Entradas

Por LUIS MARÍA DÍAZ DE BUSTAMANTE

La primera vez que su administrador le sugirió que se presentase a ese concurso televisivo donde celebridades compiten de muy malas maneras por intentar emular a un chef, Mr. Karl bajó sus gafas oscuras, le miró con ligera estupefacción y le despidió. Nunca nadie se había atrevido a faltarle al respeto de tal manera.

Sin embargo, unos meses más tarde (y también una inspección fiscal desfavorable mediante), el apodado káiser de la moda, el genio que había dirigido la mejor casa de alta costura del siglo, se encontraba cocinando un vulgar pollo asado en aquel plató, donde hacía un calor insoportable por culpa de los focos deslumbrantes y olía a puerro quemado en mantequilla.

Mr. Karl no tenía opción, la productora pagaba una fortuna y aquél era su último recurso para no morir de inanición.

A decir verdad, esto último no le parecía tan grave, de hecho, estimaba que era la manera más adecuada y digna de desaparecer (“un cadáver ha de yacer delgado, es una muestra de respeto y consideración a los que te lloran” se repetía a sí mismo), pero no podía permitir que algo le faltase a Choupette, una gata birmana de color azul crema a quién alimentaba con varias latas de caviar Beluga al día y con quién había decidido pasar el resto de su existencia.

La gente podría pensar que Choupette era la última distracción de un diseñador extravagante:

La gente no tenía ni idea.

Tras el paso de la vida, Mr Karl había comprendido que esa mascota era su único y verdadero amor, el ser que jamás le había decepcionado; Choupette siempre lucía elegante y dispuesta, algo apreciado por cualquier persona inteligente; Choupette era displicente pero grácil y atlética, algo que Mr. Karl ansiaba desde que era un adolescente rollizo y demasiado amable; Choupette había sido creada a su imagen y semejanza: Choupette era impecable, inabordable, insoportable.

Todas las demás personas que Mr. Karl había conocido y encumbrado (secretarios con cuerpos de efebos interesados en su dinero, modelos desequilibradas y vulnerables que habían quedado atrapadas en alguna peligrosa adicción, incluso las costureras del taller que con tanta diligencia habían hecho realidad sus diseños), habían acabado abrazando la vulgaridad o, en el peor de los casos, la gordura.

A pesar de haber tenido siempre una relación odiosa con la comida (el Sr. Karl no comprendía esa fascinación general por lo gourmet, a su parecer, solamente la gente holgazana y rústica se dejaba vencer por la ansiedad y la gula de una generosa ración de alimento), se había ganado el favor del jurado.

Sí, semana tras semana, esas tres personas que juzgaban sus platos (y que, a efectos de Mr. Karl, eran seres chabacanos y prescindibles) parecían adorar el aura de misterio que le conferían aquellas gafas de sol que jamás se quitaba.

Semana tras semana, esas tres personas parecían sentirse fascinadas por los enormes anillos de oro con los que adornaba sus manos finas y huesudas, también por su pelo largo y plateado, que siempre llevaba recogido en una coleta (incluso le habían permitido sustituir una de esas redes higiénicas antiestéticas que la manipulación de alimentos exige por una especie de tiara que el diseñador había confeccionado en cinco minutos con papel de aluminio).

Lo cierto es que Mr. Karl había demostrado una pericia absoluta en el arte de las esferificaciones, las espumas y las deconstrucciones; no había tanta diferencia entre la preparación de un plato de alta cocina y un desfile de alta costura. Al final, sólo se trataba de contar una historia, de producir una fantasía. Mr. Karl había conseguido deshacerse de todos los rivales del concurso gracias a su habilidad para desollar conejos (utilizando la misma técnica que había perfeccionado décadas atrás, cuando todavía existía la libertad de moda y abrigarse con martas cibelinas era sinónimo de estatus y de buen gusto) y su capacidad para cortar enormes cantidades de cebolla en juliana sin derramar ni una sola lágrima (gracias al cristal ahumado de esas gafas tan características). Sin embargo, no había conseguido, por el momento, derrotar a su eterna enemiga: Inés.

La animadversión entre ambos concursantes había ido creciendo a lo largo del programa, aunque no siempre fue así. De hecho, hubo un tiempo en el que habían sido un tándem de éxito icónico e inigualable; hubo un tiempo en el que Inés lo había sido todo para Mr. Karl y Mr. Karl lo había sido todo para Inés: un amor a primera vista imposible de consumar, lo que lo hacía todavía más potente.

Cuando se conocieron, Inés era adorablemente esquelética y tenía una mirada profunda e irreverente, producida por unos ojos grandes y negros que al maestro le recordaban al color de los escarabajos de Las mil y una noches. Él le había hecho rica; ella le inspiraba como nadie. Su existencia ilimitada en común, se regía por fiestas sin fin, viajes privilegiados en los jets de las élites que gobiernan el primer mundo, copas de champagne y ostras sin medida. Todo era arte, dinero, poder; todo era vanidad. Y, sin embargo, de manera inesperada y en el momento más inoportuno, Inés, en el colmo de la originalidad, decidió cometer una herejía:

Casarse.

