Nikon House de Madrid acoge la sexta exposición de fotografías en la Galería Nikon bajo el título: “Paparazzi”. Por primera vez 26 fotógrafos de la prensa del corazón se reúnen para mostrar sus trabajos más emblemáticos. Como es habitual en todas las colecciones presentadas en la Galería Nikon, los asistentes podrán disfrutar no solo de las obras expuestas de cada fotógrafo, sino toda la información técnica y adicional para ayudar a comprender cómo se realizaron técnicamente. Tanto en su vertiente artística, como social y tecnológica, esta exposición no defrauda a los asistentes. Comisariada por el fotógrafo Bernardo Paz, la muestra es un recorrido por las fotos más icónicas de la prensa española, que van desde la Familia Real a personajes del mundo del corazón como Isabel Pantoja o la duquesa De Alba, a estrellas como Julio Iglesias o Lola Flores. La memoria visual de la España desde la transición está recogida en estas geniales fotografías que son una oda a una de las profesiones más difíciles, la de paparazzi.


DUQUESA DE ALBA Y CAYETANO EN PLAYA
Los fotógrafos que exponen son: Carlos Álvarez, Fernando Álvarez, Lalo Álvarez, Pepe Barrero, Queca Campillo, Antonio Catalán, Miguel Córdoba, Antonio Cuenca, Sandra Cuenca, Sara Olivo, Lorenzo Frau, José Luis Cacho, Alfredo Garofano, Paco Ginés, Manuel Hernández de León, Chema Barroso, Pedro Pernía, Carlos Picasso, Rogelio Pinate, Pep Bosch, Andrea Savini, Fernando Sacristán, Juan Carlos Teuma, Fredy Torra, Felipe Viejo, José Ignacio Viseras.
Este espacio se encuentra en las instalaciones de Nikon en Madrid, calle Reina Mercedes, 7, y puede visitarse hasta el 11 de mayo, a partír del día 18 el espacio acogerá la exposición «César Lucas, toda una vida. La España retratada».









Pero, volvamos al Real, donde la noche cambia por completo la estética del recinto. Parece que nos encontramos en un lugar totalmente diferente del que hemos paseado durante el día. Las luces de los farolillos, -rojos y blancos- en sus calles, eclosionan con el sonido de las casetas, generando a veces, un shock audiovisual que se ve incrementado por la ingesta de manzanilla si se lleva demasiadas horas en la feria. Hay que decir que algunas casetas conservan la música en directo sin ningún tipo de amplificación, cosa muy admirable en estos tiempos y las nuevas corrientes están haciendo que por desgracia, se pierda todo tipo de autenticidad. En muchas de éstas, se sigue pudiendo oír a grandes artistas del mundo flamenco, así como ver “darse una patá” -expresión usada para denominar un baile corto por bulerías-, a magníficas figuras del baile.
Siete días en los que la ciudad se convierte en la escenografía perfecta para ponerse al servicio del espectáculo más grandioso del mundo. Esta afirmación puede resultar algo chovinista, pero piensen por un momento en cualquier tipo de manifestación en la que participen “actuantes” y espectadores. Miles de personas durante distintas jornadas, en torno a la mayor muestra pública de arte barroco, -con lo que eso supone en la capital, no solo de Andalucía, si no de la estética, en cuanto a sus fiestas de primavera se refiere-.
Aunque el que les escribe tiene inquietudes religiosas y profesa la fe católica, me gustaría hacer hincapié en otras cuestiones, tales, como las que supone para la ciudad el cambio rítmico de su día a día cotidiano o la mudanza de aspecto que torna su casco histórico.
Y es que durante estos siete días, -a los que se les suman dos de vísperas y la espesura de su cuaresma-, Sevilla se pone al servicio de su Semana Santa, cosa que asume el sevillano, (unos con fervor y alegría y otros con total resignación). Y escribo esto, porque no hace falta recordar que en estos tiempos de “libertad impostada”, las manifestaciones religiosas populares también despiertan ciertas controversias, aunque en Sevilla, -la tierra de María Santísima-, el que más o el que menos, el ateo o el agnóstico, tienen su predilección por alguna que otra cofradía.
El sevillano rancio, estrena cada Domingo de Ramos. El de a pie, se viste con lo mejor que tiene. El misticismo se mezcla con lo popular; la historia, con el presente, la austeridad de las cofradías de silencio, con el júbilo que traen las vecinas de los barrios del extrarradio, la música de capilla con las cornetas, la cola de la túnica de ruan, con el terciopelo de capa; el susurro al paso de un cortejo enmudecido con el clamor del misterio que viene haciendo cambios; el ¡ay! de la saeta con el ¡ole! al final del tercio; la luz del mediodía con la oscuridad de la madrugada; el recato y la penitencia con la sensualidad que despierta la primavera; el todo de los pasos en la calle y la nada cuando éstos se recogen…
No es tarea fácil tratar de esbozar unas líneas intentando explicar un suceso que lleva siglos desarrollándose en muchos aspectos de la misma forma exactamente, pero que cada año parece cosa nueva y se vive como una primera vez de todas.



