Por Manuel Quintanar (Universidad de Bolonia)
I.
El 28 de abril de 1990, el entonces Cardenal prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Joseph Ratzinger, pronunció un discurso con motivo del primer centenario de la muerte del Cardenal Newman, del que me gustaría entresacar alguna cita que traigo a mi texto, pues me parecen lemáticas de la vida de este santo, intelectualmente inspiradoras y, para el entonces Cardenal Ratzinger, “liberadoras” (como superviviente del nazismo y todo lo que comportó).
II.
“Newman interpretó la existencia del ser humano a partir de la conciencia, esto es, de las relaciones entre Dios y el alma”. “Estar obligado por la conciencia no significa ser libre para hacer elecciones al azar, sino que es justo al revés”. “Libertad de conciencia no equivale a tener derecho a prescindir de la conciencia, a ignorar al Legislador y al Juez, a ser independiente de obligaciones invisibles”. “Por tanto, la conciencia en su verdadero sentido es la piedra angular de la autoridad papal; su poder procede de una revelación que completa la conciencia natural, la cual está imperfectamente iluminada, y la defensa de la ley moral y de la conciencia es su razón de ser”.
III.
“Newman llegó a la conversión en su calidad de hombre de conciencia; fue su conciencia la que le llevó a salir de las viejas ataduras y seguridades, conduciéndole al mundo del catolicismo, que era algo tan difícil y extraño para él. Pero este camino de la conciencia es todo menos una senda de subjetividad autosuficiente: es un camino de obediencia a la verdad objetiva. El segundo paso en el largo viaje de Newman hacia la conversión fue la superación de la posición evangélica subjetiva a favor de una comprensión del cristianismo basada en la objetividad del dogma”.
IV.
Directamente tomado por Ratzinger de uno de sus sermones, se lee en Newman: “El verdadero cristianismo aparece (…) en la obediencia y no a través de un estado de conciencia. Por tanto, toda la obligación y todo el trabajo de un cristiano está compuesto de estas dos partes: fe y obediencia; mirar a Jesús (Hb 2, 9) (…) y actuar según su voluntad (…)”. Y tomadas de The Arrians of the Fourth Century: “(…) detectar y aprobar el principio en el que (…) la paz se fundamenta en la Escritura; someterse al dictado de la verdad en cuanto tal como principal autoridad en materias de conducta política y privada”.
V.
En Grammar of Assent reconoce el Cardenal Ratzinger que Newman nos inició a una forma o manera especial de certeza en el conocimiento religioso. “Nos enseñó a pensar históricamente en teología y, así, a reconocer la identidad de la fe en todos los desarrollos”. Afirma Ratzinger que en el concepto de desarrollo juega su papel la propia vida de Newman. “Vivir es cambiar, y ser perfecto es haber cambiado con frecuencia”, dirá Newman. “Durante toda su vida, Newman fue una persona en permanente estado de conversión, una persona en permanente trance de transformación, y por eso siempre permaneció y llegó a ser cada vez más él mismo”.
VI.
Newman, nacido en 1801 en Londres y fallecido en Birmingham en 1890, se convirtió al catolicismo en 1845, fue elevado a la dignidad de Cardenal por el papa León XIII en 1879, beatificado por Benedicto XVI en 2010 y canonizado por el Papa Francisco en 2019. El 31 de julio de 2025, el papa León XIV anunció su título como Doctor de la Iglesia, hecho que tendrá lugar el próximo 3 de noviembre.
VII.
El 19 de septiembre de 2010, el Papa Benedicto XVI pronunció en Birmingham, con motivo de la beatificación del Cardenal Newman, una homilía de la que extraemos algunas notas: “El lema del Cardenal Newman, cor ad cor loquitur, el corazón habla al corazón, nos da la perspectiva de su comprensión de la vida cristiana como una llamada a la santidad, experimentada con el deseo profundo del corazón humano de entrar en comunión íntima con el corazón de Dios. Nos recuerda que la fidelidad a la oración nos va transformando gradualmente a semejanza de Dios”. Y cita a Newman: “el hábito de la oración, la práctica de buscar a Dios y el mundo invisible en cada momento, en cada lugar, en cada emergencia —os digo que la oración tiene lo que se puede llamar un efecto natural en el alma, espiritualizándola y elevándola. Un hombre ya no es lo que era antes; gradualmente… se ve imbuido de una serie de ideas nuevas, y se ve impregnado de principios diferentes” (Sermones Parroquiales y Comunes IV, 230-231).
