Por Manuel Quintanar
I.
Por sugerencia del profesor Tirado (Filosofía) he podido ver, por primera vez, la película “La parada de los monstruos” (1932) de Tod Browning y producida por Irving Thalberg (Freaks en su versión original). Hay que verla. Aunque sólo sea porque fue objeto de toda suerte de incomprensiones y de censuras, en su momento, en los Estados Unidos. Basada en el cuento corto de Tod Robins “Spurs” cuyo argumento es la venganza de un artista circense con acondroplasia objeto de la manipulación de una trapecista que se casa con él para apropiarse de su fortuna.
II.
Durante años prohibida en el Reino Unido, la Metro Goldwing Mayer cosechó un fracaso de público y crítica especializada. Fue recortada de 90 a 60 minutos con un prólogo y un epílogo felices para poder ser comercializada, debido al, para la época, “mal gusto” y “patologizante cosmos” en el que se desarrolla. Un circo en el que parte de las atracciones del mismo residía en la exhibición y aparente escarnio de las deformidades humanas (“el hombre oruga” sin brazos ni piernas, dos hermanas siamesas, una hermafrodita, enanos y otras malformaciones físicas). Con el paso del tiempo la crítica ha ido decantando el valor de la cinta, aunque lamentablemente se haya perdido el original.
III.
He podido verla con mis alumnos y celebrar un debate o cineforum a propósito de la misma. Lo repetiría. Alguna alumna ha compartido la misma sensación que motivó la lacerante crítica inicial por descarnada o, si se quiere, “escandalizante”. Algún otro lo ha conectado con el debate en torno a la monstruosidad. Es decir, la alteración del “orden” de la naturaleza en contados casos en la especie humana. Respecto de la idea “orden”, “ordenación”, “causalidad” y “fines” el debate debiera haberse celebrado en el aula de filosofía de la naturaleza. Otros se han fijado en la época en que fue realizada, años 30 del siglo XX, desarrollo de la eugenesia en Inglaterra e incipiente auge del nazismo. Por último, los que, con mayor atención al sentimiento de humanidad han querido ver el paradigma del alma humana como conectada con la dignidad propia de la persona al margen de la materia corruptible (el cuerpo).
IV.
En cualquier caso, me parece, aunque no lo piense y diga yo, sino la mayor parte de la crítica reciente, sobre todo a partir de los años 90 en que fue homenajeada por la Mostra de Cinema de Venezia, una obra maestra, de culto, pero muy alejada del género terror en el que desafortunadamente se la encasilló, sino en el género, si se quiere, drama o tragedia. Sugerente en todos los ámbitos de la vida. El mundo de los valores, el alma humana, los fines de la vida, el amor unido al sufrimiento, la codicia y los vicios morales en contraste con las virtudes en este caso del lado de la solidaridad de los más débiles en defensa de la dignidad de cualquier persona, los avances de la ciencia médica como genocidas en prácticas eugenésicas y abortivas. El genocidio silencioso, que no se ve, porque la estética de la realidad del sufrimiento ofende, y ésta debe ser aniquilada.
V.
El “monstruo”, término que se ha usado en la filosofía clásica desde Grecia y Roma, ya superado y desterrado, habita en cada uno de nosotros cuando no vemos en cada persona lo que realmente es por el hecho de serlo. A mí se me ocurren unos cuantos acreedores de este título ya propio de película de terror. Como epílogo diré que el “hombre oruga” o “torso viviente”, Prince Randian, tuvo cuatro hijos, uno de ellos su ayudante profesional, todos ellos sin ninguna anomalía, igual que su mujer con la que estuvo hasta su muerte. Johny Eck, en la cinta el “medio hombre”, parecía que su cuerpo terminase en la cintura, pero padecía una agenesia sacra, teniendo piernas y pies minúsculos y atrofiados, fue un brillante músico, fotógrafo, ilusionista, pintor y completó una vida plena. De modo que, repito, acaso el “monstruo” soy yo.

