la prevención del delito, interviniendo cuando éste ya ha ocasionado al menos un riesgo relevante e intolerable para bienes jurídicos constitucionales, por lo que se erige en un mecanismo de cierre de nuestro ordenamiento jurídico, cuyo fin último, el de garantizar la paz social y la convivencia pacífica dentro de nuestro Estado de Derecho constitucional debe alcanzarse, por vías menos liberticidas y traumáticas y, sobre todo, siempre que sea estrictamente necesario (principio de subsidiariedad y fragmentariedad del Derecho penal en virtud del que se seleccionan bienes jurídico constitucionales de la suficiente entidad necesitada de protección y sólo ante los ataques o puestas en peligro más graves). El Derecho penal no tiene como fin primordial, a nuestro juicio, ni la integración, ni la educación, ni la rehabilitación que son según el literal decir del artículo 25.2 de la Constitución española meras orientaciones ejecutivas de la pena privativa de libertad y no un bálsamo de fierabras social o psicológico. La solución a tantos conflictos sociales no son exclusivo objeto de la política criminal sino de la política social, la educación y, en general, de la propiciación de las condiciones necesarias para una convivencia digna y pacífica entre semejantes en un momento y en un lugar dado (ahora en España), o la eliminación a atenuación de los condicionantes criminógenos, cuando ello es posible, que no siempre lo es (evidentemente la inevitabilidad de determinados crímenes deja siempre un margen de indefensión social o si se quiere de inseguridad).

VI.

No obstante, me parece oportuno subrayar, al filo del anuncio de una serie de medidas presentadas por el Presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijoó, el acierto y oportunidad de su incidencia en, entre otros objetivos, el empleo de más medios materiales y humanos, la necesaria y debida coordinación de las distintas administraciones, la inmediatez en la asistencia a las víctimas, el control y registro de pirómanos o arsonistas, y otras, dentro de las que yo incluiría una reforma de algunos preceptos del Código penal (artículos 352 y siguientes) que se nos manifiestan como insuficientes en su conminación penal ante el evidente y lacerante incremento del fenómeno criminal de los incendios provocados (ni qué decir tiene que en su evitación no son de recibo objeciones ideológicas bajo etiquetas como “cambio climático”, ecología del medio, o de dinámicas administrativas de una ortopedia incompatible con el discurrir del campo, de la naturaleza y de su abyecta destrucción).

VII.

Debe afrontarse con toda la crudeza que comporta la tozuda realidad de la enfermedad mental, los intereses y fines lucrativos de su provocación o, sencillamente, los de carácter vindicativo o neroniano. Recuerdo en 2013, con mi querida Cristina Cifuentes en la Delegación del Gobierno, una feroz oleada de incendios en la Comunidad de Madrid, según entonces la Guardia Civil, la mayor parte de ellos provocados. Y recuerdo, valga la reiteración, la impotencia del Coronel Jefe de la Comandancia en la inmediata localización de los pirómanos (finalmente era uno en particular) y su posterior desazón cuando identificado y detenido el autor era muy señaladamente de quien menos se podía esperar… La enfermedad mental acaso fuera la principal explicación. Por supuesto, la etiología puede ser múltiple y siempre abominable, con o sin afán de lucro, como la venganza o la estafa de las compañías de seguros y muchas otras…

VIII.

De lo que no cabe la menor duda es que cualquier medio de prevención o de extinción siempre será insuficiente por las antedichas e irracionales sin razones. Pero no parece inevitable llevar a término una mejor coordinación y, sobre todo, asunción plena de competencias estatales en desastres que no entienden de límites territoriales o autonómicos. En dicho sentido, sí resulta necesario denunciar, por cierto como en el catastrófico desastre de la gota fría en el Levante español, que una mala coordinación, una no asunción de responsabilidades de carácter directivo en lo operativo o una insuficiente movilización de los medios, por parte de la Administración central, puede comportar consecuencias penales, si las hubiere en régimen de comisión por omisión o negligencia a nivel de temeridad, para aquellas personas físicas al frente de los Ministerios y Direcciones Generales competentes. (A nuestro juicio es un error que la UME dependa directamente de la Ministra de Defensa y no del JEMAD por obvias razones). La instrucción penal de una Juzgado de Catarroja claramente secciona y selecciona la responsabilidad criminal en un nivel político competencial que no se sostiene en Derecho a nuestro modesto entender.

IX.

Como se dijo en mi publicación de 2005 con mi maestro las penas de semejantes crímenes no pueden ser las propias de una gamberrada callejera generadora de daños, sin perjuicio de la directa responsabilidad por las muertes y los heridos. Es necesario un endurecimiento de las penas del tipo básico de incendios forestales y no forestales de los artículos 352 y siguientes del Código penal y, por supuesto, menos caradurismo por parte de los responsables políticos al frente de la prevención y extinción de los mentados incendios, catástrofe natural de casi imposible restauración. Bien venidas sean las medidas anunciadas por el Sr. Feijoó y depuración de responsabilidad penal de quien se esconde en sus mullidos sillones testigos mudos de toda suerte de iniquidades con honrosas excepciones.

 

Por José María Lanseros

Es una sensación que sienten los visitantes que no son de la ciudad. Santander es una ciudad que respira elegancia por los cuatro costados.

Se siente en cada paso. Es algo que transmiten los que viven en ella y que perciben quienes, de vez en cuando, recalan en la misma.
La gente va siempre elegante. Un estilo formal en su mayoría, aunque habrá quienes lo discutan.

Esa elegancia tiene distinguidos representantes a los que no vamos a aludir, y muchos de ellos están presentes en la ciudad en un evento que, una vez al año, tiene lugar en el Palacio de La Magdalena. El sarao tiene mucho nivel. Se trata del seminario que organizan cada año la Asociación de Periodistas de Información Económica (APIE) y la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP), y que cuenta desde hace décadas con el patrocinio de BBVA, la entidad que preside Carlos Torres Vila.

Este año se celebró la edición número 42 del seminario. El título es tan largo como claro (para entendidos): «Cuarenta años de España en la UE. Evolución de la economía española. De la autarquía a la economía de mercado».

España ha avanzado mucho gracias a su ingreso en la Unión Europea, pero tiene que seguir mejorando. Lo resaltó el presidente de BBVA, Carlos Torres, que fue, sin duda, la personalidad más buscada en el evento. El motivo: la operación por la que se quiere hacer con Banco Sabadell.

El otro gran buscado fue el consejero delegado de la entidad vallesana, César González-Bueno.
El tercero, y grandísimo protagonista: el ministro de Economía, Carlos Cuerpo. Por motivos de agenda, no está en Santander. La banca y el Gobierno se vienen batiendo desde hace tiempo, y parece que así seguirá siendo, al menos mientras Pedro Sánchez se mantenga como presidente. Todos clásicos, sin grandes alardes. Vistiendo como viste el poder clásico cuando trabaja: traje y corbata.

Instantes de decisión en Santander, la ciudad elegante y clásica en la que, al menos una semana al año, el poder económico se da cita.
El Gobierno ya habló. Le pone a BBVA muy complicada la operación Sabadell. El consejo de administración del banco que preside Carlos Torres tiene ahora una decisión vital que tomar.