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Por ALBERTO CASTILLO

Tras más de veinte años cerrado, el antiguo lugar de peregrinación de Font Romeu reabre sus puertas convertido en un hotel de cuatro estrellas. A su alrededor, la estación pirenaica muestra en verano su otra cara: la de un destino donde el golf se juega a 1.800 metros de altitud y la naturaleza del Parque Regional de los Pirineos Catalanes envuelve cada rincón.

Cuando el frío del invierno se retira de la Cerdaña francesa, la estación de Font Romeu, referencia durante décadas en el Pirineo para el entrenamiento en altura de deportistas de élite, despliega en los meses cálidos otra versión de sí misma menos conocida por el gran público: la de un destino de montaña donde el deporte, el aire limpio de los 1.800 metros y el patrimonio histórico conviven en armonía.

A esa combinación de naturaleza, deporte y tradición se ha incorporado un nuevo elemento llamado a ser uno de los protagonistas por derecho propio. El Gran Hotel L’Ermitage, un edificio histórico clasificado que durante generaciones fue lugar de culto y de peregrinación, ha reabierto sus puertas tras más de dos décadas cerrado y al que se ha sometido a una profunda renovación. El resultado es un alojamiento exquisito donde descansar tras completar los nueve hoyos de uno de los campos de golf más altos de Europa o simplemente dejarse llevar por el deleite que provoca la sensación de dormir con todo tipo de comodidades en un lugar de cuyas piedras emana una profunda espiritualidad que se respira entre sus gruesos muros.

El renacer de un santuario: del culto al lujo discreto

El lugar conocido como el Ermitage de Font-Romeu fue, durante siglos, el corazón espiritual de la zona y prácticamente la única edificación existente en medio del bosque. Su origen data del siglo XIV como un pequeño oratorio que se construyó para venerar una imagen de la virgen aparecida en el bosque. En los siglos XVI y XVI se amplió la capilla y se convirtió en un santuario de peregrinación con la construcción de una hospedería para acoger a ermitaños y peregrinos. El antiguo santuario siguió existiendo y permaneció como el centro religioso e histórico del lugar hasta nuestros días donde los lugareños profesaban su fe cristiana.

Jean Parent, conocido restaurador local, también acudía de niño. Sus recuerdos de infancia alimentaron una idea y una pasión que el tiempo ha cimentado en lo que es hoy el Gran Hotel L’Ermitage. Junto con su socia y decoradora Hélène Bier, Parent ha levantado sobre el edificio original un hotel de 22 habitaciones, que este verano se ha ampliado a 44, en el que conservó los muros de piedra local, las cubiertas de pizarra y el rojo intenso de las carpinterías originales, sin renunciar al carácter de un edificio que respira historia en cada rincón, enclavado en un bosque rodeado de montañas al que acudía en su infancia. Tuvimos ocasión de charlar con Jean Parent, quien nos contagió su entusiasmo al relatarnos como desde hace años tenia como objetivo recuperar para Font Romeu y dar una nueva vida a este histórico lugar.

En cada una de las habitaciones y suites, cada una de ellas diferente del resto, se percibe el mimo y el cariño que se ha puesto en su decoración, con motivos que evocan las montañas de Europa, combinando materiales naturales como la madera, la piedra, el cuero o las pieles con un estilo moderno y lujoso, pero sin opulencia y sin perder las raíces que lo ligan a esta tierra.

De hecho, pese a lo que sugiere su nombre, el Gran Hotel no pretende ser un establecimiento excluyente, más al contrario, abierto a todo el mundo. Sobre esta filosofía se ha inspirado la decoración de la ampliación del hotel. Las 22 nuevas habitaciones invitan a viajar por otros continentes, y cada planta está inspirada en un macizo distinto. Son las montañas del mundo que aspiran a atraer al mayor número posible de visitantes.

Font Romeu: la estación que entrena para la altura

Font Romeu es uno de los lugares más prestigiosos del mundo para las concentraciones de deportistas de élite, especialmente en deportes de resistencia como atletismo, ciclismo, triatlón, esquí de fondo o natación. Su atractivo se debe a una combinación difícil de igualar de fisiología, infraestructura y entorno. Como nos explica Christian Sarran, director de la Oficina de Turismo de Font Romeu, la altitud de 1.800 metros se considera óptima para estimular adaptaciones fisiológicas. Además, dispone de un clima excepcional para entrenar, con alrededor de 300 días de sol al año, con un aire seco y limpio, instalaciones de primer nivel, y gran variedad de terrenos, desde carreteras de montaña para ciclismo, senderos de trail; pistas forestales, recorridos llanos para rodajes suaves o puertos largos para trabajo de resistencia.

