Por KATY MIKHAILOVA
Querido Simón:
El domingo fui a Las Ventas a ver a Morante de la Puebla. Iba acompañada de Ana y de una pequeña desgracia tecnológica. Por un malentendido con la plataforma en la que habíamos adquirido las entradas, pasamos de un tendido bajo, junto a la puerta de arrastre, a las alturas de la Monumental. No mencionaré el nombre de la plataforma porque todavía confío en que resuelvan el asunto. La esperanza es lo último que se pierde. Aunque, en ocasiones, lo primero que se pierde es el dinero.
De pronto estábamos tan lejos del albero que los toreros parecían personajes de una novela rusa. Pequeños, solitarios y condenados a enfrentarse a su destino.
Mi Ángel Teruel, que de toros sabe bastante más que yo y de algunas otras cosas empieza a saber lo mismo, sostiene que no existen entradas malas en una plaza de toros. Porque los toros son los toros. Y tiene razón. El espectáculo no cambia de naturaleza según la altura desde la que uno lo contempla. Cambia la perspectiva. Como ocurre con la vida, con el amor y con las desgracias, que desde lejos siempre parecen bastante más pequeñas.
Tú, mientras tanto, habías decidido ver la corrida por televisión. Tiene gracia. Uno de los hombres que gobiernan Las Ventas estaba en su casa y yo, que no gobierno ni mi propio destino, ocupaba un asiento en las alturas. Nos escribíamos por WhatsApp mientras Morante toreaba y Madrid contenía la respiración.
Desde allí arriba podía ver el ruedo, los tendidos, las cuadrillas y hasta la geometría casi perfecta de aquella plaza. Pero había algo que no me llegaba. El olor.
Y entonces te pregunté a qué olía el albero.
«A miedo», respondiste.
Quise saber a qué olía el miedo.
«A la vida».
Y ahí me dejaste. Con tres palabras y un problema filosófico de dimensiones considerables.
Porque uno se pasa media existencia intentando vencer el miedo para descubrir, por boca de un francés que lleva toda la vida jugando con la muerte ajena, que el miedo es precisamente aquello que nos mantiene vivos. Qué extraordinaria contradicción. Qué enorme cabronada.
He pensado mucho en tu respuesta, Simón. En ese olor que no se vende en perfumerías, que no se puede embotellar y que, sin embargo, todos reconocemos. El miedo huele a las manos de un torero antes de hacer el paseíllo. A la camisa de un padre esperando noticias en un hospital. A la almohada de una mujer que acaba de enamorarse. A un teléfono que no suena. A una despedida que todavía no ha sucedido.
Huele a todo aquello que podemos perder.
Y quizá por eso el albero huele a miedo. Porque es uno de los pocos lugares donde el hombre todavía se atreve a representar públicamente su fragilidad. Hemos construido una civilización obsesionada con disimularla. Nos maquillamos las arrugas, anestesiamos las penas, contratamos seguros contra cualquier desgracia y fingimos que la muerte es un asunto de pésima educación que conviene no mencionar durante la cena. Pero entonces aparece un hombre vestido de luces, se planta delante de un animal de quinientos kilos y nos recuerda que seguimos siendo mortales.
Y que, además, lo sabemos.

Hay algo profundamente obsceno en el valor. No porque el valiente carezca de miedo, sino porque lo exhibe sin pedir disculpas. El cobarde, en cambio, suele tener una magnífica reputación. Es prudente. Es sensato. No se mete en problemas. Muere a los noventa años sin haber cometido la imprudencia de vivir demasiado.
A veces pienso que el mundo está lleno de cadáveres perfectamente conservados.
Tú has dedicado tu existencia a organizar encuentros entre el miedo y la belleza. Has visto a hombres salir por la puerta grande y a otros salir por la enfermería. Has visto triunfos que no valían nada y derrotas que merecían una estatua. Y sospecho que, después de tantos años, ya no confundes el éxito con la victoria.
Porque hay tardes en las que un torero pierde la oreja y gana la eternidad. Y otras en las que corta dos y no consigue arrancarle un solo segundo al olvido.
Me pregunto si ocurre lo mismo con el amor.
Si amar no será también ponerse delante de algo infinitamente más grande que uno mismo, sabiendo que puede embestirte. Si los enamorados no seremos, en el fondo, unos toreros bastante peor vestidos. Sin cuadrilla, sin médico de guardia y, por desgracia, sin posibilidad de pedir que cambien al toro.
El amor también tiene su albero. Y sus cornadas. Y sus tardes de gloria que nadie recuerda igual.
Pero hay una diferencia que me inquieta. En la plaza, el toro no engaña. Embiste conforme a su naturaleza. Somos los seres humanos quienes hemos perfeccionado el arte de herir mientras acariciamos.
Quizá por eso resulta más fácil enfrentarse a una bestia que a determinados sentimientos.
Kafka habría convertido el miedo en un funcionario encargado de concedernos permisos para vivir. Unamuno habría discutido con él hasta conseguir que ambos acabaran llorando. Y Borges, probablemente, habría descubierto que el miedo no era más que un espejo en el que la muerte se contemplaba a sí misma.
Yo, que soy bastante menos inteligente y mucho más sentimental, creo que el miedo es el precio que pagamos por tener algo que nos importe.
Quien no ama no teme perder. Quien no sueña no teme fracasar. Quien no se entrega no teme quedarse vacío. Es una existencia cómoda, desde luego. También lo es la de una piedra.
Lo verdaderamente terrible no es tener miedo. Es llegar a un momento de la vida en el que ya nada nos lo provoque. Ni un beso. Ni una ausencia. Ni una llamada inesperada. Ni un toro que sale de chiqueros. Ni la posibilidad de que mañana todo sea diferente.
Porque entonces, Simón, quizá sigamos respirando, pero habremos dejado de vivir.
Ahora comprendo por qué me respondiste tan deprisa. No necesitabas pensarlo. Hay respuestas que no nacen de la inteligencia, sino de las cicatrices.
Y también comprendo algo que no había entendido desde mi asiento en las alturas. El olor del albero no depende de la distancia. Ni del tendido. Ni de la proximidad a la puerta de arrastre. El miedo no necesita llegar hasta nosotros. Ya lo llevamos dentro.
Quizá Ángel tuviera razón. No existen entradas malas en los toros. Lo que existen son distintas maneras de mirar la vida. Hay quien necesita estar muy cerca para sentirla y quien, desde el último tendido, es capaz de estremecerse.
El albero huele a miedo. El miedo huele a vida. Y la vida, cuando se vive de verdad, acaba oliendo inevitablemente a muerte.
No es una tragedia. Es su grandeza.
Por eso, querido Simón, deseo que nunca se nos quite del todo el miedo. Que todavía nos tiemblen las manos ante ciertas personas. Que nos queden asuntos por resolver, besos por dar, cartas por escribir y alguna que otra imprudencia por cometer.
Que la vida no se convierta en esa costumbre vulgar de levantarse cada mañana sin esperar absolutamente nada.
Y que, cuando llegue nuestra última tarde, podamos decir que tuvimos miedo. Muchísimo.
Pero que salimos a torear.
Con cariño,
Katy.







