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Por ALBERTO CASTILLO

La estación de Les Angles, en la comarca del Capcir, en los Pirineos Orientales, se posiciona cada verano como uno de los grandes destinos de turismo activo del Pirineo francés. Este pueblo-estación, que prolonga sus pistas desde la montaña hasta el mismo centro urbano, sigue atrayendo en la época estival a un gran número de visitantes en busca de una variada oferta de actividades que en gran medida gira en torno a la bicicleta. En su favor, cuenta con un bike park de referencia y con un rico espacio natural con una amplísima red de senderos y circuitos para recorrer a pie, en bici de montaña, o en bicicleta eléctrica, esta última, una opción que suma cada día más adeptos y que, como hemos podido comprobar, es sumamente adictiva una vez que se prueba.

El carácter familiar es uno de principales rasgos con los que se puede definir esta estación. Ofrece actividades en invierno y en verano para todo tipo de edades y niveles físicos. Senderos temáticos, circuitos de orientación, actividades infantiles, zonas de ocio y propuestas para disfrutar en grupo, convierten este destino en una opción muy completa y recomendable para familias que buscan un ocio activo en plena naturaleza. Les Angles es una estación de esquí moderna que ha sabido diversificar su oferta sin perder el carácter acogedor y el sabor de un auténtico pueblo de montaña.  

Más de 30 kilómetros de pistas en el Bike Park

La posibilidad de hacer deporte sobre dos ruedas es uno de los principales reclamos. El bike park, una de sus señas de identidad en verano y uno de los más importantes de los Pirineos, tiene mucho que ver en esto. Sus trazados se han diseñado pensando en el disfrute por cualquier tipo de usuario. Aquí los principiantes encuentran recorridos más suaves para iniciarse en el descenso, mientras que los más experimentados disponen de senderos especialmente diseñados para sentir la velocidad y la adrenalina.

Reúne cerca de 500 metros de desnivel repartidos en más de 30 kilómetros de pistas organizadas por colores en función de sus niveles de dificultad: verde, azul, azul técnica, roja y negra (con una variante doble negra). Los principales descensos han tomado sus nombres de personajes y lugares de El Señor de los Anillos: Frodon, la pista verde de iniciación al descenso para tener las primeras experiencias; Gandalf, azul, exige un cierto nivel técnico; Aragornla pista más larga del bike park, con obstáculos de madera y fuertes pendientes; Izangard, pista roja muy técnica; o Mordor y Sauron, negras con los descensos más duros del parque.

En Les Angles, la bicicleta es al verano como el esquí al invierno, está omnipresente y forma parte del paisaje local. Buen número de establecimientos especializados facilitan la práctica del mountain bike y ayudan a escoger las mejores opciones y rutas en función de tus condiciones y nivel físico. Además del bike park, Les Angles cuenta con múltiples rutas BTT y e-bike por los bosques y lagos del Capcir, que permiten descubrir algunos de los paisajes más bellos del Pirineo catalán francés.

Excursión en bici eléctrica al lago de Balcére

En nuestra visita hicimos la excursión al lago de Balcère. Es una de las rutas circulares más conocidas y recomendables por su belleza y por su facilidad, especialmente si se realiza caminando o si se utiliza la bici eléctrica, como fue nuestro caso. Esta modalidad permite encarar con un moderado esfuerzo pendientes que sin una buena forma física sería mucho más difícil superar, y por eso cada vez más establecimientos la incluyen en su oferta de alquiler. Para alguien que no se había subido antes a una bicicleta eléctrica, como es mi caso, la experiencia, una vez finalizada, se resume en un “quiero repetir”.  

Acompañados del director comercial de Les Angles, Antonio Martín, arrancamos la ruta en la parte alta del pueblo. Vamos dejando atrás las últimas casas mientras ascendemos por una moderada cuesta que a mí se me antoja como un puerto de montaña de primera categoría. Pero mi sorpresa llega con las primeras pedaladas. La bicicleta hace su trabajo mientras yo hago el mío, es decir, la asistencia eléctrica funciona a la perfección mientras pedaleo, acompasándose a mi esfuerzo. El resultado es que haces ejercicio, pero sin echar el alma en cada vuelta de pedal. La sensación me gusta y me llena de confianza para todo lo que me espera.

Dejamos atrás un mirador que ofrece una bella panorámica del pueblo con el lago Matemale al fondo y vamos ganando altura adentrándonos entre pinos y claros por los bosques del Parque Natural Regional de los Pirineos Catalanes, y entonces llega la primera sorpresa.

Antonio Martin nos había insistido en que íbamos a hacer una ruta “suave, de pendientes ligeras, casi un paseo”; yo en estos casos siempre tiendo a pensar que son verdades a medias y que nos esperan tramos mucho más exigentes de lo que nos dicen, pero efectivamente, no había “trampa” alguna y los tramos más duros los superamos con facilidad con el apoyo del motor eléctrico.