Font Romeu, nos explica Christian Sarran, ha construido su reputación sobre la nieve y el entrenamiento en altura, pero es en verano cuando revela su carácter más completo.

En este enclave de la Cerdaña francesa, en pleno Parque Natural Regional de los Pirineos Catalanes, entre bosques de pinos y panorámicas sobre el macizo del Cambre d’Aze y el Puigmal, el paisaje no distingue entre temporada altas o baja, sino entre formas distintas de recorrerlo: con esquís en invierno, a pie o en bicicleta de montaña en primavera y otoño, y, cada vez más, con un palo de golf en la mano durante los meses cálidos. Es el deporte, en todas sus expresiones, el que marca el ritmo de las estaciones.

Golf a 1.800 metros: la naturaleza como rival

Si el Ermitage representa la tradición recuperada, el campo de golf municipal de Font Romeu representa la otra cara de la misma moneda: la naturaleza convertida en desafío deportivo. El diseño, obra del histórico jugador francés Jean Garaïalde e inaugurado en 1985, suma nueve hoyos a par 36 en poco más de dos kilómetros y medio, donde el bosque y las pendientes obligan a recalcular cada golpe.

La altitud aquí, lejos de ser un obstáculo, se ha convertido en su seña de identidad. El resultado es un campo exigente pero profundamente gratificante, donde el golf deja de ser un deporte de césped perfecto y se convierte en una disciplina de montaña: técnica, física y visualmente espectacular.

Recientemente se ha hecho cargo de la gestión Benoît Pourtanel, con el reto de abrir una nueva etapa en un club profundamente integrado en el entorno y de ampliar la afición a este deporte en un campo tan singular.

Precisamente para un amateur como el que escribe estas líneas, la primera impresión al visitarlo es de sorpresa al comprobar que no todo el golf tiene que ser como lo idealizamos. Acostumbrado a la imagen de grandes praderas planas donde la bola siempre se alcanza a la vista, la visión del golf de Font Romeu es, cuanto menos, sorprendente. Aquí la falta de pericia o la precipitación si no lees adecuadamente el terreno y las condiciones del campo antes de golpear la bola, puede hacer que se esconda para siempre en medio del bosque. En mi caso, la prudencia me recomendó probar la zona de prácticas, donde pude comprobar en primera persona que no es tan sencillo como parece, y que para hacer un buen swing se requiere, como en casi todo, combinar técnica, coordinación y práctica, cualidades que, honestamente, no me adornan.

El campo de golf y el Ermitage no solo están unidos por la proximidad entre ambos. Son un símil de la historia de Font Romeu: un lugar que ha convertido lo que ya tenía —un santuario, una altitud, un bosque de pinos— en algo nuevo sin renunciar a lo que fue. El edificio que durante generaciones acogió peregrinaciones hoy recibe viajeros; la montaña que durante décadas se pensó solo para el invierno hoy se recorre también con un palo de golf en la mano. Tradición, deporte y naturaleza mirando al futuro sin renunciar al pasado.

Por ALBERTO CASTILLO

La estación de Les Angles, en la comarca del Capcir, en los Pirineos Orientales, se posiciona cada verano como uno de los grandes destinos de turismo activo del Pirineo francés. Este pueblo-estación, que prolonga sus pistas desde la montaña hasta el mismo centro urbano, sigue atrayendo en la época estival a un gran número de visitantes en busca de una variada oferta de actividades que en gran medida gira en torno a la bicicleta. En su favor, cuenta con un bike park de referencia y con un rico espacio natural con una amplísima red de senderos y circuitos para recorrer a pie, en bici de montaña, o en bicicleta eléctrica, esta última, una opción que suma cada día más adeptos y que, como hemos podido comprobar, es sumamente adictiva una vez que se prueba.

El carácter familiar es uno de principales rasgos con los que se puede definir esta estación. Ofrece actividades en invierno y en verano para todo tipo de edades y niveles físicos. Senderos temáticos, circuitos de orientación, actividades infantiles, zonas de ocio y propuestas para disfrutar en grupo, convierten este destino en una opción muy completa y recomendable para familias que buscan un ocio activo en plena naturaleza. Les Angles es una estación de esquí moderna que ha sabido diversificar su oferta sin perder el carácter acogedor y el sabor de un auténtico pueblo de montaña.  

