Por Jorge Fernández Peiró
El verano es una estación extraña. Empieza mucho antes de empezar. Empieza cuando alguien propone una escapada que todavía no tiene fecha. Cuando vuelven los helados de siempre. Cuando descubres que a las nueve y media de la noche sigue habiendo luz y te parece que el mundo, de repente, tiene más tiempo. Y entonces aparece la música. Aunque casi nunca sea la que esperabas.
Cada una —y cada uno— tenemos un sitio favorito en el mundo. El mío es un faro en la costa norte de Menorca que se llama Cavalleria. Está en lo alto de un acantilado desde el que el Mediterráneo parece no tener fin. Si llegas temprano, cuando todavía no hay turistas, el silencio que hay es una mezcla de viento, espuma de mar y sal y todo suena a Vivaldi. Porque El verano de Las Cuatro Estaciones no habla de playas paradisíacas. Habla de esas tormentas inesperadas que llegan tras la calma. Del instante en que el aire deja de moverse y sabes que algo está a punto de pasar. El verano no siempre fue una postal. A veces también fue una promesa.
Pero antes de Menorca estaba Santa Pola. Los veranos con mis padres, mi hermano, los tíos y los primos. El mar a pie de calle, el olor a crema solar, la petanca, las horas que no eran como las del resto del año. Esos veranos tenían un ritmo propio que el cuerpo reconocía antes que la memoria. Sonaba Rick Astley, sonaban Los Rebeldes y su Mediterráneo, Mecano y hasta Ana Belén y Víctor Manuel. El verano en familia siempre fue una banda sonora en modo aleatorio aunque nadie la haya grabado.
Y luego llegó el FIB. El Festival Internacional de Benicàssim de los años en que el FIB era el centro del mundo. El de la tienda de campaña, la cerveza caliente y el calor tan brutal que no importaba. El universo donde colisionaban Blur y Oasis. Donde Brett Anderson, de Suede, se movía en el escenario como si fuera una pantera. El lugar exacto en el que Placebo, con Brian Molko al frente, se convirtió en mi salvavidas musical y el escenario donde la magia trajo la aparición estelar de Raimundo Amador en plena actuación de Björk, que es exactamente el tipo de momento que solo puede ocurrir en un festival cuando los dioses de la programación tienen un buen día. Y hablando de Un buen día, también estaban Los Planetas (y el día que Mendieta marcó un gol realmente increíble, esta vez con su guitarra), La Habitación Roja, Lori Meyers o Nosoträsh. El indie nacional de aquella época. Cuando escuchar esa música te hacía pertenecer a algo. A una forma de entender el mundo que te hacía sentir especial. El verano olía a esa música. Todavía lo hace.
Han pasado muchos veranos desde entonces. El Sonorama Ribera en Aranda, otros festivales, otras noches. Y cada año el verano necesita su propia música. Sus nombres propios. Los del presente. Este año uno de esos nombres es Ultraligera, que en cada festival está dejando ese rastro inconfundible de rock, sudor y expectación con temas como Lapsus o Matanza en el hotel. Otro nombre es Barry B, que acaba de presentar Silverado como adelanto de su nuevo disco que verá la luz en otoño. A nivel internacional el verano sonará a Fontaines D.C., que este agosto pasarán por Cádiz, Alicante y Pamplona en una gira que no es un festival sino algo más parecido a un acontecimiento. Hay grupos que hacen conciertos. Fontaines D.C. van a hacer recuerdos. Y luego está Bad Bunny. Porque hay veranos que pertenecen a canciones y otros que pertenecen a personas. Este parece pertenecerle a él. No es una cuestión de gustos. Es una cuestión de presencia. El verano de 2026 tiene dueño.
Pero el verano también sigue sonando a verbena. Por mucho algoritmo que exista, España sigue siendo un país que baila en plazas de pueblo con orquestas tocando mientras tres generaciones bailan la misma canción. De Raffaella Carrà. O de Georgie Dann. O de Sonia y Selena. Yo quiero bailar, toda la noche… Canciones que nadie elegiría voluntariamente en su casa, pero que forman parte de nuestra educación sentimental. Pura herencia musical.
Y luego está agosto a las tres de la madrugada. Las Perseidas. Una toalla en el suelo o una hamaca. El calor que por fin ha bajado lo suficiente. Una conversación que se alarga. Un silencio cómodo. A veces son la misma cosa. Mi compañero de vida se llama Shelly, su madre es una husky, aunque él no se parezca en absoluto, y se comunica conmigo como si fuera un niño. Ahora tiene seis años. Tenerlo tumbado, a mi lado, en lo alto de una montaña viendo estrellas, o en la playa con el sonido del mar al fondo, es lo mejor del verano. Ese instante suena a canción que no recuerdas de dónde viene pero que llevas dentro desde hace tiempo.
Quizá el verano de 2026 suene a Bad Bunny llenando estadios. Quizá suene a Fontaines D.C. recorriendo España. Quizá suene a Ultraligera o Barry B conquistando festivales. Quizá suene a Vivaldi trescientos años después. Quizá suene al FIB, a Sonorama o al indie que te hacía pertenecer a algo. O a las noches en Santa Pola. O al faro de Cavalleria en Menorca. O quizá suene a un viaje a Berlín o simplemente a esa conversación en una terraza cuando ya han recogido todas las mesas menos la vuestra. Porque el verano no solo se queda a vivir en las canciones. Se queda a vivir en los momentos. Y las canciones son la forma que tienen esos momentos de volver a encontrarnos cuando ya creíamos haberlos olvidado.

