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Por MARCO DE PABLOS

En el número 36 de la calle Zurbano se alza un majestuoso palacete reconvertido en hotel: el Santo Mauro. Con una larga historia a sus espaldas, hoy es punto de encuentro de huéspedes de lo más variopinto y aún conserva rincones poco conocidos, como su restaurante La Biblioteca, confirmando que allí sí es oro todo lo que reluce.

“Soyez les bienvenus” (Sean bienvenidos). En francés, claro. Porque esa es exactamente la sensación que anticipa uno al detenerse frente a un edificio de semejante porte. La de estar, por un instante, lejos de aquí. Y la idea no resulta en absoluto descabellada. Basta observar su fachada para intuir la clara inspiración gala de la que bebió el arquitecto Juan Bautista Lázaro de Diego a finales del siglo XIX al diseñar el actual Hotel Santo Mauro. Lo que hoy es uno de los establecimientos más exclusivos de la capital fue, en otro tiempo, la casa palacio de Mariano Fernández de Henestrosa y Ortiz de Mioño, duque de Santo Mauro. Una residencia señorial cuya elegancia sigue evocando a ese inconfundible halo francés capaz de transportar a cualquiera a una época más cercana a la corte del Rey Sol. Una percepción que no hace más que intensificarse al cruzar sus puertas y adentrarse en su interior. Tan evidente resulta ese allure que hasta Caroline de Maigret, epítome de lo chic —o, lo que es lo mismo, una auténtica francesa de bien—, ha ejercido como embajadora del mismo en los últimos tiempos. 

Sin embargo, la historia del Santo Mauro también ha atravesado épocas muy distintas antes de convertirse en el exclusivo refugio que es actualmente. Durante la Guerra Civil, el palacio fue confiscado, aunque años después regresaría a manos de la familia. Más adelante, sus estancias abandonaron temporalmente el carácter residencial para convertirse en sede de distintas embajadas, entre ellas las de Rumanía, Canadá y Filipinas. No sería hasta 1989 cuando el edificio inició una nueva vida como hotel, una etapa que terminaría de consolidarse en 2011 con su incorporación a AC Hotels by Marriott, la cadena fundada por Antonio Catalán, bajo cuya gestión adquirió la personalidad que ahora nos recibe.

Su interiorismo lleva el inconfundible sello de Lorenzo Castillo, responsable de reinterpretar sus más de 45 habitaciones y suites; sus imponentes salones, con especial protagonismo de los conocidos como Rojo y Chino —no hace falta demasiada imaginación para entender el porqué de tales apelativos—; los espacios gastronómicos que articulan la propuesta culinaria del alojamiento; y su particular edén. Este último, rodeado de frondosa vegetación, alberga sofisticado mobiliario de forja con cojines de rayas en tonos azules, fuentes, un kiosco de bebidas y una imponente pérgola cubierta, flanqueada por faroles y cercada por arbustos, plantas e incluso palmeras, que actúa como terraza de La Biblioteca. Es precisamente en este oasis donde se ofrece, durante estos meses, el servicio en mesa del restaurante, y no en el interior del mismo. Un remanso de paz a escasos metros del Paseo de la Castellana, ideal para refugiarse de las altas temperaturas que azotan Madrid en estas fechas. 

Ubicado en el antiguo salón de lectura del duque, de ahí su nombre, La Biblioteca ofrece una experiencia ya consolidada como una de las más exclusivas de cuantas se disfrutan en la ciudad. Con la llegada de la nueva temporada, el espacio presenta una carta renovada que evoluciona al mismo ritmo que lo hace la vida, abrazando la frescura y la ligereza propias del producto en su mejor momento, especialmente oportunas para la estación que acompaña estos meses, aunque sin renunciar en ningún momento a la identidad y personalidad que lo definen. 

Ingredientes en su punto óptimo, elaboraciones más sutiles y una mayor presencia de verduras son los pilares que sostienen esta nueva etapa que cuenta con Rafa Peña como asesor y director del bistró. Una carta que mantiene intacta la esencia de la casa, en la que el caviar desempeña un papel protagonista. Cómo no. 

