Por MARCO DE PABLOS
Hace cinco años, un incendio voraz redujo a cenizas un proyecto único. Dani Ochoa no se detuvo y volvió con una propuesta igual de contundente, con la que ha recuperado lo perdido. En Montia, la cocina convierte el fuego en renacimiento.
Madrid queda atrás y, a menos de sesenta kilómetros de la capital, San Lorenzo de El Escorial aparece como uno de los refugios rurales con más encanto de la región. Una escapada imprescindible, especialmente durante los meses de verano en los que el calor se instala en el asfalto y ambiente capitalino. Dominando el paisaje se alza el Real Monasterio de El Escorial, la gran joya del Renacimiento español que Felipe II mandó construir en el siglo XVI y que, siglos después, sigue marcando el carácter histórico de la localidad. Rodeado de naturaleza y aire serrano, el municipio guarda también otra joya que ha sabido renacer literalmente de sus cenizas. Hablamos de Montia, el restaurante liderado por Dani Ochoa en pleno centro del pueblo. Un proyecto gastronómico que, tras el incendio que obligó a cerrar sus puertas en 2021, logró reconstruirse sin perder la esencia que lo ha convertido en una de las propuestas más singulares de la alta cocina española, recuperando además la Estrella Michelin que perdió tras el fuego y revalidando sus dos Soles Repsol.
Basta con subir cinco escalones para adentrarse en un universo casi élfico. La entrada ya anticipa el carácter del lugar, destacando la disposición de varias pacas —como se conoce popularmente a los fardos de paja en los prados— que introducen desde el primer momento esa conexión entre lo rural y lo orgánico. A la derecha se abre una sala amplia y acogedora, presidida por una chimenea y una extensa mesa pensada para encuentros grupales más íntimos. Más adelante aparece la cocina vista, siempre en movimiento, y, apenas unos pasos después, el verdadero corazón de Montia: un espacio cálido y frondoso, de pocas mesas, donde cada asiento aparece revestido con mantas de piel y dos majestuosos robles naturales atraviesan el techo, integrándose en el ambiente y convirtiéndose en parte esencial de la escenografía del lugar. La estructura, construida en madera y rodeada de cristaleras tanto en la parte superior como en la pared frontal, genera un efecto invernadero que permite que la luz natural inunde la sala durante todo el día. Frente a los comensales, un pequeño huerto del que Ochoa y su equipo recolectan a diario hojas, brotes y plantas que terminarán formando parte de los pases y bebidas. La conocida expresión “del huerto a la mesa” cobra aquí un sentido estricto, aunque la filosofía de Montia va mucho más allá. En su menú, el producto de proximidad desempeña un papel fundamental y el vínculo con el entorno está realmente presente. Es el caso de sus panes, elaborados artesanalmente en el obrador Abantos, situado a apenas tres minutos a pie del restaurante, o su sal y mantequilla de cabra, procedentes de Saelices y La Cabezuela, respectivamente. Aunque si hay otro elemento indispensable dentro de la experiencia de este proyecto, es su carta líquida.

El chef Dani Ochoa junto a su equipo recolectando brotes de su propio huerto.
El maridaje, cuidadosamente diseñado para acompañar cada pase, varía constantemente y entiende la bebida como un ingrediente más del plato. Aunque el vino tiene un protagonismo especial, también aparecen vermús y cervezas. Predominan los vinos naturales procedentes de variedades autóctonas. En torno a ellos, el restaurante ha construido un universo propio y un lenguaje paralelo que se ha convertido en una parte esencial de la experiencia gastronómica, porque aquí gusta lo poco convencional, la experimentación y el factor sorpresa. El resultado son simbiosis únicas.
La propuesta de Montia se construye semana a semana, en función de lo que ofrecen la Sierra de Guadarrama y los productores locales de confianza con los que el restaurante mantiene una relación constante. Una cocina viva, profundamente ligada a la temporalidad y al territorio, que toma forma a través de dos menús degustación, además de una versión más breve disponible de miércoles a viernes, excepto festivos. Los tres comparten una misma filosofía y buena parte de las elaboraciones, variando en el número de pases y en la profundidad del recorrido gastronómico.
La experiencia comienza incluso antes del primer bocado. El menú se presenta encuadernado entre dos cortezas de árbol tratadas, un detalle que anticipa el universo estético y conceptual del restaurante. Esa misma singularidad se traslada a las vajillas y soportes sobre los que se sirven las elaboraciones, todas ellas creadas por artesanos sanlorentinos. El recorrido arranca con tres pequeños aperitivos: tortilla de chalotas, galleta de paté de paloma y tosta de cangrejo. A continuación llegan los llamados “interludios”, pases que actúan como transición y anticipan la complejidad de los platos principales. Entre ellos aparece un berberecho en escabeche de tomillo blanco y hierba luisa; un rebozuelo (setas silvestres) salteado con jugo de carne con una combinación de calabaza con salsa holandesa de azafrán, mantequilla y azahar, probablemente uno de los platos más inesperados y memorables. También destacan la lámina de trucha cruda acompañada de reducción de champiñón, crema de guisantes y lepidio —una planta de huerta—, y la colmenilla, seta recolectada por el propio equipo y rellena de liebre con parmentier.

Ensaladilla salvaje.

Setas, mantequilla y azafrán.
Los platos principales profundizan todavía más. Desde los guisantes con espárrago verde y velo de cerdo ibérico, hasta el ravioli de asadurilla relleno de cabrito o el propio cabrito servido junto a una delicada “ensalada líquida”. En el tramo final aparecen dos caminos posibles. Por un lado, los célebres callos, una de sus especialidades, servidos en dos pases. Por otro y para quienes prefieren alejarse de la casquería, la alternativa se mueve en el universo de la caza, con propuestas como la paloma torcaz con crema de lombarda y salsa elaborada con los propios huesos del ave o el arroz de jabalí.
Los postres mantienen intacta la capacidad de sorpresa que define todo el menú. Especialmente memorable resulta el crujiente de miel con helado de queso de cabra y granizado de espinacas, una combinación tan inesperada como equilibrada o la Fistulina hepatica con almendra amarga. Un postre que remite de inmediato al sabor de las cerezas o frutos del bosque y que, sin embargo, está elaborado a partir de una seta.

Ensalada de espinacas y helado de queso.
Al finalizar, entregan al cliente un compost presentado en un sobre junto al menú seleccionado, cuidadosamente sellado con cera y fuego. Ese mismo fuego que hace cinco años les arrebató todo. Desde entonces, han sabido renacer y reinventarse. Como el compost que entregan, su propuesta encarna una lógica de regeneración continua, donde lo que fue residuo se convierte en una segunda oportunidad.

