Cada verano hay quienes buscan grandes viajes y quienes prefieren descubrir destinos que lo tienen todo a pocas horas de casa. Cantabria pertenece a ese segundo grupo. En apenas unos kilómetros es posible pasar de una playa salvaje a un pueblo medieval, caminar entre bosques, visitar una cueva Patrimonio de la Humanidad y terminar el día compartiendo unas rabas frente al mar o tomando un vermut en una barra con décadas de historia.
Si todavía no has decidido dónde escaparte este verano, hay un itinerario que combina naturaleza, gastronomía y alojamientos con personalidad para conocer una de las regiones con más encanto del norte de España.
Dormir entre prados, a veinte minutos de Santander
Uno de esos lugares que invitan a bajar el ritmo se encuentra en Barcenaciones, un pequeño pueblo del valle de Reocín donde el tiempo parece transcurrir de otra manera. Allí, rodeado de prados y muy cerca de algunos de los principales atractivos turísticos de Cantabria, se encuentra La Tierruca Homes, un complejo formado por siete bungalows independientes construidos a partir de contenedores marítimos reciclados y transformados en alojamientos de diseño.
Las viviendas, de una o dos habitaciones, cuentan con jardín privado, barbacoa, cocina totalmente equipada y acceso a una piscina común de agua salada. Todo está pensado para disfrutar de unos días de desconexión sin renunciar a la comodidad. Su ubicación permite visitar fácilmente lugares como Santillana del Mar, Comillas, las playas de Oyambre o Luaña, la cueva de El Soplao, el Parque Natural Saja-Besaya o las Cuevas de Altamira, mientras que el propio entorno invita a caminar entre prados, recorrer senderos junto al río Saja o simplemente descansar lejos del bullicio de la costa.

Para familias, parejas o grupos de amigos, reservar el complejo completo se convierte además en una opción perfecta para celebrar encuentros privados, retiros o escapadas compartidas.
Santander, una ciudad que se disfruta desde sus barras
Después de una mañana de playa o de una excursión por el interior, Santander ofrece otra de sus grandes razones para visitarla: su cultura gastronómica. Más allá de los restaurantes, la capital cántabra sigue conservando una tradición muy arraigada de vermuts, cañas, terrazas y tapeo que convierte cualquier paseo por el centro en una ruta gastronómica improvisada.
En pleno Ensanche santanderino, tres establecimientos representan especialmente bien esa manera de entender el ocio.
Las Hijas de Florencio, el regreso de un clásico
La reapertura de Las Hijas de Florencio ha supuesto la recuperación de uno de los bares históricos de Santander. Situado junto al Paseo de Pereda, mantiene la esencia de las tabernas tradicionales con dos barras protagonistas, una amplia terraza frente al mar y una carta basada en los grandes clásicos del aperitivo: croquetas, tortillas, ensaladilla, embutidos, tostas o las ya conocidas lascas de parmesano.
Es uno de esos lugares donde resulta fácil alargar el vermut hasta la comida mientras se contempla la bahía.
Cortés, el bar donde siempre pasa algo
A pocos metros aparece Cortés, uno de los locales con más ambiente del centro de la ciudad. Su cocina permanece abierta durante buena parte del día, lo que permite pasar del aperitivo a una comida informal, continuar con una copa de vino o terminar compartiendo una cena. Su propuesta mezcla recetas tradicionales del Grupo Riojano con influencias mexicanas, donde conviven tacos de cochinita pibil, margaritas y mezcales con croquetas, ensaladilla o el ya popular bikini ibérico Cortés.
Su reconocimiento con un Solete Repsol confirma lo que muchos santanderinos ya sabían: es uno de esos bares a los que siempre apetece volver.

Vermutería Solórzano, una institución del aperitivo
Hablar de vermut en Santander es hablar de Vermutería Solórzano.
Con más de un centenar de referencias y un ambiente que conserva intacta la esencia de las vermuterías clásicas, este establecimiento continúa siendo uno de los grandes puntos de encuentro de la ciudad. Rabas, caracolillos, gildas o huevos rellenos acompañan una oferta donde el vermut sigue siendo el gran protagonista.
Su barra, marcada por décadas de historia, resume perfectamente esa costumbre tan santanderina de reunirse alrededor de un aperitivo antes de comer.

Mucho más que tres bares: una ruta gastronómica por Grupo Riojano
Detrás de estos establecimientos se encuentra Grupo Riojano, que durante los últimos años ha ido recuperando algunos de los espacios más emblemáticos de la hostelería cántabra al mismo tiempo que desarrollaba nuevos conceptos gastronómicos. Quienes dispongan de varios días pueden ampliar la ruta con algunas de sus direcciones más conocidas.
La histórica Bodega del Riojano sigue siendo uno de los grandes templos de la cocina tradicional de Santander; Kandela apuesta por la cocina de brasas y el producto; el Balneario de la Magdalena ofrece una de las terrazas con mejores vistas de la bahía para disfrutar de arroces y pescado; mientras que el Café Centro Botín resulta perfecto para hacer una pausa después de visitar uno de los grandes referentes culturales de la ciudad.



Fuera de Santander, la propuesta continúa con Bar Pepe, en Somo, una parada imprescindible tras un día de playa; Pan de Cuco, en Suesa, donde la cocina cántabra contemporánea encuentra uno de sus mejores exponentes; Primera Vaca, ideal para compartir pizzas artesanas y cocina de producto en un entorno rural; o La Carnaza, para quienes prefieran una buena hamburguesa con personalidad.
Una escapada que combina costa, naturaleza y gastronomía
Una de las grandes ventajas de Cantabria es que no obliga a elegir. Es posible dormir rodeado de naturaleza, desayunar viendo prados, pasar la mañana en una playa del Cantábrico, recorrer pueblos como Santillana del Mar o Comillas y terminar el día compartiendo unas tapas frente al mar en pleno centro de Santander. Ese equilibrio entre paisaje, patrimonio, tranquilidad y gastronomía es precisamente lo que convierte a la región en uno de los destinos más completos para quienes todavía buscan una escapada de verano. Y es que no hace falta recorrer miles de kilómetros para descubrir un lugar al que siempre apetece volver.