Caviar o nada

La carta arranca con una cuidada selección de aperitivos y platos para compartir donde el producto vuelve a ocupar el centro de todo. Desde las ostras bretonas —al natural o a la brasa—, hasta los delicados profiteroles de caviar, guiños inequívocos a la tradición culinaria francesa, o las croquetas de cecina de vaca y de gamba de Palamós, bocados que funcionan como una antesala precisa y calculada de lo que se entiende por un suculento banquete. 

Entre los entrantes destacan elaboraciones como la ensalada de tomates con salpicón de bogavante, la ensalada de judía verde braseada o el salmorejo. Mención aparte merecen los raviolis con parmesano y caviar, que en los últimos tiempos se han consolidado como uno de los platos estrella en muchos de los locales más en boga.

En el apartado de productos de lonja, destacan propuestas como el pez limón a la brasa con escabeche de verduras o el rape a la romana con caviar, mayonesa y ensalada. Platos de apariencia sencilla, pero que no te engañen. Todo un must en carta. Las carnes mantienen ese carácter atemporal con elaboraciones que dialogan con lo clásico desde una mirada actualizada. Entre ellas, el solomillo con mirepoix de verduras al estragón, las chuletas de cordero en milanesa o la suprema de pollo campero rellena a las finas hierbas con rebozuelos.

Finalmente, aquí se confirma aquello de que a nadie le amarga un dulce, porque incluso los más reticentes al postre acaban sucumbiendo a alguno de los que se proponen. Son pocos, pero más que suficientes. Imprescindible su torrija con helado de caramelo salado, de obligada repetición si de verdad se quiere disfrutar como merece. También destacan el soufflé de avellana con helado de naranja o las fresas con nata y merengue, junto a su palet d’or, un bombón de chocolate con origen en la ciudad francesa de Moulins, coronado, de forma tan sutil como ostentosa, con una hoja de oro.

A ello se suma una carta de vinos especialmente cuidada, pensada para acompañar cada pase, y una potente selección de champagne, con Laurent-Perrier como firma imprescindible. Porque, como en los fastuosos banquetes y bacanales de Luis XIV de Francia, donde el champagne empezaba a perfilarse como símbolo de celebración y refinamiento, no hay mejor final para un festín de tal magnitud. Bon appétit.

Por KATY MIKHAILOVA
Fotografía MARIO SIERRA
Estilismo BEATRIZ MORENO DE LA COVA

Acumulan millones de seguidores y se han convertido en el referente de cientos de adolescentes, pero hubo un tiempo en el que LOLA LOLITA y SOFÍA SURFERS, como se han hecho llamar artísticamente en sus perfiles en redes sociales, eran como esos jóvenes a los que hoy inspiran. Y, en buena medida, lo siguen siendo, porque pese a su gran proyección mediática, apenas superan la veintena. Sin embargo, ambas tienen las ideas claras y una ambición notable que las ha llevado a ocupar el lugar que hoy ostentan, sin dejar que nadie les dé gato por liebre.

Los gatos sobreviven a las caídas de maneras misteriosas. Siempre aterrizan. Quizá por eso existe aquello de las siete vidas. Porque hay criaturas que, incluso cuando todo se rompe, encuentran la manera de recolocarse sin hacer demasiado ruido.

Lola (24) y Sofía Moreno (22), más conocidas como Lola Lolita y Sofía Surfers, tienen algo profundamente felino. No solo porque vivan rodeadas de gatos —seis en el caso de una, tres en el de la otra, respectivamente— y también de algún perro, como Brownie, el can de pelaje marrón chocolate que aparece en estas páginas, sino por esa mezcla singular de sensibilidad e independencia, de ternura y distancia, de exposición y refugio.

No empezaron siendo un personaje. Empezaron siendo dos hermanas, con sol y playa del Mediterráneo, con gatos adoptados y con esa manera de crecer sin darse demasiada cuenta de que el talento bien gestionado te ayuda a brillar.  Y después vino el ruido. Las pantallas. Los millones (entre las dos suman más de seis millones de seguidores en Instagram, y más de quince en Tik Tok). 

Y, sin embargo, no se rompió lo importante. Porque Lola es impulso, movimiento y esa energía que no se explica pero que se ejecuta. Tiene algo de vértigo bonito, de quien construye mientras corre. Sofía, en cambio, observa, absorbe, se mueve hacia dentro incluso cuando viaja lejos. Si una acelera, la otra ordena. Si una expone, la otra matiza.

