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Oculto entre los recónditos parajes de la Cantabria infinita se halla el Palacio de la Helguera, una casona del siglo XVII que conserva el esplendor de la nobleza de otra época y que hoy juega a ser mucho más que un hotel boutique: también es un peculiar anticuario. Aquí, el check-out puede incluir un recuerdo mucho más especial que una fotografía.

Por MARCO DE PABLOS

En un pequeño pueblo de los valles pasiegos de Cantabria se alza un palacio del siglo XVII cuya puerta principal permanece siempre entreabierta. Cercado por verdes y frondosos paisajes resulta mágico encontrar una fortaleza de estas dimensiones entre prados y montañas. Basta cruzar ese umbral, apenas abierto unos 45 grados, para comprender que el verdadero viaje empieza al otro lado.

La historia abre sus puertas

Su imponente fachada principal, levantada en sillería cántabra con piedra extraídas de los montes aledaños y conservada intacta desde su construcción, flanqueada por naranjos centenarios y asentada sobre el primer gran espacio ajardinado del establecimiento —dentro de las aproximadamente nueve hectáreas que conforman su propiedad—, da la bienvenida al Palacio de la Helguera. Esta distinguida casa señorial mandada construir por el Conde de Santa Ana de las Torres, destacado miembro de la familia Ceballos, linaje noble y propietario original del edificio, es hoy un exclusivo hotel boutique de lujo, integrado en la prestigiosa colección Relais & Châteaux, que cuenta con spa y restaurante reconocido por la Guía Michelin.

Malales Martínez Canut ha sido la artífice de este singular viaje en el tiempo. Actual propietaria del palacio junto a su marido, ha liderado también el proyecto de interiorismo que, en colaboración con María Mas, ha dotado al establecimiento del carácter tan peculiar que lo define. Once habitaciones —bautizadas y decoradas en consonancia a los personajes históricos vinculados al complejo que las inspiran, desde el Conde de la Gomera o el Barón de Puerto Rico hasta el Duque de Wellington—, un imponente salón, recibidores, patios y restaurante conforman un escenario de marcado carácter rococó. Sobre este envolvente conjunto se despliega un personalísimo mobiliario seleccionado pieza a pieza, compuesto por auténticas objetos de época que, en su mayoría, también están a la venta para los huéspedes. Y es que el hotel funciona, al mismo tiempo, como un anticuario.

Fotografía ALBA GINÉR

Fotografía ALBA GINÉR

Esta casona, declarada Bien Protegido, se distribuye en tres plantas vertebradas por una majestuosa escalera de piedra que conserva su balaustrada original. Cada uno de sus rincones desprende historia. A lo largo del recorrido, las paredes se visten con cuadros enmarcados en dorado que representan personajes de inspiración medieval, envueltos en un sutil halo de fantasía. La moqueta que cubre los suelos esconde antiguas maderas de olmo y roble, mientras los techos artesonados completan la atmósfera.

Uno de los espacios más cautivadores se encuentra en la entreplanta: un amplio salón que parece sacada de una novela histórica. Tapices, tresillos, cómodas afrancesadas, una imponente mesa, estanterías repletas de libros y obras de arte repartidas por doquier convierten este rincón en una suerte de museo viviente. Presidiendo la estancia, una espectacular chimenea aporta durante los meses más fríos una calidez que invita a demorarse entre sus paredes.

Fotografía ALBA GINÉR

Vistas infinitas

En el exterior, el encanto no hace más que crecer. El verde se convierte en el auténtico protagonista gracias a unos jardines exquisitamente cuidados, auténticos vergeles salpicados de flores, con especial protagonismo para las hortensias, que durante la visita lucían en su máximo apogeo y abrazaban la propiedad con una explosión de color digna de una pintura de Monet. Al final del jardín aguarda el plato fuerte, una piscina infinita que se asoma a la Vega de Pas, creando un contraste hipnótico entre el intenso azul del agua y el infinito manto verde del paisaje. Resulta difícil apartar la mirada. A su alrededor, un cuidado mobiliario de jardín con todo lo necesario y más, mientras que, a escasos metros, una piscina climatizada permite disfrutar de las mismas vistas en cualquier época del año. La experiencia se completa con un área wellness perfectamente equipada, donde no falta ningún detalle. Los huéspedes disponen de toallas, albornoces y todas las comodidades necesarias para disfrutar de un circuito de bienestar con jacuzzi, hamman, baño turco y gimnasio, además de una carta de tratamientos personalizados.

