En un momento en que el turismo global se enfrenta a profundas transformaciones —entre la saturación de los destinos más populares, el auge de nuevas formas de viajar y el renacer del interés por experiencias más ricas y conscientes— la figura de Viajes Mundo Amigo se destaca como un ejemplo paradigmático de cómo reinventar la manera de explorar el mundo. Con más de dos décadas de historia diseñando lo que ellos llaman “viajes de autor”, esta agencia madrileña ha convertido el viaje no en un simple desplazamiento, sino en una experiencia cultural profunda y cuidadosamente concebida, que pone el acento en el arte, la historia, la gastronomía y el encuentro con lo diverso. Fundada hace más de 27 años por dos viajeros apasionados y confesos como son Mikel González y Marisa de León , Mundo Amigo actúa hoy como puente entre quienes buscan más que paisajes y quienes desean adentrarse en las claves humanas, sociales y sensoriales de cada destino. Su trayectoria ilustra no solo la evolución personal de quienes han hecho del turismo su forma de vida, sino también la transformación de un sector que se debate entre el turismo de masas y un modelo más sostenible, consciente y enriquecedor.
De guía internacional a fundador de Mundo Amigo. ¿Qué aprendiste de aquellos primeros años en Mundo Joven?
En Mundo Joven, los guías internacionales nos autodefiníamos como “guerrilleros del turismo”. Se viajaba de una forma muy distinta a como se viaja hoy. Aprendí que un viaje es algo intangible, y de la inversión que el cliente realiza, solo quedan buenos o malos recuerdos. Y por ello, uno debe esforzarse al máximo porque la experiencia sea memorable.
Cuando decidisteis crear Mundo Amigo tras la quiebra, ¿qué querías hacer diferente? ¿Qué es y cómo defines Mundo Amigo?
Nos definimos como creadores de viajes. Mundo Amigo es lo más parecido al taller de un diseñador, donde permanentemente imaginamos cómo podrían ser los viajes del futuro. Adelantarnos a los deseos de nuestros clientes es en gran medida el pilar de nuestro éxito.
¿Cómo definirías hoy un “Viaje de Autor”?
Ante todo, una experiencia en la que tan importante es ver cosas, como que te pasen cosas.
Pasas seis meses al año viajando. ¿Sigue intacta la emoción del primer destino?
Absolutamente, sin duda alguna. Sería impensable emocionar a nuestros clientes sin sentir siempre la emoción del primer destino, aunque se repita mil veces. Porque además no solo cambian los destinos con el paso del tiempo, sino que también cambia uno mismo y los ve y disfruta de forma totalmente diferente.
Has recorrido Mali, Irán, Japón o el Himalaya. ¿Hay un viaje que te haya cambiado especialmente?
Varios, pero quizás Etiopía, Irán y Colombia sean los más significativos. El primero por sus inmensos contrastes humanos, increíbles festivales religiosos y fascinantes paisajes. El segundo, porque la calidez de sus habitantes es el mejor regalo para el viajero: en pocos lugares uno se siente tan bien acogido. Y el tercero, porque me sigue pareciendo uno de los países más amenos, variados y divertidos del planeta. Viajar recurrentemente a estos tres destinos ha cambiado mi forma de apreciar muchas cosas que, al final, no dejan de ser problemas del primer mundo.
Has dicho que Tokio, Nueva York o Múnich son ciudades donde te reconoces. ¿Qué tienen en común? ¿Qué tiene que tener una ciudad para que te reconozcas en ella?
Me fascinan las ciudades grandes, soy un urbanita confeso. Las tres cumplen esa premisa. Las dos primeras (Tokio y Nueva York) imprimen en el viajero un ritmo vertiginoso en el cuál me reconozco, y una oferta cultural y gastronómica apabullante. Múnich me aporta la elegancia y buen gusto de la vieja Europa, donde se cumple a rajatabla esa premisa de “modernicémonos para que nada cambie”.
Sería impensable emocionar a nuestros clientes sin sentir siempre la emoción del primer destino
Eres politólogo, saxofonista clásico y coleccionista de arte contemporáneo. ¿Cómo dialogan todas esas facetas con tu manera de viajar?
Mi formación académica me ayuda a contextualizar, y a poner siempre en cuestión las versiones monolíticas que tratan de definir tal o cuál país de forma simplista. Me gustaría tener más tiempo para tocar el saxofón, algo para mí difícil al viajar continuamente. En cuanto a mi faceta como coleccionista, me abre muchas puertas en todo el mundo vinculadas con museos, fundaciones, colecciones privadas y galerías de arte. Y me da la oportunidad, también, de conocer personalmente a muchos artistas, tanto consagrados como emergentes.