VIII.
El papa Benedicto XVI recuerda que para Newman nuestro Divino Maestro nos ha asignado una tarea específica a cada uno de nosotros, un “servicio concreto”, confiado de manera única a cada persona concreta. Y honra el Papa la visión de la educación de Newman, afirmando que “contrario a cualquier enfoque reductivo o utilitarista, buscó lograr unas condiciones educativas en las que se unificara el esfuerzo intelectual, la disciplina moral y el compromiso religioso”.
IX.
Como universitario desde 1987, personalmente no he abandonado la Universidad pública hasta hoy, como alumno y, posteriormente, como profesor de Derecho penal, finalmente de la Universidad Complutense. Por ello debo citar, y no niego que la cita será extensa por lo poderoso y, a mi juicio, definitivo del contenido de sentido de su mensaje, el artículo de Reinhard Hütter “La universidad contemporánea ante la profética provocación de J.H. Newman”. Quizás más que una cita sea una síntesis, pero merece la pena porque, en el análisis de la “profética provocación de J. H. Newman” se hallan conclusiones a las que me adhiero sin ningún género de dudas.
X.
Se subraya en dicho artículo el alegato de Newman en favor de la idea misma de universidad y del ideal de la educación humanista, en cuanto alma de toda educación universitaria. Se trata de una defensa de la “Idea de Universidad” resistente a los persistentes intentos de someter a la Universidad a fines ajenos a la misma, “ya sea aquellos del moderno Estado-nación burocrático, del programa comunista, de la organización fascista del Estado, de la raza superior y su voluntad de poder, o de los deseos de los consumidores individuales que pertenecen a una sociedad permisiva que entiende todos los problemas como de naturaleza ulteriormente técnica y empresarial, para los cuales el saber-hacer científico tarde o temprano hallará alguna solución”.
XI.
Newman describe el estado de la sociedad de su tiempo como uno “en que la autoridad, los preceptos, la tradición, las costumbres, el instinto moral y la influencia divina no valen nada, en que la reflexión paciente y la profundidad y solidez de los puntos de vista son desdeñados por sutiles y escolásticos, en que el debate liberal y el juicio falible son ensalzados como un derecho de nacimiento de cada individuo”. Esto último, dicho hace un siglo, está perfectamente vigente hoy.
XII.
Hütter nos coloca en el trance de comparar la actual situación de la Universidad en el S. XXI, a la que llama baconiana (Francis Bacon), con la idea de Universidad en Newman. Así, y citando a Brad Gregory (The United Reformation), afirma que “sin distingo de disciplina académica, el conocimiento es considerado secular por definición en el mundo occidental de nuestros días. Sus métodos, supuestos, contenido y pretensiones de verdad son, y solo pueden ser seculares, enmarcados no solamente por la exigencia lógica de una coherencia racional, sino también por el postulado metodológico del naturalismo y su correlato epistemológico, el empirismo probatorio”. Y señala que “la universidad de investigación combina la investigación de punta con un entrenamiento de pregrado que opera como propedéutico para la formación destinada a obtener un grado académico y que toma parte en la producción del conocimiento de programas de investigación altamente avanzados”. Sin embargo, ese modelo baconiano universitario, según Hütter, tiene en su semilla su propia destrucción, pues “si, en efecto, cada una de las competencias de investigación de vanguardia reunidas en las modernas universidades ‘científico-tecnológicas’ pudiera ser localizada en otra parte, es decir, ser directamente vinculada, sin una pérdida efectiva, con empresas y laboratorios estatales que realizan investigación en medicina o bioingeniería, o con esta y aquella rama del complejo militar-industrial, entonces habría desaparecido la universidad en cualquier sentido”.
XIII.
Frente a ello, la provocación profética de Newman, así como su permanente relevancia, se fundan en el hecho de ofrecer una poderosa razón de ser de la universidad en cuanto unidad per se. “Newman afirma que la educación universitaria es por esencia una educación humanística o liberal, esto es, una educación que contiene en sí misma su propia finalidad. Dicha educación es una educación potencialmente universal. Si bien no necesariamente abarca todos, o siquiera la mayoría de los campos del conocimiento —algo por demás imposible desde hace mucho tiempo— es, sin embargo, una educación esencialmente filosófica, en el sentido de que fomenta la reflexión sobre el propio conocimiento en relación con otros campos del conocimiento y en relación con el todo”. “Pero semejante educación requiere de un horizonte de trascendencia a cuya luz el conocimiento universal pueda concebirse como un todo, como un horizonte que proporcione interconexión y coherencia; semejante horizonte de trascendencia solamente podrá obtenerse si la teología pesa en la educación universitaria”.