Antonio López, el gran maestro del realismo, sabe mostrar la esencia de las cosas. No solo a través de su pintura: también cuando toma la palabra.

Por otro lado, en la sección de metáforas discursivas del retrato, la exposición presenta hombres, mujeres y seres andróginos desplegando plasticidad y gracia a través de formas, gestos y símbolos. En estos retratos, Bruchstein aborda cuestiones de identidad de género, la reconfiguración del cuerpo respondiendo a su entorno y el individuo como generador de cambios a través de sus propias reverberaciones físicas.


«Creo que todo lo que hay en la calle es un regalo. Pero sólo lo consigues si sales ahí todos los días».
Fue un encuentro con el famoso fotógrafo Robert Frank a principios de los sesenta -cuando Meyerowitz trabajaba como director artístico- lo que desencadenó su decisión de convertirse en fotógrafo. Tras observar cómo trabajaba el gran artista, Meyerowitz tomó la decisión de dedicarse también a la fotografía callejera. Durante los años siguientes tomó fotos en las calles de Nueva York; allí encontró el escenario perfecto para observar la vida y la gente de la gran ciudad.
Tras comenzar en color en 1962, Meyerowitz empezó a utilizar película en blanco y negro un año después. La formación que recibió en Nueva York se perfeccionó durante un viaje de un año por Europa en 1966/67. Muchas de las conocidas fotografías que forman parte de la inconfundible obra de Meyerowitz fueron tomadas en esa época en distintos países y ciudades. En los años siguientes a su regreso a EE.UU., el color cobró aún más importancia para el fotógrafo, y muchos de sus motivos legendarios son de esa época.
«A menudo pienso que la cámara es una vara de adivinación. Me guía. Porque tenerla conmigo, en mis manos o en mi hombro, es mi licencia para ver».
De este modo ha utilizado la fotografía para “hablar” de Ucrania y de la realidad que se está viviendo en este país, más allá de lo que vemos a través de los medios de comunicación a diario. Fukunaga hizo un viaje recorriendo varios puntos del conflicto y captando con su cámara los rostros de personas anónimas, viviendas ya sin dueño y descampados que muestran un territorio desolado. Durante la duración de la exposición se pondrán a la venta 5 unidades de cada una de las fotografías, en beneficio de World Central Kitchen, la ONG liderada por el chef José Andrés.
Esta exposición está producida por Leica Camera Iberia, marca que ha hecho posible toda la producción para que las fotografías lleguen a España. Ha cedido una cámara modelo Leica Q2 para este proyecto. De hecho, Javier Liedo, director general de Leica Camera Iberia, ha querido que su espacio en la capital, Leica Gallery Madrid.