Más de 30 kilómetros de pistas en el Bike Park

La posibilidad de hacer deporte sobre dos ruedas es uno de los principales reclamos. El bike park, una de sus señas de identidad en verano y uno de los más importantes de los Pirineos, tiene mucho que ver en esto. Sus trazados se han diseñado pensando en el disfrute por cualquier tipo de usuario. Aquí los principiantes encuentran recorridos más suaves para iniciarse en el descenso, mientras que los más experimentados disponen de senderos especialmente diseñados para sentir la velocidad y la adrenalina.

Reúne cerca de 500 metros de desnivel repartidos en más de 30 kilómetros de pistas organizadas por colores en función de sus niveles de dificultad: verde, azul, azul técnica, roja y negra (con una variante doble negra). Los principales descensos han tomado sus nombres de personajes y lugares de El Señor de los Anillos: Frodon, la pista verde de iniciación al descenso para tener las primeras experiencias; Gandalf, azul, exige un cierto nivel técnico; Aragornla pista más larga del bike park, con obstáculos de madera y fuertes pendientes; Izangard, pista roja muy técnica; o Mordor y Sauron, negras con los descensos más duros del parque.

En Les Angles, la bicicleta es al verano como el esquí al invierno, está omnipresente y forma parte del paisaje local. Buen número de establecimientos especializados facilitan la práctica del mountain bike y ayudan a escoger las mejores opciones y rutas en función de tus condiciones y nivel físico. Además del bike park, Les Angles cuenta con múltiples rutas BTT y e-bike por los bosques y lagos del Capcir, que permiten descubrir algunos de los paisajes más bellos del Pirineo catalán francés.

Excursión en bici eléctrica al lago de Balcére

En nuestra visita hicimos la excursión al lago de Balcère. Es una de las rutas circulares más conocidas y recomendables por su belleza y por su facilidad, especialmente si se realiza caminando o si se utiliza la bici eléctrica, como fue nuestro caso. Esta modalidad permite encarar con un moderado esfuerzo pendientes que sin una buena forma física sería mucho más difícil superar, y por eso cada vez más establecimientos la incluyen en su oferta de alquiler. Para alguien que no se había subido antes a una bicicleta eléctrica, como es mi caso, la experiencia, una vez finalizada, se resume en un “quiero repetir”.  

Acompañados del director comercial de Les Angles, Antonio Martín, arrancamos la ruta en la parte alta del pueblo. Vamos dejando atrás las últimas casas mientras ascendemos por una moderada cuesta que a mí se me antoja como un puerto de montaña de primera categoría. Pero mi sorpresa llega con las primeras pedaladas. La bicicleta hace su trabajo mientras yo hago el mío, es decir, la asistencia eléctrica funciona a la perfección mientras pedaleo, acompasándose a mi esfuerzo. El resultado es que haces ejercicio, pero sin echar el alma en cada vuelta de pedal. La sensación me gusta y me llena de confianza para todo lo que me espera.

Dejamos atrás un mirador que ofrece una bella panorámica del pueblo con el lago Matemale al fondo y vamos ganando altura adentrándonos entre pinos y claros por los bosques del Parque Natural Regional de los Pirineos Catalanes, y entonces llega la primera sorpresa.

Antonio Martin nos había insistido en que íbamos a hacer una ruta “suave, de pendientes ligeras, casi un paseo”; yo en estos casos siempre tiendo a pensar que son verdades a medias y que nos esperan tramos mucho más exigentes de lo que nos dicen, pero efectivamente, no había “trampa” alguna y los tramos más duros los superamos con facilidad con el apoyo del motor eléctrico.

La gran sorpresa apareció ante nuestros ojos como una recompensa al esfuerzo de la subida. El lago de Balcère, simplemente majestuoso, un espejo de aguas quietas a 1.770 metros de altitud, apenas mecidas por el suave viento sobre la superficie que perfila sobre sí el reflejo de las copas de los pinares que lo circundan. Un rincón semi escondido de los Pirineos catalanes que la montaña nos regala para disfrutarlo con todos los sentidos. Desde el infinito horizonte que se divisa en el embarcadero que se adentra en sus aguas, al suave suspiro del viento que hace balancear los pétalos de las flores que estallan en mil colores esparciendo su aroma camuflado sobre el perfume de la resina. Las mesas de picnic esparcidas por las orillas del lago nos indican que esta es una excursión altamente recomendable para hacer en familia.