XIV.
En palabras de Newman, “la verdad religiosa no es solo una porción, sino que es una condición del conocimiento general. Tacharla es nada menos que deshilar el tejido de la docencia universitaria. Es, como dice el proverbio griego, quitarle la primavera al año, es imitar el absurdo procedimiento de aquellos trágicos que representaban un drama omitiendo su parte principal”.
XV.
Continúa Hütter, parafraseando y contrapunteando a Newman. Así afirma que, cuando Newman habla de teología en el contexto de sus clases universitarias, tiene en mente aquello que la teología católica clásica llama “preámbulos de la fe”, un conocimiento científico de Dios que pertenece a la metafísica, un discurso con sus indagaciones, argumentos y pruebas, escuelas y debates, un conocimiento de Dios que no depende de la revelación, pero que puede ser inmensamente acrecentado por la revelación. Para Newman, la docencia universitaria sin teología sencillamente es afilosófica. El fin verdadero y adecuado de la formación intelectual, así como de la universidad, no es aprender o adquirir conocimientos, sino más bien aplicar el pensar y la razón al conocimiento, o lo que podría llamarse filosofía, aquello que tradicionalmente se llama filosofía primera. Al establecer el secularismo como criterio normativo para la universidad, observa Newman, la universidad se decapita a si misma y se vuelve incapaz de reflexionar filosóficamente sobre sus conocimientos y compromisos seculares.
XVI.
Extrae Hütter la crítica de Newman a la visión físico-mecanicista o biológico-evolucionista que tan familiares nos resultan en la universidad actual. Para Newman, cuando nuestro profesor, después de hablar con la más alta admiración del intelecto humano, limita su acción independiente al ámbito de la especulación y niega que pueda ser un principio causal, o que pueda ejercer una interferencia especial en el mundo material, adscribe todo trabajo, toda acción externa del ser humano a la fuerza innata o alma del universo físico. Las hazañas del hombre, sus artificios, sus logros, los hechos humanos, todo eso cae bajo los escolásticos términos de “genio” y de “arte”, así como de las ideas morales de deber, derecho y heroísmo, pero es su deber contemplarlos todos, no meramente en el lugar que les corresponde dentro del sistema eterno de causa y efecto físico. Ignorar y, en consecuencia, eliminar de los asuntos universitarios una realidad infinitamente superior a la razón y la voluntad humana en cuanto motivaciones causales tendría consecuencias distorsionantes muy graves. Como afirma Hütter, el problema se plantea en términos de determinismo o libertad. El determinismo deriva en posthumanismo y la opción por la libertad deriva al transhumanismo. El posthumanismo contempla al ser humano como un animal altamente desarrollado, entregado a maximizar el éxito de su especie, para lo cual las ciencias naturales y su aplicación técnica constituyen actualmente el factor más decisivo. Para el transhumanismo, asumiendo la libertad en el sentido existencialista de diseñar libremente la propia existencia con auxilio de la biotecnología, la naturaleza humana queda sujeta a la tekhné, a una liberación de su propia naturaleza que emula la de Prometeo.
XVII.
Hütter nos trae palabras de Nietzsche para comparar los resultados de esa universidad baconiana con su visión (nietzscheana) de la utilidad del conocimiento y de la voluntad. “La medida del deseo de conocimiento depende de la medida en que crece la voluntad de poder de una especie y esa especie comprende determinada cantidad de realidad en orden a dominarla en orden a ponerla a su servicio”. Se ha cumplido la profecía de Newman.
XVIII.
Como pone finalmente de relieve Hütter, Newman nos recuerda que la teología y la contemplación especulativa a que da lugar trata de la única cosa que puede salvar a la Universidad de su total funcionalización (yo añadiría funcionarización) y mercantilización, pues la teología es la que recuerda a todas las demás disciplinas que la mayor libertad adviene con la contemplación y la comunicación de la verdad trascendente de Dios. En fin de cuentas, la teología también podría resultar el único aval confiable de la genuina libertad académica. Cuando se olvida a Dios, la criatura misma se vuelve ininteligible.
XIX.
El presente esquema es una elección personal, cuyas ideas base, las de Newman y Hütter, son, a mi entender, el norte al que debe mirar cualquier intento de construir Universidad en la actualidad. Lamentablemente, tenemos la Universidad que nos merecemos.