Si al menos su marido hubiese sido un hombre incorrecto, original, pasional o tóxico, ese matrimonio habría sido aceptado por Mr. Karl, pero la inteligente Inés eligió compartir su vida con un señor corriente, anodino, incluso buen tipo. Eso era algo que a Mr. Karl le desestabilizaba.

Inés dejó de ser esa figura etérea y frívola que le acompañaba en ese viaje vital para convertirse en una señora burguesa, sobria y aburrida, una mujer comme il faut: una mujer que tendría hijos, se ocuparía de su familia y jamás volvería a estar ebria antes de las once de la mañana. A Mr. Karl eso le parecía imperdonable.

El azar (y una productora ávida de morbo y con muchas posibilidades económicas) había querido que se reencontrasen en ese concurso. Inés seguía estupenda. Mismos ojos, misma delgadez, quizás deteriorada por más arrugas, pero igualmente carismática y esbelta.

A Karl le divertía ver cómo su antigua compañera de baile se defendía extraordinariamente bien con los caldos, los sofritos y todos esos términos tan poco cosmopolitas que habían aprendido durante las últimas semanas. Ver a Inés preparando esos manjares era un auténtico espectáculo: se movía entre los pucheros con la misma armonía que en las pasarelas y Mr. Karl volvía a sentir la admiración por la que había sido su mejor musa. Con el tiempo, Mr. Karl había comprendido que la irritante decisión de Inés simplemente era el espejo de su soledad, de la tristeza que provoca la sensación de insatisfacción permanente inherente a las existencias vacías. También le reconfortaba la idea de que tuviese problemas económicos (la participación en un espectáculo así sólo podía obedecer a la necesidad del vil metal). Definitivamente, la única persona digna de competir con Mr. Karl en esa final era Inés.

El sonido de las cacerolas se mezclaba con el cronómetro que anunciaba la necesidad de comenzar con la preparación de los postres. Quedaban treinta minutos para que terminase la competición. Los familiares de los dos finalistas estaban sentados en un altillo observando la prueba. Inés seguía casada con ese hombre con aspecto de ingeniero informático que la miraba con ojos de cordero degollado. En el caso de Karl, Choupette miraba recelosa la actuación de su amo (también observaba de reojo, la papada amable del marido de Inés, preguntándose quizás si sabría mejor que el caviar Beluga).

Inés parecía sobrepasada, moliendo con un mazo cacao puro para su bavaroise de chocolate. Karl se dio cuenta de que su compañera no había pulsado el botón de encendido del abatidor de temperatura (lo que imposibilitaba la terminación del postre).

El artista mundialmente conocido, el genio que había recibido todas las condecoraciones posibles, se encontraba ahora ante un dilema: el amor o el juego justo.

Mr. Karl se acercó al abatidor, acarició el botón y entonces, en un gesto de innata nobleza y tras un instante de reflexión, se metió la mano derecha en el bolsillo. Había elegido el amor: Choupette no volvería a pasar hambre.

La firma de moda CHANEL y el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid han inauguraron la exposición Picasso/Chanel, que se prolongará hasta el 15 de enero de 2023. El ministro de Cultura, Miquel Iceta, fue recibido por la baronesa Carmen Thyssen-Bornemisza antes de visitar la exposición en presencia de su directora artística y comisaria, Paula Luengo, directora del Departamento de Exposiciones del Museo. En el acto estuvieron presentes varios amigos de la Maison, como el director Pedro Almodóvar, las actrices Rossy de Palma, Greta Fernández, Olivia Baglivi o la coreógrafa Blanca Li.

Copyright by Cecilia Bayonas

Organizada con el apoyo de la Comunidad de Madrid, la Maison CHANEL, Telefónica y el Musée National Picasso-Paris — en el marco de la comisión nacional para la conmemoración del cincuentenario de la muerte de Pablo Picasso — esta exposición explora la relación entre dos de los mayores creadores del siglo XX. Se dice que Pablo Picasso y Gabrielle Chanel se conocieron por primera vez en 1917 en el estreno del ballet Parade, a través de Misia Sert y Jean Cocteau, dos amigos íntimos de la diseñadora. Gracias a ellos, Gabrielle Chanel se adentra en el ambiente artístico parisino, del que Picasso ya era una figura prominente. Juntos colaboraron con Jean Cocteau en la adaptación de la tragedia de Sófocles Antígona (1922), para la que Gabrielle Chanel diseñó el vestuario. Dos años más tarde, volvieron a reunirse para el ballet Le Train Bleu, para el que creó conjuntos contemporáneos que podrían haberse llevado en la vida real, una revolución en el rígido mundo del ballet.