Han aprendido a convivir con la mirada constante sin convertirse del todo en lo que se espera de ellas. Entendieron antes que muchos que la exposición no sustituye a la identidad. Que el algoritmo no puede ser un hogar. Hablan de la familia como quien habla de raíces; de los animales, como quien habla de verdad; del éxito, como quien sabe que pesa. No hay épica en su historia. Hay continuidad. Y quizá por eso funcionan. Porque, mientras otros se reinventan constantemente para no desaparecer, ellas han optado por algo más difícil, reconocerse en cada versión. Siete vidas, al final, no es empezar de nuevo. Es no dejar de ser quien eres, aunque todo cambie.

En la imagen de portada de este artículo, Sofía luce top y falda en blanco perla, de DE LA CIERVA Y NICOLÁS; y pendientes de oro blanco y brillantes, de DINH VAN. Lola lleva vestido de organza líquida, también de DE LA CIERVA Y NICOLÁS. Sobre estas líneas, vestido bordado con pedrería y cristales, de RUBÉN HERNÁNDEZ COSTURA; y plataformas de piel efecto metálico, de AQUAZZURA.

Ahora viajemos en el tiempo. Primavera de 2026, con la inspiración ubicada en esta, nuestra edición de verano. Hotel Santo Mauro. Madrid. Una de esas tardes de abril en las que el sol promete y la lluvia traiciona. Los jardines húmedos, las piedras oscurecidas, el verde más verde que nunca. Dentro, terciopelos, maderas nobles, una luz baja que parece pensada para que todo suceda un poco más despacio.

El Santo Mauro no es exactamente un hotel. Es más bien una casa donde alguien ha decidido que el tiempo no corra. Un lugar donde todo, desde las telas de Gastón y Daniela, los silencios, hasta la forma en la que cae la luz, tiene algo de escenografía emocional.

Ahí aparecen ellas. Lola ríe. Sofía sonríe. Se mueven con naturalidad entre los estilismos pensados por Bea M. de la Cova, los focos de Mario Sierra y mis gatos, como si todo formara parte de una misma escena cotidiana. Marco dirige. Y ellas bailan entre toma y toma, se miran con esa complicidad automática de las hermanas que no necesitan explicarse demasiado. Son espontáneas, sencillas, jóvenes y, sin embargo, llevan más vida vivida de la que corresponde a su edad digital.

Ambas llevan vestidos drapeados de licra, de DANIELA LINARES; Sofía, con brazalete y anillos de oro blanco y brillantes; y Lola, con brazalete de oro amarillo, todo de DINH VAN.

Siempre han sido equipo, cuentan casi restándole importancia. “Con nuestras diferencias, pero siempre hemos estado la una para la otra”. No hay épica en la frase. Hay estructura.

La familia aparece pronto. Como refugio, pero también como límite. Como ese lugar que sostiene cuando todo alrededor se amplifica. “Nuestra madre muchas veces es quien nos pone límites, y eso también es cuidarnos”.

Entre frase y frase, se prueban un vestido, se levantan, vuelven, alguien ajusta una luz. Todo fluye. No hay rigidez. Cuando se les pregunta por ese momento en el que la vida deja de ser normal, no hay un punto exacto. No hay una escena fundacional. Más bien una transición lenta, casi imperceptible, desde el instituto hasta esa sensación difusa de empezar a ser observadas. Y, sin embargo, lo verdaderamente interesante es lo que no cambia: “Si mañana desaparecieran las redes, seguiríamos siendo nosotras”. Lo dicen sin énfasis. Como quien no necesita convencer a nadie. Y ahí hay algo profundamente contemporáneo. Y es que en un mundo donde muchos dependen del escaparate para existir, ellas parecen tener claro que la identidad no se negocia con el algoritmo.