Un paisaje de postal en el Lago de La Basseta

Nos tomamos un respiro para admirar el lago en toda su belleza y retomamos la ruta hacia la segunda de las sorpresas. Después de haber ascendido 1.770 metros desde Les Angles hasta Balcère, sumarle otros 100 adicionales de desnivel positivo, aunque el camino se angosta y en algunos tramos complica enormemente el control de la bicicleta, merece la pena solo por dejarte envolver por la magia del lago de La Basseta, parada imprescindible para entender por qué este pueblo estación y sus alrededores cautivan al que se adentra en su territorio. Es apenas una sombra de la grandeza de su primo hermano, y, sin embargo, este pequeño lago parece dibujado a mano en un paisaje de postal guarecido por un silencio derramado sobre la quietud del agua que se esconde entre los bosques del Capcir. Sobrecoge tanta belleza. Si tuviera que adjetivar en una sola palabra lo que en ese momento siento, sin duda sería la «calma».

Desandamos el camino para retomar la ruta de regreso, pero en forma circular, por lo que en lugar de volver a Balcère, atravesamos el enclave de Valserra, donde nos reciben los restos de antiguos asentamientos, testigos mudos del paso de los primeros pobladores de estas montañas, y las ruinas de la Iglesia de Santa María de Vallserra. A partir de aquí, el camino nos va descendiendo por bosques y pastos donde pacen vacas y caballos en libertad, hasta desembocar finalmente en el punto de partida. En total, sumamos un recorrido que no supera los 25 kilómetros.

A toda velocidad por el Lou Bac Mountain

Tras la obligada parada para devolver las bicicletas y reponer fuerzas en una terraza degustando el exquisito magret de canard local, tomamos el telecabina de Les Pèlerins, punto de acceso al Plateau de Bigorre, para probar otra de las actividades estrella de la estación; el Lou Bac Mountain. Un trineo que se desliza sobre un monorraíl a endiablada velocidad durante casi 3 kilómetros de curvas y cambios de rasante desde la salida del telecabina hasta la base del remonte gobernado por una palanca con la que controlas cuándo y cuánto aceleras o frenas. Es adrenalina en estado puro. 

Terminamos la jornada con una suave ruta por el Sendero del Horizonte, un paseo que parte desde el Hors Sac, el espacio habilitado donde los visitantes pueden traerse y degustar sus propias carnes, asadas en gigantescas parrillas por personal de la estación. El sendero discurre por un bosque atravesando pasarelas de madera para terminar en un mirador desde el que se atisba una panorámica completa de todo el valle. El colofón a un intenso día que nos ha mostrado las diferentes caras de una misma realidad: Les Angles es mucho más que una estación de esquí.

En pleno corazón del Camino de Santiago, el hotel rural Quinta San Francisco se posiciona como uno de los destinos más exclusivos y singulares de Castilla y León. Ubicado en la histórica localidad de Castrojeriz, este refugio de tranquilidad y elegancia ofrece a sus huéspedes una experiencia inmersiva en la cultura, la naturaleza y la gastronomía de la región.

Historia y modernidad en perfecta armonía

Quinta San Francisco ocupa un edificio histórico rehabilitado que combina arquitectura tradicional con un diseño contemporáneo y sostenible. El hotel toma su nombre del Convento de San Francisco del Siglo XIV, cuyas ruinas forman parte de la propiedad. Cada rincón del hotel cuenta una historia, desde sus acogedoras habitaciones hasta sus espacios comunes decorados con piezas únicas que homenajean la herencia cultural de la región.

Gastronomía local con sello de autor

La propuesta gastronómica de Quinta San Francisco es un homenaje a los sabores de Castilla y León. Utilizando productos locales de alta calidad, el equipo de cocina crea platos que celebran la riqueza culinaria de la región. Este enfoque no solo deleita a los huéspedes, sino que también apoya a los pequeños productores de la zona, fortaleciendo la economía local.

Compromiso con la sostenibilidad y la comunidad local

El respeto por el entorno y la integración con la comunidad local son pilares fundamentales de Quinta San Francisco. Desde el uso de materiales sostenibles en su construcción hasta la colaboración con productores y artesanos de la zona, el hotel busca ofrecer una experiencia  auténtica y respetuosa con el medio ambiente. Además, sus actividades y servicios están diseñados para promover el turismo responsable, destacando la riqueza cultural y natural de la región.

Castrojeriz: un destino por descubrir

El hotel no es solo un lugar para alojarse, sino también el punto de partida ideal para explorar Castrojeriz y sus alrededores. Desde caminar el primer tramo del Camino de Santiago Francés hasta visitas a monumentos históricos como la Iglesia de San Juan o las ruinas de San Antón, los viajeros encontrarán en esta localidad un destino lleno de encanto y autenticidad.