Fotografía ALBA GINÉR

Fotografía ALBA GINÉR

Sabores con doble origen

Pero aún hay más. El hotel también alberga su propuesta gastronómica, el restaurante Trastámara, liderado por el chef Renzo Orbegoso Hinojosa, cuya cocina establece un interesante diálogo entre la tradición cántabra y la peruana. Este rincón foodie cuenta con diferentes espacios, tanto en el interior —decorado con la misma estética señorial y aires pompadour que impregnan todo el palacio— como en una terraza exterior, especialmente recomendable al caer la tarde. Aquí, la despensa manda. Verduras de huerta, pescados del Cantábrico, quesos pasiegos y productos de temporada son la base de su carta. Entre los imprescindibles destacan el steak tartar, el mosaico de langostino y gambón con gel de lima y encurtidos, los nigiris de causa limeña o un ceviche que refleja a la perfección esa fusión entre las dos culturas gastronómicas. En los platos principales brillan la lubina con salsa de champagne y, para los amantes de la carne, el solomillo a la pimienta con aroma de tomillo, puré de batata y verduras de temporada, además del laminado de vacuno acompañado de milhojas de patata y bouquet de ensalada. Mención aparte merece el vino recomendado, Mar de Fondo, una de las grandes referencias de la región, con un marcado carácter salino, propio de las bodegas de la zona situadas a ras del mar. Por supuesto, conviene reservar un hueco para el postre. La crème brûlée con milhojas de manzana es todo un must, mientras que la torrija de sobao pasiego se convierte en un delicioso homenaje a uno de los productos más emblemáticos de la comarca. Precisamente los sobaos vuelven a cobrar protagonismo en los generosos desayunos que se sirven en este mismo enclave. Panes artesanos, bollería local, lácteos que narran la profunda tradición ganadera de la comarca y quesadas recién horneados componen el festín matutino. Cuando el tiempo acompaña, desayunar en la terraza, con semejante telón de fondo, es una de esas pequeñas experiencias capaces de marcar el resto de la jornada. Aunque en un lugar así, resulta difícil que algo vaya mal.

Fotografía ALBA GINÉR

Fotografía ALBA GINÉR

Alrededor de toda la finca, existen rincones pensados para detenerse a leer, conversar o, simplemente, contemplar, una vez más, el paisaje. Si apetece explorar los alrededores, pueblos con tanto encanto como Santillana del Mar o Suances se encuentran a escasos kilómetros, mientras que Santander está a apenas media hora en coche. Incluso para quienes viajan sin vehículo, la estación de Torrelavega queda muy próxima. Pero lo cierto es que cuesta encontrar una razón para marcharse. Palacio de la Helguera reúne todo lo necesario para desconectar, convirtiéndose en uno de esos lugares donde el tiempo parece detenerse y donde la verdadera experiencia reside en disfrutar del privilegio de habitar un palacio.

Cada verano hay quienes buscan grandes viajes y quienes prefieren descubrir destinos que lo tienen todo a pocas horas de casa. Cantabria pertenece a ese segundo grupo. En apenas unos kilómetros es posible pasar de una playa salvaje a un pueblo medieval, caminar entre bosques, visitar una cueva Patrimonio de la Humanidad y terminar el día compartiendo unas rabas frente al mar o tomando un vermut en una barra con décadas de historia.