La gran sorpresa apareció ante nuestros ojos como una recompensa al esfuerzo de la subida. El lago de Balcère, simplemente majestuoso, un espejo de aguas quietas a 1.770 metros de altitud, apenas mecidas por el suave viento sobre la superficie que perfila sobre sí el reflejo de las copas de los pinares que lo circundan. Un rincón semi escondido de los Pirineos catalanes que la montaña nos regala para disfrutarlo con todos los sentidos. Desde el infinito horizonte que se divisa en el embarcadero que se adentra en sus aguas, al suave suspiro del viento que hace balancear los pétalos de las flores que estallan en mil colores esparciendo su aroma camuflado sobre el perfume de la resina. Las mesas de picnic esparcidas por las orillas del lago nos indican que esta es una excursión altamente recomendable para hacer en familia.

Un paisaje de postal en el Lago de La Basseta

Nos tomamos un respiro para admirar el lago en toda su belleza y retomamos la ruta hacia la segunda de las sorpresas. Después de haber ascendido 1.770 metros desde Les Angles hasta Balcère, sumarle otros 100 adicionales de desnivel positivo, aunque el camino se angosta y en algunos tramos complica enormemente el control de la bicicleta, merece la pena solo por dejarte envolver por la magia del lago de La Basseta, parada imprescindible para entender por qué este pueblo estación y sus alrededores cautivan al que se adentra en su territorio. Es apenas una sombra de la grandeza de su primo hermano, y, sin embargo, este pequeño lago parece dibujado a mano en un paisaje de postal guarecido por un silencio derramado sobre la quietud del agua que se esconde entre los bosques del Capcir. Sobrecoge tanta belleza. Si tuviera que adjetivar en una sola palabra lo que en ese momento siento, sin duda sería la «calma».

Desandamos el camino para retomar la ruta de regreso, pero en forma circular, por lo que en lugar de volver a Balcère, atravesamos el enclave de Valserra, donde nos reciben los restos de antiguos asentamientos, testigos mudos del paso de los primeros pobladores de estas montañas, y las ruinas de la Iglesia de Santa María de Vallserra. A partir de aquí, el camino nos va descendiendo por bosques y pastos donde pacen vacas y caballos en libertad, hasta desembocar finalmente en el punto de partida. En total, sumamos un recorrido que no supera los 25 kilómetros.

A toda velocidad por el Lou Bac Mountain

Tras la obligada parada para devolver las bicicletas y reponer fuerzas en una terraza degustando el exquisito magret de canard local, tomamos el telecabina de Les Pèlerins, punto de acceso al Plateau de Bigorre, para probar otra de las actividades estrella de la estación; el Lou Bac Mountain. Un trineo que se desliza sobre un monorraíl a endiablada velocidad durante casi 3 kilómetros de curvas y cambios de rasante desde la salida del telecabina hasta la base del remonte gobernado por una palanca con la que controlas cuándo y cuánto aceleras o frenas. Es adrenalina en estado puro. 

Terminamos la jornada con una suave ruta por el Sendero del Horizonte, un paseo que parte desde el Hors Sac, el espacio habilitado donde los visitantes pueden traerse y degustar sus propias carnes, asadas en gigantescas parrillas por personal de la estación. El sendero discurre por un bosque atravesando pasarelas de madera para terminar en un mirador desde el que se atisba una panorámica completa de todo el valle. El colofón a un intenso día que nos ha mostrado las diferentes caras de una misma realidad: Les Angles es mucho más que una estación de esquí.

Por ALBERTO CASTILLO

Hasta hace bien poco, las estaciones de esquí vivían casi en exclusiva de la nieve y toda la actividad económica se generaba en torno a ella. Una vez terminada la temporada, se paraban los remontes, dejando a los esquiadores entonando el Pobre de mí. Pero algo está cambiando en la montaña. Hoy las estaciones de esquí se enfrentan al reto de adaptar sus infraestructuras y recursos a un nuevo paradigma motivado no solo por los cambios en la climatología y sus efectos en la cantidad y en la calidad de la nieve, sino también, y en mayor medida, por los cambios en los gustos de los usuarios, que quieren seguir disfrutando de la montaña más allá de la temporada invernal.

Esta nueva realidad está propiciando un giro de las estaciones para ofrecer al visitante una experiencia más completa acorde a las nuevas tendencias, al tiempo que garantizan su propia sostenibilidad. En los Pirineos las estaciones han dado un paso al frente para satisfacer las demandas de ese nuevo perfil de visitante que también hace uso de los remontes, de las pistas y de los diferentes servicios cuando la nieve ha desaparecido. Este nuevo paradigma es la bicicleta de montaña. Donde en invierno se esquía, en verano se pedalea. Y nos hemos venido al Pirineo francés para comprobar in situ de qué manera la fiebre del mountain bike marca la actividad veraniega de las estaciones.

Cambre d’Aze, paraíso del MTB

Cambre d’Aze, forma parte, junto con Formiguères y Porté-Puymorens, del Trio Pyrénées, una agrupación de tres estaciones históricas de esquí en los Pirineos Orientales, ubicados en la Cerdaña francesa, que han unido fuerzas para combinar sus fortalezas y recursos en el desarrollo de una oferta turística más completa durante todo el año. La bicicleta es la protagonista de este esfuerzo que permite mantener la actividad de las estaciones más allá del invierno.