A través de cuatro secciones cronológicas, de 1908 a 1925, y de una excepcional selección de modelos de Alta Costura, pinturas, dibujos y otros objetos cedidos por prestigiosas instituciones internacionales, así como por el Patrimonio de CHANEL, esta exposición entabla un diálogo único entre las obras de Pablo Picasso y las creaciones de Gabrielle Chanel.

Imágenes: Copyright by Uxío da Val

Blanca Li

Ana Rujas

Juana Acosta

Pol Monen

Álex Villazan

Pedro Almodóvar

Carmen Cervera

Luna Lionne

Olivia Laglivi

Greta Fernández

Juana Acosta y Ana Rujas

Paco León

Greta Fernández

Alba Galocha

Saphie Wells

El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza presenta una exposición que explora la relación de dos grandes creadores del siglo XX: Pablo Picasso y Gabrielle Chanel, volviendo a reunir arte y moda en un nuevo proyecto expositivo. Picasso y Chanel colaboraron profesionalmente en dos ocasiones, ambas con Jean Cocteau: en Antígona (1922) y en el ballet de Serguéi Diághilev El tren azul (Le Train Bleu, 1924). Se habían conocido en la primavera de 1917, seguramente a través del propio Cocteau o de Misia Sert. La diseñadora entabló con ambos una larga y duradera amistad que la introduciría en el círculo del pintor español. A partir de entonces, Chanel frecuentará al matrimonio de Olga y Pablo Picasso, coincidiendo con la activa participación del artista en los Ballets Rusos de Diághilev. La creadora llegó a estar muy relacionada con el mundo artístico e intelectual del París de la época, hasta el punto de afirmar: “son los artistas los que me han enseñado el rigor”. (*)

La exposición Picasso/Chanel está comisariada por Paula Luengo, conservadora y responsable del Área de Exposiciones del museo, y cuenta con el apoyo de la Comunidad de Madrid y de CHANEL, así como de Telefónica/ACE, patrocinadores de la Celebración Picasso 1973/2023. La muestra reúne una excepcional selección de vestidos, óleos, dibujos y otras piezas procedentes de museos y colecciones americanos y europeos, entre los que destacan por su generosa colaboración Almine y Bernard Ruiz- Picasso, Patrimoine de CHANEL y el Musée national Picasso de París.

(*) Coco Chanel. Un parfum de mystère, Isabelle Fiemeyer, París 1999. Éditions Payot & Rivages “La plaque d’ébène”, p.146

Del 11 de octubre de 2022 al 15 de enero de 2023

Comisaria: Paula Luengo

La firma CHANEL ha organizado en Venecia (Italia) una cena íntima durante la 79 edición del Festival Internacional de Cine de Venecia. Mujeres con un allure especial y relacionadas con el séptimo arte compartieron confidencias en el icónico Harry’s Bar de la ciudad de los canales. Las embajadoras de la firma, Penélope Cruz, Tilda Swinton y Anna Mouglalis, junto a los miembros del jurado de esta edición: Audrey Diwan, Blanca Li y Rosalie Varda. Las actrices Sadie Sink, Carly-Sophia Davies, Fotini Peluso, Valentina Belle, Alma Noce, Magaajyia Silberfeld y Kayije Kagame, así como las directoras Darren Aronofsky, Rebecca Zlotowski, Joanna Hogg, Emanuele Crialese y Rahmatou Keïta, la escritora Anne Berest y la diseñadora de vestuario Sandy Powell, entre otras, que acudieron a la llamada de Virginie Viard.

Aquí tenemos algunas de las imágenes de la noche, en la que las celebrities lucen looks de CHANEL.

Rahmatou Keita

Blanca Li

Fontini Peluso y Sadie Sink

Valentina Belle

Alma Noce, Fontine Peluso y Valentina Belle

Alma Noce, Fontine Peluso y Valentina Belle

Maagajyia Silberfeld

Alma Noce

Alma Noce

Carly-Sophia Davies

Penélope Cruz

Tilda Swinton

Blanca Li junto a Tilda Swinton

Tilda Swinton junto a Joanna Hogg

Anna Mouglais

Audrey Diwan

Sadie Sink

Sadie Sink

Kayije Kamage

El pasado mes de abril, CHANEL dio a conocer su colaboración con la cantautora y música belga Angèle para su «Nonante-Cinq Tour», para la que Virginie Viard creó todos sus trajes de escenario. La firma de moda francesa CHANEL ha presentado una película de diez minutos dirigida por Loïc Prigent, que cuenta el proceso creativo detrás de los trajes escénicos de Angèle. Durante varios meses, la directora grabó sus conversaciones iniciales con Virginie Viard y Creation studio, la preparación de su gira, el backstage en su primer concierto en Reims y su actuación en el Parisian festival We Love Green.

El video está disponible aquí: https://www.youtube.com/watch?v=OVwye57fvPI