Si todavía no has decidido dónde escaparte este verano, hay un itinerario que combina naturaleza, gastronomía y alojamientos con personalidad para conocer una de las regiones con más encanto del norte de España.

Dormir entre prados, a veinte minutos de Santander

Uno de esos lugares que invitan a bajar el ritmo se encuentra en Barcenaciones, un pequeño pueblo del valle de Reocín donde el tiempo parece transcurrir de otra manera. Allí, rodeado de prados y muy cerca de algunos de los principales atractivos turísticos de Cantabria, se encuentra La Tierruca Homes, un complejo formado por siete bungalows independientes construidos a partir de contenedores marítimos reciclados y transformados en alojamientos de diseño.

Las viviendas, de una o dos habitaciones, cuentan con jardín privado, barbacoa, cocina totalmente equipada y acceso a una piscina común de agua salada. Todo está pensado para disfrutar de unos días de desconexión sin renunciar a la comodidad. Su ubicación permite visitar fácilmente lugares como Santillana del Mar, Comillas, las playas de Oyambre o Luaña, la cueva de El Soplao, el Parque Natural Saja-Besaya o las Cuevas de Altamira, mientras que el propio entorno invita a caminar entre prados, recorrer senderos junto al río Saja o simplemente descansar lejos del bullicio de la costa.

Para familias, parejas o grupos de amigos, reservar el complejo completo se convierte además en una opción perfecta para celebrar encuentros privados, retiros o escapadas compartidas.

Santander, una ciudad que se disfruta desde sus barras

Después de una mañana de playa o de una excursión por el interior, Santander ofrece otra de sus grandes razones para visitarla: su cultura gastronómica. Más allá de los restaurantes, la capital cántabra sigue conservando una tradición muy arraigada de vermuts, cañas, terrazas y tapeo que convierte cualquier paseo por el centro en una ruta gastronómica improvisada.

En pleno Ensanche santanderino, tres establecimientos representan especialmente bien esa manera de entender el ocio.

Las Hijas de Florencio, el regreso de un clásico

La reapertura de Las Hijas de Florencio ha supuesto la recuperación de uno de los bares históricos de Santander. Situado junto al Paseo de Pereda, mantiene la esencia de las tabernas tradicionales con dos barras protagonistas, una amplia terraza frente al mar y una carta basada en los grandes clásicos del aperitivo: croquetas, tortillas, ensaladilla, embutidos, tostas o las ya conocidas lascas de parmesano.

Es uno de esos lugares donde resulta fácil alargar el vermut hasta la comida mientras se contempla la bahía.

Cortés, el bar donde siempre pasa algo

A pocos metros aparece Cortés, uno de los locales con más ambiente del centro de la ciudad. Su cocina permanece abierta durante buena parte del día, lo que permite pasar del aperitivo a una comida informal, continuar con una copa de vino o terminar compartiendo una cena. Su propuesta mezcla recetas tradicionales del Grupo Riojano con influencias mexicanas, donde conviven tacos de cochinita pibil, margaritas y mezcales con croquetas, ensaladilla o el ya popular bikini ibérico Cortés.

Su reconocimiento con un Solete Repsol confirma lo que muchos santanderinos ya sabían: es uno de esos bares a los que siempre apetece volver.

Vermutería Solórzano, una institución del aperitivo

Hablar de vermut en Santander es hablar de Vermutería Solórzano.

Con más de un centenar de referencias y un ambiente que conserva intacta la esencia de las vermuterías clásicas, este establecimiento continúa siendo uno de los grandes puntos de encuentro de la ciudad. Rabas, caracolillos, gildas o huevos rellenos acompañan una oferta donde el vermut sigue siendo el gran protagonista.

Su barra, marcada por décadas de historia, resume perfectamente esa costumbre tan santanderina de reunirse alrededor de un aperitivo antes de comer.

