Por MARCO DE PABLOS
Fotografía OCTAVIAN CRACIUN
Precursora de un fenómeno propio, el de la “agathización”, la relación de Ágatha Ruiz de la Prada con la arquitectura se remonta a siglos atrás y ha acabado convirtiéndose en una de sus grandes pasiones. En estas páginas, convive con algunos de los principales referentes de la disciplina en España, en un encuentro impulsado por ECOcero, dejando entrever que aún arrastra una cuenta pendiente.
“Me llamo Ágatha Ruiz de la Prada y Sentmenat”, espeta sin titubeos la diseñadora española de mayor renombre internacional. Reina del color —y también de la polémica— ha construido una marca personal convertida en fenómeno global, con decenas de licencias, que abarcan desde el prêt-à-porter hasta líneas textiles y de hogar, colecciones infantiles, vajillas, cascos de motocicleta, productos de limpieza, papelería y un largo etcétera de artículos “agathizados”, valoradas en millones de euros. Sin embargo, todavía hay algo que se le resiste, y resulta llamativo, porque precisamente alude a su nombre completo para reivindicar la herencia arquitectónica que la precede y que tanto la apasiona.
“Mi padre era arquitecto, el padre de mi padre también… Todos. En mi familia siempre ha habido una gran relación con importantes referentes de la arquitectura”, cuenta la actual marquesa de Castelldosríus, título heredado por vía materna y perteneciente a la familia de su abuelo, Félix de Sentmenat y Güell . Una genealogía en la que destacan figuras clave como Eusebi Güell y el marqués de Comillas, grandes mecenas de Antoni Gaudí y responsables de la financiación de buena parte de sus proyectos. En especial, Güell, quien ejerció como su principal impulsor, convirtiéndose en pieza fundamental para el desarrollo de su obra.
«Creo que tengo más de arquitecta que de modista«
Pero ahí no queda todo. La vinculación familiar de la mujer que ha hecho, literalmente, de su capa un sayo con la disciplina continúa a través de José Antonio Coderch de Sentmenat, uno de los arquitectos españoles más influyentes del siglo XX y pariente del ya citado Félix de Sentmenat. A esta nómina se suman los Sert y, en particular, Josep Lluís Sert, el arquitecto que diseñó la Fundación Miró, situada en el barcelonés parque de Montjuïc, y la Fundación Maeght, al suroeste de Francia, convertida en los últimos años en escenario de algunos de los desfiles más célebres de la firma Jacquemus. “Uno de los míticos”, exclama, reforzando aún más la continuidad de una tradición arquitectónica que ha acompañado a la familia durante generaciones y que su padre, Juan Manuel Ruiz de la Prada y Sanchiz, continuó. Este es considerado, entre los entendidos del sector, uno de los referentes de la arquitectura residencial madrileña. Su firma puede apreciarse en edificios como Velázquez 89, Zurbano 73 o General Martínez Campos 51. “Era mucho mejor arquitecto que persona”, rememora. No resulta entonces extraño que ella misma se defina como “una arquitecta frustrada”.
“Creo que tengo más de arquitecta que de modista. Me interesa mucho el concepto y estoy acostumbrada a que lo importante sea lo esencial, además del volumen. No las cursilerías”, sentencia. Y es que, en buena medida, Ágatha Ruiz de la Prada podría entenderse, a su manera, como una auténtica proyectista, capaz de abordar las estructuras, formas y geometrías desde una mirada ajena al ornamento y de trasladar ese lenguaje al universo de la moda.