Abrigada por las imponentes paredes del macizo del Cambre d’Aze (2.750 m), esta pequeña estación del Pirineo Oriental francés en forma de circo glacial ofrece en invierno unas condiciones excepcionales por la cantidad y calidad de su nieve. Cuando esta desaparece, caminos serpenteantes entre frondosos bosques sustituyen a las pistas de esquí y las bicicletas marcan el ritmo de los descensos. Para alguien como yo, no precisamente experto en ciclismo y menos aún en la modalidad de enduro de montaña, la primera impresión es de respeto. Pero, ¿quién dijo miedo?

Antes de tomar el telesilla de El Mouli, desde Saint-Pierre-dels-Forcats, en la primera parada para alquilar las bicicletas y la equipación necesaria (casco integral, protecciones de espalda, pecho, hombros, codos y rodillas), ya puedo intuir que la aventura no me va a dejar indiferente. El aspecto de las bicicletas, provistas de dobles suspensiones y de neumáticos de gran anchura para facilitar el control en los descensos por terrenos escarpados, me sugiere que nos espera algo más que un relajado paseo en un bucólico y florido paisaje.

Una vez pertrechados como si fuéramos Robocop pedaleamos hasta el remonte en la base de la estación. Las sillas, que en invierno trasladan a los esquiadores, se han adaptado para permitir transportar la bicicleta cómodamente. Desde este telesilla tenemos una fiel panorámica de lo que nos va a deparar esta experiencia. A mis pies veo descender a los ryders entre cerradas curvas, saltos y derrapes de vértigo. Muchos de ellos chavales de corta edad que parece que han nacido subidos a una bici. Parece fácil, visto desde la silla, pero sospecho que detrás hay un nivel suficiente de técnica de la que yo carezco. Lo pude comprobar en el primer descenso, en el que afortunadamente, las protecciones cumplieron sobradamente con su papel.

La primera bajada por la pista Tippie Toppie respondió de manera exacta a mis expectativas. A pesar de ser un circuito azul, el más asequible para iniciarse en eso de tirarse montaña abajo, exige destreza, control y cierto desparpajo, cualidades —salvo la última— de las que carezco. No es de extrañar, por previsible, el imponente leñazo de bienvenida con el que me bautizo a los primeros metros de iniciar el descenso. Pero, salvado este pequeño aviso, completo sin problemas el recorrido. La adrenalina es total y el balance, muy positivo. A pesar de los sustos y de alguna que otra magulladura, la experiencia es altamente recomendable.

Volvemos a tomar la silla de El Mouli para hacer un descanso en el Chalet Sylvain, un restaurante con terraza situado a los pies de la llegada del remonte, y, tras un tentempié, retomar la actividad. En esta ocasión, de la mano de Llorenç Balart, jefe de Explotación de Trio Pyrénées, encaramos la pista Tuttie Fruttie. Hay una notable diferencia al descender por lo que en invierno es una pista verde. Una anchura más que suficiente y seis kilómetros de cómoda bajada me hacen recuperar la confianza en mis nulas condiciones ciclísticas y he de reconocer que este, para mí desconocido, mundo del MTB ha despertado un gusanillo que augura grandes momentos de diversión en la naturaleza.

Este es un punto a favor de Cambre d’Aze. Se trata de un destino plenamente familiar, en el que no hace falta tener una envidiable forma física para encontrar un plan divertido a la medida de cada uno, desde las opciones más exigentes hasta las de esfuerzo moderado. El éxito de este nuevo enfoque para la temporada estival está atrayendo cada vez a más visitantes, lo que ha llevado a la estación a ampliar progresivamente sus circuitos e incrementar la venta de forfaits durante el verano.

El Bike Park tiene pistas para satisfacer a todos los niveles y, a lo largo del territorio de la estación, entre sus dos áreas de Eyne y Saint-Pierre-dels-Forcats, podemos descubrir grandes bosques de pino negro, praderas de alta montaña y senderos que conducen hasta lagos glaciares, refugios y miradores con vistas a la Cerdaña y al macizo del Carlit, que pueden recorrerse en mountain bike o a pie, haciendo trekking.

Después de recuperar fuerzas dando cuenta de un suculento entrecot asado a la piedra en el chalet Sylvain, termina la breve pero intensa experiencia en Cambre d’Aze. Es suficiente para quedarnos con ganas de volver, por lo que nos trasladamos a Formiguères, una preciosa estación rodeada por los bosques y lagos del Capcir que ofrece algunos de los paisajes más emblemáticos del Parque Natural Regional de los Pirineos Catalanes. Su entorno incluye más de 700 kilómetros de itinerarios de bicicleta de montaña, con una oferta de bike park especialmente orientada a principiantes y familias. Aunque nuestra intención era probar algunos de sus recorridos y visitar los lagos de Camporells, una fuerte tromba de agua y granizo, acompañada de un gran aparato eléctrico, obliga por seguridad a cerrar la estación. Dejaremos la aventura para otra ocasión.