Mucho más que tres bares: una ruta gastronómica por Grupo Riojano

Detrás de estos establecimientos se encuentra Grupo Riojano, que durante los últimos años ha ido recuperando algunos de los espacios más emblemáticos de la hostelería cántabra al mismo tiempo que desarrollaba nuevos conceptos gastronómicos. Quienes dispongan de varios días pueden ampliar la ruta con algunas de sus direcciones más conocidas.

La histórica Bodega del Riojano sigue siendo uno de los grandes templos de la cocina tradicional de Santander; Kandela apuesta por la cocina de brasas y el producto; el Balneario de la Magdalena ofrece una de las terrazas con mejores vistas de la bahía para disfrutar de arroces y pescado; mientras que el Café Centro Botín resulta perfecto para hacer una pausa después de visitar uno de los grandes referentes culturales de la ciudad.

Fuera de Santander, la propuesta continúa con Bar Pepe, en Somo, una parada imprescindible tras un día de playa; Pan de Cuco, en Suesa, donde la cocina cántabra contemporánea encuentra uno de sus mejores exponentes; Primera Vaca, ideal para compartir pizzas artesanas y cocina de producto en un entorno rural; o La Carnaza, para quienes prefieran una buena hamburguesa con personalidad.

Una escapada que combina costa, naturaleza y gastronomía

Una de las grandes ventajas de Cantabria es que no obliga a elegir. Es posible dormir rodeado de naturaleza, desayunar viendo prados, pasar la mañana en una playa del Cantábrico, recorrer pueblos como Santillana del Mar o Comillas y terminar el día compartiendo unas tapas frente al mar en pleno centro de Santander. Ese equilibrio entre paisaje, patrimonio, tranquilidad y gastronomía es precisamente lo que convierte a la región en uno de los destinos más completos para quienes todavía buscan una escapada de verano. Y es que no hace falta recorrer miles de kilómetros para descubrir un lugar al que siempre apetece volver.

Por José María Lanseros

Es una sensación que sienten los visitantes que no son de la ciudad. Santander es una ciudad que respira elegancia por los cuatro costados.

Se siente en cada paso. Es algo que transmiten los que viven en ella y que perciben quienes, de vez en cuando, recalan en la misma.
La gente va siempre elegante. Un estilo formal en su mayoría, aunque habrá quienes lo discutan.

Esa elegancia tiene distinguidos representantes a los que no vamos a aludir, y muchos de ellos están presentes en la ciudad en un evento que, una vez al año, tiene lugar en el Palacio de La Magdalena. El sarao tiene mucho nivel. Se trata del seminario que organizan cada año la Asociación de Periodistas de Información Económica (APIE) y la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP), y que cuenta desde hace décadas con el patrocinio de BBVA, la entidad que preside Carlos Torres Vila.

Este año se celebró la edición número 42 del seminario. El título es tan largo como claro (para entendidos): «Cuarenta años de España en la UE. Evolución de la economía española. De la autarquía a la economía de mercado».

España ha avanzado mucho gracias a su ingreso en la Unión Europea, pero tiene que seguir mejorando. Lo resaltó el presidente de BBVA, Carlos Torres, que fue, sin duda, la personalidad más buscada en el evento. El motivo: la operación por la que se quiere hacer con Banco Sabadell.

El otro gran buscado fue el consejero delegado de la entidad vallesana, César González-Bueno.
El tercero, y grandísimo protagonista: el ministro de Economía, Carlos Cuerpo. Por motivos de agenda, no está en Santander. La banca y el Gobierno se vienen batiendo desde hace tiempo, y parece que así seguirá siendo, al menos mientras Pedro Sánchez se mantenga como presidente. Todos clásicos, sin grandes alardes. Vistiendo como viste el poder clásico cuando trabaja: traje y corbata.

Instantes de decisión en Santander, la ciudad elegante y clásica en la que, al menos una semana al año, el poder económico se da cita.
El Gobierno ya habló. Le pone a BBVA muy complicada la operación Sabadell. El consejo de administración del banco que preside Carlos Torres tiene ahora una decisión vital que tomar.