Lo ha demostrado colección tras colección a través de propuestas en las que los gestos constructivos son protagonistas: vestidos globo de dimensiones imposibles, como los presentados en la primavera-verano de 2014; prendas comparables a mesas camilla, sostenidas por estructuras metálicas, o faldas con forma de paraguas, anticipadas ya un año antes; o atuendos recorridos por espirales que evocaban pequeños remolinos sobre vestidos de líneas depuradas, presentados en la colección otoño-invierno de 2013 y convertidos más tarde en la imagen del cartel de una de las exposiciones que la diseñadora ha realizado en el Palacio de los Duques de Cadaval, en Évora. Sin olvidar aquella vez, allá por 2008, en la que la gran manzana se rindió a sus pies con una colección inspirada en Las Meninas, cuyas siluetas reinterpretan la obra de Diego Velázquez a través de volúmenes rotundos y lecturas escultóricas, con la infanta Margarita como referencia. Un conjunto todo él poblado de color, el otro gran emblema de la casa, y precisamente el rasgo que muchos consideran ausente en el mundo de la arquitectura, aunque ella discrepa: “Nunca ha sido sobrio; otra cosa es que algunos lo perciban así, de forma bastante simplista”. Y añade: “Siempre ha habido arquitectos buenísimos a lo largo de los siglos, pero el problema es que la gente tiene muy mal gusto. El 90% de las personas hacen la mayor inversión de su vida en un piso que pasan años pagando y, si les preguntas quién lo ha diseñado, no tienen ni idea. Así que eso de la sobriedad…Hay muchas casas que son realmente bonitas”. No le falla el olfato en ese terreno. “Siempre reconozco cuando un edificio es bueno. Hay gente muy rica que tiene casas muy horteras. Puedes encontrar más belleza, quizá, en una casa muy humilde en África, hecha con barro y sin apenas nada, que en otra construida con mucho dinero, pero también con muy mal gusto”, exclama.
«Me hacen mucha gracia estas reuniones de arquitectos, porque es una profesión que he conocido muy bien. Tengo más feeling con ellos que con los abogados»
Ágatha es también sobradamente conocida por sus casas y por la disposición tan particular que en ellas imprime. Recientemente se ha mudado a otro hogar guiándose por su instinto, porque para ella “el espacio es requeteimportante. Igual que debes sentirte cómodo con tu cuerpo, donde más cómodo tienes que estar es en tu propia casa. Es vital. Por eso me encanta la arquitectura, el interiorismo y los muebles buenos”. Tanto es así que uno de sus planes favoritos es desplazarse hasta el país transalpino para asistir al Salone del Mobile —la feria de mobiliario y diseño de interiores más grande e influyente del planeta—, aunque reconoce que “cada día veo más instalaciones chorra y menos piezas con verdadero valor”.
Fue también en Italia, y más concretamente en Venecia —ciudad que visitó hace unos días— donde se cercioró aún más de que el mundo de la moda tiene mucho que ver con el arte y, por extensión, con la arquitectura. La causa fue una muestra dedicada al diseñador Dries Van Noten, quien además ha adquirido un palacio en el que ella presume de haber estado en numerosas ocasiones. Lo define como un “señor con una sensibilidad extraordinaria y, como buen belga, con un gusto apoteósico. El mismo buen gusto que tiene para la ropa lo tiene para el arte y la arquitectura”. Por eso se declara plenamente fiel a esa idea de que quien tiene buen gusto en un terreno, lo tiene también para el otro.

De izqda. a dcha.: Álvaro Estúñiga, José Antonio Granero y César Vidal.

De izqda. a dcha. y de arriba abajo: Tristán López-Chicheri, Carlos Lamela, Ignacio Vicens, Eva Longoria, Julio Touza y Carlos Rubio Carvajal.

Jorge Bellido, CEO de ECOcero; Jordi Antonijoan, fundador de MATTER; Ágatha Ruiz de la Prada; y Jorge Fernández, de ECOcero.
“De hecho, hay una cosa clara: hablamos el mismo idioma. Uno muy particular y muy loco”, sentencia ante esta cabecera. A la vista está. El pasado mes de mayo acudió a la llamada de FEARLESS y ECOcero, firma de paneles acústicos decorativos y sostenibles líder en el sector, con cuyo fundador, Jorge Bellido, mantiene una excelente relación: “Me llevo de maravilla y me encanta lo que hacen”, confesó. Pero no fueron los únicos: “Estos arquitectos me apasionan”, añadió, en alusión a los integrantes del ya bautizado G15 de la Arquitectura, un grupo de referentes de la disciplina que conforman el jurado de los recientemente renombrados FEARLESS Architecture Madrid Awards (FAMA): Ignacio Vicens, Carlos Lamela, Héctor Ruiz, José Antonio Granero, Álvaro Estúñiga, Ángel Cava, Julio Touza, Tristán López-Chicheri, Carlos Rubio Carvajal y César Vidal, además de Eva Longoria, de grupo Rockwell, y María José Piccio Marchetti. Y, aunque ausentes a la velada, Lázaro Rosa-Violán y César Ruiz Larrea. Con todos ellos, la soberana del color se movió con naturalidad, como en su propio territorio creativo, en un encuentro tan breve como intenso. Un visto y no visto que, sin embargo, bastó para ser recordado y, mejor aún, inmortalizado.
“Me hacen mucha gracia estas reuniones de arquitectos, porque es una profesión que he conocido muy bien. Tengo más feeling con ellos que con los abogados. Así que me encanta que me inviten a estos encuentros, porque todos me resultan apasionantes”, reitera. La reunión tuvo lugar en el Meet Design Center, en la calle Claudio Coello 55, el nuevo espacio que la firma MATTER ha abierto en la capital, y en cuya configuración ECOcero ha participado de forma activa. Fue su entrada principal el auténtico centro neurálgico de la cita. Un espacio revestido con paneles en distintas tonalidades rojizas, un color muy presente en los grandes proyectos del padre de la protagonista, aquellos ladrillos achatados de un rojo inspirado en César Manrique que, por casualidad, también se coló en las instantáneas. En el centro, un sofá que concentró todas las miradas, convertido en punto de conversación. Una escena con aire Friends en clave arquitectónica, que la diseñadora impregnó con su esencia a través de su presencia. Azul, amarillo, naranja, rosa… todos se amontonaban entre trajes de pantalón y chaqueta negros, azul marino y gris, certificando su irrupción como un elemento capaz de desbancar la mitología sobria de este mundo y convertirla, con ella, en pura locura. “Me gustaría mucho, mucho, ‘agathizar’ un edificio, tanto, que no pondría condiciones. Podría ser un colegio, una iglesia, un aeropuerto, un hotel…”, alude Ruiz de la Prada. Dicho queda.