Wagner y Verdi, Broadway y el teatro contemporáneo. ¿Qué papel juega la escena en tu vida?
Juega un papel realmente importante. Al año puedo fácilmente disfrutar de cerca de dos centenares de espectáculos, incluyendo conciertos, óperas, teatro dramático, teatro musical… Es una parte importante de mi vida, que alimenta mi espíritu y me ha permitido acumular un sentido muy intuitivo de lo que es un espectáculo excepcional, o no tanto.
También eres amante del cine iraní y japonés, del neorrealismo italiano y la Nouvelle Vague francesa. ¿Te inspiran para diseñar itinerarios?
Sí, mucho. El cine siempre es una gran inspiración. De hecho, hay ciudades, como Alejandría, que solo existen ya en el cine y en la literatura, también en las canciones. Y si uno quiere descubrirlas, debe visitar los lugares de la memoria, que ya no existen físicamente. Ese tipo de turismo me entusiasma.
Coleccionas arte y admiras a Rothko o Marina Abramović. ¿Qué buscas cuando eliges una obra?
Simplemente busco una sensación. Sentir algo cuando me enfrento a una obra de arte. Que no es lo mismo que intentar entenderla, cosa que no considero tan importante en determinados casos.
Vienes de la cultura gastronómica vasca. ¿Qué paralelismo hay entre cocinar y diseñar un viaje?
Al fin y al cabo, son cosas muy similares: mezclar ingredientes dispares para que el resultado sea armonioso, al paladar o al disfrute viajero. Parece sencillo, pero es muy complejo, y exige enorme concentración, mucho conocimiento, algo de atrevimiento y grandes dosis de originalidad.
¿Qué necesitan hoy los viajeros culturales que no necesitaban hace 20 años?
Privacidad. La masificación de la cultura es uno de los males endémicos de nuestra época.
Después de más de tres décadas viajando, ¿qué has aprendido sobre el mundo… y sobre ti?
He aprendido que es absurdo querer coleccionar países, y obsesionarse con ello. Y en cierta forma, no importa repetir, porque el destino cambia y uno también cambia: el tiempo pasa para ambos. En cuanto a mí, he aprendido a relativizar: lo que a priori parece un problema irresoluble, termina resolviéndose.
Durante muchos años, los gestores políticos de ciertas ciudades han apostado por la cantidad, más que por la calidad
Por último, En los últimos tiempos han surgido numerosas voces críticas con el modelo turístico en España. Como profesional del sector, ¿cómo interpretas este debate?
El modelo desarrollista de sol y playa tiene los días contados y es evidente, pero es difícil que un país como el nuestro, con gran oferta de costa y enorme demanda de un tipo muy particular de viaje, dé pasos de gigante para transitar hacia otras ideas. Con casi 100 millones de visitantes anuales, debiéramos ser capaces como país de diversificar mucho más la oferta, haciendo tan atractivo el interior como el litoral. Francia, Grecia o Italia lo consiguieron hace años, ¿por qué no nosotros?
¿Crees que el rechazo que se percibe hacia el turismo en algunas ciudades responde a un problema de modelo, de gestión o de convivencia?
Quizás de los tres. Durante muchos años, los gestores políticos de ciertas ciudades han apostado por la cantidad, más que por la calidad. Esto modifica la oferta de ocio, alejándola del habitante, que termina no entendiendo por qué ha “perdido” su ciudad. Y ello provoca a la postre una convivencia imposible. Barcelona, Venecia o Dubrovnik son casos de estudio de cómo no deben hacerse las cosas.
Desde tu experiencia en el turismo cultural, ¿qué papel puede desempeñar un turismo más consciente y sostenible para cambiar esa narrativa negativa?
Un turismo más consciente y sostenible es la meta, pero alcanzarla no será sencillo. Vivimos en un mundo donde desplazarse es cada vez más fácil, y donde nuevas generaciones favorecen su tiempo de ocio a su éxito laboral: menos horas de trabajo, y más viajes. Somos más longevos y más activos en nuestros últimos años de vida, los países emergentes con gran capacidad de crecimiento, como China o India, aportan cada vez más viajeros al panorama global, y pretender que todo ese ingente caudal de nuevos turistas practiquen una sostenibilidad consciente es, cuando menos, un canto al sol. Lo que no es óbice para que se sigan implementando políticas de diversificación de destinos, desestacionalización y limitación de carga para, en la medida de lo posible, mitigar los efectos negativos de la hipermasificación de destinos. Porque, en esto también, menos puede ser más.












