“Con nuestras diferencias, pero siempre hemos estado la una para la otra”

Lola habla de casa, de sus animales, de proyectos que construye casi desde dentro. Sofía, en cambio, se inclina hacia fuera. Viajar, moverse, absorber lo que pasa. Dos maneras distintas de estar en el mundo, sostenidas por una misma raíz. “Los animales representan amor puro, hogar, paz”, explican. Y quizá por eso todo encaja. Porque mientras fuera todo se acelera, dentro de ese universo hay algo que sigue funcionando con otra lógica. Más lenta. Más esencial.

Bolero de plumas, de GOROF; top de punto con escote bardot, de TRUCCO; pantalón corto de seda, de MARIO SALAFRANCA; y tacones de piel estampada, de MAGRIT.

El éxito aparece, inevitablemente, pero no como destino, sino como consecuencia. Les ha dado libertad, dicen, pero también una responsabilidad enorme. Porque cuando millones de personas te miran, cada gesto pesa un poco más. “Perder lo que hemos construido da vértigo. Pero también sabemos que, con o sin redes, encontraríamos nuestro camino”, confiesan a esta cabecera.

Entre toma y toma, Cristiano (que no entiende de entrevistas ni de narrativa) irrumpe como un pequeño caos con forma de gato. Cibeles observa desde la distancia, elegante, diplomática. El contraste es perfecto. Y hay algo ahí. Porque, como ellos, Lola y Sofía conservan ese punto indomable. Esa parte que no termina de pertenecer del todo al lugar donde está.

Lola lleva vestido de flecos con abalorios dorados, de WOMANZE, y sus propias joyas.

La conversación se vuelve ligeramente más afilada cuando aparece la exposición. No desde el drama, sino desde la lucidez. “Estar muy expuesta no significa sentirse acompañada”. Silencio breve. Nadie subraya la frase. Pero se queda. Han aprendido a filtrar, a distinguir entre crítica y ruido, a no quedarse demasiado tiempo en lo que no construye. Y, sobre todo, a proteger. “Con los años hemos aprendido que hay cosas que es mejor no enseñar”, dicen. No es censura. Es criterio.

“Estar muy expuesta no significa sentirse acompañada”

En un entorno que empuja constantemente a mostrarse más, a decir más, a ser más, ellas han entendido que parte del equilibrio está precisamente en lo contrario. En reservar. En mantener un espacio propio al que nadie más tiene acceso.

Cuando hablan de su faceta empresarial, el tono cambia apenas un matiz. Más concentración, más precisión. Son conscientes de que, detrás de la aparente naturalidad hay estructura, equipo, decisiones: “Sostener lo construido requiere equilibrio. Mucha cabeza y capacidad de adaptarse”. Y ahí, quizá, está la clave de todo. Porque crecer puede ser casi accidental, pero sostener implica intención. Implica carácter.

Las hermanas lucen vestidos de crepé con cuerpo corsetero y falda drapeada, de VICTORIA COLECCIÓN. Las acompaña Brownie, el perro de Lola, presente durante la sesión.

Fuera sigue lloviendo. Dentro, el Hotel Santo Mauro continúa funcionando como un pequeño paréntesis en el tiempo. Alguien recoge un foco, alguien comenta la última toma, alguien cruza el salón con prisa. Mi nariz termina sangrando en un gesto casi anecdótico por un zarpazo propiciado por Cristiano. ¡Qué esperar de un gato madridista! La pasión también es cosa de las fieras. Ellas siguen riendo. Cristina Santaolalla, representante de ambas, bromea con un “ya que duele, grábalo”.

“Nunca hemos querido interpretar un personaje”. Lo dicen al final, casi como una nota al margen. Y, sin embargo, es probablemente la frase que sostiene todo lo demás.

Siete vidas, al final, quizá no tengan que ver con resistirlo todo, sino con saber quién eres —y no olvidarlo— cuando todo el mundo parece querer escribir tu papel por ti.

Chaqueta y pantalón de flecos, ambos de cuero, de ELISABETTA FRANCHI; tacones de charol, de MAGRIT; y pendientes de oro blanco con brillantes, de DINH VAN.

Maquillaje y peluquería CRISTO RODRÍGUEZ para Guerlain, en el caso de Lola, y KÉRASTASE para ambas, respectivamente
Producción MARCO DE PABLOS
Asistente de fotografía SERGIO MARTÍN
Asistente de estilismo DIEGO SERNA
Agradecimientos HOTEL SANTO MAURO